Robando la leche de su madre al hijo de mi criada.

La historia que os voy a narrar tiene su origen en una conversación con un amigo. Tomando unas copas con él, me comentó que se había enterado que me había dejado tirado mi criada y me preguntó si andaba buscando una.

-Estoy desesperado, mi casa parece una pocilga- reconocí.

Al oírme se le abrieron los ojos y sin dar mucha importancia a lo que iba a decir, me preguntó:

-¿Tienes alguna preferencia en especial?

Conociendo que, para las mentes bien pensantes, Manuel era un pervertido, comprendí que esa pregunta tenía trampa y por eso le respondí en plan gallego:

-¿Por qué me lo preguntas?

Captando al instante mis suspicacias, con una sonrisa contestó:

-Te lo digo porque ayer mi chacha me comentó si sabía de algún trabajo para una compatriota que acaba de llegar a Madrid. Me aseguró que la conocía desde hace años y que pondría la mano en el fuego por ella. Por lo visto es una muchacha trabajadora que ha tenido mala suerte en la vida.

No tuve que exprimirme el cerebro para comprender que esa respuesta era incompleta y sabiendo que Manuel se andaba follando a su empleada, me imaginé que iban por ahí los tiros:

-¿No la has contratado porque Dana no está dispuesta a compartir a su jefe?

Soltando una carcajada, ese golfo me soltó:

-¡Mira que eres cabrón! No es eso.

Con la mosca detrás de la oreja, insistí:

-Entonces debe ser fea como un mandril.

Viendo que me tomaba a guasa esa conversación, mi amigo haciéndose el indignado, respondió:

-Al contrario, por lo que he visto en fotos, Simona es una monada. Calculo que debe de tener unos veinte años.

«Será capullo, no quiere soltar prenda de lo que le pasa», pensé mientras llamaba al camarero y pedía otro ron. Habiendo atendido lo realmente urgente, le comenté entre risas:

-Conociendo lo polla floja que eres, algún problema debe tener. No creo que sea por el nombre tan feo- y ya totalmente de cachondeo, pregunté: -¿Es un travesti?

-No lo creo- negó airadamente. –Hasta donde yo sé, los hombres son incapaces de tener hijos.

Al escucharle comprendí que esa era la cuestión, la chavala tenía un bebé. Como comprenderéis al enterarme, directamente rechacé la sugerencia de Manuel pero entonces ese cabronazo me recordó un favor que me había hecho y que sin su ayuda hubiera terminado con seguridad en prisión. No hizo falta que insistiera porque había captado su nada sutil indirecta y por eso acepté a regañadientes que esa rumana pasara un mes a prueba en mi casa.

-Estoy seguro que no te arrepentirás- comentó al oír mi claudicación: -Si es la mitad de eficiente que su hermana, nunca tendrás quejas de su comportamiento.

El tono con el que pronunció “eficiente” me reveló que se había guardado una carta y por ello, directamente le pedí que me dijera quien era su hermana.

-¡Quien va a ser! ¡Dana mi porno-chacha!

Simona aparece en mi vida.

Al día siguiente amanecí con una resaca de mil diablos, producto de las innumerables copas que Manuel me invitó para resarcirme por el favor que le hacía al contratar a la hermanita de su amante. Por ello os tengo que reconocer que no me acordaba que había quedado con él que esa cría podía entrar a trabajar en mi chalet desde el día siguiente.

-¿Quién será a estas horas?- exclamé cabreado al retumbar en mis oídos el sonido del timbre y mirando mi reloj, vi que eran las ocho de la mañana.

Cabreado por recibir esa intempestiva visita un sábado , me puse una bata y salí a ver quién era. Al otear a través de la mirilla y descubrir a una mujercita que llevaba a cuestas tanto su maleta como un cochecito de niño, recordé que había quedado.

«Mierda, ¡Debe ser la tal Simona!», exclamé mentalmente mientras la dejaba entrar.

Al verla en persona, esa cría me pareció todavía más jovencita y quizás por ello, me dio ternura escuchar que con una voz suave me decía:

-Disculpe, no quise despertarlo pero Don Manuel insistió en que viniera a esta hora.

-No hay problema- contesté y acordándome de los antepasados femeninos de mi amigo ya que a buen seguro lo había hecho aposta para cogerme en mitad de la resaca, le pedí que se sentara para explicarle sus funciones en esa casa.

«Es una niña», pensé al observarla cogiendo el carro y demás bártulos rumbo al salón, «no creo que tenga los dieciocho».

Una vez sentada, el miedo que manaba de sus ojos y su postura afianzaron esa idea y por eso lo primero que hice fue preguntarle por su edad.

-Acabo de cumplir los diecinueve- respondió y viendo en mi semblante que no la creía, sacó su pasaporte y señalando su fecha de nacimiento, me dijo: -Léala, no le miento.

No queriendo meter la pata y contratar a una menor, cogí sus papeles y verifiqué que decía la verdad, tras lo cual ya mas tranquilo, le expliqué cuanto le iba a pagar y sus libranzas. La sorpresa que leí en su cara me alertó que el sueldo era mayor del que se esperaba y con lágrimas en los ojos, me rogó:

-Según Don Manuel, puedo tener a mi hijo conmigo. Se lo digo porque apenas tiene tres meses y le sigo amamantando.

Al mencionar que todavía le daba el pecho, no pude evitar mirar a su escote y os confieso que la visión del rotundo canalillo que se podía ver entre sus tetas, me gustó y más afectado de lo que me hubiese gustado estar, le respondí que no había problema mientras en mi mente se formaba un huracán al pensar en cómo sabría su leche.

-Muchas gracias- contestó llorando a moco tendido: -Le juro que es muy bueno y casi no llora.

Que se pusiera la venda antes de la herida, me avisó que inevitablemente mi vida se vería afectada por los berridos del chaval pero era tanto el terror destilaba por sus poros al no tener un sitio donde criar a su niño que obvié los inconvenientes y pasé a enseñarle el resto de la casa.

Como no podía ser de otra forma, comencé por la cocina y tras mostrarle donde estaba cada cosa, le señalé el cuarto de la criada. Por su cara, supe que algo no le cuadraba y no queriendo perder el tiempo directamente le pedí que se explicara:

-La habitación es perfecta pero creía que… tendría que dormir más cerca de usted por si me necesita por la noche.

Al escuchar su respuesta, adiviné que esa morenita creía que entre sus ocupaciones estaría el calentar mi cama como hacía su hermana con la de mi amigo. Tan cortado me dejó que supusiera que iba a ser también mi porno-chacha que solamente pude decirle que, de necesitarla, ya la llamaría.

Os juro que aluciné cuando creí leer en su rostro una pequeña decepción y asumiendo que la había malinterpretado, la llevé escaleras arriba rumbo a mi cuarto. Al entrar en mi cuarto y mientras trataba de disimular el cabreo que tenía porque me hubiera tomado por un cerdo, la cría empezó a temblar muerta de miedo al ver mi cama.

No tuve que ser un genio para asumir que Simona daba por sentado que iba a aprovecharme de ella y por eso me di prisa en enseñarle donde se guardaba mi ropa para acto seguido mostrarle mi baño.

Al entrar, la rumanita no pudo reprimir su sorpresa al ver el jacuzzi y exclamó:

-¡Es enorme! ¡Nunca había visto una bañera tan grande!

Reconozco que antes de entrar en la tienda, yo tampoco y por eso al ver expuesto esa enormidad, me enamoré de ella y a pesar que era un lujo que no necesitaba, la compré. Quizás el orgullo que sentía por ese aparato, me hizo vanagloriarme en exceso y me dediqué a exponer cómo funcionaba.

Simona siguió atenta mis instrucciones y al terminar únicamente me preguntó:

-¿A qué hora se levanta para tenerle el baño listo?

Sin saber que decir, contesté:

-De lunes a viernes sobre las siete de la mañana.

Y entonces con una determinación en su voz que me dejó acojonado, me soltó:

-Cuando se levante, se encontrara todo preparado.

No sé por qué pero algo me hizo intuir que no era solo el baño a lo que se refería y no queriendo ahondar en el tema, le pedí que me preparara el desayuno. Nuevamente, surgió una duda en su mente y creyendo que era sobre qué desayunaba, le dije que improvisara pero que solía almorzar fuerte.

Mi sorpresa fue cuando, bajando su mirada, susurró muerta de vergüenza:

-Ya que no me ha dado un uniforme, me imagino que desea que limpie la casa como mi hermana.

Desconociendo a qué se refería, di por sentado que era en ropa de calle y no dando mayor importancia al tema, le expliqué que tenía un traje de sirvienta en el armario de su habitación pero que si se sentía más cómoda llevando un vestido normal podía usarlo. Fue entonces realmente cuando comprendí el aberrante trato que soportaba su hermana porque con tono asustado me preguntó:

-¿Entonces no debo ir desnuda?

Confieso que me indignó esa pregunta y queriendo resolver de una vez sus dudas, la cogí del brazo y sentándola sobre la cama, la solté:

-No te he contratado para seas mi puta sino para que limpies la casa y me cocines. ¡Nada más! Si necesito una mujer, la busco o la pago. ¿Te ha quedado claro?

Al escuchar mi bronca, los ojos de la mujercita se llenaron de lágrimas y sin poder retener su llanto, dijo:

-No comprendo. En mi región si una mujer entra a servir en casa de un soltero, se sobreentiende que debe satisfacerlo en todos los sentidos…- y antes que pudiese responderla, levantándose se abrió el vestido diciendo: -Soy una mujer bella y sé que por eso me ha contratado. Dana me contó que usted insistió en ver mi foto para aceptar.

La furia con la que exhibía esos pechos llenos de leché no fue óbice para que durante unos segundos los recorriera con mi vista mientras contestaba.

-Tápate. ¡No soy tan hijo de puta para aprovecharme de ti así! Si quieres trabajar en esta casa: ¡Hazte a la idea! ¡Tienes prohibido pensar siquiera en acostarte conmigo!

Tras lo cual, la eché del cuarto y lleno de ira, llamé a Manuel y le expliqué lo que había ocurrido. El tipo escuchó mi bronca en silencio y esperó a que terminara para muerto de risa, soltarme:

-Te apuesto su sueldo de un año a que antes de un mes, Simona se ha metido en tu cama.

Que en vez de disculparse tuviera el descaro de dudar de mi moralidad, terminó de sacarme de las casillas y sin pensar en lo que hacía, le contesté:

-Acepto.

Simona pone las cartas sobre la mesa.

No pasó mucho tiempo para que me diera cuenta del lío en que me había metido porque nada más colgar, decidí darme una ducha y mientras lo hacía, el recuerdo de los rosados pezones de la rumana volvió a mi mente.

¡Hasta ese momento nunca había visto los pechos de una lactante!

Por eso y a pesar que intentaba no hacerlo, no podía dejar de pensar en ellos, en sus aureolas sobredimensionadas, en las venas azules que las circuncidaban pero sobre todo en la leche que los mantenía tan hinchados y en cómo sabría. Lo quisiera o no, la certeza que ante un ataque de mi parte podría descubrir su sabor, me afectó y entre mis piernas, nació un apetito salvaje que no pude contener.

«¡Ni se te ocurra!», me repitió continuamente el enano sabiondo que todos tenemos y que yo llamo conciencia y otros llaman escrúpulos, «¡Tú no eres Manuel!».

Aun así al salir del baño a secarme, mi verga lucía una erección muestra clara de mi fracaso y creyendo que era cuestión de tiempo que se me bajara, decidí vestirme e ir a desayunar. Nada mas entrar a la cocina, fui consciente que iba a resultar sencillo que bajo mi pantalón, todo volviera a la tranquilidad porque Simona me había hecho caso parcialmente y aunque se había metido las ubres dentro del vestido gris que llevaba, no había subido la cremallera hasta arriba dejando a mi vista gran parte de su busto.

«¡Ese par de tetas se merecen un diez!», valoré impresionado al observarlas de reojo.

Tras ponerme el café, la rumanita se me quedó mirando de muy mal genio. Se notaba que estaba cabreada.

«No lo comprendo, debería estar contenta por librarla de esas “labores” y tenerse que ocupar solamente de la casa».

Como no retiraba sus ojos, decidí preguntar el motivo de su enfado y os juro que me había imaginado todo tipo de respuestas pero jamás me esperé que me soltara:

-Es lógico que esté molesta, me ha quedado claro que no piensa usar sus derechos sobre mí y también que piensa satisfacer sus necesidades fuera de casa. Pero… ¿Y qué pasa conmigo?… Cómo ya le he dicho, soy una mujer ardiente y tengo mis propias urgencias.

Casi me atraganto con el café al escuchar sus palabras.

¡La chacha me estaba echando en cara no solo que no me aliviara con ella sino que, por mi culpa, se iba a quedar sin su ración de sexo!

Durante unos segundos no supe que contestar hasta que pensando que era una especie de broma, se me ocurrió preguntar qué necesitaba aplacar sus urgencias. Sé que parece una locura pero no tuvo que pensárselo mucho para responder:

-Piense que llevo sin sentir a un hombre desde que tenía seis meses de embarazo… Creo que si durante una semana, me folle cuatro o cinco veces al día, luego con que jodamos antes y después de su trabajo me conformo.

La seriedad de su tono me hizo saber que iba en serio y que realmente se creía en su derecho de exigirme que aparte del salario, le pagara con carne. Sé que cualquier otro hubiese visto el cielo pero no comprendo todavía porque en vez de abalanzarme sobre ella y darle gusto contra la mesa donde estaba sentada, balbuceé:

-Deja que lo piense.

Luciendo una sonrisa y mientras se acomodaba en el tablero, me replicó de buen humor al haber ganado una batalla:

-No se lo piense mucho. En mi país, las mujeres somos medio brujas y si no me contesta rápido, tendré que hechizarle.

El descaro de su respuesta, sumado a que con el cambio de postura, uno de sus pezones se le había escapado del escote y me apuntaba a la cara, hicieron que por primera vez temiera el perder la apuesta. Me consta que lo hizo a propósito para que se incrementara mi turbación pero sabiéndolo, aun así consiguió que la presión que ejercía mi miembro sobre el calzón se volviera insoportable.

«Está zorra me pone cachondo», no pude dejar de reconocer mientras me colocaba el paquete.

Reconozco que fue un error porque mi movimiento no le pasó inadvertido y con un extraño brillo en los ojos, se arrodilló ante mí diciendo:

-Deje que le ayude.

Sin darme tiempo a reaccionar, esa mujercita usó sus manos para acomodar mi verga al otro lado, al tiempo que aprovechaba para dar un buen meneo a mi erección. Peor que el roce de sus dedos fue admirar sus dos pechos fuera de su vestido y que producto quizás de su propia excitación de sus pezones manaran involuntariamente unas gotas de leche materna.

«No puede ser», exclamé en silencio al tiempo que contrariando mis órdenes, mi instinto obligaba a una de mis yemas a recoger un poco de ese alimento para acto seguido, llevarlo a mi boca.

Simona, lejos de enfadarse por acto reflejo, se mordió los labios y gimiendo de deseo, me rogó que mamara de ella diciendo:

-Ayúdeme a vaciarlos. ¡Con mi hijo no es suficiente!

Durante unos segundos combatí la tentación pero no me pude contener cuando incorporándose, ese engendro del demonio depositó directamente su leche en mis labios. El sabor dulce de sus senos invadió mis papilas y olvidando cualquier recato, me lancé a ordeñar a esa vaca lechera.

Las tetas de la rumana al verse estimuladas por mi lengua se convirtieron en un par de grifos y antes que me diera cuenta, esa muchachita estaba repartiendo la producción de sus aureolas sobre mi boca abierta. Muerta de risa, usó sus manos para apuntar, a mi garganta, los hilillos que brotaban de sus senos y que no se desperdiciara nada.

Desconozco cuanto tiempo me estuvo dando de beber, lo único que os puedo asegurar que a pesar de mis esfuerzos, no pude tragar la cantidad de líquido que me brindó y por ello cuando de pronto, retiró esas espitas de mi boca, mi cara estaba completamente empapada con su leche.

Afianzando mi derrota, se guardó los pechos dentro de su ropa y mientras su lengua recorría mis húmedas mejillas, me soltó:

-Si quiere más, tendrá que follarme- y aprovechando que desde su cuarto el niño empezó a protestar, terminó diciendo antes de dejarme solo:- Piénselo pero mientras lo hace, recuerde lo que se pierde…

«¿Por qué lo he hecho? ¿Cómo es posible que me haya dejado engatusar así?», mascullé entre dientes mientras subía uno a uno los escalones hacia mi cuarto.

Si mi actitud me tenía confuso, la de Simona me tenía perplejo. Ya que cuando llegó a mi casa, había pensado que me tenía terror. Luego al oír el trato que sufría su hermana, creí que su nerviosismo era producto por suponer que su destino era servirme como objeto sexual. Pero en ese instante estaba seguro que si su cuerpo temblaba no era de miedo sino de deseo y que cuando me enterneció verla casi llorando al ver mi cama, lo que en realidad le ocurría era que esa guarra estaba excitada.

«¿Qué clase de mujer actúa así y más cuando acaba de tener un hijo?», me pregunté rememorando sus exigencias. «¡No me parece ni medio normal».

La certeza que la situación iba a empeorar y que su acoso pondría a prueba mi moralidad, no mejoró las cosas. Interiormente estaba acojonado por cómo actuaria si nuevamente ponía esas dos ubres a mi alcance.

«Esa mujercita engaña a primera vista. Parece incapaz de romper un plato y resulta que es un zorrón desorejado que aprovecha su físico para manipular a su antojo a todos», sentencié molesto.

Seguía torturándome con ello, cuando mi móvil vibró sobre la cama. Al ver que quien me llamaba era Manuel, reconozco que pensé que ese capullo se había enterado de lo cerca que estaba de ganar la apuesto y quería restregármelo.

-¡Qué quieres!- fue mi gélido saludo, porque no en vano ese cerdo era el culpable de mis males.

Curiosamente, mi amigo parecía asustado y bajando la voz como si temiera que alguien le escuchara, me dijo que necesitaba verme y que me invitaba a comer. Su tono me dejó preocupado y a pesar de estar cabreado con él, decidí aceptar y nos citamos en un restaurante a mitad del camino entre nuestras casas.

-No tardes, necesito hablar contigo- murmuró.

La urgencia que parecía tener y mi propia necesidad de salir corriendo de casa para no estar cerca de Simona, me hicieron darme prisa y recogiendo solo la cartera, salir de mi cuarto rumbo al garaje.

Al pasar frente a la cocina, vi que la rumana estaba dando de mamar a su bebé. La tierna imagen provocó que ralentizara mi paso y fue entonces cuando descubrí que el retoño era una niña por el color rosa de su ropa. No me preguntéis porqué pero al enterarme de su sexo, me pareció todavía más terrible la actitud de su madre.

«¡Menudo ejemplo!», medité mientras informaba a esa mujer que no iba a comer en casa.

Su respuesta me indignó porque entornando los ojos y con voz dulce, se rio diciendo:

-Después del desayuno que le he dado, dudo mucho que tenga hambre hasta la cena.

El descaro con el que me recordó mi desliz y su alegría al hacerlo, me terminaron de cabrear y hecho un basilisco, salí del que antiguamente era mi tranquilo hogar.

«Me da igual que sea madre soltera, cuando vuelva ¡la pongo en la calle!» murmuré mientras encendía mi audi y salía rumbo a la cita.

Durante el trayecto, su recuerdo me estuvo torturando e increíblemente, al repasar lo ocurrido llegué a la conclusión que era un tema de choque de culturas y que a buen seguro desde la óptica de la educación que esa jovencita recibió, su actuación era correcta.

«Al no tener pareja, esa jovencita ha visto en mí alguien a quién seducir para que se ocupe de su hija», concluí menos enfadado al vislumbrar un motivo loable en su conducta.

«Entregándose a mí, quiere asegurarle un futuro», rematé perdonando sin darme cuenta su ninfomanía.

Para entonces había llegado a mi destino y aparcando el coche en el estacionamiento, entré en el local buscando a Manuel. Lo encontré junto a la barra con una copa en la mano. Que estuviera bebiendo tan temprano, me extrañó y más que tras saludarle, yo mismo le imitara pidiendo un whisky al camarero.

Ya con mi vaso en la mano, quise saber qué era eso tan urgente que quería contarme. Lo que no me esperaba es que me pidiera antes que pasáramos al saloncito que había reservado. Al preguntarle el porqué de tanto secretismo, me contestó:

-Nunca sabes quién puede oírte.

Mirando a nuestro alrededor, solo estaba el empleado del restaurante pero no queriendo insistir me quedé en silencio hasta que llegamos a la mesa.

-¿Qué coño te ocurre?- solté al ver que había cerrado la puerta de la habitación para que nadie pudiera escuchar nuestra conversación.

Mi conocido, completamente nervioso, se sentó a mi lado y casi susurrando, me pidió perdón por haberme convencido de contratar a Simona.

-¡No te entiendo! Se supone que estabas encantado de haber conseguido un trabajo para la hermanita de tu amante- respondí furioso.

-Te juro que no quería pero ¡Dana me obligó!

Que intentase escurrir el bulto echando la culpa a su chacha, me molestó y de muy mala leche, le exigí que se explicara. Avergonzado, Manuel tuvo que beberse un buen trago de su cubata antes de contestar:

-Esa puta me amenazó con no darme de mamar si no conseguía meter al demonio en tu casa.

Qué reconociera su adicción a los pechos de su criada de primeras, despertó todas mis sospechas porque, además de ser raro, era exactamente lo que me estaba pasando y con un grito, insistí en que me contara como había él contratado a su chacha.

-Me la recomendó un amigo.

Su respuesta me dejó tan alucinado como preocupado y por eso, me vi en la obligación de preguntar:

-¿Dana acababa de tener un hijo?

-Una hija. ¡Esas malditas arpías solo tienen hijas!- la perturbada expresión de su cana incrementó mi intranquilidad y por eso le pedí que se serenara y me narrara el primer día de Dana en su casa.

-Joder, Alberto, ¡tú me conoces!- dijo anticipando su fracaso- siempre he sido un golfo y por eso desde el primer momento me vi prendado de los pechos de esa morena. ¡Imagínate mi excitación cuando se quejó de que le dolían y me rogó que la ayudara a vaciarlos!

«¡Es casi un calco de mi actitud esta mañana!», me dije.

Manuel, totalmente destrozado, se abrió de par en par y me reconoció que la que teóricamente era su criada, en realidad era algo más que su amante:

-Me da vergüenza decírtelo pero es Dana quien manda en casa. Lo creas o no, si quiero salir con un amigo, tengo que dejarla satisfecha sexualmente con anterioridad y eso ¡no resulta fácil! Ese demonio me exige que me la folle hasta cuatro veces al día para estar medianamente contenta.

Ni siquiera dudé de la veracidad de sus palabras porque esa misma mañana Simona me había dejado claro que esas eran sus pretensiones.

-¡Su hermana es igual!- confesé asumiendo que por alguna razón tanto ella como Dana eran unas ninfómanas. -La mía me ha echado en cara que es una mujer joven y que necesita mucho sexo para estar feliz.

No acaba de terminar de decirlo cuando se me encendieron todas las alarmas al usar ese posesivo para referirme a “mi” rumana. Si ya eso de por sí me perturbó, la gota que provocó que un estremecimiento recorriera mi cuerpo fue el escuchar a mi amigo, decir aterrorizado:

-¡No te la habrás tirado!

-No- respondí sin confesar que lo que si había hecho era disfrutar del néctar de sus pechos.

Manuel respiró aliviado y cogiendo mi mano entre las suyas, me aconsejó que nunca lo hiciera porque las mujeres de su especie eran una droga que con una única vez te volvía adicto.

-Sé que es una locura pero necesito ordeñar a Dana mañana y noche si quiero llevar una vida mínimamente normal.

Fue entonces cuando caí en que al menos esa mujer llevaba cinco años conviviendo con él y me parecía inconcebible que siguiera dando pecho a su hija.

-Esas brujas utilizan su leche para controlar a sus parejas. ¡A quien da de mamar es a mí! porque la abuela se hizo cargo de la niña al mes de estar en casa – contestó cuando le recriminé ese aspecto.

Por muy excitante que fuera el tomar directamente de su fuente la leche materna, me parecía una locura pensara que era una sustancia psicotrópica. De ser así el 99,99% de la gente sería adicto a la de vaca y al menos el 60% de los humanos a la de su madre.

«Nunca he oído algo así», pensé compadeciéndome de Manuel, «al menos, habría miles de estudios sobre como desenganchar a los niños de las tetas».

Sabiendo que era absurdo, deseé indagar en la relación que mantenía con su criada para ver si eso me aclaraba la desesperación que veía en mi amigo y por eso directamente, le pregunté si al menos era feliz.

Ni siquiera se lo pensó al contestar:

-Mucho, esa zorra me mima y me cuida como ninguna otra mujer en mi vida. Según ella, las mujeres de su aldea están genéticamente obligadas a complacer en todos los sentidos a sus hombres… pero, ¡ese no es el problema!

-No te sigo, si dices que eres feliz con ella. ¿Qué te ocurre?

Me quedé alucinado cuando su enajenación le hizo responder:

-Sé que no me crees pero debes echarla de tu vida antes que te atrape como a mí- y todavía fue peor cuando casi llorando, me soltó: -No son humanas. ¡Son súcubos!

Confieso que al oírle referirse a esas rumanas con el nombre que la mitología da a un tipo de demonios que bajo la apariencia de una mujer seducen a los hombros, me pareció que desvariaba. Simona podía ser muchas cosas pero las tetas que me había dado a disfrutar eran las de una mujer.

Convencido de su paranoia, no quise discutir con él y dejando que soltara todo lo que tenía adentro, le pregunté:

-¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Manuel en esta ocasión se tomó unos segundos para acomodar sus ideas y tras unos momentos, me respondió:

-Esa zorra no ha envejecido un día. Sigue igual que hace cinco años. Cuando le he preguntado por ello, Dana siempre esquiva la pregunta apuntando a sus genes. No me mires así, sé que no es suficiente pero… no te parece extraño que al preguntarle por la gente de su aldea, parece que no existan varones en ella, siempre se refiere a mujeres.

Durante unos minutos, siguió dando vuelta al asunto hasta que ya casi al final soltó:

-¿Te sabes el apellido de Simona?

-La verdad es que no- reconocí.

-Se apellidan Îngerulpăzitor, ¿Tienes idea de que significa en rumano?- por mi expresión supo que no y dotando a su voz de una grandilocuencia irreal, tradujo: -¡Angel custodio! Esas putas se consideran a ellas mismas como nuestras protectoras.

Dando por sentado que definitivamente estaba trastornado, dejé que se terminara esa y otras dos copas antes de inventándome una cita, dejarle solo rumiando su desesperación…

Simona me recibe asumiendo en casa que es mi pareja.

Tal y cómo había predicho Simona, no tenía hambre y por eso me dediqué a deambular por la ciudad durante horas. Sin dar crédito alguno a las palabras de mi amigo, me ratifiqué en la idea inicial que la actitud de esa mujercita escondía únicamente su instinto de madre.

«Lo demás son tonterías», sentencié mientras sin darme cuenta, me dirigía de vuelta a mi hogar.

Fue cuando me vi frente al chalet cuando me percaté que había conducido hasta allí.

«¡Qué raro!», me dije y no dándole mayor importancia, aparqué el coche y entré.

Justo cuando iba a meter la llave para abrir, la rumana abrió la puerta y con una sonrisa en sus labios, me dijo:

-Le esperaba más tarde- para acto seguido, susurrarme: -Me imagino que por la hora ya ha comido. Se lo digo porque mi niña no ha mamado lo suficiente y me duelen mis pechos de tanta leche.

Hasta ese momento no me había fijado que iba en camisón y habiendo captado mi atención, dejó caer los tirantes y me mostró que decía la verdad.

-Mire que hinchadas las tengo.

No pude mas que obedecer y admirar esos dos monumentos.

«Está buenísima», maldije interiormente al advertir un par de gotas decorando sus enormes pezones.

Mi estómago rugió con renovados bríos, recordando que no había ingerido nada desde las doce. Al comprobar que mi apetito había vuelto al admirar sus tetas, temí fugazmente que Manuel tuviese razón.

Simona, viendo que me quedaba prendado en su escote, dio un paso más cogiendo esas ubres entre sus manos y con una sensualidad estudiada decirme:

-Se lo juro, no aguanto más. ¿no podría ayudarme?

Al pedirme que me pusiera a mamar, involuntariamente dí un paso acercándome pero entonces recordé que esa había sido la estratagema de Dana con mi amigo y por ello, me contuve diciendo:

-Deberías usar un sacaleches.

La cría al escucharme soltó una carcajada antes de contestar:

-No me hace falta estando cerca de mi dueño.

Tras lo cual se pellizcó esas rosadas areolas y de improviso, de ellas brotaron dos chorros de ese manjar.

«¡No es posible!» dije impresionado al observar que no paraba de manar leche de esos senos. Para entonces mi pene lucía nuevamente una brutal erección y era yo el que necesitaba descargar.

El bulto de mi pantalón era muestra clara de lo que ocurría en mi interior y siendo ella consciente que me moría por obedecerla, me dijo:

-La culpa de todo la tiene usted. Desde que le conozco, cuando está a mi lado mi cuerpo reacciona a su cercanía y mis pechitos se ponen a producir como locos. Le prometo que me duelen. ¡Ayúdeme!

Su voz sonaba tan excitada que estuve a punto de sucumbir pero entonces sacando fuerzas de quien sabe dónde, me senté en el sillón y contesté:

-Si tanto lo necesitas, llena para mí un par de vasos y te juro que me los bebo.

El disgusto que mostró rápidamente se transmutó en una fiera determinación y cogiendo dos copas grandes del mueble bar, la depositó sobre la mesa para acto seguido empezar a rellenarlas con su leche sin dejar de mirarme.

-Mi dueño es malo. Su vaquita prefiere que sea él quien la ordeñe- protestó mientras desde mi asiento veía cómo iba subiendo el nivel de líquido ante mi atento escrutinio.

«No va a poder. Son demasiado grandes», pensé muerto de risa asumiendo que se había equivocado al coger ese tamaño de copa.

Fueron unos minutos eternos los que esa criatura tardó en dejar hasta el borde esos dos cálices. Lentamente su leche fue colmando las copas mientras yo observaba acojonado. En un momento en que parecía que había dejado de brotar más leche de sus pechos, esa zorrita se levantó la falda y se puso a pajear, provocando que de sus tetas manara nuevamente sendos chorros.

-Entre mis paisanas, el deseo azuza nuestras glándulas mamarias- comentó riendo.

Habiéndolas llenado por completo y con un brillo en sus ojos se acercó a mí y me dijo:

-Yo he cumplido. Ahora le toca a usted, cumplir con su palabra- tras lo cual, depositó las dos copas en mis manos.

«Debe ser más de un litro», dictaminé al sentir su peso. «No me extraña que la niña no pueda con todo».

Asumiendo que había perdido esa extraña apuesta, llevé la primera a mis labios y le di un primer sorbo. Reconozco que me encantó su dulzura y mientras mi nueva criada no perdía ojo, rápidamente di buena cuenta de esa primera copa y decidí pasar a la siguiente.

Todavía no había cogido la segunda cuando de pronto sentí que el calor me dominaba y creyendo que era la temperatura de la casa, me desabroché un par de botones. Atenta a mi lado, esa mujercita me soltó:

-Como usted lo dejó a mi elección, he decidido ir desnuda por la casa. Y antes que pudiera decir nada, dejó caer su vestido en mitad del salón y comprobé que si los pechos de Simona era impresionantes, su trasero era quizás mejor.

-¡Dios! ¡Qué belleza!- exclamé casi gritando al ver sus formidables y duras nalgas sin ningún impedimento.

Mi verga reaccionó a esa visión adoptando un tamaño que nunca había presenciado y mientras me pedía que la liberara de su encierro y la enterrara en esa maravilla, la rumanita me soltó:

-Todavía no ha empezado con la segunda.

Como un autómata me bebí el resto y tirando el vidrio contra la chimenea, me acerqué a donde Simona estaba. Mi voluntad había desaparecido y a pesar de las advertencias de Manuel, me despojé de mi ropa.

La mujer al ver que mi erección y que esta apuntaba a su trasero, decidió estimular aun más si cabe mi excitación, advirtiéndome:

-Si me toma, seré eternamente suya.

Hoy sé que esa frase tenía un significado oculto y que lo que esa criatura me quiso decir es que yo también sería de ella. Abducido por la calentura que amenazaba con incendiar mi cuerpo, llegué hasta ella y sin mayor prolegómeno, hundí mi pene en su interior. Su vulva era tan estrecha que me costó entrar. Si eso ya era de por sí curioso al ser una madre reciente, lo realmente impactante fue encontrarme cuando ya tenía mi glande incrustado al menos cinco centímetros dentro de su coño con un obstáculo insalvable.

Simona al ver mis dificultades, tomó impulso y con un brusco movimiento de sus caderas, consiguió que todo mi miembro se adueñara de su interior.

-Duele pero es mejor de lo que decían las ancianas- rugió descompuesta como si esa fuese su primera vez.

Por mi parte, estaba aterrado. Si bien sabía que esa mujer había tenido un hijo, me parecía que acababa de desvirgarla.

«No puede ser, estoy imaginándolo todo», murmuré a pesar que había sentido como su himen se desgarraba.

Los berridos de la rumana no sirvieron para apaciguar mis temores porque cada vez que experimentaba la cuchillada de mi verga en su interior, esa mujer incitaba mi galope diciendo:

-Demuestre que es el único dueño que voy a tener, montándome como merezco.

Sus palabras y el reguero de sangre que descubrí cayendo por sus muslos, incrementaron mi pasión y actuando como si estuviera domándola, agarré su melena. Tirando de ella hacía mí, profundicé mis estocadas. Simona al sentir mi extensión chocando contra la pared de su vagina, se volvió loca y aullando poseída de un nuevo frenesí, me reclamó que acelerara.

-Te gusta, ¿verdad puta?- pregunté al tiempo que descargaba un azote sobre una de sus nalgas.

La dureza de esa caricia interrumpió sus movimientos y cuando ya creía que iba a intentar zafarse de mi asalto, la rumana se corrió diciendo:

-¡Qué gusto!- y cayendo sobre la mesa, su cuerpo colapsó mientras a su espalda yo buscaba mi propio placer.

La humedad de su coño era total y sobrepasando sus límites se desbordó fuera. De modo que a cada penetración por mi parte, su flujo salpicaba a su alrededor, empapando mis piernas. Si ya de por sí eso era brutal, imaginaros mi impresión al ver que sus pechos se habían convertido en dos fuentes, dejando un charco blanco sobre el tablero.

«¡Es increíble!», comenté en mi interior al comprobar el efecto que tenían mis incursiones.

Espoleado por sus gritos, seguí machacando su vulva sin pausa durante más de diez minutos. Estaba tan imbuido en mi papel que no me percaté que era imposible que no me hubiese corrido con tanto estímulo mientras, entre mis piernas, Simona unía un clímax con el siguiente.

-¡Necesito tu semen!- bramó agotada.

Sin dejar de follarla, comenté a esa mujer que eso intentaba pero que no podía a pesar que mi verga parecía una estaca de hierro al rojo vivo y mi cuerpo el mazo con el que la martilleaba. Fue entonces cuando pegando un berrido, me chilló:

-Muérdeme el cuello.

Su grito, mitad angustia, mitad deseo, me obligó a agachar mi cara y abriendo mi boca, soltar un duro mordisco junto a su yugular.

-Deja la señal de tus dientes en mi piel- aulló con su voz teñida de lujuria.

Obedeciendo su deseo, cerré mi mandíbula sobre los músculos de su cuello. Al hacerlo, como por arte de magia, las barreras cayeron y exploté derramando mi semilla en su interior mientras la muchacha se veía sacudida por el placer con mayor intensidad.

-¡Me has marcado! ¡Ya soy tuya!- chilló con alegría al tiempo que usaba sus caderas para ordeñar esta vez ella mis huevos.

El orgasmo que sentía iba en crescendo y no paraba. Cada vez que eyaculaba era mayor el gozo y por eso al sentir mis testículos ya vacíos, caí sobre ella totalmente agotado. Desconozco si me desmayé, lo único que puedo deciros que cuando me desperté o al menos tuve conciencia de lo que ocurría, estaba tumbado sobre el sofá con Simona a mi lado sonriendo.

-Te prometo que a mi lado, serás feliz- me soltó mientras en su cara se dibujaba una sonrisa. –Desde que Dana me habló de ti siendo una niña, supe que mi destino sería protegerte.

-¿Quién eres?- todavía bajo los síntomas del placer, pregunté.

Muerta de risa, me besó hundiendo por primera vez su lengua en mi boca y contestó:

-Sé que has hablado con Manuel. Mi hermana le ordenó que te lo dijera antes.

-¿Qué eres?- insistí preso de terror.

Sus ojos brillaron al decirme:

-Ya lo sabes. Soy una Îngerul păzitor, ¡tu ángel custodio!

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