Sexo mercenario para un divorciado 4

Lo peor del sexo mercenario es la falta de cariño. Solo una vez encontré una mercenaria que me trató con cariño, que fue casi mi amiga y que era un amor. Era argentina, unos cuarenta años, un cuerpo espléndido, rumboso, para un tango horizontal y hasta vertical porque a pesar de la rotundidad de sus curvas estaba muy ágil, en buena forma. En aquel tiempo yo tendría unos veintimuchos años, me sentía un viejales y andaba tan necesitado de sexo como ahora, que soy un viejales y se me suelta la risa cada vez que pienso en lo viejo que me consideraba entonces. Tenía más miedo que vergüenza de irme de puticlubs y más a puticlubs de carretera. No es que estuviéramos en la época franquista de la represión, que soy viejo pero no tanto, en realidad ya habíamos pasado la transición, el destape, interviú en los quioscos, el país era tan liberal en cuestiones de sexo como Suecia, un decir. Jajá, me troncho de la risa, este país nunca será liberal, nunca, bueno, cuando me encierren en una residencia de ancianos y no pueda salir a ninguna parte sin bastón… de madera, porque el otro ya habrá desaparecido para siempre de la circulación, entonces, entonces sí, este país se hará realmente liberal en cuanto al sexo y los divorciados podremos por fin comer, sino todos los días, una vez al mes, o incluso una vez a la semana.

Aquella argentina era lo más cálido que me encontré en este submundo del sexo mercenario. Con esa voz musical que ponía al clon que llevo entre las patas tan alegre y erguido que era un gusto mirarle y no como ahora. Disfruté mucho la primera vez y no dejé de visitarla al menos un par de veces al mes, o más, según me diera el dinero. Era amable, amistosa, cariñosa, le encantaba que yo disfrutara de su cuerpo y creo que ella también disfrutaba del mío, no en vano en aquellos tiempos era aún joven y los cuerpos jóvenes siempre son atractivos, aunque no se cuiden mucho. Con una mercenaria nunca sabes, pero ella gemía y se corría y … Bueno, puede que mintiera, pero yo notaba su sexo húmedo, cálido y estremecido cuando yo me corría dentro de ella. Luego se ponía muy cariñosa y me daban ganas de invitarla a cenar y a un hotel, pero ella era muy suya, muy mercenaria, el trabajo es el trabajo. Recuerdo que después de unos meses llegué al piso particular donde funcionaban varias chicas y me encontré con que la argentina había desaparecido. La dueña, una portuguesa seria y un tanto avinagrada, me entregó una carta de la argentina y me dijo que había tenido que marcharse. Insistió en que me acostara con ella, al fin y al cabo su cuerpo estaba muy bien, muy rico, sí señora, lo reconozco, aunque su cara avinagrada había hecho q1ue escogiera a la argentina en lugar de a ella, la portuguesa, la primera vez que pisé el puti-piso.

En aquellos tiempos yo andaba deprimido, casi desesperanzado, casi desesperado, por eso no acepté ponerme preservativo en las relaciones sexuales con la argentina, le dije que con el capuchón sentía poco y me dejó. En realidad no me hubiera importado pillar un buen sifilazo y palmar. Si a un joven de treinta años no le quiere nadie, pues me voy al otro barrio de un buen sifilazo y que les den a todas, pacatas, ñoñas, beatonas. Eso es lo que pensaba. En aquellos tiempos aún no había llegado el SIDA, pero no faltaba mucho para que hiciera su espectral aparición.

No sé lo que pasó pero sí que acompañando a una carta manuscrita, todo lo cariñosa que podía ser, tratándose de una mercenaria, se acompañaba unos análisis médicos, al parecer tenía purgaciones o ladillas o las dos cosas y otra más. Ya había notado que mi cloncito picaba mucho, vamos, los alrededores, especialmente el bosque que rodea los huevos de avestruz. Algo como un poco purulento emanaba de la boquita de piñón de mi penecito, el sufridor. Bueno, me dije, habrá que ir al especialista. Y fui, pero no antes de follarme a la portuguesa, que tenía un cuerpo delicioso, excepcional, y también era muy cálida en la cama, incluso menos avinagrada de lo que yo pensaba. Claro que me sorprendió que no hubiera leído la carta abierta de mi argentinita del alma, con los análisis médicos correspondientes, y seguro que no lo hizo porque me permitió entrar en su cuevita sin preservativo e incluso me invitó a repetir siempre que quisiera. No volví porque el especialista me puso a caer de un burro, me facilitó medicación, me dio sabios consejos paternales y estuve así unos meses, con la polla un poco roja, un poco hinchada, un poco supurante. Me picaba mucho el pubis y me rascaba con ganas. Aquella fue una experiencia terrible para un joven educado en un colegio religioso, pero aprendí la lección.

Bueno, eso es un decir, porque aquí estoy, con mi lengua en la rajita de E. la dulce y fogosa y ardiente y esplendorosa portorriqueña que me vuelve loco. De haber explotado ya, de tratarse del segundo asalto al castillo, me hubiera gustado hacer el 69, es decir yo me arrodillo al lado de su cabecita sandunguera y me inclino, torso y demás hasta llegar con mi boca a su ardiente coñito, mientras ella le da un buen masaje a mi pajarito moribundo. Sí, eso hubiera estado bien, pero aún no había entrado a la cueva por primera vez, no era cuestión de llamar al diablo.

Mi lengua se deslizaba por la raja como un patinador de hielo, buscando los muslos esplendorosos de su partenaire. También buscaba el clítoris, pero en ese momento no tuve muy claro si el clítoris está arriba o abajo, fuera o dentro. No importaba porque ella se mostraba muy agradecida y me animaba con gemidos y suspiros. Puede que disimulara, aunque su sexo estaba caliente, muy caliente y la humedad salía de la grieta como un glaciar en verano rezuma en una cueva paleolítica. Era una delicia penetrar con la puntita de la lengua y luego seguir patinando. Y cuando me cansaba introducía mi dedo mojado y ella pedía más y más y más rápido. Tuve que meter todo el dedo, hasta el fondo y meterlo y sacarlo con fuerza y rapidez. ¿No la haré daño? Pensaba yo, muy discreto y empático, pero ella no se quejaba, bueno, no de esa manera, de la otra, y si pedía más, pues más iba a tener. Su carne era cálida y muy real, muy carnosa. Y yo estaba muy feliz haciendo de perforador, haciendo fraking o perforación hidráulica. De vez en cuando mojaba mi dedo en saliva y entraba dentro con tal placer que hasta el dedo se me ponía rígido, erecto, como una diamantina perforadora de petróleo.

Ella me dijo que estaba gozando mucho, que ningún hombre la había hecho gozar tanto. Mentira, porque su partenaire en el vídeo que me enseñó había hecho un excelente trabajo. No te puedes fiar de una mercenaria cuando te dice esas cosas, pero su chocho estaba húmedo y su carne tibia, esas cosas no mienten. La prueba del algodón, el algodón no miente, y mi lengua era el algodón que buscaba el polvo escondido en el dintel de aquella cueva. El sexo oral es muy excitante, muy divertido, y tiene la ventana de que la lengua no se descarga, no tiene boquita de piñón por la que puedan salir un ejercito de espermatozoides, medio locos, buscando un óvulo a cualquier precio. La lengua tiene poros y se humedece y a veces sufre descargas eléctricas, pero la saliva no tiene nada que ver con el líquido pegajoso que sale del cloncito y que le deja para el arrastre. Una lengua puede permanecer erecta horas y horas, arriba y abajo, izquierda y derecha, entrando y saliendo. El único problema es que se produzcan agujetas, pero para eso está el dedo erecto, eso sí, hay que procurar recortarse las uñas y limpiarse la porquería que pueda quedar entre piel y cutícula. Y eso había hecho yo, recortado las uñas, limpiado con don algodón hasta los últimos intersticios. Ahora podía entretenerme entrando y saliendo con el dedo mientras mi penecito se estiraba y sufría un poco. Quieto, para, le susurraba como si de un caballo fogoso se tratara, no te lances al galope que ni siquiera tienes la cueva a vista de ojo tuerto.

El problema del cliente de la mercenaria es claro: si galopas y entras y te corres, luego te pasas el resto de la hora charlando o pidiéndole a ella que te haga una buena mamada, lo que se pensará dos veces y tal vez te pida que te laves en el bidet y se cansará pronto de intentar que tu caballo cojitranco galope de nuevo. Por eso yo intentaba por todos los medios no explotar y en mi ayuda venía aquel almacén de orina que iba engrosando más y más conforme pasaba el tiempo.

Continuará

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