Ocho años sin follar

-¡La puta que te parió! -el insulto salió sin pensar, y eso que Juan no es mucho de decir palabrotas-. Con todo lo que te he dado.

-A mi madre ni la mentes -el comentario de Carmina demostraba que no estaba muy acostumbrada a ese improperio, pues en verdad la madre es ya lo de menos.

-No, si la Carmen no tiene culpa. Bastante lleva en lo alto por haberte parido.

-¡Juan, no te consiento que me hables así! Acho, no sé qué mosca te ha picado. Si sólo te he dicho que nos ahorremos ese gasto.

-¡Pero cómo tienes tanto morro! ¿Y me lo dices después de gastarte cien euros en unos zapatos?

-Si son para la boda de tu primo, mamarracho.

-Para la que me has comprado la camisa en el mercadillo, ¿no? Mira que me voy al Corte Inglés y me visto del Emilio Tuchi ese.

-Emilio Tuchi dice. ¡Si no sabes ni pronunciarlo!

-Ahí va la lista.

-¿Y así vas a aprender inglés?

-Por mis cojones que lo aprendo, así que olvídate de que deje las clases.

-Lo haces a casico hecho para perderme de vista.

-Deseandico estoy. Me voy a poner a aprender chino para irme más lejos.

-Qué bonico; las cosas que le dices a tu mujer.

-¿A mi mujer? Sólo soy tu marido cuando te interesa -Juan pensó en el sexo, claro, del que Carmina le había privado ni se sabe cuánto tiempo-. De soltero mojaba más.

-Siempre estás con lo mismo.

-¡Coño, pues lo tienes fácil!

-Ay, Juan. No me digas esas cosas. Ahora no me apetece.

-¡Ni ahora ni nunca! Cualquier día me voy con una rusa.

-Pero nenico, qué rusa te va a querer a ti, si no tienes un real.

-Con todo lo que me has sacado podría tener hasta un Mercedes. ¿Y tú? Mucho ir a la iglesia, mucho ponerle velas a San Fulgencio, pero el cirio de tu marido está más seco que un bocadillo de migas.

-No sé cómo eres tan cruel, Juan. ¡Ay Juan! -Carmina se echa a llorar como cada vez que su marido hace referencia al sexo.

-Venga, ahora las lagrimitas. Yo sí que tendría que llorar por los cien euros. ¿Sabes cuántas clases son?

-¡Qué me importa! ¿No ves cómo estoy?

-Sí, el problema es que te veo -Juan se giró y salió de la habitación-. ¡A China! ¡A China! -se fue gritando.

Tras el portazo Carmina sacó un pañuelo de papel y se levantó para guardar los zapatos en el armario. En realidad habían costado ciento veinticuatro euros, mintiendo por su intención de haberle sisado al marido la diferencia, equivalente a dos clases de inglés, si bien esta vez no pudo persuadirle como sí consiguió otras. Pese a ser tan religiosa, tenía muy poca fe en él, al que consideraba un zoquete incapaz de hacer la o con un canuto. Pero cuando hablaba con otras feligresas, sus razones eran bien distintas, pues les explicaba que no quería que viajase tanto. “Le pueden mandar a Alemania”, les contaba.

Juan era conductor de autobuses, aunque él prefería que le llamasen “chófer”. Llevaba veinte años trabajando para la misma empresa, pero ahora haciendo viajes sólo del pueblo a Murcia capital. Durante un tiempo viajaba hasta Barcelona, pero Carmina saboteó sus escapadas inventando enfermedades, pánicos y demás demencias. ¿El motivo? Inexplicablemente quería tenerle cerca y que durmiera en casa todas las noches. “Este se me va con una golfa”, pensaba a menudo. “Más cuando la golfa descubra lo que tiene entre las piernas”. Con este pensamiento rechinaba los dientes rememorando el dolor que le hacía años atrás cuando practicaban sexo. “Juan, la puntita”, pero el semental hacía caso omiso dejándose llevar y aprovechando las pocas ocasiones en las que Carmina estaba receptiva. Antes, en vez de con rusas, la amenazaba con largarse con una ecuatoriana, que estaban más de moda. Y aunque Carmina no le veía capaz, ante la duda le ayudaba algún que otro sábado a masturbarle (“Que Dios me perdone”)

El caso es que ahora su empresa se había hecho internacional, pero para viajes fuera de la frontera los conductores necesitaban tener conocimientos de inglés. “Acho, déjame irme”, le pedía al jefe, “a ver si me trinco a alguna sueca, que ya sabes que la Carmina me tiene sin mojar”. “En Alemania no hay suecas”. “Dejará de haber”. Sus compañeros le contaban historias (no se sabe si reales o ficticias) de los viajes transfronterizos dando a entender que la modernidad del resto de Europa implicaba que las mujeres fuesen fáciles. “Y sin pagar”, presumían. Ante tanta insinuación Juan, a sus cuarenta y tantos, decidió aprender inglés. Se apuntó a la academia del pueblo, renunciando poco después por vergüenza, ya que le costaba mucho y tenía la sensación de que su classmates se reían de él. Preguntó por clases particulares, pero en el pueblo no las encontró. Finalmente se enteró de que en otro cercano había un profesor. Antes de ese día no llevaría más de cinco o seis clases por el empeño de su mujer en que no las diera, así que cuando cometía el error de decirle cuándo la tenía, ésta se buscaba un dolor, la visita a algún enfermo o rompía cosas para que Juan las tuviera que arreglar.

Más cabreado que nunca, Juan llegó a casa de Manu.

-Hello, come on in.

-Hello -se sentaron en la mesa de siempre.

-Acho Manu, ¿tú crees que voy progresando?

-Claro, ¿y esa pregunta?

-Porque he pensado que igual lo dejo. Mi mujer me tiene hartico. Ya no sabe qué inventarse para que no venga.

-¿Por qué?

-Porque no quiere que viaje.

-Estará preocupada por la carretera.

-¡Y una leche! Me quiere tener atado bien corto. Hoy le he dicho que me voy con una rusa.

-Pues eso es que te quiere, ¿no?

-Qué me va a querer esa arpía beata. De lo que tiene miedo es que me largue. ¿Conoces esa frase de “hasta que las rusas os separen”?

-Ja, ja. No.

-Pues es que unos años atrás cuando esto se llenó de rusas, más de uno dejó a su mujer y se fue con ellas.

-¿En serio?

-Cucha, y tanto. “El Morao” vendió el roalico de tierra que tenía por cuatro perras, cogió los bártulos y se fue con la rusa.

-¿Y tú te irías con una rusa?

-Pues no, pero con una alemana…

-¿Por qué alemana? -se interesó el profesor.

-Dicen los compañeros que allí a los españoles se nos echan encima las muy guarrillas.

-Ya será menos.

-¡Es verídico! En el autocar mismo te la… -Juan reprodujo con las manos el gesto de una felación-. O se van contigo al hotel y te las zumbas. Me vas a tener que enseñar a decir… bueno, ya sabes.

-Entonces no dejas las clases.

-Ya veremos.

-Pues venga, manos a la obra.

Juan se fue más animado. Aprovechaba las clases para desahogarse un poco y contarle a Manu los tejemanejes de su mujer o las historias de sus compañeros. El profesor, que a sus cuarenta años había visto de todo, le dejaba esfogar dándole la razón en lo que decía y cuando acababa se ponían con el inglés. Pero a veces uno no tiene el día, y sus propios problemas bloquean la capacidad para escuchar los ajenos.

-Acho, Manu, me estás escuchando.

-What? Yes, yes.

-¿Qué te he dicho del Cipriano?

-Sí, lo de la alemana -improvisó.

-Ah vale, creí que no escuchabas.

Aunque Manu lo dijo por decir, había acertado, pues Juan era bastante monotemático.

-Pues eso, que la tour guide se le puso a tiro, y allí mismo en el parking del hotel… Uf, me caliento sólo de pensarlo. Verás tú cuando pueda ir. ¿Cuándo crees que será?

-No sé, Juan.

-Necesito irme. ¿Sabes cuánto tiempo llevo sin meterla en caliente?

-Menos que yo, fijo -pero Juan ignoró su comentario.

-¡Ocho años!

-No puede ser cierto -Manu creyó que aquello era físicamente imposible.

-Como te lo cuento. ¡Ocho años! Y uno tampoco puede… ya sabes… hacerlo solo porque cuando estoy en casa Carmina no me deja ni un segundo. ¡Qué mujer! Menos mal que los domingos se va a misa y ahí es cuando yo descargo, porque si no te juro que me da algo.

-Vete a algún club. O a la playa, que también hay alemanas.

-Sí, hombre. Para que mi Carmina se entere. ¡Y para qué queremos más!

-Ocho años -repitió el profesor aún incrédulo.

-Ocho. Mi último viaje a Barcelona, con una prostituta al lado del Camp Nou. Imagina cómo estoy.

-La verdad es que prefiero no imaginármelo.

Para la siguiente clase que tenían el lunes, Juan apareció con un atuendo particular que dejó a Manu pasmado. Y es que siempre llevaba puestos unos pantalones de vestir y una camisa de color liso que debían ser su uniforme y que le hacían parecer más mayor, pero nada más. Sin embargo, ese día Juan confirmaba que era un cateto de pueblo, si acaso alguien tuvo alguna vez dudas de lo contrario. El culpable fue un pantalón de chándal de algodón gris claro que Juan se había ajustado en la cintura como si se tratara del uniforme. Vamos, que se lo subía un poco más y se ahorcaba. Ello provocaba que fuese “marcando paquete”, lo que captó la atención del profesor. Ya no sólo por habérselo ajustado de esa manera, sino porque debajo de la tela se intuía un generoso trozo de carne.

-Es que voy a empezar a hacer running de ese -explicó el alumno al ver la cara de sorpresa de Manu-. Running es correr, ¿no? En mis tiempos se decía footing. Oye, ¿el otro correr se dice igual?

El profesor no lo pilló.

-Sí, hombre, el correrse, ya sabes.

-¡Cómo te voy a enseñar eso, Juan!

-Coño, para decírselo a la alemana.

-¡Qué obsesión!

-¿Por qué crees que me ha dado por hacer deporte? ¿Para gustarle a mi Carmina? ¡Pues no, para que las alemanas se fijen en mí!

-Como lleves ese pantalón sí que van a fijarse, sí.

-¿Por qué lo dices?

-Porque un chándal no se lleva de esa manera.

-¿Ah no? ¿Y cómo?

Manu se acercó y quedándose a escasos centímetros del cuerpo de su student, le agarró la cinta elástica y se lo recolocó bajándoselo hasta la altura de la cintura.

-Así. Y además no vas marcando tanto.

-Más cómodo sí, que notaba yo que el pespunte me apretaba demasiado.

-Claro hombre, si te tenía que molestar y todo.

-La verdad es que sí, pero lo achaqué a que me duele… ya sabes, el tema. Porque ayer mi mujer no fue a misa y no pude darle al manubrio. Me entiendes, ¿no? Y como ya he cogido esa costumbre de hacerlo los domingos, pues estoy bien cargado. Esta mañana he pensado en hacérmela en los baños de la estación de Murcia. ¡Qué ganas tengo de irme a Alemania! Y mira, ya ni suecas ni nada. Me conformaré con poder cascármela tranquilamente en el hotel. ¡Vamos, que tenga que vivir así!

Manu se apiadó de su alumno, porque aunque pareciera un tanto obsesionado, es verdad que vivir de esa manera tenía que ser difícil. Le recordaba a su época de adolescencia, cuando esperaba ansioso que sus padres se marcharan para meterse al baño con alguna revista y estrujársela. Dudó un momento, pero al final se lo dijo:

-Es un poco violento, tanto para ti como para mí, pero si quieres usar mi baño…

-¿No te importa? Joder, Manu, me harías un favor. Con lo salido que estoy no voy a tardar. ¡Gracias!

No tuvo que meditarlo nada, así que Juan se marchó decidido en busca del baño. Es verdad que apenas tardó unos minutos y el ruido de la cisterna avisó que ya estaba listo para la clase. Al acabarla, Manu entró en el aseo para mear. Se fijó que en la tapa de la taza había un par de gotas blanquecinas ya casi secas. Tocó una de ellas con el dedo acercándose después a la nariz. Un aroma intenso le confirmó de qué era esa manchita.

El chófer no tomó ese favor como costumbre, pues la clase que tuvieron el jueves de esa semana fue de lo más normal salvo por el fuerte olor a sudor que Juan desprendía, ya que ese día había ido a correr antes del inglés.

El sábado siguiente era la boda del primo de Juan, con una larguísima ceremonia sin incidencias y una celebración en los típicos salones de boda. Fue allí donde Juan se percató de la presencia de su profesor de inglés, ataviado con un llamativo traje de color azul claro y pajarita rosa que contrastaba con la seriedad de los tonos oscuros del resto de invitados varones. Quiso ir a saludarle, pero Carmina le agarró del brazo fingiendo ser un matrimonio feliz, si bien la razón fue que sus caros zapatos la estaban matando y necesitaba un apoyo. Agradeció que se sentaran al momento para cenar, pero no fue hasta después que Juan pudo escabullirse para poder beber alcohol sin tener que pedir permiso. Se acordó del teacher y le buscó para saludarle.

-Hello! -le tocó el hombro.

-¡Hola Juan!

-¿No me digas que somos familia?

-No sé, yo vengo por la novia, ¿tú?

-El novio es primo mío. Bueno, me alegro de verte. Pásalo bien -se despidió.

Se volvieron a encontrar en los aseos, lugar más que probable a tenor de la ingente cantidad de bebida que se ingería en aquella fiesta. Mearon uno al lado del otro.

-¿Y tu mujer? ¿Me la podrías presentar? -habló Manu.

-Déjala, que debe de estar muy a gustico poniéndome a parir con las otras arpías.

-¿Cómo dices eso?

-Si me da igual lo que cuente. ¿Y la tuya?

-Yo no estoy casado.

-Pues qué envidia me das. Aunque se nota, porque mi mujer nunca me hubiera comprado un traje como ese. ¡Luego te metes con mi chándal!

-¿Qué le pasa a mi traje? ¿Te compra la ropa tu mujer?

-¡Anda claro! En el mercadillo, la muy puta. Y ella lleva unos zapatos de cien euros que la están matando. ¡Y luego quiere que deje las clases para ahorrar! Bueno, el chándal me lo compré yo en el Decathlon el otro día.

-Ya decía yo. Imagino que no te lo vería puesto, porque no te hubiera dejado salir a la calle así.

-¿Y por qué no?

-Joder Juan, marcando ahí todo…

-Ah, eso -se echó a reír.

Abandonaron los baños y cada uno se unió a su grupo, ambos muy cerca de la barra del bar. Se miraban de vez en cuando. Juan se preguntaba por qué un tío de cuarenta años no estaba casado y cayó en que nunca antes se lo había preguntado, sintiéndose egoísta porque en las clases sólo hablaba de él mismo. Manu le observaba con la curiosidad de si Juan hablaría con esos hombres de lo de siempre, mencionando sin parar su inactiva vida sexual de la que se compadecía. “Ocho años”, pensaba. Le interrumpió uno de sus amigos para despedirse. Lo hicieron con dos besos. Juan les vio y se extrañó que dos hombres con esas edades se despidieran de tal forma, aunque “hay familias más cariñosas” concluyó. Sin embargo, uno de los dos que se marchaba, se despidió de su profesor con un beso en los labios. “¡No pueden ser familia!”, se dijo a sí mismo. Al notar que le miraba, Manu sonrío a Juan, quien se ruborizó y giró la cabeza bruscamente. Cuando volvió a mirar, su profesor ya no estaba.

Al abrirle la puerta de su casa el lunes, Juan entró más rápido de lo normal.

-Manuel, no me digas que tú eres marica.

-Homosexual, si no te importa.

-¿Y por qué no me lo has dicho antes?

-No creo que sea asunto de nadie.

-La gente me ha visto venir aquí. Y a lo mejor nos vieron el sábado hablando. ¡O ir al baño juntos!

-¿Tienes algún problema?

-¡Por supuesto que lo tengo! Si mi Carmina se entera que voy a casa de un mari…homosexual. Esas cosas se avisan.

-¿Estás hablando en serio?

-¡Claro! Joder, que he usado tu baño. Y el otro día me tocaste. ¿Lo sabe alguien más?

-Ja, ja -la ingenuidad del comentario hizo reír a Manuel, quien no se ofendería por el inocente carácter del alumno.

-A mi no me hace gracia, Manuel.

-Pero vamos a ver, Juan. ¿Cuánto tiempo llevas viniendo?

-Un par de meses.

-¿Y te he hecho algo que te incomodase?

-Joder, te he contado mis intimidades. Qué menos que me lo dijeras para no…

-¿Y qué diferencia hay? Bueno, hubieras dejado de venir, imagino.

-¡Claro! Como mi Carmina se entere. ¡Madre mía! ¡O mis compañeros! Voy a ser el hazmerreír. Ay, Dios, si no se han enterado ya. Que digan que tú y yo… madrecica santa.

-¿Quieres hacer el favor de calmarte?

-Se pensarán que vengo aquí a… ya ves que si lo harán.

-A ver si te crees que yo me tiro a mis alumnos.

-¡Ni lo mentes! Dios, qué vergüenza, en casa de un maric…

-Mira Juan -Manu se dirigió hacia la puerta-. No tengo que aguantar esto, así que será mejor que te vayas. Si tanto te molestaba no entiendo para qué has venido.

-Quiero que me la chupes.

-¡Largo! -atónito, Manu abrió la puerta.

-Te pago la clase igual -Juan trató de cerrarla.

-¡Soy gay, no una puta! Esto es surrealista.

-Baja la voz, coño.

-Estoy en mi casa. Márchate.

-Pero si en la mili había…

-¡Que no me interesa! -Manu le interrumpió.

-Vale, perdona. Hago las cosas sin pensar. Vamos a dar la clase por lo menos.

-Por lo menos nada. Si te quedas, se acabó la conversación, ¿entendido?

-Ok, teacher.

Pero Juan no se iba a dar por vencido. Y alguna parte de Manu quería que no lo hiciese, molesto por la rudeza del conductor, pero excitado por lo que sabía guardaba entre las piernas. Como una vez le dijo, aunque el otro no le escuchara, llevaba mucho tiempo sin tener relaciones. Y aunque un paleto heterosexual no era lo ideal, al menos lo tenía accesible y parecía dispuesto. “¿Quién más le hubiera pedido que se la chupara de esa forma tan directa?”.

-¿Qué te pasó en la mili? -se atrevió a preguntarle mientras hacía que hojeaba el libro buscando algo.

-Que había un mariquita que se ve que se la chupaba a los cabos.

-¿A ti no?

-¡Claro que no! -desmintió raudo-. Yo no era cabo -añadió provocando que Manu se riera-. ¿Qué te hace gracia, que no fuera cabo?

-Por cómo lo has dicho. Así que si hubieras sido cabo, te la hubieran chupado en la mili.

-¡No he dicho eso!

-Bueno, bueno. Da igual. Acaba el ejercicio anda.

Juan le obedeció, pero no tardó en hablar de nuevo:

-¿No me la vas a chupar entonces?

-No eres cabo -Manu trató de bromear, dudando si su alumno lo pillaría.

-La tengo más grande que muchos cabos -efectivamente, parecía no haber captado la indirecta-. En la mili me llamaban “trípode”. Yo creo que el mariquita aquel se quedaría con las ganas.

-¡Pero a ver si te enteras que los gays no se acuestan con todos los tíos!

-Si yo no he dicho nada de acostarse, que yo soy muy hombre. Allí se metían en los aseos y el otro se arrodillaba y ya está.

-Veo que te crees todo lo que te dicen. Igual que ese rollo de las alemanas.

-Claro que es verdad.

-Qué ingenuo eres, Juan.

-¿Y qué ganan con inventarse esas cosas?

-Parece mentira que a tu edad no sepas cómo es la gente, especialmente lo fanfarrones que son los hombres.

-¿O sea que es mentira?

-Tampoco lo sé. Pero me extraña mucho eso de las alemanas, en serio. No quita para que a lo mejor alguna vez haya ocurrido, pero dudo que sea tan fácil. Y más si tus compañeros son poco atractivos.

-Eso no sé, yo no entiendo.

-Bueno, da igual. Lo comprobaremos cuando vayas.

-Me estás quitando las ganas -apreció Juan.

-¿De que te la chupe?

-Joder no, de irme para Alemania.

-Ah, vale -Manu se sonrojó.

-De lo otro no. Mira cómo estoy -Juan se tocó el paquete ante los ojos de su profesor.

-¿Ayer no hubo misa?

-¡Qué va! Y eso que con la resaca de la boda me levanté temprano y todo, pero la Carmina estaba allí.

-Pobre -se burló-. Te dejo usar el baño.

-Prefiero que me la chupes. Joder, que ya me he hecho ilusiones.

-No será que yo te he dicho nada. ¿Y te das cuenta de lo raro que suena?

-¿Por qué?

-O sea que no.

-A ver Manu, que yo no tengo estudios ni nada. Yo soy un tío de pueblo, sin mundo.

-No tiene que ver, pero se nota que dices las cosas conforme te vienen, aunque sea que otro hombre te la chupe.

-Si ya sabes como estoy. Me da igual dónde sea con tal de meterla.

Manu hubiera hecho algún comentario mencionando la falta de tacto de Juan, pero de poco hubiera servido. Tampoco lo hacía con maldad. Estaba totalmente desesperado, comprensible después de tantos años. ¿Para qué darle más vueltas si ambos querían?

-Levántate -le pidió al fin-. ¿Prefieres en el sofá o en la cama?

-La cama -Juan no dudó.

Al llegar al dormitorio Juan se desnudó completamente. Manu sólo se quitó la camiseta y los zapatos mientras comprobaba que su intuición no le había fallado, observando la enorme verga que le colgaba a su alumno. Éste se tumbó mientras se la tocaba hasta que Manu se acercó. Le apartó la mano y la agarró con la suya.

-Qué buena polla tienes -comentó.

-Cómetela -le animó impaciente.

Manu dejó caer la lengua en el grueso capullo acaparando el olor y sabor intensos que desprendía. Unas gotas ya se habían escapado, esparciéndolas con la punta de la lengua por la totalidad del glande. Tras ello la deslizó por el largo tronco hasta llegar a la base y olisqueó los huevos.

-Cómetela -repitió el alumno haciéndole ver que prefería evitar cualquier preámbulo.

Manu le hizo caso y se la metió en la boca escuchando un sonoro gemido. Tragársela entera era casi imposible debido a la magnitud de ese falo. La succionaba entonces hasta donde podía, esperando que quizá Juan le cogiera de la cabeza y le empujara, pero éste mantenía los brazos cruzados por detrás de la suya, totalmente sumido a lo que su profesor le quisiese hacer. Manu hubiera jugado con ese pollón de muchas maneras, pero Juan no era la persona adecuada, o así lo había demostrado su impaciencia. Por tanto, siguió con una aburrida, aunque placentera, mamada al estilo tradicional. Si el otro día no tardó mucho en correrse con la paja que se hizo en su propio baño, el estímulo de sus tragaderas no dilataría mucho el momento. Y así fue.

-¡Me voy, me voy! -avisó.

Manu se sacó la polla de la boca y acto seguido comprobó cómo los chorros salían enérgicos para acabar en el abdomen y el pecho de Juan, que seguía sin inmutarse salvo por los sollozos y el par de contracciones que acompañaron a sus descargas. Manu se incorporó un poco y esperó a ver qué hacía el otro, pero no se movía. “¿No se habrá dormido?”, pensó.

-Otra vez -habló Juan por fin volviendo a dejar perplejo a su profesor.

-¿Ahora? ¿Ya?

-¿Tenemos tiempo?

Manu asintió y se la comió de nuevo. Creyó que esta segunda vez Juan no estaría tan ansioso en que se la tragara, por lo que recuperó la suavidad con la que quiso empezar, jugueteando con su lengua por el capullo disfrutando de su sabor e intenso aroma que la corrida le había dejado. La estimuló también con la mano para sentir ese mástil duro y deslizar así los labios por todo el tronco, llegando a los huevos que también lengüeteó. Se deleitó con la polla de Juan todo lo que quiso sin que éste dijera o hiciera nada. Si acaso algún sollozo más clamoroso cuando Manu la engullía o se la dejaba dentro todo lo que cupiese hasta quedarse casi sin respiración. Otra vez Juan le avisó cuando estaba a punto y de nuevo Manu le estimuló hasta verle descargar, robándole con los dedos un par de gotas que se llevaría con disimulo a la boca dejándole totalmente excitado.

Porque no fue hasta que Juan se hubo marchado que Manu se masturbó. Lo hizo en esa misma cama rememorando el varonil olor de su alumno proyectando imágenes de su pollón y tratando de captar los matices de su leche acercándose los dedos con los que se pringó de ella. Ya después reflexionaría sobre si Juan iba a volver, pues la despedida fue de lo más natural, tal como era el autobusero. En teoría la siguiente clase era el jueves, pero el día después Juan le llamó para preguntarle si tenía hueco esa misma tarde.

-Le he dicho a la Carmina que salía a andar.

-¿Con el coche?

-Da igual, mañana me compro una bici y me vengo con ella.

-Vaya, veo que te vas a tomar el inglés en serio.

-¿Qué inglés? Que no soy rico para pagarte tanta clase. Quiero follarte el culo, ¿me dejas?

Otra vez Juan sorprendió al profesor, si bien éste aceptó de buena gana la propuesta.

-Es la primera vez que le veo la picha a otro hombre -dijo tímidamente cuando Manu se desnudó.

Se la chupó un poco para endurecerla y lubricarla, y cuando estaba lista se colocó a cuatro patas.

-Come on, fuck me.

Juan lo hizo con la rudeza que le caracteriza, situando el capullo de ese pollón en la punta para ver si entraba como él creía. Y el ano de Manu la fue recibiendo, pero un estoque algo brusco le hizo gemir.

-¿Te he hecho daño?

-Hazlo con cuidado; despacio al principio, Juan.

Siguió sus instrucciones y la metió poco a poco hasta verla ya más o menos acoplada y casi entera dentro del culo de su profesor. Sus huevos golpeaban las nalgas del otro, por lo que fue capaz de absorberla entera. Comenzó entonces un rítmico mete y saca que estremecía a ambos, lanzando sollozos que se perdían al unísono en esas cuatro paredes. Al igual que el día anterior, Juan no haría nada más, y efectivamente se corrió en la espalda de Manu tras unos minutos de embestidas. Cuando la sacó el profesor notó el tremendo vacío que dejó la polla, y Juan se fijó en lo raro que resultaba ver un culo tan de cerca y las cosas que el esfínter hacía.

-Otra vez -volvió a pedir.

Manu lo esperaba. Se incorporó y vio que no necesitaba estimular mucho la polla de Juan porque estaba casi dura. Esta vez se tumbó en la cama boca abajo y esperó que Juan se recostara sobre él y así sentirle mejor. Lo hizo, y el roce de su vientre en la espalda le excitó sobremanera. También el creer que Juan no aguantaría esa postura durante tanto tiempo porque su fuerza dependía de los brazos con los que se apoyaba sobre el colchón. De hecho, una de las veces se desplomó sobre Manu, quien notó también los pezones rozarle la piel. Con todo, Juan no se la sacaba ni cuando se volvía a incorporar. Ahora estuvo más tiempo follándose a su profesor, resignado con aquella postura que no le permitía tocarse él mismo, pero igualmente sin desear que el semental cateto se corriera pronto. El movimiento le hacía sudar, intensificando el olor de la habitación que luego agradecería cuando por fin pudiese trabajarse su verga.

Al día siguiente la escena se repitió, pero Juan comentó que podrían dar clase aunque fuera media hora sólo para al menos ir mejorando un poco con el inglés si se daba el caso de que alguien le pillara yendo a casa del teacher todos los días. El aguante del alumno era encomiable, y siempre se corría dos veces, aunque pasaron a ser una mamada y una follada. Por ello, Manu ideó que le pondría algún vídeo de inglés en la tele del salón mientras le comía la polla. Total, las veces anteriores Juan se tumbaba en la cama y no hacía nada más; al menos así aprendería algo. De hecho, resultaba hasta cómico cuando le daba por repetir algunas frases del vídeo y Manu no podía evitar sacarse la verga de la boca para corregirle la pronunciación. Si el vídeo era más largo se extendía hasta el momento de petarle el culo, así que Manu se ponía a cuatro patas y Juan le embestía mientras ambos miraban a la tele.

Uno de los momentos álgidos llegó cuando Manu dejó que Juan se corriera dentro de su boca, tragándose toda la leche y haciéndole estremecer. Sin embargo, el comentario de Juan fue tan peculiar como lo es él:

-Acho, qué vicioso eres.

-¡La puta que te parió, y me lo dices tú!

Fue más fácil, porque así ya no había necesidad de que Juan avisara de que se corría y no interrumpía sus inmersiones lingüísticas. Con todo, un día Manu se dejó llevar demasiado por la situación. Estaba tumbado boca arriba en el sofá con las piernas abiertas hacia los lados mientras Juan le taladraba. Éste se movió un momento para recolocarse, quedando muy cerca de la cara del otro. Sin pensarlo, levantó un poco la espalda y le dio un beso a Juan, quien se apartó como si le hubiese dado un calambre y empujó a su profesor de forma violenta. Sacó la polla de su culo y se levantó.

-¡Cucha el maricón! -gritó al aire.

Se vistió y se fue. Pero a los dos días volvió porque prefería que otro hombre le besara a tener que aguantar a su mujer. Bueno, en realidad le dejó claro que nada de besos “ni mariconadas”, condición que Manu aceptó, aunque accedió a que le dejara masturbarse mientras le follaba. Así siguieron durante semanas. El semental descargaba su leche dos veces, una dentro de la boca de Manu y la otra dentro de su culo, e incluso esperaba si el teacher no se había corrido antes que él restregándole la polla ya flácida y brillante por el ano que tanto llamaba su atención que no paraba de expulsar su propia leche.

Finalmente su jefe le dio viajes a Alemania que le costaron más de una pelea con Carmina, que luego agradeció por el incremento de sueldo de su marido. En el país bávaro Juan descubrió que las alemanas no eran tan frescas como le habían contado, y en la soledad de su habitación de hotel deseaba volver al pueblo para seguir con las clases de inglés.

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