Reencarnación

Abro los ojos. La verdad es que llevo despierta un tiempo indeterminado, me he negado a levantarme y afrontar la realidad, eso es todo. Mi mente es la zona cero de una gran catástrofe, hay fragmentos de sueños, ilusiones y alegrías dispersos por todas partes, amorfos e irreconocibles, y en mitad de todos ellos un enorme agujero, oscuro y profundo, que poco a poco se hace más grande y los va consumiendo.

El terrible dolor de cabeza provocado por la resaca descomunal de todo lo que bebí anoche, la congestión derivada de los acontecimientos y el embotamiento por los dos potentes somníferos que me tomé al final, hacen que mi cuerpo experimente una décima parte del dolor que siento en el alma. Si es que me queda y no se ha marchado, para dejar de sufrir.

Restriego mis manos por mi cara, sintiendo el surco sólido de los sedimentos que ha dejado el mar de lágrimas que no han parado de brotar durante toda la noche. La almohada está empapada, así que deduzco que ni dormida he conseguido dejar de llorar. Me siento al borde de la cama y noto cómo mi cabeza se equilibra varios segundos después, como si mi cerebro estuviera encerrado en una pecera. Miro a mí alrededor, apenas hay un rayo de luz que se cuela por la ventana, con las persianas bajadas, luego hecho un vistazo el despertador para ver que son las seis de la tarde. Observo la puerta de mi habitación, entornada, anhelando movimiento, pero no hay ninguno.

-YO: Javier…- es apenas un murmuro agudo, no me sale la voz – ¡Javier!

El silencio absoluto es mi respuesta.

Me pongo unas zapatillas de andar por casa y voy al baño. Me aseo y al lavarme la cara, me analizo en el espejo, con el camisón azul arrugado como prenda, con el culote debajo, el cuerpo bonito y esbelto, el rostro fino y delicado, el cabello enmarañado y los ojos azules, fríos e inertes, sin vida.

Inspiro profundamente antes de reunir el valor suficiente para salir de mi cuarto. Me quedo de pie en el pasillo, esperando escuchar algún sonido. Al no oír nada camino al salón, esperando ver a Thor, luego me asomo a la cocina queriendo encontrarme a Javier sentado una silla alta, desayunando. Voy al cuarto de mi hijo, la puerta está abierta y al meter la cabeza solo veo la habitación vacía, con la cama hecha. Desesperada voy a echar un vistazo al baño del pasillo, pienso que tal vez se esté duchando, nada. No hay nadie en la casa. Agacho la cabeza y me repito que tal vez haya salido con su perro a pasear. Como única esperanza, no está tan mal.

Voy a mi baño y me doy una ducha rápida, no quiero que cuando regrese me pille a la mitad y no pueda hablar con él. Al terminar me pongo unas braguitas junto a unos pantalones anchos y una camiseta vieja, haciéndome una coleta alta. No quiero ni deseo verme hermosa. No me lo merezco.

Voy a desayunar algo, de paso me tomo un par de aspirinas para que los enanitos de mi cabeza dejen de taladrarme por dentro. Preparo un batido desintóxicante y me quedo esperando en la cocina mientras me lo tomo. Al rato hago tiempo limpiando la pila de cacharos, termino y pongo una lavadora, como me encuentro algo mejor me animo a pasar la aspiradora y fregar todo el piso.

Tras casi dos horas de mirar el móvil cada cinco minutos, sin mensajes, asumo lo que ya sé, que se ha ido y no va a volver. No está ni su mochila ni su maleta, toda su ropa ha desaparecido, y las cosas de Thor. Lo único que he encontrado fuera de lugar, ha sido un papel, una hoja doblada por la mitad en mi mesita de noche. Llevo veinte minutos con ella en mis manos, sentada en el sofá. sin atreverme a abrirla. Es una actitud infantil, lo sé, pero tardo aún en desdoblar la nota.

“Hola precio mía, lamento haberme marchado así, pero no encontraba la forma de irme si era mirando esos hermosos ojos azules tuyos. Seguramente no lo hubiera hecho, pero debo hacerlo. Quiero que sepas que estas semanas contigo han sido las mejores de mi vida, que todo lo que ha ocurrido ha sido maravilloso, y que gracias a ti he comprendido lo que es enamorarse completamente de alguien.

Dicho esto, no es justo para mí, ni para ti, ni para Celia, que sigamos con esta relación, sea como sea. Y no me veo capaz de seguir viéndonos, no soy tan fuerte. Perdóname por todo el dolor que te haya podido causar, nunca fue mi intención, y deseando que te vaya todo lo bien que te mereces en la vida, Thor y yo nos despedimos con amargura. No podría ser de otra forma, cuando debes marcharte cuando no quieres hacerlo, cuando debes dejar atrás a alguien a quien amas.

Adiós Laura, te he querido desde el primer momento en que te vi.”

Una lágrima cae de mis mejillas al final de la nota. Es casi mi firma, mi consentimiento a todas y cada una de las palabras que están escritas en ella. Vuelvo a doblarla y la abrazo, pegándola a mi pecho. Me dejo caer sobre el sofá y trato de secar mi llanto con la manga de la camiseta, pero tras diez minutos me rindo y dejo que toda la rabia, la ira y la impotencia salgan.

Grito, maldigo, golpeo y sollozo de forma tan inconsolable que pierdo la conciencia. No me desmayo, mi cuerpo ha desconectado de mi mente, sin poder explicar o entender lo que hago. Estoy devastada.

Cuando salgo del estado de trance en el que he entrado, estoy conduciendo a las afueras de la ciudad. Me da miedo la locura que estuviera a punto de cometer en mitad de una carretera, hasta que veo el cartel de Parla. Sólo hay una explicación para dirigirme allí. Así que tomo la salida y tras unos minutos de recorrer la pequeña ciudad, aparco en una bocacalle lateral. Salgo del coche y me acerco a un portal, aprovechando que un vecino salía, entro y subo al tercer piso a pie, llegando al rellano, donde me paro ante el piso con la letra E. La pesada puerta blindada de madera lacada se abre, y unos ojos azules se abren de sorpresa ante mí.

-YO: Hola papá.

-PADRE: Madre mía, hija ¿Pero qué haces aquí?– me toma de los hombros.

-YO: Yo…yo solo pasaba por aquí…y… ¿Está mamá?

-PADRE: Ha salido a dar una vuelta con una vecina.- me rasco la cabeza nerviosa.

-YO: Ah…bueno…

-PADRE: ¿Ha pasado algo?

-YO: Papá…yo…es que…no sabía a dónde ir…

Caigo sobre su pecho, dónde me abraza con cariño, su voz grave y profunda trata de consolarme y me hace pasar al recibidor, luego entramos al amplio salón con un mueve robusto lleno de libros y el televisor, enfrente de un sofá granate. Me siento en él, mientras mi padre va a la cocina y regresa correteando con un vaso de agua que cojo en mis temblorosas manos.

Le miro y me recuerda a una de tantas veces que regresaba a su casa llorando tras la pérdida de mi marido, y era él quien me consolaba. El pobre hombre sigue igual, alto, robusto y con mucha más barriga y canas des la que tenía entonces. Vestido con un pantalón corto y una camiseta de tirantes, debido al calor.

-PADRE: Por dios, dime qué te ha pasado Laura.

-YO: Nada papá, es que he tenido muy mala noche y me siento una mierda. Ni siquiera sé que hago aquí, si me ve mamá me va a… -me toma de la mano.

-PADRE: Ya no eres una cría a la que ir riñendo, eres mi hija y aquí siempre tendrás sitio y todo el cariño que quieras. Dime, han sido esos estirados de tus suegros ¿No? ¿Al final te han echado de la casa?

-YO: No, papá por dios, déjalos en paz, no han sido ellos.

-PADRE: Pues ya estás contándome qué pasa.

No necesita saber todo, solo la idea general. Se lo cuento ahorrándome matices. Una bonita historia de romance entre un hombre y yo, que esta noche se ha truncado por que he presionado de más. No le digo su nombre, ni que tuviera pareja, ni que fuera un adolescente amigo de mi hijo, ni que llevo semanas intentando seducirlo.

Me bebo el vaso de agua, y luego dos tés. Estoy deshidratada de tanto llorar, pero al ir hablando con él me siento liberada, poco a poco el peso de mi pecho se va desvaneciendo y cuando terminamos, casi agitada por no dejar de hablar, le observo detenidamente. Estoy esperando algo, lo que sea, pero no reacciona, solo me mira y frunce el ceño como sólo él sabe, analizando la situación.

-PADRE: Mira hija, esas cosas pasan, es una pena que ese tipo no se haya portado bien contigo.

-YO: Al revés papá, se ha portado genial, ha sido muy ateto y cariñoso conmigo, pero no he sabido actuar, he metido la pata y le he perdido.

Conversamos dándole vueltas a lo mismo. Me siento mejor cuando me abraza y tiene algún gesto de cariño suave, pero nunca fue muy bueno al tratar estos temas. Eso eran cosas de mujeres que para él se le escapaban. Así que sólo lo hace lo mejor que puede.

Pasada una hora, la puerta se abre y mi cuerpo se pone rígido. Al contrario que el de mi padre, que se relaja un poco. Ya ha llegado mi madre y se siente liberado. Siempre lo hacía de pequeña, delegaba en su mujer que entendía a su hija mejor que él, no nos iba mal, hasta que llegó mi época rebelde y las discusiones con mi madre eran terribles. Temo que sea igual y me giro temerosa, sin saber qué me voy a encontrar.

Mi progenitor se pone en pie y se acerca al recibidor, allí susurra al oído de una figura en la oscuridad, y cogiéndole unas bolsas que lleva a la cocina, cumple con el relevo. Observo cómo una figura menuda y delgada se quita la chaquetilla fina y entra en la estancia. Paradójicamente yo me siento mucho más pequeña.

-YO: Hola mamá.

-MADRE: Hola.

-YO: ¿Cómo estás?

-MADRE: Yo bien, aunque podrías haber avisad de que venias. – el aire condescendiente me hiere, mientras recoge un poco la mesa a la derecha del sofá, llena de papeles y un vaso.

-YO: Lo siento.

-MADRE: Pues ya que estás aquí, te quedas a cenar al menos.

-YO: Claro.

-MADRE: Pues vamos a la cocina y así me ayudas.

Se cruza de brazos ante mí, con un largo vestido de flores vaporoso. Es casi como verme a través dl tiempo, una versión mía con muchas arrugas, el pelo más corto y teñido, con ojos marrones y profundas ojeras. Me pongo en pie y la sigo con la cabeza gacha. Pese a que su casa es bastante menos espaciosa y lujosa que la mía, un hogar humilde y sin lujos, recorrer el pasillo me impone un profundo respeto. Sin decir una palabra me pongo a su lado, mientras me va dictando lo que debo ir haciendo para la cena.

-MADRE: Toma, ve pelando esta cebolla y me la picas bien pequeña, no como tú, que me dejas siempre trozos grandes.

-YO: Vale.

-MADRE: Ya sabrás hacer al menos un buen sofrito ¿No?

-YO: Claro que sé.

-MADRE: Pues ponte con ello mientras yo preparo la mesa.

-YO: Si, mamá.

Se marcha y ya tengo ganas de tirarla algo a la cabeza. La forma tan autoritaria con la que me trata me desquicia, siempre mandándome, siempre tirando sus puyas, siempre tan dura conmigo. Nunca entenderé el por qué, fue de un día para otro, pasamos de ser madre e hija, de ser amigas y contarnos todo, a odiarnos sin dejar de discutir por todo.

Hago memoria y todavía recuerdo la primera vez que discutimos, fue con quince años, cuando le conté que estaba saliendo con un chico, cuando se suponía que tenia novio, Juan, mi primer amor del colegio. Recuerdo que mi madre se puso echa una furia y desde ese día no había otra forma de comunicarnos que no fuera a gritos.

-MADRE: La mesa ya está puesta ¿Cómo vas? – dice al regresar del salón.

-YO: Aquí, terminando.

-MADRE: Hija mía, cómo se nota que eres rica, mira todo el aceite que has echado…anda, quita, déjame. ¿Cocinando así qué hombre te va a querer…?

Me aparto hastiada y me siento en una banqueta junto a la mesa de la cocina. La observo cómo su gesto torcido me dedica miradas inquisitivas cada vez que deja de mirar la sartén. Relaja el rictus al observar mis ojos inyectados en sangre, ese último comentario me ha dado justo en la herida y me ha recordado todas las veces que he cocinado junto a Javier.

-MADRE: A ver ¿Por qué has venido? ¿Qué es lo que te pasa?

-YO. Nada mamá.

-MADRE: Nada no es si te presentas aquí, que ya podrías pasarte más a vernos. Suéltalo de una vez.

-YO: Pues que he metido la pata, mucho.

-MADRE: ¿Con qué?

-YO: Con un…con un hombre. – por un instante deja de remover el sofrito y se me queda mirando.

-MADRE: ¿No estarás preñada otra vez?

-YO: ¡Joder mamá! – me levanto enfada, sujetándome la cabeza – Ya sabes que no puedo tener hijos, y por dios, podrías…podrías dejar de ser tan dura conmigo, al menos un sólo minuto.

-MADRE: Está bien– se gira cruzándose de brazos, apoyando su cadera en la encimera– cuéntame.

-YO: Es…es un chico, un hombre al que conocí hace unos meses…

-MADRE: No me habías dicho nada…- reprocha.

-YO: Porque no era nada serio, me gustó y fue muy raro. Todo se confundió y estas últimas semanas las hemos pasado juntos.

-MADRE: Entiendo. – comenta con retintín.

-YO: Al principio me sentía mal por Luis.

-MADRE: Hija, han pasado ya tres años…

-YO: Lo sé, y por fin pude abrirme a alguien, pero me dio miedo y le alejé. Luego empecé a verle con otros ojos y estos últimos días han sido maravillosos juntos.

-MADRE: ¿Y…?

-YO: Anoche la cagué, pensaba que por fin daríamos el paso final pero le presioné demasiado y se ha marchado, creo que para no volver

-MADFE: ¿Y por qué se fue? Aún eres mona, no entiendo el motivo.

-YO: Porque tiene pareja. – al reconocerlo se me cae la cara de vergüenza.

-MADRE: Por dios ¿Es que no podías buscarte uno soltero? – casi la respondo airada, hasta que recuerdo que eso es sólo una parte de todo lo rocambolesco de la situación.

-YO: No elegimos a quien amamos.

Se hace el silencio, solo el burbujeo de la sartén y mi respiración. La observo preparándome para otra de sus puñaladas dialécticas. Ella permanece quieta y mirándome, recriminándome con sus ojos oscuros mi actitud, como si yo misma no me odiara ya. Luego se da la vuelta y saca del fuego la comida, rascándose la cabeza.

-MADRE: Anda, es la hora de cenar.

Ponemos la comida en unos platos y nos vamos a la mesa. Cenamos con la televisión de fondo, ya que a mi padre le gusta, aunque no le prestamos mucha atención y charlamos entre nosotros, poniéndonos un poco al día de todo. Resulta que mi madre ha tenido que ir al médico un par de veces por problemas de visión, mientras que murió un lejano tío abuelo de Valladolid. Son cosas que me hacen pensar en lo distanciados que estamos, y que en realidad no hay casi relación entre nosotros.

Al terminar mi padre me da un fuerte abrazo, me colma de besos como a una niña y me hace reír con una de sus bromas antes de ir a acostarse, ya que pese a tener edad de estar jubilado, sigue acudiendo a su puesto de trabajo en una fábrica de coches. Mi madre en cambio me insta a acompañarla a la cocina, donde fregamos los platos y los cacharros en silencio con una rutina, casi militar, que había olvidado de cuando era pequeña. Es raro pero consigue darle orden y tranquilidad a mi mente hasta que terminamos.

-YO: Se hace tarde…debería irme.

-MADRE: ¿A estas horas? Ni de broma, tú te quedas a dormir aquí, ya te vas por la mañana.

-YO: No hace falta.

-MADRE: No te lo estaba pidiendo.

Saca la cabeza por el pasillo llamado a gritos a mi padre, para que antes de acostarse saque unas cajas del cuarto de invitados, uno que conozco bien ya que tras la muerte de Luis me pasaba gran parte de mis días tirada en esa habitación. No es más que un rectángulo con un armario empotrado al lado de la puerta, una vieja mesa de escritorio y una cama pequeña. Hoy no necesito más.

Voy al baño a asearme y me quito los pantalones para dormir. Estoy dándole vueltas a todo, aunque más entera, mi cabeza sigue hecha un lio. Son apenas las doce de la noche y pese a haberme levantado tan tarde estoy molida, cansada y con ganas de echarme sobre el colchón y abandonarme.

Mi madre entra en la habitación, colocando una funda limpia a la almudada, preparándose para dormir ella, colocándose un camisón verde largo que la queda enorme en su pequeño cuerpo. Danza por la habitación sacando sábanas mientras me quedo de pie a su lado.

-MADRE: No te quedes ahí, échame una mano por el otro lado. – rodeo la cama y termino de colocar la manta que estiramos entre ambas. – hija mía, vaya empanada llevas, y mírate, echa un asco con ese pelo.

-YO: Ya vale mamá, estoy agotada.

-MADRE: No me vengas con tonterías, siéntate en el suelo, ahora vengo.

No me da opción a replica antes de irse. Regresa con un cepillo en la mano. Señala el suelo y me siento dándole la espalda a la cama. Ella se sienta abriéndose de piernas y tira de mis hombros hasta que siento el somier en mi columna. Me quita la coleta y peina con los dedos deshaciendo la maraña rubia de mi cabello. Luego usa el cepillo, va repasando cada mechón de pelo con cuidado sin parar, tal y como me hacía de cría.

-MADRE: Hija, sé que ahora misma estas dolida, pero no debes preocuparte.

-YO: Tú no lo entiendes, me ha costado muchísimo asumir que debía seguir con mi vida, que tenía derecho a ser feliz con otra persona a parte de Luis, y cuando por fin estoy preparada, cuando encuentro a otro galán del que enamorarme, todo se vuelve en mi contra.

-MADRE: No debiste actuar así, no con un hombre con pareja…- cierro los ojos esperando otra reprimenda -… dicho eso, quiero contarte una historia. ¿Recuerdas a Juan?

-YO: ¿Mi primer noviete del instituto? Claro

-MADRE: Era un buen chico, me gustaba mucho cómo te trataba y era muy mono. El día que me contaste que estabas saliendo con otro me enfadé muchísimo contigo, no entendía cómo ibas a dejar escapar a alguien tan bueno, por un greñas melenudo al que dejaste unos meses después…- continua cepillándome el cabello, con mimo, rebajando su tono de voz hasta ser un susurro dulce y relajante – Desde ese día me he comportado muy mal contigo, no creas que no me he dado cuenta, y nunca hemos llegado a hablar de aquello. La verdad es que me vi reflejada en ti, eso me dolió, porque yo también fui joven Laura, cuando conocí a tu padre y empezamos a ser novios, llegó al barrio tu tío Enrique. Por aquel entonces mi hermana y yo nos hicimos amigas de él, junto a tu padre salíamos a pasear y bailar. Sin querer empecé a mirar a tu tío con otros ojos, pese a que quería a tu padre, no pude evitar sentirme atraída por ese otro joven. Yo nunca me atreví, eran otros tiempos, claro, pero jamás tuve el valor de afrontar mis sentimientos y decírselo. Al poco tiempo mi hermana se le echó encima, la muy pájara, y terminaron siendo marido y mujer.

-YO. Por dios, nunca supe nada.

-MADRE: Nadie lo sabe, ni tu padre. Nunca se lo dije por miedo, porque pese a todo el amor que me ha dado, siempre me quedará la duda de saber qué hubiera pasado si se lo hubiera dicho a tu tío, si pudiera haber sido feliz con él. Y cuando vi que dejabas a Juan porque seguías a tu corazón, en vez de a tu mente, te odié, te odié porque te atreviste a buscar algo más, a no conformarte, a buscar la felicidad ante todo. Por ello te pido disculpas, por todos estos años en que he sido tan dura contigo, porque no podía soportar la idea de que fueras mejor que yo.

-YO: Mamá…- al escucharla sollozar a mi espalda, me derrumbo por dentro. Es la primera vez en toda mi vida que la veo frágil y expuesta.

-MADRE: Mira Laura, ya no soy nadie para juzgarte, no con tu edad y menos tras esto que te he contado. Eres una mujer increíble y maravillosa, te mereces ser feliz y siempre lo has sido siguiendo tu corazón. Si te decía que debías intentarlo con este chico, es que debías hacerlo, porque duele y sé que ahora no lo ves, pero es mejor tener la cicatriz por haber sido valiente, que quedarte con la duda para siempre por cobarde.

Al terminar de cepillarme. Toma mi cabeza y me besa en ella. Luego se aparta y me ayuda a levantarme. Nos damos un abrazo dulce y tierno, estamos a punto de echar a llorar las dos, pero ninguna lo hace. Acaricia mi cara con ternura, su mirada es tan cálida que me conmueve.

-YO: Te quiero mamá.

-MADRE: Te quiero hija, aunque no siempre haya sabido demostrártelo. – un último apretón de sus brazos me recompone. Luego se gira y se va hacia la puerta. – Acuéstate ya, que mañana madrugas y no debes llegar tarde.

Sonrío, sigue siendo ella, dura y firme.

Me echo sobre la cama queriendo creer que las palabras de mi madre son ciertas. Entre la filosofía y los sentimientos hay un largo camino. Sigo sintiéndome un asco, aunque he pasado de odiarme a mí misma, por ser una desgraciada, a tan sólo detestarme porque no me haya salido bien. Parece algo absurdo, es probable que lo sea, pero es un comienzo, apenas un matiz, como la diferencia entre estar en el suelo, y querer levantarse de él.

Me cubro con una sábana ligera y me recuesto, miro el móvil otra vez, observando la ausencia de mensajes de Javier y su foto de perfil, la ha cambiado, tenía una que le hice yo hace unos días, y ahora sólo tiene una cara triste. Por cruel y extraño que parezca, pensar que él está sufriendo tanto como yo es algo que me reconforta, hace que pueda cerrar los ojos y dormirme con relativa facilidad.

Por la mañana suena el despertador, lo apago y me siento sobre la cama. Apenas he podido dormir del tirón pero sí por rachas, casi se podría decir que he descansado. Me levanto y voy a darme una ducha rápida. Cuando me visto con el pantalón y la camiseta de ayer, voy a la cocina a desayunar algo, mi padre está en la mesa ya preparado con su mono azul para irse a trabajar, tomándose un café azucarado, como le gusta. Me sirvo una taza y me pongo a su lado. No hablamos mucho, pero la forma tan paternal en que me rodea la cintura y me dice que todo irá bien, me hace sentirme mejor.

-MADRE: Buenos días. – saluda de pasada mientras se cierra un batín suave sobre su camisón.

-PADRE: Hola cariño. – se levanta a darla un beso en los labios, corto y protocolario.

-YO: Hola.

-MADRE: ¿Llegarás bien al trabajo?

-YO: Eso creo, me pasaré por casa a cambiarme.

-MADRE: ¿Te encuentras mejor? – ladeo la cabeza, apretando los labios, sin saber qué responder.

-PADRE: Bueno, me marcho ya pequeña, cuídate y arriba ese ánimo.

-YO: Vale papá. – nos abrazamos unos segundos antes de que se marche.

-MADRE: ¿Al final que vas a hacer con…tu problema?

-YO: No lo sé. – nos sentamos ambas unos segundos mientras ella se pone su desayuno.

-MADRE: Si no lo sabes tú, yo menos, pero Laura, aquí nos tienes, a tu padre y a mí, para lo que necesites.

-YO: Gracias mamá…por todo. –tomo su mano y la aprieto con delicadeza.

-MADRE: De nada. – sus dedos acarician mi mejilla. – Venga, vaga, se hace tarde y no debes llegar tarde.

Me pongo en pie y la abrazo por el cuello, inhalando el aroma a champú de su cabello. Me acompañada a la puerta y nos despedimos con un beso rápido en la cara. Bajo por las escaleras pensando en lo extraño de la situación, nunca hubiera creído que fuera mi madre quien me apoyara en un momento tan complicado, y sin embargo lo ha hecho y no estoy del todo segura de cómo sentirme. Así que me dejo llevar por la comprensión que me ha mostrado y que me ha dado cierta paz.

Llego al coche casi a las ocho y cuarto, entrando a trabajar a las nueve. Gracias a que es verano la carretera a estas horas no es un descomunal atasco de acceso a Madrid, y aparco en casa pronto. Subo a la carrera y al entrar en casa, por un instante espero ver a Javier, o a Thor, pero no están. Suspiro saturada, me voy al cuarto y me pongo el primer traje que encuentro, uno gris con pantalón largo. Bajo y me pongo al volante, piso un poco de más el acelerador de lo permitido, aunque consigo entrar por la puerta de la oficina en punto.

La incesante actividad de un lunes por la mañana, aún en estas fechas, me distrae de todo. Hasta que son las doce no paro de responder correos, concretar citas y recibir a varios clientes. David, mi jefe, se pasa un par de veces para charlar, solo de trabajo, algo que agradezco. Me tomo un descanso y me quedo en la cafetería del final del pasillo, sentada mirando el móvil sin parar, repasando las decenas de fotos que me he ido haciendo con Javier durante estas semanas.

Cuando decido dejar de torturarme me escribo con Carlos, que tiene la decencia de responderme rápido y con más de cuatro palabras, informándome que está genial, que se lo está pasando muy bien y que el vuelo llega el jueves por la tarde, preguntándome si puedo ir a recogerlos al aeropuerto. La pregunta lleva implícita que incluye a Celia y a su novia Isabel, algo que me desagrada. No me parece bien dejar a mi hijo tirado, seguro que discutiríamos y no tengo fuerzas para volver a empezar una mala relación con él. Y como no sería correcto dejar al resto a su suerte, no me niego y le digo que sí.

Al acabar mi turno me marcho a casa, pongo algo de música por el camino, y pese a que es rock del que hace poco cantaba y bailaba, ahora mismo sólo es ruido de fondo. Aparco y subo en el ascensor en completo silencio. Entro en casa, me preparo un buen baño y me desnudo para zambullirme en el agua tibia, dejando que las sales y el aroma a vainilla de una vela perfumada desprendan toda la negatividad que llevo arrastrando desde hace mucho. Al salir y secarme me siento mejor, me pongo unas braguitas blancas y un camisón suave, de los antiguos, mientras recojo toda la habitación para dejarla como estaba antes de la llegada de Javier.

Cuando termino de colocar el armario, me voy a la cocina a prepararme algo de comer, ensalada de pasta, pero echándome muy poca cantidad y dejando la mitad en el plato. Tengo el estómago cerrado. Me recuesto en el sofá y pongo la televisión, busco con qué distraerme pero no puedo, cada rincón, cada objeto o cada idea en mi cabeza me recuerdan a mi galán, es desesperante no poder dejar de rememorar su rostro, su cuerpo, sus caricias y sus bromas.

Es un martirio que asumo con frialdad. En el fondo me lo merezco, sabía que no estaba bien, que tenia novia y que no era del tipo de chicos que engañan a su pareja. No sé cuantos que se creen muy hombres hubieran pasado todos estos días en esta situación, y borrachos perdidos, se quitarían a una hermosa mujer casi desnuda de encima. Todo por respeto y honor hacia su pareja, una chiquilla que no le hace feliz, o no tanto como yo. Eso me dijo. Quiero justificarme pero no puedo, no tengo perdón, me he aprovechado de su buena voluntad y de la ausencia de su pareja para tentarle como una vulgar zorra, es justo que ahora le haya perdido. Justicia poética, karma o castigo divino, da igual cómo llamarlo, soy culpable de los cargos y asumo mi responsabilidad.

Todo ello no cambia el dolor que sigo sintiendo, entiendo que eso no es tan malo, en realidad es bueno, significa que le amaba de verdad, que no era un capricho pasajero, que me importaba y que hice lo que hice por amor. Es terrible que sea ahora cuando reconozco que lo quiero, la sensación en mi pecho la sentí durante mucho tiempo cuando Luis murió, y es idéntica. He tenido que perderle para saber que lo amaba con todo mi corazón.

Pasadas varias horas de repasar en mi cabeza los mil escenarios que han ocurrido, y qué podría cambiar para solucionar esto, para que por fin pudiéramos estar juntos, me percato de una realidad dolorosa. No existe una máquina del tiempo. Sólo puedo controlar mi presente y trabajar para el futuro. Lo bueno es que ya sé salir del agujero en el que me encuentro, caí en él con el fallecimiento de mi marido. Lo malo es que costó tres años escapar de él. Espero que esta vez tarde algo menos.

Me niego a seguir dándole vueltas a todo y me hago la cena, aunque más bien es terminarme lo que no he podido comerme este mediodía. Me escribo con un par de amigas, a las que tenía muy olvidadas, planeando quedar una tarde de esta semana. Si me encierro en casa todo me va a evocar a Javier, así que es absurdo retraerme encerrándome en ella.

Me voy a la cama, verla vacía y tener que dormir me suponen un esfuerzo titánico, así que tras acostarme y dar vueltas durante una hora, me tomo un somnífero y me rindo a la evidencia. Voy a estar mucho tiempo jodida, en cuanto regrese mi hijo todo va a ir a peor, no tendré un motivo para seguir adelante salvo mi determinación. Una vez asumido, cierro los ojos y me preparo para la inmensa soledad que voy a padecer.

Durante los siguientes tres días soy una autómata. Me recuerda mucho a las semanas siguientes al funeral de Luis. Salvo que esta vez no es mi padre quien me guía, soy yo misma, o mis deberes como persona. Levantarse, ducharse, vestirse, ir a trabajar, cumplir mi horario, regresar a casa, comer, tumbarme a descansar, salir a tomar algo con unas compañeras del gim, volver a casa, cenar si consigo meterme algo en el cuerpo y somnífero antes de tratar de dormir. Por las noches descansa mi cuerpo, pero sueño, tengo pesadillas de las que se basan en hechos reales, y no tengo forma alguna de evitarlas. Me desvelo en mitad de la madrugada, al estar medicada es cómo si flotara encima del colchón, antes de caer rendida y empezar donde lo había dejado.

Al fin es jueves y estoy regresando a casa del trabajo. Según llego me desvisto y me pongo unas mallas cómodas y una camiseta de tirantes ligera. En un par de horas debo recoger a mi hijo y los demás del aeropuerto, así que como algo y me preparo a ir a buscarles.

Bajo a por el coche y antes de darme cuenta estoy en la zona de llegadas. Es una delicia conducir por Madrid con tan poco tráfico y la mente absorbida por los problemas. Aparco en la entrada veinte minutos antes de que el vuelo aterrice, me bajo al pasillo central y tardo unos minutos en orientarme y averiguar por qué puerta van a salir.

Me cruzo de brazos ansiosa por la actitud que pueda tener Celia, la novia de Javier. Si no sabe nada actuará normal, pero conmigo siempre ha sido muy seca, supongo que por la complicidad que tenia con su chico, en cambio si le ha dicho algo, me puede poner de guarra para arriba, y estaría en todo su derecho. Sólo espero que mi hijo no se haya enterado, o si lo ha hecho tendrá munición suficiente para martirizarme el resto de mi vida, él y sus abuelos por parte de padre, que seguro que montan en cólera con lo remilgados que son. Es pensar en la cara que pondrían si llegan a saber que la madre de su querido nieto anda tratando de seducir a adolescentes, y sonrió al rememorar la imagen de un lord inglés al que se le cae el monóculo dentro de una copa de champán.

Por fin se abren las puertas ante mí, van pasando varios operarios y luego se cierran. Miro el reloj, ansiosa, deberían de haber llegado hace diez minutos según dice la pantalla sobre mi cabeza. Mi pie se mueve taconeando el suelo y me muerdo una uña de forma compulsiva. Me estoy preparando para cualquier eventualidad.

Tras unos minutos de agobio, empiezan a salir personas con maletas, creo que son de otro vuelo cuando una manada de adolescentes con maletas sale en grupos, siendo recogidos entre abrazos y besos por familiares y amigos a mí alrededor. En mitad de la multitud observo el cabello rubio corto de mi hijo, sus ojos azules brillantes se abren paso hasta llegar a mí, vestido con un vaquero largo y camisa, mochila al hombro y arrastrando una maleta pesada con su cuerpo delgado y estilizado.

-YO: Hola hijo ¿Qué tal estás?

-CARLOS: Hola mamá, bien. – le abrazo con ternura y me devuelve el gesto unos segundos, antes de separarse.

Me doy cuenta de que Celia está detrás, con un pantalón blanco largo ajustado a sus poderosas caderas y un jersey tono hueso amplio por encima, con su propio equipaje, escondiendo su rostro tras el cabello rubio. La saludo cordialmente mientras tengo la más típica y sosa conversación con mi hijo de cómo se lo ha pasado y qué tal le ha ido todo. Tocándole por todas partes por si se ha olvidado un brazo o le han pegado un tiro y no se ha dado cuenta. Soy una madre ¿Qué le voy a hacer?

-CARLOS: Bueno… ¿Nos vamos ya? Que ya tendré tiempo de contarte cosas en casa.

-YO: ¿Ya? ¿No esperamos a Isabel? – ambos se me quedan mirando paralizados. No comprendo qué pasa por nombrar a la novia de Carlos.

-CELIA: No viene.

-YO: ¿Y eso?

-CARLOS: La vendría a buscar un amigo suyo, su padre o algo así. ¿Qué más da? Vámonos a casa, estoy agotado

-YO: Ah…vale.

No quiero discutir, por raro que me parezca. Asumo que tras muchos días juntos habrán tenido algún rifirrafe o algo así. Damos un largo paseo hasta el parking del aeropuerto, metemos el equipaje en el maletero y tanto Carlos como Celia se meten en los asientos traseros.

Conduzco en silencio hacía la ciudad, sin entender el ambiente tan cargado del coche. Les observo por el retrovisor, aunque no dicen nada, existe una tensión que se puede palpar y sentir. Tras un buen rato sin decir una palabra, no puedo soportar la situación.

-YO: ¿Y qué tal Londres? ¿Lo habéis pasado bien?

-CARLOS: Que sí mamá, ya te lo dije por teléfono.

-YO: Tampoco me has contado mucho.

-CARLOS: Pues bien, sin más, hemos tenido tiempo para hacer de todo y salvo un par de días que llovió todo fue…bien. He terminado un poco hasta la polla, la verdad.

-YO: Eran muchos días…

-CELIA: Si, eso…- casi parece tener miedo a intervenir en la conversación.

-YO: Pues ya estáis en casa. A descansar un mes antes de que empiece el curso que viene.

-CARLOS: Si, menos mal, te he echado un poco de menos mamá…- casi me salgo del carril al escucharle decirlo.

-YO: Oh, gracias ¿Por qué?

-CARLOS: Las habitaciones estaban hechas un asco y como la comida de casa en ningún sitio.

-YO: Muy bonito. – sonrío desganada. Por un momento pensaba que iba a ser algo bonito, que echaba de menos a su madre y no a su chacha – ¿Y tú qué Celia, con ganas de ver a la familia?

-CELIA: Si, me quedo una semana en Madrid pero luego me iré al pueblo de mi abuela en Murcia. A mi madre le gusta ir allí en verano.

-YO: Ahhh –aprieto el volante – pues eso te deja poco margen para ver a Javier… ¿Habéis hablado? – un absoluto silencio se crea, como si un fantasma gélido hubiera recorrido el coche.

-CELIA: Si, bueno, él sabe que me marcho unos días, pero aún no hemos hablado. Queríamos darnos un tiempo con este viaje. Quedaremos este “finde”.

-YO: Entiendo.

Aún no le ha dicho nada, y eso me relaja lo suficiente para no darle importancia a la mirada tan extraña que se lanzan entre Carlos y Celia. Es evidente que algo ha pasado, pero por ahora yo no soy la culpable, así que me olvido del tema por ahora.

Llegamos al centro y doy un rodeo para dejar a Celia en su casa. Carlos me dice que me quede en el coche mientras él la ayuda con las maletas. Se meten en el portal y tras unos minutos regresa mi hijo con rostro huraño. Se sube a mi lado y no suelta una palabra hasta llegar al piso.

Subimos su equipaje y en cuanto llegamos se va a la ducha con la música a todo trapo. Yo deshago su maleta, encontrándome un desastre colosal de camisetas sucias y pantalones arrugados mezclados con ropa interior usada. Pongo todo lo que entra en la lavadora, me cambio por un camisón viejo y me siento en el sofá a esperar.

Media hora después Carlos sale del baño y se pone ropa limpia que tenía en su cuarto, un pantalón corto negro y una camiseta holgada blanca. Saca las cosas de su mochila y tarda un rato en organizar su cuarto, lo que básicamente se resume en dejar todo tirado en el primer sitio que encuentra. Al rato acude al salón y se deja caer a mi lado, parece agitado con el móvil vibrando sin parar por muchos mensajes. No parece con muchas ganas de hablar y me preocupa lo que le haya podido ocurrir.

-YO: ¿Entonces ha merecido la pena el viaje?

-CARLOS: Si, mamá, si no ha estado mal, todos los de la promoción juntos, nos lo hemos pasado genial.

-YO. Entonces a que viene esa cara.

-CARLOS: ¿Qué cara?

-YO: Desde que has vuelto, Celia y tú estáis muy raros, y que hayas dejado a tu novia tirada por ahí me preocupa.

-CARLOS: No es mi novia, ya….

-YO: ¿Isabel? – asiente – ¿Qué ha pasado?

-CARLOS: Nada, cosas nuestras, que se le va la olla.

-YO: Sobre qué…

-CARLOS: Pues no sé, que en mitad del viaje se cabreaba por todo, estaba muy rara y le daban “neuras” toda celosa.

-YO: ¿Celosa?

-CARLOS: Sí, yo que sé, se le metió la idea en la cabeza de que le hacía más caso a Celia que a ella.

-YO: Qué raro, algún motivo tendrá, en las fotos que has ido subiendo en Internet se la veía más a ella que a Isabel.

-CARLOS: ¿Y yo qué culpa tengo de que me lleve bien con ella? Si es culpa suya, todo esto, se ha puesto tan rara que al final no quería estar con ella.

-YO: No, claro…

-CARLOS: El tema es que Isabel me tocó tantos las narices que la mandé a la mierda.

-YO: Lo siento hijo, pensaba que ibais en serio.

-CARLOS. Y yo, lo pasábamos bien, pero no sé…creo que será mejor así.

Casi por empatía, sintiendo el dolor de mi hijo como propia, ya que a mi modo también estoy sufriendo una ruptura, le abrazo de lado y le beso con cariño por la cara. No tarda en apartarme y llamarme pesada.

Cenamos tranquilos, sorprendida cuando me da las gracias por hacer su plato favorito, y hasta se queda en el sofá conmigo un buen rato, contándome cosas de su viaje, sin demasiados detalles. Es casi un esfuerzo para él, que al poco tiempo, deseándome buenas noches, se marcha a su cuarto encerrándose.

”No ha ido tan mal”” me digo.

Me voy a acostar en mucho mejor estado de ánimo del que preveía. A estas alturas ya pensaba que habríamos discutido, me extraña su actitud, pero si ha cortado con su novia puede estar afectado y no quiero hurgar en la herida. Disfrutaré del periodo de adaptación y de la “buena” relación que parece que hay por ahora. Ya veremos cuánto dura.

Cierro los ojos tumbándome y toda una serie de diapositivas de Javier pasan veloces ante mí. Desde la primera vez que le vi en el ascensor subiendo a casa, sus abrazos o los juegos, acabando en el colosal desastre de intentar seducirlo en la cama, borrachos, conmigo montado su cuerpo desnudo, y siendo rechazada. Tengo ganas de darme de cabezazos contra la pared cada vez que recuerdo su voz “No, no puedo, no está bien.”. Me revuelvo agitada sobre el colchón, frotándome la frente sobrepasada por la culpa. El somnífero por fin hace efecto y caigo en un estado de letargo, en el que descanso, pero no tardarán en aparecer las pesadillas, la mayoría de ellas, viéndome vieja y sola, abandonada en cualquier agujero, sin nadie a quien le importe.

Pasado unos días, en que la relación con mi hijo es tan cordial como tensa, y en los que Carlos ha estado saliendo y entrando de casa sin decirme a dónde y con quien, llega el fin de semana. Es sábado por la mañana y me marcho al gimnasio, me reciben encantados tras faltar durante casi un mes. Me paso un par de horas entre la clase de mantenimiento y luego una larga charla con las compañeras en la sauna. Me sienta genial el ejercicio, tras haber estado todavía más fastidiada con el periodo, me ha venido fantástico. El dolor físico concuerda mejor con el estado de mi alma. Tras la ducha, me cambio por un vestido de flores la ropa sudada de deporte y me acerco al centro de la ciudad.

Como sola en un bar y realizo unas compras. Me distraigo un rato recorriendo la casa del libro, donde me hago con un par de ejemplares para tener la mente ocupada. He rebuscado entre los de autoayuda, pero no encuentro ninguno con el título “Cómo recuperarte a los treinta y siete, del rechazo amoroso de un adolescente con novia.” Lástima, quizá debería escribirlo yo.

A media tarde regreso a casa, dejo las bolsas en mi cuarto y me cambio por un camisón discreto azul. Recorro la habitación de lado a lado, organizando un armario ya bien colocado, tras lo que me siento en la cama sin saber qué hacer. Cojo el móvil y miro algunas redes sociales, acabando en la galería de imágenes, repasando las fotos con Javier. Se me cae alguna lágrima al ver las instantáneas juntos en el cine, o un corto video que hicimos en la discoteca bailando muy pegados el uno al otro.

Un ruido en la puerta me hace regresar a la realidad, alzo la cabeza secándome la cara con las manos. Carlos está en el pasillo, en dirección a la cocina, vestido con ropa de andar por casa y mirándome intrigado.

-YO: Hola, no sabía que estuvieras en casa.

-CARLOS: Hola, si, salí al medio día pero ya he vuelto.

-YO: ¿Todo bien?

-CARLOS: Si ¿Y tú?

-YO: Bien.- ambos mentimos- ¿Entonces no sales esta noche?

-CARLOS: En principio no, aunque estoy pendiente de que me avise.

-YO: ¿Quien? ¿Isabel? –tuerce el gesto.

-CARLOS: No mamá, eso ya se acabó.

-YO: Andas siempre escribiéndote con alguien por teléfono, pensaba que os estabais viendo para arreglarlo.

-CARLOS: Pues no es así…y deja el temita ya, pesada. No tendría que habértelo contado. – su tono, altivo y duro, me recuerda a su carácter normal conmigo.

-YO: Perdona, solo quiero que sepas que puedes hablar conmigo.

-CARLOS: No, no puedo, no de este tema. Así que no insistas. –rebaja la voz, un poco.

-YO: Vale.

Se marcha al salón y yo me quedo allí sentada, sin comprender nada. Desisto de decirle algo cuando pasa de largo de vuelta a su cuarto, un leve portazo me deja claro que no quiere saber nada de mí.

Me sereno y regreso a mis rutinas, recojo la ropa tendida, limpio la cocina y el horno. Es innecesario ya que llevo repasando la casa toda la semana. Es sólo una forma de mantenerme ocupada, de darle orden y sentido a mi existencia. Preparo unas palomitas al microondas y me pongo una película. Al menos consigo reírme un rato con una comedia y casi no pienso en Javier tumbando en el sofá conmigo, retozando juntos dándonos cariñosos mimos, riéndonos y pasándolo bien. Casi.

Al terminar recojo y hago la cena. No tengo el cuerpo para mucho jaleo y menos ganas de comer, así que hago unos simples bocadillos de fiambre. Aviso a Carlos de que está lista llamando a su puerta. Empiezo a comer sin él. Le conozco y si está preocupado no saldrá hasta que él quiera. Me pongo la televisión y me deleito con algún programa de cotilleos, los gritos y discusiones en la pantalla terminan por asquearme, así que bajo el volumen y voy a buscar unos de los nuevos libros.

Por el camino empiezo a distinguir a Carlos hablando de forma muy tensa con alguien por teléfono. Trato de no pegar la oreja aunque me quedo a medio pasillo sin moverme. La conversación se vuelve más caótica y apenas distingo palabras sueltas. Cuando se dejan de oír, me alejo y regreso como si nada al salón. A los pocos minutos sale disparado a la cocina, ya vestido con un pantalón vaquero y una camiseta roja, coge el bocadillo y se pasa a despedirse.

-CARLOS: Me voy mamá.

-YO: ¿Ha pasado algo? – la premura de su voz me altera.

-CARLOS: Nada, cosas mías, pero me tengo que ir ya, no sé a qué hora volveré.

-YO: Vale, pero hijo, si pasa algo avísame.

-CARLOS: Que no pasa anda, tú no te preocupes.

Se marcha casi a la carrera. Me cruzo de brazos cabreada, si entender lo que está pasando y harta de que mi hijo no me cuente las cosas. Trato de ponerme a leer, tras media hora es imposible, no me concentro, se me ocurren mil cosas que hayan podido ocurrir, desde que haya dejado embarazada a Isabel, hasta que algún amigo suyo haya tenido un accidente. Me cuestiono por qué siempre las madres nos ponemos en lo peor, tal vez sólo le hayan avisado tarde para salir de fiesta, o esté enfadado porque no guste el plan.

Tranquilizándome a mi misma, me relajo, no puedo hacer mucho si él no me quiere contar lo que el ocurre. Y ya es mayorcito para solucionar sus propios problemas. Claro, yo también y en cuanto me vine abajo fui a casa de mis padres a esconderme. Muy maduro por mi parte.

Suena la puerta, es inevitable que me sobresalte al no esperar a nadie, de inmediato recuerdo la llamada de la ambulancia tras el accidente de Luis, y corro a la entrada, esperando encontrarme a la policía para decirme que mi hijo ha tenido un percance. Histérica abro y me encuentro a una sombra bajando del rellano, al asomarme se activa el sensor para encender la luz y me quedo sin aire al reconocerle.

-YO: Javier…

Su mirada es terrible, está destrozado, los ojos rojos de haber llorado sin parar, la cara desencajada y la ropa, una camisa a cuadros negros y azules, con pantalones largos oscuros, está arrugada y descolocada, me fijo en que tiene varios botones rotos por el pecho. Tiene la boca abierta, respirando con tanto trabajo que puedo sentir sus pulmones expandiéndose bajo su tórax.

-JAVIER: Yo…yo no debería estar aquí. Perdóname.

-YO. ¡Javier! – le grito antes de que siga bajando las escaleras – Por favor, te lo ruego… no te vayas.

-JAVIER: No quería…no quería venir…

-YO: No esperaba…no creía que te volvería a ver. – es casi un milagro, pese a que está claramente en mal estado, tenerle a unos metros de mi me ha dado esperanzas de que al menos puedo despedirme de él como debimos hacerlo.

-JAVIER: Es injusto, no quiero hacerte más daño.

-YO: No me lo has hecho. Por favor, ven.- con voz humillada y rota, estiro mi mano, deseando alcanzarle, pero no puedo acercarme. Es un ciervo herido y si actúo mal podría irse para no volver.

-JAVIER: ¿Está Carlos? – su mirada tierna, observándome temblorosa, pasa a ser la de un león a punto de atacar.

-YO: No.

Verle asentir me tranquiliza, no quiere que su amigo le vea en tan mal estado. Aún así, tarda unos segundos en girarse y volver al rellano. Si llego a tardar un poco más en abrir la puerta se hubiera ido. Aún temo que se marche, camina despacio apoyado en la pared, se acerca agitando la cabeza, desorientado y sin un rumbo claro. Para cuando llega frente a mí, alza la mirada y sus lágrimas me pesan en lo más profundo de mí ser. Jamás me perdonaré haberle hecho esto, el chico está hundido por mi culpa y es una losa que nunca podré quitarme de encima.

-YO: Javier, lamento muchísimo todo esto…yo…yo quiero que entiendas que no has hecho nada malo, que todo es culpa mía, y que si quieres odiarme, lo acepto. Yo misma me desprecio y no merezco tu cortesía, así que si tienes algo que decirme, hazlo, repróchame lo que sea, libérate de la carga que tienes.

-JAVIER: Laura…no…- me planto firme ante sus ojos. Es mi fusilamiento, voy a afrontarlo con entereza.

-YO: No me merezco otra cosa, he jugado contigo desde el principio y no estuvo bien, quisiera poder evitar todo lo que ocurrió, pero no puedo, acepto todo el mal que puedas desearme y que seas feliz sin mí – sus giros de cabeza son terribles, reniega de todo lo que le digo, debe de estar hecho polvo – no pretendo confundirte ni jugar más contigo. No quise herirte pero terminé haciéndolo… ahora todo eso acabó, yo misma lo destruí y no sé qué decir para remediarlo, tal vez no pueda, por eso te pido que….

-JAVIER: ¡Déjalo ya! Te lo ruego, no…no tienes por qué martirizarte…no estoy aquí por eso. – le observo aterrada.

-YO: ¿Entonces….entonces por qué?- la respuesta me da tanto miedo que apenas susurro la pregunta.

JAVIER: Yo…es que…es que no sabía a quién acudir, no tenía a dónde ir, ni siquiera sé cómo he llegado…- le tomo del rostro con ambas manos, pese a que me huye la mirada no tarda en fijar sus grandes ojos en mis pupilas, llorando, provocando que llore con él.

-YO: No te preocupes, dime qué ha pasado.

Suspira, coge tanto oxígeno que apenas puedo respirar. Su gran mentón tiembla, sus manos no paran quietas, buscando si cruzarse de brazos o rascarse la cabeza. Suelta todo el aire de golpe y al final me sujeta de las muñecas, su pecho de desinfla y el sonido de su corazón reverbera por toda la escalera.

-JAVIER: Celia, Celia….ha estado muy rara desde que regresó del viaje, hemos quedado esta tarde para vernos tras estar dándome largas, y hemos hablado al fin. Estaba muy tensa y me ha terminado contando… mierda. Me ha engañado, Laura…se ha acostado con alguien en el viaje a Londres… – de golpe todo encaja, y cierro los ojos antes de recibir el mazazo final – …y fue con Carlos.

Supongo que existirá alguna palabra para expresar correctamente la sensación de horror que invade mi cuerpo ahora mismo. La verdad es que no la sé. Tan sólo siento una corriente que nace en mi pecho y se va extendiendo hasta dejarme petrificada. Son tantas las connotaciones negativas que conlleva la situación que es un milagro que no nos haya estallado la cabeza. Trato de aparentar cierto nivel de serenidad que no soy capaz de sentir. Asiento humedeciéndome los labios, dejando que la noticia cale en mi subconsciente y tratando de saber qué hacer.

Lo primero que se me ocurre es abrazarlo, me acerco a él y rodeo su corpachón sosteniéndolo de alguna forma. Físicamente no puedo con él, pero consigo evitar que sus rodillas se doblen y caiga al rellano.

-YO: Lo…lo siento. – es lo siguiente que se me ocurre.

-JAVIER: No…no sé qué hacer, estoy perdido.

-YO: Pasa, siéntate y relájate.

Agacha la cabeza y me obedece. Ahora mismo es sólo un maniquí, un autómata, está completamente destrozado y no piensa en nada. Si lo hace probablemente saldrá corriendo de mi casa. Soy yo hace tres años, soy yo el domingo pasado, su estado de ánimo es tan parecido al que ya he sufrido, que no puedo evitar compadecerle.

Le conduzco al salón, se sienta en el sofá y me voy a preparar una tila. Ni siquiera sé si a él le gusta, pero yo al menos necesito una. Javier no es él, pese a su edad siempre ha sido muy maduro y ha tenido la cabeza bien amueblad, y , ahora mismo, su cabeza es un terremoto sin sentido alguno. Puede actuar de mil formas, puede ponerse violento, puede hacerse daño él, puede hacer cualquier tontería y yo no podría impedírselo. El tintineo de las tazas en mi mano me indica el nivel de estrés que tengo, así que antes de regresar con él, asimilo lo terriblemente mal que esto va a salir en cuanto decida hacer algo.

-YO: Toma, cuidado, está muy caliente, pero tómatelo.

-JAVIER: Gracias. – coge la taza con toda la mano, no por el asa, pese a estar casi hirviendo no muestra señales de quemarse, está ido. Le doy un sorbo a mi tila, tras soplar el borde.

-YO: ¿Puedes…puedes contarme lo que ha pasado con Celia? Si quieres.

-JAVIER: Es que…es que no lo entiendo…- me siento a su lado, como si esa maniobra pudiera provocar el estallido de una bomba si no lo hago con cuidado.

-YO: ¿Qué te ha dicho?

-JAVIER: Pues…pues…dice que me quiere, pero no, no se le hace esto a alguien que quieres. ¿No? – le miro sin poder darle una respuesta.

-YO: A veces pasa… ¿Te ha dado alguna explicación?

-JAVIER: No…no me acuerdo…yo quería verla, desde que regresó, estaba hecho polvo… –no hace falta que me nombre, le tiembla la voz -… y quería algo de tranquilidad, vernos y hablar, del viaje y de nosotros. Pero desde el principio sabía que algo iba mal, hemos quedado en un parque al lado de su casa y se ha presentado ya con mala cara, y el primer beso ha sido…algo no iba bien. He intentado charlar y me ha estado contando cosas del viaje, pero siempre se callaba, he tratado de sonsacarla, de acercarme a ella, enseguida se ha apartado y se ha puesto a llorar. Yo…yo no sabía qué la ocurría, he ido tras ella y se ha puesto como loca, gritándome y pegándome –se coge de la camisa rota por los botones – balbuceaba hasta que se ha caído al suelo de rodillas, se ha quedado allí, entre mis brazos, sollozando. No tenía ni idea…

-YO: No es culpa tuya.

-JAVIER: Al final, al final me lo ha dicho, que se lo estaba pasando muy bien allí con todos, que con Carlos se llevaba genial, que Isabel se puso celosa y se lo echaba en cara, pero en vez de distanciarlos, se sentían más unidos y que una noche…una noche después de una fiesta, ocurrió.

-YO: Estaban borrachos…no sabían lo que hacían.

-JAVIER: Eso no es excusa…- la furia de su mirada me deja claro que no, su ejemplo conmigo es el más claro.- Y aunque lo fuera, luego me ha dicho que han seguido acostándose.

-YO: Joder. – no puedo decir nada más.

-JAVIER: Ya… Isabel les pilló una de las veces, lo terminaron dejando, así que ya tenían barra libre para follar, supongo.

-YO: No digas eso…

-JAVIER: ¡Es así! La ha dado igual estar conmigo, desde el principio sabía que ella estaba en el grupo de amigos por él, siempre tan pegada y acercándose, pero quise creer que eran cosas mías, que me quería de verdad. Pero no, he sido un imbécil, es culpa mía, yo no le importaba y no me di cuenta, no…no supe tratarla como debía…yo…

Ante la avalancha de piedras que se está echando encima, el peso le puede y termina cayendo sobre mi regazo. Acuno su cabeza con miedo a que al acariciar su cabello se altere. Pero no lo hace, tan solo llora, desconsolado. Me agacho para abrazar su cuerpo y que sienta algo de ternura que necesita. En cuanto nota mi cuerpo se acomoda para quedar tumbado y dejar salir toda la ira de su interior.

-YO: No digas eso.

-JAVIER: ¿El qué?

-YO: Que es culpa tuya, que no supiste tratarla…es culpa de ella, y de Carlos. – es muy duro reconocer que tu hijo es un desgraciado. Por otro lado pretendo protegerle admitiéndolo, de alguna forma creo que si lo digo yo, será menos duro con él.

-JAVIER: ¿Entonces por qué me ha hecho esto?

-YO: No lo sé, han cometido un error, son humanos.

-JAVIER: Celia me ha dicho que le perdone, que Carlos le había dicho que se callara, llevan unos días viéndose, ella quería decírmelo pero él no la dejaba. – así resuelvo con quien hablaba y con quien quedaba estos días mi hijo.

-YO: ¿Y cuando habéis hablado?

-JAVIER: ¿Celia y yo? Hace una hora – eso me dice a dónde se ha ido ahora mi hijo con tantas prisas – he tenido que marcharme cuando ella se ha puesto a rogarme, casi implorando que no la dejara. – contengo el aliento.

-YO: ¿Habéis cortado?

-JAVIER: Si…no…bueno, no lo hemos hablado pero…se sobreentiende ¿No? Es decir…no…no soy capaz de estar con alguien que me traicione así.

-YO: Eso es algo que sólo tú puedes decidir, Javier. Te recomiendo que pienses en ello detenidamente, antes de tomar cualquier decisión precipitada.

Tras unos minutos en que la situación pide calma, Javier se sienta de nuevo y se toma la tila de varios tragos, pese a que aún debe estar ardiendo. Yo le sigo, porque pese a toda mi aparente tranquilidad estoy esperando, temblando de pánico, preguntándome cuando se dará cuenta de donde está y con quién. Porque no dudo que ese momento va a llegar, y cuando sea consciente, recordará todo el daño que le he hecho y se marchará.

-JAVIER: Tienes razón….yo…yo no estoy en condiciones de decidir nada.

-YO: Es lo mejor.

-JAVIER: Dios, joder, que puto asco…- es casi un alivio verle despotricar.

-YO: No le des más vueltas por ahora.

-JAVIER: Mírame, parezco un puto imbécil, no entiendo ni cómo me has dejado pasar a tu casa.

-YO: ¿Y por qué no iba a dejarte? – una enternecedora mirada de cachorrito nace en sus ojos.

-JAVIER: Después de lo que te hice…debería irme ya y dejarte en paz.

-YO: ¡No! – es un aullido de súplica – No…no estoy preparada para que te marches, no así. – le tomo de la mano, desenado que al menos me conceda una despedida digna.

-JAVIER: No puedo, simplemente no puedo con más cosas ahora mismo, sólo sé que…que estoy perdido, voy a hacer una locura si me quedo solo.

-YO: No creo que debas, no sé si puedes irte a dormir con algún amigo, o no sé…- me mira perplejo.

-JAVIER: No tengo a nadie, Laura, a nadie, salvo a ti. Perdóname, no hubiera venido si tuviera cualquier otra opción.

-YO: No te disculpes, aquí siempre serás bien recibido….podrías quedarte en el sofá…- se me curre de improviso, no atreviéndome a ofrecerle mi cama.

-JAVIER: ¿En el salón del tipo que se ha follado a mi novia? ¿Acaso quieres tan poco a tu hijo que deseas que me siente a esperarle? – trago saliva sin entender del todo si es una broma o no, al ver su puño apretado hasta blanquear sus nudillos.

-YO: Lo siento…lo he dicho sin pensar.

-JAVIER: Tengo que irme a casa, descansar. – se pone en pie. De golpe creo que si el dejo ir será la última vez que lo vea.

-YO: Al menos deja que te lleve a casa – antes de que se niegue, tomo su mano y le levo al baño del pasillo – date un agua en la cara, es una tontería pero te sentará bien. Me visto y te llevo.

El pobre no opone resistencia. Escucho de fondo el agua correr mientras me pongo unos leggins negros que tengo a mano y una corta camiseta del gimnasio limpia azul. Lo primero que tengo a mano. Escribo a Carlos, diciéndole que he salido y que no se preocupe. No quiero darle más detalles, puede ser mi hijo pero ahora mismo le detesto.

A los pocos minutos Javier sale del baño, el pelo húmedo y la cara lavaba le dan un aire más entero, además se ha arreglado un poco la ropa. Casi parece normal si no fuera por una mirada vacía y sin señales de vida. Le arrastro del brazo y le llevo hasta el parking, cogiendo las llaves de casa y el móvil. Sube al coche donde le tengo que recordar que se debe poner el cinturón. Conduzco con cuidado, quiero alargar la situación pensando en que cualquier momento me echará de su lado como la mierda que me siento por lo que le he hecho.

Al llegar a su casa aparco sin problemas en la puerta de su casa. Y como hiciera conmigo en su día David, mi jefe, aguardo en silencio, esperando que reaccione. Sólo le hago compañía, sin apenas respirar. Tampoco quiero mirarle directamente, me da la sensación de que si lo hago se sentirá peor.

-JAVIER: Gracias.

-YO: Es lo mínimo. ¿Estás mejor? – relincha como un caballo entristecido.

-JAVIER: No sé…si encima tengo sacar a Thor y ducharme.

-YO: Déjame a mí, yo le doy una buena vuelta mientras tú te das un baño.

-JAVIER: Es tarde, y no quiero molestarte más.

-YO: Con esa bestia nadie se me va a acercar, y lo sabes. Además le echo de menos. – casi se le adivina una leve sonrisa.

-JAVIER: Y él a ti, no sabes lo triste que ha estado…bueno…estos días.

-YO: Pues déjame sacarlo.

Espero a que asiente, antes de bajarme del coche. Subimos por el ascensor a su piso de estudiantes, en el que al entrar, Thor salta alegre de verme. Son apenas unos segundos, es increíble la capacidad de un animal por detectar que algo le pasa a su dueño. En seguida agacha las orejas y se acerca a Javier, frotándose con sus piernas y olisqueando en el aire, tratando de averiguar qué le pasa. Hasta gime temiendo haber hecho algo malo, pero en cuanto le acaricia el perro parece más aliviado.

-JAVIER: Venga grandullón, que te va a sacar Laura.

-YO: Vamos Thor. – cojo su correa y se la pongo.

Me cuesta un mundo tirar de él hasta que entiende que Javier no viene, metiéndose en la ducha. Bajamos a la calle y damos una buena vuelta a la manaza. El perro está ansioso, sabe que pasa algo y hace sus necesidades con rapidez, queriendo regresar pronto. Me obligo a seguir dando un rodeo, para asegurarme que suelta todo, también para sentirme más segura.

No estoy ni cerca de estar bien, creía que recibiría mi castigo y se marcharía, y ahora me veo a su lado, consolándole y cuidándole. Supongo que es la forma que tiene el universo de castigarme, dejarme saborear su compañía un poco más antes de arrebatármelo para siempre, y así lo acepto. Solo tengo que aguantar que llegue el momento en que no me necesite, cuando ocurra, volverá a irse y esta vez no regresará. Pensándolo bien, esto es casi un regalo, hubiera sido demasiado cruel haber dejado las cosas así, con una nota de madrugada. Ahora tengo la oportunidad de hablar con él, de decirnos adiós mirándonos a los ojos y cerrando ese capítulo de mi vida de otra manera.

Al volver a su piso, Thor tira de mí con fuerza. Opto por soltarlo y dejar que vaya por delante de mí en las escaleras. Me abre Javier cuando llamo a la puerta, pero no se queda ahí, pasa de largo hasta su habitación, en la penumbra del pasillo a oscuras observo su corpulento cuerpo con sólo una toalla en la cintura. La situación me pide que salga corriendo de allí, que será muy doloroso verle en esta situación. Mis pies en cambio avanzan, cerrando tras de mí. Me acerco con cautela a su habitación, asomando la cabeza con cuidado.

-YO: ¿Javier?

-JAVIER: Sí, dame un segundo – le escucho, creo que poniéndose una camiseta- ya.

-YO: Voy. – paso mirándole con recelo, parece sereno y tranquilo, con unos bóxer azules y una camiseta blanca.

-JAVIER: Muchas gracias por pasear a Thor… y por cuidar de mi.

-YO: Un placer.

-JAVIER: No quiero robarte más tiempo.

-YO: Insisto en la idea de que no es bueno que te quedes sólo.

-JAVIER: Está Thor. – sonrío levemente.

-YO: Hace mucha compañía, bien lo sé, pero no quiero que pases mala noche, estas cosas afectan mucho y no quiero que te hagas tonterias.

-JAVIER: Pues parece que es a lo que estoy destinado.- se sienta en la cama a desgana.

-YO: No digas tonterías, Javier, no eres de los que te auto compadeces.

-JAVIER: Es la realidad, mi novia me pone los cuernos, mi familia está lejos y no tengo a nadie con quien pasar una mala noche, a nadie, salvo a ti…y mira qué bien te he tratado. – tira de ironía. A mí se me cristalizan los ojos al vele sufrir así.

-YO: Sólo ves las cosas negativas, estás enfadado y cabreado, pero mañana verás las cosas de otro modo. Con el tiempo todo pasa.

-JAVIER: Eso espero, Laura, porque ahora mismo siento…- se muerde la lengua, y se envenenaría si dijera todo lo que se calla.

-YO: …Devastado. – alza la mirada, como si acabara de encontrar una palabra que suena bastante mejor para el desastre en su cabeza. Me siento a su lado y le tomo de la mano.

-JAVIER: Apártate antes de que te haga más daño. – quita sus dedos, pero no me alejo.

-YO: Todo el daño que yo sufra es por mi culpa, no por la tuya, y todo el dolor que estás sufriendo es por culpa de Celia, no por que hayas hecho nada malo.

-JAVIER: Eso no va a cambiar el hecho de que quiero tirarme por esa ventana. – señala un ventanuco alto en una de las paredes, por el que ni creo que pudiera pasar su cuerpo. Más que una amenaza de suicidio, bien parece una descripción acertada de cómo se encuentra.

-YO: No bromees con eso. – sonríe de puro nervio, apretando sus puños.

-JAVIER: Lo siento, pero no tengo nada dentro, sólo un vacío, me noto como en lo alto de un precipicio.

-YO: Ya pasará, sé a lo que te refieres, pero mañana lo verás de otra forma, te lo prometo.

-JAVIER: Lo dudo ¿Pero qué hago hasta que llegue mañana?

-YO: Duérmete, descansa.

-JAVIER: No puedo, llevo una semana sin poder hacerlo, no creo que ahora me vaya a ir mejor. – ahora mismo me hubiera gustado coger los somníferos de mi baño para darle uno.

Razono que llevamos el mismo número de días sin dormir bien. Justo una semana, es cuando se marchó de mi casa. No soy la culpable directa de su estado actual, pero sí de sentirse una mierda para afrontarlo. Estoy en deuda con él y harté todo lo que deba para compensarle.

-YO: Yo…yo, si quieres…podría dormir contigo esta noche.- es un hilo de voz que parece tardar unos segundos en llegar a sus oídos. Levanta la cabeza, aturdido.

-JAVIER: No tengo ningún derecho a pedirte eso.

-YO: Y no lo has hecho, me he ofrecido yo.

-JAVIER: Laura, yo…- no dejo que prosiga y le abrazo, de forma lateral, pero en cuanto me siente, se ladea y me rodea con su brazos. Me aprieta tan fuerte que me deja sin aire, noto cómo su cuerpo, su tensión y su respiración se relajan.

-YO: No me lo niegues, por favor, tú lo has hecho por mi durante semanas, deja que te devuelva un poco del bienestar que me has dado.

-JAVIER: No terminó bien, no quiero que sufras.-acaricio su cabello, serenándolo.

-YO: Has cuidado de mí mucho tiempo, y aunque al final todo se fuera a paseo, volvería a hacerlo. ¿Y tú?

-JAVIER: No cambiaría un solo día que he pasado contigo. – suspiro agradecida.

-YO: No me hagas rogarte entonces.

Me aparto un poco y acaricio su cara, fijando nuestras miradas. Sus ojos brillan, ojalá pudiera decir que de ilusión, pero sé que está destrozado y que sólo anhela algo de compañía. Asiente con la cabeza al fin, dándome permiso. Escondo la pequeña emoción de al menos poder dormir una vez más juntos, detrás de una máscara de seriedad y confianza. Se tumba en la cama, que es individual, sujetándose la cabeza como si le fuera a estallar. Me pongo en pie y me quedo quieta sin saber cómo proceder.

-YO: ¿Yo…me quito algo o…?

-JAVIER: Ponte como te sientas cómoda. – sonreímos ambos, es cómico que tras todo lo ocurrido ahora me dé reparos quitarme ropa ante él.

Me marcho al baño uno segundos, me aseo y me quito los leggins, dejándome solo las braguitas, es cuando me doy cuenta de que he salido de casa sin sujetador. La camiseta, a mi entender, es demasiado provocativa para pasar toda la noche juntos. Se me ocurre coger su camisa de la silla que hay en el baño, está doblada y me percato de que es la negra con cuadros azules que llevaba él, antes de ducharse. Me la cambio por ella, me queda a medio muslo y es tan amplia que me cubre bastante bien el cuerpo.

Regreso a la habitación, deseaba que ya estuviera dormido, pero está con el móvil. Seguramente repasando alguna foto de su novia o mirando si tiene algún mensaje de ella. Cuando me ve, se le escapa media sonrisa, dejando su teléfono en la mesilla. Su mirada me pilla desprevenida, me deja sin habla la forma tan dulce con que me observa, como si fuera un ángel que ha venido a tocarle con su gracia.

Se ladea un poco y me siento en el hueco que deja. Me recuesto con cautela, hay tan poco espacio que al tratar de colocarme casi me caigo del colchón. Es su mano la que me rodea la cadera y lo evita.

-JAVIER: Perdona. – aparta su mano enseguida.

-YO: Deja de disculparte.

Tomo su mano y me rodeo con ella, arrebujándome contra su pecho y dejando que coloque su otro brazo como mi almohada. Es una postura en la que hemos estado ya mil veces, pero parece la primera vez. Estoy nerviosa aunque menos que él, su corazón palpita tan fuete que lo noto en mi sien.

-JAVIER: Gracias.

-YO: A ti por dejarme hacer esto.

-JAVIER: Llevo desde que me fui de tu casa sin dormir bien.

-YO: Lo sé, yo tampoco he descansado nada.

-JAVIER: Siento que esta noche no será diferente.

-YO: No lo será si no lo intentamos.

Me aprieta contra él, buscando una postura algo más cómoda. Nos quedamos así durante tanto tiempo que no puedo descifrarlo. Poco a poco su ritmo cardiaco desciende y acompasamos las respiraciones para ir sucumbiendo lentamente a un profundo y placentero sueño. Al menos para mí, estoy segura de que él no podrá dormir, pero sé que conmigo en sus brazos se sentirá algo mejor. O eso espero

Por la mañana es terrible darme cuenta de que ni los somníferos consiguen darme la reconfortante sensación de dormir junto a Javier. Abro los ojos y miro un reloj de la pared en el que pone que son casi las doce de la mañana. Nos acostaríamos casi a la una, supongo que tenía mucho sueño atrasado.

Me desperezo ubicándome sobre la cama, estoy dándole la espalda, con él abrazado a mi cuerpo, con su bonita ladeada nariz enterrada en mi nuca, su brazo aprisionado bajo mi cabeza, el otro rodándome la cintura y nuestros pies entrelazados. Es casi trágico ser consciente de lo bien que me hace sentir estar así, y saber que es muy probable que sea la última vez. Teniendo eso claro, me arrebujo un poco contra él y decido estirar el momento todo lo que pueda.

-JAVIER: ¿Ya estás haciéndote la remolona? – su aliento caído me acaricia el oído.

-YO: No, es que…es que no quería levantarte aún.

-JAVIER: Llevo un rato ya despierto. – me tenso entera, no sé cómo actuar.

-YO: ¿Has…has descansado algo?

-JAVIER: Mucho más de lo que hubiera podido sin ti – su mano en mi cintura busca mi cadera para girarme y dejarme boca arriba. No me atrevo a mirarle a los ojos, es él el que toma mi mentón con sus dedos y hace que nuestros ojos se crucen. Luego repasa la piel de mi pómulo, al estar tan pegados sólo tiene que estirar los labios para besarme en la mejilla. – Gracias.

-YO: De nada.

-JAVIER: Te entiendo, ahora, sé que no es lo mismo, pero al fin entiendo lo que me necesitabas cuando dormíamos juntos. No sé cómo voy a poder sobrellevar todo esto. – tomo su cara entre mis manos y acaricio su barba con cariño.

-YO: Podrás con ello.

-JAVIER: No lo creo.

-YO: Yo sí.

Su media sonrisa aparece de la nada, es una buena señal, pero me esquiva la mirada y le dedica un vistazo a mi pecho. Me miro y observo que a través de la abertura de la camisa enseño casi la totalidad de un seno hasta el pezón. Me sobresalto de forma evidente, me siento al borde de la cama ocultando mi escote colocando la tela. Soy una maldita imbécil, no me había dado cuenta de que al moverme eso podía pasar, no puedo permitirme el lujo de provocarle de esa manera. No tras lo que pasó hace una semana.

-YO: ¿Qué…que vas a hacer?

-JAVIER: Tengo que sacar a Thor. – no me veo capaz de dejar de darle la espalda, ni cuando noto sus dedos recorriendo mi columna de arriba a abajo.

-YO: ¿Y con lo de…Celia?

-JAVIER. Puff ¿Qué debería hacer?

-YO: No puedo decirte lo que debes hacer, eso nace de ti. Solo te pido que…- me giro con toda la pena del mundo en mi rostro- …como madre, no le hagas ningún mal a Carlos, es un cerdo y bastante prepotente, es muy difícil de convivir con él y menos trato de justificar o comprender lo que te ha hecho…pero sigue siendo mi hijo, y debo protegerlo. Te lo pido como favor personal, aunque no tengo argumentos para ello.

-JAVIER: Laura…yo…ahora mismo no puedo saber lo que voy a hacer, es muy confuso, no sé si lo que siento es odio o decepción – cuando me toma de la mano me quedo paralizada – pero por ti, puedo intentar no ser tan duro él.

Beso su mano mil veces, queriendo expresarle mi gratitud. Él la aparta enseguida, le leo en los ojos que no le gusta verme arrastrarme por el fango, no por Carlos. Se alza sobre el colchón y se sienta apoyado en la pared. Se coloca una evidente erección matutina mientras le echa un vistazo al móvil.

Aprovecho el silencio que se ha creado para ir al baño a asearme. Al lavarme la cara me detesto por tener una sonrisa de oreja a oreja, con mejor aspecto del que he tenido en muchos días. Regreso al cuarto trasteando con Thor por el pasillo, una vez en la habitación observo a Javier de pie, parece estar organizando algo sobre su escritorio, pero él parece desorientado.

-YO: Entonces… ¿Estás mejor? – digo para llamar su atención.

-JAVIER: Ahhh, sí, bueno…lo que puedo – deja unos papeles sobre la mesa y pone los brazos en jarra, observándome con detenimiento – ¿Tienes que irte al gimnasio o algo…?

Mis ojos se quedan fríos, todo mi cuerpo se convierte en piedra y me quedo sin respiración. “Ha llegado el momento.” me digo, ya no me necesita y se encuentra mejor, verme allí con él es un suplicio al que no puedo someterle. He estado pensando en qué decirle ¿Cómo consigues despedirte de alguien a quien no quieres dejar? No me salen las palabras y sólo grabo a fuego cada detalle de él, su pelo revuelto de recién levantado, su nariz ladeada, su fuerte mentón poblado de barba, su pecho grande e hinchado tan varonil, sus poderosas piernas y el abultado paquete de su pubis. Quiero recodarle tal como es para no olvidarle nunca.

-YO: ¿Quieres que me marche ya? – es más una afirmación que me parte el poco alma que me queda.

-JAVIER: No –al menos esta vez ha sido capaz de captar el matiz triste del tono de mi voz, se acerca tomándome del rostro, le cuesta hacer que le mire – Laura…yo…yo no quiero que te vayas.

-YO: ¿Seguro?

-JAVIER: Sí, seguro. Te lo preguntaba por si tenias que irte… ¿Tú…tú quieres irte?

-YO: No lo sé Javier…esto es muy duro para mí también – asiente con firmeza – tendría que pasar por casa a darme un baño y cambiarme.

-JAVIER: Lo entiendo… ¿Me ducho y puedo acompañarte con Thor? Así me vuelvo con él de paseo

-YO: Claro.

El dulce beso que me da en la frente me relaja lo suficiente para no desvanecerme en un mar de lágrimas. Acaricio su pecho con cuidado y nos abrazamos con ternura. Es reconfortante de una forma natural, y creo que ambos lo necesitamos.

Se marcha por la puerta cogiendo el primer bóxer que encuentra, uno negro. Me pongo mis leggins y mi camiseta, dejándole doblada su camisa sobre una silla y distrayéndome haciendo la cama o recogiendo el cuarto. Al rato Thor aparece por la habitación ansioso, tiene ganas de salir, así que me siento en el suelo con él, le hablo y le acaricio con ternura, despidiéndome de él, que sin comprenderme, trata de lamerme la cara para animarme.

A los pocos minutos Javier regresa con el bóxer ya puesto, se pone una camiseta vieja de deporte y un pantalón pirata vaquero. Cuando se calza con unas zapatillas recoge la cartera y el móvil, tomando la correa, salimos a la calle. El pobre animal busca los primeros árboles que encuentra y se desahoga antes de llegar al coche. Se sube a los pies del asiento del copiloto, donde se coloca su amo. Yo conduzco hasta mi piso, dejando el coche en el parking interior.

De camino a casa, el silencio es total, caminamos uno al lado del otro, sin mirarnos ni decirnos nada. Me froto los brazos al sentir un escalofrío por la nuca. La única explicación a sentir algo así con unos asfixiantes cuarenta grados en la calle, es la sensación constante de despedida que hay en el aire. Incluso ando más despacio, esperando que ocurra algo, un milagro que evite que llegue al portal. Pero no ocurre y me doy la vuelta en la entrada, quedando enfrente de él, que tiene la mirada perdida y sólo le dedica algún vistazo a Thor.

-YO: Bueno…gracias por acompañarme.

-JAVIER: A ti… por haberte quedado esta noche.

-YO: Te lo debía.

-JAVIER: No me debías nada…- me tengo que cruzar de brazos para que me dejen de temblar las manos.

-YO: Javier…yo…me gustaría que antes de que te marcharas…habláramos.

Reúno todo mi valor, tengo que despedirme para siempre de él, y alzo la cabeza dispuesta a hacerlo mirándole a los ojos. Ya noto las lágrimas queriendo brotar. Me extraña observar a Javier con la cabeza fija en mí portal. La entrada se abre y me percato, aterrada, que sale Celia…seguida de Carlos.

Pasa tan veloz que no soy consciente de todos los detalles. Javier se lanza a por mi hijo un instante después de que sus miradas se crucen. Le toma del pecho y le alza como a un niño contra la pared de cemento detrás de él. Celia reacciona primero y lanza un grito inteligible, creo que su nombre, antes de tratar de separarlos, pero Thor se interpone nervioso, la ladra de tal manera que la chica se tropieza y cae de culo al suelo.

-JAVIER: ¡Maldito cabrón, ganas tenía yo de verte!

-CARLOS: ¿Qué haces? ¡Suéltame!

-CELIA: Javier, por favor…- la cría que es, empieza a llorar descontrolada.

-JAVIER: ¡Eres un puto desgraciado!

-CARLOS: ¡Tío, que me sueltes, joder, que yo no he hecho nada!

-JAVIER: ¡¿Te parece poco follarte a mi novia?! – le zarandea como si fuera un trapo, no obstante debe sacarle al menos quince kilos.

-CELIA: Javier, para, es culpa mía. –su voz apenas es un murmullo entre llantos.

Por fin salgo del estado de shock, por un segundo no tengo claro que es lo que debo hacer. Respiro profundamente y me acerco con cuidado a Javier, Thor se interpone, al verme se queda quieto, sin gruñir ni sacar los dientes. Me olisquea y bufa, casi diría que acaba de darme permiso para continuar.

Me pongo al lado de mi hijo, que me mira, suplicando con la mirada que le ayude. No podría quitarle al hombre que lo sujeta aunque quisiera, menos en la situación en la que se encuentra. Así que poso mi mano, temblando, sobre su hombro, aguanto las lágrimas como puedo y aprieto los labios rezando por que nadie salga herido o perjudicado.

-YO: Ja…Javier…mírame, por favor – no reacciona, tiene los ojos inyectados en sangre sobre mi hijo – Javier. – un tono más duro hace que por fin gire la cabeza.

Es muy difícil describir cómo su rostro, lleno de ira y furia, va cambiado paulatinamente en un proceso lento, hasta que agacha la mirada avergonzado. Respira profundamente y estoy segura de que realiza una cuenta mental de muchos números, antes de volver a fijarse en Carlos, que permanece alerta, esperando un golpe en cualquier momento.

-JAVIER: Da gracias a dios por la mujer que tienes al lado…- le suelta, dejando que pise el suelo tras varios segundos sin hacerlo.

-YO: Gracias.

-CARLOS: Mierda, tío…- su cara enrojecida es poco para lo que podría haberle pasado.

-CELIA: Javier…tienes que perdonarme…- la chiquilla se ha puesto en pie y trata de acercarse a él.

-JAVIER: Tú…tú…aléjate de mí – la señala con el dedo, amenazante – él es un cerdo pero la culpa es tuya, me traicionaste de la peor forma posible, te quería tanto que… me he negado a ver la realidad, me has jodido la vida de una forma que no te puedes ni imaginar. No te quiero en mi vida…se acabó, lo nuestro, aquí y ahora.

La pobre niña quiere hablar, pero entre que no parece ser capaz de dejar de balbucear y el tono tan firme con la dicción tan clara de Javier, deja claro que son frases que llevaban dándole vueltas a la cabeza desde anoche, que ahora han salido de lo más hondo de su ser. No admite réplica ni creo que exista forma de que ella pueda arreglar esto.

La situación se relaja varios escalones, Thor por fin deja de estar alerta, Celia se tapa la boca desconsolada mientras Carlos se recompone acomodándose la ropa. Yo me quedo en mitad de todo ello, sin moverme y sintiendo que las rodillas me van a fallar.

-YO: Javier…creo…creo que…- alza la mano, nervioso.

-JAVIER. Me tengo que ir…no…no puedo con esto.

No me sorprende que coja a Thor y se marche a grandes zancadas, agitando la cabeza de un lado a otro. El perro mira atrás un segundo antes de desaparecer por la esquina.

Creo escuchar cómo me quiebro por dentro al pensar en que es la última vez que voy a verlo, como si fuera un cristal que acaban de destrozar. Me seco una lágrima que nace en mis ojos antes de que caiga, detrás de ella vendrían demasiadas. Respiro tratando que el temblor de mi barbilla cese. De alguna formo logro no caerme al suelo.

Percatándome de que Carlos está consolando a Celia, me apoyo en la entrada al portal, cuando me mira, le dedico la cara de asco que una madre nunca debería ponerle a su hijo.

-YO: Me subo.

-CARLOS: Voy a acompañarla a casa.

-YO: Date prisa y te vienes, tenemos que hablar muy seriamente de esto. –asiente sin rechistar.

Me marcho sin dedicarle un solo vistazo a Celia, es estúpido creerme moralmente superior a ella, cuando hace siete días estaba tratando de montar a su novio desnudo y borracho. Aún así, la detesto de una forma cruel y despiadada.

Aguanto la compostura hasta que las puertas del ascensor se cierran. Allí rompo a llorar, me cuesta un mundo meter la llave en la cerradura de mi casa, las lágrimas no me dejan. Cuando lo consigo alcanzo mi cuarto y me echo sobre la cama, destruida. No sólo no he podio despedirme cómo quería, es que encima él ha explotado de tal forma que no creo que soporte volver a ver a Carlos, o a nada ni a nadie que le recuerde a él. Incluida yo.

No puedo entender lo que ha ocurrido. Javier ha hecho todo bien, ha seguido las normas de las relaciones, ha sido muy bueno conmigo sin propasarse nunca, le ha sido fiel a su pareja pese a mis denodados esfuerzos, ha confiado en que durante el viaje su amigo cuidaría de su novia, a la que ha tratado como a una reina desde el primer día. Y pese a todo ello, ha salido perjudicado, de un plumazo a perdido a su mejor colega, a su chica y a mí, todo por tener el carácter suficiente para hacer las cosas como las debe hacer un hombre de verdad. ¿Cómo es posible ser el único que ha realizado las buenas acciones, y ser el máximo damnificado? La única respuesta que tengo es que el mundo es un lugar desalmado e injusto.

Pasada la llantina, me voy a darme una ducha, me pongo unas braguitas blancas y un camisón, antes de ir a la cocina y comer algo fresco, no sé si es el calor o los nervios, pero estoy acalorada. Me voy directa al sofá, con el móvil en la mano. Lo primero que hago es escribir a Carlos y decirle que le quiero en casa cuanto antes.

Lo segundo es escribir a Javier, me da igual que no quiera volver a verme o hablar conmigo, suficiente tengo con mantener mi estado de ánimo como para ponerme a pensar. Le digo que lamento todo muchísimo, que entiendo que no quiera volver a saber de mí, que espero que esté bien y que supere todo esto pronto, que pase lo que pase siempre me tendrá para lo que necesite. Se lo mando deseando que al menos me responda, observo que se ha conectado a la aplicación, deduzco que lee el mensaje, pero se desconecta sin contestarme. Asumo que no lo hará un rato después de verle entrar y salir sin decirme nada, y preparo un último mensaje lleno de bonitas palabras y cariño, despidiéndome con un “Muchas gracias por el tiempo juntos, adiós mi galán.” Para mí esto es el final, no pienso seguir destrozándole la vida.

A punto de mandarlo, se abre la puerta. Carlos pasa fugaz por el pasillo y me hierve la sangre. Hago algo tan típico como nombrar con tono severo a mi hijo, con nombre y apellidos completos. Asoma la cabeza por el marco, agachando la mirada.Dejo el móvil en la mesa baja y palmeo el sofá.

-YO: Ven aquí.

-CARLOS: Mamá…

-YO: Ni mamá ni hostias, te he dicho que vengas y des la cara. – me pongo en pie, preparada para ir a buscarle y llevarlo al salón, tirándole de la oreja si hace falta.

-CARLOS: Voy…- pocas veces en estos años habré visto a mi hijo tan dócil.

-YO: Siéntate.

-CARLOS: Yo no quería que todo esto pasara. – se sienta a un lado del sofá, al ocupar el hueco a su lado, se aprieta contra la parte más alejada de mí.

-YO: Mira…mira…no me clientes la cabeza. ¿Tú sabes lo mal que me lo estás haciendo pasar a mí…y a todos?

-CARLOS: Pero mamá, yo no hice nada malo…

-YO: Para empezar mentirme – se le corta la voz- me dijiste que cortaste con Isabel porque estaba loca, pero la realidad es que te pilló engañándola con Celia, y claro, te puso la cara colorada.

-CARLOS. Es que no sé cómo pasó, estábamos de fiesta y volvimos antes que los demás al hotel…cuando me di cuenta ya había pasado.

-YO: Y en vez de reconocérmelo y ser un hombre, decides inventarte una historia de que a tu novia se le ha ido la olla, muy bonito.

-CARLOS: No creía que pasaría esto.

-YO: Pues esto es lo que pasa cuando te follas a la novia de otro, teniendo pareja. – mi voz se va elevando mientras él cada vez parece más diminuto.

-CARLOS: Yo ya no tenía pareja cuando…

-YO: ¿Cuando te la seguiste tirando después? ¿Qué pasó? ¿Cómo Isabel ya no te dejaba que la tocaras te tirabas a Celia mientras? ¿Te apetecía un poco de lo que tenia Javier? ¿Era sólo por darte el gustazo de destrozar su relación?

-CARLOS: ¡Joder mamá! Relájate un poco, que parece que estás de su parte…

-YO: ¿Y de parte de quién voy a estar? ¿Del mentiroso que le pone los cuernos a su novia con la pareja de su mejor amigo? – abre la boca sin saber por dónde tirar.

-CARLOS: Bueno…si ¿No? Soy tu hijo…- pone cara de lástima, que no me creo- …además tampoco es que seamos tan amigos. – baja el volumen antes de acabar la frase.

YO: ¡¿Pero tú te estás oyendo, pedazo de idiota?!

-CARLOS: Oye, no te pases… ¿Que qué estabas tú haciendo con Javier?

-YO: Pues tratar de calmarlo para que no te arrancara la cabeza, eso hacía. Ayer vino hecho una mierda según te fuiste…supongo que a consolar como bien sabes a Celia… – la forma en que se ruboriza me lo dice que sí – me he tenido que pasar toda la noche con él para que no hiciera una tontería.

-CARLOS: Pues no lo has hecho muy bien, casi me mata en el portal.

-YO: Mira…da gracias a que estaba yo, y a que ya había hablado con él, porque ahora mismo estarías en el hospital o peor. ¿No te das cuenta de lo que has hecho? ¿O es que te da igual?

-CARLOS: No me da igual, mamá, pero ocurrió y ya no puedo cambiarlo.

-YO: No, si eso está claro…

Al fin me relajo, dándome cuenta de que en realidad le estoy echando la bronca muchos años tarde, ahora es inútil, es casi un hombre y tiene su carácter, su forma de ser. Tratar de que entienda todo el jaleo que ha montado es inútil, para él sólo ha sido una aventura amorosa más, otra muesca en su revólver, y no se paró a pensar en las repercusiones. A lo cual, tampoco sabía lo de Javier conmigo, así que en realidad también le estoy culpando de romper algo que no conocía, y que ya estaba roto.

-YO: Esto me está matando.

-CARLOS: Yo…lo lo siento. No creía que te afectaría tanto.

-YO: ¿Y por eso me lo ocultaste?

-CARLOS: Me daba miedo, te llevas muy bien con Javier y sabía que te ibas a poner como una furia. – hasta cierto punto, no sé si quien habla es una madre decepcionada o la mujer que ve cómo la estupidez de ese crio ha terminado por arruinarlo todo.

-YO: ¿Y cómo quieres que me ponga? He visto cómo mi hijo ha estado a punto de salir mal parado ante mis ojos.

-CARLOS: Mierda, no lo había pensado. Perdón, yo…yo ya he perdido a Isabel por mi culpa, y pese a lo que pienses de mí ahora, eso me ha dolido.

-YO: ¿Y por qué la engañaste?

-CARLOS: Porque soy un imbécil…ahora se ha ido y Celia no me quiere ni ver. No quería que todo esto pasara, tienes que creerme.

Por primera vez en mucho tiempo mi hijo da muestras de ser humano, de estar afectado. En el fondo me alegro de que haya cortado con Isabel, esa chica que no me gustaba en nada. Y visto lo visto, Carlos perece que ha aprendido una gran elección de vida. Mi tierno corazón de madre no puede vitar sentir cierta lastima por él.

-YO: Anda, ven aquí

-CARLOS: La he cagado mamá, lo siento.

Nos damos un abrazo, en el que acaricio su nuca y le digo que todo irá bien, que todo pasará y que sólo debe de tener más cuidado con las consecuencias de sus actos, que debe ser más responsable. Típico discurso del que espero que esta vez aprenda algo. Nos apartamos un poco tratando de mantener un aire más tranquilo.

-YO: ¿Que tal estaba Celia? Parecía muy alterada.

-CARLOS: Está hecha polvo, ya se sentía mal en Londres, pero en cuanto llegamos se vino abajo, esperaba que todo esto se olvidara y no se enterara nadie. Pero ella no pudo soportarlo.

-YO: Es que las cosas no se hacen así. Y menos si es con gente con la que vas a tener un trato diario.

-CARLOS: Al final la he dejado en casa.

-YO: ¿Pero ella te gusta de verdad? – tuerce el gesto.

-CARLOS: Es una buena chica, no se parece a las demás con las que he estado…pero no sé…después de todo esto, no creo que sea bueno estar con ella.

-YO: ¿Y te ha dicho algo de Javier?

-CARLOS: Nada, ahora se comporta como si todo fuera culpa mía.

-YO: Tienes tu parte de culpa…pero ella tiene la suya, no la obligaste a nada… ¿No? – por fuerte que suene, le veo capaz de presionar a alguien hasta ese punto.

-CARLOS: No, claro que no, pero si es que…sí es que era ella la que luego me iba buscando todo el rato. Yo creo que se ha sentido la diva del grupo.

Suena a excusa, pero algo me dice que no es del todo falso. Javier me había expresado, en una de tantas charlas que tuvimos, su miedo de que cambiara la forma de ser por encajar con los amigos. Se ha visto con el “rey del baile”, lejos de su chico, en un viaje de fin de curso… No voy a perdonarla o justificarla, pero la odio un poco menos, es una adolescente con las hormonas descontroladas y la cabeza sin amueblar. No es la primera ni será la última que haga una estupidez. Yo misma lo hice.

Nos pasamos unas horas sentados y charlando. Es casi reconfortante verle hablar conmigo, contarme un poco más el viaje en profundidad, y pese a que no entra en detalles, deja entrever cómo y en qué circunstancias ocurriendo los encuentros sexuales. No le juzgo demasiado para que no deje de abrirse. Cuando termina de contármelo todo, su postura en el sofá es mucho más relajada, se ha quitado una pesada losa de encima.

Pasamos a la cocina, es casi la hora de cenar y hago una ensalada sencilla. Comemos con un aire renovado de confianza. Me pregunta por lo que he hecho yo durante este mes, me veo forzada a no mentirle. Que no es lo mismo que decirle toda la verdad. Así que le digo que cuidé de Thor una semana, que luego Javier y yo pasamos mucho tiempo juntos, haciendo cosas. Le digo que el domingo pasado metí la pata con él y que nos hemos distanciado bastante. Temo que haga preguntas más concretas, pero no lo hace.

Ya es muy tarde cuando se marcha a la cama, nos abrazamos y le do un beso dulce antes de que se encierre en su cuarto. Yo estoy agotada pese a haber dormido bien. Pienso en la noche que pasado en el piso de estudiantes, mientras me aseo antes de acostarme. Tengo que levantarme para ir a coger el móvil, me lo había dejado en el salón. Al echarme de nuevo, pongo el despertador antes de que los somníferos que me he tomado hace un rato terminen de hacer efecto. Es cuando veo varios mensajes de Javier. Me pongo tan nerviosa que casi le mando el borrador de despedida, que seguía a la espera de ser mandado.

-JAVIER: “Perdona por no responderte, estoy que hecho fuego y no he podido escribirte antes.”, “Te agradezco tu apoyo, y más sabiendo lo difícil que debe ser para ti”,”Gracias por evitar que hiciera una locura”, “Si quieres, mañana hablamos, ahora mismo estoy discutiendo con Celia, un beso.”

Por eso estaba todo el rato conectándose pero no me hablaba, Celia debe de estar rogando que le perdone, que no la deje, pero si le conozco no cederá. Se me cierran los ojos, pero no evito pensar en un rayo de esperanza al leer que no quiere dejar de hablarme para siempre, que es lo que debería de hacer. Así que borro la despedida y le escribo otro mensaje.

-YO: “Claro, lo entiendo, hablamos mañana Javier, te mando todo el cariño del mundo.”

Borro unos besos que le he puesto sin pensar, no los creo apropiados, y se lo mando. Me quedo un minuto mirando si se conecta, pero las pastillas me vencen. Cierro los ojos y me preparo para lo que mi cerebro quiera hacerme sufrir esta noche, las pesadillas van a llegar, aunque creo que hoy podría haber sido mucho peor de lo que ha sido. Espero que me den un respiro.

El sonido de mi móvil por la mañana me saca del estado de letargo en que me dejan los somníferos. Me siento sobre la cama y maldigo los lunes laborables. No es que me encuentre muy bien físicamente y de ánimos no estoy mejor, así que me preparo para una nueva semana, llena de incertidumbres y en la que es probable que sufra tanto o más que la anterior.

Me levanto y me voy al baño, un rápida ducha y me visto con un traje azul marino con falda. Voy a desayunar, como Carlos no se despierta, me asomo a su cuarto, está dormido con el teléfono pegado al pecho, supongo que se habrá pasado gran parte de la noche hablando con Celia, con Isabel o quien sea en que se haya desahogado. Dejo algo preparado para él en la cocina y voy a trabajar sin muchas ganas.

Al llegar me pongo en mi puesto y me centro en no meter la pata, tras poner las cosas al día y atender un par de citas, me tomo un descanso en el que reviso el móvil. Me escribo con mi madre y alguna amiga del gim, pero no sé nada de Javier. No quiero agobiarle asique no le escribo, pese a la constante sensación de que él no quiere ni verme, ni saber nada de mí. No es lo que dijo anoche pero es inevitable pensar que soy un recordatorio de toda la desgracia que le ha ocurrido.

Terminando mi horario laboral, me marcho a casa con la cabeza puesta en mil sitios. Cuando llego veo a Carlos en la cocina, buscado algo para comer. Le mando al salón antes de que diga nada y preparo un poco de pasta para comer. Mientras se cuece, me cambio por mi camisón de turno. Comemos en silencio, como si ambos estuviéramos aún rumiando todo lo que había pasado. Es un momento incómodo y no lo soporto.

-YO: ¿Cómo estás?

-CARLOS: Bien…mejor.

-YO: ¿Sabes algo? – niega con la cabeza.

-CARLOS: Celia ni me contesta e Isabel me mandó a la mierda…otra vez.

-YO: ¿Has hablado con Javier?

-CARLOS: No…no creo que le apetezca mucho ¿No crees?

-YO: Quizá no, pero creo que deberías disculparte al menos.

-CARLOS: No iba servir para nada…- ladeo la cabeza, tiene razón.

-YO: Aún así…se lo merece.

-CARLOS: Está bien, le escribiré y veré si quiere quedar o hablar.

Me siento orgullosa al ver que me hace caso. Es una sensación olvidada desde que tenía quince años y me obedecía en todo. Cuando acabamos de comer le doy un beso en la frente, antes de que se marche a su cuarto.

Recojo la mesa y friego toda la cocina, con tal de hacer tiempo y estar distraída. Me tienta pasar la aspiradora pero estoy muy cansada, no recuerdo haberme despertado en toda la noche, pero sí que noto un malestar evidente de no haber descansado bien. Me tumbo en el sofá con la televisión puesta de fondo, y tras revisar los mensajes de mi móvil, me quedo traspuesta durante unas horas.

Sobre las siete de la tarde estoy harta de estar en casa. Es terrible haber estado saliendo con Javier a diario y ahora no tener nada que hacer. Me pongo un vestido verde cómodo, zapatos sin tacón y salgo a la calle a dar un paseo. Iba a decirle a mi hijo que me acompañara pero necesito despejarme. Bastante tengo con lo que hay en mi cabeza.

Doy un par de vueltas a la manzana, sin rumbo, al darme cuenta ando en línea recta, hasta que llego a la gran plaza de Colón, renombrada de la hispanidad, es casi una manzana entera de monumentos, pasadiscos y algo de jardín. Me compro un helado de nata en una tienda, sentándome en uno de los muchos bancos a tomármelo con calma, mientras el sol empieza a caer por el horizonte de la ciudad.

Anochece ya de camino a casa. Sigo dándole vueltas a todo, Javier, mi hijo, mis pesadillas, miedo a caer de en la rutina de la soledad… Son cosas que van girando en mi mente, como una noria incesante, que no deja que descanse y disfrute de la vida. Es cruel haber podido saborear de nuevo lo que es vivir, y que ahora me lo arrebaten otra vez. Para cuando llego a casa no soy capaz de distinguir si son las circunstancias las que me hacen sentir mal, o soy yo la que hace que todo se vaya a la mierda.

Me cambio y preparo una cena ligera. Carlos sale un rato después a comer algo. Charlamos un poco el sofá, pero es una conversación tan desganada y protocolaria, por parte de ambos, que al final se va a su cuarto y yo me quedo cambiando de canal sin ver nada en especial. Aburrida y sintiéndome sola, me voy a mi habitación, me doy un baño relajante y tras ponerme ropa interior limpia y un nuevo camisón, me hago una coleta alta, disponiéndome a leer uno de los libros que compré.

Devoro las primeras páginas, ansiosa por concentrarme en algo, dedicando vistazos al móvil alguna que otra vez, pero siendo ya algo tarde, me acuesto. Me tomo un sólo somnífero, ya que creo que me dejan muy atontada por la mañana, y voy leyendo hasta que no aguanto. Cierro los ojos y me tumbo en mi enorme cama vacía.

Transcurren unos días en que no hay nada que contar, mañanas de trabajo y tardes de aburrimiento. Ya me he leído los dos ejemplares que me había traído, rebuscando por casa cualquier otro que no recordara para echarle un ojo. Mi hijo ha salido de casa algún que otro rato, quedando con algún amigo, pero no me habla ni de Celia, ni de Isabel, ni de Javier, al que me dijo que le escribió para disculparse o si quería quedar para hablar. No le ha contestado. No parece muy propio de mi galán, aunque quién sabe en qué condiciones se encuentra ahora.

El viernes por la tarde, estoy de paseo por las calles, el calor es abrumador aún pero no quiero volver a marchitarme y obligo a mi cuerpo a salir. Con un vestido blanco vaporoso hasta las rodillas y calzado cómodo, recorro la avenida principal que cruza mi casa, ojeando tiendas y comprando un par de novelas nuevas. Doy un rodeo para volver a casa, paseando por uno de los jardines por los que paseaba con Thor. Es torturarme, todo me recuerda a Javier, cada parque, cada bar, cada lugar al que voy, hemos ido a tantos sitios que no hay mucho que no invoque su presencia en mi mente.

Una vez en casa, dejo las bolsas en mi cuarto y me voy a la cocina a beber algo. De pasada escucho a Carlos salir del baño del pasillo. Tras unos minutos en que se va a su habitación, aparece por el salón ya vestido, con zapatos elegantes, vaqueros rotos y camisa negra, peinado y oliendo a colonia fresa y potente.

-YO: ¿Vas a salir?

-CARLOS: Sí, llevo toda la semana encerrado en casa y no lo aguanto más, he quedado con unos compañeros de la universidad que han regresado de vacaciones.

-YO: ¿Y quien más va…? – suspira entendiendo mi pregunta.

-CALROS: Isabel no viene, Celia sí, quiere divertirse un poco antes de irse al pueblo con su abuela.

-YO: ¿Y de Javier…sabes algo?

-CARLOS: Nada…ni palabra…le dije que íbamos a salir hoy, por si se quería venir, pero sigue sin responderme. Me está cabreando ya, lleva días sin dar señales de vida a nadie.

-YO: No se encontrará bien.

-CARLOS: No sé, a ti tampoco te escribe ¿No? – niego con la cabeza, escondiendo lo que eso me duele – Pues si no te habla a ti, imagínate al resto.

-YO: No le he mandado ningún mensaje… ¿Debería? – alza los hombros arrugando la barbilla.

-CARLOS: Tú misma. Yo me marcho ya. – se gira, decidiéndose con la mano.

-YO: Vale, pásatelo bien…y ten cuidado. – creo escucharle un “Vaaaaale” antes de que cierre la puerta al irse.

Me quedo muy preocupaba. Mi hijo tiene razón, soy la única con la que hablaría, pero no lo hace, y eso enciende una señal de alerta en mi cabeza.

Cojo el móvil y le mando un mensaje muy sencillo “Hola ¿Cómo estás?” Me quedo mirando la pantalla, hasta que veo que se ha conectado unos segundos después, me sale que está escribiéndome, me produce una ligera sensación de alivio. Se evapora tras observar que deja de hacerlo, luego sigue, para y se desconecta. A lo mejor algo le ha interrumpido, me hago la cena, pero tras comer, no me llega ninguna notificación.

No puedo evitarlo, más que preocupada estoy aterrada. Camino en círculos por el salón, me siento en el sofá pero mis piernas están inquietas, me muerdo las uñas ansiosa y tengo una sensación de que si no hago algo inmediatamente, va a pasar algo terrible. No lo pienso demasiado, todavía con el vestido blanco puesto, cojo mi bolso y me bajo al parking, conduzco hasta su casa, en la que aparco cerca gracias a que todavía es verano y no hay gente en la ciudad.

Me bajo a toda prisa y me acerco al portal, voy a llamar cuando el dedo se me congela a escasos milímetros del botón. Creo que si no quiere ver a nadie, ni saber nada de mí, debo respetarle, pero le quiero demasiado para no asegurarme de que está bien. Sería absurdo haber venido e irme sin saberlo. Así que llamo y espero, pero no contestan. Vuelvo a llamar, insistiendo, por fin alguien responde.

-JAVIER: ¿Quién coño es? – su voz dura y enfada a través del interfono me pilla descolocada.

-YO: Javier…soy yo…Laura.

-JAVIER: Ah… ¿Qué ocurre?

-YO: Llevamos unos días queriendo hablar contigo, y no sabíamos nada de ti.

-JAVIER: Es lo que pasa cuando no quieres ver a nadie –trago saliva – vete…gracias por pasarte, todo va bien. – “Y una mierda” dice mi voz interior.

-YO: Mira, solo quiero verte, subir y ver que tal estás tú, y Thor…- pongo un tono dulce muy tierno.

-JAVIER: No…no estoy vestido.

-YO: Como si eso fuera un impedimento entre nosotros…- bromeo – estoy preocupada por ti, y no me voy a ir hasta que hablemos.

-JAVIER: Está bien – dice tras unos tensos segundos – pero no estoy de humor.

Eso es algo evidente, algo que asumo subiendo por las escaleras, preparándome para toda las situaciones posibles. Al llegar a la puerta la encuentro abierta, paso y enseguida sale Thor a saludarme, ansioso y juguetón, se alegra de verme, aunque busca con la mirada a su amo. Ambos nos acercamos con cautela a su cuarto, todo está a oscuras y un olor desagradable, fuerte e intenso, se aprecia en el ambiente. Al entrar en su habitación, parece una zona de guerra.

Javier está de pie, sólo con unos bóxer manchados de orina, con el pelo aplastado de varios días sin lavar y una barba varonil ha pasado a ser un descuidado engrudo, lleno de restos de comida. Está metiendo un montón de botellas de cerveza y whisky vacías en una bolsa, el cuarto está repleto de muchas más. La cama deshecha huele a sudor y el suelo está repleto de ropa sucia. Al ver unas marcas rojas de puñetazos en una pared me tapo la boca angustiada, luego me fijo en sus nudillos, con sangre reseca en ellos.

Me recompongo antes de que me observe directamente. Le cuesta por que va borracho y por la vergüenza. Así que camuflo mi espanto para no hacerle sentir peor. Camino un metro entre la basura acumulada, queriendo acercarme a él. En cuanto lo hago se aleja, disimulando con que está buscando más suciedad que limpiar.

-YO: Javier…

-JAVIER: Ya…ya lo sé…no quería que me vieras así. ¿Querías hablar? Hazlo rápido

-YO: ¿Pero qué has hecho? – intento mantener un tono neutro.

-JAVIER: Lo que he podido para poder sobrellevar esto…

-YO: Pero no está bien.

-JAVIER: ¿Y qué más da? – casi lo grita – así al menos dejo de sentirme un puto miserable.

– YO: ¿Qué bobadas dices?

-JAVIER: Lo que oyes…

-YO: Entiendo que estés cabreado y enfadado, y que todo esto ha sido demasiado para ti, pero no puedes seguir así, esto no te lleva a ningún sitio.

-JAVIER: Ni falta que hace.

Pongo los brazos en jarra, ahora mismo no es capaz de razonar. Thor entra ante la discusión y nos mira gimoteando. Le acaricio la cabeza y de refilón observo cómo Javier se sienta en la cama. La imagen es tan desoladora que entiendo el infierno que debe estar pasando.

-YO: Sé que sientes mucho dolor, pero no puedes tirarlo todo por la borda.

-JAVIER: ¿El qué es todo? ¿Eh? Mi novia…mi ex novia me ha engañado, con el único al que consideraba un amigo, y para colmo estás tú…- agacho la cabeza, todo el peso de la responsabilidad me oprime el pecho– la única persona en la que puedo confiar, y mira lo que te hice.

-YO: No sé cómo decirte que no hiciste nada malo conmigo.

-JAVIER: Pues qué raro…parece mi especialidad…dañar y alejar a los que quiero.

-YO: ¡Ya basta! No he venido a ver cómo te destrozas tú sólo.

-JAVIER. Ahí tienes la puerta.

-YO: Eso es lo fácil, quieres que me marche y seguir sintiéndote un miserable, no te creas que yo no he pasado por eso, he estado donde está tú ahora mismo, deseando desaparecer y creyendo que no le importo a nadie. Pero eso no es vida, y al final salí de ese agujero.

-JAVIER: ¿Y cómo lo hiciste?

-YO: Apareció alguien que me ayudó.

-JAVIER: Que afortunada….

-YO: Fuiste tú, Javier, tú me sacaste de allí. – alza la mirada, sonriendo desganado, sobrepasado.

-JAVIER: ¿Cómo puedes decir eso tras lo que pasó?

-YO: Es la verdad, lo que ocurrió no cambia que me ayudaste, y no me voy a quedar de brazos cruzados mientras estás así. – Thor gruñe dulce entre sus piernas, buscando sus caricias – Mira, ya somos dos. –su risa me indica que no voy mal.

-JAVIER: El pobre solo quiere salir a la calle.

-YO: ¿Cuando le sacaste por última vez?

-JAVIER: Anoche…creo. –le pasa la mano por el lomo, entristecido al darse cuenta de que no ha cuidado de él.

-YO: Dios mío, ahora mismo te duchas y le damos una buena vuelta – bufa cansado, a punto de abrir la boca – y antes de que digas que no, te advierto que si me obligas me pondré en plan madre contigo, y no te va a gustar.

-JAVIER: No me vas a dejar tranquilo si no te hago caso ¿No?

-YO: No. Así que ya estás tardando.

Se le escapa media sonrisa, casi parece él. Se pone en pie y rebusca en un cajón unos bóxer limpios blancos. Aguanto la arcada que me produce el olor tan asqueroso que desprende al pasar a mi lado. No debe haberse duchado desde que casi pega a Carlos. Por suerte debe saberlo, y no se acerca a darme un abrazo ni un beso.

Supongo que está en mi ADN ya, me pongo a recoger la habitación como una loca. Abro el ventanuco y busco un ambientador para “fumigar” cada rincón. Pongo todo lo que entra en la lavadora y lleno tres bolsas de basura con todas las botellas, vacías o llenas, que hay. Cuando termino ya parece un sitio habitable y no la jaula de un tigre. Cómo aún no ha salido del baño, me voy a la cocina donde preparo un café bien cargado y me pongo a fregar y recoger todo, ya que no tiene mejor pinta que su cuarto cuando llegué.

Tardo diez minutos en tirar todos los cartones y envases de comida rápida o precocinada. La mesa está llena de servilletas sucias, paquetes de galletas y vasos con no sé muy bien qué dentro. La pila está a rebosar de cazos y cubiertos. Es un desastre que sólo una persona que lleva su casa sabe quitarse de encima, sin llamar a un servicio de limpieza o prender fuego a todo.

Sale del baño pasados cuarenta minutos, le escucho ir al cuarto. Tras un momento aparece por el pasillo, con unos pantalones vaqueros negros, limpios sin planchar, poniéndose una camiseta gris. Me doy cuenta de que se ha recortado la barba pero no se ha peinado, de todas formas su cabello húmedo y limpio le queda mejor. Se va directo a la nevera y saca un botellín de cerveza que abre, de inmediato me acerco a él ofreciéndole la taza humeante de café.

-YO: Ni se te ocurra, trae aquí y tomate esto.

-JAVIER: Pero…- le arranco el botellín y, si no llega a estar hábil, le hubiera tirado el café encima.

-YO: No recuerdo haberte preguntado nada. – resopla sin rechistar cuando ve que soy ya la que se bebe la cerveza. Necesito templar mis nervios.

-JAVIER: A la orden.

-YO: Y date prisa, el perro debe de estar a punto de explotar.

Se bebe el café casi hirviendo de un par de tragos. Suelta un bramido al sentir cómo le baja quemando por el esófago y cae a su estómago, seguro que como una patada, pero le espabila lo suficiente para terminárselo.

Una vez cogemos la correa, se la ponemos a Thor y bajamos por la escalera. Al caminar aún noto cómo Javier se tambalea, aunque según avanzamos parece ir despejándose. No dice nada, ni creo que necesite que le diga nada, puedo leerle en la cara cómo se arrepiente de todo lo que ha estado haciendo, pero supongo que lo necesitaba.

El perro poco más y hubiera hecho algo en el piso, durante cuatro calles no deja un sólo árbol sin marcar y de lo otro lo hace tres veces. Al verle andar se le nota hasta más ligero y alegre. Damos tal rodeo al barrio, que terminamos en un parque con un gran jardín, a la una de la mañana no hay nadie y dejamos al animal suelto, para que estire las piernas y juegue a perseguir un par de murciélagos que revolotean alrededor de una farola. Nosotros nos sentamos en el borde de una enorme maceta de cemento de la que me cuelgan los pies.

-YO: ¿Estás mejor?

-JAVIER: Algo…sigo marreado.- estira la cabeza al aire fresco, le reconforta.

-YO: ¿Cuándo has bebido?

-JAVIER: No recuerdo haber dejado de hacerlo.

-YO: Mierda, Javier ¿A qué viene esto?

-JAVIER: Ya los sabes, después de irme de tu portal, fue llegar a casa y empezar a odiarme. Celia estuvo dos días sin parar tratando de que volviéramos… dice que la perdone y que me quiere, que no volverá a pasar y que si la quiero, que no la deje.

-YO: ¿Y tú qué piensas?

-JAVIER: No lo sé…es decir… tiene razón, si la quiero no debería dejarla marchar.

-YO: ¿Qué te detiene?

-JAVIER: Que he tratado de verme con ella, ya sabes, en un futuro, y no soy capaz de imaginarme a su lado tras hacerme esto. Me dolería demasiado, no confiaré nunca en ella y si no puedo confiar ¿Cómo voy a quererla?

-YO: Deberías decírselo.

-JAVIER: Ya lo hice ayer. Me llamo y me dijo que iba a salir de fiesta hoy, que fuera con ellos y que lo habláramos. Pero no podía, le dije que no, que se acabó y que se olvide de mí.

-YO: Si te consuela, creo que has hecho bien.

-JAVIER: Y yo.

-YO: ¿Entonces por qué estás aún así?

-JAVIER: Pufff…- me mira fijamente antes de quedarse callado. No tiene una respuesta que darme, tan sólo es dolor que siente y no puede expresar.

-YO: Quiero pedirte algo, no tienes por qué hacerme caso, pero aún así lo haré.

-JAVIER: ¿Qué?

-YO: No quiero que vuelvas a eso – señalo en dirección a su casa, dónde hace nada había un foco de infección – no te sentirás bien, pero eres más fuerte que convertirte en un borracho.

-JAVIER: Me pides mucho. No confió tanto en mí como para cumplirlo si te lo prometo, y no me gusta prometer lo que no puedo cumplir.

– YO: Por eso te lo pido. – se ríe, nervioso.

-JAVIER: Eres peor que un dolor de muelas.

-YO: Vaya…Gracias. – choco el hombro con el suyo.

-JAVIER: Está bien, te lo prometo. De todas formas evitaré comprar nada de alcohol antes de irme.

-YO: ¿Irte?

-JAVIER: Bueno…es que he pensado en volver al pueblo.

-YO: No es mala idea, así te despejas un poco antes de que vuelvas a la universidad.- el silencio que se crea me aterra.

-JAVIER. Me refería a volver a casa…para siempre. – se me hiela el corazón.

-YO: No digas eso… tienes que seguir tus estudios. – se me ocurre decir eso, antes de rogarle que no se vaya por mí.

-JAVIER: Puedo seguirlos a distancia, y ya he llamado, puedo pedir el traslado a la universidad de allí.

-YO: Veo que te lo has pensado bien.

-JAVIER: Laura, no me queda nada aquí por lo que quedarme.

-YO: ¿Ni siquiera yo? – es un reproche, más que una pregunta.

-JAVIER: Joder…- se pone en pie y camina unos pasos en círculos – ¿Por qué es tan difícil todo?

-YO: ¿A qué te refieres?

-JAVIER: Me pides que me quede pero no entiendo el por qué…Laura, por mucho que me digas que no, te hice daño, deberías regodearte de verme en la miseria, alegrarte de perderme de vista, y aquí estas, preocupándote por mí, ayudándome y siendo tan… tan jodidamente maravillosa.

-YO: Sólo quiero devolverte un poco de todo el cariño que me has dado.

-JAVIER: Ya lo hiciste, con creces, y aunque no lo hubieras hecho, tú también me has dado tanto amor y cariño que no podría expresarlo. Es por eso que no te comprendo, no me debes nada, que me marche es lo mejor para ti.

-YO: Si es lo que quieres hacer… hazlo, pero hazlo por ti… no me uses como excusa para irte. Yo no quiero que lo hagas.

-JAVIER: Dios… me duele demasiado la cabeza para esto.

Agacho la cabeza para evitar que me vea sollozar. Juego con mis pues, colgando en el aire, juntando las puntas de mis zapatos. Javier se gira sobre sí mismo y se frota las sienes, ofuscado. Chista a Thor, que emerge en mitad de un seto y se sienta a su lado. Le pone la correa y me ofrece su mano, la huyo bajándome de un salto y caminado delante de él. No hay conversación de vuelta a su casa. Sé que está preocupado por mí, que debe estar pensado en cómo calmarme, pero no hay forma.

Estoy furiosa y confundida, me va a dejar sola, se marchará lejos, no volveremos a estar juntos y, aparte de los motivos evidentes tras la decepción con Celia, me dice que es lo mejor para mí. Simplemente no lo entiendo.

Cuando llegamos al piso, sólo tengo ganas de coger el coche e irme. Pero me doy cuenta que las llaves están en el bolso, con las prisas me lo he dejado en su cuarto. Debo esperar unos segundos a que me alancen, incluso Thor va con la lengua fuera. Subimos a su casa y paso a toda velocidad sin decir una palabra. Estoy a punto de salir cuando el corpachón de Javier me lo impide, trato de rodearle pero no me deja, no me sujeta pero alza las manos pidiéndome calma. Entiendo que no me va a dejar salir hasta que hablemos.

-YO: ¿Qué?

-JAVIER: Puedes esperar un segundo antes de irte, por favor. – asiento firme, me pongo al lado del escritorio y apoyo la cadera en el, cruzándome de brazos.

-YO: ¿Qué pasa?

-JAVIER: ¿Por qué estas así?

-YO: ¡Dios mío, Javier! ¿Es que no es evidente?

-JAVIER: Para mí no, no quiero que te vayas enfadada conmigo.

-YO: ¿Y qué más te da? Te vas a ir y dejarme aquí tirada, sin importarte una mierda cómo me siente o cómo me afecte, ya has tomado la decisión.

-JAVIER: No es eso, y lo sabes.- trata de acercarse pero le evito la mirada, a lo que responde agitando la cabeza, alterado.

-YO: ¿Y entonces qué es?

-JAVIER: No puedo seguir aquí. No tras lo que ocurrió…

-YO: Virgen santa, Javier, no eres al primero al que le ponen los cuernos, esas cosas pasan, duele y es una mierda, pero emborracharte o largarte, dejando atrás a la gente a la que le importas, como si yo fuera un clínex usado del que desprenderse, no es la respuesta. – quiero parecer más firme que asustada. No sé si lo logro.

-JAVIER: No es tan fácil.

-YO: Pues explícamelo, por favor, al menos merezco saber el motivo de que en abandones ¿Qué es? ¿Es Celia? ¿Es Carlos? ¿No soportas la idea de ir a su misma universidad? Te creía más fuerte que todo eso.

-JAVIER: Y lo soy. – se encara conmigo, herido en su orgullo. Nuestros ojos se clavan en el del otro, enzarzados en un duelo al borde del abismo.

-YO: ¿Y si no es nada de eso, qué es? ¡Maldita sea! ¿Por qué te estás autodestruyendo? ¡Dímelo!

-JAVIER: ¡Es por ti, joder, es por ti! – estalla, parece que vaya a arrancarme la cabeza antes de darme la espalda.

-YO: Ya te dije que no quiero que te vayas.

-JAVIER: No se trata de lo que tú quieras o no…se trata de mí, de lo que me pasa cuando estoy contigo. – me acerco, al sentir mis manos buscando que se dé la vuelta, se aleja unos pasos, sin atreverse a mirarme.

-YO: ¿A qué te refieres?

-JAVIER: Mierda…- alza una mano, señalando al techo con un solo dedo – Para ser tan buena leyéndome ¿No lo entiendes?

-YO: No, por favor, dímelo.- coge aire, hasta parece que le cuesta respirar.

-JAVIER: Estoy hecho polvo, Laura, he dejado a mi novia porque me engañó, casi hago una locura con Carlos si no llegas a estar y llevo más de dos semanas sin poder dormir, odiándome por lo que te hice, por dejarte así… – voy a hablar, para decirle otra vez que aquello fue culpa mía, pero su mirada me deja helada – ¿Y tú me preguntas por qué me siento un miserable? Está bien, te lo diré, no es por nada de eso, me siento un desgraciado por que estando en el peor momento de toda mi vida, en lo único que podía pensar al enterarme de lo que hizo Celia… ¿Sabes qué era?

-YO: No lo sé…- digo atemorizada.

-JAVIER: Era en ti – su voz ilusionada, escondida tras una amplia sonrisa, me deja aturdida – estaba allí, lo recuerdo bien. Estaba con ella delante, diciéndome lo mucho que me quería, que lo sentía, que la perdonara ¿Y sabes en qué pensaba yo? En que si cortábamos, tal vez podrías perdonarme y que estuviéramos juntos tú y yo.

No puedo creérmelo, aunque lo acabe de escuchar, es algo que mi mente no se ve capaz de procesar. Estoy parada ante él, que sigue de lado, sin dedicarme una sola mirada. No puedo conectar las partes de la historia sin que mi cabeza tenga un cortocircuito.

Llevo dos semanas sintiéndome la mayor mierda del mundo, sin acordarme de su nota “y que gracias a ti he comprendido lo que es enamorarse completamente de alguien.” Javier está enamorado de mí, y es algo que he decidido obviar para poder revolcarme en mi propia miseria, sin entender cómo eso le afecta a él.

-YO: Javier…yo…

-JAVIER: Lo sé, es patético ¿Verdad? ¿Cómo ibas a querer ni siquiera pasar unos segundos conmigo tras haberte dejado tirada como lo hice? Y aún así aquí estás, enfadada porque me marche, cuando deberías estar dando saltos de alegría.

-YO: No tienes que irte.

-JAVIER: Tengo que hacerlo, por dios, la idea de estar en tu misma ciudad y no estar juntos me destroza. Ya casi lo tenía decidido y vas y te presentas aquí, e iluminas mi mundo, me sacas del agujero en el que estaba… en menos de una hora lo único que quiero es quedarme a tu lado. No puedo soportarlo… -empieza a señalar la cama con furia – El lunes, cuando pasamos la noche juntos tras discutir con Celia, tendría que haberme tirado por un puente antes de dejar que durmiéramos juntos…en lo único que podía pensar era en nosotros ahí tumbados…en tenerte entre mis brazos una vez más, en sentir tu cuerpo, en qué pasaría si me atreviera a besarte como me pedía cada fibra de mi ser.

-YO: ¿Por qué no lo hiciste? -nos tiembla la voz a ambos, es lo que tiene hablar por fin con el alma.

-JAVIER: Por el mismo motivo que no lo hago ahora… no te merezco.

De nuevo, está ahí, un muro infranqueable entre lo que dicta la cabeza y el corazón. Existen mil motivos para no estar juntos, nosotros mismos nos hemos encargado de ponernos todas las trabas que se nos han ocurrido. Y pese a ello, no hemos podido evitar enamorarnos perdidamente, hasta el punto de renunciar a nuestro propio bienestar con tal de que el otro sea feliz, aunque sea alejándonos.

El problema de ese razonamiento, es que el único momento en el que ambos hemos sido felices, ha sido juntos. Y esa realidad derribará cualquier impedimento que nadie pueda crear. No hay forma humana de que al irse deje de pensar en mí, y de que yo me olvide de él. Eso sólo haría más llevadero un dolor que no desaparecerá. Y llevo demasiado sufrimiento a mis espaldas ya. Me niego a llevar más.

-YO: Pues hazlo ahora.

-JAVIER: ¿Irme? – me acerco a él y pese a su resistencia, tomo su rostro con ambas manos, mirándonos a los brillantes ojos, a punto de echarnos a llorar.

-YO: Bésame.

Abre la boca, pero solo sale aire de sus labios. Todo su cuerpo tiembla, no más que el mío. Una onda de choque debe recorrer todo su sistema nervioso, antes de regresar a su cerebro y que empiece a pensar en todo lo que le dice que no me bese, que me hizo daño y que no se lo merece.

-YO: Te quiero, Javier, no entiendo los motivos ni cómo hemos llegado a esto, pero tienes que saberlo antes de que te marches – acaricio su mentón al sentirme tan frágil ahora mismo que temo que me vaya a hacer pedazos ante su mirada atónita.

–JAVIER: No es posible…

-YO: Lo es, y tomes la decisión que tomes, te has ganado saberlo –alzo mi cuerpo contra el suyo, dejando mis labios a escasos centímetros de su boca – Javier, te amo.

Sus manos por fin me tocan, recorren mi espalda hasta llegar a mi nuca, dónde juega con mi cabello antes de sujetarme la cabeza con una delicadeza mayúscula. Sus ojos emiten una luz antinatural, sus pupilas se han dilatado tanto que me pierdo en ellas, temiendo que si aparto la vista una decima de segundo, le haga dudar.

Chispas, es lo que siento en mis labios cuando cierro los párpados y noto su beso. Creía que no podría sentir nada parecido a lo que ocurrió la primera vez que lo hicimos, pero está claro que el alcohol mitigó la sensación. Ahora mismo el mundo a nuestro alrededor se evapora, no hay sonido, ni imágenes, solo huelo el aroma de su cuerpo y siento como si nos eleváramos en la nada. Me aferro a sus hombros por el miedo a caerme, él me corresponde ladeando su cara, llegando un segundo contacto de nuestros labios, más tierno y dulce que el anterior, si es que era posible.

Se nos escapa una risa enorme a ambos cuando separamos nuestros rostros. Me muerdo el labio en cuanto abro los ojos y observo su cara, la forma de su sonrisa, el ángulo de su nariz ladeada en mitad de una mirada delicada y alegre. El hormigueo en mi estómago me dice que yo debo de tener esa misma cara. Me rodera con sus brazos y me hundo en su enorme pecho, dejando que la sensación de cariño regrese, más fuerte y poderosa que nunca. Siento su corazón latir a mil por hora mientras apoya su barbilla en mi cabeza.

.JAVIER: Esto es una locura. No entiendo cómo puedo quererte tanto.

-YO: Ni yo a ti. Pero lo hago, me he enamorado de ti, ya no tengo fuerzas ahora seguir negándolo.

La calidez con que acomoda mi cabello tras la oreja, me hace alzar la mirada y ruborizarme de la forma en que me observa. Aparto la vista pero enseguida acaricia mi mentón hasta que se agacha a volver a besarme. Esta vez se permite el lujo de que sea algo más pasional y no tan dulce, arqueándome la espalda levemente antes de sujetarme de la cintura con firmeza.

Estoy en una nube, cada vez que juntamos nuestros labios noto cómo todos los prejuicios, las responsabilidades, todos los impedimentos y trabas que nos hemos ido poniendo, van desapareciendo. Son cadenas que nos mantenían separados y a cada caricia se desvanecen por arte de magia.

Me aferro a su nuca y trato de seguir el ritmo acelerado de su boca, los castos picos han quedado atrás, llevamos demasiado conteniéndonos para ir desasió ahora. La realidad es que desde que le vi besando a Celia, he soñado con que llegara este momento, en plenitud de condiciones, saborear su boca y sentir la forma tan sensual que tiene de probarme.

Abrimos y cerramos los labios con energía, la tensión sexual aumenta y una de mis manos baja por su pecho hasta meterse por dentro de su camiseta, palpando su vientre y apretando su cintura.

Cuando noto su lengua acariciar levemente la mía, antes de cerrar un largo beso, una corriente eléctrica me recorre el cuerpo, siseo al sentir cómo mi sexo empieza a humedecerse y sus manos bajan por mi espalda hasta mi trasero, el cual agarra jugando con él. Me rio ansiosa, echando la cabeza hacia atrás, cosa que aprovecha para hundir su cara en mi cuello, donde besa y chupa desde mi oído a la clavícula. Me agarro a su cabeza llena de deseo, doblo una rodilla entre las suyas logrando rozar su paquete con mi muslo.

Es una delicia, por fin está pasando y es mil veces, un millón de veces mejor de lo que nunca hubiera imaginado.

Notando cómo tira de mis nalgas, de un salto me monto sobre su tórax. Sus manos van a mis muslos remangando mi vestido y suben hasta volver a sujetarme del culo, aferrándose a él mientras nos volvemos a besar con furia desatada. Mientras camina unos metros, probamos nuestras lenguas, ya no son roces, ahora se buscan, chocan y al final se entrelazan con elegancia natural.

Termina goleándose con el escritorio, sonreímos sin dejar de besarnos, aunque me acaba sentado sobre la mesa. En cuanto lo hace, tiro de su camiseta sacándosela por la cabeza, agarro sus costados y le acerco a mí, para recorrer su hinchado pecho con mis dedos, besando su yugular, que ofrece como si fuera una vampiresa seduciéndolo.

Al llegar a su nuca, tiro de su cabeza, es tan alto que debo erguirme para alcanzar su boca, donde se desata un vendaval de erotismo, en el que nos devoramos el uno al toro, y tras el cual, muerdo su labio inferior, deleitándome con sus ojos de lujuria. No tarda en tirar de mi vestido, que al ser tan amplio, sale de un solo gesto, acabando tirado en cualquier parte del suelo.

Javier se deleita con mi figura, es excitante verle casi relamerse ante el apetitoso bocado que tiene ante él. Se lanza a lamer entre mis senos, recostándome sobre la mesa mientras acaricio su cabello. Cuando me quiero dar cuenta sus manos ya han desbrochado mi sujetador, apartándolo con los dientes de uno de mis pechos, sobre el que siento su cálido aliento. Jadeo extasiada.

La forma en que me coge de los costados arqueando mi torso me enloquece, me ofrece entera para su disfrute, y sus labios se cierran sobre una de mis aureolas, succionado de forma sutil. Araño sus fuertes hombros al sentir su lengua jugar con mi pezón, tira de él mientras sus manos aprietan mis senos, los masajea con la dureza justa antes de cerrar con un pequeño pellizco que me corta el aire. Esto ya no tiene freno posible, y doy gracias al cielo por ello.

Mis brazos se van directos a mi vientre, bajando al pubis, donde su notable erección lleva un rato incidiendo justo en mi sexo. Busco el botón de sus pantalones y luego abro la cremallera con cierta maña. Javier deja de chuparme de forma maravillosa los pechos, y recorre cada centímetro de mi piel, subiendo por mi clavícula hasta mi cuello, mordisquea eróticamente el lóbulo de mi oreja, antes de alejarse un segundo y dedicarme esa media sonrisa que me hace suspirar.

Tira de mi espalda para sentarme de nuevo, besándonos sin parar. Cuando sus pantalones se caen a medio muslo me mira sorprendido de cuándo se los desabroché. Estiro mi cuello al máximo para seguir el baile de neutras lenguas, momento en que mis manos se vayan directas a su erección.

Es exquisito cómo gime al notar el contacto. Acaricio todo el largo de su miembro con ambas manos, sintiéndolo a través del bóxer, su sexo clama ser liberado. No soy cruel y mis dedos buscan la goma de la cintura, se ríe al sentir cómo buscan el tronco a tientas, pero cuando cierro la palma sobre él, haciendo resbalar la piel de su glande, toma mi cabeza besándome, es tan largo y tan cargado de sensualidad que me hace levitar de la mesa.

Es una señal de permiso, o así decido toármelo. Tiro de su ropa interior bajándosela, notando cómo la punta de su falo rozando mi vientre. Lo tomo comenzando un masaje suave y lento, girando las muñecas. Le provoca un gruñido brutalmente erótico, con nuestras bocas jugando a ver quien presiona más a la otra.

Se aleja un poco y los dos disfrutamos de la visión completa de mis diminutas manos friccionando su gigante miembro. Seguro que con otro pene menos abultado y una mujer más robusta, no se provocaría este contraste tan excitante. La realidad es que es una delicia observar su mirada, está disfrutando con absolutamente todo.

Tras unos segundos vuelve a besarme, tomándome de la cadera me baja de la mesa, haciéndome caminar entre caricias hasta la cama. Me ladea un poco para dar ligeros chupetones a mi cuello mientras se cierne sobre mi trasero lo que parecen dos zarpas de soso atrapando a su presa.

-JAVIER: No sabes lo que he echado de menos esto. – dice aferrándose a mi culo, dándole varias palmaditas muy castas para lo que hemos llegado a hacer otras veces.

-YO: Y yo.

Admito coqueta, dejando que se deleite mientras entrecierro los ojos del placer que su lengua me produce en la yugular. Una de mis manos sigue cogiendo la base de su miembro, iniciado una leve masturbación contra mi cadera. Es sentir el roce y me da un fuerte azote que me enciende aún más.

Le doy la espalda pegándome a su pecho, ladeo la cabeza para que empiece a besarme por el hombro, con sus palmas van directas a mis senos, los cuales acaricia como le enseñé en la piscina, lo que hace ya me parece un milenio de tiempo. Su erección golpea mis riñones, es algo molesto así que no me corto y se la tomo, metiéndola en el estrecho triangulo que hacen mis muslos con mi monte de Venus.

Gimo excitada como no recuerdo nunca, una de sus manos desciende por mi vientre con calma, hasta llegar a mis braguitas azules de algodón, desearía haberme puesto uno de los tangas más bonitos, pero claro, ni loca hubiera pensado que estaría en esta situación.

A él en cambio no parece importarle, sus dedos recorren la parte abultada de mis labios mayores por fuera de la tela, provocándome una leve descarga. Es tan grande que al apretar ligeramente cubre todo mi sexo. La idea de que en sus yemas pueda sentir todo la humedad que ha provocado me vuelve loca. O eso creo, por que cuando deja de palpar la zona, regresa a mi ombligo y desciende de nuevo, hasta introducir dedos por dentro de mi ropa interior.

El mero roce con la pequeña franja cuidada de mi vello púbico ya es para delirar. Al llegar a la vulva, y sentir cómo su dedo corazón acaricia mi clítoris, hinchado de forma exagerada, me desquicio. Empiezo a dar golpes de cadera, como si me estuviera follando ya, los cortos círculos que hace en mi zona más intima me dobla de placer, notando el ancho miembro separando mis labios menores.

-JAVIER: No te haces una idea de cuánto me excitas.

-YO: Javier:..dios…- atino a decir entre jadeos.

Sus dedos descienden y empieza buscar la entrada a mi vagina. No le cuesta, los fluidos hacen que resbalen con facilidad. Se me doblan las rodillas de la sensación, sólo puedo sujetarme a su brazo, como si fuera una barra que atraviesa mi pecho. Es casi peor, cada gesto de su mano dentro de mis braguitas pasa primero por su antebrazo, notando los músculos temándose bajo su piel.

Asumo que la situación es un regalo divino, no puedo soportar cómo me está tocando, cómo besa mi cuello y se dedica a acariciar uno de mis pechos mientras frota mi clítoris a la vez. Suspiro nerviosa al sentirme sobrepasada.

Cuando su dedo corazón me penetra, una explosión de vibraciones me arroja sobre su torso, me aferro a su cuerpo, a su noca por encima de mí, tratando de aguantar la presión que va abriéndome. No le cuesta demasiado, cada milímetro va encendiendo diferentes sensaciones dentro de mí, increíbles y maravillosas. Al sentir la fluidez empieza a introducirlo y sacarlo a un ritmo que va aumentando, uno que sigo con mi pelvis, llegado un ínstate mi interior pide más, y mete también su dedo anular a la vez, notando cómo me chupa el cuello, sujetándome del pecho a la vez.

-JAVIER: ¡Cómo te mueves eres una delicia!

-YO: Me gusta cómo me tocas. – sonrío al ver que pese a mi experiencia, me siento como una novata.

-JAVIER. Y a mi tocarte, he soñado con esto desde que te vi por primera vez. – me lo susurra tan cerca que termina rozando sus labios con mi piel

-YO: Tendría que haberte dejado hacerlo, si lo llego a saber me lanzo mucho antes. – sonreímos ambos, es raro charlar estando como estamos.

-JAVIER: Yo…Laura…no quiero presionarte.

-YO: Te refieres a que…- una súbita sensación de enfriamiento me recorre la espalda.

-JAVIER: Lo siento, sé que es muy precipitado…pero no puedo dejar de pensar en ello.

-YO: ¿Tú quieres hacerlo? – me giro sobre mí misma, rascando su barba, con cara ilusionada.

– JAVIER: Claro. Es lo que más deseo ahora mismo…pero si tú no quieres, no ocurrirá.

-YO: Hagámoslo.

-JAVIER. ¿En serio? – al asentirle ansiosa, me besa tan fuerte que nuestros dientes se chocan un instante.

Sus manos bajan a mi cadera y tiran de mis braguitas, dejándolas por el suelo. Sus bóxer van detrás. Tomándome de la cintura me recuesta sobre la cama con tanta delicadeza que me abruma. Nos besamos unos segundos tiernos con él montado encima de mí en que tras cada uno de los largos y apasionados, me da otro besito más corto, intenso, como el cabeceo de un cachorro juguetón. Un detalle que me encanta.

-JAVIER: ¿Quieres que vaya a por un condón?

-YO: Mi galán, ya sabes que no puedo tener hijos.

-JAVIER: Lo sé, lo digo por…si quieres. – supongo que estaría pensando en una ETS, pero ninguno ha tenido sexo en bastante tiempo, y menos con nadie que pudiera tener nada.

-YO: Déjalo, quiero sentirte.

Cerramos el pacto con otro largo beso con lengua que reaviva cualquier llama que se estuviera disipando. El roce de su miembro en mi pubis me está pidiendo a gritos una penetración. Al observar cómo casi me llega al obligo su erección me hace recordar Jimmy, el puto boy que me pegó la mejor follada de mi vida. Estoy segura que eso hoy va a cambiar.

Acaricio su nuca para que no se ponga nervioso, me abro de piernas rodeándole con ellas. Se acopla con cuidado, apoyándose sobre la cama con un brazo, con la otra mano dirigiendo su sexo desde la base, apuntando directo a mi interior, que está deseando recibirle. Nos dedicamos una mirada de confianza previa, algo así como darnos permiso mutuo, antes de sentir su glande buscando mi entrada. Aprieto los labios antes de que encuentre el ángulo perfecto y entonces abro la boca al percibir cómo me abre al meter poco a poco toda la cabeza de su pene.

-YO. ¡Dios!

-JAVIER: Voy con cuidado.- es tan dulce que no entiende que es de pasión al contacto, y no una queja.

De todas formas agradezco que se lo tome con calma. Desde Jimmy nadie ha entrado en mí, y pese que me dejó un buen agujero, ha pasado tanto tiempo que debo ir acoplándome a un miembro tan exageradamente ancho. Además Javier lo tiene ligeramente curvado hacia arriba, lo que le da un extra al rozar mi punto G, penetrándome.

Me aferro a su cabeza cuando ya ha metido la mitad de su sexo en el mío. Deja de empujar por unos segundos, sintiendo cómo mis paredes interiores palpitan al expandirse. Nos miramos a los ojos de nuevo, en busca de cualquier protesta para volver atrás, pero acaricio su cara mientras noto todo el amor del mundo concentrado en ella, y es sólo para mí.

Es absurdo que no me hubiera dado cuenta antes de cómo me observaba, como un deseo concedido que le ha tocado disfrutar en exclusiva. Asiento emocionada, sin creerme todavía que esto esté apando, y que Javier me ame de esta manera.

Lentamente va sacando casi la totalidad de su miembro, vuelve a meterlo produciendo un roce largo y un sonido muy característico de fricción húmeda. Cada vez que lo hace todo mi cuerpo se eleva, noto cómo va adentrándose más en mi, alcanzado tal profundidad de me sale un gemido de gusto cuando lo hace.

Pasados unos segundos, me siento llena, plena, dichosa y completa. Su pubis está pegado al mío, indicando que ha conseguido meterla entera, para celebrarlo gira su cadera con poderosas circunferencia de su sexo, rozando todo mi interior.

Aprieto sus brazos al punto de clavar mis uñas. Por suerte no se queda quieto y busca mi cuello o mis senos, a los que les dedica un buen repaso con su boca. Estoy tan mojada que no necesito demasiado para notarme cómoda, empezando a dar giros cortos de pelvis. Lo interpreta bien y los acompasa con largas penetraciones, que se me hacen eternas al principio, y que va acelerando. No me queda otra que apretar los dientes para no gritar, poseída de placer.

Mis manos buscan su cuerpo, acaricio todo su tórax para sentir su poder, recorro sus costados y terminan apretando su trasero, no guiándole, apretándole más para que con cada golpe de cadera nuestros sexos choquen. Su boca no se separa de mi cuello, salvo cuando le ruego que me bese, entonces tomo su cara para conseguir que nuestros labios se cosan en un baile sin control. Su cadera coge ritmo y esto empieza a ser un polvazo.

-YO: ¡Dios… no pares… sigue!

Es todo un descubrimiento ver que, tras iniciar un acto sexual dulce y tierno, el educado Javier sabe follar ¡Y cómo lo hace! Me mata con cada embestida, seguro que la gran circunferencia de su miembro tiene mucho que ver, pero se mueve de maravilla. Está enterrándome en el colchón como no esperaba que supiera. Mis piernas le rodean buscando apreciar cada ápice de la forma en que me penetra, rayando lo salvaje, pero sin llegar a ser violento.

-JAVIER: ¡Joder!

-YO: ¿Qué pasa?

-JAVIER: Mierda, me voy a correr – estaba tan obnubilada que no me acordaba de su edad, pero tampoco voy a dármelas de diva, yo tampoco estoy lejos de tener un orgasmo.

-YO: Hazlo dentro, quiero sentirlo.

-JAVIER: Laura… – es un murmuro mientras sus golpes de pelvis se alargan y aumentan en fuerza.

Siento los latigazos internos de su semen, caliente y espeso. Arqueo la espalda desaforada, él ataca mi cuello, chupando tan fuerte que me provoca un grito de placer. Noto los espasmos de su sexo palpitando dentro de mí, el sudor de nuestra piel mezclándose en nuestros pechos y la tensión de su espalda en mis manos.

No me importa no haber llegado al orgasmo, estoy segura de que follando así me va a sacar todos los que quiera con algo de practica…o eso me digo cuando se apoya con el codo ganando estabilidad, y sin dejar de besa mi pecho, una de sus manos busca mi clítoris. El roce me hace jadear, aprovechando que su miembro aún está firma, lo saca y mete mientras dure. Eso hace que prologue mi excitación.

Cierro los ojos abandonadme al placer que me brinda durante un minuto más de gozo, en el que la mezcla de sensaciones, su boca en mu clavícula, su mano mimando mi vulva, su sexo frotándome, su cuerpo en tensión, la situación tan erótica…Todo pasa a cámara rápida por mi mente y termina llegando un gran explosión entre mis piernas. Una que al no esperarla, llega renacida y cerrando mis paredes interiores exprimiendo su pene, que empieza a perder firmeza, aunque ha cumplido su función, con creces.

De inmediato se rinde, se vence sobre mi y le abrazo deseando que esta sea la primara vez de muchas. Notando su jadeo en mi nuca, respirado trabajadamente ambos, sin dejar de percibir el ligero temblor de mis piernas, rodeándole con fuerza. Sus brazos buscan rodear mi cintura y se aferra a mi cuerpo como si alguien se lo fuera a quitar. Luego alza la cabeza, y tras besarme, se me queda mirando de nuevo como antes, cómo si no necesitara nada más en su vida.

-JAVIER: Espero que estés segura de esto…

-YO: No he estado más segura de nada en mi vida.

-JAVIER: Menos mal- sonríe después de que saboreé sus labios con cariño otra vez.

-YO: ¿Por qué lo dices?

-JAVIER: Desde el primer beso ya he sabido que te amo con locura –posa su gran mano en mi cara, acariciándome con los dedos, fijando nuestras miradas – lo digo porque ya no habrá nada que pueda separarme de ti.

Continuará…

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