Seduciendo a mi Profesor III

Después de tantos años soñando y fantaseando con mi profesor, de intentar seducirle y que se hiciera el duro, de decirme que la diferencia de edad era demasiado grande, que tenía responsabilidades… parecía que por fin había sucumbido a sus bajos instintos sin vuelta atrás.

Una vez se rompió la fina línea entre fantasear y jugar en serio, todo fue a más. Fue como abrir la caja de Pandora, ya no podía fingir que no había pasado nada, ni negar que entre nosotros había una tensión sexual muy fuerte, ni que aquello que se había estado negando y por fin disfrutaba le volvía loco.

El siguiente paso surgió a partir de una conversación por WhatsApp. Era muy habitual en mí enviarle fotos eróticas que encontraba por Internet. Compartíamos opiniones sobre las mujeres de las fotos, lo que hacía que al pensar en mí me relacionase con el sexo y, ya de paso, servía para que no olvidase que estaba hablando con una exalumna bisexual y con mucho vicio.

Un día, justo antes de mis exámenes de septiembre en la universidad, le dije que igual necesitaría su ayuda el curso siguiente con un par de asignaturas de matemáticas, ya que siempre se me habían dado fatal e iba a suspender otra vez. Podría haber ido a una academia, o quizá montar un grupo de estudio, pero no. Tal vez por el calentón de las últimas fotos, o tal vez porque era la excusa que llevaba tanto tiempo buscando, se lo dije precisamente a él.

Al principio pensé que se reiría y lo dejaría pasar. ¿Por qué iba a darme clases él, que había sido mi profesor en ESO y Bachillerato? ¿Por qué no acudía a los profesores de mi universidad? Pero no lo hizo. Para mi sorpresa, me dijo que estaba a mi total servicio. Textualmente.

Así que no pude evitarlo y a principios de octubre, cuando empezaron mis clases, quedé con él. Habíamos decidido que lo mejor era ir a su casa, ya que su mujer trabajaba por las tardes y en mi casa siempre había alguien. Él vivía algo lejos, cerca de la montaña, y yo hacia el lado opuesto, por lo que el colegio donde habíamos pasado tanto tiempo juntos estaba justo en medio. Decidimos quedar allí y que él me acercase en coche el resto del camino hasta su casa.

Aquel día estaba nerviosa, no puedo negarlo. No sólo volvería a verle, sino que volvería a ser mi profesor. Además, el colegio me traía muy buenos recuerdos de horas en su despacho y coqueteos inocentes. Era un lugar que había terminado por asociar al morbo, ya que los profesores son uno de mis grandes fetiches.

Así que allí estaba, casi temblando de nervios, vestida completamente de negro, con camisa entallada y con el escote abierto, falda tableada lisa, botas altas con plataforma, mi pelo rojo que tanto le gustaba y los ojos verdes resaltados en maquillaje negro. En el cuello, un collar de cuero con una argolla. Me encantaba poder ir gótica a aquel lugar donde durante 11 años tuve que ir en uniforme.

Como ya había hecho otras veces cuando iba a visitarle, le esperé en la puerta del pabellón de la ESO, donde más alumnos hay y donde está la sala de profesores. A las 17:00 en punto, tras sonar la campana que anunciaba el final del día lectivo, una auténtica marea de alumnos de todas las edades salió disparada hacia la puerta de salida para volver a sus casas. Sentí el calor en mis mejillas de la vergüenza al ver que tanto alumnos como profesores se me quedaban mirando. Es un efecto que suelo provocar cuando visto de esa forma, y me provoca a la vez vergüenza por semtirme observada y orgullo por ser como soy.

Algunos profesores eran nuevos desde que terminé mis estudios allí y, al no conocerme, preguntaban a otros quién era aquella chica. Algunos viejos profesores se me acercaron q saludar al reconocerme. Entonces salió él y después de despedirse de sus compañeros que habían hablado conmigo, me acompañó hasta su coche. Como os imaginaréis, muchos pusieron cara de extrañeza al vernos irnos juntos, habiendo ido allí sólo para buscarle y con las pintas que llevaba. No les culpo. En realidad, de hecho, tenían razón.

Los veinte minutos de trayecto en coche se hicieron eternos. Los dos estábamos nerviosos, sabíamos lo que iba a ocurrir aunque fingíamos normalidad. Al llegar por fin a su casa me ofreció algo de beber y despejó la mesa del comedor. Yo me agaché, doblándome deliberadamente por la cintura, para sacar los apuntes de la mochila. Al mirarle pude notar en su cara que el movimiento había cumplido su función y ahora apenas era capaz de dejar de mirarme. Quizá fue porque había podido comprobar que no llevaba nada debajo de la falda.

Me senté frente al montón de papeles incomprensibles y él lo hizo a mi lado, muy cerca de mí. Nuestros brazos se rozaban al señalar algo en alguna página y nuestras rodillas se acariciaban entrelazadas, desconcentrándonos. Él se levantó y se puso justo detrás de mí, apoyando las manos sobre el reposabrazos de mi silla, y siguió explicando con naturalidad. Aproveché el ángulo desde el que me veía para desabrocharme distraídamente un botón más de mi camisa ajustada. Ahora podía ver mi escote completamente al descubierto, con el borde del sujetador asomando peligrosamente.

Su explicación se paró en seco. Sabía que mis tetas le volvían loco, él mismo me lo había confesado en varias ocasiones. Lo bueno de tener curvas es que tengo un buen escote. Le miré a los ojos con una sonrisa traviesa y me llevé el bolígrafo a la boca, mordisqueándolo con cara de gata en celo.

-¿Algún problema, profe?

-Pues sí… no pareces estar prestando mucha atención.

-No puedo evitarlo -dije acariciándome el interior de una de mis piernas- ¿Acaso vas a castigarme?

-Sí, creo que te mereces un castigo por provocar a tu profesor en vez de prestar atención. Levanta.

Me levanté y él me inclinó sobre la mesa, levantando mi falda. Noté el impacto del primer azote y no pude reprimir un gemido. Luego otro azote, y otro, y otro. Clavó su polla dura contra mi cadera y deslizó su mano entre mis piernas. Estaba completamente empapada. Nunca, en sus 48 años, había visto a nadie mojarse así, y le volvió loco. Me desabrochó lo que quedaba de camisa y apretó con fuerza mis tetas, que casi no cabían en sus manos.

Él quiso empezar a desvestirse, pero se lo impedí. Me gustaba así, con camisa y corbata y con su polla dura abultando el pantalón del traje. Me incliné más sobre la mesa y empecé a mover mis caderas, restregando mi culo contra su erección. Él también se movía y no dejaba de acariciarme. El culo, las piernas, mi cintura estrecha, mis tetas… Apartó mi pelo hacia un lado y empezó a besarme y morderme el cuello lentamente sin dejar de moverse contra mí, cada vez más pegado.

Entonces llevó una mano entre mis piernas y comenzó a masturbarme. Sus dedos jugaban rápidos dentro de mí y se empapaban, provocándome gemidos que iban creciendo en intensidad. Llevó su otra mano a mi cuello, apretándolo ligeramente mientras me besaba con necesidad animal.

-Te encanta sentirte como una puta, ¿verdad, zorrita?

Me mordí el labio inferior, asintiendo. No soy de hablar durante el sexo, pero que me digan esas cosas me hace sentir exactamente como la zorra que soy. Y me pone muchísimo.

-A partir de ahora vas a ser mi putita. ¿Te ha quedado claro?

Volví a asentir, sintiendo cómo mis piernas flojeaban. Estaba a punto de correrme, y en ese preciso intante, paró de masturbarme. Gemí, frustrada, y le miré con odio y deseo. Vi cómo se bajaba la cremallera y sacaba su polla durísima, sin desvestirse. Pensé que por fin iba a follarme pero no fue así. Se sentó de nuevo en la silla e hizo que me sentara encima de él, sintiendo su polla entrar dentro de mí despacio. Cada roce era una sensación de éxtasis indesriptible. Fui a moverme para follarle pero me agarró de las caderas con fuerza, impidiéndome el movimiento. Cogió el bolígrafo con el que había estado jugando y siguió con la explicación como si no hubiera pasado nada. Yo no daba crédito. Cada vez que no le hacía caso me abría las piernas y me daba un pequeño azote justo encima de mi clítoris, cosa que me excitaba más que molestaba. Estaba tan caliente que me resultaba casi imposible seguir su clase, así que me llevé unos cuantos de sus azotes de “castigo”.

No os podéis imaginar el morbo que me daba. Él dándome clase con su polla dentro de mí, regañándome como a una niña pequeña por estar distrída. En mis 23 años nunca había disfrutado tanto de una situación así. No podía creerme que después de tanto tiempo estuviese cumpliendo la fantasía que me había estado atormentando desde los 15 años. Él tampoco podía creerse estar follándose a su exalumna por segunda vez, 25 años menor que él, que se había convertido en su nueva diosa.

Notaba su polla a punto de reventar, pero no fue hasta que conseguí repetirle toda la lección que me dejó masturbarme a la vez que le follaba sobre la silla, cada vez más y más rápido. Me corrí tres veces antes de que lo hiciera él, llenándome de semen caliente que empezó a resbalar entre mis piernas.

Iba a necesitar muchas clases particulares si quería aprobar, y no tenía ningún reparo en ello. Por fin había conseguido ser la putita de mi profesor.

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