Por un poco de alcohol

¿Qué debes hacer cuando el alcohol es tu único escape de la vida real? ¿Qué se supone que es lo correcto, cuando lo único que deseas es sentir el vodka quemando tu garganta?

Yo sé muy bien la respuesta a todo esto, y déjenme decirles que es de lo más fácil conseguir alcohol, sin pagar ni un solo centavo.

Solo debes ser muy inteligente.

Me llamo Camila y tengo veinticinco años. Después de terminar de estudiar mi carrera como programadora, mis padres me regalaron un modesto departamento en la Ciudad de México. Por fin pude dejar mi vida de pobretona atrás, alejándome de ellos. Ah, porque a mis padres, les encantaba vivir de las migajas de los demás.

Yo soy diferente. A mí, en cambio, me gusta comerme el plato de los demás. Pero yo no robo, no soy una ladrona. Yo sé cómo conseguirlo, haciéndolo parecer como que ellos me lo han ofrecido.

Hace algunos años que comenzó mi amor por el alcohol. Cualquier bebida, yo no soy exigente en esas cosas. Mientras tenga una porción en la etiqueta, estaré contenta.

El trabajo que tengo no me deja tanto dinero como yo quisiera. Me da para lo necesario, para sobrevivir, y, así, yo no puedo invertir en mi vicio.

Por eso es que me he inventado la mejor táctica del mundo, y créanme que funciona. Pero, no la puedo compartir con cualquiera de mis amigas. En realidad, sólo se la cuento a las menos santurronas, porque tengo algunas que son unas verdaderas mojigatas y que si lo llegaran a saber, me mandan directo a la iglesia.

Los antros y clubes nocturnos son los mejores lugares para conseguir un trago, y es mejor si es gratis. Ahí abundan los hombres.

Y no cualquier tipo de hombre, sino esos que se la quieren pasar bien y buscan a una chica que los acompañe. Son tan vulnerables. Todas las noches es lo mismo.

Llamo la atención de uno. Bailo cerca de él, le coqueteo. A veces, una simple sonrisa es suficiente, otras, me toca trabajar más y demostrarle que me interesa.

Bailamos, nos tocamos, nos besamos. Pido un trago y lo cargo a su cuenta. Me encargo de emborracharlo, de que pierda el sentido de lo que está haciendo para que no se percate siquiera de que me estoy colgando de su tarjeta de crédito.

Mientras tanto, yo bebo y bebo. Pido botella tras botella, bailo y sencillamente, me divierto.

Y cuando ya he disfrutado y me aseguro de que el hombre en cuestión esté lo suficientemente fuera de sí, le digo que voy al baño y salgo del lugar, me trepo a un taxi y me voy a casa. En algunas ocasiones corro con la suerte de poder sacarle la billetera a alguno. Así, borracha y sin una pizca de vergüenza, me retiro de la escena del crimen.

Soy capaz de exponerme a mí misma por un poco de alcohol. Nunca falla.

Y esta noche no es la excepción. Hoy es viernes y la luna ya se está asomando. Termino de darle el último retoque a mi boca carnosa con el labial rojo carmín. Reviso que mis dientes no se hayan manchado y sonrió a mi reflejo en el espejo.

Miro mi cabello café chocolate, largo hasta la cintura, el cual peiné con la plancha caliente con sumo cuidado para que se viera atractivo. Mis ojos están delineados de negro, así resalta más el color verde.

Me pongo un poco de polvo sobre el puente de mi nariz respingada y me acomodo el collar. Esta noche he elegido un vestido rojo entallado que deja ver mis curvas. Me miro en el espejo de cuerpo completo.

Bueno, es demasiado corto y escotado, pero me veo bien. Además, hace que mi trasero se vea redondo. Uf, hoy los hombres van a caer rendidos a mis pies. Ya no puedo esperar más para bailar y beber.

Rocío un poco de perfume y ya, estoy lista. Salgo por la puerta y detengo un taxi que pasa por la avenida. Elijo un antro al que hace mucho tiempo que no voy.

Durante el camino, me pregunto qué espécimen caerá en mis garras esta vez.

*

La música retumba en todos los rincones cuando entro al club nocturno. Las máquinas de humo están desprendiendo cortinas por todas partes. Sólo escucho bullicio y eso me hace sentir más viva.

Las luces se mueven como locas en el techo. Veo siluetas moviéndose con dificultad en la pista de baile y cerca de las pequeñas mesas.

Enfrente de mí pasa un camarero con una charola llena de shots. Maldita sea, cómo se me antoja uno, pero he salido sólo con el dinero justo para el taxi de regreso.

Ni siquiera puedo pedir algo de beber mientras espero a mi presa. En fin, esa es la motivación de siempre; estar tan desesperada por alcohol que agilizo mi proceso de caza.

Me echo el cabello hacia atrás y me acerco a la pista de baile. Conforme llego, las luces me permiten ver de reojo que ya he acaparado algunas miradas.

Pongo un pie en frente del otro con cada paso, provocando que mis caderas se muevan en forma circular y tentadora.

Me abro paso entre las personas y encuentro mi espacio para bailar. Ya soy toda una experta en este tipo de movimientos. Sólo permito que la música se apodere de mí y saque mi lado más sexy, porque, aunque no lo crean, siempre hay alguien mirándote cuando tú piensas que no.

Un chico de cabello castaño está a algunos metros de mí. Me lanza una mirada. Aquí va el primero. Le correspondo la sonrisa y lo miro con más detenimiento. Mm, se ve más pequeño que yo. Es un estudiante que seguramente no tiene dinero para invitarme más que una cerveza.

Disimuladamente, me doy la vuelta sin dejar de bailar, para no verme grosera. Hoy soy exigente. Hoy quiero más que una maldita cerveza.

No pasan más de cinco minutos cuando otro está ahora frente a mí y baila conmigo. Se adapta rápido a mis pasos y es digno de admirarse. En lo primero en lo que me fijo es en que tiene un vaso en la mano, eso significa que no tarda en invitarme un trago.

Y, vaya que es guapo. Guapísimo. Ojos claros, cabello oscuro y una espalda ancha. Mm, me gusta. Y, a juzgar por el Rolex dorado que lleva en la muñeca izquierda, tiene dinero.

Bailamos por unos momentos más hasta que al fin se anima a acercar sus bonitos labios a mi oído y susurrarme algo.

—Me llamo Sebastián.

—Camila —Le contesté con una sonrisa.

— Encantado —Me guiña un ojo—. ¿Quieres tomar algo?

Yo asiento sin esperar a que termine su frase, como una desesperada. Él se da cuenta y ríe. Me sonrojo ligeramente. Gracias a Dios el lugar está casi a oscuras y no se nota.

Salimos del lío de gente danzante y nos dirigimos a la barra. Él me deja ir por delante, seguramente para poder observarme mejor, pero no me incomoda. Al contrario, si le gusto, querrá invertir más en mí.

Una vez que estamos ahí, él le pide al camarero más tequila y yo pido vodka.

—Camila, ¿verdad? —Me pregunta Sebastián y yo asiento—. Bonito nombre. ¿A qué te dedicas?

—Soy programadora —Respondo, recargándome en la barra con confianza.

Entre más miro a Sebastián más me doy cuenta de que es un hombre verdaderamente atractivo. Sonríe mucho. Tiene una dentadura perfecta. Huele muy bien, a loción fresca. Su cabello está algo desarreglado pero eso lo hace ver más encantador. Tiene una barba a la que yo le calculo tres días y se viste bien. Tiene buen gusto.

—¡Programadora! —El camarero nos entrega las bebidas—. Qué bien, qué bien —Le da un sorbo a su tequila y me mira—. ¿Vienes sola o qué?

—Sola —Digo sin más y le doy un trago a mi bebida. Mm, me sabe a gloria. Nunca he extrañado nada tanto como a esta mierda.

Entonces, Sebastián me mira entre extrañado y divertido por mi respuesta.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Por qué alguien como tú vendría sola a un antro?

¿Piensa que le voy a decir la verdad? Ja.

—Mis amigas son muy aburridas. Prefieren ir a cenar en vez de salir a divertirse un rato. Soy la única que pertenece a estos lugares.

Sebastián asiente. Pienso que no me ha creído nada de lo que le dije, pero, ¿qué importa? Por lo menos ya tengo le primer vaso de la noche.

—Vamos a bailar, ¿quieres? —Me sugiere y me toma de la mano.

Estamos de vuelta en la pista de baile. ¿Hay más personas o es mi imaginación? Apenas y podemos movernos, pero eso poco me importa. Voy a la mitad del vaso.

La música está reventando en mis oídos. Me encanta este estruendo. Y me encanta más el olor del vodka mezclado con una buena loción, como la que trae Sebastián.

Ya veo por qué me encanta hacer esto. ¡Estoy loca por el alcohol y los hombres!

Y, bajo mis impulsos, me apego a Sebastián. Él me sonríe y yo lo abrazo por la cintura. No está haciendo nada por alejarme. Si soy complaciente, más tiempo me durará el gusto.

Levanto el vaso hacia él y le doy un poco de mi vodka. Él bebe. Eso me pone contenta. ¿Será Sebastián de esos hombres que se dejan emborrachar fácilmente? Uf, ruego por que así sea.

Reímos. ¿De qué? No tengo idea, sólo reímos. Le doy un sorbo al vodka y luego él lo hace.

—Acábatelo —Lo animo, sin dejar de acariciar su espalda.

Y, como si muriera por complacerme, se acaba lo que restaba del recipiente.

Volvemos a reír y seguimos bailando.

Ahora estamos mucho más cerca si es que eso es posible. Rodea mi cintura con los brazos y la acaricia. Si seguimos a este paso, me va a embriagar él primero que el alcohol.

De repente, un camarero se pasa por ahí y yo aprovecho la oportunidad.

—¿Pedimos más o qué? —Le digo al oído y muerdo el lóbulo de su oreja.

—¡Hey! —Llama Sebastián al camarero y saca de su cartera un billete—. Un tequila y un vodka.

Yo estoy que no puedo de la emoción. Así me gusta, que los chicos cooperen.

Y así pasan varias rondas y canciones. Llevamos varios vasos, varios besos y varias caricias, y Sebastián sigue pareciendo de piedra, como si ninguno de los tequilas que ha bebido le afectaran en lo más mínimo. ¿Cómo lo hace? Se supone que él debería ser el ebrio, y todo apunta a que seré yo.

Besa mi cuello. Siento sus labios recorrer mis nervios delicadamente, haciendo que mi piel de erice.

Hunde su mano en mi cabello y acaricia mi mejilla sin dejar de besarme. Me está hipnotizando, pero se siente tan bien.

Yo también lo beso. No voy a dejar que sea sólo él el que juegue.

Toco sus brazos. Se sienten fuertes por debajo de su camisa.

Me sobresalto cuando siento que toca mis glúteos. Pero no sólo los toca, sino que los estruja. Lo miro con los ojos bien abiertos.

—¿Me estoy pasando? —Me pregunta con una mirada diferente.

Y, de repente, capto una mirada de una chica cerca de nosotros. Me mira terriblemente, como si estuviera haciendo algo incorrecto. Bueno, es que Sebastián y yo nos hemos estado tocando desde hace un rato en frente de todos, y aunque no está bien, jamás había pensado que pudiera incomodar a alguien.

Trato de ignorarla, pero no puedo. Me duele la cabeza. Veo borroso. Las luces, por primera vez en mi vida, me lastiman los ojos. Parece que el piso se está moviendo debajo de mí.

Casi pierdo el equilibrio, pero logro tomarme del hombro de Sebastián.

—¿Camila? —Sebastián trata de ayudarme a recuperar la postura—. ¿Estás bien?

—Estoy mareada —Le digo sin soltar mi vaso—. Iré a sentarme un rato.

—Te acompaño.

Sebastián me deja apoyarme en él y caminamos hacia una pequeña salita de sillones rojos.

Me desplomo sobre uno de ellos y dejo mi vaso en el suelo. Me duele todo, ¿qué me está pasando?

Sebastián se sienta a mi lado y me observa.

—Creo que has bebido demasiado, Camila —Dice él y pone una mano sobre mi pierna.

Yo no siento nada. Sorpresivamente, todo el éxtasis que sentía, se ha ido.

—No, estoy bien —Contesto e intento pararme, pero no puedo—. ¿Qué hora es?

Él le echa un vistazo a su reloj.

—Las dos de la mañana.

Suficiente. Será mejor que me vaya. Miro a Sebastián. No comprendo, ¿cómo es que él no está ebrio, si ha bebido casi tanto como yo?

—Ya me voy —Quiero ponerme de pie, pero no puedo. Al principio pensé que era por mi falta de equilibrio, pero veo la mano de Sebastián sobre mi pierna que no me deja moverme.

—¿Cómo que ya te vas? —Me dice en forma de reclamo.

—Ya es tarde, ya me voy.

—No vas a ningún lado.

Lo miro con el ceño fruncido. Estaré borracha, pero puedo distinguir las palabras todavía. ¿Quién se cree para hablarme así?

Y me ocurre algo que jamás me había ocurrido. Siento que el calor sube por mis mejillas y las colorea cuando miro la sonrisa perversa de Sebastián.

Sin que yo pueda reaccionar, él me toma de la mano y me dirige hacia un pasillo alfombrado. Está oscuro, ni siquiera sé por dónde estoy caminando. Trato de soltarme de él, pero no puedo.

Entonces, veo una luz muy escasa al final y unas escaleras. Nunca hubiera imaginado que en ese antro existiera este pasillo.

Unos guardias de seguridad están cuidando la entrada. Cuando los veo no puedo ni hablar. Es más, ni tiempo me dio cuando Sebastián le pasó una tarjeta a uno de ellos y nos dejaron pasar.

Ahí dentro la música se escuchaba más baja, pero para mí, era ruidosísima. Subimos unas escaleras y llegamos a una hilera de puertas. No necesitaba que nadie me dijera que iba a pasar si entrábamos a una de esas. Ya lo había oído antes, que en algunos clubes, existen este tipo de cuartos, que uno renta para pasar un buen rato.

Sebastián me estaba arrastrando hacia una de las puertas. Yo quería gritar, pero me sentía ahogada. Dando manotazos y arcadas quise hacerlo a un lado, pero él era mil veces más fuerte que yo.

—¡Suéltame! ¡Alguien ayúdeme! —Logré gritar, pero fue demasiado tarde cuando él me tomó por el cabello y me hizo entrar a una de las habitaciones.

Me aventó. Caí de rodillas en la alfombra negra del lugar. Se iluminó cuando escuché un portazo por detrás.

Una luz opaca me dejaba ver un sillón parecido a los que estaban abajo, pero más grande. Un baño, una sala y un ventanal con vista a la pista de baile, cubierto por gruesas cortinas rojas.

—Déjame ir —Le grité a Sebastián desde el suelo— . ¡Déjame ir o pediré ayuda a gritos!

—Nadie te va a escuchar —Me contestó él con mucha tranquilidad.

—¡Que me dejes ir! —Volví a amenazar.

Miré a mi alrededor, en busca de algo que le pudiera aventar en la cabeza para poder salir corriendo.

Sebastián se acercó a mí lentamente. Con tanta lentitud que me dio miedo.

Intenté retroceder pero mis tacones atorados en la alfombra y mis movimientos dominados por el alcohol no me ayudaron en nada.

—¿Crees que no conozco a las que son como tú? —Me dijo y me puso de pie de un jalón, apegándome a su cuerpo—. Que son capaces de venderse sólo por un trago.

—¡Déjame en paz! —Ordené, pero claro, él no me hizo caso esta vez.

Me besó. Metió su lengua despiadadamente en mi boca mientras masajeaba mis glúteos sobre el vestido.

Entonces, subió sus manos recorriendo mi cadera y mi cintura, hasta llegar a mis senos.

—Haces esto muy seguido, ¿verdad? —Sebastián preguntó, mientras bajaba el cierre de mi vestido.

Tragué saliva. Estaba paralizada. Sus caricias se sentían tan bien.

Bajó los tirantes por mis hombros. Pasó las puntas de sus dedos, apenas tocándome la piel, por lo largo de mis brazos. Dejó al descubierto mi cuerpo y yo no me sentí avergonzada. Al contrario, estaba cediendo como una tonta.

Besó mi cuello y sentí que succionaba mi delicada piel. Con una mano, estimuló mi pezón y con la otra, comenzó a masajear mi vientre.

Y siguió bajando y bajando, hasta llegar a mi entrepierna. Mi respiración ya estaba agitada. Dios, se sentía tan bien. Mi cuerpo se iba a desplomar en cualquier momento.

Sebastián me llevó hacia el sillón y se colocó sobre mí. Sin cortar su mirada penetrante y profunda encima de la mía, metió abrió mis labios e introdujo un dedo, estimulando mis pliegues, los cuales ya se humedecían.

No pude controlarme. Dejé escapar un gemido y él me sonrió malicioso.

—Sólo mira lo mojada que estás —Me dijo, sacando el dedo.

¡Pero claro que iba a estar mojada! Dios bien sabe lo mucho que estaba deseando a Sebastián dentro de mí en ese momento. Quizá era el alcohol, o las ganas de disfrutar, o las dos cosas juntas, pero yo lo necesitaba. Ya no me importaba mi propia seguridad, entonces sí que estaba ebria.

Permaneció mirándome por unos instantes. Su mirada me estaba diciendo tantas cosas, y yo quería que me las hiciera. Me estaba imaginado mil ideas en este momento y ya no podía esperar.

—Métemelo —Le pedí sin más, pero mis palabras salieron arrastradas de mi garganta.

—¿Duro o suave? —Preguntó él quitándose la camisa.

Maldita sea. Él sólo me estaba provocando. Su abdomen bien marcado me estaba haciendo delirar. Sus hombros, sus brazos, tan fuertes. Quería ser suya.

Me mordí el labio sin dejar de admirar su cuerpo.

—Duro, duro —Hablaba entre cortado.

—¿Y qué quieres que te meta? —Me dijo con tono burlón, mientras se desabrochaba el cinturón y se bajaba los pantalones.

Yo no hacía más que seguir cada uno de sus movimientos con los ojos, muy atenta. ¿En verdad me iba a hacer decirle que me metiera eso?

—Ya sabes… —Contesté, tratando de contener mi deseo.

Sebastián estaba ahora sólo con sus bóxers puestos. Su miembro ya estaba erecto. Se podía ver fácilmente a través de la tela.

—No, no lo sé —Dijo él, deteniéndose.

Tragué saliva. Estaba realmente deseosa. Tomó un condón de su billetera y lo abrió.

—No me hagas decirlo —Pedí, pero su bulto me estaba robando toda la atención.

—Si no lo dices, no te entenderé —Sebastián estaba jugando conmigo.

Entonces, comenzó a bajar el resorte de los bóxers, dejando ver una parte de su pubis.

—Tu verga —Dije en voz baja.

—¿Mi qué? —Sonrió.

Yo desvié la mirada. Si no estuviera tan hambrienta como ahorita no lo repetiría.

—Quiero que me metas tu verga —Dije, sintiendo que mis mejillas volvían a enrojecerse.

Y sin decir más, Sebastián besó mis labios y se acomodó entre mis piernas abiertas. Yo estaba más que lista para recibirlo.

Acarició el interior de mis muslos y los besó. Se quitó los bóxers, sostuvo su miembro en la mano y se colocó el condón.

Elevé mi pelvis hacia él, ansiosa por sentirlo dentro. Mi pecho subía y bajaba por la agitación que sentía. Sebastián volvió a acariciar mis muslos antes de colocar la punta en la entrada de mis pliegues.

La empujó despacio, mientras yo sentía cómo me abría para él. Lentamente, sin prisas y sin correr, Sebastián se tomó su tiempo para hacerme suya.

No pude controlarme cuando grité. Se sentía inexplicablemente bien.

—Entonces, ¿duro? —Me preguntó una vez más.

Su voz ronca estimulaba mi cerebro mareado.

—¡Sí, sí! —Le pedí a gritos.

No tuve que esperar más cuando Sebastián empezó a meter y sacar su miembro de mí con rudeza. Toda la suavidad que había antes había sido borrada por sus nuevos movimientos bruscos.

Aprisionó uno de mis senos con la mano y se inclinó a besarme fogosamente sin dejar de moverse.

Calló mis gemidos con su lengua. Lo atraje más hacia mí tomándolo desde la espalda.

Se sentía tan bien. Mi nariz estaba siendo invadida por su delicioso olor. Su piel cálida contra la mía, sentirlo rozarme una vez seguida de otra.

Pero ya no pude más. Mis músculos se tensaron y mi cadera volvió a elevarse hacia él. Sin darme cuenta, había mordido su labio y arañado su espalda.

Eché la cabeza hacia atrás mientras sentía la respiración de Sebastián chocar contra mi cuello. Una respiración rápida, sin espacios.

Él seguía sin perder el ritmo, hasta que soltó un gemido tan sensual que casi me desmayo y bajó la velocidad.

Yo cerré los ojos, sintiendo su figura acostarse a un lado mío, agitado, igual a mí.

La música en el club seguía sonando, y por un momento, ambos estuvimos callados.

La cabeza me dolía. No podía creer que la hubiera pasado tan bien, pero ya era hora de irme.

Me puse de pie y por poco caigo rodando del sillón. Busqué mi vestido y mis pantys. Tomaría un taxi de regreso a casa y dormiría por tres días seguidos.

Una vez cambiada, abrí la puerta. Estaba por irme con pasos tambaleantes, cuando escuché la voz rasposa de Sebastián, quien pensé estaba dormido, hablarme.

—Si vas a volver a pirujear por alcohol, procura hacerlo en este antro. Casi siempre vengo aquí.

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