Preñada y cogida por el culo (6)

Ceci se paró como movida por un resorte y se precipitó al comedor.

-Hola, mi amor –escuché que le dijo a Nacho con dulzura, dándole un beso muy suave.

-Lavame esta remera–le respondió él. Y, como si se acordara de repente de mí, agregó -: ¿Dónde carajo está Cristina?

-En la pieza –admitió ella-. Fuimos a comer a la pieza…

-¿Y para qué está el comedor, cornuda? –le dijo él. Y después de suspirar, agregó-: Metete en el lavader, hacé algo bien por una vez. Y lavala a mano.

Escuché que Ceci, efectivamente, se metía en el lavadero que tienen al fondo. Yo seguía pálida y tensa, pero al fin logré pararme y entré en el comedor.

-Hola, Nachito –le dije.

Él se había sacado la musculosa y estaba en cueros, mostrando el brillo de sus músculos transpirados.

-Ya me tengo que ir –le dije, y me puse a buscar la cartera con la vista.

Estuve mirando un rato, cada vez más desesperada, hasta que él me dijo:

-¿Buscás esto? –y levantó mi cartera en el aire.

Me dio un temblor en todo el cuerpo y se me escapó el pichí.

-Sí, gracias –le dije, e hice un ademán para agarrarla, pero él la apartó.

-Está más pesada que hoy a la mañana. ¿Qué traés acá? –me dijo él; y enseguida la abrió como si fuera suya; sacó el expansor de adentro y me lo mostró. Yo bajé la cabeza y empecé a balbucir una disculpa; pero me puse a tartamudear como una tonta.

-P… Per… No tenojes, Nachito, no te ej… -Pero no podía seguir.

Él se acercó a mí suspirando y, ¡me agarró de una oreja!

-Caminá –me dijo, llevándome de la oreja de nuevo para la habitación.

Yo seguía tartamudeando disculpas, pero no había caso. Me hizo entrar a la pieza y me metió un soberbio bofetón, tirándome encima del mantel sucio que había quedado en la cama. En la mano izquierda aún sostenía el expansor, que ya estaba bastante sucio del tiempo que lo tuve en el culo. Me agarró del pelo y me hizo erguirme un poco; después me zamarreó, me puso el expansor delante de la cara y me dijo:

-Ahora le vas a pedir perdón y le vas a dar muchos besitos.

Ya lo conocía lo suficiente como para saber que no debía contradecirlo. Le di varios besos al expansor, aguantándome el olor a mierda. Pero él no estuvo conforme.

-Mimalo, dale, es todo tuyo –me dijo.

Lo acaricié y lo seguí besando, diciéndole:

-Qué hermocho chos, cómo te quiero, ay, que nindo que chos… te adoro…

-Muy bien, así me gusta –me dijo él -. Ahora hincate y metételo de nuevo en el ojete, y no te olvides de seguir diciéndole cosas lindas.

Me hinqué en la cama, me bajé el enterito y me lo coloqué solita.

-Ay, qué nindo, como se me abre el ojete, choy demaziado puta. Choy la puta de Nacho. Ay, cómo me shompés el culo, me dele, me dele, te adoro…

Enseguida sentí sus manos rudas poniéndome aire. A cada inflada que él hacía yo largaba un chorro de pis sobre el mantel y las sábanas, pero eso no parecía importarle. Cuando me lo ajustó a gusto, la llamó a Cecilia de un grito.

-Mirá a tu concuñada, cornuda, me imagino que ya hablaron –le dijo cuando llegó.

Yo la miré por encima del hombro, haciendo morritos. Ella se quedó quietita a la espera de lo que dijera nuestro macho.

-Ahora sí que nos vamos a entender los tres –dijo él, cagándose de la risa.

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