Primera vez, con un amigo

Mi nombre es Diego y tengo veinte años. Soy heterosexual, pero esta es la historia de mi primera vez con un hombre. Es la primera vez que escribo un relato de este tipo, espero que os guste.

Llego el verano y con él las vacaciones. Ya en unos meses iba a iniciar la universidad y por eso mis padres me habían alquilado un departamento en la ciudad. Con la idea de adaptarme a la vida solo (y también porque ya estaba algo cansado de ellos) me mudé antes, pero al poco tiempo ya estaba sufriendo las altas temperaturas que llegaban a hacer de día a día.

Como no tenía dinero para comprar e instalar un aire acondicionado, decidí ir a comprar un ventilador, que al menos traería algo de alivio.

Salí a la tardecita en dirección a un negocio de electrodomésticos que quedaba cerca de mi edificio, y cuando llegué allí fue de agradecer la temperatura del local, aunque al rato, como estaba con shorts y una remera, ya me dio algo de frío. Me decidí a comprar uno de esos ventiladores de a pie, grandes, así podría mantener fresca mi habitación donde también estudio (mi departamento es bastante pequeño), pero cuál fue mi sorpresa cuando entre la gente que merodeaba el local reconocí a un viejo amigo mío, David. Nos conocíamos desde pequeños, pues somos del mismo pueblo, y éramos inseparables en la escuela. Ya después mis viejos y yo nos mudamos y el contacto se perdió. Él también me vio y abrió los ojos son sorpresa y alegría. Vino hacia mi y nos abrazamos riendo. Ya noté entonces lo diferente que estaba: no sólo por el crecimiento (éramos de la misma edad, así que también tendría veinte años), sino también por lo musculoso que se lo notaba bajo la remera.

-Tío, como has cambiado! -le dije.

-No he sido el único, ¡casi no te reconozco! -dijo riendo.

Era verdad. En la adolescencia, mientras amigos míos desarrollaban su pasión por la música y ahorraban como locos para comprar guitarras y baterías, yo en cambio me obsesionaba con el entrenamiento físico y la fuerza. Como en mi pueblo no había gimnasio, nunca había llegado a hacer mucho, pero con el tiempo y por mis propios medios mi cuerpo estaba algo desarrollado.

Me sorprendió como con David éramos tan parecidos, aún con los años pasados, que parecíamos casi hermanos. Contextura física suficientemente desarrollada para notarse, hombros un poco más anchos de los normal, los brazos, la altura, etc. Las excepciones eran que yo tengo el pelo negro y me estaba intentando dejar la barba, además de ojos azules. Él, en cambio, ojos verdes, rostro afeitado y pelo rubio.

Se ofreció a ayudarme a cargar con el ventilador, lo cual agradecí porque no había caido en la cuenta cuando lo compré de que tendría que cargarlo un par de cuadras. No es que fuera pesado, pero si era un paquete largo e incómodo.

– ¿Y tú que hacías aquí? -le pregunté mientras salíamos del negocio.

-A la ciudad me vine a estudiar, comienzo este año ingeniería. Y en el local, porque la heladera que vino con el departamento está en sus últimas… Pero durará unas semanas más. ¿Y tú?

-También me mudé este año para estudiar -le dije.

Mientras caminábamos hasta mi edificio el calor nos asfixiaba, aunque por suerte ya no era tan fuerte como el del mediodía. Ambos estábamos sudando mucho, y las remeras se nos pegaban al cuerpo. Pude notar sus pectorales, fuertemente marcados, más que los míos. Le pregunté si se ejercitaba en el gimnasio o de forma casera, y así terminamos hablando de ejercicios y, como no, de las chicas con las que nos cruzábamos de tanto en tanto en la vereda. Fruto del calor, muchas vestían con unos shorts de jean tan cortos que se les veía parte de la nalga, y el resultado era muy excitante.

Llegamos a mi edificio y entramos. El pasillo de entrada y el ascensor estaban vacíos, y ya en mi departamento, luego de sacarnos las ojotas, tomamos algo mientras armábamos el ventilador y nos poníamos al tanto de nuestras vidas. Desde hace cinco años que no nos veíamos, asique había mucho de que hablar.

Sus padres se habían divorciado, así que ya estaba acostumbrado a vivir de una forma medio independiente. Había empezado a laburar en un gimnasio, pues era de lo que más sabía, pues con lo que sus padres podían darle no alcanzaba a llegar a fin de mes. Fue entonces cuando le mostré lo que yo tenía, no mucho, unas mancuernas, una barra de dominadas que había instalado en la pared, algunas otras cosas.

Estábamos con el torno desnudo, pues ya me había acostumbrado yo, por el hecho de vivir solo y con tanto calor, de sacarme la remera recién entraba al depto. Sin darme cuenta lo había hecho, y él me había imitado, pues el calor era sofocante. Después, con el ventilador andando a máxima potencia, la caricia de la brisa tibia en la piel era demasiado bueno como para volver a ponerme la remera.

-Tío, enséñame los ejercicios que haces para tener esos abdominales y pectorales tan marcados -le dije, mitad en serio y mitad en broma. En ese entonces lo único que me interesaba era tener el torso y los brazos bien trabajados para impresionar a las minas.

-Pues mira, no es tan difícil, lo importante es realmente trabajar el músculo y no hacer ejercicios a las apuradas y sin respirar.

Se tendió sobre la colchoneta que yo usaba, y me empezó a mostrar: las abdominales normales, laterales, levantando una pierna, cruzadas, otras que no conocía…

Ya en ese momento senti algo de incomodidad, una incomodidad que nunca antes había sentido. Caí en la cuenta que, pese a que hace años que no veía a David, no hubo en nuestra conversación hasta el momento ni un sólo silencio embarazoso. Reanudamos la amistad en el mismo momento en que nos encontramos, como si nada hubiera cambiado. Pero ahora que lo miraba hacer abdominales en el suelo de mi departamento, su piel todavía húmeda y brillante por el sudor, y ese leve olor de la traspiración de ambos, me sentí algo ansioso.

Él no se había percatado de nada, y me hizo poner mi mano sobre su vientre, en la zona del ombligo, para que notara como trabajaban los músculos con el movimiento. Por algún motivo que no supe comprender, eso me puso más nervioso aún. En las amistades, uno siempre era espontáneo. Ahora, no sabía que hacer, como reaccionar, no me salían las bromas usuales, ni siquiera se me ocurría una forma de hacer que se vaya y termine tal incómodo momento.

Él, notando probablemente que yo ya estaba callado desde hace un rato, respondiendo a sus palabras sólo con “ajá” y “sí”, propuso que intentará yo y el me corregía, y si yo quería después me armaba una rutina con las cosas que yo tenía para marcar rápido.

-Bueno, dale, así veo como es -dije.

Me tendí en la colchoneta y empeze a repetir los ejercicios que David había hecho. El me corrigió la postura poniendo sus dos manos sobre mi torso, indicando tal y cual cosa. Quizá fue por el calor que me adormilaba, pero el toque de sus manos fue como descargas electricas. Sus manos abiertas se deslizaron por los laterales de mi cuerpo, los pulgares arriba, el resto del lado de la espalda. Sentí toda una corriente de excitación que recorría mi cuerpo, y como mi polla se endurecía en el short. El me miró, preguntándo porque me había detenido, y cuando nuestros ojos se encontraron todo fue dicho. Mi boca estaba algo entreabierta, saliveando, y mirándolo fijamente. Él, por su lado, tragó saliva y luego bajo más las manos por los laterales de mi cuerpo, hasta agarrar con los dedos el elástico del short.

Mi mente era un caos, la mitad de los pensamientos escandalizados, otros avergonzados, primero por mi mismo (pues jamás me había excitado con un hombre), segundo porque tenía la polla dura, y mi short estaba levantado en un cono, y David, un amigo íntimo, seguramente se iba a ofender y horrorizar por algo que también me horrorizaba y ofendía a mi mismo.

Pero la excitación era tanta que no hice nada, y entonces David me empezó a bajar el short lentamente, dejando asomar poco a poco el vello que iba del ombligo al pene, luego la parte de arriba del triángulo, y luego lo levantó y me lo bajó hasta las rodillas, dejando a la vista mi pene, paralelo a mi viente. Me miró otra vez y luego con lentitud acercó la mano y la empezó a pajear, poco a poco al principio, luego más rápido. Era tanta la excitación que me corrí ahí mismo, y todo mi pecho recibió una lluvia de semen como pocas veces había eyaculado.

David se agacho y en pequeñas lengüeteadas empezo a recojer todo. Yo miraba fascinado como él, con ternura, lamía mis abdominales, mis pectorales, dando pequeños mordiscos de tanto en tanto, mientras con sus manos subía y bajaba por los bordes de mi cuerpo, mis axilas, mis brazos. Entonces, ya casi totalmente recostado encima mio, subio con sus besos por mi cuello y la mandíbula, besándome luego en la boca apasionadamente. Saborée mi semen en su lengua, y ya totalmente desvergonzado, enchido por la exitación, lo abraze y lo empuje hacia el costado, situandome encima de su torso musculoso. Tenía un deseo tremendo por ver su polla parada, así que hice lo mismo que el había hecho pero en reversa, bajando por su vientre duro. Le saqué el short y ya estabamos los dos totalmente desvestidos. Su polla salto imediatamente, y me sorprendió ver que el vello se lo había afeitado hacía poco. Hacía poco, porque ya algo de pelo rubio habia crecido en torno.

Su polla tenía un color casi dorado, alta, bien proporcionada. Mediría unos 17 cm, algo así como la mía. Salivée al verla, y sin pensarlo acerqué mi cara. El olor de la transpiración, más el olor del precum me volvía loco. Lenguetie el agujerito y, mientras la polla se iba poniendo aún más erecta y el prepucio retrocedía, fuí volviéndome más osado, recorriendo el rabo arriba y abajo con la lengua. Al final, me la metí toda en la boca, y empecé a mamársela, teniendo cuidado con mis dientes. El me aferro el pelo con las manos y me subía y bajaba la cabeza, acompañando el movimiento de la mamada. Senti como su cuerpo se convulsionaba, y mi boca se lleno de su semen, salado y sabroso. Me lo trague todo, no sin antes terminar de saborear bien su polla.

Si bien yo ya había eyaculado, aún estaba excitado y mi polla ya estaba medio dura de vuelta. Levante la cabeza y lo mire, me acerqué encima suyo y nos besamos de nuevo, abrazándonos, sintiendo nuestro sudor y nuestros cuerpos, sin dejar nunca de acariciarnos. Luego de un rato, nuestros dos penes, duros de nuevo, se apretaban entre nuestros dos vientres.

Nuevamente con sus besos se dirigio a mi polla, pero esta vez pasó de largo. Me hizo abrirme de piernas y, separando con las manos las nalgas, me beso y lenguetio la entrada de mi ano. Yo ya sabía que iba a pasar, aunque siempre había pensado que el sexo anal era horrible y grotesco, en ese momento sólo quería sentir ese placer eléctrico de su cuerpo caliente contra el mío.

Primero me metió un dedo lleno de saliva, y empezó a meter y a sacar, luego a moverlo haciendo que el agujerito se dilate. Después metio dos, con más saliva, e incluso un tercero.

En el momento en que los saco me di vuelta y me puse en cuatro, con el culo alzado. De alguna forma, la mera posición de ofrecer mi culo me excito aún más de lo que ya estaba. El me aferro con sus manos y sentí su glande buscando la entrada de mi culo. Lentamente fue entrando, y dolía. Saco un poco, y luego metio más, retrocedía, y metia, cada vez más rápido y cada vez más al fondo. En cierto momento dejo de doler para ser placer puro, y mis gemidos, ahogados hasta ahora, fueron subiendo de volumen e intensidad. El mete y saca llegó a su culminación de puro placer, senti como eyaculó en mi interior, como sus manos me acariciaban. Mi pija estaba dura y me pedía más. David salió de mi y esta vez tome yo la iniciativa. Me levanté y le lleve hasta la cama en mi habitación, le hice tenderse y abrirse de piernas justo en el borde. Él lo hizo gustoso. Lenguetie y lamí su agujerito mientras acariciaba sus piernas. Meti la lengua, luego uno, dos, tres dedos, la lengua de nuevo. El tenía los ojos cerrados y una expresión de total placer. Me erguí y, sujetándolo fuerte, empecé a metersela a David por el culo. El gruñó de dolor, pero poco a poco sus gruñidos ante mis embestidas fueron convirtiendose en gritos de placer, pidiendo más entre gemidos.

Al final, me corri. Exhausto, me tendí sobre él, y nos quedamos dormidos, cuerpo contra cuerpo.

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