Operación Ser-gay

La subinspectora de policía Raquel Cobos salió de la discoteca en dirección al callejón donde estaba aparcado el coche camuflado. Allí la esperaban el inspector Rodrigo Ortega y el joven agente de policía Daniel Ponce.

―[…] Sí, señor, Ahora mismo acaba de subir al coche. ―En el asiento del conductor, Ortega estaba hablando por radio con el inspector jefe José Ramón Quiroga―. Cuando quiera puede usted hablar con ella.

―¿Cobos? ¿Se puede saber qué coño ha pasado? ¿Cómo es que ha vuelto usted tan temprano?

―Lo siento, señor. Alguien la ha cagado. Al sospechoso no le atraen las mujeres.

―¿Cómo dice? ¿Repítalo?

―Señor, parece ser que el ruso es marica. Se lo sonsaqué a su chófer.

―¡No me joda!

―Le van los jóvenes afeminados.

―¡Me cago en…! Los que hicieron el seguimiento me van a oír.

―Mejor si son travestis, señor.

―Vale, vale. No me diga más. Ya la he entendido. Buen trabajo. Ya pueden volver los tres a comisaría. Ah, Cobos…

―Dígame, señor.

―Quiero el informe de lo sucedido hoy mismo en mi mesa antes de irse a casa.

―Joder.

―¿Eso era una queja, Cobos?

―No, señor.

Después de cortar, Rodrigo Ortega arrancó el coche y se dirigió a la comisaría. Nadie habló durante el trayecto. Desde el asiento de atrás del conductor, Daniel no podía apartar la mirada de las piernas y del escote de su compañera. Había escogido precisamente ese asiento para tener una visión privilegiada de ella y de su “disfraz” de incógnito. Ponce empezaba a cogerle el gusto al trabajo policial. Desde que hacía unos meses él y su compañero de promoción, el también novato Javier Peña, habían llegado a la comisaría no le habían quitado el ojo de encima a Raquel. «Pobre Javi», pensó Daniel, «se está perdiendo el espectáculo». Y lo que aún era peor: su amigo era uno de los que habían participado en el seguimiento del ruso. Se le iba a caer el pelo.

Comisaría. Jueves por la mañana

―¡Eh, Cobos! Pensaba que hoy nos presentarías a tu nuevo ligue ―dijo el inspector Paco Martínez, en plan jocoso, cuando vio entrar a Raquel.

La ocurrencia de Martínez provocó la inmediata hilaridad del inspector Ortega y de los dos novatos.

―¡Que te den, Martínez!

Raquel estaba de mal humor. Apenas había dormido. Había tenido que quedarse hasta altas horas de la madrugada en comisaría para redactar el informe del contacto fallido con Sergéi. Y aunque no había tenido una responsabilidad directa en el fiasco éste le suponía un contratiempo en su ambiciosa carrera como policía.

―Me alegro, Martínez, de que haya podido dedicar unos minutos de su valioso tiempo a leerse el informe de su compañera ―dijo el inspector jefe Quiroga―. Así ya se habrá enterado de que alguno de sus chicos la cagó con el seguimiento del sospechoso. Porque que se nos pasaran por alto las “peculiares amiguitas” del ruso cuando precisamente nuestra operación consistía en enviar a una mujer a sonsacarle información, es en mi opinión una GRAN CAGADA. Aparte de sus habituales comentarios chistosos ¿tiene algo que decir en su descargo?

―Pero jefe, ¿quién podría haberse imaginado que el ruso era un sarasa? Además, ya conoce usted los recursos de los que disponemos. Con tan poco personal dedicado al caso era imposible seguir las 24 horas del día a “Ser-gay”.

―Eso es, Martínez. Siga con sus bromitas. Aún no sé cómo coño llegó usted a inspector. Cobos ha conseguido información más valiosa de nuestro sospechoso en una noche que usted en dos semanas de seguimiento. Ya veremos si nos reímos tanto cuando esta cagada llegue a oídos del comisario. Así que sería mejor que para entonces ya tuviéramos pensada una alternativa a esta mierda de operación policial que hemos pergeñado. ¿Alguna sugerencia?

―Yo tengo una, jefe.

―Me temo lo peor. En fin… A ver, Martínez, ilústrenos.

―Podríamos disfrazar a los novatos de travelos ―dijo Martínez, sin poder reprimir la risa.

En esta ocasión sólo le acompañó el inspector Ortega. Ponce y Peña lo fulminaron con la mirada.

―Sus gracietas están empezando a hartarme, Martínez.

―No. Espere, señor ―se apresuró a decir la subinspectora Cobos―. Aunque no lo pretendiera, Martínez no ha dicho ninguna tontería.

―Explíquese, Cobos.

―Piénselo, señor. Podríamos aprovechar todo el operativo que teníamos montado anoche. Sólo que esta vez utilizaríamos a Ponce como cebo ―argumentó Raquel, que, volviéndose hacia el otro novato, añadió―: No te ofendas, Peña, pero tú no darías el pego como travesti. En cambio, Ponce…

Javier aceptó aliviado las disculpas de Raquel. Luego se fijó en su amigo, que estaba lívido.

―¿Habla en serio, Cobos? ―preguntó, incrédulo, el inspector jefe.

―Sí, señor. Completamente. Podríamos ponerle una peluca y maquillarlo. Lo vestiríamos con la ropa del almacén de decomisos…

―Con algún vestidito de los que confiscamos a las putas de la redada del mes pasado ―intervino Martínez, que se estaba divirtiendo de lo lindo con el mal trago por el que estaba pasando el novato.

―Sí. En aquel prostíbulo creo que también había transexuales ―añadió Peña, que, ahora que ya no corría peligro, parecía más preocupado en ganar puntos ante Raquel que en echarle un cable a su amigo.

Ponce miró con rabia a su colega de promoción. El inspector jefe todavía no daba crédito a lo que se le estaba planteando.

―Fíjese en Ponce, señor. Algo más bajo que la media, delgado, con esa carita de no haber roto nunca un plato… Imagíneselo, señor ―insistió Raquel, que no quería darse por vencida. Dado que ya había quemado su identidad falsa y ya no podría volver a participar de forma encubierta en la operación, debía asegurarse por lo menos de que su jefe tuviera claro que seguía siendo una pieza clave de la misma. Ese caso era una oportunidad para medrar, y le había dedicado demasiado esfuerzo como para abandonarlo justo en ese momento.

―Sí, sí. No digo que no pudiera llegar a parecerlo, pero lo que usted plantea es algo… ―dijo Quiroga, que no salía de su asombro.

―Señor, ¿podemos hablar un momento en privado?

Todos se sorprendieron del atrevimiento de Raquel. Pero quien estaba realmente preocupado era Ponce, a quien no le llegaba la camisa al cuerpo.

―Sí, claro. Por supuesto. Vayamos a mi despacho ―respondió el inspector jefe, quizá el menos sorprendido de todos. Desde el día en el que Cobos pisó aquella comisaría Quiroga supo que aquella chica llegaría lejos. No le faltaban ni cualidades ni ambición.

―Señor, avanzaríamos mucho en el caso ―dijo Raquel inmediatamente después de que Quiroga cerrara la puerta del despacho―. La operación de ayer consistía en una simple toma de contacto. Nos conformábamos con obtener algo de información sobre la organización de Sergéi. Íbamos al tuntún. Pero ahora podemos ampliar nuestro horizonte. Sabemos muchísimo más. Por el chófer de Sergéi conocemos su debilidad por los chicos y, lo más importante: que la mantiene en secreto. ¿Qué pasaría si se enterara de ella alguno de sus rivales en la organización? Si tuviéramos alguna prueba… una foto suya con las manos en la masa… Tendríamos al ruso cogido por los huevos y lo podríamos utilizar como informador. Tendríamos unos ojos y unos oídos en la cúpula de la organización. Y no sería complicado conseguir esa foto. Sabemos que lleva a los chicos a su casa. Sólo se trata de que Ponce descorra las cortinas del dormitorio en el momento de… ya sabe, o incluso de que lo hagan en la terraza. Podríamos pillarlos in flagranti con un teleobjetivo.

―No sé, Cobos. Creo que está usted llevando el asunto demasiado lejos. Siempre he admirado su determinación, se lo aseguro, pero en esta ocasión le está nublando la vista. Usted pretende que… ¡Eso es aberrante! ¡Una abominación! ¡Eso es antinatural, por el amor de…! ¡Y encima usted pretende que “eso”, ESO precisamente, lo haga un policía!

―Señor, Ponce no será ni el primero ni el último agente infiltrado que eche un polvo durante una misión encubierta. Acuérdese sino de Martínez…

―Sí, sí. Tiene usted razón, pero entenderá que no se trata del mismo caso. Martínez lo hizo con una mujer y… Y no pretenda que me crea que usted estaba anoche dispuesta a irse a la cama con el ruso si éste llega a proponérselo.

―Pues si hubiese sido necesario…

―¡Oh, venga, Cobos! Que no me chupo el dedo.

―Está bien, tiene usted razón. Pero, bien mirado, puede que no sea necesario que Ponce llegue hasta el final. Sólo nos interesa hacerles unas cuantas fotos comprometidas. Ya sabe: unos besos, unos tocamientos, ligeros de ropa…

―Y me va usted a decir que el ruso se va a contentar sólo con eso. Cree que una vez que el novato haya puesto a tono a Sergéi podrá después soltarle simplemente: «¡Ahí va! ¡Qué tarde se me ha hecho! Me tengo que ir, que mañana madrugo». ¿Qué piensa usted que ese bestia le haría a nuestro Ponce? ¿Ha leído su ficha policial? Cobos, esto no es un juego. No es lo mismo lo que usted iba a hacer anoche, tontear un poco con él para sacarle algo de información en un lugar público abarrotado de gente como es una discoteca, que entrar en la guarida del lobo sin más protección que su identidad secreta. No se ofenda, Cobos, pero lo suyo de anoche no era una auténtica misión encubierta. Y en una de verdad no hay medias tintas. O estás dispuesto a llegar hasta el final y así proteger tu identidad, o te arriesgas a que te peguen un tiro entre ceja y ceja, o algo peor.

―Ya lo entiendo, señor, pero si el ruso fuese una mujer ¿pondría entonces tantos reparos?

―Ya se lo he dicho, Cobos: no es lo mismo.

―Con todos mis respetos, señor, pero eso sólo son prejuicios.

―Pero se puede saber qué tiene usted contra Ponce. ¿Es que acaso ese pobre desgraciado le debe dinero? No querría enemistarme con usted, Cobos. Porque si trata así a sus compañeros, no quiero saber lo que sería capaz de hacerles a sus enemigos.

―Lo siento, señor. Yo sólo pretendía darle una nueva perspectiva al caso y así poder salvar el culo ante el comisario. Pero seguro que al inspector Martínez se le ocurre alguna otra idea ingeniosa.

―¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Joder, Cobos! Hay que reconocer que no le faltan huevos. Porque hay que tenerlos bien puestos para intentar mangonear a su superior con un argumento tan infame.¡Ja, ja, ja! Joder, es usted de lo que no hay.

―Lo siento, señor. Yo no pretendía…

―¡Ja, ja, ja! No, Cobos. No se disculpe. Si tiene usted razón. ¡Ja, ja, ja! ¡Martínez! ¡Ja,ja,ja! ¡Una idea ingeniosa! ¡Ja, ja ja!

―Quiere usted decir, señor, que está de acuerdo con…

―Sí, Cobos, sí. Usted gana. Su argumentación es inapelable. Lo único que tenemos ahora mismo sobre la mesa es su plan de acción y no nos sobra el tiempo para quedarnos a escuchar más burradas de Martínez. ―El inspector jefe hizo una pausa y se puso serio―. Supongo que es usted consciente de que nadie debe enterarse de esto. Nadie podrá saber cómo hemos conseguido poner al ruso de nuestro lado. Nadie aparte de usted, Martínez, Ortega, los dos novatos y yo.

―Sí, señor.

―Porque si esto que va a hacer Ponce llega a oídos del comisario, o de algún delegado sindical, y ya no digamos si la operación sale mal, se nos va a caer el pelo.

―Todo saldrá bien, señor. Ya lo verá. No se arrepentirá.

―Ya lo estoy haciendo, Cobos, ya lo estoy haciendo. Pero si sale bien y logramos encerrarlos a todos… En fin, pongámonos manos a la obra. A partir de ahora el novato queda a su cargo. Asegúrese de que esté preparado para esta noche. Maquíllelo y hágale todas esas cosas de las que ha hablado. ¡Ah! Y otra cosa: instrúyalo sobre cómo comportarse… Ya sabe… como mujer… Usted ya me entiende. Que el chico no meta la pata.

―Sí, señor. Intentaré que nos hagan un hueco para esta tarde en algún centro de estética. Aunque no creo que nos pongan ningún reparo tratándose de la policía.

―Lo que usted considere, Cobos. Pero que esté listo para esta noche. Y, por favor, que no nos salga demasiado caro. Ya sabe usted el ridículo presupuesto con el que contamos. Anda, ahora haga pasar al novato. Voy a darle la “buena noticia”. Usted transmita a los demás los detalles del plan.

―A sus órdenes, señor.

Raquel salió del despacho. Su cara era la viva expresión de la satisfacción. El inspector jefe no quería demostrarlo delante de Cobos, no habría sido apropiado hacerlo dada la comprometida misión que tendría que desempeñar uno de sus subordinados, pero también estaba feliz por ella. Era como un padre que asiste orgulloso a los progresos de su hija. Pese a ser plenamente consciente del potencial de Raquel una vez más lo había sorprendido con su atrevimiento. Unos golpes en la puerta lo despertaron de sus cavilaciones.

―Con su permiso, señor ―dijo Daniel, con un hilo de voz, atenazado por la incertidumbre.

Quiroga cambió inmediatamente la sonrisa por un semblante más grave.

―¡Ah, sí, Ponce! Adelante, adelante. Pase y siéntese, hágame el favor.

―A sus órdenes.

―A ver cómo se lo explico…

A Daniel se le vino el mundo encima. Sus peores temores se habían confirmado.

―Señor… Yo no…

―Espérese, hombre, que aún no sabe lo que tengo que contarle…

―Señor…

Quiroga hizo caso omiso de la súplica de Daniel.

―Ejem… Esto es algo incómodo para mí… Pero como superior suyo es mi deber… Ejem… A ver… Dada la naturaleza delicada de la misión que tengo que encomendarle merece que sea yo quien le informe de que…

―Pero, señor… No creo que sea capaz de…

―Claro que puede, novato. Confío en usted… Plenamente, créame. ―Daniel negaba con la cabeza―. Atienda, Ponce. Esta es su gran oportunidad de servir a su país. Es su oportunidad de contribuir a limpiar las calles de maleantes. ―Daniel torció la boca con un gesto de escepticismo―. Está bien, Ponce, si el servicio a la ciudadanía no es suficiente argumento para usted piense en su carrera. En la suya y en la de sus compañeros. Créame si le digo que no tenemos otra alternativa si queremos tapar el ridículo que hicimos anoche. Debemos apostar fuerte. Y usted es nuestra mejor baza. El futuro profesional de todos nosotros está en sus manos, Ponce.

―Señor, es que no…

―Aguarde un momento, Ponce ―lo interrumpió, Quiroga, que, con un gesto con la mano, indicó a Raquel que se personara en el despacho.

―¿Me llamaba, señor? ―preguntó Raquel desde la puerta, después de que Quiroga la autorizase a entrar.

―Sí, Cobos. ¿Ya ha explicado a todos en qué consiste la nueva operación?

―Sí, señor. Ya han comenzado a preparar todo el operativo.

―Perfecto. Yo le estaba explicando aquí a Ponce la naturaleza de su…

―¿Quiere que me vaya, señor?

―No, Cobos. Quédese. A usted esto también le incumbe. Entre, entre, no se quede en la puerta.

―Sí, señor.

Quiroga se levantó de la silla y se sentó en la esquina de la mesa más próxima a Daniel, con un pie apoyado en el suelo. Cobos se quedó de pie al lado del inspector jefe.

―Lo siento, Ponce. Lo he interrumpido. ¿Qué decía usted? ―dijo Quiroga.

Daniel miró a Raquel de reojo.

―Señ… ―Carraspeó―. Señor, yo no me acabo de ver vestido así.

―¿Acaso pensaba que el trabajo policial era un camino de rosas? ¿No cree usted que la subinspectora Cobos también debió sentirse incómoda anoche con la vestimenta que llevaba? En algún momento u otro todos los policías hemos tenido que hacer cosas desagradables. En la “Operación Blanca Navidad” el inspector Ortega estuvo infiltrado en una organización dedicada al tráfico de drogas, como la de nuestro sospechoso. ―Quiroga sonrió―. Menudas juergas montaban los colombianos. Esos sí que sabían divertirse. En esa época Ortega iba tan puesto de coca que todavía tiene lagunas de memoria. Pero es un sacrificio pequeño comparado con el bien que hizo. ¿No está usted de acuerdo, Ponce?

―Sí, señor.

―El inspector Ortega estuvo seis meses infiltrado. Seis meses completamente alejado de sus seres queridos. A usted sólo le pido una noche. Una sola noche de su vida.

Daniel miró al inspector jefe, luego a Raquel y otra vez a Quiroga.

―Si acepto, ¿lo único que tendría que hacer sería lo mismo que hizo anoche la subinspectora Cobos: vestirme de… de eso…, ir a la discoteca y hablar con Sergéi? ―preguntó Ponce, avergonzado.

―Sí… Ejem… No… No exactamente. La operación es un poco más compleja… más ambiciosa que la que había anoche en marcha.

―No entiendo ―dijo Daniel, totalmente confundido.

Quiroga miró a Raquel. Ésta se sonreía por los derroteros por los que se estaba encaminando la conversación. Como un padre que explica a su hijo de donde vienen los niños, el inspector jefe estaba a punto de contar a su subordinado en qué iba a consistir exactamente su labor como agente encubierto.

―A ver cómo se lo explico, Ponce. Es complicado… Se me hace difícil pedirle esto, pero… Bueno, los detalles exactos de la operación ya se los comentará la subinspectora Cobos, que es quien le ayudará a prepararse para su cometido en… Pero es mi deber… A ver… Nos interesaría que tuviera un contacto… ¿cómo decirlo?… algo más “íntimo” con el sospechoso. ¿Me sigue?

―¿Íntimo? No lo entiendo, señor. ¿Qué quiere decir? ¿Que flirtee con él? Eso ya lo daba por sentad…

―¡Coño, Ponce! ¡Es usted un melón! ―le cortó Quiroga, irritado―. Disculpe mi salida de tono, Ponce ―dijo al cabo de un rato el inspector jefe, mucho más sosegado, después de haber inspirado una larga bocanada de aire y de haberla expulsado lentamente por la boca―. No es culpa suya. Tiene usted muchas virtudes, pero la perspicacia no es precisamente una de ellas. Desde luego no es usted como la subinspectora Cobos. Sin duda la agente más brillante que he tenido a mi cargo. Talento, ambición, determinación… Oh, perdone, Ponce. Discúlpeme otra vez. Eso ha sonado como si menospreciara su labor como policía. Todo lo contrario. De hecho es usted la persona ideal para esta misión. Si hay alguien a quien no necesitamos precisamente ahora es a una persona que empiece a plantearse… ¿cómo decirlo?… “dilemas absurdos” que puedan entorpecer la buena marcha de la operación. ¿Comprende?

―…

―Ya sabe… dilemas morales o cuestiones como «¿qué van a pensar mis compañeros de mí si hago tal o cual cosa?». Ya me entiende. El inspector Ortega no se preguntó si era correcto esnifar coca. Simplemente lo hizo porque lo requería la misión. Un agente encubierto debe saber desprenderse de la mochila de sus prejuicios. ¿Me sigue, Ponce?

―…

―No me lo está usted poniendo fácil. A ver… Lo que quiero decir es que si se tiene que vestir con una ropa un tanto peculiar, como Cobos anoche, pues lo hace. Sólo es una misión y sólo es una noche. Y a la semana siguiente ya nadie se acordará porque habremos pasado a otra cosa. ―Quiroga hizo una pausa―. Seguro que habrá oído hablar al inspector Martínez un montón de veces de la “Operación San Valentín”, en la que tuvo que acostarse con una fulana para desarticular una red de trata de blancas. ¡Joder! Esa furcia desdentada le pegó las ladillas. No quiera saber, Ponce, cómo se lo tomó su parienta cuando se enteró. Aunque, según cuenta Martínez, esa puta hacía las mejores mamadas del mundo. ¿Lo ve, Ponce? Esa es la actitud: “no hay mal que por bien no venga”. Hay que buscar siempre el lado positivo de las cosas. Así es como quiero que encare usted esta misión: con una mente abierta. Así le va a resultar más fácil montárselo con el ruso…

―¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿Montármelo?????!!!!! ―saltó Daniel, alarmado.

―Sí, sí. Montárselo, tirárselo, follárselo, acostarse con él, practicar sexo, hacer el amor… como usted quiera llamarlo.

―¡Pero… pero señor, eso es…!

―Asqueroso. Lo sé. Créame si le digo que a mí me repugna más que a usted. Pero necesito que lo haga. Mejor dicho: la operación lo requiere.

―Pero yo no… ―a Daniel se le rompió la voz.

―Entiendo su apuro, Ponce. Cuando yo empezaba como policía una misión de estas “características” habría sido impensable. Estamos hablando de la España de finales de los años setenta. En esa época la homosexualidad no existía. Oficialmente, claro está. Los hombres de antes eran hombres recios, hombres de verdad. Y los que no lo eran hacían lo imposible por aparentarlo. Hoy en día, en cambio, los chicos de su generación… Bueno… Qué le voy a contar… ¿Cuántos años tiene usted?

―Veinticuatro ―musitó Daniel, hundido en la silla e incapaz de levantar la vista del suelo.

―¡Joder! Cómo pasa el tiempo. Las cosas han cambiado desde mi juventud. Hoy nunca se sabe quién es marica. Todos los chicos lo parecen. Ves como viste la juventud y… Bueno… Usan cremas, se depilan… Y ¿qué me dice de los actores? Dándose besos en los labios, protagonizando películas de vaqueros bujarrones… Lo que hay que ver…Ya no se hacen películas como las de antes: Ben-Hur, Espartaco… Bueno, tal vez no he escogido los dos mejores ejemplos, pero usted ya sabe a lo que me refiero. Hay maricones por todas partes: en el cine, en la tele, en las calles… ¡Esto es una jodida invasión! Si hasta parece que hoy en día un chaval no es nadie si no ha tenido una experiencia homosexual en la universidad. “Experiencias homosexuales” lo llaman. ¡Y no se consideran maricones! ¡¿Es que chupar pollas se ha convertido en un deporte olímpico y yo aún no me he enterado?! Joder. Adónde vamos a ir a parar. ―Quiroga se calló unos segundos―. Debo preguntárselo, Ponce: ¿ha tenido usted por casualidad relaciones con otros hombres?

―No, señor ―respondió Daniel, totalmente abatido.

―Es una lástima, porque le habría facilitado las cosas. Aunque casi que es mejor así. Si Sergéi se pirra por los jovencitos tal vez sea porque le guste ser el primero en desflorarlos. Pero ¿quién coño sabe? Vaya usted a saber qué es lo que hay en la mente de un degenerado… No me malinterprete, Ponce. No soy ningún carca. Que cada cual haga lo que quiera con su vida. En una profesión como la nuestra uno acaba acostumbrándose a lo más vil de la condición humana, Ya son cuarenta años los que llevo en el Cuerpo de Policía y he visto de todo. ―Quiroga hizo una pausa―. Lo que trato de decirle, Ponce, es que haga lo que haga no lo juzgaré. Pase lo que pase para mí usted seguirá siendo un hombre. Un hombre que habrá cumplido con su deber. Su deber para con la Patria, el Cuerpo y sus compañeros. Sí, ya sé que para la juventud de ahora el deber sólo es una palabra vacía, pero antes significaba mucho. En mis tiempos a los jóvenes policías como usted se nos encargaban las tareas más ingratas del Cuerpo, pero las desempeñábamos con orgullo. Si a un novato se le hubiera confiado una misión de la misma importancia que la que ahora se le encarga a usted se la habría tomado como un honor inmerecido. Entiéndame. Cuando digo de la “misma importancia” me estoy refiriendo, por supuesto, a su trascendencia respecto al caso. En ningún momento he pretendido sugerir que en aquella época algún superior, por más liberal que fuese, se hubiese podido plantear poner en marcha una operación ni tan siquiera remotamente similar. Si mi inspector jefe me hubiese propuesto algo así lo hubiera colgado del palo de la bandera por los huevos. Antes no se tenía ninguna tolerancia con la homosexualidad. Entonces, se estará usted preguntando por qué justamente yo le estoy pidiendo que cometa este acto nefando. Pues bien, no lo hago por gusto. Pero ante todo soy un policía y es mi deber como jefe al mando de este departamento hacer todo lo posible por limpiar las calles de drogas.

El inspector jefe se quedó en silencio mirando a Raquel y a Daniel. Por un momento pareció que dudara sobre si continuar con su discurso o no. Finalmente se decidió a contarles una confidencia:

―Esto que les explicaré es algo personal. Así que confío en que no saldrá de este despacho. Hace años mi esposa descubrió en uno de los cajones de mi hijo mayor una bolsa con marihuana. No les diré lo que le hice al insensato de mi hijo. Sólo deben saber que desde entonces no ha vuelto a consumir. Pero aún recuerdo la expresión de disgusto en la cara de mi mujer cuando me contaba lo que había encontrado. Ninguna madre debería pasar por una experiencia así. Ustedes son demasiado jóvenes para tener hijos y no pueden saber lo que se sufre. Pero tal vez tengan algún sobrino. ¿Qué me dice usted, Ponce? ¿Tiene algún sobrino?

―Sí, señor. Una sobrina.

―¡Ajá! ¿De qué edad?

―De seis años, señor.

―Bueno, todavía es una niña. Pero llegará un día en que, sin darse cuenta, se habrá convertido en una adolescente. Esto pasa de la noche a la mañana, se lo aseguro. Un día está jugando en su habitación con sus muñecas y a la semana siguiente se la encuentra en un coche con su novio fumata follando como conejos, bebiendo sin parar y empastillándose a tutiplén. Esto funciona así. ¿Cómo se sentiría usted si se enterara de que alguna de las pastillas de éxtasis de los rusos ha ido a parar a las manos de su querida sobrinita? Diga.

―Mal.

―¡Mal! Exacto. Y de usted depende que eso no pueda llegar a ocurrir. Ojalá hubiera otra forma de lograrlo, pero no existe. Porque ¿sabe usted? La policía no puede vivir en una burbuja al margen de la realidad. Lamentablemente, desde mi época de novato la sociedad ha cambiado. Y mucho. “Relativismo moral” lo llaman los entendidos. Yo lo llamo libertinaje. Pero la labor de la policía no es juzgar la depravación de la sociedad, sino perseguir a los criminales. Y da la casualidad que nuestro criminal, el ruso, es un maricón. ¿Qué puede hacer la policía en este caso? Adaptarse. ¡Qué remedio nos queda! En la medida en que la sociedad cambia también deben cambiar los métodos policiales. ¡Es ley de vida! Pero lo que para mí es una aberración para alguien de su generación es algo normal. Me guste o no, hoy en día la homosexualidad está socialmente aceptada. A diferencia de mí, usted es hijo de esta sociedad disoluta, Ponce. Desde muy joven se ha impregnado de este ambiente de relajación moral, y está más capacitado para esta misión de lo que nunca lo estaremos los hombres de mi edad. Lo invito, pues, a que acepte con ilusión la responsabilidad que le encomiendo y a que saque algo positivo de ella. Utilice esta experiencia para mejorar como policía. Es algo excepcional que un novato tenga la oportunidad de participar en una operación policial como agente encubierto. A su edad usted ya habrá adquirido unas competencias como policía que muchos envidiarían. ¡¡Qué coño, Ponce!! ¡Diviértase! Desate las bajas pasiones que acucian a los jóvenes de hoy en día. Tenga su “experiencia homosexual”. Pero no baje la guardia, Ponce. Déjese la piel. Haga lo que sea necesario. ¿Me ha oído? Todo lo que sea necesario. TODO. Complazca a ese marica como nunca nadie lo ha hecho. Ofrézcale el culo, chúpele la polla… Bueno… Pero ¿qué sé yo? Un joven como usted sabrá mejor que nadie las cosas que puedan gustarle a un invertido. Aunque déjeme decirle algo, Ponce. Tal vez un viejo como yo no sepa como follar con un hombre ni como comportarse como una loca, pero sí que hay algo que mis años de experiencia en la policía me han enseñado y que puede serle útil: el éxito de su identidad secreta depende fundamentalmente de que logre imbuirse del personaje. Así que siga mi consejo: cuando esté follando con el ruso olvídese de que es un policía de incógnito. Olvídese de sus compañeros del Cuerpo y del “qué dirán”. Olvídese de su familia, de su novia y de sus amigos. Olvídese de todo, Ponce, y piense sólo en que es usted un travesti que adora que le den por el culo. ¿Me ha entendido, Ponce?

―Sí, señor ―respondió Daniel, sonrojado, mirando de reojo a su compañera, que lo contemplaba con una media sonrisa en los labios.

―Porque ¿sabe una cosa, Ponce? ―continuó el inspector jefe―. Si un agente encubierto no pusiera todo su empeño en una misión no sólo pondría en riesgo la operación, sino también su propia identidad secreta. Y eso cuando uno trata con un tipo como Sergéi, que ya ha estado en la cárcel y tiene las manos manchadas de sangre, es muy peligroso. Pero no se preocupe, Ponce. Si sigue mis consejos lo hará bien. Lo sé. Confío en usted. Y además lo dejo en buenas manos. La subinspectora Cobos conoce la importancia de la operación y no le permitirá ni la más mínima relajación. ¡Hala! Ahora vayan a prepararse. Y usted, Cobos, ayude al novato en todo lo que necesite. ¡Buen servicio!

Almacén de decomisos. Jueves al mediodía

―Gratos son mis ojos, Cobos. ¿A qué debo el honor de tu visita?

―Corta el rollo, Cabrales. Venimos a revisar el material de un decomiso.

―Y yo que creía que venías a verme a mí.

―¡Qué más quisieras, Cabrales!

―¿Y de qué decomiso se trata?

Raquel le entregó al agente Cabrales un papel con el número del expediente.

―Vamos a ver… ―Cabrales se puso las gafas y consultó el ordenador―. Aquí está… ¡Hombre! ¡El puticlub “Love is in the bed”! Ya lo recuerdo. Pero si allí sólo confiscamos la ropa de las putas. ¿Qué queréis hacer ahí arriba con todo eso? ¿Montar una fiesta de disfraces?

―¿Quieres apuntarte?

―Lo que sea con tal de verte enfundada en uno de esos modelitos.

―Eres un pervertido, Cabrales. ¿Ya lo sabe tu mujer?

―Me lo dice todas las noches ―respondió Cabrales, guiñándole un ojo a Daniel. Luego sacó un llavero del primer cajón del escritorio y se levantó de la silla―. Vamos, seguidme. Os acompañaré hasta donde lo guardamos.

Tras abrir la reja que custodiaba el almacén, y de cerrarla después a sus espaldas, Cabrales guió a sus compañeros por un laberinto de estanterías metálicas hasta el lugar indicado.

―Son estas cajas ―dijo Cabrales―. Bueno, aquí acaba mi labor. El trabajo duro os lo dejo a vosotros. Si me necesitáis estaré en mi garita dándole a los crucigramas.

―¡Qué dura es la vida del funcionario! ―se mofó Raquel.

―Cuando tengas mi edad me lo cuentas, Cobos. ¡Chao!

Raquel esperó a que Cabrales se perdiera de vista para comenzar a desparramar por el suelo el contenido de las cajas.

―Primero los zapatos ―dijo Raquel, en cuclillas―. ¿Qué número calzas?

―Un 41.

―41 ¿dices? Mmmm… Todos estos son demasiado pequeños ―murmuró Cobos, rebuscando dentro de una caja―. ¡Mira! Estos son del 41. A ver, pruébatelos.

Cuando Daniel observó los zapatos que su compañera le estaba alargando se le vino el mundo encima. Eran las típicas sandalias de stripper, con el tacón y la plataforma de color rosa y el empeine y la correa del tobillo de silicona transparente.

―¡Venga, hombre! ¡¿A qué esperas?! Descálzate y pruébatelos.

Eso hizo. Aunque más que probárselos, se subió a ellos.

―Esta cosa de aquí me aprieta mucho ―dijo Daniel, intentando ensanchar con un dedo el empeine del zapato―. Creo que me vienen pequeños.

―Eso es porque no estás acostumbrado. Te quedan perfectos ―sentenció ella―. Voy a buscarte un vestido a juego. Tu, mientras, ve quitándote la ropa.

―¡¿Cómo?! ¡¿Aquí?! ¡¿Ahora?! ¿Me… me desvisto?

―No. Si te parece te llevas la ropa a casa, te la pruebas allí y si no te viene bien, pues nada, volvemos y continuamos buscando.

Raquel dijo esto sin levantar la vista de la caja que estaba revisando. Ponce entendió que era inútil discutir con ella y, para no alargar más su agonía, aprovechó que ésta no miraba para desnudarse hasta quedar en calzoncillos. De esta guisa esperó a que su compañera encontrara lo que buscaba.

Finalmente, Cobos dejó a un lado la última de las cajas del decomiso y miró a Daniel de arriba abajo. Tenía varias prendas de ropa en las manos.

―Vas a tener que desnudarte del todo. También tienes que probarte esto ―dijo ella, mostrándole un conjunto de tanga y sujetador sin tirantes de encaje rojo.

A Ponce se le hizo un nudo en la garganta. Miró a Raquel con ojos suplicantes. Pero ésta no hizo ni un amago de retractación. Se lo quedó mirando impertérrita, tal como un entomólogo observaría un espécimen de escarabajo común. Ser la hermana mayor de tres varones le había enseñado cómo imponer su autoridad. Cobos le alargó el conjunto, y se mantuvo firme, con el brazo extendido, hasta que su compañero se decidió a cogerlo. Daniel pudo entonces examinarlo más detenidamente. No era la típica lencería de mujer. La parte frontal del tanga era más ancha de lo normal y las copas del sujetador llevaban relleno. Sin duda se trataba de la ropa interior de uno de los transexuales del prostíbulo.

Ponce se bajó los calzoncillos apesadumbrado. Con un gesto un tanto infantil se tapó los genitales con una mano. A Raquel este gesto la conmovió, pero no se permitió bajar la guardia. Quería hacerse una idea de las probabilidades de éxito de Daniel y para ello tenía que examinarlo atentamente. «Espera», le dijo, cuando se disponía a ponerse el tanga. Y le apartó las manos para observarlo mejor. Ponce no opuso resistencia ni le pidió explicaciones. Simplemente se dejó hacer. «Nunca va a poder recuperarse de su experiencia con Sergéi» es lo que inmediatamente le vino a la mente a Raquel ante la actitud desvalida que mostraba su compañero. Pero no era eso lo que la inquietaba. Tras examinarlo, Cobos ya no estaba tan convencida de que Daniel fuera del agrado del ruso. No parecía lo suficientemente femenino a pesar de sus exiguos atributos sexuales.

Raquel le había escogido un ceñido minivestido rosa, a juego con los zapatos y con un bolso Gucci de imitación, también de color rosa, que había encontrado en una de las cajas. El vestido le quedaba mejor de lo que Cobos inicialmente esperaba, sin embargo eso no había conseguido disminuir ni un ápice de su pesimismo. Tendría que fiarlo todo a las manos expertas de la esteticista. Aunque nada podría hacer ésta para lograr que Daniel se desenvolviera con más soltura sobre los zapatos de tacón.

―No pises de golpe con toda la planta del zapato ―decía Raquel, mientras Ponce iba y venía por el pasillo―. Primero apoya el tacón y después la punta. Recuerda: tacón-punta, tacón-punta, tacón-punta… Eso es, da pasos cortos. Despaaaaacio. Tranquiiiiiilo. No corras. No hay prisa… ¡No te mires los pies! Mantén la cabeza alta y la vista al frente. Así… Con los brazos relajados. Deja que se muevan libremente al compás de tus pasos… Ahora intenta poner un pie delante del otro como si caminaras sobre una línea imaginaria… ¡Pero no bajes la vista, hombre! ¡¿Qué te he dicho antes?! ¡Cabeza alta y mirando al frente! Asíííííí. Eso es. Un pie delante del otro… ¡Relaja los brazos, coño! ¡Que pareces un funámbulo!… No dobles tanto las rodillas. Eso es… Tacón-punta, tacón-punta, tacón-punta… Un pie delante del otro… Así. Pasos cortos… Deja que tus pasos fluyan… Relaja las caderas. No las bloquees. Deja que se muevan mientras andas. Muy bien. Así… Exacto. Moviendo el culo… ¡No! ¡Pero no así! ¡No lo muevas tanto, joder! Como lo hacías antes… Así. Ahora. Bieeeeeen. Que te salga de forma natural… Eso es. Así… Buen movimiento de caderas… Muy bien. ¡Muy bien! Lo estás haciendo muy bien… Tú sigue practicando. Yo, mientras, voy a ir recogiendo todo esto de aquí. No tardo ni cinco minutos. Después ya podrás cambiarte de ropa. Comemos algo y nos vamos al centro de estética.

Centro de estética. Jueves por la tarde

―Siento haberla avisado con tan poca antelación, pero es que nos corría prisa ―se excusó Raquel.

―No se preocupe. Será un placer poder ayudar a la policía ―aseguró la dueña del centro de estética, que, fijándose en Daniel, preguntó―: ¿Es él?

―Sí. Como ya le he contado por teléfono, hay que hacerle de todo: manicura, pedicura, las cejas, depilarlo…

―¿Qué tipo de depilación?

―Total. De cuello para abajo todo fuera.

―¿Todo? ¿También la zona íntima?

―Sí, también. Incluido el ano. El chico va a tener que… ya sabe…

―Sí, sí. Comprendo ―se apresuró a decir la dueña, ojeando nerviosamente a Daniel―. No hay problema.

La esteticista observó a las clientas que había en el local. Parecían seguir la conversación con sumo interés, intercambiando miradas entre ellas y echando rápidos vistazos a ambas mujeres y a Daniel, el cual era incapaz de despegar los ojos de los zapatos de lo abochornado que se sentía.

―Mejor sigamos hablando en una de las salitas ―sugirió la dueña del establecimiento.

La dueña los condujo a un pequeño cuarto donde apenas cabían la camilla acolchada y la mesa portátil que había dentro.

―¿Qué hacemos con el cabello? ―le preguntó a Raquel.

―Había pensado en una peluca.

―¿En serio?

―¿No le parece bien?

―Mujer… Si tuviera un problema de calvicie, no le digo que no. Pero con esta mata de pelo que tiene yo probaría de hacerle un corte tipo pixie ―dijo la esteticista, examinando con los dedos el cabello de Ponce―. Con un poco de flequillo… Así… Cayéndole a un lado. Creo que le quedaría la mar de bien. Es elegante y muy femenino. ¿Con qué ropa pensaba vestirlo?

Cobos abrió la bolsa de plástico donde había guardado el atuendo que iba a llevar Daniel y se lo mostró a la esteticista. Ésta arqueó las cejas.

―Sí. Lo siento ―dijo Raquel, algo avergonzada―. Todo esto procede de una incautación en un prostíbulo. El presupuesto de nuestro departamento no da para muchas alegrías y esta es la única ropa del almacén de la que podíamos disponer.

―Claro, claro. La crisis… Me hago cargo. Perdóneme. No pretendía… ―se disculpó la dueña―. Sólo es que, como ya debe saber, este es un barrio de gente acomodada y no estamos acostumbradas a atender a clientas con un estilo tan… tan llamativo, por así decirlo. ¿Comprende? Pero, por supuesto, no habrá ningún problema en encontrarle a su chico una imagen que se adecúe a ese vestido. Por lo pronto, se me ocurre rebajarle el tono del cabello aplicándole un tinte. Podríamos teñírselo de un rubio muy clarito. O incluso utilizar un platino. Así contrastará con el rosa. ¿No le parece?

―No sé, la verdad. Lo que usted crea.

―Sí. Definitivamente. El platino le quedará ideal. Imagíneselo con las uñas y los labios pintados de rosa, como el vestido. Sí. Y le destacaremos los ojos con una sombra de ojos negra y un ligero degradado en el contorno. ¿Qué me dice?

―Si usted considera que eso es lo mejor…

―Sin lugar a dudas. Se lo aseguro.

―Pues en ese caso, no se hable más. ¿Para cuándo va a estar listo? ―se interesó Raquel.

―Bueno. Es mucho trabajo. Ahora mismo me pongo en ello, pero no calcule menos de tres horas.

―¿Hacia las ocho, pues?

―Sí, más o menos.

Cobos regresó al centro de estética a las ocho en punto de la tarde. No las tenía todas consigo. Si el aspecto de Ponce no era convincente la misión sería un rotundo fracaso. El segundo en menos de veinticuatro horas.

―Buenas tardes ―saludó Raquel al entrar en el establecimiento.

―¡Ah! Hola, querida ―dijo la dueña, dejando lo que estaba haciendo―. Justo hace unos minutos que he acabado con su chico.

―¡Oh! Perfecto. No sabía si habría llegado demasiado pronto. ―Raquel puso cara de circunstancias y, tras unos instantes de duda, preguntó―: ¿Cómo ha ido? ¿Ha habido algún problema?

―No, no. En absoluto. Venga, venga. Acompáñeme. La está esperando en la salita.

La dueña se disculpó con la clienta a la que estaba peinando y se adentró en la trastienda, con Raquel siguiéndole los pasos.

―Espérese aquí, por favor ―le pidió la dueña frente a la puerta de la salita―. Ya está vestido, pero voy a asegurarme de que todo esté en orden. Quiero que sea una sorpresa.

―Pero ¿ha quedado bien? ¿Femenino y eso?

―No tiene de qué preocuparse, querida. Le va a encantar. Se lo aseguro.

Dicho esto, la dueña entró en el cuartito y cerró inmediatamente la puerta a sus espaldas. Al cabo de un rato, que a Raquel se le hizo eterno, la esteticista entreabrió la puerta y sacó la cabeza.

―¿Preparada?

―Sí ―respondió Raquel, sin ninguna convicción.

La dueña abrió completamente la puerta, tras la cual se encontraba Daniel, de pie, vestido y calzado con la ropa que Cobos le había escogido. No parecía él. De hecho, si no fuera porque sabía positivamente que era él, habría pensado que la persona que iba enfundada en ese vestido era en realidad una mujer.

―¿Qué me dice? ―preguntó, orgullosa, la esteticista, no tanto para saber la opinión de Raquel, que por su cara ya la intuía, como para que le regalasen los oídos.

―Es… es… ¡¡¡asombroso!!!

―¡A que sí! ―confirmó la dueña, satisfecha de su creación. Y, cogiéndole la mano a Ponce, se la levantó por encima de la cabeza y le dijo―: Date la vuelta, cielo, para que tu compañera pueda verte por detrás.

―¡Pero si hasta tiene culo! ―se sorprendió Raquel. Y eso que ya había tenido la oportunidad de verlo así vestido en el almacén. Pero era ahora, completamente depilado, maquillado, peinado y teñido, cuando se daba cuenta de verdad.

―Y fíjese en sus piernas. ¡Ya quisieran muchas de mis clientas tener unas piernas así de estilizadas!

Daniel agachó la cabeza, ruborizado.

―No tengo palabras. Ha hecho usted un trabajo fantástico ―la felicitó Cobos.

―Bueno. Está mal que yo lo diga, pero… A lo largo de mi vida han pasado por mis manos miles de mujeres y no pocos hombres, y nunca nadie me había exigido tanto esfuerzo. He tenido que ocuparme de cada centímetro de su cuerpo desde el cabello hasta las uñas de los pies, pero, viendo el resultado, es el trabajo del que me siento más orgullosa.

―Sin duda ―confirmó Raquel.

Comisaría. Jueves por la noche

A Ponce lo aterrorizaba el momento de enfrentarse a sus compañeros vestido de esa guisa. No obstante, al entrar en la comisaría nadie lo reconoció. Aunque sí a Raquel.

―¡Eh, Cobos! ¿Aún no te has ido a casa? ―le preguntó un agente de guardia.

―¡Qué va! Esta noche tenemos movida.

―Si quieres la llevo a la celda en tu lugar. Ahora iba hacia allí ―dijo el policía señalando a Ponce con la cabeza.

Desde que habían salido del centro de estética, Raquel no había dejado de agarrar del codo a su compañero temiendo que éste pudiera dar un traspié por culpa de los zapatos.

―¿A quién?

―¿A quién va a ser? Pues a la puta que llevas detenida.

―¡Ah! ¡No! ―dijo Cobos, sin poder reprimir la alegría por el hecho de que alguien no hubiese reconocido a Ponce―. Vamos arriba.

―Ok ―dijo el agente, que se quedó mirando los culos de Cobos y Daniel hasta que los perdió de vista.

El anonimato de Ponce no corrió la misma suerte en las oficinas de la segunda planta, en buena medida porque ya hacía un buen rato que sus compañeros lo esperaban.

―¡¡¡Me cago en la leche!!! ―exclamó el primero que reparó en él, el inspector Ortega, cuando hubo recuperado el habla.

Inmediatamente los demás se volvieron hacia los recién llegados. Y poco a poco fueron acercándose a ellos, sin quitarle ni un solo momento el ojo a Daniel.

―Menuda pinta, novato. El ruso se lo va a pasar en grande ―se mofó el inspector Martínez― ¡Joder! ¡Y qué peras te han puesto! ―añadió a continuación, estrujando el relleno del sujetador con ambas manos.

A Ortega y a Peña se les escapó la risa. Ponce, tremendamente humillado, no podía más que agachar la cabeza y soportar las risas y las bromas de sus compañeros sin articular ni una sola palabra ni mover un músculo de su cuerpo.

―¡Martínez, joder! ¡Acabe ya con sus tonterías! ―saltó el inspector jefe Quiroga, incapaz de reponerse del shock de ver a su agente caracterizado de aquella manera―. ¡Y los demás dejen de reírle las gracias, coño! ¡Que esto no es un parvulario! Vayan a poner a Ponce al corriente de todo lo que hemos preparado. Y usted, Cobos, venga conmigo. Tengo que hablar con usted.

Quiroga y Raquel dejaron solos a los demás y se dirigieron hacia el despacho del inspector jefe.

―Debo felicitarla, Cobos. Ha hecho usted un trabajo excelente con el novato. Aún no me hago a la idea de que sea Ponce quien está debajo de esas pintas. Su parecido con una mujer es ciertamente inquietante.

―Gracias, señor. Pero todo el mérito es de la esteticista.

―Y mucho me temo que no lo habrá cobrado barato. ¿Me equivoco?

―No, señor. 275 euros.

―¡¡Hostias!!

―Y eso que no hemos tenido que comprar la ropa.

―¡Ya me explicará cómo demonios justifico yo ese gasto! ¡¿Pero se puede saber cómo es posible gastarse 275 euros en una jodida peluquería?!

―Tenga en cuenta que han tenido que hacerle muchas cosas. Teñirle el cabello, cortárselo y peinarlo, eso ya cuesta 60 euros. Veinticinco de la pedicura y otros quince de la manicura. La depilación de las cejas son 10 euros, las axilas quince y los brazos veinticinco. La espalda veinte, el tórax y el abdomen treinta y las piernas treintaicinco. Y la zona íntima…

―Vale, vale. No siga ―la cortó de golpe el inspector jefe―. Guárdese esa última información. No quiero saberla. De acuerdo. Pásele el recibo a los de administración y que ellos vayan a pagarlo. Y si esos chupatintas le ponen algún reparo que me llamen.

―Sí, señor.

―Otra cosa. Mientras ustedes dos estaban fuera hemos ultimado los detalles del operativo. El objetivo, como ya sabe, es fotografiar a Sergéi en su habitación haciendo guarradas con el novato. Igual que anoche, aunque esta vez esperemos que con un mejor resultado, el contacto se producirá en la discoteca Emporion. Ortega y Peña irán en el coche número uno. El primero en entrar será Peña. Lo hará a las doce y cuarto y se quedará en la pista de baile moviendo el esqueleto. A las 0:40 entrará Ortega. Sabemos que Sergéi no acostumbra a alejarse de la barra, así que Ortega intentará sentarse a su lado. Usted y Ponce estarán esperando en el coche número dos. Ortega nos avisará por WhatsApp en el momento en el que consiga un sitio junto al ruso. Entonces espere unos veinte minutos más o menos y envíe a Ponce a la discoteca. Cuando Ortega vea entrar al novato se levantará del taburete y Ponce ocupará su lugar. Y en este punto cruzaremos todos los dedos confiando en las artes de seducción del novato. Si todo marcha según lo previsto el chófer los llevará a la mansión de Sergéi en un BMW M6 Gran Coupé de color azul San Marino metalizado. El número de matrícula lo tiene en el informe. Usted seguirá el coche hasta la casa. Ortega y Peña deberán esperar un rato antes de salir de la discoteca para no levantar sospechas. Luego también se sumarán a la vigilancia. El novato no podrá llevar ningún arma encima así que procuraremos en todo momento mantenernos lo más cerca posible de él por si hay algún contratiempo. Cuando ustedes lleguen, Martínez ya llevará un buen rato frente a la casa, apostado en un lugar elevado para poder tomar las fotografías con el teleobjetivo. Todos ustedes mantendrán sus posiciones hasta que el novato haya cumplido con su deber. Entonces es de suponer que el chófer acompañará a Ponce adonde le indique, es decir, a nuestro piso franco. Y todos le seguirán. ¿Alguna duda?

―¿Ha dicho usted que nos comunicaremos por WhatsApp?

―Sí. Mientras Ortega y Peña estén dentro de la discoteca la radio está prohibida, así que nos informarán por WhatsApp. Cuando hayan salido ya podremos utilizar la radio. ¿Más dudas?

―No, señor.

Aledaños de la discoteca Emporion. Madrugada del viernes

ORTEGA (por WhatsApp) : En posición. 0:50.

―Ortega ya ha conseguido sentarse junto a Sergéi ―le anunció Raquel a Ponce, tras leer el mensaje―. Esperaremos un cuarto de hora y ya podrás ir.

Cobos dijo esto sin levantar la vista del smartphone.

―No puedo hacerlo ―dijo Daniel, a su lado, con voz acongojada.

Raquel dejó el móvil sobre el ajado salpicadero del Citroën y miró a Ponce a los ojos. La sombra de ojos, el eye-liner y el rímel negros destacaban sus iris azules. Todavía no se había acostumbrado a verlo de esa manera. El coche camuflado estaba aparcado en el mismo lugar que la noche anterior, pero esta vez no era ella quien llevaba el minivestido. Como otras noches de vigilancia, Raquel había recogido su larga cabellera azabache en un moño y se había puesto la ropa más cómoda que tenía: unos zapatos Geox de color negro, unos pantalones vaqueros azul marino y un polo gris marengo un par de tallas mayor para ocultar la pistolera que llevaba en la parte de atrás del pantalón.

Cobos no hizo caso del comentario de Daniel. En vez de eso alargó el brazo derecho por encima de los muslos de su compañero y sacó un bolso rosa de la guantera.

―Junta las piernas ―le ordenó Raquel, mientras se colocaba el bolso en el regazo. Se lo había tenido que recordar varias veces durante el trayecto hacia la discoteca, pues, de forma natural, Ponce tendía a separar los muslos cuando estaba sentado.

Cobos se fijó en el bolso. «Es una buena imitación», pensó. Durante un tiempo vio este mismo bolso, el Disco Bag Soho de piel de la marca Gucci, en el escaparate de una tienda de lujo del centro de la ciudad. No le habría importado comprárselo si no fuera porque con su sueldo no podía permitirse gastarse 800 euros en un capricho. Aunque, si lo hubiese hecho, desde luego que no lo habría escogido rosa.

―Te he ido a buscar condones a la farmacia ―dijo Raquel, mostrándole la caja de preservativos y volviéndola a guardar en el bolso―. Esto es lubricante. Según me han dicho es el mejor para el sexo anal. También te he comprado un par de paquetes de Kleenex, toallitas húmedas y una caja de caramelos de menta por si necesitas quitarte el mal sabor de boca cuando hayáis acabado. Ya sabes…

―No voy a poder hacerlo. No voy a ser capaz…

Ponce se estaba hundiendo y ella temía que en cualquier momento pudiera dejarlos en la estacada. Así que debía conseguir de todas todas que Daniel dejara de darle vueltas a la cabeza mientras hacía tiempo hasta mandarlo a la discoteca. Porque sabía que una vez que estuviera dentro ya no podría echarse atrás. Cobos optó por seguir ignorando los lamentos de Ponce y por no dejar de hablar para concentrar su atención.

―Cuando le estés chupando la polla acuérdate de mantenérsela en todo momento bien lubricada con saliva. Presiona con los labios y no con los dientes. Y mueve la lengua. Y cuando te canses, mastúrbalo. Ve alternando ambas cosas…

―No… no puedo. No puedo hacerlo. En serio. De verdad. Te lo juro ―aseguró Ponce, con la voz rota y unos lagrimones oscuros resbalándole por las mejillas.

«¡Me cago en…! ¡Cómo se me ocurre ahora hablarle de mamadas!», se recriminó mentalmente Cobos, tendiéndole el bolso a Daniel para poder sujetarle el mentón y enjuagarle las lágrimas con la esquina de un pañuelo de papel.

―Tranquilízate, por favor. Se te está corriendo todo el rímel ―dijo Raquel, intentando remendar el desaguisado cosmético.

Las atenciones de Cobos sirvieron por lo menos para que Daniel dejara de llorar. Esto ella lo aprovechó para consultar la hora en el móvil: todavía quedaban cinco minutos. Raquel ya no podía con sus nervios. No obstante, eran unos nervios diferentes de los de su compañero. Eran nervios de impaciencia. A ella le iban las emociones fuertes. Por eso se había hecho policía: para catar la acción. Y las esperas en el coche la mataban. Aunque jamás lo reconocería, porque no estaba bien desearle algo malo a otro agente, en el fondo anhelaba que las cosas se torcieran para poder intervenir pistola en mano.

Cobos tamborileó sobre el volante con los dedos. Y nuevamente miró la hora en el smartphone: tres minutos aún. Como hacía a menudo cuando le tocaba estar de guardia y se aburría, sacó su arma reglamentaria de la funda y la revisó maquinalmente, casi de forma inconsciente. Quitó el cargador, y comprobó la recámara y el seguro. Puso de nuevo el cargador y volvió a guardar la pistola en su sitio. Luego miró a Ponce, que la había estado observando perplejo.

―En el bolso también tienes un móvil prepago con un botón de emergencia. Ya sabes como utilizarlo ―le dijo Raquel, aparentando tranquilidad―. En todo momento habrá alguien cerca. Ortega, Peña, yo… Si ocurre algo lo pulsas y te sacamos de ahí. Si hace falta a hostias.

Raquel volvió a consultar el smartphone.

―Es la hora ―le dijo.

―No… no puedo. No quiero hacerlo. Por favor ―suplicó él.

―Lo harás bien. No te preocupes. Recuerda todo lo que te he dicho. El bolso en el hombro izquierdo. La espalda recta y la vista al frente. Los brazos relajados. Pasos cortos como si siguieras una línea imaginaria. Tacón-punta, tacón-punta, tacón-punta… Moviendo suavemente las caderas. Y cuando te sientes, junta las piernas. O crúzalas. Pero no como un cowboy. Hazlo cruzando los muslos. ¿Entendido?

Sin esperar la respuesta, Raquel alargó el brazo por encima del regazo de Daniel y, asiendo el tirador, abrió la puerta del coche. Luego, con un movimiento de cabeza, lo conminó a salir.

Tras unos segundos de duda, Ponce obedeció dócilmente.

Cobos lo observó a través del parabrisas hasta que lo perdió de vista. Con la boca hizo un gesto de aprobación para sí misma. «Pues no se le dan tan mal los tacones», dijo en voz alta, ahora que nadie podía oírla.

COBOS (por WhatsApp) : Ponce ya está en camino. 01:07.

Discoteca Emporion. Madrugada del viernes

Cuando el agente de policía Daniel Ponce entró en la sala con su cabello rubio platino, su minivestido rosa y sus zapatos de stripper, todas las cabezas se volvieron hacia él. No estaba acostumbrado a provocar este tipo de reacciones y no sabía si eso era una buena señal o no. Rápidamente echó un vistazo a la pista de baile y después a la barra. Enseguida localizó al ruso. Como para no verlo. Sergéi era un hombretón de más de dos metros de altura que, mucho antes de ir por el mal camino, había llegado a jugar de pivote en un equipo profesional de balonmano de su país. El ruso se encontraba en una esquina de la barra, con la mirada fija en el contenido de su copa. Y justo a su derecha estaba el inspector Ortega, que desde que había leído el mensaje de Raquel su cuerpo había adoptado el gesto de estar a punto de abandonar el sitio. Sólo esperaba a que Ponce se dirigiera hacia allí.

Ortega apuró la copa de un trago y se levantó.

―Me voy a mear ―dijo, para quien quisiera escucharlo. Y se alejó de allí con paso lento y con un ojo clavado en el taburete que acababa de dejar libre.

ORTEGA (por WhatsApp) : El pimpollo está en posición. Échale un ojo, Peña. Voy al meadero. 01:11.

PEÑA (por WhatsApp) : Recibido. 01:11.

El ruso seguía concentrado en su bebida y no parecía reparar en Daniel pese a los intentos de éste por llamar su atención: mesándose el pelo ostensiblemente, carraspeando, etc. En cualquier otra situación, si en lugar de a ese tiarrón hubiese tenido al lado a una chica de buen ver, Ponce no habría dudado ni un segundo en tirarle los tejos. Pero en este caso no sabía cómo actuar.

Daniel recordó entonces la maniobra que utilizó una vez con él una chica. No tenía nada que perder por intentarlo él también.

Ponce abrió el bolso e hizo ver que rebuscaba en él.

―Creo que me he olvidado el monedero en casa ―dijo, alzando la voz por encima de la música para que Sergéi pudiera oírlo.

Ponce había intentado modular la voz para que sonara un poco más femenina, pero no lo consiguió. Afortunadamente para él, fue ese rasgo justamente el que por fin llamó la atención del ruso.

Sergéi lo miró. Daniel, haciendo un esfuerzo ímprobo por simular desinterés, continuó rebuscando en el bolso. Por el rabillo del ojo, sin embargo, observó como Sergéi avisaba al barman con un movimiento de la mano.

―Ponle lo que quiera a esta señorita ―dijo el ruso, sin quitarle de encima el ojo a Ponce, con un acento y un tono de voz que a Daniel le recordaron los típicos doblajes de mafiosos rusos de las películas, lo que hizo que se le erizara el vello.

A Ponce entonces le vino a la mente la lista de cargos del expediente de Sergéi. Tanto los probados como los que se le atribuían. Entre ellos el presunto asesinato en Rusia de cinco miembros de un cártel rival. Algunos de forma cruel. Pese a que lo que en ese momento le apetecía era largarse de ahí a voz en grito, Daniel levantó la vista del bolso, se apartó sensualmente el flequillo y, con la cabeza ligeramente ladeada, le ofreció la mejor de sus sonrisas.

―¡Oh, gracias! ¡Qué amable! ―le agradeció a Sergéi. Éste respondió con un simple gesto de asentimiento.

―¿Qué te pongo? ―preguntó el barman.

―Un martini, por favor.

El ruso esperó a que el barman se alejara para hablar con Daniel.

―¿Cómo te llamas, guapa?

―Daniel ―respondió Ponce, pero inmediatamente rectificó―. ¡Daniela, Daniela! Me llamo Daniela.

―Yo Sergéi.

―Encantada ―dijo Ponce, tendiéndole la mano.

―¿No es costumbre en España saludar con dos besos?

―¡Uy, sí! Claro. Qué tonta. Perdona. Es que esta no es mi mejor noche ―dijo Ponce, ofreciéndole las mejillas al ruso. Éste, sin embargo, ignoró el gesto y lo besó en el cuello.

A Daniel esta maniobra lo cogió por sorpresa y no pudo reprimir una risita nerviosa.

―Mmmm… Qué bien hueles ―le susurró Sergéi al oído.

―Gracias ―agradeció Daniel. Antes de salir de la comisaría Raquel le había puesto un poco de su propio perfume.

ORTEGA (por WhatsApp) : Primer beso de la noche. 01:19.

MARTÍNEZ (por WhatsApp) : Esto promete. ¿Quién ha besado a quién? 01:19.

ORTEGA (por WhatsApp) : El ruso a Ponce. 01:20.

MARTÍNEZ (por WhatsApp) : ¿Dónde? 01:20.

ORTEGA (por WhatsApp) : En la mejilla. 01:20.

MARTÍNEZ (por WhatsApp) : Joder. Esto va para largo. 01:20.

PEÑA (por WhatsApp) : No ha sido en la mejilla, sino en el cuello. 01:21.

ORTEGA (por WhatsApp) : ¿Seguro? 01:21.

PEÑA (por WhatsApp) : Totalmente. Estoy mejor posicionado. 01:21

QUIROGA (por WhatsApp) : ¿Quieren dejarse de cháchara y centrarse en sus cometidos? 01:22.

MARTÍNEZ (por WhatsApp) : Aquí solo, esto es muy aburrido, jefe. Y los malditos bichos del campo me están comiendo vivo. 01:23.

QUIROGA (por WhatsApp) : Aguántese y cállese. 01:23.

―¿Tiene algo que ver tu mala noche de hoy con tus ojos rojos y tu maquillaje emborronado? ―preguntó Sergéi.

«Para ser ruso, no se le da nada mal el castellano», pensó Daniel.

―Sí ―confirmó Daniel. Y no mentía. Esa era sin duda la peor noche de su vida. Y sólo podía empeorar.

―¿Te apetece contarme por qué has llorado?

«¡Claro! ¡Cómo no!», le hubiese gustado decir a Ponce. «Es muy fácil de explicar. Me han obligado a vestirme así para follar contigo. Y no quiero hacerlo. No soy ningún jodido chupapollas ni ningún puto muerdealmohadas como tú. Marica de mierda». Pero en lugar de eso, improvisó otra respuesta:

―Me he peleado con mi novio.

―¿Por?

―Porque es muy mandón y le importo un bledo ―dijo Ponce, pensando en el inspector jefe y en Raquel.

―Ya veo. Porque a ti no te gusta que te manden, ¿no?

―No.

―Quieres que los hombres te traten bien. Como te mereces. ¿No es así?

―Sí.

El ruso le colocó la mano derecha sobre la rodilla opuesta y comenzó a moverla lenta y suavemente en dirección a la corva y a la pantorrilla. Daniel no tenía claro qué era lo que más le incomodaba, si la tosca manaza de Sergéi recorriéndole la pierna o el hecho de saber que, desde algún lugar de esa discoteca abarrotada de gente, Ortega y sobre todo Peña (su colega de promoción, su compañero de juergas, el confidente de sus polvos, su amigo) lo estarían viendo todo. Bueno, en realidad sí que lo tenía claro: esto último.

―Quieres que te traten con delicadeza ―decía el ruso, mientras su mano abandonaba la pantorrilla e iniciaba el trayecto inverso.

―Sí.

A Ponce le costaba concentrarse en las palabras de Sergéi. Y su atención, saturada de pensamientos y sensaciones angustiosas, no le daba más que para contestar con monosílabos.

―Que sean cariñosos contigo.

―Sí ―respondió Daniel, con un hilo de voz, justo en el momento en el que un escalofrío le recorrió el espinazo.

Cuando Sergéi le acarició la cara interna del muslo, Ponce se acordó de las palabras de Raquel: «cierra las piernas o se te va a ver la ropa interior». Ahora acababa de descubrir otro motivo por el que habría sido conveniente tener las piernas cruzadas. Pero ya era demasiado tarde. La mano del ruso avanzaba libremente y sin oposición hacia lo más íntimo de su ser.

ORTEGA (por WhatsApp) : El Ejército Rojo avanza posiciones. 01:28.

PEÑA (por WhatsApp) : Le ha metido la mano entre las piernas. 01:28.

MARTÍNEZ (por WhatsApp) : ¿Le está tocando el pajarito? 01:29.

QUIROGA (por WhatsApp) : ¡Martínez, coño! ¡Compórtese! 01:29.

MARTÍNEZ (por WhatsApp) : Perdón. 01:29.

Finalmente los dedos de Sergéi llegaron a su destino. Daniel pudo notar perfectamente sus nudillos a través de la fina tela de encaje del tanga. Sin embargo, no se detuvo aquí. Con las yemas de los dedos le acarició la entrepierna, lo que hizo que a Daniel se le arrugara la piel del escroto.

Ponce cerró de golpe las piernas, aprisionando la mano de Sergéi.

―¿No te gusta?

―Sí ―mintió Daniel―. Sólo que… ―empezó a decir, mirando nerviosamente a su alrededor.

―¿Quieres que vayamos a un sitio más íntimo? ―propuso el ruso tras percibir su apuro.

Daniel asintió con la cabeza y le agradeció la propuesta con una sonrisa. Quería salir de allí y que la noche acabara cuanto antes.

ORTEGA (por WhatsApp) : Salen de la discoteca. 01:33.

QUIROGA (por WhatsApp) : Van a por el coche, Cobos. No los pierda. 01:33.

COBOS (por WhatsApp) : Recibido. 01:33.

QUIROGA (por WhatsApp) : A partir de ahora ya podremos utilizar la radio. 01:34.

Habitación de Sergéi. Madrugada del viernes

La decoración de la habitación de Sergéi podría definirse como kitsch de estilo mafioso eslavo. Los dorados eran el único vínculo que unía los numerosos objetos que formaban parte de ese abigarramiento decorativo. Sobre el cabecero de una enorme cama con sábanas negras había colgado un pueril retrato de Sergéi, cuyo marco era manifiestamente más caro que la propia pintura. Un tocador, un ropero y un chifonier, todos ellos muy valiosos, aunque de estilos diferentes, compartían espacio con una escultura dorada de casi un metro de altura que pretendía imitar el David de Miguel Ángel y que a Ponce no le hubiera extrañado que fuese de oro. Y si una piel de cebra en el suelo a modo de alfombra no fuese suficiente para rematar el conjunto, en el techo, justo encima de la cama, había colgado un gran espejo que daba definitivamente a la habitación el aspecto de un picadero.

Nada más entrar en la habitación, Daniel se fijó en las cortinas negras que tapaban la gran cristalera que daba al balcón. Por un momento pensó en dejarlas como estaban, pero en seguida se dio cuenta de que ya no había marcha atrás.

―¿Puedo descorrer las cortinas? Es que… me gustaría ver las estrellas.

―Claro que sí, encanto.

MARTÍNEZ (por radio) : El novato acaba de abrir las cortinas […] Ya estoy tomando fotos […] ¡Esto empieza a caldearse! El ruso se ha acercado a Ponce por detrás y lo ha abrazado por la cintura […] ¡Joder! Ahora le está dando un beso en el cuello.

QUIROGA (por radio) : Lo pillamos, Martínez. No es necesario que retransmita las jugadas. Limítese a hacer las fotos.

Escrutando la espesa negrura, Ponce estaba tan concentrado en averiguar donde se había escondido el inspector Martínez, que, hasta que no tuvo la barbilla de Sergéi a escasos centímetros de la cara, no se dio cuenta de que éste había ido interponiéndose paulatinamente entre él y el ventanal sin dejar de abrazarle.

Daniel dio un respingo.

―Te has quedado absorta mirando las estrellas ―dijo Sergéi, con una sonrisa―. Nunca imaginé al verte así vestida que fueras tan romántica.

Daniel se sonrojó y agachó ligeramente la cabeza. Pero el ruso volvió a levantársela sosteniéndole delicadamente el mentón. Sergéi lo miró a los ojos y, después de peinarle el flequillo, lo besó largamente en la boca, sujetándole suavemente el cogote con la mano. No fue un beso ardiente, pero sí intenso, que a su tiempo fue correspondido dócilmente por Daniel con un abrazo de igual intensidad.

Después de besarse todavía se quedaron un rato abrazados. Más por iniciativa de Daniel que del ruso. Ponce no conseguía quitarse el temor de encima.

―Prométeme que irás con cuidado ―le suplicó Daniel, con un hilo de voz―. Yo nunca…

―No te preocupes. Esta noche no la vas a olvidar nunca.

«Desde luego», pensó Daniel mientras se despegaba de él. El ruso entonces lo agarró de la mano y lo condujo junto a la cama. Luego se sentó en ella. Lo mismo iba a hacer Daniel, pero Sergéi lo detuvo aferrándolo por las caderas frente a sí. Le acarició las caderas sólo un momento, pues en seguida dirigió las caricias hacia el culo, donde sus manos iniciaron un lento recorrido desde la parte posterior de los muslos hasta los tobillos, para luego desandar el camino por la cara interna de las piernas. De vuelta al punto de partida, Sergéi le subió el vestido deslizándolo por los muslos. Aunque sólo un poco. Lo justo para dejar al descubierto el tanga de encaje rojo. Después de contemplarlo un instante, se lo bajó hasta los tobillos, para que Ponce terminara de quitárselo, primero levantando un pie y a continuación el otro.

El ruso esbozó una sonrisa.

―Mmm… Estás mojadita.

Ponce no sabía a qué se estaba refiriendo. Pero entonces, para su sorpresa, se fijó en que de su pene semierecto pendía una gota de líquido preseminal. Hasta ese momento no había sido consciente de lo excitado que estaba y eso lo confundió.

Sergéi se levantó de la cama y, sin borrar la sonrisa de sus labios, le subió lentamente el minivestido hasta las axilas. Ponce levantó los brazos y el ruso acabó de quitárselo junto con el sujetador. Luego arrojó las prendas al suelo, al otro lado de la estancia. Y a continuación empezó a desabrocharse la camisa mirando a Daniel a los ojos desde sus más de dos metros de altura. Aún montado en sus zapatos Ponce tenía que tirar hacia atrás la cabeza para que sus miradas se cruzaran.

Nervioso, Daniel le prendió suavemente las manos. No estaba seguro de si era eso lo que se suponía que debía hacer. El ruso entendió inmediatamente lo que Ponce pretendía y dejó caer los brazos a los lados. Daniel entonces, con los dedos temblorosos, le desabrochó la camisa. Desde el cuello a la cintura. Botón a botón. Con dificultad.

Liberadas las manos de toda obligación, Sergéi aprovechó para recomponerle de nuevo el flequillo y para acariciarle las mejillas. A continuación le recorrió el cuello con los dedos hasta llegar a su escuálido pecho, surcado por las marcas del sujetador. Sergéi se recreó en los diminutos pezones de Daniel, pellizcándoselos delicadamente primero, retorciendoselos y tirando bruscamente de ellos después. Alternando ambas acciones, el ruso consiguió que Ponce se empalmara completamente y se abandonara a las sensaciones que le producía su recién descubierta zona erógena, dejando olvidada la camisa de Sergéi.

Al cabo de un rato, el ruso decidió cambiar de zona erógena y centrarse en los genitales de Daniel. No tuvo ninguna contemplación con ellos. Le agarró los testículos y se los estrujó hasta llevarlo casi al umbral del dolor. Luego aflojó la presión y se los estiró hasta que el escroto no dio más de sí. En las enormes manos de Sergéi, los testículos de Daniel parecían dos canicas diminutas. Y algo parecido ocurría con su pene, que se perdía en la mano de Sergéi al aprisionarlo. El ruso no llegó a masturbar a Daniel. Simplemente se limitó a presionarle el pene contra el pubis con la palma de la mano y a frotárselo rudamente, y, aún así, si Sergéi no llega a detenerse, Ponce se hubiese corrido en su mano.

―¿Por… por qué paras? ―preguntó Ponce, confundido, con los ojos abiertos de par en par.

―Tranquila. No quieras ir tan deprisa. Lo bueno se hace esperar. Confía en mí, cielo. Confía en mí.

Dicho esto, el ruso le dio un beso en los labios y acabó de desabrocharse el último botón de la camisa. Daniel se fijó en Sergéi. Se había hecho una impresión equivocada de él. Por el seguimiento que le habían hecho sabía que iba al gimnasio cuanto menos tres veces por semana, pero su abdomen no indicaba lo mismo. No se le apreciaban los abdominales, sino más bien una barriga propia de un hombre de mediana edad. Si hasta ese momento Ponce no había reparado en su edad era porque su cara rubicunda no aparentaba los años que en realidad tenía: cuarenta y siete. Sus brazos profusamente tatuados, en cambio, sí que tenían el aspecto de haber sido trabajados a base de pesas. Además de en los brazos, Sergéi también tenía tatuajes en el tórax y en el abdomen. Algunos de ellos significaban que había cometido algún asesinato. Lo sabía porque ya los había visto antes en las fotos policiales de otros reclusos rusos. Un escalofrío le recorrió el espinazo de arriba abajo, y una sensación de indefensión se apoderó de él.

―Confío en ti ―dijo Daniel, abrazándose desesperadamente a Sergéi, posándole una mejilla en el pecho. Más que ir dirigidas a Sergéi, las palabras de Ponce tenían el propósito de convencerse a sí mismo.

―Lo sé ―aseguró el ruso, acariciándole brevemente la cabeza. Luego se apartó de él y, mirándolo los ojos, añadió―: Anda. Ahora sé buena y ponte de rodillas.

Daniel obedeció. ¿Qué opciones tenía? Con la cara a un palmo escaso de la entrepierna de Sergéi, Ponce se fijó un instante en el enorme bulto constreñido por el pantalón. Alzó entonces la vista y sus ojos se cruzaron con los de Sergéi, que lo estaba mirando con los brazos en jarras. Sin necesidad de expresarlo con palabras, Daniel supo lo que tenía que hacer. Primero le desabrochó el cinturón, luego el botón de los pantalones y, a continuación, le bajó lentamente la cremallera. Finalmente, agarró con ambas manos la cinturilla de los calzoncillos y tiró de ella hacia abajo. Como un resorte, una barra de carne de 25 centímetros salió disparada de su prisión de tela, pasando a escasos centímetros de la nariz de Ponce, que, de la impresión, casi se cae de espaldas al suelo. El ruso hinchó el pecho de satisfacción. Nunca se cansaba de este tipo de reacciones.

MARTÍNEZ (por radio) : ¡Jooooooder! ¡Menuda tranca calza ese tío!

ORTEGA (por radio) : ¿Quién?

MARTÍNEZ (por radio ) : El ruso. ¡Joder! Eso no es normal.

ORTEGA (por radio ) : Pobre novato. Me lo va a desgraciar.

MARTÍNEZ (por radio ) : Ya te digo.

QUIROGA (por radio) : Bueno, ya basta. Dejen el parloteo para otro día. Parecen ustedes dos porteras.

Con el pollón del ruso apuntándole directamente a los ojos, prácticamente todo el ángulo de visión de Ponce estaba ocupado por el glande rosado y húmedo de Sergéi. En ese punto, Daniel sólo deseaba que ocurriese algo que los interrumpiera. Que de repente llamaran al ruso por teléfono, que el inspector jefe se apiadara de él y lo sacara de allí, que cayese un meteorito… Cualquier cosa. Pero no ocurrió nada.

―¿Te pasa algo? ―El tono de voz de Sergéi era de impaciencia.

―No. Sólo que…

―Sólo que ¿qué? Venga nena. No te hagas de rogar.

Daniel tragó saliva. Y, después de convencerse de que no había otra salida, paulatinamente fue acercando la mano a los testículos del ruso hasta que los tuvo en la palma. Eran tan grandes que no abarcaba a circundarlos con los dedos. Con la otra mano le agarró su enorme polla, cuyo tamaño intimidaba tanto por su longitud como por su diámetro. Ponce cerró los ojos y abrió la boca. Y con la lengua fue en busca de la polla de Sergéi. Empezó lamiéndole el meato urinario con la punta de la lengua y acabó chupándole todo el glande sin dejar de mover la lengua a su alrededor. Así. Poco a poco, Daniel fue engullendo cada vez más longitud de polla con un avance lento pero constante, procurando en todo momento seguir el consejo de Raquel: ensalivar abundantemente cada milímetro de carne conquistado y alternar la mamada con los trabajos manuales.

MARTÍNEZ (por radio) : ¡La madre que me parió!

QUIROGA (por radio) : ¡¿Qué ocurre?!

MARTÍNEZ (por radio) : ¡Coño! Pues que le está comiendo el rabo.

PEÑA (por radio) : ¿Quién se la chupa a quién?

MARTÍNEZ (por radio) : Tu amigo al ruso.

ORTEGA (por radio) : ¡Joder! ¡ Qué asco!

PEÑA (por radio) : No es amigo mío. Sólo somos compañeros de promoción.

QUIROGA (por radio) : ¡Me cago en la leche! ¡Cállense todos! Esto no es una tertulia. Y Martínez: no vuelva a utilizar la radio si no es para una emergencia.

MARTÍNEZ (por radio) : Sí, jefe.

Al ruso le enternecía el empeño que Ponce le ponía en la mamada. Desde luego ésta no se encontraba entre las mejores felaciones que le habían hecho en su vida, pero debía reconocer que el chaval sabía suplir su impericia con voluntad.

―Mmmm… Sigue así, preciosa ―le alentó el ruso, mientras le acariciaba la nuca.

Esas palabras y ese gesto retrotrajeron a Ponce a sus años de colegio, en los que se desvivía por agradar a sus profesoras, las cuales, sin duda siendo conscientes de las escasas aptitudes académicas de Daniel, lo recompensaban a la mínima ocasión con palabras de ánimo y caricias en el cogote, lo que hacía que éste se esforzara todavía más en complacerlas. Así que, como si de nuevo se encontrara en una de las aulas de la escuela católica de su barrio, Daniel se empleó con más ahínco en lo que tenía entre manos, que literalmente era el pollón de Sergéi.

Ponce le escupió en la polla y, tras extender la saliva con la mano, se metió en la boca tanta carne como pudo. Que no fue mucha. Poniendo una marcha más, Daniel incrementó la potencia de succión de sus labios, la velocidad de rotación de su lengua y la frecuencia en los vaivenes de su cabeza, metiéndose y sacándose tantos centímetros de polla de la boca como le permitía su garganta inexperta. Todo eso sin dejar de masajearle los huevos al ruso.

―Mmmm… Sí… Así… Mmmm… Sí… Mmmm… ¡¡Oh!! ¡Joder! ¡Para! ¡Espera, cielo! ¡Para! No sigas o me voy a correr ―le dijo a Ponce, sujetándole la cabeza con ambas manos y alejándosela de la polla―. Espera un segundo, encanto. Déjame descansar. ¡Uau! ¡Joder, nena! Parece que lo hayas hecho toda la vida.

«Esta putita aprende rápido», pensó Sergéi.

―Gracias ―agradeció sinceramente Daniel, algo sonrojado―. ¿De verdad te ha gustado?

―Claro que sí, preciosa ―le confirmó el ruso, sin prestarle mucha atención, pues se había dirigido hacia la mesilla de noche que había junto a la cabecera de la cama―. Pareces toda una experta.

Ponce no pudo ver lo que Sergéi había cogido del segundo cajón de la mesilla hasta que se lo vio en la mano cuando el ruso se volvió hacia él: era un viscoso tubo de lubricante casi agotado.

―Ven ―dijo el ruso, tendiéndole la mano.

Daniel, que aún seguía de rodillas, inconscientemente irguió la espalda y tiró el tronco hacia atrás.

―No tengas miedo, cielo. Iré con cuidado.

―¿Lo prometes?

―Te lo prometo. Anda, preciosa, levántate.

Sin tenerlas todas consigo, Ponce se puso en pie trastabillando. Después de tanto tiempo arrodillado, tenía las rodillas entumecidas y bastante doloridas, y le costó mantener el equilibrio sobre los tacones. Al levantarse notó una extraña sensación en la entrepierna. Tuvo que bajar la vista para darse cuenta de nuevo que tenía el pene erecto. Puede que su cabeza albergara dudas, pero desde luego su cuerpo no.

Daniel se acercó a Sergéi y éste, como si intuyera sus pensamientos, se lo arrimó al cuerpo pasándole por detrás del cuello el brazo en el que tenía el tubo de lubricante y, por segunda vez esa noche, con la mano libre, lo masturbó. Abrazándose al ruso, Daniel se abandonó al placer que le producía el manoseo. Hasta el punto que, al cabo de un rato, empezó a mover la pelvis hacia delante y hacia atrás. Pero justo en ese momento el ruso se detuvo, dejando a Ponce con la miel en los labios.

Sergéi agarró a Daniel de la mano y lo hizo ponerse a cuatro patas sobre el borde de la cama. Si Ponce hubiese podido observar la cara de satisfacción que puso Sergéi al verle el trasero, se hubiese sentido orgulloso. El ruso sentía debilidad por los muchachos de carnes prietas como Daniel. Y cuando lo vio en la discoteca encajado en ese minivestido que dejaba tan poco espacio a la imaginación en seguida se le hizo la boca agua fantaseando con el culo que ahora tenía completamente expuesto ante sus narices. No le defraudó en absoluto. A cuatro patas, los glúteos de Daniel quedaban separados por una prominente hendidura que dejaba totalmente a la vista los rosados y perfectamente depilados pliegues del ano. Sergéi quiso deleitarse con la turgencia de las nalgas pellizcandoselas y propinándole un par de cachetadas, que Ponce recibió con gusto. La excitación de Daniel había llegado a tal extremo que el simple roce de su piel le provocaba estremecimientos.

El ruso se untó la polla con el lubricante y luego hizo lo mismo con el culo de Daniel, a quien el frescor y la humedad del ungüento le produjeron un escalofrío.

―Te voy a meter primero un dedo ―dijo Sergéi, pasando la yema del índice por el borde del orificio―. Relaja el culito… Eso es… ¿Te duele?

―No.

―Probaré con el pulgar… Así… Bien adentro… Hasta el fondo ―dijo el ruso, empujando el dedo con todas sus fuerzas y luego sacándoselo, mientras lo masturbaba con la otra mano ―. ¿Te gusta? ―le preguntó, repitiendo la operación anterior una y otra vez.

―Mmmm… Síííííííímmmmm… ―respondió Ponce, moviendo el culo hacia delante y hacia atrás.

―¿Quieres que ahora te meta la polla?

―Mmmmmssssssssssíííííííííí…

―¿Segura?

―Ssssssíííííííímmmm…

―Pídemelo.

―Mmmméteme la pollammmmm… por favor… mmmm…

―No te he oído. ¿Has dicho que quieres que te dé por el culo?

―Sííímmm… mmmm… Daaammmmeee por el culoooommmm… Ennnncúlammme, por favor… mmmmm.

El ruso se agarró la polla y, diseminándole el lubricante alrededor del ano con la ayuda del glande, comenzó a introducírsela poco a poco. Fue Daniel mismo quien, con un golpe de pelvis, se acabó de incrustar el pollón en el recto. A partir de ahí, asiendo a Ponce por las caderas, Sergéi inició sus embestidas.

MARTÍNEZ (por radio) : ¡No me lo puedo creer! ¡Se lo está trajinando por el culo!

PEÑA (por radio) : ¿Quién encula a quién?

QUIROGA (por radio) : ¡Cago en todo! ¡Quieren hacer el favor de dejar de hablar de mariconadas!

MARTÍNEZ (por radio) : El ruso a tu amigo.

PEÑA (por radio) : Ya te he dicho que no es amigo mío.

QUIROGA (por radio) : ¡¿No me oyen?! ¡Cállense de una puta vez! ¡Coño!

Ponce se agarraba a uno de los cojines de la cama y hundía la cara en él para poder soportar el placer exquisito que le producían los embates de Sergéi. Nunca hubiera imaginado que pudiese ser posible obtener tanto placer sin que para ello mediara su propia polla.

―¿Te gusta? ―preguntó el ruso.

―Mmmmmssssssíííííííímmmmm….

―¿Quieres que pare?

―¡¡¡Nooo!!!

―Mmmmfffff… Así que quieres… mmmfffff… que te siga dando por el culo… mmmmfffff… como a una puta…

―Ssssíííííímmmmm…

―¡¡Dímelo!! Mmmmffffffff… ¡Dime que eres una puta!… mmmmmfffffffffff…

―Soy una putammmmm…

―¡No te oigo, joder!… mmmmffffffff… ¡Dilo más fuerte!

―¡¡¡¡Soy una puta!!!! ―gritó Daniel, despegando la cara de la almohada.

―Mmmmffffffff… ¡Sí!… mmmmmfffffffffff… ¡Sí que lo eres!… mmmmfffffff… Eres mi putilla… mmmmfffffff… ¿No es cierto?

―Ssssííííímmmmm…

―Y harías cualquier cosa por mí… mmmmmfffffffff… ¡¿A que sí, puta?!

―¡Sí!… mmmmmm… Cualquier cosa…

―¿Ah, sí?… mmmmmffffff… ¿También me dejarías correrme en tu cara?… mmmmffffffff…

―Sssssííííímmmm…

Ponce ya no quería que acabara la noche. Deseaba que esa dulce e intensa sensación se prolongara infinitamente. No obstante, sus deseos no fueron atendidos.

―¡¡Ay!! ―soltó de repente Daniel, presionándose el pene―. ¡Para! ¡Espera! Espera, por favor. ¡Detente!

―¿Qué pasa? ―se interesó Sergéi, pero sin detener sus envites.

―Cre… creo que me voy a correr.

El ruso no sólo no hizo caso de los ruegos de Daniel, sino que incrementó la velocidad y la potencia de las embestidas.

―¡¡Aaaaahhhhhmmmmmmmmmmm!! ―gimió Ponce, mordiendo la almohada, incapaz de detener el orgasmo―. ¡Ay!… fffffff… lo siento… ffffffffff… fffffffff… te he ensuciado las sábanas ―dijo entre jadeos.

―Tranquila… ―dijo el ruso, deteniendo sus embates y sacándole la polla del culo. Sergéi observó, con una morbosa satisfacción, como los antaño impolutos y firmes pliegues del esfínter de Daniel eran ahora sustituidos por una grotesca y palpitante cavidad que poco a poco iba menguando de tamaño―. Anda, preciosa. Ponte de rodillas.

Ponce tomó el rebujado cojín al que había estado aferrado todo el tiempo y lo dejó en el suelo para arrodillarse sobre él. Con Daniel de rodillas, el ruso comenzó a masturbarse frente a su cara, aunque no tardó mucho en correrse.

―¡Rápido! ¡Prepárate! ―le urgió Sergéi, agarrando a Ponce por la nuca y atrayéndolo hacia su polla―. ¡¡Ahhhh!!… mmmmffffffff… ¡Joder!… ¡Sí!… mmmmmffffffffff… ¡Sí! ¡Uffff! ¡Qué gusto, joder!

Ni un solo centímetro del rostro de Daniel quedó libre de esperma. El ruso se había corrido a posta por toda su cara. Y todavía aprovechó la estupefacta inmovilidad de Ponce para entretenerse en contemplar unos instantes su obra, fijándose especialmente en la expresión crispada del rostro de Daniel. Dándose por satisfecho, el ruso empezó entonces a recoger con los dedos todo el espeso líquido blanco que le embadurnaba la cara y a depositarlo en la boca de Ponce.

―Bien hecho, preciosa ―dijo finalmente el ruso, después de que Ponce le mostrara, risueño, el contenido de su boca, ya sin el menor rastro de semen.

Daniel estaba feliz. Si hubiera sido un perro estaría moviendo la cola frenéticamente. La misión por fin había terminado y no podía haber ido mejor. Sergéi en ningún momento había sospechado de su identidad y pronto recibiría el reconocimiento de sus compañeros.

MARTÍNEZ (por radio) : ¡C’est fini! El novato ya se ha tomado la leche calentita de antes de irse a dormir.

QUIROGA (por radio) : ¿Lo ha fotografiado todo?

MARTÍNEZ (por radio) : Absolutamente. Ya lo verá, jefe. Con este teleobjetivo se aprecian hasta los grumos de la lefa.

ORTEGA (por radio) : ¡Joder, Paco! Ahora no me voy a poder quitar esa imagen de la cabeza.

MARTÍNEZ (por radio) : Pues cuando veas las fotos… No vas a volver a comerte una salchicha en tu puñetera vida.

QUIROGA (por radio) : Es usted incorregible, Martínez. Pero buen trabajo. Lo felicito.

MARTÍNEZ (por radio) : Gracias, jefe.

QUIROGA (por radio) : Y a los demás también los felicito. Ortega, Peña: hoy han hecho un trabajo excelente en la discoteca.

ORTEGA (por radio) : Gracias, señor.

PEÑA (por radio) : Gracias, señor.

QUIROGA (por radio) : Y por supuesto también la felicito a usted, Cobos. Le auguro un rápido ascenso a inspectora de policía. Sin su concurso esta operación no habría podido llevarse a cabo.

COBOS (por radio) : Gracias, señor. Pero no ha sido para tanto.

QUIROGA (por radio) : No sea usted modesta, Cobos. Si hoy tenemos al ruso cogido por los huevos es en gran parte gracias a usted.

COBOS (por radio) : Y a Ponce, señor.

QUIROGA (por radio) : Sí, sí, claro, Ponce. Ejem. El lunes ya le mandaré mi felicitación a su nuevo destino.

COBOS (por radio) : ¿Nuevo destino, señor?

QUIROGA (por radio) : Exacto. En la Central me deben algunos favores y seguro que allí le encontrarán una ocupación más acorde con su condición de… ya saben… de eso. Trabajo de oficina, charlas en los colegios sobre seguridad vial… ¡Quién coño sabe! ¡Lo que sea mientras no tenga a ese maricón cerca de mí mirándome el culo!… Espero que ahora ninguno de ustedes me va a tocar los cojones soltándome un discursito sobre la discriminación sexual o cualquier mierda de esas, ¿no?

MARTÍNEZ (por radio) : Yo estoy con usted, jefe. Después de lo que he visto esta noche, aún tengo el estómago revuelto.

ORTEGA (por radio) : Yo también estoy con usted, señor.

QUIROGA (por radio) : ¿Y usted, Peña? Tengo entendido que usted y Ponce son amigos.

PEÑA (por radio) : En absoluto, señor. A mí, Ponce, nunca me ha caído bien. Siempre he sospechado que no era trigo limpio. Y cuando aceptó esta misión entendí por qué.

QUIROGA (por radio) : Me alegra oír eso, Peña. Por un momento temí que una manzana podrida hubiese podido corromper toda su promoción. ¿Y qué me dice usted, Cobos? ¿Cree que estoy exagerando con Ponce?

COBOS (por radio) : Ni lo más mínimo, señor. Hay que quitar la manzana podrida del cesto cuanto antes.

QUIROGA (por radio) : Así se habla, Cobos. ¡Con dos cojones!

MARTÍNEZ (por radio) : Los cojones que le faltan a Ponce, y los que necesitaremos a partir de ahora. Porque cuando chantajeemos al ruso…

QUIROGA (por radio) : “Chantaje” no es la palabra exacta, Martínez. La policía no chantajea.

MARTÍNEZ: (por radio) : Por supuesto, jefe. No me he expresado bien. Lo que pretendía decir es que tenemos buenos argumentos para convencer al ruso de pasarse al lado bueno de la ley siendo nuestro informador.

QUIROGA (por radio) : “Argumentos” que, por supuesto, NO ES NECESARIO añadir al informe. Huelga decirlo. El comisario es una persona muy ocupada y no conviene importunarlo con detalles irrelevantes de la operación. Supongo que me entienden.

MARTÍNEZ (por radio) : Totalmente. De Ponce y de las fotos ni mu.

ORTEGA (por radio) : Ni mu.

COBOS (por radio) : ¿Qué fotos?

PEÑA (por radio) : ¿Quién es Ponce?

QUIROGA (por radio) : Bien. Pues todo aclarado. Mañana iremos a ver a Sergéi y le mostraremos nuestros “argumentos”. Cuando hayamos convencido al ruso de la conveniencia de convertirse en nuestro topo en la organización ya podremos presentarle al comisario el primer éxito de la “Operación Ser-gay”… Estooo… ¡Perdón! ¡Sergéi! ¡Sergéi! “Operación Sergéi”. El primer éxito de la “Operación Sergéi”.

FIN

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