Sé cómo te corres

Tengo un don. No me acuerdo cuándo lo adquirí, ni cómo lo supe. Solo sé que de repente, era capaz de saber, no digo imaginar sino conocer en toda la extensión, cómo era el orgasmo de la mujer que tenía enfrente. Eso tiene sus ventajas, y sus inconvenientes. Menos mal que no me pasa con todas las mujeres, porque con las cercanas sería un gran problema; sólo me pasa de vez en cuando, pero cuando ocurre lo aprovecho.

En aquella ocasión, estaba en el parque de columpios del centro comercial. Había ido al cine con mis sobrinos y, tras la película, los dejé que se solazaran. De repente, como me vienen estas cosas, me fijé en una mujer que estaba también en el parque con los que supuse sus hijos. Nada en ella llamaba la atención; de entre treinta y cinco y cuarenta años, pelo corto, rasgos hermosos pero sin ser espectaculares; de cuerpo normal para sus años, es decir no creo que desfilara en una pasarela.

Lo que sí llamó mi atención, cuando la miré con más detenimiento, fue que mi don despertara. Supe cómo era cuando se estaba corriendo, incluso me representé con toda claridad su cara al hacerlo, y tengo que confesar que, cuando esto ocurre, no puedo parar hasta verlo hecho realidad. De repente quise llevarla a la cama, lo que era todo un problema. Porque ¿quién era? ¿donde vivía? ¿cómo ligarla?

De momento hice que mis sobrinos se acercaran a sus hijos, nada como los niños para trabar conversación. Eso y desplegar mis dotes de don juan, es decir una desvergüenza inmensa.

–¡Jaime! –dije a mi sobrino–. No molestes a esa niña. Perdónale, ya sabes cómo son los críos.

–No hay nada que disculpar, los niños son así –Tenía la voz agradable.

–Sí, por eso hay que traerlos aquí después del cine –aventuré un lugar común para tender un puente.

–Es que si les llevamos a casa inmediatamente después se ponen imposibles –¡Bingo! El cine, puede ser un buen puente para encontrarla a solas.

–El cine es una buena excusa para sacarlos de casa –dije–. Y también para dejar un rato libres a los padres, por eso suelo traerme a los sobrinos al cine.

–¡Qué suerte tienen sus padres! ¡Ojalá yo tuviera un hermano que hiciera así!. Yo traigo a mis hijos para salir de casa, pero también para que se aficionen.

–¿Te gusta el cine? –pregunté–. Oh, perdón, no me he presentado. Me llamo Alberto.

–Encantada, soy Lucía –Nos dimos los dos besos de rigor–. Sí, me gusta.

–A mí también ¿Vienes a menudo? Digo, sin los niños. Yo lo tengo más fácil para ver películas que no sean infantiles.

–A veces, los niños también tienen padre ¿Sabes? –me dijo con una sonrisa–. Suelo quedar con una amiga.

–¡Qué bien! –El puente está echado, el ligue tendría que ser aquí, en el cine. Solo quedaba saber cuando vendría sin los niños, el resto lo improvisaría–. ¿Has visto “Papusza”? Yo la vi la semana pasada; está muy bien, te la recomiendo.

–Eso me han dicho; la tengo entre las que quiero ver. Tal vez el miércoles lo intente, si consigo dejar a los niños colocados –Y sonrió otra vez. Perfecto, ya tenía mi oportunidad, remota pero posible.

–Bueno, hasta otra, creo que ya es hora de irnos a cenar para completar la tarde –dije porque ya era tarde para nosotros.

El día susodicho me presenté en el centro comercial, vigilando por si veía a Lucía entrar o salir del cine. Conociendo el horario no era difícil. Claro que me arriesgaba a que no viniera. Pero estaba convencido de que ella quería encontrarse conmigo; repasando una y otra vez la conversación que tuvimos, estaba seguro de ello.

Al final la vi; salía de la sesión lógica, la que empieza a las siete y acaba cerca de las nueve, hora ideal para tapear algo antes de volver a casa. Por supuesto no estaba sola, otra mujer la acompañaba y se veía que eran buenas amigas. Me acerqué como haciendo el encontradizo.

–¡Lucía, qué sorpresa!

–¡Ah, hola Alberto! –Juraría que su cara no denotaba sorpresa alguna–. ¿Qué haces aquí?

–Salgo del cine, de ver “Un día perfecto” –mentí descaradamente.

–Nosotras de ver la “Papusza” –respondió Lucía–. Te presento, esta es mi amiga. Eva, este es Alberto

–¡Encantado! –dije con los dos besos de rigor–. ¿Os puedo invitar a una cerveza?

Accedieron y nos dirigimos a uno de esos locales típicos de los centros comerciales, un bar sin personalidad como tantos. Allí estuvimos un buen rato con las cervezas y las tapas hablando de cine, los niños y la vida en general. A la media hora, más o menos, ambas se disculparon y se fueron juntas al servicio. Al volver, para mi asombro, Eva manifestó que tenía que irse, pero Lucía se quedaba un rato más. Me levanté para despedirla y luego nos sentamos. Por fin a solas.

–¿Y ahora? –me preguntó mirándome a los ojos.

–¿Ahora? –pregunté haciéndome el distraído.

–Venga ya, Alberto, no me dirás que nos has encontrado de casualidad –Tocado, mejor poner las cartas boca arriba.

–No, te busqué pero porque tú me lo pediste indirectamente –contesté–. Ambos somos mayores para saber lo que queremos.

–Pero no vayas a pensar que me voy con cualquiera –protestó.

–Nada de eso –repliqué cortando la discusión. Sabía perfectamente que Lucía se debatía en el hecho de engañar a su marido y eso la carcomía por dentro–. ¿Nos vamos?

Asintió. Pagué las consumiciones y bajamos al garaje a por mi coche. Ella había ido con su amiga, no me lo pidió, pero yo tenía claro que, al terminar, tendría que acercarla a su casa. Ni en el camino al coche ni ya dentro de él hablamos, quizá lo indicado era que yo, que a fin de cuentas estaba soltero y no engañaba a nadie, la tranquilizara hablando de cualquier tema, pero no juzgué conveniente hacerlo, el hecho de aceptar que las invitara y dejar que su amiga se marchara era una prueba evidente de su aceptación, cualquier cosa que se dijera podría poner fin a todo.

Llegamos a mi casa, metí el coche en el garaje comunitario y subimos en el ascensor. No traté de asirla de la mano, ni siquiera besarla. No. Mi estrategia la tenía clara en mi mente y nada de lo típico entraba en ella. Mi don. Abrí la puerta de mi piso y, con un gesto, la invité a entrar, y luego a sentarse en el sillón del salón.

–Quieres beber algo –ofrecí.

–Sí, un gin-tonic –me pidió.

La dejé en sentada mientras iba a por hielo a la cocina. Regresé con la cubitera y los hielos, puse en marcha el equipo de sonido con música para bailar lento y preparé los dos combinados. Los llevé a la mesa baja junto con unos frutos secos. Bebió un largo trago como para vencer sus últimas resistencias.

–¡Ven! –dije estando de pie y alargando el brazo–. Bailemos.

No creo que se lo esperara, más bien esperaría algo como que me lanzara a besarla con pasión u otra cosa por el estilo. No, nada de eso. Mi don sabía que, de haberlo hecho, la hubiera pifiado. Bailamos, yo con mis manos en su cintura, ella con las suyas en mis hombros, el clásico baile lento. Lucía terminó apoyando su cabeza en mi hombro izquierdo, y yo aproveché para, recogiéndole el pelo detrás de la oreja izquierda, besarle el cuello y con mi lengua jugar con el pendiente del lóbulo. Así estuvimos una canción.

Como había que avanzar, una vez que sentí los pechos de Lucía duros a través de la ropa, y supongo que ella también sentía la dureza de mi sexo, en la siguiente canción empecé a desnudarla, asiendo con las manos el dobladillo de su blusa, tiré de ella hacia arriba, lo que la obligó a desasirse de mí y subir los brazos, de forma que pude sacarle la prenda por la cabeza. Se quedó en sujetador, pero yo volví a atraerla con las manos en la cintura, bailando. Ella volvió a posar sus manos en mis hombros.

Un simple movimiento llevó mis manos al cierre de su sostén, que solté con habilidad. Otro movimiento para hacerme con los tirantes de la prenda y pasarlos por los brazos para liberar los pechos. Me gustaron; no demasiado grandes pero tampoco pequeños, de areola mediana y pezón duro, naturalmente. A esas alturas, ella se había acostumbrado a mi hacer lento pero constante. Por eso no se extrañó que volviera a cogerla de la cintura. Ahora era ella quien se apartaba el pelo para dejar la oreja a mi lengua.

Dos pasos de baile, un rápido lametón al lóbulo y otro movimiento de mis manos, esta vez hacia abajo, para descorrer la cremallera de la falda y así dejarla caer a sus pies. Ahora era su turno, dejé que me desabrochara la camisa, botón a botón, hasta que, asiéndola por la parte delantera, me la quitó; dejé un momento su cintura para que la prenda cayera a mi espalda.

Me separé cuando acabó otra canción, y le hice el gesto de silencio. Supongo que estaba expectante por cómo seguiría, y advertí que la tenía un poco descolocada; seguramente habría esperado un ataque pasional, no un lento desnudar sin embargo estaba expectante. Y seguiría así al ver que cogía una manta de viaje que tenía al lado del sillón, la desplegaba y la ponía atravesada en la mesa alta de mi salón. Luego fui a ella y, cogiéndola de la mano, la llevé dando pasos atrás, mientras la besaba suavemente, hasta el borde de la mesa.

Asiendo las bragas, se las bajé un poco hasta las caderas, la sostuve por la cintura y la hice sentar en el borde de la mesa, con el culo sobre la manta. Así no notaría la frialdad del cristal de la mesa en la piel desnuda. Un movimiento más y se quedó sin bragas. Aproveché tener las manos en sus piernas para quitarle también las sandalias que calzaba. Lucía quedó, entonces, desnuda y expectante. Los pezones me indicaban que excitada.

Hice que abriera un poco las piernas para situarme entre ellas. La música seguía sonando. Acerqué la cara a la de Lucía para darle otro beso, lento, juego de lenguas. Sin embargo quise jugar un poco con la cara, besando alternativamente los ojos, la frente, el pelo, la nariz, de oreja a oreja. Lucía mantuvo los ojos cerrados, y de su boca abierta surgían exhalaciones suaves de placer.

De la cara bajé al cuello y al pecho. Quizá se pensara que tardaba mucho en atacar los centros de placer habituales pero no era así. Para mí, lo importante con Lucía era el ritmo del contacto. Saltando con los labios de piel a piel llegué a los pechos de pezones duros. Jugué con ellos, con labios y lengua; un beso aquí, un lametón allá, hasta unos mordisquitos suaves en los pezones que arrancaron jadeos placenteros.

La empujé levemente para que se pusiera boca arriba sobre la manta en la mesa. En mi recorrido hacia abajo por su cuerpo, solo rocé su sexo que, sin embargo, provocó en Lucía un estremecimiento de gusto. Trabajé entonces las piernas. Elevé sus tobillos a mis hombros para acariciar y besar el interior de los muslos. La piel sensible arrancaba también gemidos placenteros. Para entonces, el disco de música lenta había llegado a la mitad de su duración. Consideré que ya bastaba de prolegómenos.

Me separé un paso atrás para contemplarla; tumbada boca arriba, las piernas un poco abiertas, en aquel momento caídas. Respiración agitada, sexo abierto. Era el momento. Rápidamente me descalcé, solté el botón de los pantalones y me los quité, al igual que el calzoncillo. Rompí la envoltura de un preservativo y me lo puse en mi, desde hacía tiempo, erecta polla. No era plan de hacerle la puñeta a Lucía.

Y la penetré. Así los tobillos con las manos para elevar las piernas hasta apoyar sus pies en mis hombros, apoyé la punta enfundada en la entrada de su vagina, y empujé con firmeza. Entró sin problemas en una gruta muy lubricada. Lucía gimió cuando sintió mi polla dentro. Entonces empecé a moverme despacio, la sacaba casi hasta afuera y luego volvía a meterla hasta el fondo; y así una y otra vez, mecido por el ritmo de la música que sonaba de fondo.

Una y otra vez, ritmo constante y lento. Toda la canción. Y Lucía jadeaba bastante; y cuanto más tiempo pasaba, más jadeaba. Mantenía el ritmo, aguantando mis ganas de acelerar para llegar yo, sabiendo que tarde o temprano llegaría ella al culmen. Y llegó. Pasó una canción y media cuando noté cómo su respiración se aceleraba; sus pezones parecían dos piedras durísimas y sus manos se cerraron agarrando la manta como para aguantar. Pero no pudo. Fuera hasta casi la punta, dentro hasta el final.

Se corría, y yo la veía. Y veía en la realidad lo que mi don hizo que supiera que sería así. Lucía tuvo un orgasmo; su cuerpo se arqueaba, sus manos apretaban con fuerza la manta y su cara tenía los ojos abiertos completamente. Sudaba, gemía con fuerza y despeinada, trataba de respirar aguantando lo que no podía. Y yo moviéndome con el mismo ritmo, pocos segundos, más segundos, decenas de segundos. La vi correrse durante un tiempo interminable, el tiempo en que no cesaba de moverme. Su cuerpo desnudo se perló de gotitas de sudor. Suplicaba descansar, pero yo seguía hasta mi final.

Llegué, no sé cuanto tiempo después que ella, que seguía agitándose en su placer continuo. Llegué y llené de semen el preservativo. Y tuve que parar después de mi clímax. Lucía lloraba, derramaba lagrimones de gusto, relajándose cuando extraje mi polla. Yo no estaba demasiado cansado, así que dejé caer sus piernas, me retiré para quitarme el condón. Luego volví a acercarme a la exhausta Lucía para envolverla en la manta y cogerla en brazos. De esa manera me senté en el sillón teniéndola en mi regazo calentita por la manta.

–No llores más Lucía –dije para romper el silencio de palabras hasta ese momento–. Tengo que contarte algo.

–¿Qué? –preguntó tras un instante de recuperar el aliento.

–Tengo un don, yo le llamo “sé cómo te corres”.

–¿Y eso qué es? –preguntó incrédula.

–Es muy sencillo –contesté, aún abrazado a ella–, consiste en que tengo la capacidad de saber, en toda la extensión de la palabra, cómo es el orgasmo de alguna mujer y, sobre todo, cómo llega a él. No me funciona con cualquier mujer, afortunadamente. Solo con algunas.

–¿Y lo viste en mí? –preguntó interesada.

–Si, vi cómo serías cuando te corrieras y, fundamentalmente cómo hacerte llegar a él. Y ¿sabes? El don tiene la facultad de ser un imán.

–¿Un imán?

–Seguro que, desde el sábado en que nos conocimos, has estado debatiéndote entre el deseo de verme y que pasara lo que ha pasado y el rechazo a ponerle los cuernos a tu marido –El movimiento de su cuerpo me dijo que había acertado–. Pero se impuso el primero al segundo ¿por qué? El imán del don. Cuando me pasa que veo, por el don, a una mujer corriéndose y me decido a llegar al final, siempre lo he hecho. Ella, tú, no ha podido resistirse. Pero no te sientas mal. Aprende.

–¿Aprender? ¿De qué tengo que aprender? –Se estremece entre mis brazos, posiblemente del asco de sí misma, tengo que enderezarla.

–No te sientas culpable, no has tenido nada que ver, no lo podías evitar –hablo en tono cariñoso–. Lo digo porque, seguramente, has experimentado el mejor orgasmo de tu vida. No, no me mires así. Estoy convencido de que quieres mucho a tu marido, y de que el sexo con él es placentero. Pero también de que nunca has experimentado algo así con él. ¿Por qué? Por el ritmo. Tu modo es lento, muchos preliminares que te vayan encendiendo y luego muy lento que te lleve a la cima. Si no me equivoco, tu marido no es así. ¿estoy en lo cierto?

–Vaya, parece que sabes mucho de mí, para ser un desconocido –Se arrebuja en la manta–. Mi marido. Aciertas. Es de pocos preliminares, le gusta ir directo. Pero no creas, siempre se apaña para que me corra.

–No lo dudo, lo que te decía de aprender es eso –apunté–, hazle saber cómo es el ritmo que te gusta, cómo llevarte a lo más alto. Lo has experimentado, ahora ya sabes cómo te gusta.

La miré y, me miró; me incliné a besarla. Ritmo lento con pasión justa.

No repetimos porque era tarde para ella, mujer casada y con hijos. Me dejó que la vistiera; siempre me ha gustado desvestir a mis mujeres pero también vestirlas; hay algo muy íntimo en vestir a una mujer. Luego la acerqué a su casa. Nunca volveríamos a vernos; ambos lo sabíamos.

Ana

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