Orgia a las afueras a de Londres

Carmen se había divorciado hacía dos años, era una mujer muy atractiva: pelo castaño, metro setenta y un cuerpo fibroso y atlético. Tenía un trabajo muy estresante y el divorcio había sido un verdadero palo en su vida, se sentía sola, perdida y ya no encontraba satisfacciones en lo profundo ni en lo banal. La perdida de la ilusión, saltarse las horas de la comida, llegar tarde a las reuniones, el estrés profesional y sentimental estaban siendo el camino hacia una profunda depresión. A pesar de la desesperación donde estaba cayendo se había refugiado en el deporte y en aficiones que mantenían su cuerpo absolutamente en forma, sexy y sugerente, fuerte. Carmen viajaba mucho por trabajo, siempre tomando aviones y durmiendo en solitarias habitaciones de lujosos hoteles para amanecer sola.

Pero una mañana, sin que ella supiera donde podía depararla el destino, se encontraba facturando sus maletas para su vuelo en primera Madrid-Londres. A su lado se encontraba una mujer rubia, unos diez años mayor que ella, con un aspecto elegante y original (abalorios de países orientales puestos de colgantes y pulseras, vestido estilo moro y hena en las manos). La mujer que estaba pendiente de conocer bien el horario se acercó a Carmen, que estaba cerca:

– Disculpe señorita -dijo con un acento belga o francés a simple vista-, estoy pendiente de conocer el horario exacto del vuelo Madrid-Londres, parece que hay algo de alboroto por aquí, ¿sabe usted algo?

Carmen salio de su ensimismamiento mirando unos papeles para la reunión que tenía apenas unas horas más adelante: – Oh, perdone, eh… sí, yo también tomo ese vuelo, sale a las nueve de la mañana, se retrasa media hora, me lo acaba de comentar una azafata de tierra.

De pronto, como si la señora extranjera fuera una especie de pitonisa o sabia de otro tiempo, agarró a Carmen de una mano y dijo muy bajo, casi susurrando: – Creo que tu alma se encuentra en un punto de verdadera confusión y soledad, acabo de verlo reflejado en tus ojos y en tus gestos, ¿me confundo?

Carmen, sorprendida y algo enfadada al principio, respondió: – Disculpe señora, no nos conocemos me temo, me gustaría seguir con estos asuntos, tengo una reunión muy importante en unas horas y preferiría no perder el tiempo hablando de mis problemas emocionales, con usted además que no la conozco de nada.

– De acuerdo, discúlpeme si he sido entrometida.

El destino, la vida en general, juega cartas curiosas a veces y como por arte de algún duende caprichoso se encontraban, media hora más tarde, las dos sentadas en el avión una al lado de la otra.

– Parece que tenemos que volar juntas -dijo la señora-, no me gustaría que antes se hubiera quedado con una mala impresión de mi. Aunque no lo crea, no suelo abordar así a la gente pero hay casos… como el suyo… que una no puede evitar invadir la privacidad de alguien para decir lo que una piensa y siente.

– ¿Cómo?. se puede saber, señora, qué diablos ha notado usted en mí cuando hemos cruzado dos palabras.

– Creo que está sola y perdida, necesita reencontrarse, saber qué quiere en esta vida, encontrar su rumbo y navegar hacia esa dirección con paz y armonía. Soy belga pero vivo en Madrid, viajo a Londres porque voy a un congreso de yoga principalmente pero también se hablara de espiritualidad y de asuntos interesantes sobre nuestra existencia y el autoconocimiento de nuestras almas y cuerpos, creo que le interesaría visitarnos, he dicho congreso, parece así dicho que seremos mucha gente pero no más de veinte o treinta personas, todas de muchos países y ciudades del mundo, estaríamos encantados en conocerte, además lo pasamos muy bien, somos gente muy abierta y queremos siempre que… bueno… estamos dispuestos a abrir nuestro círculo de “amistades”.

– Se lo agradezco mucho -dijo Carmen aceptando una tarjeta invitación que la señora sacaba de su bolso de mano-, la verdad es que esta noche tendré que dormir allí porque la reunión durará un rato largo, el vuelo de la noche no me interesa por horario así que tal vez… no sé, pueda pasarme un momento.

Las dos mujeres se pasaron el trayecto comentando cosas sobre sus vidas, sus divorcios, sus viajes, sus trabajos. La señora era francesa y era de una buena familia, había podido permitirse el lujo de viajar durante toda su vida conociendo filosofías y culturas orientales. Era, podía decirse, una hippy madura con dinero pero eso no le quitaba interesés humano, es más, podia considerársela una mujer muy inteligente y profunda, Carmen lo notó porque, a pesar de haber caído en esa tristeza nihilista, seguía siendo la mujer sensible y viva de hacía unos años.

Hablararon y hablaron de tantas cosas que acabaron hablando de sexo. Geraldine, que así se llamaba la mujer llena de joyas exóticas, sonriendo un poco y afianzando la intimidad:

– Querida amiga espontánea que acabo de hacerme… ¿puedo hacerle una pregunta algo íntima? Son cosas que una nota después de años viajando y conociendo gente de todo tipo. Me gustaría saber si desde tu divorcio has mantenido… ya sabes… alguna relación sexual.

– Mira, no suelo hablar de estas cosas a la primera, una ha tenido que hacerse tajante y firme, nada frívola, me cuesta hablar y dejarme llevar por estas cuestiones pero es que con mi marido sí es verdad que teníamos una relación sexual absolutamente plena, de hecho ese no fue motivo para romper, más bien fue lo que hizo que durara más de lo que tuvo que durar. Nos pasábamos noches y noches haciéndolo, sin parar, veníamos cada uno de un viaje de negocio y el que fuera, daba igual, esperaba al otro con alguna sorpresa sexual, desde donde estuviéramos, muchas noches, teníamos sexo telefónico o por camara web durante horas. LLegaba a ser desesperante el enganche sexual que nos inundaba porque, cuando discutíamos con duros reproches y desplantes, acabábamos haciéndolo, dejame hablar mal, follando desesperados hasta reventarnos los cuerpos. Así ha sido mi vida con Manuel, así se llama mi ex, sobre todo una droga sexual que aún me tiene fascinada que no sé cómo demonios desengancharme de la necesidad de su cuerpo, de su miembro sexual, de las experiencias que hemos vivido como amantes y no como marido y mujer.

– Me dejas absolutamente atónita, me he casado dos veces pero no he tenido nunca tal enganche con mis maridos. Siempre hemos tenido relaciones abiertas así que no sé cómo es eso de hacerlo solo con una única persona. ¿Puedo plantearte una cosa? Tal vez, no sé… esto te parezca una locura y ahora sí que no querras venir al congreso pero es que después de algunas ponencias solemos reunirnos en una casa de campo que tiene Lawrence, el organizador, a las afueras de Londres y tal vez te gustaría venir, probar cosas diferentes, investigar qué hay ahí en tu alma que te impide disfrutar de los regalos divinos que el cuerpo puede darnos.

– Geraldine, estoy sorprendida, yo misma del feeling que estamos teniendo, ¿me estás comentando en serio que vaya a una orgia?

– No es exactamente eso, suena vulgar, es más bien un encuentro entre seres que buscan una unidad con otras almas.

– Vamos, folleteo descontrolado.

– No, de verdad, somos gente profunda, filósofos, ya sabes vida hippy pero en plan maduro, actitud bohemia ante la vida pero sin discursos destructivos ni hirientes.

– Déjame pensarlo, ¿vale?, eres un sol de mujer pero es que la verdad ya te digo que estoy metida en una coraza tremenda, ya ni me toco Geraldine, hace dos años que no me toco, no es por no tener ganas pero no puedo. En Milán lleve a un compañero italiano hasta la cama de mi hotel, desnudos y ya preparados para entreganrnos le dije que se fuera. Qué apuro, la mañana siguiente en la reunión, él allí, la verdad es que fue un dulce de persona, ninguna hostilidad.

– Eso fue porque tu alma no quería realmente llegar hasta ese punto. ¿Has probado alguna vez con una mujer?

– Sí, con una amiga de la universidad un par de veces, disfruté mucho pero Manuel era católico y yo empezaba mis relaciones con el y eso no lo veía bien, lo corté de raíz y no volví a dejarme llevar por “otras alternativas”.

– Por dios Carmen, tenemos mucho trabajo por hacer. Ya verás, vas a pasarlo muy bien.

Después de la reunión, una larga reunión con compañeros coreanos e ingleses que se habían organizado allí para cerrar una operacion de dos millones de libras, después de la presión, los regateos, los intereses de unos y de otros, Carmen se encontraba en la habitación de su hotel tomando una ducha caliente. Había estado lloviendo todo el día, eran las ocho de la tarde y como en cualquier día londinense ya era absolutamente de noche. Enjabonándose su cuerpo se acordó de las palabras de Geraldine, y con el espejo que había delante comenzó a sugestionarse sola, sin impedimentos. Se miraba ante el espejo, con algo de espuma cayendo por su pecho y su vagina. Mirándose, profundamente, dirigió sin pensarlo el agua de la ducha hacia su sexo, se estimuló lo suficiente, lo suficiente para salir de la ducha y llamar al número que aparecía en la tarjeta invitación.

– ¿Sí?

– Hola, llamo preguntando por una persona que he conocido esta mañana, me dio una invitación para asistir pero no voy a poder ir, luego sé que hay una reunión más íntima en otra parte… ¿podría hablar con Geraldine?

– Claro, soy Lawrence, me habló de ti en cuanto llegó, esta fascinada con el potencial de tu espíritu y de tu alma. Vamos a mi casa en Kensington, ¿te gustaría pasarte? Iremos solo seís personas, nada multitudinario, tenemos que cerrar algunos aspectos y además nos gusta relajarnos de un día duro de trabajo.

La voz sugerente, el acento británico, preciso y educado pero en el que se intuía algo de picardía muy provocativa despertaron en Carmen algo especial. Estaba todavía tapada únicamente con una toalla:

– Dame la dirección, le dire al chofer que me han adjudicado que me lleve, como en una hora o algo parecido estaré allí.

Carmen se vistió, se puso ropa sexy, lo poco que llevaba en la maleta, no contaba con esa reunión improvisada en su rutina de alta ejecutiva, así que tuvo que ponerse un traje de chaqueta muy ajustado, formal pero contorneaba perfectamente su cuerpo, marcando cada una de sus curvas perfectas. Debajo de la chaqueta se había puesto una camisa de seda beige que, dejando abierto un botón más de lo que solía, podía verse, ligerísimamente, algo de un elegante sujetador de encaje blanco.

Subida en el coche que la llevaba a Kenington se dio cuenta de lo maravillosas y calidas que eran las calles de Londres y una vez en la carretera se dispuso a mirar el paisaje. El chofer, un chico de unos veinticinco años, muy atractivo y educado, miraba por el espejo interior del coche el sugerete escote que Carmen se había puesto. Tal vez por la tecla que Geraldine había pulsado o tal vez porque se sentía mas mujer que nunca ella, al darse cuenta, no se sintió incómoda.

– ¿Cómo te llamas?- le dijo al chofer sin retirar la vista del paisaje-

– Peter, señorita.

La tensión era cada vez más alta y es que el chico era muy atractivo, agarraba con firmeza el volante con sus manos mulatas y su aspecto daba a entender, debajo del traje de uniforme, un musculoso cuerpo lleno de energia para satisfacer a una mujer durante horas. Carmen estaba juguetona, sentía que algo se le había agitado dentro, se planteó, como un fogonazo en su cabeza pedirle a Peter que parara en algun arcén, que se detuviese un momento. En su mente, ese rato, se imaginó saliendo del coche para ponerse delante y sin más preámbulos abrir los pantalones de ese hombre tan potente y lleno de fuerza para, sin ninguna introducción, comenzarle a realizar una felación firme y profunda, sin pausa. Tenía ganas de eso, se dio cuento de lo material y preciso de la necesidad física que la poseía. Quería, se decía a sí misma en su mente “una polla firme y preparada para mí, una polla o quién sabe, un coño jugoso para mi boca, necesito otro cuerpo para entregarme, estoy desenfranada”. Salió de estas fantasías cuando la gravilla del suelo sonaba lo suficiente, anunciando el gps que llegaban a una propiedad privada.

– Señorita, es esta la dirección, no se apure por la tardanza, estaré aquí esperándola para lo que necesite.

– De acuerdo, Peter, muchas gracias.

Carmen salió del coche, sus tacones, su bolso, su sútil maquillaje, su belleza firme y algo agresiva, todo el pelo en un recogido que la llenaban de autoridad y de distancia… toda esa presencia se encontraba subiendo las escaleras de la propiedad de Lawrence en las afueras de Londres. Al caminar ese pequeño trozo de terreno hasta la puerta pudo notar perfectamente lo que sus fantasías habían lubricado su sexo, estaba literalmente empapada, estimulada absolutamente. Abrió una puerta gigantesca un hombre que rondaba los treinta y cinco años, con una planta impecable, ropa informal pero elegante y distinguida, el pelo alboratado, rizado y abundante, con unos ojos azules muy firmes, cristalinos como su voz:

– Eres Carmen -hablaba español perfectamente-, eres tú. Geraldine me dijo que eras preciosa y muy especial, acabo de notarlo. Soy Lawrence, no me gusta en estos días despues de los congresos que venga ni el servicio. Queremos estar solos, pasa, pasa no te quedes ahí.

– Gracias, me ha traído mi chofer. El paisaje es delicioso. ¿Os interrumpo?

– No, claro que no. Pasemos al salón.

Cuando Carmen entró al salón aceptando el paso que Lawrence la ofrecía se quedo atónita pero ya venía algo estimulada y caliente de sus fantaseos en el coche. De pronto se descorcharon, como una botella de champaña, muchas fantasías e ilusiones que tenía enfrascadas durante meses, ahora sin prejuicios morales de ningún tipo. Lo que tenía delante no era nada del todo explícito, aún, más bien gente, hombres y mujeres, hablando íntimamente, en parejas, en tríos, simplemente contándose cosas amenas pero podía notarse perfectamente que lo que hacían, sin duda, era preparar el terreno de una velada sexual entre amigos o gente que tiene afinidades espirituales. Geraldine salio de un grupito en el que estaba recostada en un sofá, poniéndose en pie y caminando hacia ella:

– Mi querida nueva amiga… has venido, estás preciosa. ¿Cerraste bien la operación?

-Un éxito. Me da un poco de apuro venir, se os ve muy íntimos.

-No te preocupes- dijo Lawrence- realmente queremos relajarnos y pasárnoslo bien. Además no pienses que es nada frío ni directo, realmente nos gusta conocernos, tener algo común en nuestras almas. En tu caso estás perdida, según me ha comentado Geraldine quieres salir de la prisión que te ha supuesto el engache sexual que sigues teniendo con tu ex, ahora es la ocasión para que cierres ese capítulo, ¿no crees? Mira, te explico, tenemos un pequeño ritual para irnos… entonando, ya sabes. Somos hombres y mujeres, en su mayoría bisexuales, no tenemos el más mínimo prejuicio con el sexo ni con las relaciones, opinamos que la vida corporal es una prolongación de lo espiritual así que no hay aquí el mas mínimo tabú. Ya verás cómo lo hacemos, pasa y déjate llevar.

Geraldine, algo achispada por el alcohol pero sin estar excesiva:

– Bueno amigos, ya estamos todos, ha venido mi querida amiga Carmen, es española, de Madrid. Siéntate aquí, vamos a comenzar a jugar y a pasarla bien.

Todos los que allí estaban, la verdad, eran personas de treinta a cuarenta años, algunos puede que sobrepasaran esa edad pero se mantenían fiísicamente en forma. Podía notarse que a todos les gustaba mantenerse sanos y juveniles por el yoga y terapias alternativas, eran muy atractivos y transmitían simpatía natural y naturalidad desbordante. Se sentaron algunos en el suelo y otros en divanes y sofás, la chimenea estaba encendida, era enorme como todo el salón, el ambiente era antiguo pero cálido, era un poco sinsentido todas esas mujeres y hombres de aspecto algo progresista y desenfadados en sus looks en ese ambiente de solera inglesa algo rancia pero muy adinerado. Sobre una gigantesca alfombra allí estaban todos, reinaba una luz muy tenua. toda de lámparas, preciosas, que daban una luz indirecta peroque no impedía ver como algunos y algunas se iban acurrucando un poco y preparándose. El anfitrión, sin preámbulos se puso en pie:

-Bueno, estoy encantado de que estéis todos aquí, ¿quién quiere comenzar?

Entonces Carmen se dio cuenta de que realmente lo que allí reinaba era una buena sesión de voyeurismo, en toda regla, pero al mismo tiempo iba a desatar un sinfin de relaciones sexuales dando igual quien o quienes fueran tus acompañantes.

De pronto, después de las palabras de Lawrence dos chicos se pusieron en pie. Eran ingleses, ambos rubios, muy altos y atractivos, uno de ellos tenía una barba frondosa y un aspecto de niño bien british que a Carmen le atrajo a simple vista. El otro, algo más bajito y menos musculoso, tenía una belleza femenina a la vez de una virilidad en sus gestos que, aunque contradictorio, relfejaban un atractivo muy original. Eran muy elegantes y estilosos, se dirigieron al centro de la alfombra y allí comenzaron a besarse lentamente delante de todos. Los que allí estaban sonreían amables y algunos comenzaban a acariciarse los unos con los otros mientras miraban soñadores como la pareja de chicos se preparaba. Cuando Carmen dejo de mirar a su alrededor se dio cuenta de que el chico más bajito ya estaba en ropa interior y tenia una erección muy muy prominente. Por debajo de la prenda podía verse la silueta de un pene que marcaba un bulto extraordinariamente grande, en ese momento se dio cuenta del verdadero encanto del chico. El chico de la barba comenza a tocarle por encima simplemente poniéndose a tono. Después de un rato frotándose las partes bajas, el hombre más alto de los dos se desnudó del todo y dejó a la vista un cuerpo increíblemente atlético, poniéndose de rodillas mientras el otro se apoyaba en pie en una majestuosa mesa de caoba comenzó a lamer su miembro desatadamente. Metía su pene entero en toda la boca, a Carmen le parecía fascinante como ese rostro con aquella barba viril podía comerse entero todo ese pene, el ambiente era totalmente aperturista, ningún prejuicio y toda posibilidad estaban allí para todos y todas. De pronto una chica pelirroja se puso en pie y salio del círculo para situarse en el centro de la alfombra. Quitándose la ropa sin dejar de mirar como el chico de la barba lamía el pene de su compañero sacó de una maletita de viaje un dildo con el que primeramente, antes de colocárselo, se estimulaba suavemente el clítoris. Después de un rato el chico bajito, esta vez se había sentado en la mesa y el otro, abriéndole las piernas colocadas sobre sus hombros iba a comenzar meterse dentro pero antes estaba lubricándose a sí mismo el sexo muy suavemente mientras el chico de la barba miraba desesperado como suplicando que terminara. La chica pelirroja con el dildo colocado y mostrando unos pechos muy blancos y abundantes se dispuso a frotar el utensilio por el la parte de atrás del chico que ya estaba penetrando al otro.

Lawrence que estaba no muy lejos de Carmen la miraba fijamente, ella se dio cuenta cuando ya era muy evidente. Se acercó lentamente arrastrándose por el suelo.

-Carmen, ¿qué te parece?

-No lo se Lawrence, estoy muy caliente ahora y no sé que pensar, me apetece entrar en ese círculo y dejarme llevar.

Lawrence, poniéndose en pie y agarrándola de una mano, se dirigío hacia la alfombra. Carmen se econtraba allí con su elegante traje, delante de aquellas personas pero de pronto aquello no le parecia exhibirse ni nada oscuro, estaba cómoda y estimulada y solo quería sentir. Lawrence bajó sus medias y y cuando se disponía a quitarla la falda ella dijo:

– No Lawrence, cuando me has abierto la puerta me ha apetecido que me follaras en el hall, sin más, con la falda puesta, no me la quites y penetrame, simplemente subela y metete dentro, muy dentro, ya.

Carmen se puso de manos y rodillas frente al suelo y Lawrence, como le había dicho, subió su falda. Él debía de haber sentido también esa atracción porque su pene estaba absolutamente inflamado de pasión y dispuesto a envestir con desenfreno el cuerpo de esa mujer que acababa de conocer. Quitándose la camisa de lino y el resto de la ropa rápidamente comenzó a penetrar a Carmen profunda y lentamente, la vagina de ella estaba completamente mojada, a cada momento que entraba y salía de ella el flujo espeso y jugoso salia de su sexo en abundancia e iba creciendo por momentos. Mientras la penetraba ella pidio que queria darse la vuelta, tenía la camisa ya totalmente abierta y podían verse unos pechos prietos y un abdomen firme y musculoso. Abrió mucho las piernas y tocándose de arriba a abajo todo su sexo de mujer miró en círculo a todos los que allí estaban. Se detuvo en una chica morena de pelo muy largo y mirada muy profunda:

– ¿Quieres probrarlo? Me encantaría que lo probaras, está empapado, me gustaría muchísimo una cosa: que tú me lamieras despacito el coño, muy despacio hasta reventarme de placer y de impaciencia y de que, el chofer, el chico que me ha traído a casa entrara aquí para comerme esa polla que me ha quitado el sueño. Lo quiero todo nuevos amigos, quiero todo lo que todos podais darme. Lawrence tú dame por detrás cuando esta belleza morena acabe con mi coño pero mientras me lo hace quiero ver cómo la chica pelirroja te sodomiza con el dildo.

La mayoría de los que estaban allí no entendían español pero alguno debió de enterarse porque en un instante el chofer estaba allí sonriendo con el torso desnudo. Mientras la chica morena lamía su vagina intensamente y con un ritmo extasiador el mulato saco todo su aparato del pantalón y ella lo agarró con una mano para masturbarlo un ratito antes de invadir con ello toda su boca. El tamaño del miembro del chofer era de tal tamaño que casi no podía abarcarlo con la boca abierta pero era tal su ansiedad por meterla entera dentro que acabó por conseguirlo. Muy suavemente con los labios muy jugosos enjugaba ese pene que durante el trayecto había disparado aquellas fantasías de sexo espontáneo. La chica morena lo hacía realmente bien, tenía toda la espalda absolutamente tatuada y para insistir más en el placer de carmen metió dos dedos de una mano mientras seguia lamiéndola. Lawrence estaba a poco más de un metro de distancia, la chica pelirroja le había llenado de la entrada del ano de lubricante para entrar comodamente pero no hubiera hecho falta porque lo tenía muy abierto y estimulado. Cuando Carmen miró en a su alrededor ya todos, todos absolutamente, estaban unos con otros haciéndolo por todas partes del salón. El chofer que se había corrido sobre la chimenea ahora estaba masturbando al chico bien de la barba rubia y Geraldine se tocaba sobre un sofá mientras lamía el pene, pequeño pero extraordinariamente grueso, de un chico moreno bastante más joven que ella.

Después de un buen rato de placer comunitario, de entregarse sin límites a casi todos y todas los que estaban allí, después de seis o siete horas, ya estaba amaneciendo. Lawrence con una bata bordada con el escudo de la familia se disponía a preparar un desayuno típicamente inglés en el comedor que estaba al lado. Carmen vistiéndose con la ropa que estaba tirada cerca de la chimenea fue en su búsqueda:

– Estás aquí Lawrence.

– Yes, aquí estoy milady. ¿Qué te ha parecido la velada?

– No tendré palabras para agradeceros la losa que me habeis quitado de encima.

Geraldine con una bata de seda apareció por la puerta del comedor:

– Querida, has sido un gran descubrimiento, lo hemos pasado fantasticamente bien. ¿Repetiras verdad?

– Vengo a Londres casi todos los meses, ¿cada cuánto hay estas reuniones?

– Nos gusta ser mínimo seis o siete y como no abrimos el círculo si no sabemos si esa persona está bien de salud y todas esas cosas que hay que tener claro para el sexo abierto a veces nos cuesta acordar una reunión. Lawrence tiene un centro de Yoga en Madrid, va con mucha frecuencia.

– Sí, de hecho mañana vuelo tengo que estar para la presentación. No te lo he dicho pero soy un yogui mundialmente conocido, me dedico a abrir centros de yoga por todo el mundo.

– Qué interesante. Yo soy una ejecutiva que vive con muchísimo estrés me vendría muy bien. Me ha encantado conoceros, creo que seremos grandes amigos.

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