Por favor señora…

“Yo encontré una voz de ternura, que me llena de placer cuando la oigo hablar. Con ella me enamoré y aunque nunca la conocí, sueño con su querer y en sus brazos quiero dormir” Bobby Pulido.

La alarma sonó arrastrándola nuevamente al mundo real, una noche más en la que había soñado con su difunto esposo, lo extrañaba tanto…”Este sueño fue diferente” se dijo, recobrando apenas la consciencia. Se talló los ojos para despejarse y soltó un bufido de inconformidad, ciertamente habían días en los que no se sentía con ganas de levantarse temprano pero la vida era así de injusta.

Se incorporó y se sentó sobre la cama, se encontró frente a frente con su reflejo que la miraba desde el enorme espejo de su tocador.

-Que vieja estoy…-se dijo pensando en voz alta.

Si bien doña Regina era mujer increíblemente bella, había perdido esa chispa que la caracterizaba. Hacía 5 años que su marido, Don Ignacio Marroquín, había partido de este mundo, pero ella lo recordaba todos los días y prendía veladoras en su honor. Esta pérdida la había golpeado terriblemente, ya que había amado mucho a su esposo.

Se levantó de la cama y se estiró lo suficiente hasta que todo rastro de pereza desapareció, se dirigió al tocador y alisó su larga cabellera rubia hacia atrás. Una arruga nueva estaba ahí, según ella, pero en realidad ni siquiera se notaba, tenía una piel tan suave y tersa casi de porcelana que disimulaba muy bien sus 44 primaveras.

Pero sus ojos, eran tristes, como un par de huérfanos que pedían a gritos un poco de amor. En su tocador descansaba un retrato de su difunto esposo y le dedicó una mirada triste pero cargada de amor y añoranza.

-Ay Ignacio…-dijo mientras sostenía el retrato entre sus manos- Te me adelantaste mucho viejito, no sabes cuánto te extraño- Y apretó la imagen de su amado contra su pecho, un par de lágrimas rodaron por sus mejillas.

La vida era incierta, nunca se sabe cuándo será la última vez que verás a tu ser amado y justo era lo que había pasado con este matrimonio, un aparatoso y trágico accidente había separado a los amantes. Era tan difícil disimular ante todos que había llegado a la resignación, tenía que seguir con su vida y en alguna que otra ocasión se permitía fantasear con la llegada de un nuevo amor.

Regresó a su amado esposo al lugar que ocupaba en su habitación y se dirigió al baño, no tenía mucho tiempo así que preparó la regadera y comenzó a desvestirse. El cuerpo de Regina era un monumento, a sus 44 años era poseedora de una anatomía de infarto que cualquier jovencita de 20 años desearía tener. Subió a la báscula y esta sentenció: 54 kilos.

-¡Excelente! –se dijo con tono triunfante.

La nueva dieta había funcionado y había logrado perder 5 kilos más, su meta era un perfecto 50. Regina estaba consciente de que si quería atraer a un galán maduro, tenía que verse como una reina, ya que un hombre de su edad lo daba todo por estar con una jovencita. Ella estaba consciente de su belleza, pero sabía que los años no perdonaban y diariamente se repetía que aunque extrañaba mucho a Ignacio, este no iba a volver y ella no quería morir sola.

Sin perder más tiempo entró a la ducha y se dispuso a asearse lo más rápido posible, pero en su mente estaba el sueño que había tenido con su esposo. Fue un sueño diferente pero increíblemente real, estaban los dos, enredados, haciendo el amor increíblemente, una intensa batalla cuerpo a cuerpo, ella no dejaba de decir cuánto lo extrañaba y él sonreía y le daba un placer desmedido.

Regina no había estado con otro hombre más que con su esposo y desde que él murió no volvió a relacionarse con nadie más. Extrañaba la dulce sensación que brinda una caricia, un beso, el contacto íntimo y finalmente aceptó que necesitaba encontrar una nueva pareja, no para reemplazar a Ignacio, sino para complementar su vida, quería volver a sentirse mujer.

Salió de la ducha tan rápido como había entrado, ese día estaría lleno de múltiples ocupaciones, gym, junta con los socios de la empresa joyera que su marido le había dejado a ella y a su hijo, aprobar algunos trámites de exportación y reclutamiento de nuevos diseñadores. Tan sólo de repasar mentalmente su agenda quedó exhausta.

Alguien tocó débilmente a su puerta y ella con una voz áspera le dio permiso de pasar.

-Buenos días Doña Regina.

En el marco de la puerta estaba una muchacha menuda, como de unos 18 años que la miraba con cierto temor. Regina barrió con la mirada a la pobre niña, sus tristes ojos azules habían cambiado a un frío gris que recordaba a los glaciares más lejanos de la Antártida. La pobre criatura bajó la mirada hacia el suelo y comenzó a temblar ligeramente.

-Así que tú eres la nueva muchacha –le dijo con un tono arrogante, poniéndose de pie.

La muchacha quiso responder pero fue interrumpida inmediatamente.

-No, no es una pregunta. Deberías saber cuándo es un cuestionamiento ¿No aprendiste a diferenciar una pregunta de una afirmación? –sus fieros ojos estaban clavados en la chica que estaba deseando que la tierra se la tragara.

La niña no emitió respuesta alguna y esto desesperó un poco a Regina, ya que tenía una extensa fama de no ser amable con la servidumbre y sus subordinados. Bajo el lema de “No somos iguales” ella marcaba una muy hiriente barrera entre las dos posiciones sociales.

-¿Cuál es tu nombre? –Le preguntó mirándola fijamente.

La niña estaba muda, inmóvil, intimidada.

-Ahora si te hice una pregunta…-La paciencia de Regina tenía límites minúsculos

-Mi nombre es Aurora.

-Bien ¿Qué edad tienes?

-19 años señora.

-¿Para que te enviaron a mi habitación? Eres una novata, Manuela es quien se encarga de atenderme.

-Doña Manuela tuvo que atender otros asuntos.

Regina apretó los dientes.

“¿Pero quién demonios se cree Manuela para dejarme en segundo término?” Pensó furiosa, si bien Manuela era su ama de llaves y su mujer de confianza, eso no le daba derecho de faltar a sus compromisos de trabajo, en esa casa nada era más importante que ella, la dueña y señora.

Regina examinó detenidamente a la jovencita, que seguía con la vista fija en el suelo de la habitación.

-Muéstrame tus manos –le ordenó.

La chica obedeció casi inmediatamente. Como era lógico pudo vislumbrar una piel joven y tersa, morena clara, fresca, manos pequeñas y dedos delgados, uñas perfectamente recortadas. Eran las reglas que ella misma le había impuesto a sus empleadas, cuidar muy bien sus manos.

-Escúchame bien, Aurora. Así como me has mostrado estas manos, así las quiero ver siempre. No tolero ver una piel áspera y sucia. ¿Entendiste? –le dijo fulminante.

La chica asintió temblorosa.

-Bien, ahora vas a desenredarme el cabello ¿Sabes cómo hacerlo?

La niña negó con la cabeza. Regina revoleó los ojos con fastidio, una de las cosas que más le molestaba era la inexperiencia.

-Pon mucha atención porque no te lo volveré a repetir de nuevo.

La chica la miró fijamente, con el temor inundando sus ojos. Regina se sentó delante del tocador y cogió unas botellas y un cepillo especial.

-Estos son unos productos para desenredar el cabello-le dijo mostrándole una de las botellas de las que solo la chica alcanzó a distinguir un numero 1- Aplícala desde la punta a la raíz.

Regina le indicó la cantidad de producto necesaria para la operación y le mostró la manera en la que tenía que distribuirla por su larga cabellera. La chica estaba tan nerviosa que apenas podía mover bien los dedos.

-Niña tranquilízate que nada malo te va a pasar, solo masajea para que la crema penetre bien en el cabello, no tiene nada de ciencia.

Aurora pensaba que su nueva patrona era una mujer muy bella, pero sin duda una bruja en potencia; entonces ¿Qué debía hacer para complacerla? No quería perder su nuevo trabajo, tenía a su papá enfermo y muchos gastos en casa que necesitaba cubrir, además el sueldo que le habían fijado era muy bueno, demasiado para alguien sin experiencia, lo menos que podía hacer era aprender rápido y no cometer ningún error.

Pensando en ello decidió relajarse un poco, mientras sus manos continuaban su labor en el cabello de la señora. En ese instante evocó su niñez, cuando su hermano Alberto, quien se había ido de ilegal a Estados Unidos le envió un regalo de navidad; había sido una hermosa muñeca Barbie de largos cabellos dorados, un vestidito azul pastel con sus zapatillas y bolso a juego, Doña Regina era idéntica a la muñeca que había sido su mejor amiga de la infancia, por lo tanto merecía el mismo trato delicado que dio a su amada Barbie.

Sus manos se deslizaban suavemente por toda la cabellera de Regina, quien se sintió sorprendida ante tal acción, cerró sus ojos un poco tratando de relajarse pues quizá después de todo la nueva muchacha tenía su lado bueno a pesar de ser, según ella una novata. Le siguió explicando cómo debía peinarla, aplicarle los productos restantes y todo el procedimiento de rutina. Al final, la diva quedó conforme.

-Perfecto, todo muy bien ya después te mostraré lo que debes hacer con el maquillaje pero primero iremos poco a poco ¿De acuerdo?

-Sí señora.

-Te puedes retirar.

Aurora giró sobre sí misma para dirigirse a la puerta y abandonar la habitación.

Cuando finalmente se quedó sola, recordó que también debería haber enseñado a esa chica lo de su ropa deportiva, pero pensó que realmente eso era trabajo de Manuela, ya que llevaba muchos años desempeñando esa tarea así que le encargaría instruir a la nueva empleada.

No tuvo más remedio que escoger ella misma su ropa deportiva y vestirse lo más rápido posible, se le hacía tarde para ir a correr. Todavía llevaba el cabello suelto y despidiendo un delicioso aroma a su paso, se calzó los tenis y bajó al comedor principal.

Llegando al comedor sus ojos grises se encontraron con una hermosa y brillante mirada azul. El dueño de esos ojos se levantó de la mesa para saludarla con un tierno beso.

-Mamá hoy amaneciste más guapa y espectacular que nunca.

-Tu siempre tan barbero cariño –Regina sostuvo el rostro de su hijo entre sus manos- tienes las cejas de su padre.

-Su gran herencia supongo –dijo el chico ayudándole a su madre a sentarse en la cabecera de la mesa.

-Hueles a cebolla, Sebastián –le dijo mientras prescindía de colorido coctel de frutas.

El chico estalló en sonoras carcajadas.

-Lo siento ma, hoy es jueves de chilaquiles –respondió Sebas retomando su faena- ¿No vas a desayunar?

-No, sólo quiero café ¿Dónde está Manuela? ¡Manuelaaaa!

La vieja ama de llaves apareció en un dos por tres sosteniendo una bandeja con el café.

-Buenos días señora. –dijo seria, sirviendo el café en una pequeña taza de porcelana que se encontraba frente a Regina.

-¿Se puede saber por qué no subiste hoy y me mandaste a una novata? –esos fríos ojos grises se clavaron en la anciana.

Manuela se incorporó y muy seria pero con tono suave respondió:

-Lo lamento señora, pero el niño Sebastián me pidió le preparara unos chilaquiles verdes.

La mirada de Regina cambió a una más serena, miró a su retoño quien la miraba sonrojado con los labios completamente manchados de salsa verde y crema.

-Está bien, pero antes debiste avisarme o mandar a otra de las muchachas, perdí mucho tiempo explicándole a esa niña como atenderme –sentenció Regina mientras limpiaba con una servilleta la boca de su amado hijo.

-Mamá está bien, no la regañes, no volveré a ocupar a Manuela, perdóname- dijo Sebastián al mismo tiempo que le quitaba la servilleta para evitar que lo siguiera tratando como un chiquillo.

Regina dio un sorbo largo a su café negro y se giró para mirar a Manuela.

-Manuela, no me molesta que atiendas a mi hijo, para eso se te paga, por eso estas aquí, sólo te voy a pedir que hagas todo lo posible para que yo no pierda tiempo.

-No volverá a ocurrir señora, mis más sinceras disculpas.

Regina se puso de pie y tomó su bolso deportivo. No le hizo falta preguntar si todo estaba en orden porque tenía que estarlo, esa era la razón por la que tenía tantos sirvientes. Sebastián se puso de pie para despedirse de su madre tan tiernamente como la había saludado.

-Cuídate mucho por favor ¿Te veré en la reunión?

-Claro mamá, el presidente tiene que estar ahí ¿no?

Regina amaba la sonrisa de su hijo, amaba todo de él y cada palabra, cada gesto y acción que este realizaba eran sagradas para ella. Se dirigieron juntos a la salida con Manuela detrás de ellos.

-Hoy me apetece conducir –resolvió Doña Regina- Por cierto Manuela, quiero que instruyas a la chica nueva, enséñale todo lo que haces para mí, así cuando a mi niño se le antojen unos chilaquiles verdes no perderé tantas horas.

La vieja asintió y Regina subió a su Mercedes Benz ayudada por su hijo y en poco tiempo se encontró de camino hacia el club deportivo al que asistía diariamente. Encendió la radio para distraerse pero no conseguía dejar de pensar en el sueño que había tenido con su esposo, ciertamente ya habían pasado 5 años, el dolor había disminuido un poco, las terapias habían funcionado y estaba lista para dejarlo ir, pero lo extrañaba y eso era algo que ninguna terapia podría curar.

Cuando por fin llegó al club una asistente ya la esperaba, se limitó a darle los buenos días y a entregarle su equipaje y un traje bien resguardado dentro de una funda que marcaba claramente un CH de proporciones gigantescas.

-Lo quiero todo listo en una hora, por favor. –le dijo a la asistente y tras colocarse una gorra y sus gafas deportivas se dispuso a realizar calentamiento a la entrada de la pista de atletismo.

Su iPod estaba en modo aleatorio y recordó que Sebastián se había encargado de actualizarlo con “música moderna” que la alejaba demasiado de Julio Iglesias y Roberto Carlos. Mientras hacía calentamiento una dulce melodía acompañada de una voz femenina interpretaba algo así:

Desperté en la oscuridad

Sin dejarte de pensar

Sigue tu huella en mi almohada

Veo tu rostro frente a mí

Siento que aún estas aquí

Todo mi cuerpo te extraña

Puedo ver tu sombra en la luna

Cuando mi memoria te alumbra…

Rápidamente evocó su reciente sueño, ciertamente el aroma de Ignacio seguía impregnado en su almohada y destinado a no desaparecer jamás. Con ello en su mente comenzó a caminar lentamente para después ceder al trote, lento y suave.

Ya están desgastadas todas las palabras

Lo que queda entre tú y yo no le alcanza al corazón

Y desde mi pecho suena tu recuerdo

Todo lo que fue de los dos son ecos de amor…

Aumentó la velocidad de su trote y apenas tuvo tiempo de presionar un repeat en la reproducción.

Estoy perdiendo la razón

Me hablas en cualquier canción

Tu nombre está en cada palabra

Estás tan cerca y tan lejos

Me aferro sólo a un reflejo, te pierdo

Ya están desgastadas todas las palabras…

La melodía se reprodujo tantas veces que no se puede dar un número exacto mientras Regina agotaba sus fuerzas físicas y mentales en la pista de atletismo, corría como quien quiere escapar del dolor, de la tristeza, Jesse y Joy había logrado tocar sus fibras más sensibles, mientras cada estrofa surtía su efecto, las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, aumentó la velocidad hasta casi hacerse daño cuando detrás de ella sintió un aire helado y como un visaje un individuo la rebasó dejando casi casi una nube de polvo a su paso.

Se quedó de pie como atontada, respirando agitadamente, se apoyó en sus rodillas mientras practicaba los ejercicios de respiración para recuperarse, seguía llorando en silencio, con vergüenza de que algún desconocido pudiera verla se despojó de los lentes y secó sus lágrimas con tal brusquedad que dejó la piel de sus ojos completamente irritada. Cogió la botella de agua y bebió hasta casi ahogarse, mientras se dirigía caminando al final del velódromo.

Al finalizar el camino se encontró con el tipo que la había rebasado momentos antes, una persona de sexo masculino que realizaba el estiramiento posterior a la actividad física, ella tras colocarse los lentes, lo miró de reojo, pero el individuo tenía puestos unos lentes oscuros, se colocó ligeramente frente a él para realizar el estiramiento pertinente.

El hombre pareció no inmutarse o más bien percatarse de su presencia, no podía saber si era viejo o joven, pero no debía ser muy mayor, porque su definida anatomía y la piel de sus grandes manos demostraron lo contrario. Nunca lo había visto por ahí, probablemente era nuevo, pero en ese momento quería que se quitara las gafas y poder ver su rostro completamente.

La alarma de su reloj le indicó que ya había pasado una hora y debía dirigirse a los vestidores. El sujeto se sobresaltó al escuchar la fuerte alarma del moderno reloj de Regina y miró en su dirección, ella lo miró por unos cuantos segundos y después suspendió la alarma. El hombre se quitó las gafas y ella por fin pudo verlo, era joven si, nada especial, estaba sudoroso y enrojecido por el ejercicio, él la miró por unos instantes pero ella le dio la espalda, sin remedio.

Se dirigió a los vestidores quitándose el chaleco y resoplando por la prisa, en la entrada la esperaba la asistente con una sonrisa más falsa que un billete de tres pesos. Tomó sus pertenencias de la mano de la empleada y con aire veloz se dirigió a uno de los cubículos a tomar un rápido baño. Tras haber terminado se secó completamente de pies a cabeza, se enfundó en un hermoso traje sastre de Carolina Herrera color hueso y unas zapatillas de tacón de aguja, de la misma diseñadora y salió del cubículo.

Al salir de los vestidores se colocó un gorro tejido y sus mismas gafas deportivas, la empleada la esperaba a la entrada, como todos los días.

-Gracias querida. –le dijo al mismo tiempo que le daba discretamente una muy generosa propina.

La siguiente parada de Regina era el spa, sólo necesitaba un maquillaje sencillo y peinado que acompañara su elegante traje, las gafas la protegían para evitar ser reconocida por alguien que le quitara el tiempo conversando de cosas que ella tenía que fingir que le interesaban. Al llegar al spa las estilistas ya la esperaban y sólo con ver su oufitt sabían perfectamente lo que debían hacer.

Regina quedó despampanante con su melena rubia, que las estilistas se habían encargado de ondular, el maquillaje perfecto y unos labios rojos y sensuales que hizo que más de uno la volteara a ver. Ella se sentía admirada, sabía que habían pocas mujeres con tanto porte y belleza. Otro empleado la esperaba en la puerta para ayudarla con el equipaje y uno más, que pertenecía al valet parking tenía su coche listo en la entrada del club.

Ella le sonrió condescendiente, con un ligero rastro de coquetería, si bien le gustaba que los jóvenes se sintieran atraídos por ella, era algo que jamás llegaría a realizar; “el que con niños se acuesta amanece mojado” se decía cada vez que algún apuesto joven le coqueteaba. Se armaba un borlote entre los empleados de Sport City, era bien sabido que Regina Marroquín daba generosas propinas a quienes la atendían a cuerpo de reina.

Cuando finalmente estuvo dentro de su Mercedes, cambió sus sencillas gafas deportivas por unas sofisticadas y enormes de la misma Carolina Herrera que vestía su escultural cuerpo y se dirigió a su imperio, dónde su hijo Sebastián era el rey y ella la Reina madre.

Como era de costumbre, siempre que ella llegaba a la empresa causaba un revuelo mayor al de Sport City, no pasaba desapercibida, los ejecutivos la saludaban cordialmente, pero más de uno la miraba con deseo, las ejecutivas con una mezcla de envidia y admiración, pero jamás podían ser indiferentes, la viuda de Ignacio Marroquín era todo un monumento a la belleza.

Regina irrumpió en la sala de juntas con aire imponente, su hijo, los demás socios y el resto del cuerpo corporativo ya la esperaban. Tras saludar a todos, dio un tierno beso a Sebastián, se sentó a su diestra y la reunión comenzó. Sebastián se encargaba de las finanzas, su amigo de la infancia Julio César Jiménez del punto de venta y estrategia de mercado.

Regina no solo era socia mayoritaria de la empresa, sino la Directora del área de diseño de la mercancía que se fabricaba, Marroquín era una empresa de Joyería fina que tenía sucursales y oficinas en todo el país, en Estados Unidos, Sudamérica y Europa, una empresa exitosa fundada por su difunto esposo de la que se sentía muy orgullosa.

Llegó su turno de hablar y cuando tomó la palabra todos la escuchaban atentos y maravillados, pero la admiración creció aún más cuando mostró su nuevos diseños, gargantillas, guirnaldas, aretes, anillos, relojes, todo era hermoso, elegante, sofisticado como ella…

Finalmente anunció que había firmado un contrato con una famosa actriz que sería la imagen de su nueva colección. Todos los miembros de la junta la miraban con ansiedad.

-¿De quién se trata? –Preguntó su hijo.

-Quería que fuera una sorpresa pero esta vez haré una excepción –Regina no podía negarle ninguna respuesta a su hijo.

La junta contuvo la respiración unos cuantos segundos.

-Fernanda Castillo, la despampanante rubia del Señor de Los Cielos.

La junta se puso de pie para aplaudir su decisión, ya que en ese momento, Fernanda era considerada una de las mujeres más bellas de la farándula mexicana, Regina siempre tenía la razón, era una digna dirigente de esa empresa y acertaba correctamente en cada decisión que tomaba.

Después de agradecer sus aplausos a la junta, informó:

-No lo sabían pero…estoy trabajando en una nueva colección diseñada inspirada en ella.

La junta, jubilosa volvió a ovacionarle.

Después de palabras expresándole su admiración y agradecimiento, la junta se diluyó y los integrantes volvieron a sus puestos de trabajo, Regina tomó sus cosas, mientras que Romina, su primera asistente la esperaba en la puerta, quien tomó su equipaje y le entregó un café de Starbucks.

-¿Comerás en casa hoy? –preguntó a Sebastián.

-No mami, quedé con César de comer en el club y jugar una partidita de golf.

-Bien amor, pero por favor aliméntate sanamente y utiliza bronceador.

Sebastián sonrió divertido, su madre lo cuidaba demasiado y pensaba que seguía siendo un nene de 5 años. El amor de su madre era abnegado, pero sin llegar a lo enfermizo.

-¿En la noche estarás?

Regina se detuvo en la puerta y se volvió para mirarlo.

-Sí, ¿Por?

-Necesito hablar contigo de algo…

-¿Sobre qué?

-Te lo diré hasta la noche.

-Sebas…

-No insistas, preciosa.

Regina entornó los ojos y le mandó un beso a su vástago para después dirigirse a su oficina. Cuando llegó, su otra asistente la atacó con recados, llamadas, citas, etc. Parecía que la ignoraba pero en realidad grababa cada palabra que Ivanna había pronunciado. Se dejó caer delicadamente en su esponjoso asiento y comenzó a leer rápidamente los recados mientras le daba instrucciones a Rebeca, su primera asistente, quien tomaba nota casi a la velocidad de la luz.

-Es todo, puedes retirarte. –le dijo finalmente sin voltear si quiera a verla.

Abrió la bandeja de correo electrónico y se topó con miles de mensajes de proveedores, de compradores, socios, etc, no tenía cabeza para contestar nada y se dispuso a escribir un email a Fernanda para comunicarle que ya había anunciado su participación a los miembros de la junta directiva y que pronto comenzarían sus actividades dentro de la empresa, así como un itinerario de dichas actividades para finalizar con un “Gracias por todo querida”.

Pasó la mañana entre bocetos, colores, catálogos de materiales y plasmando nuevas ideas para la colección inspirada en Fernanda, vio muchas fotos de la actriz en internet pero nada la conformaba, ciertamente había sido un acierto una sesión de fotos para estudiar de mayor forma los rasgos de Fernanda. Si bien Regina era vanidosa y tenía ínfulas de superlativa tenía que reconocer que Fernanda Castillo era una mujer extremadamente hermosa, despampanante y radiante en todos los sentidos, digna representante de sus diseños; “No pude haber escogido mejor” se decía para sus adentros y mientras repasaba sus bocetos, su mirada se desvió a una foto que descansaba en su escritorio.

En ella estaban Ignacio, Sebastián y ella, una hermosa familia y al haber visto tantas fotos de Fernanda se preguntó a si misma ¿Por qué no había tenido otro hija?

-Tal vez una niña –dijo en voz muy baja.

La alarma de su celular la sacó de su ensueño, ya eran las 4pm y había comenzado su programa de radio favorito, sin pensárselo dos veces abrió una nueva pestaña en el navegador e hizo clic en favoritos donde Radio Efusiva la esperaba. “Amor a mares” de Luis Miguel se hacía presente dándole la bienvenida al auditorio y de pronto esa voz, esa voz que la tenía enajenada, la única y verdadera razón por la que escuchaba ese programa radiofónico.

Buenas tardes queridos radioescuchas, su anfitrión Miguel Ángel Aranda les da una calurosa bienvenida a una nueva emisión de Amor a Mares, un programa dedicado al amor, al romanticismo y por supuesto a la música que evoca los recuerdos más hermosos de nuestras vidas. Sean ustedes bienvenidos…

Quiero estrenar contigo besos que guardo

Al rojo vivo

Besos de media noche

Besos del alba

Muertos de frío

Y por fin habitarte con luz de luna sobre la arena

Mientras que el oleaje tu cuerpo inunda sin darte cuenta.

Te voy a dar sin tregua amor del bueno

Amor a mares

Te voy a dar sin tregua amor del bueno

Amor a mares

Te voy a dar sin tregua amor del bueno

Amor a mares.

La privilegiada voz de Luis Miguel llenaba sus oídos, mientras se recostaba cómodamente en su silla, al finalizar la melodía la voz del locutor invadió completamente sus sentidos. Era una voz un poco grave, varonil pero suave, como un pañuelo de seda, ¿Quién sería el dueño de esa maravillosa voz? Regina era una mujer poderosa, podía llegar hasta donde quisiera, entonces ¿Por qué aún no había investigado quien era el dueño de esa voz?

Pasó el resto de la jornada entre sus bocetos, música romántica y la hermosa voz de Miguel Ángel Aranda, imaginando como podía ser físicamente, tomó una hoja en blanco y comenzó a bocetar una especie de cadena con gruesos pero al mismo tiempo delicados eslabones, fuertes pero elegantes al mismo tiempo, con un dije cuadrado con las iniciales MGA. Era todo lo que sabía sobre esa voz, pero finalmente decidió que debía conocer a ese hombre, si tenía la suficiente suerte lo escogería como imagen masculina para alguna colección.

Cuando dieron las 6 en punto, Miguel Ángel Aranda agradeció la presencia del auditorio y se despidió cordialmente, arrancando suspiros a más de una seguramente. Eso le bastaba a Regina para alegrar su tarde, que aunque había estado llena de mucho trabajo se había sentido de lo más cómoda. Tenía una hora para recoger todo, ultimar detalles de las actividades del día siguiente, recoger sus pertenencias y terminar su jornada laboral.

Al salir de su oficina sus asistentes la esperaban de pie.

-Rebeca…

-Señora…

-Quiero que envíes un arreglo de rosas para Fernanda Castillo, que le llegue a la puerta de su casa, mañana mismo.

Más tardó Regina en terminar de dictar la instrucción que Rebeca en anotarla.

-¿De qué color serán las rosas?

-Blancas, las más hermosas que encuentres, quiero que las escojas tu personalmente, confió en tu buen gusto.

-Por supuesto, señora –le respondió Rebeca con la vista fija en su libretita mientras anotaba con pelos y señales las instrucciones de su jefa.

-No olvides la dedicatoria…

-¿De su parte o de la empresa?

Regina le entregó una tarjetita, antes de entrar al elevador; Rebeca salteó las tres líneas escritas por su jefa con una excelente caligrafía y al final con letras grandes y claras decía “Con Cariño…Regina Marroquín”

-Espero que eso responda a tu pregunta.- dijo Regina y el elevador se cerró.

A las 7pm en punto, la hermosa dama enfundada en otro traje deportivo, arribó nuevamente al club deportivo donde ya la esperaban para cargar su equipaje e ir detrás de ella al gimnasio. Al llegar encontró a su mejor amiga Dalila Corcuera de Araujo, a quien saludó cariñosamente; las amigas hicieron lo propio, calentamiento y los ejercicios de rutina mientras platicaban sobre lo que habían hecho durante el día.

Las dos horas de ejercicio habían pasado rápidamente, sin que ellas repararan en ello, se dirigieron a las duchas donde de igual manera las esperaban para proporcionarles un trato especial. Siguieron con su entretenida plática, Regina con el mundo de la joyería fina, de la moda y Dalila con el arte.

-¿Si sabes que eres la galerista más importante de este país? –le dijo a su amiga abrazándola con cariño.

-Lo dices por compromiso –respondió Dalila sonrojada.

-Te lo digo muy en serio, ya sabes que soy muy franca.

-Pues tú eres de la empresaria más exitosa

Regina la abrazó fuertemente, Dalila era su mejor amiga, su confidente, parte importante de su vida, amigas desde niñas, había compartido los momentos más felices y los más tristes. Salieron juntas del vestidor, escoltadas por un séquito de empleados cargando sus equipajes.

-Cariño, quedé de cenar con Miranda Apolinar y Graciela Bustamante en el restaurante del club ¿Nos acompañas?

-Ya sabes que no soporto a esas cacatúas.

-Regina, pero estamos en el grupo de Damas en sociedad…

-Me importa un bledo, no las puedo ver, mejor comemos mañana ¿si? Debo irme porque Sebas me espera.

-De acuerdo hermosa, mañana te hablo para ponernos de acuerdo.

Regina se despidió de su amiga y se dirigió a la salida, donde su coche ya la esperaba, pero al abrir la puerta se topó con un apuesto caballero con quien casi choca de frente. Era un hombre muy apuesto, de fina estampa, cabello obscuro y piel blanca, casi traslucida y fue inevitable, Regina quedó atrapada en sus enormes ojos color miel.

-Disculpe usted, madame…-le dijo el hombre mirándola a los ojos.

Esa voz…la había escuchado antes.

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