Sexo negro (1)

La noche anterior había sido más que agitada y movida. Los recuerdos se le agolpaban en la cabeza y todos la llevaban a un mismo lugar. A sentirse cachonda pese a haber tratado de calmarse bajo la ducha, acariciándose el cuerpo en busca de alivio…

1000 years ago today

we as two would be the same

I’d fall for you.

Customized relationships

do you feel the same about

your flirt with love

and your certainty.

The CIA wouldn’t bother you

they would always know the truth

they’d never know who came.

And I would fall 1000 miles

and you would fall fast to denial.

The more you are

the more you need

the more you understand

the more you understand

the more you know

the more you feel

the more you understand…

More you understand, HOWIE DAY

Nuria, la veterana cuarentona, por la mañana y una vez levantada de la cama acababa de ducharse tras la noche movidita vivida junto a su nuevo amante. Aún se sentía arder el cuerpo pese a la ducha fría que se había dado. Y no era para menos. Con el joven dominicano había disfrutado de una de las mejores noches en su corta vida sexual de mujer madura casada y aburrida de su triste día a día junto a un marido que ya ni la miraba.

Por la cabeza no paraban de correrle los cálidos recuerdos de la noche anterior vividos en compañía de su hombre. Porque ya le consideraba como tal, la fuerza y virilidad de Alfonso la tenían enganchada hasta las trancas. Aquellos agradables momentos los recordaba luminosos y diáfanos como si fueran ahora. Y eso la hacía sentir cachonda pese a los deditos que se había hecho en la ducha, masturbándose para así tratar de rebajar la horrible tensión que la dominaba. Bajando las escaleras suspiró al aire de forma profunda y sonora.

Un intenso y reparador orgasmo se había dado a sí misma en el pequeño habitáculo de la ducha, recogido su lindo cuerpecillo tras la transparente mampara del cuarto de baño. Despertó sola en la cama, desperezándose mimosa al removerse entre las sábanas como una gatita satisfecha. Alfonso no estaba, ¿adónde habría ido? -pensó ensimismada mientras sus ojos aún entrecerrados iban haciéndose poco a poco a la claridad molesta que entraba a través de las rendijas de la persiana.

Echó las sábanas atrás quedando a la vista su cuerpo de formas sinuosas y rotundas. Con los brazos tras la cabeza dejó doblar la pierna en busca de una mejor posición. Tumbada y solo cubierta con la diminuta braguita y la camiseta blanca bajo la que se marcaban los pezones bien alerta, la mujer acicaló con los dedos sus morenos y revueltos cabellos de toda la noche. La mano se le fue irremediable abajo, haciéndola resbalar bajo la tela de la braga. Moviéndola despacio, los glúteos rollizos acompañaron la escena con el movimiento sensual de la mujer. La mano inquieta empezó a moverse bajo la fina tela, escuchándose las primeras quejas femeninas. Tan solo deslizándola por encima del poblado pubis para bajar luego muy lentamente a través de la raja de labios abultados. Nuria cerró los ojos notando su piel erizarse al tiempo que un escalofrío eléctrico le corría la espalda. Se notaba aún bien cachonda, con lo de la noche anterior parecía no haber tenido bastante. ¡Maldito muchacho, qué perra la había puesto!

Sus manos subieron hacia los prominentes senos, acariciándolos con gesto lascivo por encima de la camiseta. Sintió los pezones duros y sensibles como el resto de su cuerpo estremecido en forma involuntaria. Deslizó una mano por debajo de la blanca tela. En completa tensión empezó a tocarse el pezón apretándolo y presionándolo entre los dedos lo que la hizo gemir sin remedio. Los pezones le dolían de duros y excitados como los tenía y los dedos juguetones la volvían loca con sus perversos roces. Volvió a gemir abriendo y cerrando las piernas, pataleando en su cálido placer.

No quería correr, conocía su cuerpo al dedillo de los solitarios encuentros consigo misma, tan abandonada por su marido como estaba. De algo bueno había servido todo aquello y era conocerse a sí misma, acariciándose donde mejor y más placer podía darse. Sabía bien lo que más la excitaba y donde llevar sus caricias. Recordó brevemente a su joven amante, las manos grandes recorriéndole el cuerpo al dejarse caer dentro de ella haciéndola gritar descompuesta. Pero ahora quería un rato a solas con su propia desnudez, las manos acariciándola sin prisas, tirando la camiseta arriba para dejar las tetas al aire. Las masajeó, manoseándose los pechos y rozando apenas el recio muslo por abajo. Echando a un lado la transparencia de la braga descubrió la humedad de su sexo para poder acariciarse cómodamente.

Ganando en intensidad y rapidez se masturbaba metiendo los dedos entre los labios hinchados, hundiéndolos en la vagina ayudada por lo muy mojada que estaba. Los metía y sacaba, tocándose sobre el clítoris ya duro y alterado por los continuos ataques. Llevó los dedos a la boca, chupándolos en su completa desazón, notando el sabor amargo de sus jugos en contacto con los labios. Respiraba entrecortada, jadeando con rapidez como respuesta lógica a lo que hacía. Mordiéndose levemente el labio, apretó luego uno con otro como forma de apaciguar la angustia creciente que comenzaba a vencerla. El ritmo de las caricias se agudizó haciéndose los jadeos y lamentos mucho más rotundos. La vulva era un manantial de jugos en la que los dedos resbalaban con total facilidad, entrando y saliendo una y otra vez.

El bello rostro de la mujer reflejaba un delirio extremo, estremecido su cuerpo entre continuos espasmos placenteros. Se removía entre las sábanas revueltas, una sacudida en Nuria con cada nueva caricia en lo carnoso de la vulva. Contraída y con los ojos medio cerrados, se retorcía jadeando de puro gusto.

Pero supo parar a tiempo quedando así con la excitación a medias. Había pensado en otra cosa seguramente mucho más interesante para ella. Poniéndose pronto de pie y más caliente que un horno se dirigió al armario en busca de ropa que ponerse. Del cajón superior extrajo, además de la braguita a juego, una camiseta rosa clara con algo de encaje gris en la zona del escote. Necesito una ducha con urgencia -se dijo a sí misma con la necesidad imperiosa de calmar el ansia que la envolvía. Quitándose la camiseta por el camino, la delicada prenda cayó con suavidad al suelo mientras la mujer encaminaba sus pasos hacia el reparador baño. En la ducha se masturbó sin remedio pues necesitaba seguir con el cachondeo, su excitación malsana la hacía desear más.

Frente al espejo se miró, hermosa y bien lozana para su edad. Todavía era una mujer apetecible para los hombres, el joven muchacho bien se lo había hecho saber la noche anterior. Observándose se devoró a sí misma con la mirada, disfrutando la imagen de sus pechos pujantes. Los descubrió grandes, redondos y muy duros seguramente producto de su propia autoestima de mujer satisfecha. Se los tocó comprobando su firmeza. Los pezones gruesos y oscuros no tardaron en quedar erectos con el solo roce de los dedos. Nuria no pudo evitar un leve gemido, cerrando los ojos para volver a abrirlos sorprendiéndose bella como hacía mucho no se veía.

El joven Alfonso había resultado el mejor antídoto para sus males de mujer engañada. Se deshizo de las braguitas, quedando reflejada y viéndose completamente desnuda. Echando la vista atrás a unos meses antes, casi no podía creer lo que veía. Ahora se veía sexy, llamativa y sensual… todavía deseable. Una expresión de lujuria le cubría el rostro, los pómulos salientes y sonrojados y los labios rojos y húmedos tras pasarles la lengua por encima. Cogiéndose los cortos pelillos de la mata de vello que le poblaba el pubis se notó deliciosamente húmeda, los labios obviamente no engañaban. ¡Qué cachonda me tienes cabrón! ¡Aquel joven macho la iba a hacer enloquecer! -pensó sonriéndose frente al espejo que la hizo sentir maliciosa en sus turbios pensamientos. Abandonando el espejo en el que se reflejaba, le apeteció ahora una buena ducha.

Abriendo el grifo de la ducha la madura dejó el agua correr sobre los pies. La notó fría y esperó a que el calentador hiciera su función. Segundos más tarde el agua fue haciéndose caliente, teniendo que correr el grifo hasta dejarla a su gusto. ¡Mmmmm, dios qué buena! Ahora sí sintió lo complaciente del agua tibia corriendo por encima de su piel. Sobre la cabeza, se dejó remojar los cabellos, los hombros, cayéndole el agua por los senos para resbalar por el vientre y las piernas abajo haciendo la sensación agradable en toda ella. Tomando el bote de gel del suelo, cubrió la palma de la mano con una buena cantidad que empezó a remover en forma de espuma a lo largo del brazo para continuar luego por el costado y el muslo. ¡Ummmm, qué bien se sentía!

Mientras se enjabonaba, su mente calenturienta no paraba de pensar en el cálido encuentro vivido junto al varonil y apuesto moreno. Recordó cómo la había tratado, haciéndola sentir mujer tras mucho tiempo, arrancándole gritos doloridos y placenteros y haciéndola disfrutar como una loca con su compañía. La temperatura del agua resultaba ideal pero la de ella con todos esos recuerdos iba poco a poco en aumento, notándose acalorada y nerviosa. La mano se le fue a la pierna presionando con insistencia para subir a los pechos que aparecían turgentes e hinchados doliéndole de tan duros como los tenía. Los acarició con cuidado, pasando en pequeños círculos la suavidad de la esponja. Eso la hizo sentir bien. Volvió sobre los pezones, oscuros como el café y seguramente aún más gruesos y erectos si cabe. Un recuerdo fugaz y luminoso le vino a la cabeza. Recordaba bien la forma cómo Alfonso se los había comido en el dormitorio horas antes, lamiéndolos suave y delicado, pasándole la lengua por encima de ellos. Los atrapó por la punta estrujándolos levemente. Estaba caliente y necesitaba calmar aquella excitación que la quemaba por dentro.

Ayudada por el jabón y el agua que le corrían la piel, la madura jugó bajando con los dedos por el abdomen, acariciándose el vientre de forma casi imperceptible. Un tímido gemido le escapó de entre los labios. Ufffff, se estaba poniendo a cien. Continuó resbalando las manos por los muslos, subiéndolas y bajándolas por lo robusto de los mismos para unirlas camino del nido de placer. De ese modo empezó a masturbarse sin poder esperar más, pasando dos de sus dedos por encima de los labios abultados. Favorecida por la espuma y lo muy mojada que estaba, los introdujo abriéndose con facilidad pasmosa la rosada carnosidad al par de intrusos que buscaban tranquilizarla o tal vez alterarla hasta el infinito.

Los jugos la abandonaban provocando en ella débiles gemidos placenteros. Gimiendo y suspirando agradecida se fue masturbando de forma lenta, metiéndose y sacando los dedos a un ritmo todavía controlable. Los pasaba y repasaba sin descanso a lo largo de la raja, alcanzando el clítoris el cual sintió aumentar encabritado bajo sus dedos. Eso la hizo gemir esta vez más fuerte, lo que la puso aún más cachonda. El escucharse a sí misma la ponía terriblemente excitada. Al tiempo, se pellizcaba levemente los pezones respondiendo alterados con la presión.

– Fó… llame… fóllame despacio -exclamó en voz baja imaginando que era él quien se lo hacía.

Se pajeó ahora con mayor interés, rozando el sensible botón con la yema del dedo, presionándolo con suavidad y decisión al tiempo. Un escalofrío que hacía mucho no sentía le corrió el cuerpo cuando la mano continuó moviéndose descontrolada por encima de su vulva. Se sentía en la gloria pensando que era su hombre quien le hacía todo aquello, con los ojos cerrados y notando el cuerpo fibrado pegado a ella.

– Sí muchacho, ámame… ámame -se mordía el labio mientras la mano bajaba y subía la nalga elevada y firme.

Continuó por delante, tan pronto masturbándose furiosa el sexo hecho hoguera como masajeándose los pechos con lascivia. Los gemidos habían pasado a ser ya pequeños grititos desconsolados, apaciguados tan solo por lo agradable del agua templada. Tan a gusto se encontraba la mujer madura que no pudo más que seguir y seguir, jadeando entrecortada al hundir el vivaracho dedo entre los pliegues de la vagina. Se acariciaba con rapidez, metiendo el dedo hasta lo más hondo de su ser para sacarlo unos segundos y de nuevo para adentro arrancándose un grito satisfecho. Buscaba ahora sí el placer que tanto necesitaba, el goce y el delirio con el que rebajar tanta angustia como la atenazaba. Respiraba con evidente dificultad, cada vez le costaba más debido a que toda la atención la tenía centrada en aquel punto sin retorno. Gemía, temblaba de puro gusto, reclamaba más y más lo diabólico de aquellos dedos que tan bien sabían lo que quería.

– Fóllame Alfonso, fóllame… métemela, mé… temela toda muchacho… -pensaba en la gran polla negra moviéndose en su interior, empalándola con brusquedad y rudeza.

Envuelta en sus propias fantasías, lo imaginó pegado a ella, empotrándola contra la pared para luego hacerla abrir las piernas con el culo bien levantado. Y así follarla sin descanso, entrándola una y otra vez hasta decir basta. El miembro enorme y firme traspasándola con la fuerza de la juventud, aguantando el aliento bajo el empuje desaforado. Las piernas parecían no poder soportarle el peso, meneando las caderas a la velocidad de sus dedos, húmedos y empapados de la exquisita mezcla que sus jugos y el agua formaban. Junto a ella, Alfonso la penetraba llevándola contra la pared, ensartándola con violencia inaudita hasta hacerla perder el sentido. La barra de carne se movía incansable en su interior, una mezcla de dolor y placer llenándole las entrañas. Llevó los dedos a la boca saboreando el calor de sus fluidos al chuparlos de forma obscena, lamiendo con la lengua y los labios el aroma que su sexo arrojaba como el manantial hecho río que en esos momentos era.

– Sigue, sigue maldito… me vas a matar…

Gemidos placenteros escapaban de su boca imaginando que eran las manos del joven las que la acariciaban. Se sentía cachonda perdida, jadeaba y la mano experta pese a la juventud le bajó al estómago, pasando de largo para caer sobre el vientre liso y plano y de ahí a la empapada entrepierna que lo recibió gozosa entregándose al roce de los dedos. Jadeante, notó los labios abrirse y como un dedo le entraba decidido arrancándole un respingo complacido. Apoyó la cabeza en el frío de la pared al llegarle el dedo hasta el fondo, rascándole las paredes en un juego infame pero que le encantaba. Ella misma se folló moviendo el dedo adentro y afuera, tomando velocidad y cada vez más deprisa. La pobre Nuria se agarró allí donde pudo, la pierna apoyada firmemente en el borde de la ducha para no caer.

Le resultaba imposible parar, removiéndose bajo lo tibio del agua cubriéndole la cabeza. Se follaba ahora despacio para enseguida ir ganando en rapidez, moviendo la pelvis descontrolada alrededor del dedo suave y cariñoso. El placer se apoderaba de ella, los gemidos ahogados llenaban el pequeño espacio y la hermosa mujer no pensaba más que en seguir y seguir. Retrasaba como podía el cercano orgasmo, apretando las piernas pero sin sacar el dedo que tanto la hacía disfrutar. Fantaseaba con la idea de aquel enorme pene negro rasgándola por dentro, rompiéndola bajo el empuje del macho, follándola hasta morir. Luego sonrió al imaginar al muchacho tumbándola boca arriba y con las piernas abiertas, comenzando la dulce labor de lamer y succionarle la vulva hasta el hartazgo. Lamía y chupaba corriendo la lengua y los labios por encima de la mojada rajilla, chorreante de jugos al hacerla retorcer de gusto metiéndole la punta de la lengua en el interior de la vagina.

– ¡Maldito, maldito… qué bueno era!

Acariciándose los hinchados senos, volvió sobre el excitado botón obligándola a apretar los labios al pasarse los dedos por encima. Gritó desconsolada, fruncido el ceño y chirriándole los dientes en un renovado ataque de placer que parecía hacerle perder las fuerzas. Crujía, sordamente, su alterado sistema nervioso. La madura de morenos y remojados cabellos cubriéndole el rostro continuó rozándose con los dedos, metiéndose ahora dos para hacer el deleite aún mayor. Brincó entreabriendo los cansados párpados, sorprendida por el tórrido gusto que ella misma se daba. Sin embargo y cerrando de nuevo los ojos, volvió al instante a sus tórridas ensoñaciones. La lengua masculina le corría arriba y abajo, succionándola sin descanso y a buen ritmo, bebiendo y saboreando los fluidos que ella le entregaba. Al tiempo los dedos continuaban la tarea, hurgando la herida femenina y metiéndose a empellones y sin pedir permiso. Nuria, abatida en su debilidad, sólo se dejaba llevar por aquel roce incesante.

Temblaba toda ella, estremecida en su constante sinvivir, imaginándole entre sus piernas sacándole un orgasmo tras otro, un grito desesperado gracias al joven macho que tanto la hacía gozar. Tomado con las manos le hundía reclamándole seguir. La cabeza le daba vueltas, la atractiva madura creía perder el entendimiento por momentos. No quería que la dejara nunca, en su mente calenturienta no había lugar ya para el recuerdo de su marido, tan solo un recuerdo borroso que desterrar para siempre. Últimamente debía reconocer que tan solo su hija la hacía sentirse unida a él. Más de una vez su hermana Violeta se lo había dicho, conversando ambas de ello.

– ¡Ay hija no seas tonta, eres tú quien le haces bueno! Hay cosas que una mujer no debe aguantar, piensa en lo poco o nada que te aporta. Por otro lado la niña pronto volará sola. Deberías pensar un poco más en ti y menos en los demás… piensa en ello aunque sólo sea por una vez.

Violeta tenía razón en lo que le decía. Ahora sí se sentía fuerte, lo tenía bien claro. Le pediría el divorcio cuando volviese y él tendría que dárselo por adúltero y mal marido. O él o el juez se lo darían, ya nada había que la uniera a ese hombre. No podía continuar un segundo más a su lado, estaba completamente segura de ello.

Se tocaba la vulva y los senos despacio, frotando la aureola de los pezones entre los dedos. Eso la hizo gemir levemente, notándose excitada con el par de mamas elevadas y firmes. Alcanzó la sensibilidad del clítoris lo que le aumentó el placer. Deslizando un dedo encima para luego rodearlo en un círculo lento pero preciso, rozándose donde más gusto se daba. Continuó experimentando en sí misma, con dos dedos estimulando y acariciándose los labios del conejito. De nuevo al clítoris, incrementando la pasión sobre el mismo poco a poco. Encogida sobre sí misma se masturbaba furiosa, gruñendo y gimoteando en busca de mayores placeres, retorcida bajo el cerrado vapor de la ducha. Y entonces una idea brillante le vino a la mente, algo menos trabajoso y sin embargo mucho más placentero para ella.

Poniendo en marcha el grifo tras tomar firmemente en la mano la alcachofa de la ducha, el chorro del agua discurrió entre sus dedos esperando la templanza y presión que más le convenían. De pie, con un pie encima del borde de la ducha y apoyada en la pared con las piernas ligeramente entreabiertas, dirigió el apetecido estímulo moviéndose inquieta para recibir la contundencia del chorrito sobre la sensibilidad de su sexo. La tibieza del agua la hizo temblar entera, sintiéndose delirar con lo reconfortante de la caricia. El conejito turbado recibió el choque con la mejor de las respuestas, abriéndose los labios al contacto del líquido reparador. La mano que quedaba libre acarició todo su su cuerpo, esparciéndose la poca espuma que quedaba por las tetas, por el vientre y entre las nalgas para acabar finalmente en su sexo. Restregó cada poro de su figura todavía bonita, cada recodo de la misma haciendo resbalar la mano arriba y abajo.

Deseaba correrse, deseaba correrse pero también alargar aquello todo lo posible y disfrutar de aquellos momentos de placer a solas ofreciéndose tan cálidas caricias. Cerrando los ojos, Nuria se relajó dejándose llevar por la lujuria y la calentura, fantaseando con la idea de las manos de Alfonso corriéndole el cuerpo mientras por abajo le chupaba y lamía haciéndola suspirar. Separando más los labios para dejar el clítoris indefenso, los leves pero continuos golpecitos del agua empezaron a hacer su efecto. Gimió de rabia. ¡Dios, qué gusto notar esa sensación! Se imaginó follada por el joven negro, entrándole una, dos, tres, mil veces con la fuerza incansable y poderosa que el Caribe le imprimía. Tremendo el muchacho, realmente portentoso arrebatándole el sentido con su fuerza animal. Le recordaba jugueteando con su clítoris a través del tanga empapado… la ardiente sensación que tuvo al sentir el enorme pene entrarle despacito entre las paredes de su sexo… luego cómo le había cabalgado, abrazada mimosa encima de él.

La cuarentona se sentía desmayar, la tibieza del agua persistiendo en su incesante golpear. Con las piernas bien abiertas, el chorro le caía directo sobre el clítoris. Empezó lentamente, aumentando la presión según el agradable impacto le crecía entre las piernas. De ese modo alejaba y separaba la ducha, subiendo y bajando a su gusto para hacerse la tensión más llevadera. Acomodada y relajada esperó que el deleite le llegara, el agua a la temperatura ideal… resultaba ciertamente increíble, no podía parar. Un fascinante e intenso cosquilleo le producía, avanzando entre las piernas como un electrizante chispazo hasta alcanzarle lo más sensible del cerebro.

Ya terriblemente caliente, entonces subió la presión enfocando la alcachofa directamente al clítoris al tiempo que cambiaba la temperatura de golpe. ¡Bufff, que genial resultaba aquello! Jugando con el pubis, el monte de Venus, rodeando el perineo subió arriba estimulando con los dedos el diminuto botón, lubricándolo aún más. Gritó creyendo morir, excitada por la sorprendente sensación apoderándose de ella. La audacia en la mujer se acrecentó haciéndoselo ya totalmente insoportable. Ni medio minuto pasó cuando notó ese corrientazo delicioso por todo el cuerpo, estremeciéndose en su flaqueza y temblando entre lastimosos gritos que tuvo que acallar mordiéndose el labio con fuerza.

– ¡¡Ahhhh dios, qué bueno… me corro, me co… rro!! -exclamó sin saber muy bien lo que decía, envuelta en lo vibrante y plácido del momento.

Sin apartar un solo instante el poder del líquido elemento, un prolongado orgasmo la arrastró pudiendo sentir un fogonazo llenarle las entrañas. Un orgasmo irrefrenable y agudo, corriéndose una y otra vez lo que la llevó a los confines más lejanos de su propia locura. Abrió los ojos gritando desesperada, resbalándole la espalda por la pared bajo la acción relajante de dos orgasmos seguidos e intensos. Gimoteando aturdida cayó, desfallecida y sollozante, sentada en el suelo de la ducha. ¡Había sido la bomba! Joder, qué caña… menudo juguete más bueno era. Aquel invento era fantástico, divino además de infatigable y de estar siempre dispuesto. El disfrutar de tan amable aparato la hizo pensar en usarlo a menudo. Su cuerpo lo agradecería sin duda.

Tras el postrero y electrizante éxtasis, encendió la ducha de agua fría con la que rebajar el estado en que se encontraba. Eso la consiguió aplacar mínimamente aunque no demasiado. En la cabeza continuaban torturándola todas las últimas emociones vividas. Se duchó con premura, el agua corriéndole cuerpo abajo como el mejor de los relajantes. Escapó de la ducha envuelta en el rojo de la felpa de la toalla. Era ya hora de ir en su busca…

Leave a Reply

*