¿Salvando un matrimonio?

A veces me gustaría contar historias reales, atiborradas de lascivia y placer carnal.

A veces me gustaría presumir de haber conquistado sin esfuerzo, solo con el pestañeo, a mujeres gloriosas y eróticas, cuya entrepierna, siempre jugosa, soñaba con correrse exclusivamente entre mis brazos.

Pero esas veces, la mayor parte de las ocasiones, con una vida como la mía, se transforman en poca cosa.

Cosas bien distintas.

Cosas como Ana.

Ana, compañera de trabajo, era de esas pocas personas que, al acabar cálculos, presiones, balances, desavenencias con clientes y jefes disparatados, se relajaba un segundo disfrutando de un aperitivo, antes de irnos cada uno a su barrio, a enlazar con la vida privada sobre la que nunca preguntábamos.

La mayor parte de los empleados, cumplido el rito, solía escapar que no salir de la oficina, despidiéndose a la carrera, soñando con que al día siguiente, un billete de lotería premiado, les privara del despertador y la colada semanal de las ropas del niño.

Ana no obstante, gustaba de invertir veinte minutos en relajar las tensiones de lo cotidiano, paladeando un vino tinto en el bar más cercano.

Sus cuarenta y uno, excepcionales, pletóricos, nunca había sido objeto de mis atenciones.

Yo fui un hombre voluntaria y enamoradamente castrado desde el mismo instante en que descubrí, que nadie en este mundo amaba, criaba, soportaba, cocinaba, negociaba, faenaba y follaba como la mujer que cada noche se acostaba a mi lado.

Y así seguía siendo, sin caer en pruebas o tentaciones que no buscaba.

En dieciséis años, por despiste o inexperiencia, nunca había sentido “feeling” hacia otra hembra, ni percibido la mirada posada de una mujer atraída por mi condición de casado, cuarentón avanzado, con ligera panza pero conservando cada pelo de su caballera.

Una tarde, verano más que cálido, bochornoso, tras pasar diecisiete minutos hablando de cine, fichajes deportivos, entramados urbanísticos, comida sana y basura televisiva, Ana atravesó su perpetua mirada plomiza, ocultando su rostro entre las manos.

No me apetece nada volver a casa.

Algo sorprendido, escaso de argumentos, fuera de juego, percibí que durante esos diecisiete minutos, había tragado que no bebido, cuatro copas de vino.

Te entiendo….el metro a estas horas esta atest…

Es que allí nadie me escucha, nadie me oye, nadie me apoya, nadie parece saber que existo…salvo mi hija.

Ignoro por qué razón, acerqué mis manos a las suyas, las aparte del rostro, puede observar sus ojos esquivos, algo enrojecidos, conteniendo tras las retinas lo que en ese momento, su templanza supo evitar que se convirtiera en lágrima.

Mujer, no se, habla con tu marido. Hablar en el matrimonio lo es todo.

Llevo doce años intentando hablar con él Ramón. Doce. Pero solo piensa en dos cosas; trabajo y ascensos. Seguro que su secretaria se la come bien comida antes de volver a casa, con la tonta de su mujer y su hijita.

Ana sorbió de la copa, de manera indecorosa, ruidosa, feo gesto para alguien que por fina apariencia, parecía haber sido educada en Oxford y no en el corazón vallecano..

Estoy olvidada por los míos..

Háblalo Ana – sin darme cuenta habíamos entrelazado nuestros dedos – Ningún hombre puede convivir con una mujer como tú y permanecer callado.

Ana me miró.

Tan quirúrgica y fijamente que no pude evitar sentirme abierto en canal, incómodo.

¿Una mujer como yo?.

Sí. Obviando la mía por supuesto, eres una gran hembra, un puro deseo – me arrepentí de inmediato por la palabrita – Para mí no claro, aquí solo puedo animarte a base de dos orejas y halagos.

Ella sonrió.

Yo, me sentí atemorizado.

Fue entre el minuto 17 y el 20.

Pero aquellos tres minutos me acobardaron.

En vida ni fui ni pretendía ser un santo.

Pero por un inexplicable engranaje, hasta entonces existente pero anquilosado por el óxido, el conformismo o la falta de práctica, algo se había roto.

¿Por qué la había piropeado?.

¿Por qué cuatro horas más tarde me encontraba lamiendo el coñito de mi mujer y pensando que, en algo, la había traicionado?.

¿Por qué me imaginaba la escena de mi señora, hundida y dramática, echándome a la cara el desliz de aquel piropo?

Y sobre todo ¿por qué si mi mujer acogía mi polla con el mismo ahínco y deseo que durante nuestro noviazgo, de repente había descubierto que Ana era una auténtica hembra, sutil, hilarante y sólida, parapetada tras sus vestidos perfectamente combinados?

¿Qué habría debajo?

¿Cómo sería la Ana desnuda y húmeda?.

¡Llevaba ya tantos años viendo solo el maravilloso cuerpo desnudo de mi mujer!

Tantos y sin embargo, la seguía encontrando intensamente atractiva.

Mañana tendremos la tarde libre – Ana informaba entregando un insulso informe de productividad – ¿Te vienes a casa a tomar un vino?.

Ana….

Solo un vino anda. Me aburro del bar y vivo casi al lado. Dos paraditas de metro – puso dos dedos para recalcarlo.

Vale, pero…

A las cinco entonces.

Mañana por la tarde….para entonces todavía quedaban 24 horas que bulleron dentro de mi cabeza, invirtiendo los 1.440 minutos en dar, doblegar, redoblegar la idea sobre lo que podría ocurrir y si ocurría, si iba a poder resistir.

¿Resistir?.

Demasiado tiempo, demasiada tentación…demasiado.

No, no, no lo sabía.

Pero quería ir.

Uno pensaba en que no pasaran 24 horas sino 240, dejando atrás el momento, el instante para dejarlo como algo olvidado, un desaprovechamiento, la salvación de todo lo logrado, la felicidad, continuar el camino.

No, soy un hombre, muy hombre y como tal era incapaz de mostrarme fuerte frente a la tentación.

¿Por qué?…era tentación ¿no?.

Tal vez solo quisiera hablar con serenidad, sin camareros ni testigos, llorar, confesarse, desahogarse.

Si, desahogarse y ya está.

Yo sería su hombro, su amigo.

Punto.

Hacía tanto que no sabía lo que era vivir fuera del matrimonio que las señales del coqueteo pasaban desapercibidas.

No las vi.

Seguramente no existían.

Fui.

Fui y a las cinco de la tarde, saliendo juntos del trabajo, cogimos el suburbano, quince interminables minutos, entramos en su bloque, subimos al ascensor, llegamos al 8ºB, metió la llave, entramos, cerró la puerta….sin dirigirnos una sola palabra, sosteniendo una plácida pero evidente tensión de quienes saben que un paso más, puede conducir al abismo, o rellenarlo.

Voy por el vino. Siéntate por favor.

Me senté sobre un sofá de diseño belga, con el corazón sobresaturado, las manos sudando, nerviosamente entrelazadas, las espalda tensa, tratando de fijarme en algo, lo que fuera, lo que allí estuviera más cerca….un incomprensible cuadro abstracto (¡Dios que feo!), una pantalla de plasma monumental (¡Dios que envidia!), fotos de su marido (no, eso mejor no mirarlo), de su hija (¡buf eso menos!), las vistas desde el balcón (tiene las persianas bajada malo, malo)…..

Toma.

Gire la cabeza y allí estaba.

Ana, con la copa de vino en la mano y tan solo llevando unos calcetines gruesos de lana negra….de sus pies hacia arriba….la nada más absoluta.

O el todo más absoluto.

Hacia tanto, tanto….sus rodillas extremadamente finas, sus muslos generosos sí pero aún firmes, rocosos, amparando un pubis depilado hasta casi lo núbil de no ser por los abultados labios superiores, visibles desde incluso cinco metros, las caderas, no juvenales, no decadentes, en ese jugo propio de lo que está gozoso y en su apogeo, su ombligo, pequeño, poco profundo, puntito de una tripilla leve y sensual que ascendía hasta los pechos, algo mayores de lo esperado, con los pezones rosáceos, camuflados con el resto de la piel, arrancando desde la base de unos hombros algo masculinos que sin embargo, se afeminaban hasta la hermosura completa de su cuello….una maravilla que mi polla no tardó en ratificar.

Ana….Ana yo, es, estoy casado.

Y yo. Pero tenemos tres horas, solo para nosotros – contestó avanzando.

Era una Atila o una diosa, un placer celestial o la pezuña de un caballo que no deja crecer ni la hierba.

Era encantadora, embaucadora, hipnótica, puta y señora, traviesa y beata…

Solo pude levantarme, tragar saliva, contener los nervios que arrasaban mi templanza, robándome el control de las manos.

Ana por favor.

Pero Ana no escuchaba más que a su egoísta necesidad de sentirse valorada.

Y su necesidad era buscada con habilidad cuando, bajándome la cremallera, sacó mi miembro, ya medio guerrero, para, con una maldad tremebunda, desconocida, lo mojó en la copa de vino para luego, paladearlo.

Ummmm sabroso Rioja.

Anaaaa oogggg – gemí cuando se tragó mi polla de un solo tirón, sin sainete ni entremés de por medio.

Y lo hizo con tal habilidad que al punto estuvo de derretirme en su boca.

Ana.

¿Me vas a follar?.

Ana.

Fóllame.

Ana.

Fóllame.

No, no, no Ana esto es un error, un colosal error.

Lo dije forzándome como nunca, sacando mi miembro, devolviéndolo a su correcto sitio, echando tres pasos atrás, para intentar, apuradamente, recomponerme.

Y cuando lo conseguí….vi a Ana, sobre la tarima, desnuda, con gotitas de vino rosáceo sobre sus labios, esplendida, cautivadora, con las manos intentando tapar su cara, enrojecida, avergonzada.

Lo, lo siento, lo siento, lo siento.

Pobre.

Tan pobre como para no saber qué era lo que verdaderamente necesitaba, aunque yo, superada la tentación, creía reconocerlo.

Ana – me acerqué, me arrodillé, la abracé – No es esto lo que buscas cielo.

Ya no sé lo que quiero – moqueaba como una niña – Estoy tan harta.

La levanté, la senté en el sofá.

Cuéntame.

¿El qué?.

¿Cómo te sientes?.

Y como si algo se reactivara en sus entrañas, comenzó a vomitar todo lo que la estaba aplastando, media hora larga, en ocasiones repetitiva, pero que soporté sencillamente porque notaba que Ana iba poco a poco recuperando su energía y autoconfianza, a medida que el veneno le supuraba.

Mira Ana, tu no necesitas follar. Tu matrimonio es una deriva en la que tu estas en el punto central y deberías hablar seriamente con tu marido. Sentados uno enfrente del otro, sobre vuestro futuro sobre todo. Replantearlo en términos nuevos o afianzar la confianza mutua.

Yo iba hablando mientras la acariciaba y a los veinte minutos, reconfortado sobre todo conmigo mismo, me levanté para aderezarme e iniciar el camino de salida.

Oye – interrumpió ella.

Me giré para verla, pensando en obtener una mirada agradecida.

Déjame enseñarte, idiota, déjame enseñarte lo que acabas de perderte – soltó con una mirada felina, lúbrica, insultante y obscena, apartada diametralmente de la sumisa y llorona que unos minutos antes consolaba.

Dicho lo cual, miró al pasillo oscuro que conducía a las habitaciones, desde donde brotó para mi pasmo su marido, tan en pelotas como Ana lo estaba, con aquel cuerpo atlético y ese badajo en todo lo enhiesto.

Al pasar junto a mi asombrado lado, guiñó un ojo para a continuación, sin percatarse o ruborizarse, cogerse la polla y meterla de una sola tacada entre los labios de Ana, que lo aguardaba ya de rodillas, con la boca abierta, deseosa de dejar de estar hambrienta.

Ogggggg

Era imposible que aquel miembro, de diecisiete o dieciocho centímetros pero grueso como ninguno que yo hubiera visto, ni en lo más maximizado del porno, cupiera en aquella boca sin provocar un dislocamiento de mandíbula.

Pero cabía.

A los dos minutos de intensa felación, Ana la sacó para, escupiendo en su mano, frotarse la entrada de su vulva mientras se abría de piernas sobre el sofá.

Acto que hizo sin retirar ni un solo segundo su vista de mis ojos.

Una mirada desconocida hasta aquel entonces….”Se lo que piensas. Es una puta. Pues si, ahora mismo lo soy”.

Y mis sojuzgados ojos allí quietos, comportándose como soberanos calzonazos, con una erección de campeonato, incapaz de recuperar el orgullo y salir de allí en pura fuga.

Lo que debía haber hecho cuando el esposo colocó las piernas de Ana sobre sus hombros y la penetro sin mayores preámbulos, follándola duro, sin miras ni requiebros, sin “amor, cariños, mi vida o te quieros”, con las ganas acumuladas en la hora larga que llevaba oculto, soportando el diálogo de aquel imbécil haciendo de psicólogo amateur con una mujer que, lo único que deseaba, era lo que él le estaba dando….y dando con saña desde luego.

¡!Aaaaaa mira que eres imbécil!! – Ana gritó cuando sintió que la polla le estaba alcanzando lo más profundo – ¡!Lo que te has perdiiiidoooooo!!

Ella se corrió incapaz de represar aquel intenso ritmo, el morbo de sentirse observada mientras la estaban taladrando.

Cuando lo hizo, mis pantalones ya llevaban cierto rato, mojados.

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