Pareja abierta. Novio voyeur (1): Con dos polacos

Mi novio Julio y yo siempre habíamos sido una pareja muy abierta. Quizás demasiado liberal para lo que viene siendo lo normal. Pero nuestro grupo de más allegados follamigos y amantes, los que compartían con nosotros nuestro deleite por el sexo más loco y caliente, estaban encantados con nuestra forma de tomarnos la vida y de divertirnos.

Ambos, a pesar del amor que nos profesábamos (y que no tenía nada que ver con nuestra manera de relacionarnos con otros hombres), habíamos tenido claro desde el principio de nuestra relación que no estábamos hechos para ser de un solo hombre. Por eso manteníamos relaciones con cuantos machos podíamos con el pleno conocimiento del otro. A veces compartíamos a esos hombres y otras veces no lo hacíamos, pero nos contábamos hasta el último detalle de todo lo que ocurría en nuestras vidas.

Amábamos follar y ser follados cuando teníamos la oportunidad. Y a mí se me ponía tiesa solo de pensar que mi treintañero novio estaba siendo enculado por sementales apeleros, abriéndole su hambriento ojete o siendo él, con su polla de 15 centímetros pero bien gorda, dando de sí esfínteres con el buen diámetro de cipote que se gastaba el muy cabrón. Yo era más bien voyeur. Sí que aprovechaba las ocasiones que se me presentaban de follar. Pero lo que más disfrutaba era verle a él follando o siendo follado por otros. Tomando las riendas de la situación y diciéndole a él o a los otros hombres lo que quería que hicieran, como el director de una película porno, pajeándome o animándome a participar también.

He de reconocer que mis folladas favoritas siempre eran entre tres, en nuestro cuarto con la cama de matrimonio. Aunque nosotros dos a solas solíamos follar bastante a menudo también, como poco un par de veces por semana. Pero lo normal era tener invitados.

Esa tarde llegué pronto de trabajar y encontré a Juli también recién llegado, en la cocina, terminando de beber un vaso de zumo. Me acerqué a él, agarré con fuerza una de sus nalgas por encima del pantalón y le besé, recibiendo el sabor de aquel zumo tropical.

-¿Qué tal el día? –le pregunté.

-Bien. Un poco cansado… -dejó escapar, dando un nuevo sorbo al zumo. -¿Y tú?

-Cansado. Y cachondo perdido con este calor –sonreí.

-¿Ah, sí? –me sonrió él con picardía. –Sabía que vendrías cachondo… como siempre.

-¿Sí?

-Sí –asintió. –He sido previsor.

-Vaya… -elevé mis cejas y las bajé, divertido con el tono de la conversación. -¿Y qué has previsto?

-He invitado a Karlo y a Roman –explicó Julián. –Estarán al caer.

-¿Me da tiempo a ducharme?

-Vendrán en unos diez minutos –miró él su reloj de muñeca. –Yo tampoco voy a tener tiempo de ducharme. Y ellos vienen directamente de trabajar –explicó, refiriéndose a los dos treintañeros polacos de cuerpo delgado y fibroso y pollas largas y gruesas.

Mi novio y yo éramos unos sibaritas de los penes importantes y jugosos. Nos gustaban largas, sin importar el grosor, y cortas pero tenían que ser gruesas. Si eran gordas y largas, mejor que mejor.

Julián tenía razón. Los dos hombres aparecieron en la puerta de casa algo más de diez minutos después, con sus bolsas del trabajo en el hombro así como la ropa manchada de pintura. Nos estrechamos la mano y les indiqué que pasaran. Intercambiamos algunas frases típicas de cómo les iba todo, les ofrecí un par de cervezas de las que bebieron unos cuantos tragos, entraron en el baño para echar una meada y lavarse las manos, y finalmente fuimos todos a lo que queríamos. ¿Para qué entretenernos más?

Les observé, de pie, antes de tomar asiento en la silla cercana a la cama. Ellos se iban quitando la ropa. El que menos tardó fue mi novio, Julián, que se tumbó en la cama, desnudo, esperándoles. Ellos sonreían alegres, pues sabían que iban a disfrutar aquel día del hambriento ojete pasivo de mi musculoso novio, quien acabaría con el esperma de ambos bien adentro.

Me senté sobre la silla y les vi desnudos a ambos ya, los dos plantándose de rodillas en la cama. Karlo era moreno de piel, delgado, cabeza rasurada y nariz angulosa, algo mayor que Roman, de piel lechosa, un castaño con brillos pelirrojos en su pelo y pequeñas tetillas rosadas en sus fibrosos pectorales.

Aquellos dos polacos cabrones ya tenían sus rabazos de por lo menos 17 centímetros totalmente tiesos y descapullados. Karlo se fue a poner delante de mi novio y Roman por detrás, pajeándose ambos.

-¡Joder, cómo están! –exclamó Julián, mirando hacia a mí, complacido. Yo asentí, animándole.

-Ya sabes lo que tienes que hacer –dije, sacándome mi polla morcillona por la bragueta de mi pantalón del traje.

Los dos polacos no decían ni una palabra. Eran callados. Y estaban concentrados en la tarea que habían venido a cumplir.

Karlo estiró su mano y con sus gordos dedos con restos de blanquecina pintura aún, pellizcó uno de los pezones de Juli, que se inclinó hacia delante, tomó el rabazo moreno y de pelotas colgantes de ese cabrón y empezó a mamárselo, sin metérsela muy adentro todavía, solo hasta la mitad. El polaco, sentado con su culo sobre sus talones, de rodillas clavadas en el colchón, comenzó a acariciar el hombro y omóplato de mi chico.

Roman, sin perder tiempo, tomó el bote de lubricante que siempre reposaba sobre la mesilla de noche, se echó un buen chorro en el rabo, y se lo extendió. Julián tenía su culo en pompa, dispuesto a recibirle, sin dejar de mamar al moreno y rasurado Karlo. Sin perder tiempo, Roman, el alto polaco de piel lechosa, se pelo el capullo y se dirigió con él al culo de mi novio, empujando.

Aquel cipote entró, entró en un par de segundos, y entró entero. Julián hizo una careta, dejó de mamar durante unos momentos la polla de Karlo y gimió. Acto seguido volvió a su tarea, sintiéndose abrir, relajando su ojete ante el empuje del grueso ariete del polaco.

-¡Oh, joder! –tuvo que sacarse el nardo de Karlo de la boca para exclamar aquello. -¡Oh, joder, qué polla más gorda! ¡Qué pollón!

Julián se llevó la mano libre que le quedaba a su propia polla para masturbarla, pues con aquella penetración se le había puesto pequeña y fláccida, aunque aun así seguía siendo gorda. Karlo, acariciaba las lumbares de mi chico y admiraba como su colega Roman le petaba a base de bien. Lentamente, el calor aumentaba en el cuarto, y los tres mostraban sus pieles perladas de sudor.

Julián fue capaz de reponerse de la sensación del grueso pepino de Roman entrándole y saliéndole y volvió a mamar a Karlo, aunque por momentos tenía que parar de hacerlo para gemir y jadear.

-¡Cabrón! ¡Cabrón…! –dejaba escapar, insultando al polaco de piel blanca, que permanecía impertérrito y ajeno a las reacciones de mi novio, follándole con brío, como un autómata, como un macho que solo desee saciar su sed de sexo, sabiendo que eso era lo que quería Julián.

-¿Te duele? –le pregunté a mi chico desde mi silla.

-Ahhh… Un poco… Es… ahhhhh… ¡Gorda!

-Siempre dices lo mismo… -dejé escapar, cachondo y divertido, meneándome mi rabo. -¿Por qué no cambias y dejas que Karlo te la meta?

Roman, escuchando mis palabras, se salió de mi chico. Rápidamente, Julián se giró sobre la cama y regaló su culazo de redondas nalgas al moreno polaco de cabeza rasurada. Éste se embadurno de lubricante el pene, le introdujo un dedo a mi chico en el culo, como calibrando si cedía o no aquel ojete, y le metió su polla, mucho menos tosca que la de Roman, que le taponó la boca con su gordo y venoso ariete.

Karlo la tenía más delgada y eso se notaba. Mi chico no se quejaba tanto y mamaba el gordísimo pene de Roman. Era tremendo. Era apetecible. Tanto era así que Julián no dudaba en relajar su glotis y dejar que el nabazo del polaco le entrara todo lo adentro posible.

Con la follada ligera pero profunda de Karlo, mi novio no sufría tanto. Por eso se entretuvo también en lamer las redondas pelotas de Roman. Los tres sudaban a chorros. Mi chico se pajeaba como loco. Roman se quitó de delante de él y se fue hacia atrás, a separar las nalgas de mi chico y ver cómo la morena, delgada y larga pica de Karlo se clavaba en aquel culo.

La cosa se animaba y ponía interesante. Los dos polacos estaban ya enrojecidos y sudorosos, lo mismo que Julián, que a cuatro patas disfrutaba dejándose follar. Mi nardo estaba super tieso, por eso me levanté y me senté en el borde de la cama, extendí una mano hacia la cabeza de mi novio y le conduje hasta mi entrepierna, metiéndole el cabezón de mi polla en la boca.

Al mismo tiempo vi como Roman se inclinaba y capturaba entre sus labios uno de los marrones pezones de Karlo, y como Karlo pajeaba el grueso y tocho pollón de su colega polaco. Cachondo, se me ocurrió una idea, algo que me apetecía ver.

Le robé la polla a mi novio de la boca y levanté su barbilla para hacerle aquella proposición.

-Hace tiempo que no te hacen una doble… -dejé en el aire.

-¿Quieres que estos dos cabrones me la metan a la vez por el culo? –me preguntó Julián, congestionado de aquella placentera tortura.

-¿Lo quieres tú?

La respuesta a aquella pregunta la tuvimos minutos después, tras lubricar e introducir una buena cantidad de vaselina líquida en el ojete de mi novio, y masturbarle el ojete con los dedos. Finalmente, estaba dispuesto.

Karlo estaba tumbado boca arriba, sobre la cama, con su delgado y largo nardo tieso. Julián se sentó encima sobre él. Después, Román se acercó despacio, lentamente. Yo estaba allí, mirando detenidamente como el polaco de piel lechosa apoyaba su grueso y brillante capullazo en aquel ya petado ojete y empujaba.

Mi novio cerró los ojos, frunció el ceño y gimió. Pero estaba listo y era un tragón. La polla de Roman entró casi entera e hizo compañía a la de Karlo. Los tres gimieron. Polla con polla, cipote con cipote en el apretado esfínter de mi novio, que poco a poco se fue acostumbrando y dilatando, hasta que ambos polacos marcaron el ritmo.

No duró mucho. Dolorido y con el culo echándole fuego, Julián les empujó, sacándolos de él.

-Seguimos de uno en uno –dijo, y yo asentí, contento.

Boca arriba sobre la cama, se colocó en posición del misionero para que Karlo se lo follara mientras Roman le daba de su pollón en la boca. Era delicioso ver como se petaban al cerdo de mi novio, que se pajeaba la polla a la vez, con sus marcados abdominales, sus gordos bíceps tatuados y sus grandes y duros pectorales. ¡Estaba tan bueno!

Llevaban quince minutos dale que te pego y no sabía si los polacos tenían tantas ganas de guerra como para aguantar mucho más. Karlo parecía tener mecha suficiente. Tanto que colocó de lado sobre la cama a Julián y continuó bombeando largos minutos más, mientras el fibroso cuerpo del moreno hombre chorreaba cataratas de sudor. Roman se pajeaba frente a la cara de Juli esperado su turno.

Cuando le llegó, tumbó boca abajo a mi novio y le penetró. El polaco de piel blanca también se quiso tomar su tiempo, y le colocó en un par de posturas para follárselo. Boca abajo, de costado, boca arriba, haciéndole el perrito.

-¡Dioooos! ¡Es tan gordaaaa! ¡¡Tienes una polla enorme, hijo de puta…!!

Tuve que parar de masturbarme para no correrme un par de veces. Los dos polacos tenían ganas. Veinte minutos de reloj y Karlo volvió a tomarle el relevo a Roman y luego cambiaron de nuevo.

-Veníais con ganas, eh –les dije a los dos polacos, inmersos en su sexual tarea, convertidos en una masa de carne enrojecida y oleosa a causa del sudor.

-Me tienen destrozado el culo ya –se quejó mi novio, quien para ser martes estaba aguantando como un campeón.

Al final, mientras Karlo terminaba de follarle el culo, de nuevo de costado, Roman se pajeó en toda su cara. El polaco soltó un par de densos chorros de blanco esperma sobre la barbilla de mi novio. Karlo se salió de su culo, se arrodilló también en la cara de mi novio y se pajeó, salpicándole con mucha más cantidad que Roman en la comisura de sus labios, en la barbilla y en la zona de la clavícula.

Yo, al verlo, me puse de pie y sin miramiento me corrí sobre la alfombra del dormitorio, mientras Julián, pajeándose se corría también. Cuatro lefadas en cuestión de un minuto. Una auténtica maravilla para una tarde de martes.

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