Pídeme Lo Que Quieras 10

Me entierro las uñas de la mano derecha en el brazo izquierdo mientras mi profesor ejecuta el proyecto que funge como examen final. 8 horas seguidas y sin descanso es lo que me ha tomado realizar ese trabajo, el último del semestre, el definitivo.

Cinco minutos después de estar frente al monitor el Ing. Portilla se levanta.

― Ya puedes retirarte ―es lo único que dice y lo que yo más deseaba escuchar.

No pienso mucho para recoger mis cosas y salgo del aula a toda prisa, el resto de mis compañeros siguen en el arduo trabajo de insertar líneas de código, incluso Laura que es la más brillante y siempre termina primero se ha quedado atrás.

Siento el orgullo crecer en mi pecho, pero la sensación dura solo un momento. Cuando la tensión de los últimos días por fin se ha ido, mi cuerpo me empieza a cobrar caro el exceso de trabajo y un dolor de cabeza terrible se hace notar. No le pongo mucha atención al camino, mis piernas me llevan automáticamente al lugar al que han asistido varias veces por día durante la última semana.

La puerta se encuentra cerrada, y un hombre habla en un tono más elevado de lo natural.

―No podemos esperarte más ―su voz traspasa las paredes―Dijiste un par de meses, el plazo se cumplió.

―Todo está detenido ―anuncia otro hombre, aparentemente se encuentra más calmado y en su voz puedo reconocer que es más viejo que su compañero― Te necesitamos allá.

Me acerco más a la puerta, hay estudiantes en los pasillos por lo tanto me agacho y finjo atar las agujetas de mis converse mientras escucho con atención.

―Tienes que regresar, no hay muchas opciones, te recuerdo que en tu situación lo más prudente es colaborar ―la amenaza que contienen sus palabras me eriza la piel.

―Y yo le recuerdo Ingeniero que está hablando con la Doctora Lubier ―soltó el otro― Ella es la institución para la que usted trabaja así que mida sus palabras.

―Pero la doctora Lubier no está midiendo sus acciones para con la institución a la ella sirve ―alega el dichoso “ingeniero” ―y las consecuencias de sus actos las pagaremos todos.

Ni siquiera puedo pensar con claridad, he entendido una sola cosa: Elena tiene que irse. Y eso es como recibir el impacto de una bala de cañón justo en el pecho.

―Doctora, usted garantizó que en un par de meses regresaría ¿Qué pasó?

Estoy conteniendo la respiración y mis dedos tiemblan enredándose en los cordones blancos.

― ¿Ocurre algo?

Alguien se detiene frente a mí.

Levanto la cabeza y me encuentro con los pequeños ojos de Greg mirándome fijamente.

Rápido me pongo de pie.

―¿Estas espiando?

Trato de seguir escuchando la conversación.

―Valeria, te estoy hablando.

¡Maldición!

―Ataba mis zapatos ―respondo de malas.

―A mí me dio la impresión de que estabas espiando ―susurró.

Pongo los ojos en blanco.

―Piensa lo que quieras entonces.

Él se encoje de hombros, si acaso nota mi enojo al parecer prefiere pasarlo por alto.

―No me interesa de todos modos ¿Cómo te fue en tu examen?

―Bien ―digo cortante.

―Excelente, muchas felicidades ―inesperadamente me abraza y justo en ese momento se abre la puerta frente a la que estamos.

Me aparto de Greg incomoda y lo primero con lo que me encuentro es con los ojos verdes de Elena.

Detrás de ella hay un hombre alto de traje negro, luce pálido pero no del modo enfermizo más bien el color de su piel le da cierto aire siniestro. Junto a él está el otro hombre, más bajo, regordete y como bien lo deduje más viejo.

Ninguno de los dos me resulta familiar ni en lo más remoto.

Al percibir que soy incapaz de reaccionar Greg me toma de la mano para hacerme a un lado.

―Bien, ahora que estamos salvados podemos hablar del baile.

Mi cerebro es incapaz de encontrarle algo lógico a las palabras de mi amigo.

― ¿Qué?

―El baile… ―repite incomodo― tú… yo…

Lo último que le había dicho a Greg con respecto a su propuesta era que la carga de trabajo me impedía pensar en nada y mucho menos en una relación. Pero sin previo aviso me tenía de nuevo acorralada exigiendo una respuesta.

Los hombres que estaban con Elena se marcharon pero ella permaneció recostada al marco de la puerta, tenía la vista dirigida al pasillo pero sabía muy bien que estaba al pendiente de la conversación que mantenía con mi amigo.

―Cierto… Greg yo, lo había olvidado por completo pero… es que, es que no voy a estar aquí. Mis abuelos… humm los iremos a visitar en… un par de días.

Era una pésima mentirosa y los pequeños ojos de mi amigo me lo gritaban.

―Bien ―dice con voz ronca.

―Lo siento mucho ―agrego.

―Tranquila, está bien. Tal vez no vayamos al baile pero tu viaje no afecta en nada mi propuesta principal…

Elena carraspea. Sigue en el mismo sitio pero se encuentra un poco más erguida.

― ¿Podemos hablar de esto después? ―le pido tratando de ser amable― Me duele mucho la cabeza.

Él asiente.

―Te llevo a tu casa, traigo la moto de mi hermano.

Realmente trato de no herirlo, de hacerle entender por la buena que no pretendo llegar con él a nada más allá de una amistad, pero cada vez que me acorrala de esa forma lo hace más difícil.

―Tengo otras cosas que hacer ―le digo dudosa― te veo mañana.

No me detengo a esperar una respuesta. Entro a la oficina de Elena pasando por el reducido espacio que había entre la pared y su cuerpo. Ella me sigue cerrando la puerta a sus espaldas.

La última semana me dedicaba a visitarla varias veces por día, cualquier rato libre era una excusa para estar con ella y cuando el trabajo me mantenía encadenada al centro de cómputo era Elena quien se aparecía allí valiéndose de algún pretexto estúpido, con los profesores y mis compañeros presentes no podía acercarse mucho, pero tan solo le bastaba una sonrisa para desbaratar mi rutina.

Me giré hacia ella recargándome en su escritorio.

Elena se acercó despacio y depositó un beso en mis labios.

― ¿Cómo te fue? ―preguntó atrapándome por la cintura.

―Muy bien ―respondí sonriente, automáticamente conduzco mis brazos hacia su cuello para también abrazarla― Soy bastante lista, aunque no lo creas.

―Claro que eres lista ―susurró― y hermosa ―sus ojos brillaron con malicia― y cuando te ruborizas así yo sólo puedo pensar en besarte.

Se inclina en busca de mi boca pero giro la cabeza en el momento exacto para que su beso termine en mi mejilla.

Sonríe sobre mi rostro.

―Tu amigo no quita el dedo del renglón.

Suspiro.

―No sé qué decirle ―admito― No lo quiero perder.

Esta vez es ella quien suspira.

―Hace tiempo que lo perdiste ―dice despacio― desde que él se enamoró de ti. Y sólo hay una forma de recuperarlo si quieres hacerlo… y ya sabes cuál es.

Miro sus ojos fijamente y de nuevo siento la frescura de su primavera penetrar en mi mirada, el aroma de las rosas, el cantar de las aves, un arcoíris el cielo. Mirar sus ojos verdes es entrar en contacto directo con lo más hermoso de la vida. Al verla sabía que nunca más iba a mirar a otra persona con tanto amor.

―No seas tonta ―le digo― no te cambiaría por Greg, ni por nadie.

De nuevo intenta besarme sin éxito.

― ¿Pero…? ― me cuestiona notando que algo me preocupa.

―Nada ―susurro mirando al suelo.

Ella sonríe.

―Ese “Nada” me suena a “Todo”

― ¿Quiénes eran los hombres en tu oficina?

―Ninguno de ellos mi esposo ―dice bromeando― si eso es lo que te preocupa.

La observo dudosa, si quiero saber más tengo que admitir que estuve escuchando su conversación privada. Algo que siempre me quedó muy claro es que Elena era una mujer realizada, más inteligente, más astuta y más experimentada que yo, y me propuse no ser la noviecita infantil y empalagosa que se mete en sus asuntos privados, pero los hombres habían dicho que ella se tenía que ir y mi fingida “madurez” era imposible de mantener firme ante la preocupación de perderla.

― ¿Qué escuchaste? ―exigió saber cómo si hubiese estando leyendo mis pensamientos.

―Nada… sólo curiosidad.

―Eres terrible a la hora de decir mentiras.

Me suelta y camina en dirección a su asiento detrás del escritorio.

“Bien Valeria, ya conseguiste molestarla” Me regaño interiormente.

Debería ser más lista a la hora de abordar los temas sobre su vida más allá de la universidad. Esa vida que ella hábilmente conseguía mantener en penumbras para mí. Por que tenerla entre mis brazos un segundo y al otro ya no, era la peor sensación sobre la tierra.

―Trabajan para mí ―dice.

―Vinieron por ti.

―Esas son sus intenciones ―admite después de un largo silencio.

―Dicen que tienes que regresar.

―La Reyna se aleja del panal por unos días y el resto de las abejas comienzan a sentirse mariposas.

―Te amenazaron.

Su expresión relajada cambia radicalmente.

― ¿Cuánto tiempo estuviste escuchando?

―Solo alcancé a oír que te necesitaban y que tenías que volver, luego llegó Greg y ya no supe más.

―No voy a ir a ninguna parte ―me asegura solamente sin dar más explicaciones.

Rodeo el escritorio para ir hasta ella.

―Tienes que ir… es tu trabajo y por lo poco que alcancé a escuchar tu presencia es necesaria.

Ella niega con la cabeza.

―Mis abejas solo necesitan recordar que poseen un aguijón para protegerse.

― ¿Protegerse de quién?

―De las personas que se quieren robar lo que tenemos en el panal ―me dice muy tranquila ―no es nada importante, créeme.

No le creía, yo era una pésima mentirosa, pero ella también lo era. Podía ver en sus ojos la precaución asomándose tras la muralla de falsa indiferencia. Me dolía que no confiara en mí pero más me dolía que tuviera problemas.

―No me voy a entrometer en tus negocios ―digo por fin ―solo necesito que me prometas algo.

Me mira fijamente por unos cuantos segundos antes de que las palabras mágicas salgan de su boca.

―Pídeme lo que quieras.

―Prométeme que vas a estar bien.

Una sombra oscura pasa veloz por su mirada. Me estremezco, tengo miedo, caigo en la cuenta de que ella es como un sueño y los sueños se evaporan cuando se asoma el primer rayo de sol.

―Yo voy a estar bien siempre que tú lo estés.

Extiendo los brazos invitándola a que regrese a mí.

Ella de nuevo me atrapa y se deja atrapar.

―Lo único bueno de hoy es que vamos a pasar más tiempo juntas.

―Valeria ―murmura tomando mi rostro entre sus manos ―Te necesito.

Sus labios se apoderaron de los míos con dulce y placentera violencia.

Lentamente sus manos descienden, me toma con fuerza de las caderas para levantarme sobre el escritorio, y se acerca más, instintivamente la atrapo entre mis piernas, sentir el roce de esa parte de nuestro cuerpos hace que el calor se propague.

La última vez pasó lo mismo, la última vez me deje llevar y termine llorando desnuda en el piso del baño.

Sus besos cada vez son más demandantes, apenas y puedo respirar, ella prácticamente está sobre mí, se mueve despacio, logra que mi cuerpo le responda y reciba complacido cada una de sus caricias. Pero el fuego no puede consumir el miedo que me asalta, el horror que me inspira el volver a sufrir. Volver a despertar y hallarme completamente sola, sin Elena, y esta vez si la pierdo a ella también me quedo sin mí.

Interrumpo el beso con brusquedad.

Ella no se da cuenta o prefiere pasarlo por alto y sus labios comienzan a trabajar con experta pericia sobre mi cuello.

―Elena ―mi voz suena débil.

Quiero parar eso, pero no puedo, la necesidad es más grande y a cada caricia, a cada toque y a cada beso mi cuerpo exige más.

Sus labios desciendes peligrosamente, siento su respiración sobre mi pecho, el calor penetra en mi piel despojándome del miedo y yo misma me deshago de mi blusa para que ella pueda seguir con su majestuoso ritual de besos.

No puedo seguir negándome a sus deseos que también son los míos, cierro los ojos disfrutando de su habilidad para explorar mis pechos con su boca.

El ruido de la puerta al ser azotada nos cae como un balde de agua helada.

Ambas nos incorporamos de golpe.

La oficina está cerrada, aparentemente siempre lo estuvo, pero el golpe fue muy cerca. Era necesario ser muy estúpido para no saberlo, la puerta que se acababa de cerrar era justo la de la oficina… alguien nos había visto.

Elena de inmediato corrió a la salida mientras yo torpemente me volvía a poner la blusa.

Hago un ademan de caminar hasta ella pero mediante un gesto me indica que no me mueva.

No tarda mucho en cerrar la puerta con brusquedad.

― Soy una imbécil ―suelta molesta.

― ¿Había alguien?

―Había mucha gente, cualquiera pudo haber sido…

El corazón me late de prisa. Es cierto que la última semana muchos me vieron entrar y salir de la oficina de Elena, pero casi siempre solo se trataba de un intercambio inocente de besos, de una charla sobre los exámenes, se pudieron imaginar cualquier cosa y no importaba, pero ahora alguien ya tenía una certeza de lo que ocurría allí adentro, y pronto ese alguien serian muchísimos más.

Golpeo el escritorio con el puño.

No estaba lista, no estaba lista para explicárselo a nadie, ni mucho menos para que mis padres lo supieran.

―Lo lamento Vale.

―No fue tu culpa ―le digo de inmediato― yo también me dejé llevar…

―Hay cámaras en el pasillo ―me dice sacando su móvil― solo espero que funcionen.

Hace una llamada, no especifica nada solo exige que le envíen las grabaciones que tengan de ese pasillo durante la última media hora.

Contengo la respiración mientras la escucho hablar, siempre me ha impresionado la manera en la que se dirige a las demás personas, con ella todo son órdenes directas, no hay un “que tal” ni un “por favor” ni mucho menos la escucho decir “Gracias” ella es Elena Lubier y es perfectamente consciente de eso, conoce las dimensiones de su poder e inexplicablemente solo parece olvidar todo lo anterior cuando está conmigo, cuando busca desesperadamente mis labios para regalarme un beso, cuando se refugia entre mis brazos como si fuera una niña pequeña, cuando me dice “pídeme lo que quieras” de esa forma que me deja muy en claro que haría cualquier cosa que yo demandara.

No podía asegurar que me amaba, pero irremediablemente yo si la amaba y eso me daba un poder celestial sobre ella.

―Voy a averiguar quien fue ―me asegura acercándose― y me voy a encargar de que lo olvide.

Me abraza protectoramente.

―Casi estoy segura que fue una de las chicas con las que saliste.

― Ellas no tienen por qué buscarme. Siempre supieron que todo iniciaba y terminaba de una.

―Pues la persona que salió azotando la puerta se me parece mucho a una mujer celosa.

―O a un hombre.

Busco sus ojos.

― ¿Qué quieres decir?

―Tu amigo te vio entrar aquí.

―Elimínalo de la lista ―le digo de inmediato― Greg es incapaz de andar entrometiéndose donde no lo llaman, a estas horas debe estar en su casa a mitad de uno de sus videojuegos.

― ¿Confías mucho en él?

―Es un buen tipo, como pocos… ojala nunca se hubiera enamorado de mí.

― ¿Qué dirás de mí?

La miro extrañada.

―No te entiendo.

―Cuando alguien te pregunte por mí, porque me amas ¿Qué responderás?

Me quedo pensativa por un rato.

―Cualquier palabra, cualquier cosa que yo intente decir de ti será poca, porque yo no soy buena con las palabras, no soy poeta y para habar de ti es necesario serlo ―le digo mirándola fijamente― Solo diré que amarte fue una elección, la mejor que pude hacer en la vida.

Su pulgar se desliza de arriba abajo muy despacio sobre mi mejilla.

―Tú también has sido mi mejor elección ―susurra― Recuérdalo siempre, pase lo que pase.

Cuando te dicen pase lo que pase es porque seguramente va a pasar algo, algo malo.

Pero no le hago preguntas al respecto, no la quiero obligar a mentirme, ni la quiero incomodar. Lo que tenga que llegar llegará y ya habrá tiempo para hacerle frente, para superarlo y volver a estar juntas, porque esta vez yo estaba dispuesta a luchar por ella hasta el final.

Nos despedimos antes de lo que hubiéramos querido porque mi madre salió temprano del trabajo y la universidad le quedaba de camino por lo tanto no dudó en pasar a recogerme, pero Elena me prometió que en cuento viera las grabaciones me diría quien estuvo en su oficina.

Durante el resto del día permanecí pendiente a mi móvil, pero no recibí ninguna noticia suya, ni siquiera el habitual mensaje de “Buenas noches” y no contestó a mis llamadas.

Al día siguiente amanecí con una horrible sensación en el pecho, pero no fue hasta que llegué a la universidad que supe que era momento de despertar del sueño y que iba a pagar caro el permanecer tanto tiempo dormida.

Cientos de ojos sobre mí fue la primera alerta.

Nora corriendo hasta donde estaba fue la segunda.

Y mi cerebro casi quería negarse ante la tercera, la que explicaba todas las anteriores. En los pasillos, en las paredes, en las puertas de los salones… adonde sea que mirara había fotos donde aparecíamos Elena y yo. Fotos tomadas ayer y días antes… fotos que tomaron desde el primer momento.

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