Pillados por sorpresa

Hace ya varios años que me vine a estudiar a Madrid. Al igual que muchos otros jóvenes, tuve que dejar a mi familia y venirme a la capital porque en donde vivía no podía estudiar la carrera que yo quería. Como no tengo familia aquí estuve barajando varias opciones. Una que me atraía mucho era la de un colegio mayor. Conocía gente que estaba o había estado en colegios mayores en Madrid y me hablaban fenomenal de ellos. Otra opción era la de alquilarme una habitación, aunque esta a mi familia le gustaba menos “porque nunca sabes con quién vas a acabar compartiendo piso”. Como si eso fuera un problema: si me toca con algún indeseable me cambio de casa y punto.

Finalmente, la solución perfecta se presentó de repente. Al parecer, la hija de unos amigos de mis padres estaba también estudiando en Madrid y necesitaba una compañera de piso, porque su antigua compañera se acababa de graduar y había vuelto a su pueblo. Así que nos propusieron que ella y yo compartiéramos piso. Yo la conocía desde pequeños porque nuestros padres eran amigos de toda la vida y habíamos ido juntos al colegio, aunque ella era dos años mayor que yo y no íbamos al mismo curso. Pero nos llevábamos bastante bien. Así que a mí la idea me pareció perfecta. También a mis padres. Aunque mi padre me advirtió, medio en broma, medio en serio, de que la respetara y no la tocara para no buscar un problema entre ambas familias. Cosa que hice sin dudar, ya que aunque María Jesús está bastante bien, la veo más como una buena amiga que como una posible novia. Ella es alta, rubia, pelo largo y ondulado, de ojos azules y con un cuerpo bastante bonito, muy proporcionado, con las tetas y el culo de tamaño medio: ni muy grandes ni muy pequeñas. No es de esas rubias de ojos azules con una belleza espectacular, aunque es bastante guapa y no le han faltado nunca pretendientes.

El caso es que acabamos compartiendo piso. La convivencia iba muy bien porque ya éramos amigos de antes, así que no hizo falta fase de adaptación del uno al otro. Tampoco había ningún tipo de tensión sexual entre nosotros y ambos hacíamos vida normal. Podíamos salir de la ducha envueltos sólo por una toalla, andar por casa con poca ropa, etcétera. Y ambos lo veíamos como algo natural. Hablábamos mucho en los ratos en que coincidíamos en casa y nos contábamos casi todo. De hecho, ella me dio muy buenos consejos para conseguir conquistar a Mamen, la que luego acabó siendo mi novia. Era una compañera de estudios en la que me fijé ya desde el primer día de clase. Y gracias a los consejos de María Jesús conseguí acercarme a ella y que poco a poco se fuera interesando por mí.

Mamen era de Madrid y vivía con sus padres, por lo que el hecho de yo tuviera mi propio piso nos venía de lujo a la hora de buscar intimidad. Además, se llevaba muy bien con María Jesús, ya que ambas conectaron en cuanto se conocieron. Así que no pasaba nada si alguna vez coincidíamos los tres a la vez en el piso. O incluso los cuatro, porque María Jesús tenía novio en nuestra ciudad de origen y venía a verla con cierta frecuencia, especialmente los fines de semana. Tampoco había problema si queríamos estar a solas con nuestra pareja. Nos íbamos a nuestra habitación y allí podíamos hacer lo que quisiéramos sin vergüenza, porque había confianza. De hecho, María Jesús grita mucho cuando folla, así que se la oye en toda la casa, que por otro lado no es muy grande. Y no sólo no nos importa a ninguno de los dos, sino que luego hablamos y bromeamos sobre ello entre semana, cuando su novio se ha ido y comentamos los polvazos que le ha echado ese fin de semana. Además, he de confesar que me da mucho morbo escucharla follar. A Mamen también. A veces coincide que estamos los cuatro en casa cuando ellos dos se van a la habitación de María Jesús a follar y nos ponemos tan cachondos escuchándoles que terminamos follando nosotros también.

Como María Jesús es mayor que yo, también tiene sus estudios más avanzados. Así que, estando ya en los últimos cursos, consiguió una beca para trabajar en una empresa. Esto hacía que pasara mucho menos tiempo en casa, ya que estudiaba por las mañanas y trabajaba por las tardes. Lo cual nos dejaba a Mamen y a mí la casa para nosotros solos toda la tarde. Esto nos permitió probar cosas nuevas y, sobre todo, sitios nuevos. Podíamos hacerlo sin problemas en el salón o la cocina, por ejemplo.

Un día estábamos sentados en el sofá viendo la tele después de comer. Echaban un programa que nos gusta mucho. Era un programa de esos de zapping en los que repasan las imágenes más curiosas que hayan ocurrido en otros programas el día anterior y luego las comentan entre todos los presentadores. En este en concreto hay como unos seis o siete presentadores, de los cuales la mitad son chicas. Suelen ir rotando, aunque casi siempre son los mismos. Las chicas en concreto son bastante jóvenes y son todas muy guapas, con pechos enormes y cuerpos perfectos. Supongo que elegidas a propósito para subir audiencia entre los hombres, porque además las suelen vestir con ropa muy ceñida y escotada para que luzcan bien sus encantos. Desde luego a mí me ponen mucho prácticamente todas y más de un día, cuando he estado yo sólo viendo el programa, he acabado masturbándome en el sofá disfrutando de la visión de esas bellezas.

Este día en concreto estaban además debatiendo sobre formas de subir audiencia en los programas. Sacaron imágenes de presentadoras de programas de éxito y fueron comparando la evolución de la audiencia con la reducción de la ropa, de manera que se demostraba que eran hechos ligados el uno al otro. Además, los programas con más audiencia eran aquellos en los que las presentadoras tenían los pechos más grandes. Todo esto me fue poniendo muy cachondo, porque cada presentadora estaba más buena aún que la anterior. Y cuando por fin se pusieron a debatir ellos sobre el tema las cámaras se fueron centrando en todas las presentadoras del programa. Ese día se habían puesto ropa especialmente escotada y ceñida para hacer hincapié en el tema. Y todas ellas aludían a que sus encantos eran aún mayores y más hermosos que los de las presentadoras de los vídeos. La presentadora que más me pone de todas, una morena con gafas, pelo largo, labios pintados de rojo intenso y boca enorme, se agarró los pechos y comenzó a frotarlos y menearlos enseñándoselos a cámara y diciendo que sus pechos no tenían nada que envidiar a los de las chicas de los vídeos. Y las cámaras se centraban en su escote, que dejaba poco a la imaginación.

Mi excitación en ese momento era enorme. Supongo que se debía notar en mi cara porque mi novia me dijo:

– ¿Qué te pasa? Estás atontado

– Nada, cariño, nada. Estoy viendo el programa, nada más.

– Ya, claro, viendo el programa. Lo que estás es mirándole las tetas a las presentadoras.

– Que no, cariño, que no. Sólo miro el programa, como hacemos siempre.

– No me mientas, anda. Si sabes que no me importa.

– Bueno, está bien. Sí, les estoy mirando las tetas.

– ¿Ves? Lo sabía.

– Es que están todas buenísimas. Sobre todo esta morena, que me pone muchísimo.

– Ya se nota, ya

Al decir esto miró hacia mi entrepierna. Al mirar yo también, vi que había un bulto considerable, lo cual era lógico dado mi estado de excitación. Si hubiera estado solo me estaría masturbando hace un rato. Y seguramente me habría corrido ya viendo a la morena frotarse las tetas, imaginando que escupía mi semen en su escote y sus labios tan carnosos y sensuales.

– Vaya, lo siento, cariño.

– No tienes por qué sentirlo. Es una reacción normal. Son unas chicas muy guapas.

– Tú eres más guapa.

– Jajaja. Mentiroso… Pero gracias.

Al decir esto llevó su mano a mi bulto y empezó a acariciarlo por encima del pantalón. Fue restregando la palma de su mano, recorriéndolo desde la base de mi polla hasta la punta, provocando que mi erección aumentara.

– Sí que estás cachondo, sí. Habrá que hacer algo con eso o va a reventar…

Entonces agarró mis huevos con la otra mano y los estrujó, sin dejar de acariciarme. Se inclinó en el sofá y acercó su cabeza a mi entrepierna, plantándome un beso en mitad de la polla. Se incorporó de nuevo mirándome y sonriendo mientras me abría la cremallera. Introdujo su mano dentro poco a poco y fue rebuscando. Sus dedos recorrían mi slip, acariciando mi polla tiesa, hasta encontrar el elástico. Los introdujo por dentro y agarró mi glande con dos dedos. Fue bajando poco a poco, deslizando el elástico, hasta poder rodear mi polla con la mano y sacarla fuera del slip y del pantalón.

– Joder, qué dura está.

– Es que entre la tele y tú me habéis puesto súper cachondo.

Una vez que mi polla estaba fuera del todo la agarró con fuerza y la estrujó, empezando a masturbarme. Lento al principio y cada vez más rápido y más fuerte. Al cabo de un rato volvió a reclinarse sobre mí. Esta vez me besó en la punta del capullo. Le dedicó varios besos cortos y húmedos. Sacó la punta de la lengua y me lamió el agujero por el que ya empezaba a salir líquido pre seminal. Rodeó el capullo con sus labios y succionó las gotas a medida que salían. Luego retomó el movimiento de la mano para masturbarme. Sus labios y su lengua subían y bajaban por mi polla recorriéndola a la vez que su mano. Me la ensalivó bien para que sus dedos deslizaran sin problemas y poder subir el ritmo de la mamada, además del de la paja.

El placer era enorme y empecé a gemir y jadear. Acaricié su espalda y fui deslizando mi mano por ella hasta llegar a su culo. O acaricié y volví a subir por su espalda. Esta vez metí los dedos por debajo de su camiseta y se la fui subiendo a medida que la acariciaba, hasta llegar a su sujetador. Lo desabroché y llevé mi mano a sus pechos, ahora libres. Agarré uno de ellos y se estrujé. Lo acaricié en busca del pezón. Cuando lo encontré lo pellizqué y jugueteé con él con la yema de mis dedos, notando cómo se endurecía.

Ella seguía chupando mi polla con ganas. Veía su cabeza subiendo y bajando con rapidez. Notaba sus labios golpeando contra mi pelvis y su lengua recorriendo toda mi polla. En un momento dado dejó su boca rodeando mi capullo, apresándolo con los dientes. Llevó las manos a mi cinturón y lo desabrochó. Luego me soltó el botón y abrió bien la bragueta. Me bajó un poco el slip. Yo levanté un poco las caderas para que pudiera bajarlo más, con lo que mi capullo rozó sus dientes, provocándome un escalofrío de placer que me hizo lanzar un gemido. Me sacó los huevos y los agarró con una mano, acariciándolos y jugueteando con ellos mientras retomaba la mamada, agarrándome la polla con la otra mano.

Yo seguía acariciando sus pechos y pellizcando sus pezones. Ahora me dedicaba a mirar a la tele, ya que la morena volvía a retomar las caricias sobre sus pechos para mostrar de nuevo que eran enormes, más grandes que los del resto de presentadoras. Observarla tocarse mientras mi novia me la chupaba era una sensación increíble. Me fijé en sus labios: grandes, carnosos y de un rojo intenso súper sensual. Imaginé que eran ellos los que succionaban mi polla en ese momento. Fantaseé con mi capullo entrando y saliendo de esos pechos enormes. Imaginé que era esa larga melena morena la que colgaba sobre mi entrepierna, haciéndome cosquillas en la pelvis al ritmo de la mamada. Acaricié con la mano que tenía libre el pelo de mi novia pensando que acariciaba a la presentadora, empujando su boca contra mi polla para que se la tragara entera mientras empujaba con mis caderas hacia arriba. Mis gemidos y mis jadeos eran cada vez más intensos a medida que el placer me consumía y me acercaba al orgasmo. Me follaba la boca de mi novia con fuerza, apretando ahora con fuerza su cabeza hacia abajo con las dos manos y disfrutando de la visión de una presentadora que me volvía loco desde siempre. Empecé a gritar de placer: “Sí, sí. Sí, sííííííííííí”. Casi se me nublaba la vista, pero quería seguir viendo a aquella diosa en la tele. Siempre había soñado con correrme en su boca, esa boca grande con unos labios increíbles. Y gracias a mi novia estaba a punto de conseguirlo.

Entonces, de repente, se oyó un ruido. Al principio no lo reconocí. Mi novia tampoco, porque siguió chupando mi polla sin bajar el ritmo frenético. En seguida me di cuenta de que era el sonido de una llave girando en la puerta de la casa. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, la puerta comenzó a abrirse y vi asomar la cabeza de María Jesús, ya que la puerta de entrada da directamente al salón. Mientras entraba lanzó un saludo:

– Holaaaaaaa.

A partir de aquí todo sucedió muy rápido. Mi novia se incorporó de golpe, llevándose una mano a la boca y la otra al pecho, tratando de tapar sus tetas que colgaban ahora al aire por tener el sujetador desabrochado y la camiseta levantada. Lanzó un gritito ahogado y salió corriendo para encerrarse en el baño, dando un portazo. Yo tiré de mi pantalón hacia arriba, pero mi polla estaba dura como una piedra, y mis huevos hinchados, a punto de correrse, por lo que apenas pude subirlo. Así que cogí uno de los cojines que tenemos siempre en el sofá y me lo puse por encima, tratando de tapar mi polla desnuda y la tremenda erección. Crucé las piernas y sujeté el cojín con una mano, mientras me reclinaba en el sofá y me colocaba el otro brazo detrás de la cabeza, apoyándome en él y tratando de adoptar una postura natural, como si estuviera viendo la tele sin más.

María Jesús terminó de entrar y se me quedó mirando sorprendida.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Y dónde iba Mamen tan deprisa?

No sabía qué decir y dudé unos instantes, hasta que por fin se me ocurrió una idea.

– Es que se ha encontrado mal y ha tenido que salir corriendo al baño porque creía que iba a vomitar.

– Vaya, pobrecita. ¿Está bien?

– Sí, seguro que no es nada.

Ella pareció dar por buena mi explicación, aunque me miró de una forma extraña, recorriéndome con la mirada de arriba abajo. Se fue al baño y llamó a la puerta.

– Mamen, ¿estás bien? ¿Necesitas algo?

– No, nada, gracias María Jesús. Estoy bien. Enseguida salgo.

– Vale, no te preocupes. Tú tranquila. Recupérate y si necesitas algo me avisas.

Entonces volvió al salón, dejó sus cosas en la pequeña mesa que teníamos de comedor y se sentó conmigo en el sofá. Yo había aprovechado su breve charla con mi novia para subirme el slip y el pantalón, aunque seguía manteniendo el cojín sobre mi entrepierna. Tenía que mantener la misma postura para disimular, además de porque mi erección seguía siendo considerable. Para evitar que María Jesús se fijara demasiado intenté distraerla conversando.

– ¿Cómo es que has venido tan pronto?

– Pues ya ves. No me apetecía currar y me he tomado la tarde libre.

– ¡Qué dices! A ver si te van a echar.

– Que no, tonto, que es que me debían unas horas libres por las horas extra que llevo curradas y me han dejado cogerme la tarde libre. ¿Y tú qué estás viendo?

– Nada, un programa de esos de zapping.

– Ah, este lo he visto alguna vez. Está muy bien. Y las chicas son muy guapas.

– ¡Ya te digo! Y además hoy las han vestido especialmente sexis.

– Ya veo, ya. Vaya tela, si yo tuviera unas tetas como esas iba a ser el terror de los chicos.

– Pero qué dices, loca, si tú ya tienes novio. Y bien majo que es.

– Ya lo sé, hombre. Lo digo en broma. Si yo quiero mucho a mi gordi. Pero es que he de reconocer que me da un poco de envidia cuando veo a esas chicas con esos cuerpazos y esos escotes.

– Venga ya. No digas tonterías. Si tú estás fenomenal. Tienes un cuerpo muy bonito y eres muy guapa. No tienes nada que envidiarles. Seguro que si te vistieras con esa misma ropa tan ceñida y tan escotada, tú les dabas mil vueltas.

– Ay, gracias. ¡Qué guapo eres!

Y me plantó un beso en la mejilla, muy cerca de la boca. Justo entonces salió mi novia del baño. Se había recompuesto la ropa y tenía el flequillo húmedo, como si se hubiera estado mojando la cara. Tenía las mejillas coloradas, supongo que por una mezcla del calor de la excitación y de la vergüenza por que casi nos hubieran pillado. Los ojos estaban medio vidriosos, seguramente también por la excitación y porque los debió haber tenido cerrados un buen rato mientras me la chupaba. Temblaba un poquito por los nervios. Así que, en definitiva, si no sabías que estaba a la vez avergonzada y excitada, podía pasar perfectamente por enferma. Lo cual nos vino fenomenal para poder seguir disimulando delante de María Jesús, que cuando la vio le preguntó:

– ¿Qué tal te encuentras, guapa?

– Un poco mejor, gracias.

– Me alegro. ¿Por qué no te sientas aquí con nosotros y te traigo un vaso de agua o algo?

– No, gracias. Creo que será mejor que me vaya a casa y me acueste un rato, a ver si me recupero del todo.

– Vale, luego a la noche te llamo a ver cómo vas.

Ya he comentado que las dos se llevaban muy bien y se habían hecho buenas amigas. Yo me levanté para acompañar a mi novia a la puerta, ya que era mi obligación como novio, sobre todo si ella se suponía que se encontraba enferma. Lo hice rápidamente, para estar cuanto antes de espaldas a María Jesús y que no viera mi erección. Al llegar junto a mi novia le susurré:

– ¿Por qué te vas?

– ¿Estás loco? ¡Qué vergüenza! Casi nos pilla. Me voy a casa a tranquilizarme. Luego te llamo.

– ¡Pero mira cómo estoy! Estaba ya a puntito de correrme. ¿Ahora qué hago?

– ¡Yo qué sé! ¡Hazte una paja!

Y se marchó cerrando casi de un portazo. Sé que era un poco egoísta, pensando más en mi propia excitación y la necesidad que tenía de correrme que en lo avergonzada que ella se sentía. Pero los tíos somos así: sólo podemos usar una cabeza a la vez. Y cuando es la de abajo la que toma el mando, la de arriba deja de funcionar. Al menos la erección había bajado algo y ya no era tan evidente, aunque todavía se notaba un bulto en el pantalón. Así que me di la vuelta y fui rápidamente a mi habitación, tratando de que Mamen no se fijara en mi entrepierna. Cuando ya había pasado junto a ella y estaba camino de mi habitación le dije:

– Voy a mi cuarto un rato.

– ¿No quieres terminar de ver el programa?

– No, no. Creo que me tumbaré un rato a descansar.

– Vale, pero te vas a quedar a medias.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Pues eso, que te dejas el programa a medias. ¿Qué te pensabas?

– No, nada, nada. Venga, me voy a mi cuarto. Luego charlamos.

– Vale. Descansa.

En cuanto entré cerré la puerta y me tumbé en la cama. Me subí un poco la camiseta y me bajé los pantalones y el slip hasta las rodillas. Mi polla saltó como un resorte. Había bajado la erección pero aún estaba excitada. La agarré y empecé a acariciarla, con lo que rápidamente volvió a ponerse a tope. Cerré los ojos y pensé en la presentadora y en mi novia. Visualicé la escena como si la viera desde fuera, imaginándome que me veía a mí mismo en el sofá, con mi novia agachada sobre mí comiéndose mi polla mientras yo le empujaba la cabeza con las dos manos y miraba la tele extasiado. Empecé a pelármela más rápido, deseando correrme lo antes posible. Todavía iba a conseguir correrme en la boca de la presentadora, aunque fuera en mi imaginación. Agarré la base de mi polla con una mano y con la otra fui subiendo la velocidad de la paja. Empecé a jadear suavemente, mordiéndome el labio para intentar no gritar de placer.

De repente noté una sensación rara, como si me observaran. Abrí los ojos y vi a María Jesús de pie en la puerta de mi habitación, mirándome. Tenía una sonrisa pícara en la cara y se mordía el labio inferior sin quitarme ojo, mientras se apoyaba contra la puerta. Me quedé helado, con la polla agarrada con las dos manos y sin saber qué hacer. No sabía cómo reaccionar.

– ¡¡¿Pero qué haces ahí?!!

– Mirando. ¿O es que no lo ves?

– ¿Y qué coño miras?

– A ti.

– Pues no mires tanto ¿Y por qué cojones entras en mi habitación si está cerrada?

– No tenemos cerrojos, ¿recuerdas?

– Ya lo sé. Por eso tenemos el pacto de no entrar si está la puerta cerrada.

– Exacto. Pero pensé que por esta vez no te importaría si rompía ese pacto.

– ¿Y eso por qué?

– Porque lo mismo yo puedo ayudarte.

– ¿Ayudarme a qué?

– Vamos, no te hagas el tonto. Ayudarte a terminar. Que parece que al final sí que te quedaste a medias.

– ¿Qué estás diciendo?

– Venga, hombre. Que os he visto. Vi lo que estabais haciendo cuando llegué. O, mejor dicho, lo que Mamen te estaba haciendo. Fuisteis rápidos pero no lo suficiente.

– Hija de puta…

– ¿Hija de puta por qué? Eráis vosotros los que estabais en el salón sin ningún pudor. ¿Y encima que me ofrezco a ayudarte para compensarte me insultas?

– No necesito que me ayudes, gracias. Puedo apañarme yo solito.

– Ya lo veo. Pero sería una pena desperdiciar esa erección con una paja, cuando lo que la puso así fue una buena mamada.

Entonces me di cuenta de que seguía con la polla al aire, tiesa y atrapada entre mis dedos. Intenté taparla con las dos manos y noté cómo me ruborizaba. María Jesús se acercó a la cama y se sentó junto a mí.

– No la tapes, tonto. Si ya la he visto. Y es preciosa, por cierto.

– ¿Te gusta?

– Mucho. Anda, venga, déjame verla.

– Es que me da mucha vergüenza.

– ¿Por qué? Somos amigos. Y compañeros de piso. No tenemos secretos.

– Bueno, quizás esto sí deberíamos dejarlo en secreto.

– No digas tonterías. Quita la mano.

Puso sus manos sobre las mías y me las levantó despacio, fijando su mirada en mi polla, que iba asomando por debajo. Finalmente me apartó las manos del todo, dejándolas caer a ambos lados de mi cuerpo. Al liberarse de la presión de mis manos, mi polla saltó tiesa de nuevo y quedó apuntando al techo unos segundos, antes de caer sobre mi ombligo. Entonces ella la agarró con una mano y la volvió a poner apuntando al techo. Empezó a acariciarla lentamente pero con fuerza, subiendo y bajando mientras giraba a la vez la mano. Al llegar al capullo colocaba la palma sobre él antes de volver a enrollar sus dedos alrededor de la polla y volver a descender por ella. Mientras me acariciaba se mordía el labio inferior. Sacó la lengua y empezó a lamerse los labios con ella sin apartar los ojos de mi polla. Con la otra mano se empezó a acariciar los pechos por encima de la camiseta.

Yo estaba alucinando. Jamás me hubiera imaginado que pudiera ocurrir esto. María Jesús era sólo una amiga. Nada más. Es verdad que si me fijaba en ella como mujer podía ver que estaba muy bien, pero eso nunca lo había hecho hasta ahora. Quizás por culpa de las palabras de mi padre, las cuales recordé en ese momento. Intenté armarme de valor para pedirle que parara y que se fuera, que eso no estaba bien y debía dejarlo. Pero entonces ella se agachó, apoyándose en la cama sobre un brazo mientras con la otra mano agarraba a la vez mis huevos y mi polla y se la metía entera en la boca. Sentí su calor envolverla, su lengua humedeciéndomela y sus labios rozar mis huevos, apresados entre sus dedos. Y en ese momento la sangre volvió a bajar a la cabeza de abajo y me dejé llevar.

María Jesús empezó a deslizar su boca por toda mi polla, ensalivándola y lamiéndola. Poniéndomela de nuevo tan dura como cuando me la chupaba mi novia, o incluso más. Porque ahora había descubierto un nuevo morbo: un morbo especial que me daba ver cómo mi amiga de la infancia, mi compañera de piso, la chica que era mi confidente y la persona que mejor me conocía en el mundo, estaba agachada devorando mi polla. Me quedé fascinado viendo cómo la carne de mi rabo salía y entraba de su boca, emergiendo de entre sus labios para enseguida volver a desaparecer entre ellos. Notando cómo su lengua se apretaba contra mis venas y las recorría con la punta. Oía el ruido como de chapoteo que su boca hacía mientras lamía y succionaba.

Entonces ella se sacó mi polla dela boca y se enderezó. Me sacó los zapatos y los calcetines y casi me arrancó los pantalones y los slips de la fuerza con la que me los quitó. A continuación se sacó la blusa y se quitó el sujetador, dejando a la vista unos pechos redondos, firmes y de grandes aureolas. Tenía los pezones gruesos y muy tiesos. Se los pellizcó y luego bajó las manos hasta sus muslos. Llevaba puesta una falda corta pero ancha, con lo que sus muslos quedaban casi al descubierto al estar de rodillas. Metió las manos bajo la falda y se acarició la entrepierna con una mano, gimiendo y llevándose la otra mano a la boca, donde se introdujo un dedo y se dedicó a chuparlo de una manera tan sensual que me volvía loco sólo con verlo.

Entonces me separó las piernas y se puso de rodillas entre ellas. Agarró de nuevo mi polla con una mano y los huevos con otra. Acercó su cabeza a los huevos y los besó mientras los estrujaba. Luego sacó la lengua y con la punta fue recorriéndolos, haciéndome cosquillas y provocándome escalofríos de placer. Llevó la lengua a la base de mi polla y la lamió entera, de abajo arriba, muy despacito. Al llegar al capullo lo lamió con la punta, jugueteando con mi agujero e intentando meterla por él. Luego volvió a llevar la lengua a la base de mi polla, a la altura de los huevos y volvió a subir por ella. Lo repitió varias veces, lamiéndomela y ensalivándola, siguiendo el curso de mis venas y son dejar de estrujarme los huevos.

Yo no paraba de jadear y gemir de placer. No podía apartar la mirada de su cara, viendo cómo me lamía la polla y me miraba con ojos de vicio y deseo. Su melena rubia caía ondulada a ambos lados de su cara, rozando mis muslos y mis huevos.

– Trágatela, vamos, trágatela.

Pero ella seguía lamiendo lentamente, tomándose su tiempo.

– Por favor. No puedo más. Me estás volviendo loco. Trágatela de una vez.

Me sonreía pero no dejaba de lamérmela. Cambió las lamidas por besos en el capullo. Eran besos lentos, cálidos, con los labios envolviendo toda la punta de mi capullo. Mientras tanto repitió con la uña el recorrido que antes hacía con la lengua, acariciándome con ella. Mi polla palpitaba de deseo y excitación, y por fin ella decidió tragársela. Se la metió en la boca poco a poco, bajando despacio hasta que sus labios tocaron mis huevos. Entonces subió también despacio. Durante todo el trayecto de bajada y de subida fue lamiéndomela. Al subir, además de lamerla también me la succionaba. Pude ver cómo se hundían sus mejillas al hacerlo.

Fue cogiendo velocidad mientras yo gemía más y más fuerte, hasta casi llegar a gritar literalmente de placer, diciéndole que siguiera, que me la chupara más rápido, que se la tragara más adentro y que me volvía loco. Ella lo intentaba y subía el ritmo sin parar, clavando su boca contra mis huevos al bajar. Su melena se movía con violencia arriba y abajo. Con una mano sujetaba mi polla por la base y con la otra acariciaba mi vientre y mi pecho, metiéndose por debajo de mi camiseta. Yo empujaba su cabeza, la agarraba por los hombros, le acariciaba cada centímetro de su cuerpo que alcanzaba. Esa cabeza y ese cuerpo me estaban dando un placer indescriptible y quería acariciarlos, besarlos, morderlos…

La mano izquierda, con la que acariciaba mi pecho y pellizcaba mis pezones, se deslizó de nuevo hacia mi vientre. De allí pasó a mi entrepierna y a mis muslos. Acarició la parte interior de mi muslo izquierdo y subió por él. Llegó hasta mis huevos y se deslizó bajo ellos. Noté cómo una uña jugaba con la piel de mi escroto, haciéndome cosquillas y provocándome escalofríos de placer. Luego se deslizó un poco más hacia abajo. Adiviné dónde iba y por un lado me asusté, aunque por otro me excité aún más.

Cuando noté la punta de un dedo jugueteando con mi ano, tratando de encontrar el orificio de entrada, mi cuerpo se estremeció y lancé las caderas hacia arriba en un acto reflejo. Ella cerró la boca en torno a mi polla y la apresó con los dientes, atrapándola para que no me moviera. Y entonces su dedo siguió buscando hasta localizar su objetivo. Se introdujo ligeramente en mi ano. Al principio sólo la punta, aunque fue haciendo presión hasta entrar casi hasta la mitad. Lo dejó allí metido. Mi cuerpo estaba tenso, asustado ante esta nueva sensación en una zona que siempre pensé que permanecería virgen para siempre. Aunque he de reconocer que me gustaba. Y poco a poco fui relajando mi cuerpo, aceptando el juego. Mi polla, en cambio, lejos de relajarse se puso todavía más dura y se hinchó un poco más.

Ahora María Jesús combinaba la mamada en mi polla con la penetración en mi culo. Mis caderas se movían arriba y abajo, intentando que mi polla entrara hasta el fondo de su garganta al subir y que su dedo me penetrara por completo al bajar. No podía dejar de gritar de placer, chillándole que no parara. El ritmo de la mamada y de la penetración eran tremendos. Mi cuerpo se estremecía de placer. Mis huevos palpitaban. Noté cómo se hinchaban, preparándose para descargar todo su contenido. Sentí cómo un líquido caliente los recorría y pasaba a la base de mi polla, subiendo por ella, que temblaba y palpitaba a medida que el líquido ascendía.

Intenté avisar a María Jesús pero no pude. Sólo podía aullar de placer y no era capaz de articular ninguna palabra. De todas formas ella pareció notar que iba a correrme porque su cabeza dejó de subir y bajar. El dedo de mi culo se introdujo hasta el fondo y su cabeza bajó hasta que sus dientes se clavaron en mi pelvis y noté cómo mi polla alcanzaba el fondo de su garganta, sus labios cerrándose en torno a la base de mi polla y a mis huevos.

Unos instantes después noté cómo el semen empezó a salir a borbotones de mi polla. Sentí un calor y un cosquilleo en el agujero de mi capullo con cada sacudida. Noté cómo se dilataba para dejar salir lo que debían estar siendo unos chorros de leche enormes. María Jesús seguía inmóvil apresando mi polla y follándose mi culo. Yo apreté su cabeza hacia abajo y levanté mi cadera, tratando de meter mi polla aún más dentro de su boca y ahogándola con mi corrida. El semen no dejaba de salir a chorros y pude ver cómo un poco escapaba en un hilillo por la comisura de sus labios.

Cuando finalmente terminé de correrme relajé mi presión sobre su cabeza. Ella sacó el dedo de mi culo y agarró mis huevos, estrujándolos para que expulsaran hasta la última gota que quedara en ellos. Mientras, volvió a recorrer mi polla con su boca, recogiendo cada gota de semen que pudo encontrar. Siguió así un rato incluso después dejarla bien limpia, hasta que notó que mi erección empezaba a remitir. En ese momento se la sacó de la boca y se tumbó a mi lado. Yo seguía jadeando, tratando de recuperar la respiración. Me volví hacia ella y la besé, agarrando su cara con la mano y acariciándola. Metí mi lengua en su boca y noté un sabor extraño en mi lengua que identifiqué como mi propio semen.

Nos besamos un rato, hasta que ella se levantó y, sin decir nada, recogió su ropa y se dirigió a la puerta. Yo la llamé por su nombre, casi en un susurro, ahogado aún por el placer:

– ¡María Jesús!

– ¿Sí?

– Gracias…

Me dedicó una sonrisa muy dulce, se giró y cerró la puerta lentamente tras de sí, dejándome tumbado en la cama, semidesnudo y extasiado.

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