Orgia en el WC de los grandes almacenes

El orín de JJ se derrama torrencialmente sobre la blanca cerámica y la satisfacción de vaciar su hinchada vejiga se pinta en su cara. No ha terminado todavía de evacuar todo el amarillo líquido y percibe que en el urinario contiguo a él se ha colocado un individuo. Lo mira por el rabillo del ojo y lo que ve no le desagrada por completo: un chaval de veintipocos años, de cabello moreno, guapetón, delgado, no muy alto, con un pequeño “percing” adornando su labio… Como si fuera un movimiento reflejo, el sevillano baja la mirada hacia la zona del cuerpo del veinteañero que está introducida en el meadero y sus ojos captan sorprendidos algo que no se esperaba: el chaval está empalmado. Si esto no fuera suficiente para darle entender que allí había tema, ve como sus manos acarician un majestuoso pene de no menos dieciocho centímetros de largo, aunque más que acariciarse, el muchacho lo que hace es masturbarse descaradamente.

Es subir la mirada y siente como ésta es perseguida por los ojos del chico, el cual le saluda con un guiño. Como si de una enfermedad contagiosa se tratase, ante la visión del tieso cipote, la polla de Juan José crece de manera descompasada. Con la osadía propia de su edad, el joven deja más a la vista su miembro con el único cometido de provocar, más aún, al hombre que tiene junto a él. Sin pudor alguno, este alarga la mano y aprieta suavemente el enorme falo entre sus dedos. Una mueca de placer se dibuja en la cara del joven, quien remeda su acto, alcanza el tieso nabo del cuarentón y lo agarra con fuerza. Cuando se quieren dar cuenta están pajeándose mutuamente.

Ensimismados como están, no perciben como la puerta principal de los servicios públicos se abre, ni advierten tampoco como un hombre de mediana estatura, de unos cuarenta y pocos años, varonil, un poco calvete y mal encarado entra en la habitación. El tipo lejos de sorprenderse ante el espectáculo de los dos hombres pajeándose, los mira morbosamente y casi de manera ritualista, pasa su mano por su pecho, tocándose unos abultados pectorales, después baja su mano por una prominente barriga y se detiene en entrepierna, donde ya se deja ver un crecido bulto.

Hay un momento en el que los dos hombres que se masturban delante de los urinarios son consciente de su presencia. Sin embargo consciente de la buena predisposición del recién llegado, ni se cohíben, ni interrumpen la tarea en la que están sumidos. Uno de ellos, el más joven, hace un gesto con la mano e invita al cuarentón a unirse a ellos.

No se hace rogar y avanza hacia ellos, se baja la cremallera del pantalón y descubre unos slips que evidencian su estado civil. Solo a un casado, cuya mujer tenga un concepto endeble del erotismo y para quien la palabra desmadre signifique hacer el amor con la luz apagada, se le ocurriría usar unos calzoncillos tan horrorosos como los que lleva aquel hombre. Menos mal que cuando los baja y muestra la apetitosa polla regordeta y venosa que esconde tras la prenda íntima, su morbo sube bastantes enteros. Tanto es así, que JJ no tiene más que remedio que invitarlo a que se incorpore a la fiesta.

Una vez llega a la altura de ellos, el muchacho palpa su cipote y al comprobar que su glande está impregnado de líquido pre seminal, empapa la yema de sus dedos en ellos para terminar llevándoselos a la boca. Los saborea de un modo tan soez como excitante.

El mal encarado tipo posa su mano en la nuca del chaval y lo empuja hacia abajo, obligándole con ello a agacharse para que le chupe la polla. Una vez el joven se encuentra postrado de rodillas ante los dos cuarentones, y sin dudarlo, se mete el miembro del calvete en la boca, mientras que con la otra mano masajea la polla de JJ.

Los dos individuos que están de pie se miran fijamente y, sin mediar palabras, unen sus labios en un apasionado beso. Las manos del sevillano buscan el pecho del calvete, le quitan los botones de la veraniega camisa de cuadros y hunden sus dedos en una pelambrera de vello rizado por el que asoman algunas canas. A todo esto, el joven cansado de chupar el cipote del calvete coge el nabo de JJ y se lo mete en la boca de golpe hasta la garganta. El delgado cuarentón se estremece de placer al sentir sobre su erguido falo el calor de los labios del veinteañero.

En el momento que el recién llegado es consciente de que su verga ya no recibe las atenciones de la boca del jovenzuelo, tira de los pelos de la coronilla de éste y le reclama que vuelva a mamársela. El muchacho, quien ha probado el exquisito sabor de la polla de JJ, no está dispuesto a dejar de hacerlo. Con la intención de contentar las exigencias del otro hombre, se mete ambas pollas en la boca. A pesar de su juventud, sus labios y su lengua, demuestran una magistral habilidad en satisfacer a los dos miembros al unísono.

La escena que se encuentra un cuarto hombre que entra en la habitación es digna de una película porno: dos hombres besándose y magreándose mientras un tercero les hace una mamada a ambos.

El nuevo individuo es corpulento, de estos que son grandes de altura y de proporciones enormes. Lleva el cabello corto, una barba descuidada y viste un mono de trabajo (de mecánico puede ser). El tipo no parece sentirse incomodo con la improvisada fiesta sexual que se ha montado en los servicios de los grandes almacenes. Al contrario, da la sensación de sentirse satisfecho con la excitante visión que tiene ante sí.

Con total desparpajo, sus rudas manos buscan la cremallera de su uniforme de trabajo y la bajan hasta la cintura, dejando un ancho pecho peludo al descubierto. Su abdomen, sin ser pura fibra de gimnasio, es plano y no hay apenas resquicios de grasa en él. Cuando el calvo nota su presencia, le hace una señal para que se una a ellos, éste, a la vez que niega con la cabeza, responde con una voz tan roca como ruda:

—No, si no os importa, prefiero mirar.

En respuesta a la contestación del hombre del mono, el improvisado trío prosiguen con lo que estaban haciendo, sin ningún pudor, como si les diera más morbo aún el ser observados por un desconocido. La puerta se vuelve a abrir, esta vez quien entra es un hombre de unos treinta y tantos años, con pinta de pijo repelente: pelo engominado, rostro bien afeitado, viste traje de oficina y lleva un maletín en la mano. Cuando ve al muchacho agachando y llevándose a la boca las dos pollas que tiene delante, su primera reacción es huir pero el obrero voyeur lo detiene violentamente. Antes de que pueda gritar, una de las rudas manos del agresor tapa la boca del ejecutivo, mientras con la otra le mete mano bruscamente al paquete.

—Hola, ¿pero qué tenemos aquí?… Si es un chupatintas. —La voz del mecánico está cargada de desparpajo e ironía por igual — ¡Mucho rollo, mucho rollo con querer irte!, pero la polla se te ha puesto como una roca…

El muchachito mamapollas, ante la agresiva escena, hace ademán de marcharse e intenta levantarse, no obstante detenido por el calvo, quien de un modo bastante grosero le dice:

—¡No, tú te quedas hay hasta que me saques la última gota de leche!

El chico levanta asustado la vista buscando alguna complicidad en JJ, quien, de manera cobarde, esquiva solapadamente su mirada. Sin otra opción posible, continua con la labor de lamer los dos hermosos nabos que tiene ante sí.

Mientras tanto, el tipo del mono, sin el consentimiento del hombre del traje, le ha desabrochado el cinturón y ha bajado la bragueta.

—Tú dirás que no quieres, pero tu polla está tiesa como un leño. ¡Mucho anillo de casado, pero para mí que lo que eres es una maricona reprimida!

El hombre enmudecido por la mano de su atacante, sólo puede responder con un quejido y una mirada de la que reboza el pánico.

No le ha dado tiempo al mecánico de sacar al aire la polla de su víctima y en la habitación irrumpe un sexto hombre: un segurata del centro comercial. El guardia es un tío de los que quitan el hipo, treinta y pocos, alto, musculoso, atractivo a más no poder y con una perilla que le daba aspecto de canalla. ¡Para comérselo y mojar pan en la salsa!

El uniformado individuo ante la escandalosa escena sale precipitadamente de la habitación. Los cinco hombres se han quedado como petrificados y se miran entre ellos con cara de circunstancia. Tanto JJ como el calvorota se empiezan a subir el pantalón y el jovencito se ha puesto de píe, sus gestos reflejan preocupación ante lo que pueda hacer o decir el guardia de seguridad. Ni se han terminado de vestir siquiera, cuando de manera inesperada, el vigilante vuelve a entrar en los concurridos WC públicos.

—¡Ya está! He puesto un cartel en la puerta diciendo que usen el de otra planta, que este está estropeado. Con la puerta cerrada por dentro, nadie podrá molestarnos

La seguridad y tranquilidad con la que el vigilante dice lo que dice, deja con cara de pasmo a los cinco individuos, quienes no son capaces de digerir lo que están oyendo. Pero en el momento que ven al enorme individuo avanzar hacia ellos desabrochando la enorme hebilla de su cinturón, a la vez que dice en tono chulesco: “No creeríais que se iban ustedes a montar una fiestecita de esta envergadura sin mí”, no tienen más remedio, que creer lo que están escuchando.

Cuando el terror por ser descubierto abandona la mente de los calientes hombres, vuelven a lo que estaban haciendo, el chico vuelve a agacharse delante de JJ y su alopécico acompañante; el trabajador vuelve a intentar seguir metiéndole mano al pasivo ejecutivo, todo ello como si se tratara de una escena de un video porno, que se reiniciara tras dar de nuevo a la tecla “on”.

El sexto actor en escena, se regodea mirando como el chaval se come casi al mismo tiempo las dos churras, sin pensárselo, se acerca en plan chulesco, le tira de los pelos del cogote y le dice en un tono brusco:

— ¿Pero que tenemos aquí? ¡Una putita! ¿Te gusta mamar pollas?

Al muchacho se le ponen los cojones de corbata, contesta afirmativamente con la cabeza y los ojos, sin sacarse la polla de JJ de la boca y sin dejar de masturbar al otro hombre.

El guardia se desabrocha el estrecho pantalón y deja a la vista una frondosa pelambrera púbica, a continuación se baja unos bóxer blancos y saca un enorme vergajo que a pesar de estar morcillón, marca muy, pero que muy buenas maneras.

—Pues si quieres polla, aquí tienes una como Dios manda– Pronuncia blandiendo el enorme falo ante la cara del joven mamapollas.

Este no se hace de rogar y se mete el semierecto miembro en la boca, dejando de proporcionarle placer a JJ. Observa unos segundos como el chaval engulle de golpe, y hasta el tronco, aquel enorme trozo de carne, después mira a su acompañante y, sin consultar a éste, se agacha para tragarse su gordo y venoso miembro.

A la misma vez que esto sucede, en el otro rincón de la alicatada estancia, el duelo entre el obrero y el hombre del maletín, lejos de suavizarse, se ha vuelto más violento aún. El del mono de trabajo le ha sacado la polla al otro, quien empalmado y caliente como una perra, se revuelve ante el placer que le quieren proporcionar y dice, con una voz histriónica, cosas como:

—¡ Déjame, maricón! ¿No has visto mi anillo de casado?

Pero a su agresor esto se la trae al pairo, al contrario parece ponerle aún más, por lo que lo pajea y magrea con más ahínco.

El vigilante se ha bajado el pantalón por completo, dejando a la vista de JJ y el calvorota (quienes se encuentra de espaldas a él), un perfecto culo peludo, duro y prieto. La escena de sus manos apoyadas sobre sus glúteos mientras empuja su cipote al interior de la boca del muchachito, parece poner cachondo a los improvisados voyeurs, propiciando que JJ se esfuerce más en darle placer a la polla que tiene en la boca.

Pasea la lengua por su capullo, se la traga entera de golpe, para después recorrer desde la punta a los huevos, probando con ellos todos y cada uno de los rincones del exquisito manjar. Es tanto el empeño que pone en la tarea, que su eventual compañero de sexo se retuerce de placer, al tiempo que, entre gemidos, le profiere insultos ininteligibles.

El segurata hace que el joven comepollas se incorpore un poco, con la intención de tener acceso a su trasero. Primero le da unas cachetadas, más tarde acaricia de manera lasciva sus glúteos, para a continuación bajarle el chándal y unos ceñidos bóxer rojos. En el momento en el que tiene por completo a su alcance el redondo culito, sus bastos dedos caminan por él en pos de su agujero. Un gritito inaudible escapa de los labios del muchacho, al sentir como sin dilatación previa, el enorme individuo le introduce un dedo en su esfínter. El rozar del calloso apéndice contra la delicada piel del joven, aunque le causa un poco de dolor, lo soporta cual tributo necesario para el derroche de placer que vendrá después.

Al otro lado de la sala, la fingida violación sigue su curso, y el brutote del mono se encuentra agachado tras el ejecutivo, quien a pesar de no estar conforme con la situación, no puede parar de proferir suspiros de placer ante la salvaje comida de ano que le están metiendo. La lengua del machote trabajador degusta cada uno de los rincones del delicioso y peludo agujero. La visión no escapa a la mirada del tío al que JJ le chupa la polla, así que un gesto de mimetismo ante lo que ve, se da la vuelta y se baja el pantalón y la ropa interior hasta los tobillos:

—¡Cómeme el ojal, cabrón! ¡Mátame de gusto! —Grita con una ahogada voz que suena más a suplica que a orden

Por otro lado, el vigilante ha conseguido meter dos dedos ensalivados en el culito del chaval, quien se retuerce de placer y sin dejar de mamar el pollón que tiene ante sí. La boca del joven parece estar fundida al viril miembro, a semejanza de los engranajes de una máquina, el gran trozo de carne entra y sale de su boca de una manera salvajemente mecánica. Nadie podría haber imaginado que aquella pequeña boca pudiera albergar tanto en su interior. Un hilillo de baba resbala desde sus labios hasta los enormes y peludos huevos, a los que el chico regala, de vez en cuando, una caricia.

No hay duda de que el viril cipote del guardia jurado es todo un portento de la naturaleza: gordo, grande, cabezón… Aunque lo que más llama la atención de él es su pálido color, nada que ver con su tez, que es bastante más oscura. La blanquecina piel le da un morboso aspecto, asemejándolo a un plátano de enormes dimensiones. Verlo entrar y salir de forma frenética de la pequeña boca del jovenzuelo, es un fenómeno platanormal que merece la pena observar.

Sin dejar de mirar todo lo que acontece a su alrededor, JJ ha puesto a cuatro patas a su compañero sexual y pasa su lengua desde su agujero hasta sus huevos. Entregado como está a la labor de dar placer, tira del venoso miembro del machote calvorota para atrás, poniéndolo a la altura del pirineo, una vez allí chupa el glande de manera frenética, lo que provoca en el casado cuarentón unos incontenibles quejidos de placer.

Al otro lado de la habitación, el ejecutivo sigue gritando desconsoladamente, pues no le gusta que después de ensalivarle el ano su acompañante se empeñe en meter los dedos a través de su esfínter. Aunque por mucho que se niegue a ello, no puede disimular que le agrada y unos intermitentes suspiros de placer son buena muestra de ello.

El segurata tras conseguir meter tres dedos en el interior del estrecho culo del muchacho, le saca la polla de la boca y le da con ella varios dolorosos golpes en la cara. Después de echarse un lapo en la punta, coge al chico, sin mediar palabra, le da la vuelta y le mete el descomunal cipote de golpe. Dos lágrimas resbalan por la cara del muchacho, que se limita a morderse compungido el labio, pues es tanto el dolor que le invade que no puede ni gritar. Las piernas le tiemblan y si no fuera porque lo tienen agarrado fuertemente por la cintura, se habría caído de bruces al suelo.

Al fornido vigilante parece importarle poco el daño que está ocasionando al chaval, aferra sus manos a los lumbares de éste, para poder sacar y meter más fácilmente su vigoroso cipote en el sexual agujero. Poco a poco, los esfínteres del muchacho van dilatando y cediendo terreno, dejando pasar con ello a la inhiesta porra de carne cada vez más adentro.

En el rostro del adolescente se marca un gesto supremo de dolor, sus ojos desorbitados parecen querer salirse de las órbitas a cada empujón que el salvaje guardia arremete contra sus nalgas. El muchachito nunca ha sentido nada como aquello en dentro de él, pues a la forma brutal con la que está violentando su esfínter, hay que sumarle el majestuoso tamaño de la polla que lo está haciendo.

Algo en su interior le empuja a gritar que pare, mientras que por otro lado, sentimientos adversos le animan a pedir más de aquella vigorosa cabalgada. Mientras una igualada lucha tiene lugar en su mente, las salvajes embestidas destrozan sus entrañas de un modo desgarradoramente insoportable. Por eso, cuando su bestial e improvisado amante tira de sus brazos hacia atrás, para hacer aún más factible la penetración, es incapaz de pronunciar alguna queja. El único sonido que sale de su boca son unos ahogados suspiros que parecen ser de placer.

Junto a ellos, el calvorota pide a JJ, de un modo que se asemeja a un suplica, que por favor deje de chuparle la polla del modo que lo está haciendo, que no quiere correrse todavía, que quiere seguir disfrutando. El sevillano, sin inmutarse un ápice, le invita a que le coma la polla. El cuarentón no se lo piensa y arrodillado en el suelo como está, se mete el exquisito nabo en la boca. Primero la mama muy despacio, tanteando el terreno con los labios, para después más tarde pegarle una mamada de forma tan magistral, que mi amigo preso de la excitación como está, se termina corriendo. El mal encarado individuo cuando siente el caliente liquido llenar su paladar, lejos de apartarse, hunde más el saciado cipote dentro de su boca, hasta devorar por completo la última gota de esperma. JJ es ahora como una marioneta rota, su compañero de juegos sexuales, lo mira pasándose la lengua por la comisura de los labios, degustando los últimos resquicios de semen y le dice con total descaro:

—¡No te creas que te vas a ir! ¡Te voy a follar ahora como la perra que eres!

Antes de que pueda objetar nada, el rudo maduro lo pone de espaldas a él, tira fuertemente de sus calzoncillos, deja su culo al aire y, embadurnando su polla con saliva, clava su tieso miembro en su ano. En un principio no dilata lo suficiente, pero un lapo bien tirado sobre la raja de sus glúteos hace las veces de lubricante y permiten que entre hasta los huevos. Poco después los suspiros de JJ acompañan al sonido de los huevos chocando contra su perineo.

Mientras tanto y muy cerca de ellos, el mecánico se ha desprendido del mono, descubriendo con ello un cuerpo bastante atractivo, un torso velludo y fibroso, producto del trabajo diario, una cintura ancha pero no fofa y unas piernas musculosas y peludas, cualidades que deberían bastar para que el treintañero ejecutivo, quien todavía lleva su traje puesto, hubiera dejado ya de quejarse y gritar como una niñita. Máxime cuando la polla del machote velludo cimbrea provocativamente ante su rostro.

—Como no dejes de chillar, te tendré que tapar la boca — Pese a que la voz del mecánico es ruda, hay cierta amabilidad en sus palabras.

El debilucho treintañero no deja de gritar, aunque aquello que le está sucediendo le repugna, su erecta verga dice que hay una parte de él a la cual le está encantando. Como no deja de gritar, su rudo acompañante no tiene más remedio que callarlo. La mejor manera de callar a los niños llorones es con un buen chupete.

Los labios del engominado treintañero al principio se niegan a tragarse el viril trozo de carne que empuja contra ellos. Después de Dos buenos pescozones y unas lágrimas, el inhiesto miembro se interna en su paladar hasta tropezar con su garganta.

El nabo del tipo del mono, sin ser de las dimensiones del vergajo del vigilante, posee una hermosa erección adornada por una gruesa vena que domina todo el tronco del miembro viril. Cada vez que empuja la cabeza del treintañero contra su pelvis, este no puede evitar dar unas dolorosas y terribles arcadas

—¡Déjate de mariconadas y chúpamela en condiciones! — En la voz del mecánico se palpa un frío autoritarismo —Si no, ¡no te follo..!. ¿Me has oído?— Al decirle esto, tira de su cabeza para atrás buscando encontrar su mirada.

Los ojos del sometido treintañero, empapados en lágrimas, miran al mecánico de manera suplicante, como rogándole que sólo lo someta al agravio de tener que chupársela, que por muy bien que lo haga no se lo folle…

Otro que tiene la cara empapada de lágrimas es el jovencito, pues aunque las salvajes embestidas del guardia de seguridad le proporcionan un placer inmenso, su esfínter no termina por adaptarse a las dimensiones del gigantesco carajo y el dolor que le invade lo impulsa hacia un silencioso llanto.

La escena del fornido vigilante agarrando por la cintura al débil muchachito mientras le clava cada vez con más intensidad la polla en sus entrañas, es digna de cualquier película porno. La expresión en el rostro del salvaje follador es una muestra irrefutable de cuánto le está gustando petarle el culo a aquel chaval. Quien aunque no tiene un culo virgen, nunca antes se había comido nada tan enorme y tan duro.

A su lado, el maduro calvete sigue clavando hasta el fondo su polla en el culo de JJ. Para amenizar la trepidante cabalgada, de vez en cuando, le da una cachetada en los glúteos. Al sevillano le está resultando tan gratificante la follada, que se ha vuelto a empalmar de nuevo y su miembro babea líquido pre seminal.

El vigilante sigue dale que te pego, empujando su polla al interior del defenestrado muchacho, al tiempo que su colosal miembro sale y entra del cada vez más dilatado agujero, observa con desdén como al mecánico le cuesta someter al trajeado treintañero.

El deseo de violar al débil hombre asalta su mente, es tan fuerte la necesidad que lo embarga que saca su falo del culo del joven y se desprende de él como si fuera un muñeco de trapo. El dolorido chaval, al perder la sujeción que lo mantenía de pie, se estampa contra el suelo.

Con su polla mirando al cielo y con más ganas de sexo, el atractivo segurata avanza hacia el fornido mecánico, el cual a pesar de su fortaleza no consigue imponer su voluntad al treintañero, quien intenta por todos los medios zafarse de su contrincante. Una vez se encuentra junto a ellos, las enormes manos del guardia se aferran a la cabeza del rebelde individuo, y sin decir esta boca es mía, la empuja hacia abajo, obligándole a meterse su carajo en la boca; al principio unas arcadas asaltan al sorprendido individuo, pero la determinación de su atacante doblegan por completo su voluntad, no quedándole más remedio que chupar de manera placentera aquel trozo de carne. El tipo del mono aprovecha la coyuntura para lanzarle un escupitajo en su agujero y meterle el rabo de golpe.

En la otra parte de la sala, el veinteañero postrado sobre el frío mármol observa a los dos hombres follarse al ejecutivo. El vigilante, desnudo de cintura para abajo, viola los labios del treintañero, quien todavía permanece con su traje puesto a excepción de sus pantalones que están bajados hasta las rodillas, circunstancia que es aprovechada por el mecánico quien lo penetra sin pudor.

El muchacho vuelve su cabeza hacia atrás y se encuentra la imagen del mal encarado calvorota dándole por el culo a JJ. El joven, a pesar de tener el culo dolorido y por como tiene de empinada la polla, sigue teniendo ganas de sexo. Se acerca sigilosamente a los dos hombres, que enfrascados en darse placer, no se percatan de su presencia hasta que está justo encima de ellos. Acerca su verga a la cara del sevillano, quien se la mete en la boca sin ningún problema. A JJ el placer de sentir dos pollas entrar en su cuerpo le supera y vuelve a correrse de nuevo. El joven y el maduro ignoran sus quejidos de placer al llegar al orgasmo y siguen introduciendo sus miembros en su tembloroso cuerpo.

Poco después el individuo que penetra sus esfínteres se estremece, murmurando un ahogado “Me corro”; cuando saca la polla del ano, éste se contrae babeando goterones de líquido blancuzco. No transcurren ni unos segundos y la boca del sevillano es invadida por una enorme lechada procedente del cipote del jovenzuelo. JJ se la traga sin pensarlo, apurando hasta la última gota. El éxtasis hace que el mundo se pare para ellos durante unos breves segundos.

Al volver en sí, las tres miradas se clavan al unísono en la escena de sexo forzado que tienen ante ellos: el mecánico sigue enculado bestialmente al treintañero casado, mientras que el otro le mete de manera brutal el nabo en la boca. Lo hace de forma tan cruel, que un hilillo de sangre resbala por la comisura de sus labios.

El feroz momento es contemplado por los tres hombres en silencio. Un silencio lapidario. En la habitación sólo se oye el rebotar de las pelotas de los dos hombres, unas veces contra la barbilla del ejecutivo, otras contra el culo de éste.

Sin querer el calvo se lleva la mano a su paquete y maravillado comprueba que su polla vuelve a estar tiesa, clava los ojos en el atractivo muchacho. Lo mira acariciándose los huevos, el joven sin decir esta boca es mía, se va para él con un caminar seductor, cuando llega a su altura, lo mira fijamente a los ojos y clava sus dedos en sus testículos, provocando un brusco gemido en el viril maduro. Acerca sus labios a su rostro, busca desafiante de nuevo su mirada y termina escupiendo un inmenso lapo sobre su cara. Ante la provocación del jovenzuelo, el mal encarado calvo empuja bruscamente su rostro contra el suyo, al chocar sus labios, estos se funde en un desmedido muerdo.

JJ está sentado en el suelo a pocos pasos de ello, al ver como se morrean los dos hombres que han vaciado minutos antes su lefa en él, no puede menos que excitarse. Camina a gatas los pocos pasos que los separan, al llegar junto a sus pollas se las mete la boca sin dudarlo. Primero una, luego la otra, alternando en ambas lametones desde la cabeza hasta el tronco. Unos gritos hacen que los tres hombres detengan su reiniciado viaje hacia el placer. Los quejidos los emite el ejecutivo, a quien sus violadores están intentado someter a una doble penetración.

—¡ Relájate perra ! Si no te dolerá más —Le grita el mecánico mientras intenta meterle el nabo desde atrás por el orificio previamente ocupado por el carajo del vigilante.

Al ver que el agujero es infranqueable, el hombre echa varios escupitajos en su mano, para después embadurnar con ellos su viril herramienta. Tras unos breves forcejeos después, el esfínter del treintañero es ocupado por las dos apetecibles vergas. Los tres improvisados voyeurs son consciente de ello por el lastimero quejido que emite su garganta. Los tres hombres se quedan anonadados ante el caliente espectáculo, tan calientes están que una mirada de complicidad se cruza entre ellos, intentando descubrir quién de los tres estará dispuesto a albergar dos pollas en su culo. Los ojos de JJ responden a ello con un gesto mitad consentimiento, mitad ferviente deseo.

Poco después, con los alaridos de dolor del ejecutivo de fondo, JJ se sienta sobre la polla del muchachito, mientras el calvo espera su turno de píe. Una vez el largo cipote del chaval se ha acomodado en el hoyo del sevillano, el otro tipo se agacha toca levemente los pliegues del ano que se dispone a penetrar, como buscando un resquicio para entrar, escupe un lapo sobre la punta de su venoso cipote y empuja hacia dentro. El estrecho orificio parece reventar ante la fuerza acometida contra él, pero poco a poco cede hasta contener en su interior los dos miembros viriles. Al sentir como su miembro roza con el de otro hombre, tanto el calvo como el muchachito perciben como les inunda un gozo como el que no habían sentido antes. No obstante, como los buenos machos que son, aplacan concienzudamente el geiser que explota su interior y no se corren todavía.

El guardia y el mecánico siguen dando buena cuenta del culo del ejecutivo. Son dos vergas de considerables dimensiones, aunque la del vigilante es un poco mayor y más gorda que la del otro hombre; ambas juntas es más de lo que pueda soportar cualquier culito virgen. El dolor ha dado lugar a que el treintañero pierda la consciencia y descanse inerte sobre el pecho del segurata, quien se encuentra sentado sobre el suelo.

—¡ La maricona esta se ha desmayado!— Exclama de forma grosera el mecánico, pues parece sentirse incomodo enculando a un individuo inerte.

—¡Pues salte!, que allí al fondo parece que hay un culete tragón, y no tan mojigato —Responde el guardia con total despreocupación, señalando al lugar donde están efectuándole la doble penetración a JJ.

Los dos hombres sacan sus inhiestas pollas del ano del inmóvil individuo, a quien echan a un lado como si fuera una marioneta rota. Se ponen de píe y avanzan hacia el ferviente trío. Al llegar a su lado, ponen junto a la boca del sevillano sus vigorosos falos, este no se lo piensa y se introduce ambos por turnos en la boca. JJ desconoce si se puede gozar más de lo que lo está haciendo en este momento, pero lo que sí sabe es que él está llegando a cotas de satisfacción que nunca había alcanzado.

Notar como bombean su interior con dos cipote y a la vez como su paladar degusta el manjar que supone dos enormes nabos, no tiene comparación con nada que haya sentido antes. Por esa razón, se esmera en colocar su trasero de forma que la polla del joven no se salga en cada envite que la polla del calvo mete contra su agujero. Por esa y no otra razón, se esmera en tratar bien con la mano la verga que no está chupando, mientras que su boca se traga cada centímetro de la otra. Pasar la lengua por la gruesa vena del carajo del mecánico le produce una satisfacción fuera de lo común, intentar meterse la polla del vigilante por completo en la boca, una tarea tan imposible como satisfactoria.

No sabe por cuánto tiempo las dos churras se rozan en sus entrañas, no sabe cuántas veces ha chupado los dos glandes que tiene ante él, cuantas veces ha acariciado sus escrotos… Lo que sí sabe es que no quiere que termine, pero un geiser incontenible emana de los huevos del vigilante llenando el interior de su garganta. JJ lo traga como maná caído del cielo, poco después al grito de me corro siente como las dos pollas se vacían en su esfínter. Solo queda por echar la leche al mecánico. Lo mira, lanzándole la silenciosa pregunta de que si quiere que siga mamándole la verga. Sin mediar palabras, el tipo hace que se incorpore tirando de él.

Una vez se halla de píe, sus dedos hurgan en su dilatado ano, primero introduce un dedo, luego dos…

—Este culito sigue estando hambriento —Dice con una sonrisa morbosa.

A continuación se sienta sobre el frío suelo de mármol e invita a JJ a sentarse sobre su rabo. El dilatado agujero acoge sin reparos el caliente mástil, una vez acomodado en su interior lo cabalga salvajemente, tragándose hasta los huevos del venoso falo.

En estos instantes, el vigilante y el calvorota comprueban el estado del treintañero ejecutivo. Este, tras dos tremendos bofetones que le propina el guardia de seguridad, vuelve en sí. El guardia confronta que está completamente despierto, mira a su acompañante y le dice pícaramente:

—¿ A que se viene a un servicio?

No ha terminado de decir la frase y de su semiflacida polla sale un chorro de orina que se estampa contra la cara del trajeado hombre. El líquido amarillo resbala por su cara empapando someramente las rayas de su vestimenta. Ante la invitación del borde segurata, el otro hombre vacía también el contenido de su vejiga sobre el rostro del treintañero.

El mecánico no pierde puntada de la guarra escena, la cual le excita a más no poder. Preso de la calentura, no puede evitar vaciar su leche en los esfínteres de JJ, quien al sentir el caliente líquido invadiendo sus entrañas se corre de nuevo.

Estimado lector: Confío que te haya gustado lo que acabas de leer, es un extracto corregido (concretamente una especie de sueño de uno de los personajes) de un relato publicado en mi cuenta en la categoría “Orgias” y con fecha dos de Julio de dos mil trece, bajo el título: “Culos hambrientos para pollas duras”.

Como siempre gracias por leerme.

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