Regalo de aniversario

Cinco años de casados, dos niños, una bonita casa en un barrio privado, dos automóviles, vacaciones de verano e invierno todos los años, un grupo reducido pero muy bueno de amigos con quienes divertirse socialmente, trabajos bien remunerados y una vida sexual activa y aceptable.

Esa era la conclusión que podían sacar de sus vidas Marisa y Javier. A priori nadie pensaba que tenían de qué quejarse salvo que la conocieran a fondo a ella y supieran que siempre quería ir por más, sobre todo si en materia sexual se refería.

Había sido criada con una libertad y desprejuicio mental tan grande para el sexo que salvo dos o tres cosas muy puntuales estaba convencida de que todo estaba servido en bandeja para el placer cuando fuera consensuado con su pareja.

¿Tenía límites? Si, claro, por supuesto, pero eran producto de situaciones que no la satisfacían, no le daban placer, no eran límites por pacatería o pudor.

Consideraba que el sadomasoquismo era innecesario, al igual que el bondage. Se sentía capaz de ejercer la dominación y la sumisión dentro de una relación sin tener que apelar a elementos externos. Ella creía mucho más en el poder de la palabra, la sugestión y el misterio en el momento adecuado, sabía cuáles eran sus herramientas de poder (tal vez las más efectivas) y las usaba de manera natural pero eligiendo siempre el momento justo para que surtiera el efecto deseado.

Javier, en cambio, era mucho más relajado, menos especulativo pero no por eso menos apasionado ni fantasioso. Como casi todos los hombres, tenía el sexo a flor de piel pero no poseía esa “sutileza” que caracterizaba a Marisa.

Desde ya que buscaba momentos y provocaba situaciones para tener relaciones sexuales con ella, al fin y al cabo eran una pareja joven y se querían pero los dos sabían que si había un motor que arrastrara con más fuerza ese carro, no llevaba su nombre.

A ambos este detalle parecía no importarles demasiado porque no se detenían a hablar de ello, simplemente lo vivían y lo disfrutaban como se presentaba.

Las fantasías que tenían las cumplían en la medida de lo posible y las que no las recreaban una y mil veces en la cama como si de verdad ocurrieran, para algo eran fantasías ¿no?.

Se acercaba la fecha del quinto aniversario de casados y además de planear un viaje para ellos solos dejando a los niños con sus abuelos y tíos, Marisa quería darle un regalo sorpresa a Javier, uno que alguna vez se había expresado con palabras en la previa a un intenso orgasmo compartido pero que había quedado allí, suspendido en el aire.

Hacía semanas que estaba buscando y averiguando todos los detalles para que nada fallara y conforme se acercaba la fecha del festejo, tenía casi todo resuelto.

Marisa iba a regalarle a Javier un trío. Sería la primera vez que compartiría a su marido con otra mujer y por supuesto que estaba dispuesta a participar activamente de la situación, no sería una mera espectadora y nada más, eso lo supo desde el momento en el que concibió la idea y comenzó a planteársela a él como una fantasía más de las tantas no realizadas aún.

Los detalles a tener en cuenta eran si el trío se haría antes o después del aniversario y si la mujer elegida sería alguien conocido o absolutamente anónimo, con lo cual debería recurrir a los servicios de una prostituta o de una escort.

Había optado porque se llevara a cabo durante el viaje de festejo y no contrataría los servicios de ninguna escort, mucho menos de una prostituta por lo tanto hacía semanas que se había anotado en un chat de relaciones íntimas y entablado varias conversaciones con mujeres que querían tener relaciones lésbicas y también con solteras que estaban acostumbradas a participar de tríos con una pareja.

La primera opción no dio buenos resultados porque las mujeres que contactó no aceptaban la condición de tener relaciones con Javier, querían solamente con ella y no era su idea precisamente. No porque le disgustara estar a solas con otra mujer sino porque el fin de ese momento era que su marido fuera el eje de la relación, al menos al principio y si después las cosas se desmadraban no importaba, eso ya era algo que no se iba a poder controlar y quedaba librado al azar.

Optó por concentrarse en las mujeres que participaban de tríos con otras parejas, hizo una pre selección de cuatro, dos y al final se quedó con quien le pareció la más adecuada desde todo punto de vista.

Hubo intercambio de fotos, edades, situaciones personales y se inclinó por “cerrar” el trato con Nina.

Cuando supo a dónde irían de viaje para festejar el aniversario le avisó a ella, consultó si estaba de acuerdo con los tres días que requería su presencia en el mismo lugar y una vez que ella aceptó, le pareció adecuado pagarle el pasaje y la estadía pero Nina solamente aceptó el pasaje, después de todo también era un momento de placer que ella iba a obtener asi que cerraron el trato de esa manera y dos días antes de viajar con su marido, se encontró con Nina en un café para armar la historia de presentación con Javier.

Como se alojarían en el mismo lugar y tratándose de un hotel que organizaba eventos para sus ocupantes, coincidirían en uno de ellos y de allí en más todo seguiría su curso.

Al encontrarse con Nina, Marisa supo de manera inmediata que las cosas saldrían perfectamente. Era el tipo de mujer que le gustaba a Javier y debía reconocer que a ella la había inquietado bastante, o sea que su mente ya había comenzado a funcionar también desde el lado de la excitación personal.

Llegada la fecha del viaje partieron rumbo a destino, llegaron al hotel, dejaron sus valijas y mientras Javier se daba una ducha, Marisa averiguó si Nina ya estaba registrada. Pidió su número de habitación, la llamó, hablaron dos o tres palabras y quedaron en que la noche siguiente sería la del encuentro entre los tres pero que esa noche ella bajara a cenar porque quería que Javier la viera aunque no tuvieran contacto de ningún tipo.

Efectivamente así lo hicieron. Marisa y Javier bajaron al comedor a cenar, eligieron una mesa apartada, cercana a las ventanas que daban al lago y Nina se sentó sola en la barra del bar.

Por consejo de Marisa, Nina se había puesto un vestido rojo Valentino, bien pegado al cuerpo y había dejado su cabello suelto sobre los hombros. Completaba su imagen con un pequeño brillante que pendía de una cadena de oro blanco alrededor de su cuello y zapatos de taco alto, del mismo color de su vestido.

Elegancia y sencillez era una de las claves que más atraía a Javier.

Mientras cenaban animadamente, la pareja se mimaba por encima y por debajo de la mesa sin ningún tipo de reparos. El champagne los motivaba lo suficiente como para que las miradas ajenas no importaran absolutamente nada.

Como al pasar, mientras Marisa le proponía diferentes juegos para el momento de subir a la habitación, le sugirió a Javier que tomara cuenta de lo bonita que era aquella mujer que se encontraba sola sentada en el bar, la que tenía el vestido rojo.

Javier, sin dejar de acariciar la entrepierna de Marisa, miró a Nina y estuvo de acuerdo con la apreciación de su esposa, era una mujer preciosa y muy llamativa sin un solo toque de vulgaridad.

A medida que Javier la recorría con la mirada y daba su opinión, Marisa mordisqueaba el lóbulo de su oreja, respiraba acompasadamente en su oído, le dejaba saber que esa situación le resultaba excitante y acotaba comentarios picantes a los de Javier con respecto a Nina.

Mientras tanto Nina, sabiendo que la pareja ya la miraba, cambió de posición en la banqueta que estaba sentado, apuntando su cuerpo un poco más hacia ellos.

Entre cruzó sus piernas de manera sensual varias veces y de manera muy lenta, asegurándose de que Javier tuviera tiempo de ver que debajo del vestido no llevaba ropa interior (esa había sido una idea pura y exclusivamente suya).

Tomaba su trago de manera muy sexy, cada tanto se relamía delicadamente los labios con la lengua, los humectaba y sabía que brillaban bajo las luces del bar.

Si hubiera sido por ella, ya mismo los llevaba a ambos a la habitación para coger hasta el día siguiente porque a decir verdad los dos le encantaban pero prefería seguir con el plan trazado por Marisa y mañana por la noche ejecutar todo como estaba previsto.

Mientras se exhibía desde lejos, no dejaba de pensar en la cantidad de cosas que podría hacer con esa pareja estando a solas. Imaginaba todos los escenarios posibles: cogiendo con Javier mientras Marisa miraba, con ella mientras él miraba, los tres juntos, los dos y ella apartada masturbándose… su mente era un infierno, no podía parar, era una de las experiencias más excitantes que había vivido desde el día que comenzó con esta loca práctica de ser la tercera en una pareja casual, solamente reunida por el placer.

Las consecuencias de tantas imágenes atravesando su mente no se hicieron esperar y enseguida comprobó que ya estaba humedeciendo sus muslos de manera preocupante por lo cual decidió pagar lo consumido, levantarse lentamente del banquito donde estaba sentada para asegurarse que Javier la viera y pasar delante de su mesa, rumbo a la habitación.

Tal cual lo esperado, sintió los ojos de ambos desnudarla con la mirada al pasar a su lado moviendo las caderas provocativamente.

Marisa y Javier no tardaron mucho más en levantarse e ir a la habitación porque el efecto del champagne, las caricias persistentes, los comentarios dichos en voz baja y la presencia de Nina los había calentado al máximo por lo tanto morían por subir a cogerse mutuamente y de manera casi salvaje.

Esa era una de las cosas que más le gustaba a Javier de su esposa, que podía, sabía y quería diferenciar perfectamente el momento del sexo por amor al sexo por instinto y tanto en uno como en otro siempre coincidían y quedaban satisfechos.

El romance era algo que quedaba reservado para otros momentos pero cuando el cuerpo les marcaba ese deseo incontrolable, animal, primario, instintivo, no había palabras azucaradas ni imágenes rosas que se mezclaran en la relación; era lo que debía ser: calentura pura elevada a la máxima expresión buscando ser satisfecha de cualquier forma.

Subieron solos en el ascensor y aprovecharon para manosearse compulsivamente, lamerse de manera obscena y se reían como dos criaturas por el desenfado que tenían sabiendo que hasta llegar al piso quince las puertas del ascensor podrían abrirse y cualquiera podría verlos con las ropas arrugadas, despeinados y con la respiración agitada pero no les importaba nada, es más, les hubiera encantado que les sucediera pero no fue así.

Al mismo tiempo que ellos llegaban a su habitación, Nina ya estaba desnuda dentro de su cama pensando en lo que podría suceder mañana por la noche y masturbándose con impaciencia para calmar tanta urgencia y excitación.

Marisa y Javier pasaron una noche de sexo inigualable y en medio de tanta locura, Marisa introdujo una vez más la idea de formar un trío.

Notó que al decirlo Javier se excitó mucho más y comenzó a pedirle detalles para que ella le contara cómo imaginaba ese momento y qué quería que ocurriera.

Marisa dejó volar su imaginación mientras se movía encima de Javier sintiendo cómo su pija se endurecía a medida que ella se reclinaba sobre su pecho y le daba los detalles al oído de todo lo que le gustaría que ocurriera en ese trío en voz muy baja, lamiéndole el cuello de tanto en tanto con su lengua que estaba tan húmeda como su sexo.

Subía y bajaba sobre él, apoyaba las manos sobre sus hombros, lo miraba fijo a los ojos mientras hablaba entre jadeos y él, en la desesperación de ese instante, le pellizcaba los pezones, se erguía para mordérselos, le apretaba las tetas con sus manos, las bajaba hacia sus caderas y la hacía subir y bajar furiosamente sobre su pija como si quisiera atravesarla desde arriba hacia abajo.

Acabaron descontrolados, gimiendo, gritando, dejando escapar lo más salvaje que tenían guardado en su interior y Marisa cayó de costado en la cama, mientras Javier se levantaba para ir al baño y al regresar pedir otra botella de champagne.

Luego de la llegada del room service Marisa supo que era el momento de hacerle morder el anzuelo a Javier y que lo del trío no quedara como una fantasía más en el medio de semejante polvo asi que después de brindar por quinta vez en la noche, ya con la tercera botella de champagne encima, abiertamente le dijo que la mujer del bar la había calentado y que le parecía una excelente oportunidad para contactarla, intentar seducirla y si aceptaba, concretar la fantasía mañana mismo por la noche, luego de la fiesta temática del hotel.

Javier la miró sin dar demasiado crédito a lo que escuchaba y no porque no creyera capaz a su esposa de semejante acto sino por lo sorpresivo de la situación.

Lentamente recordaron cada detalle de aquella misteriosa y solitaria mujer del bar, la imaginaron entre ambos, se calentaron nuevamente, volvieron a coger y al final Marisa obtuvo lo que quería: el consentimiento de Javier para abordarla durante la próxima jornada.

Cayeron rendidos en un sueño muy profundo, se despertaron al día siguiente y antes de salir a recorrer el lugar, Marisa le dejó una breve nota a Nina en el lobby para que supiera que todo había salido perfectamente bien y que ésa era la noche, que se preparara para disfrutar de todo y con todo.

Estuvieron prácticamente todo el día fuera del hotel, pasearon, compraron cosas para los chicos, sacaron fotos, almorzaron en un lugar bellísimo frente al lago, hicieron una mini excursión a solas en un bosque donde el deseo pudo más y cogieron como si los estuvieran espiando, rápidamente y con avidez.

Cuando vieron que el sol iba cayendo regresaron y se prepararon para la fiesta.

Dos horas después entraron al salón azul del hotel y a lo lejos vieron la figura de Nina conversando con dos parejas, bebiendo y riendo alegremente.

Se acercaron como si nada, se presentaron entre todos y Javier puso especial énfasis en el beso que le dio a Nina en la mejilla derecha.

Poco a poco fueron apartándose los tres del resto del grupo, se sentaron en una mesa, pidieron algo para comer, una buena botella de vino tinto y comenzaron a charlar de banalidades como para ir conociéndose un poco más.

Javier se relajó inmediatamente porque sabía que su mujer sería la encargada de llevar la conversación al terreno de lo sexual y allí el plantearía la idea del trío para esa noche.

Marisa sabía que así sería y en el fondo el dio un poquitito de pena ver con cuánta ingenuidad manejaba las cosas sin conocer que todo era un plan perfectamente orquestado por ambas mujeres.

La mesa que habían elegido estaba contra un sillón rectangular que cumplía las funciones de un box para tres o sea que se sentaron Marisa, Nina en el medio y Javier a su izquierda, cosa que facilitó mucho el comienzo de la seducción para ambos porque cuando los varios centímetros cúbicos de alcohol que invadían la sangre de los tres comenzó a hacer efecto, a él le resultó inevitable hablar y acariciarle la pierna a Nina mientras que a ella le pasaba lo propio con ambos pero no sabía cómo demostrárselos sin que se notara que ya estaba deseosa de salir de allí y subir a la habitación.

Tal como pensaba Javier, Marisa se encargó de llevar a Nina al terreno del sexo y él remató con la propuesta de subir para seguir conversando un poco más cómodos, lejos del ruido de la fiesta y las voces de la gente.

Ya en el ascensor, Javier vió cómo su mujer se acercaba sensualmente a Nina y con la punta de su dedo índice le recorría el camino del escote del vestido de arriba hacia abajo mientras ambas lo miraban profundamente a los ojos.

Prácticamente inmóvil por la escena y la sorpresa, se quedó en un rincón del ascensor acariciándose lentamente la entrepierna porque la molestia de su pene erecto ya se estaba haciendo notar y urgía que se encargara de alguna manera de él.

Al llegar al piso correspondiente bajaron los tres, entraron a la habitación e inmediatamente Marisa llamó al room service para pedir tres botellas de Extra Brut heladas.

Al cortar la comunicación se dio vuelta y vió cómo Nina tomaba cerraba sus brazos alrededor del cuello de Javier y pasaba la lengua por los labios de su marido, que no tardó en abrir la boca y retribuirle el gesto convirtiendo aquello en una batalla de lenguas y besos sonoros que calentaron más el ambiente.

Marisa dejó volar sus zapatos por el aire, se ubicó detrás de Javier y pasándole las manos por delante, aflojó su cinturón, desprendió el primer botón del pantalón, comenzó a acariciarle la pija que sentía caliente y húmeda a través de la tela que lo encerraba, le quitaba el saco, le hablaba al oído en voz baja, metía su lengua en la oreja, lo enloquecía irremediablemente.

Luego lo abandonó para ir con Nina, a quién le bajó el cierre del vestido, le desabrochó el soutien, liberó sus tetas y situada detrás de ella comenzó a acariciárselas mientras se aseguraba que ellos continuaran comiéndose la boca y que Javier viera como su esposa actuaba con otra mujer pellizcándole los pezones, estirándoselos y ofreciéndoselos a él para que los lamiera con su lengua.

Marisa quería que fuera él quien comenzara disfrutando de todo por eso mismo le entregaba a Nina como si fuera una ofrenda, evitando de esa forma que él se sintiera inhibido o creyera que si tomaba la iniciativa su esposa se molestaría.

Alternaba con uno y con otro, los acariciaba, los desvestía, de tanto en tanto les daba un beso de lengua bien provocativo para que se vieran mutuamente en acción y se apartaba para que continuaran.

Nina y Javier lograron de manera inmediata una química estupenda y para cuando tocaron la puerta con las tres botellas de champagne, ya estaban acostados acariciándose en la cama.

Marisa abrió la puerta pero no dejó pasar al botones, tomó ella misma las cosas, le dio la propina, cerró la puerta y llevó las botellas hasta la mesa cercana a la cama.

Sirvió tres copas, se acercó a la cama donde estaban los dos, le dio una a cada uno, brindaron, se besaron los tres en la boca y se apartó para que continuaran jugando pero mientras tanto ella seguía tomando y cada tanto dejaba caer un poco de champagne en la boca de Nina o en la espalda de Javier.

Alrededor de la cama había varios sillones más que cómodos donde ella podría haberse sentado a mirar de cerca la escena pero prefirió subir a la cama y sentarse sobre las almohadas, teniendo así el espectáculo completo frente a sus ojos: a Javier encima de Nina mirándola de frente y a Nina extendida en todo su esplendor a lo largo de la cama y cubierta por el cuerpo de su marido.

Los gemidos y jadeos de los tres iban en aumento al mismo tiempo que las caricias, que cada vez eran más profundas.

-Qué bella es, ¿verdad, Javi?, le preguntó mientras su esposo acariciaba las piernas de Nina dejando que sus dedos comenzaran a explorar lentamente su concha.

Marisa tomó otro trago de champagne, se incorporó un poco y dejó caer pequeñas gotas de la bebida sobre las tetas de Nina, a las que comenzó a lamer y morder suavemente.

Al sentir que el cuerpo de Nina se arqueaba casi con desesperación, se retiró una vez más de la escena y se sentó otra vez sobre las almohadas mientras disfrutaba de lo que estaba viviendo su marido.

Se había arrastrado hacia la entrepierna de Nina y como si esperara la orden de Marisa para continuar, acariciaba la piel absolutamente depilada y brillante por la humedad del flujo que salía de manera incontrolable.

-Comele la concha, Javier.

La orden fue casi una liberación para los tres y sin hacerse esperar, Javier abrió con sus manos los labios vaginales y hundió su rostro allí mientras Nina suspiraba cada vez más fuerte a medida que la lengua de ese completo desconocido entraba más y más acompañada de uno, dos, tres dedos que no le daban respiro.

La mirada de Marisa estaba cargada de deseo por verlo a su esposo por primera vez con alguien que no fuera ella y además por querer estar haciendo exactamente lo mismo porque a esa altura de las cosas, ella deseaba tanto a Nina como Javier.

Mientras se escuchaba la boca de su marido comiéndole la concha a esa otra mujer que no paraba de gemir y gozar, ella con una mano seguía tomando champagne y con la otra acariciaba su clítoris que estaba hinchado y ardiendo.

Era una película de las más calientes que hubiera imaginado ver jamás y todo estaba allí, al alcance de sus manos.

El margen de espera que tuvo fueron tres orgasmos consecutivos que alcanzó Nina con su marido comiéndole la concha y esos gemidos de placer la desesperaron tanto que cuando vió las intenciones de él de coger con la tercera en discordia, se paró sobre la cama, caminó por sobre el cuerpo de Nina, se acercó a Javier, lo separó de ella y le dijo:

-Ahora te toca mirar a vos y déjame disfrutar a mí.

Javier eligió sentarse en uno de los sillones que rodeaban la inmensa cama del hotel mientras veía cómo su esposa se sentaba en el costado de la cama, Nina se incorporaba y ambas comenzaban a comerse la boca y a tocarse las tetas mutuamente.

Lo que veía era tan delicioso, tan excitante que no entendía cómo no lo habían vivido antes.

Su mujer pellizcaba los pezones de otra, los mordía, les pasaba la lengua, los endurecía mientras las manos de una desconocida reptaban entre las sábanas y los labios de la concha de su esposa para llegar hasta el clítoris y hacerle una paja para que ambas gozaran al mismo tiempo.

Javier no podía dejar de tocarse la pija, creía que iba a explotarle en mil pedazos pero no quería acabar asi que hacía malabares en el aire para detener sus caricias en el momento exacto antes de la eyaculación.

Mientras ambas mujeres jugaban, él se sirvió más café y lamentó no haber traído la filmadora pero recordó que tenía el celular asi que buscó en el bolsillo del pantalón, lo sacó y comenzó a filmarlas.

Caminaba alrededor de la cama para no perderse ningún detalle, ellas miraban a la cámara besándose de manera escandalosa a propósito, se mordían y gemían de placer hasta que se posicionaron cómodamente dispuestas a hacer un exquisito sesenta y nueve.

La cabeza de Javier volaba por el aire, estaba fuera de sí, nunca creyó que lo calentaría tanto ver a su mujer comerle la concha a otra y hacerlo con tanta destreza, como si hubiera nacido para complacer a otra persona de su mismo género.

Había que reconocer que Nina tenía una concha hermosa, depilada, jugosa, sabrosa y un clítoris de dimensiones más que interesantes ahora que estaba hinchado por el goce absoluto.

Las manos de Marisa abrían los labios vaginales de Nina y hurgaban dentro de ella, la lengua limpiaba todo el flujo que manaba sin cesar y Javier se desplazaba hacia los pies de la cama para ver cómo Nina complacía a Marisa.

Era extraño ver una boca que no fuera la propia comiendo la concha de su esposa pero al instante en que vió la escena en la pantalla de su celular sintió que un fuego incontrolable se apoderaba de él.

Su esposa estaba abierta de piernas, expuesta a la boca de otra mujer que no paraba de cogerla con la lengua, a otros dedos que la manoseaban delicada pero insistentemente y le arrancaban gemidos desde lo más profundo de su garganta y lograban que las piernas de Marisa se tensaran ante cada embate de esa boca femenina que parecía estar dándole algo que él nunca había logrado darle.

Resultó inevitable que ambas acabaran en la boca de la otra y se bebieran ávidamente el flujo que caía rápidamente hacia las sábanas de la cama que a estas alturas ya era un manojo arrugado y húmedo de tela.

Javier, impaciente, apenas las vió acabar colocó su celular sobre una de las mesas de luz que estaban al costado de la cama y se unió a ellas sin darles demasiado tiempo a que respiraran o se repusieran del tremendo orgasmo que habían tenido.

Se recostó sobre la cama acomodando a las dos mujeres uno a cada lado, las besaba alternativamente, les acariciaba las tetas, unía sus bocas para que se besaran delante de su cara y en instante colocó las manos en sus nucas y las llevó delicadamente hacia su pija para que lo aliviaran de tanta calentura contenida.

Mientras ambas mujeres compartían su miembro, tomó el celular de la mesa y las filmó. Era una locura ver como las deslizaban la lengua desde el glande hasta la base, cómo jugaban con sus testículos tragándoselos y estirándolos al soltarlos y de manera alternativa engullían por completo su pija hasta que desaparecía en sus bocas sin que quedara espacio para que respiraran.

Paraban cada tanto para besarse entre ellas, para acariciarse las tetas con su miembro completamente empepado en saliva y líquido pre seminal, lo agarraban con sus manos e intentaban hacerle una paja suave y delicada para que no acabara inmediatamente porque ambas querían que todo siguiera, que las penetrara, que la energía acumulada que Javier tenía en ese momento no se diluyera en una eyaculación violenta que lo dejara agotado sobre la cama.

Sin que lo pidiera, y en el mejor momento de todos, lo soltaron, se quedaron mirándolo un segundo divertidas al ver el desconcierto en su cara y acto seguido Nina lo montó, se sentó de un solo envión sobre su miembro erecto lanzando un aullido feroz y Marisa se ubicó sobre su boca, copándola por completo y obligándolo a que la abriera para sacar la lengua y comerle la concha como solamente él sabía hacerlo.

Le quitó el celular de las manos y ahora era ella la encargada de filmar toda la escena.

Era la cumbre del éxtasis, el paroxismo del placer, nadie podía creer que pudieran estar viviendo eso.

Las tetas de Nina se movían con el vaivén de sus subidas y bajadas sobre la pija de Javier, la cara de goce profundo, la boca abierta y los labios húmedos de aquella mujer conjuntamente con sus gemidos era algo que Marisa no iba a poder olvidar fácilmente.

Pero a ella tampoco le iba tan mal porque Javier se estaba esmerando como nunca y la estaba llevando al límite al comerle la concha con la boca y dejar deslizar dos dedos alrededor de su espléndido culo, que por cierto estaba bastante dilatado y en otras circunstancias ya se lo hubiera cogido también.

El pulso la estaba traicionando porque las oleadas de placer la hacían moverse de adelante hacia atrás una, dos, tres, mil veces y perdía el foco de la situación pero nada le importaba porque todos estaban fuera de control, no podía dejar de refresarse contra la cara de su marido y así también sentir cómo la incipiente barba de un día le rozaba el clítoris y la enloquecía definitivamente.

Nina, en una de sus sacudidas bestiales sobre Javier, se acercó a Marisa, le apretó las tetas con la mano, le comió la boca y así, formando casi un puente entre los tres sintieron que era el momento justo para dar rienda suelta a todo el desenfreno y acabar gritando, jadeando, tocándose por todos lados, cogiéndose entre sí con los dedos, las bocas, las manos y desparramando entre ellos todo el flujo y el semen que rebalsaba de sus sexos.

No recuerdan cuánto tiempo pasaron de esa manera porque, solamente les quedó un intenso ardor en la piel que cuando lograron recuperar el aliento, calmaron con ríos de champagne que se echaron encima y consumieron normalmente de sus copas.

Se quedaron dormidos cuando amanecía, los tres en la misma cama, absolutamente despreocupados por todo y satisfechos como nunca.

Alrededor del mediodía, a medida que se iban despertando, se acariciaron muy despacio hasta que lograron calentarse y cogieron una vez más antes de que Nina partiera hacia su habitación y no la vieran más por los alrededores del hotel.

Cuando Marisa y Javier se quedaron solos, ella le confesó toda la verdad y él no pudo más que reír a carcajadas por el ingenio de su esposa y el exquisito regalo de aniversario que le había hecho.

Nina por su parte, se fue del hotel con el número de teléfono de Marisa agendado en su celular sabiendo positivamente que sola o acompañada, volvería a disfrutar en algún otro momento de una noche como aquella.

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