Sexo a tope en el hotel nudista

Desde el día primero hasta hoy: 30 de Agosto, no ha habido un solo día en que Mónica (mi esposa) y yo (Sergio) no hayamos tenido un contacto sexual. Mónica es heterosexual, pero no le hace ascos a que una tía buena le coma el coño, o ella mamar de unas tetas. Yo, harto de follar y comer chochos; y también debido a que una disfunción eréctil que me la ha dejado “morcillona” e inhábil para penetrar culos y coños, pero con los deseos de sexo más vigentes que a los 18 años, (lo cual me hace maldecir a Dios por quitarme la fuerza pero darme más ganas) he encontrado en la homosexualidad el remedio para mis males; me he metido tan de lleno en mi papel de gay (antes en España maricón), que disfruto con un macho tanto o más que antes disfrutaba con una hembra.

Recalamos en el hotel nudista el día primero de este mes: Agosto (tenía reserva desde el mes de Marzo) ya que es, si no me equivoco, el único hotel nudista de España, y hay que reservar con mucha antelación si quieres encontrar habitación en la temporada alta. Tenía tan buenas referencias que nos animamos a disfrutar del “verano más loco” de nuestras vidas; por lo que nos dispusimos follar a tope con todos aquellos y aquellas que nos apeteciera.

Llegamos sobre las cinco de la tarde, y lo primero que vimos ya nos “puso a cien”: cuerpos desnudos a cual más excitantes que pululaban a nuestro alrededor con la misma naturalidad que si estuvieran vestidos. Para no pecar de pardillos, tanto Mónica como yo, hicimos como si estuviéramos acostumbrados a verlos todos los días; pero yo no pude remediar mirar a un señor de unos 50 años (yo tengo 62) que se situó a escasos cincuenta centímetros de mí, con una “polla morena” mirando para el suelo que parecía una morcilla de Burgos. ¡Joder! ¡Qué hermosura de polla! En erección por lo menos debería medir de 25 a 30 cm.

-¿Han llegado los señores de Martínez? Le preguntó a la señorita de recepción el de “la polla morena”.

¡Qué casualidad! Pensé, (porque tenía pegada la oreja a todo lo que decía el tío). Yo me apellido Martínez, pero nosotros no habíamos quedado con nadie. Por lo que la recepcionista le dijo al señor: -Estos son los señores Martínez. Señalándonos. Pero por lo que veo no deben ser los señores Martínez que espera.

-La verdad es que no les conozco personalmente, sólo por descripción telefónica. Dijo dubitativo el hombre.

Me di cuenta a la primera, que, era una cita a ciegas, que habían quedado en el hotel con otra pareja. Estaba claro y además lógico; cientos de parejas que ligan a través de los chats o por contactos en revistas especializadas, suelen quedar es estos sitios para follar.

La polla de ese tío me estaba poniendo tan cachondo, que no pude reprimir en decir: -Disculpe mi atrevimiento caballero y permita que me presente, me llamo Sergio Martínez y aquí mi esposa Mónica.

Antes de que me respondiera, una rubia de impresión de unos 40 años se acercó de improviso y sin más le dijo al hombre de la “polla gorda y morena”: -Roberto: ¿Son “estos” la pareja que esperamos?

-No cariño, se apellidan Martínez pero no son ellos. Le respondió Roberto con cara de desagrado por la forma de interrumpir la dama.

-¡Pues qué pena! Dijo la rubia mirando a Mónica de una forma tan descarada que la turbó un tanto.

-Disculpen. Dijo Roberto. Es Marta mi esposa, y es así de impulsiva.

De repente, Mónica (ya saben, mi esposa) que no había abierto la boca en todo el rato, dijo: -Nada de disculpas Roberto, su esposa sabe muy bien lo que quiere, que es lo mismo que queremos nosotros. Así qué seamos educados y amables pero no mojigatos.

Me dejó anonadado. ¡Joder con Mónica! Estaba muy claro que le gustaba Roberto, y esas miradas furtivas “a su paquete” lo evidenciaban. Me dio un pellizco con disimulo en el brazo que era la contraseña de que sí. (Dos pellizcos eran que no). Y cómo a mí el falo del moreno me traía a mal traer, le di otro pellizco a Mónica como señal de también que sí. El problema era como abordar el tema, que tipo de relación querrían.

Como acabábamos de llegar, quedamos en vernos en la bar del hotel sobre las 20 horas. Antes de subir no preguntaron que número de habitación teníamos.

-La 108.

-¡Caramba! Nosotros la 112, casi al lado de las vuestra. Dijo Marta como alegrándose.

Mientras subíamos por la escalera, le dije a Mónica.

-Te ga gustado Roberto. ¡Eh nena!

-Y a ti más. Las miradas que le echabas a la polla, eran de baba.

-¿Tanto se me notaba?

-¡Qué si se te notaba! Parecía que te la querías comer.

-Y me la comeré.

-Veremos si él quiere. Pero yo te seguro que sí me lo follo.

-Ya me he dado cuenta que le miraba con ganas, sí.

-Y él a mí…¿qué? Me echaba unas miradas que me desnudaba, y eso que estaba vestida, en cuanto me vea las tetas y el culo, se derrite.

-Es que estás muy buena cariño, pocas cuarentonas están tan ricas como tú.

Subimos a la habitación y tras una ducha relajadora del viaje, hicimos planes de cómo abordar la noche en este paraíso donde todos van como Adán Eva.

-Oye Marido.

-Dime Mónica.

-¿Tú crees que se podrá bajar al restaurante en “pelota picada”?

-Pues no sé. Pero lo preguntaré en recepción.

-Sí, dígame.

-Disculpe señorita, es que somos nuevos en el hotel. ¿Se puede entrar en el comedor completamente desnudos?

-Se puede, pero recomendamos a las damas un pareo, los caballeros pueden entrar como quieran, aunque con una bata de hilo que encontrarán en los armarios, detalle del hotel, sería más propio, dado el lugar.

-¿Y por las demás estancias del hotel?

-Cómo ustedes lo prefieran?

-Muchas gracias.

-De nada señor. Qué tengan una feliz y agradable estancia en el hotel.

En la barra de la cafetería nos esperaban Roberto y Marta, totalmente en pelotas. Yo bajaba con la bata de hilo y Mónica con el pareo. Estaban totalmente desnudos, excepto calzados con unas sandalias se playa.

Roberto miró a Mónica a la vez que le decía:

-Ese pareo transparente de color azul cielo, desmerece la tersura y finura de tu piel; es un triste y vulgar velo que no refleja la dulce tersura de su color de miel.

-¿Es qué eres poeta? Le dijo Mónica con cierta coña.

-Soy el mejor poeta que canta a la braga y a la bragueta. Y a la dama que le guste follar… ¡Qué mejor hacerlo que con este juglar! Respondió Roberto con engreimiento.

Reímos todos la poesía improvisada. Y Mónica que es licenciada en filosofía le respondió con cierta guasa:

-Sois vate con “hermoso bate”, y sin con él me habéis de “batear”, ¡hacedlo ya! Pues mi entrepierna empieza a babear.

-Sé que sois dama decente y pura, pero a pesar de ello, no dudar señora que os voy a putear. Pero por favor… hasta esta noche esperad.

A Marta parecía que no le hacían gracia los devaneos de su marido con Mónica, (lo deduje por la cara que ponía) Y dijo hinchando las fosas nasales:

-Soy la reina de Lesbos, y a dama que quiera probar mis dulces caricias, yo le prometo que me dará las gracias y al final dirá ¡Albricias! Pues lo que mi alma da y tiene… ¡Jamás lo hará sentir ni dar un pene!

-¡Vaya Marta! ¿Poeta y lesbiana? Pregunté con enjundia.

-Soy bisexual, libertina y sin complejos, y lo mismo me como un “nabo que un conejo”.

-Yo soy heterosexual. Señaló Mónica. –Y aunque prefiero un pene como el de tu marido, no me molesta que una mujer como tú “invada mi nido”.

-Y a ti Sergio, ¿Qué es lo que te gusta del amor? Me preguntó Roberto con retintín.

No soy poeta, pero cono la cosa iba de poesía escabrosa, dije:

-Por razones de la edad, ya no puedo penetrar, pero el placer que doy “por detrás”, es digno de catar.

La cara de alegría que puso Roberto fue tan motivadora que no había dudas que le gustaba el tema homo. Y dijo a la vez que me tomaba la mano.

-Soy bisexual, y me gustan las mujeres (sobre todo la tuya a rabiar) …Pero meterla en un culo como el tuyo no me importaría probar.

Es cierto, mi tafanario fue mi eterno problema, ya que sus formas redondas le hacían parecer más femenino que masculino, y fue objeto de bromas de amigos y amigas en aquella España machista de la Dictadura. Pero hoy, gracias a la libertad sexual que reina, mi culo me da tantas satisfacciones que no hay tío que se resista a comerlo. Y que me pasen la lengua “por el ojo” es algo irresistible. ¡Y qué me follen..! El delirio.

-Pues tuyo es, Roberto. Y cuando me la saques a algo sujétate, pues te aseguro que de placer puedes desfallecer. Dije muy serio para que observara la veracidad de mis afirmaciones.

-A tus cachas me sujetaré para no caer… Y tú vas a quedar de rabo tan harto, que hasta te puede dar un infarto.

Atención señores y señoras. Habló Mónica muy circunspecta:

-Gracias a la poesía sabemos lo que le gusta en el sexo a cada tío y tía. Vayamos pues a cenar y después a la algarabía.

-Vayamos…vayamos… Y follemos hasta que amanezca el día. Dijimos lo cuatro con inmensa alegría.

La noche loca

Ansiosos los cuatro de que llegara la bacanal, censamos en el restaurante del Hotel para no perder tiempo. Roberto pidió ostras con champagne, por lo que le dije con sorna:

-Dicen que las ostras “la pone dura”.

-A mí no me hace falta. Mira con disimulo por debajo de la mesa, como si buscaras algo que se te ha caído.

Estaba sentado justamente enfrente, junto a Marta. Y Mónica junto a Roberto. Hice como que buscaba la servilleta que tiré y lo que vi fue de impresión. Mónica le tenía asida la base de la polla por debajo de la mesa. Aquello no era una polla, ¡era un pollón! La mano de mi mujer apenas se veía porque la “magnitud del aparato” era de dimensiones tan colosales que su mano blanca parecía una tirita puesta en una pierna.

-¡Qué Sergio! ¿Crees que me hace falta comer ostras para que se me ponga dura? Me dijo son pachorra.

Pensé si aquello podría entrar por mi ano, pues aunque lo tenía abierto, nunca había entrado una cosa así; pero me consolé pensando que mamar una polla como esa debería ser una delicia. Qué cara pondría que me dijo otra vez. -Parece que te has quedado mudo de la impresión.

Ya repuesto del estremecimiento se me ocurrió decir esta tontería.

-Más hermosas las he tenido entre mis cachas.

Mónica me miró con cara de estupefacción y Marta que se mondaba de risa, y que estaba sentada a mi lado, al verme un tanto apurado dijo.

-No es el tamaño lo que da el placer, Sergio. Una rubia preciosa con un clítoris del tamaño de una almendra, me dio más placer haciendo la tijera que la polla de mi marido en todos los años que llevamos casados.

-Y a mí, terció Mónica, el placer que me dan las lamidas de mi marido, todavía no lo han conseguido ninguna de las pollas que me he cepillado.

-¡Joder! A ver si ahora tener un rabo de 28 centímetros como el mío va a ser un inconveniente a la hora de follar. Dijo Roberto en tono malhumorado pero fingido.

-No cariño, le dijo Marta; queremos decir, que el tamaño no es lo más importante para el placer. ¿Comprendes?

-Comprendo comprendo. Pero Mónica no me la suelta, seguro que teme que se ponga más pequeña. Se podía observar como la mano de Mónica seguía pegada a la polla de Roberto como si tuviera imán.

Acabamos de cenar entre risas y chiste verdes, para calentar lo que se avecinaba.

Mónica no se había quitado el pareo, y aunque sus curvas se evidenciaban a través del mismo, no en la magnitud de las mismas. Subimos por las escaleras en vez de tomar el ascensor a petición suya; la muy astuta se adelantó con Marta, mientras Roberto y yo íbamos unos pasos detrás. Su intención era clara: que Roberto la viera por detrás las dimensiones de su cuerpo.

De súbito Mónica se quitó el pareo, y Roberto le dio un mareo. Aquellas caderas, glúteos y muslos no eran de mujer, ¡eran de diosa! ¡Madre mía, que formas más gloriosas! A cada peldaño que Mónica subía, la nalga correspondiente a la pierna que ascendía, un arquitrabe del cielo parecía.

Roberto me miró estupefacto, pues no daba crédito a los que sus ojos veían, dijo como pensando:

-¡Pero como se puede ser maricón teniendo ese bombón!

-Ya ves Roberto, los bombones me empalagan y las pollas me halagan. ¡Qué quieres que yo le haga!

-Yo lo haré por ti. Esta noche a tu mujer el coño le voy a partir.

-¿Y a mí me vas a partir el culo? Pregunté sin disimulo; cómo una gatita con ganas de amar.

-A ti te lo voy a reventar.

-A ver si es verdad.

Marta bajó un peldaño de la escalera para ver el culo de Mónica.

-Jolín Mónica, tu culo me pone en un brete… ¡Cómo me gustaría lamerte el ojete..!

-Lo puedes lamer a la vez que tu marido por delante me la mete. Dijo Mónica riendo.

-Buena idea Mónica, lamer el culo de una mujer mientras la están jodiendo, debe dar un placer exquisito. Sólo de pensarlo me excito.

Llegaron al primer piso donde estaban las habitaciones de los dos matrimonios.

-¿Lo hacemos en la vuestra o en la nuestra? Dijo Mónica.

-En la nuestra tenemos caviar y champagne. Dijo Roberto. Mejor en la nuestra.

-¿Has comido alguna vez “coño con caviar y champagne”? Le dijo Mónica

-¿Coño, con caviar y champagne? No, nunca. ¿Y eso cómo se come?

-Esta noche lo vas a probar. Lo que no sé si te gustará.

-El caviar y el champagne me chiflan…Y los coños me los como con avaricia.

Mónica esbozó una sonrisa maligna. Se nota que Roberto no sabía que Mónica estaba hablando en metáfora.

El baño de la habitación disponía de una yacuzzi para cuatro personas; mientras se llenaba de agua, con sendas copas de champagne brindamos por la noche loca que nos esperaba.

Roberto abrazó a Mónica y la plasmó un beso en la boca que parecía querer aspirar todas sus esencias. En menos de un segundo se empalmó, y pegado su enorme falo al vientre de mi mujer, pude ver como su glande sobrepasaba su ombligo en más de cinco centímetros. Mónica restregaba su abdomen contra aquella polla que parecía reventar.

-Para, para Mónica que me corro. Y quiero inundar tus hermosas caderas de mi semen.

-O sea, que me vas a follar sin condón. Mónica me miró como queriendo saber que opinaba. Al fin y al cabo soy su marido, y tendría que cargar con el resultado de cualquier desliz por falta de tomar las precauciones debidas. Por lo que le dije:

-Acabas de dejar el periodo, no creo que te vaya a dejar embarazada. Además ese pedazo de polla hay que disfrutarla con su piel natural. Pero hazlo como prefieras.

-Pues a pelo lo haremos. ¿Te parece bien Roberto?

-Me parece de perlas. Follarte con preservativo es un sacrilegio.

¡Por cierto Mónica! Me tiene intrigado eso de follar con caviar y champagne. ¿Me vas a decir como se folla así?

Puso cara de asco cuando explicó, y dijo:

-He follado de mil maneras, pero esa guarrada jamás lo haré. Lo del “champagne” vale y “depende de la marca”, pero “ese caviar”… ni de la tía más hermosa del Mundo me lo como.

La sonrisa de Marta fue estruendosa y dijo:

-Marido: ¡Cómo me hubiera gustado verte comer “ese caviar”!

-¡Cómetelo tú, cacho guarra! Le dijo a su esposa de muy mala leche.

-Vale, vale..! Tengamos la fiesta en paz. A ver si de verdad “la vamos a cagar” por tan poca cosa. Dije en tono conciliador.

-¿Es que a ti te gusta la mierda, Sergio! Me dijo Roberto con cara de pocos amigos.

La polla de Roberto.. Su hermosa polla, había desaparecido de la superficie del agua de la yacuzzi, por lo que le preocupó a Mónica, y dijo.

-Lo siento Roberto; pero pensé que no te lo tomarías así. Acto seguido sumergió su cabeza debajo del agua buscando aquella “polla ahogada”, la que volvió a emerger más hermosa que nunca dentro de sus labios.

-Que bien la mamás, Mónica. Sigue… sigue…

Intuyendo que sobrevenía la erupción, aparto sus labios de aquel glande hinchado, y varios chorros de semen caliente brotaron de aquel volcán. (Uno de los cuales fue a parar a los labios de Sergio por pura casualidad) que tomándolo con su lengua, se lo tragó a la vez que decía.

-¡Qué leche más rica y calentita..!

Marta le miró y le dijo. ¿Te gusta el licor de mujer?

-¡Ummm! Me encanta…

Sergio apoyó su cabeza en uno de los bordes del yacuzzi.

Marta situó sus piernas abiertas de par en par entre el pecho de Sergio y vació toda la fuente del manantial de su vejiga en toda la superficie del pecho y de la cara de Sergio.

Roberto y Mónica jaleaban y aplaudían la escena.

-Bebe… bebe… más.. Le decía Roberto.

-¿Qué licor está más rico? ¿El mío o el de Marta. Le decía Mónica.

Cuando paró la catarata de “lluvia dorada”, Sergio como ebrio de tanto licor, asió los glúteos de Marta arrastrando su coño hasta su boca, para saborear las postreras gotas, y extrajo hasta la última de sus exudados. La “comida de coño” fue salvaje.

Marta presa de un inmenso placer, movía el culo de una forma totalmente descontrolada; y los gritos que pegaba seguro que es escucharían hasta en recepción. El orgasmo fue de impresión. Roberto y Mónica aplaudían “la faena”.

-Con esa lengua, no te hace falta la polla. Le dijo Marta con cara de satisfacción.

-Sí, pero todas las titis preferís una polla como la de Roberto. ¿Por qué?

-Hombre Sergio. Apuntó Marta. Ya de pedir… Mejor pedir una hermosa polla; pero insisto; no es sinónimo de más placer. Incluso algunos penes descomunales hasta pueden ser incómodos. Lo importante es que el portador sepa manejar los sentimientos externos de la mujer; y para eso no hace falta un pene grande, sino un alma hermosa.

-Buena filosofía, apuntó Mónica que escuchaba ensimismada a Marta.

-Vale, vale la filosofía para meditar, pero aquí hemos venido a follar, no a filosofar. Sentenció Roberto.

Sergio con disimulo, como el que a coger unos cigarrillo de una mesita que estaba al lado de Roberto, le plantó el culo en toda la cara. Al ver esas nalgas tan exuberantes no pudo evitar con ambas manos tonarlas como si sopesara una sandía. Se empalmo de tal forma, que no daba crédito como el culo de Sergio se la ponía tan dura.

-¡Joder Sergio! Qué me has empalmado a tope.

-Ya lo veo ya. Y sin mediar más palabras, Sergio se arrodilló ante las piernas de Roberto que estaba cómodamente sentado en un sillón, y tomando su pene se lo llevó a la boca, dando un respingo de satisfacción. Pero lo que Sergio no se esperaba, fueron los lametones que le infringía por los testículos. Parecía que una corriente de mil voltios le recorría la espina dorsal.

Las dos mujeres, viendo a sus maridos gozar sin ellas, y con las vulvas escurridas se fueron para la cama.

-¿Dónde prefieres, arriba o abajo? Le preguntó Marta a Mónica.

-Arriba. Respondió Mónica.

Y mientras sus maridos se comían la polla y los huevos; ellas se devoraron los coños y las tetas en un sesenta y nueve de película.

Próxima entrega: El segundo día.

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