Nunca digas nunca, desfogue de trabajo

La puerta D del tercer piso de un edificio, ni muy nuevo, ni muy antiguo, del barrio de La latina se abrió para darme la bienvenida. Allí se encontraba David, enérgico, pletórico. Después de tantos años, aún me sorprende como se vuelca con cualquier cosa. Ese día era yo el que le había llamado, el que necesitaba auxilio después de uno de esos días que los puedes etiquetar como “que me maten ya de una vez”.

El mundo de la consultoría siempre es complicado, muy sacrificado y poco agradecido. Era algo que había escuchado desde el momento que hice la entrevista para entrar en mi empresa, y que día a día he podido ir verificando. Siempre me ha parecido que yo no pinto nada trabajando ahí, pero nunca me había sentido tan absurdo como aquel día. Digamos que a unos señores de traje de cuyo nombre no quiero acordarme, aunque aquel día tuve presente a todos sus familiares, se les puso entre ceja y ceja que teníamos que regularizar unos datos antes del día siguiente. A mi parecer no era tan urgente como planteaban, pero es de las veces que es mejor agachar la cabeza y soportar todos los golpes. Allí estuvimos, mi jefa y yo, regularizando todo a prisa y corriendo. A decir verdad estaba más bien solo, porque los jefes son jefes, no se mojan. Resumen, la una de la mañana y saliendo de la oficina.

Un par de horas antes de acabar ya había dado el aviso de alerta a David, -Necesito una cerveza. La necesitaba de verdad, como un bálsamo. No ya por el día que había pasado, sino por lo acumulado. A veces uno vive tan de prisa que para frenar tiene que buscar una zona de frenado, o un muro infranqueable.

La cerveza fue solución, si, pero también fue causa. David ya tenía una en la mano cuando abrió la puerta, no me iba a dejar entrar sin que estuviera ya equipado, como buen anfitrión. El hall era la antesala de lo que se percibía un salón iluminado, lleno de vida. David no estaba solo. Dentro tres personas más. Alberto, su compañero de piso y amigo también, y Cristina y Marta. Dos compañeras de la universidad de David que ya habían salido algunas veces con nosotros. Más Cristina que Marta, pero ambas “conocidas”.

Ya me llevaban delantera, no habían dado mucha tregua y la mesa estaba llena de botes de cerveza. Podría decir que llevaban dos o tres cada uno, pero eso siendo una repartición equitativa. Yo no iba a tardar mucho en coger el ritmo. Necesitaba desconectar y me veía fuerte. Lo cierto es que me había desprendido de mi sentido común en cuanto había entrado por la puerta.

Cuatro de la mañana. En unas horas tendría que volver a la oficina, no tardaría en irme. O eso debería haber pensado, si hubiera sido un poco más normal. Sin embargo, todo había seguido un rumbo hacia aguas misteriosas, de las que no se puede volver si uno no sabe de cartografía. Alberto hacía rato que se había ido a dormir, chico sensato. Estábamos tomando cubatazos ya en el salón y hablando de la vida en general, cuando sin mediar palabra Cristina le dice a Marta, -Vamos a jugar. No solo sonó misterioso, sonó convincente. No sabíamos que era eso que estaban pensando, pero yo ya sabía que iba a jugar de todas todas.

Cristina se acercó donde Marta y la besó. Corto, intenso, ardiente. Miré a David y los dos pensábamos lo mismo, esto es mejor que la lotería. Pronto descubrimos que no todo iba a ser tan armonioso como de repente se había vuelto. Volvieron a hacerlo, más largo, más intenso, más ardiente. Yo no lo estaba creyendo, creo que David tampoco. Menos aun cuando una le quito la camiseta a la otra.

Silencio. Calor.

Fue rápido, un movimiento estratégico, pero ellas a nos tenían en el punto que querían. Éramos suyos. Estábamos a punto de ver un espectáculo fabuloso. E iluso de mi por un momento pensé que iba a ser sin coste ninguno. Pero no. De ningún modo.

Si de algo sirve la vida es para saber que nada viene dado sin esfuerzo previo. En esta ocasión no iba a ser distinto. Cristina, que llevaba la voz cantante, sabía que podría manejarnos y se empeño en ello. La propuesta sencilla, si queríamos seguir viéndolas, tendríamos que repetir sus pasos. La respuesta llegó rápida, David me miro y nos quedamos quietos. No íbamos a caer. Somos machos muy machos. Lo siguiente, un jaque mate. Marta, ya sin camiseta, se quito el sujetador, tapándose con las manos. Nosotros nos habíamos negado, pero no tardamos en recular. Unos segundos después tenía la lengua de David dentro de mi boca. El rechazo duró unos tres segundos, luego todo se volvió intensidad.

Nunca había besado a un hombre, nunca. Nunca me veía haciéndolo. Lo hice, y quizá la cerveza amuralló todos los pensamientos que podrían haber salido. Era un juego, y no iba a ser más que eso.

No recuerdo cuanto estuvimos, no fue poco. Cuando paramos, Cristina ya se encontraba encima de Marta, tumbadas en el sofá. Se besaban como leonas, y Cristina manoseaba el torso de Marta con lujuria. Era una barbaridad estar allí. Pero ella seguía con camiseta, sabía perfectamente que tendríamos que hacer algo más para que se la quitara. Fue ella misma la que se levantó hacia nosotros y nos quitó la ropa. Primero a David, luego a mí. Sabía perfectamente que todo estaba dicho, y no tenía control sobre mí mismo.

Sin dejar espacio para reaccionar allí estaba de nuevo, liándome con David. Lo raro no era comerle la boca a mi amigo, sino pensar en todas las veces que hablábamos de la vida, de chicas, de parejas y demás, y de repente estar así. Lo cierto es que ninguno de los dos tuvimos complejo de tocarnos. Pensandolo en frio, es curioso pensar lo difícil que es besarse con un amigo, y lo fácil que es tocarle su masculinidad.

David la tenía grande. Recuerdo pensar que yo no pintaba nada allí, con mi poca cosa. Pensamiento efímero, nada importaba ya.

Lo dejamos porque Cristina nos dio su aprobación, y cumplió su palabra. Se quitó la camiseta y el sujetador y volvió a la carga con Marta. David y yo en el otro sofá parecíamos niños en el estreno de los minions. Había merecido la pena. Cristina y Marta se entregaban la una a la otra con maestría, con deseo.

Entonces el monstruo final del juego. Cristina se puso a desabrochar los pantalones de Marta. Pero no iba a ser gratis, una vez más. El precio, el más alto. En un momento de vuelta a la tierra, yo me achanté, quería poner sentido común. No dio tiempo a reaccionar, fue David el que tomo la iniciativa. Se posiciono, y se la llevo a la boca. Nunca me lo habían hecho, no pude poner resistencia. Yo las miraba a ellas, que no apartaban la mirada de David. Fue corto. En seguida me hice con una servilleta de la mesa y cerre el telón. MI telón, porque la función seguía. Era mi turno, no había que decirlo, todos los esperaban. Intente no parecer indeciso. Tumbe a David con autoridad, y empecé a lamer su polla. Perdón la salida de tono, pero es una palabra con volumen, merecida. No recuerdo mucho del instante, sé que lo dí todo. Si las cosas se hacen, se hacen bien. Solo recuerdo que David se estremecía, y yo casi no podía respirar. El se tapó con la mano al eyacular, se puso perdido. Menos mal que me avisó.

Lo que ocurrió después era lo esperado. Cristina y Marta lo dieron todo, pero lo cierto es que yo no lo ví (todo…), me quede dormido en el sofá.

8.00 h a.m. Oficina

Todo ha pasado como un huracán. El día, la noche. No importa, la cafetera sigue haciendo ruido. Todo sigue su curso, normal, sin ningún cambio.

Quizás esto es la vida.

Experiencias.

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