Sexo y Madrid

Caos, ruido, mal olor, laberinto, paraíso. Es lo primero que me viene a la cabeza cuando me asomo por la ventana y veo Madrid. Esta ciudad, que me ha dado tanto, que me ha acogido como no lo ha hecho nadie, que lo nuestro es lo más cercano a una relación seria que he tenido en mi vida (seis años viviendo con él, es más de lo que he aguantado con nadie). Sí. Para mí, si Madrid fuese una persona, sería un hombre. Además, sería uno de esos hombres que a primera vista puede que no parezcan tan agraciados pero, aun así, tienen un atractivo imposible de ignorar. Como dijo Woody Allen una vez sobre su querida Nueva York, yo idolatro esta ciudad de un modo desproporcionado.

Cuando vives en Madrid, te da la sensación de que estás en el culo del mundo, donde todo lo que tiene que pasar pasa, y donde nunca vas a sentirte fuera de lugar. Te gusten los hombres, las mujeres, la vida sedentaria, la vida noctámbula, seas un colgao o un antisistema, Madrid te acogerá como si de un hijo se tratara.

Yo nací y crecí en un pueblo a las afueras, y aun así, al mudarme a esta ciudad desconocida e intimidante, sentí que no iba a tener ningún problema, que todo iba a ir bien.

Me mudé a mi pisito en Malasaña cuando era sólo un crío recién salido de un grado en comunicación audiovisual y cine cortesía de la universidad Francisco de Vitoria, y con aspiraciones de hacer cine. No acabé muy lejos de mi sueño, ya que trabajo en una revista de cine como redactor jefe. Como, bebo, respiro y escribo (que viene a ser lo mismo que las tres primeras cosas) cine. Me apasiona. Me da vida. Le debo todo al séptimo arte.

Aunque trabaje en una revista, nunca he renunciado a mi sueño de hacer cine. Incontables son los guiones que he escrito (y que me quedan por escribir), e incontables son las ideas de historias que me vienen a la cabeza cada día.

Conocí (más bien me reencontré) con Jaime una noche que salí de copas por Chueca con los colegas del trabajo. Mi idea era la de tomar algo y disfrutar del tiempo entre amigos, no la de acabar echando un polvazo con alguien de mi pasado.

Y es que Jaime Márquez y yo teníamos un pasado en común: habíamos nacido y crecido en el mismo pueblo, y atendido toda nuestra vida al mismo colegio, hasta graduarnos. Él era dos años más mayor que yo.

Jaime, alto, guapo y atlético como era las tenía a todas (y a algunos) locos de atar. A mí nunca me llamó mucho la atención, y sólo despertaba mi curiosidad cuando daba la casualidad que nos encontrábamos en el vestuario de chicos después de alguna clase de deporte en la que su curso y el mío la tenían a la vez. Claro que en aquella época me hubiera tirado a todo lo que se moviera, como adolescente que era.

Siempre gozó de popularidad, y siempre tenía a una cola de chicas a su disposición. Os podéis imaginar mi sorpresa cuando me enteré, después de años sin verle y cuando estaba en mi último año de colegio de que el mismísimo Jaime Márquez había salido del armario. Parece ser que al mudarse a Málaga para estudiar la carrera de piloto destapó su verdadero ser, y la noticia fue la comidilla de las gentes del pueblo durante semanas. Que si yo ya lo sospechaba, que si a mí ya me había tirado los tejos alguna vez, que si aunque sea un poco raro me alegro por él, y demás cosas que demuestran la hipocresía de la gente que se las da de moderna y luego son retrógradas en lo más profundo de su ser. En definitiva, Jaime era gay y yo, Julián Madera, le tenía delante de mí en la barra del bar Diurno de Chueca sonriendo una sonrisa que hace que se te derrita el corazón y extendiendo su mano hacia mí.

¡Hombre, Julián, cuánto tiempo!

¡Lo mismo digo! ¿Qué es de tu vida? ¿Sigues con lo de ser piloto?

¡Y tanto! Soy piloto para Iberia. Me han dado un par de semanitas libres y he decidido subirme a la capital. Y tú, ¿a qué te dedicas?

Soy redactor jefe de Framing. Es una revista de cine.

Oye pues que guay. ¿Vives aquí o sigues en el pueblo?

Que va. Me mudé a Madrid hará ya seis años. Estoy mejor que nunca.

No, no, si ya te veo. Has pegado un cambiazo de cuidado.

Sonreí para mí mismo. ¿Estaba teniendo alucinaciones o Jaime Márquez, fantasía sexual de muchos y muchas, me estaba tirando los tejos? Le seguí el juego.

Se hace lo que se puede. Tú sigues igual. Igual de radiante digo.

Así continuamos gran parte de la noche. Mis amigos y los suyos se acabaron yendo, y pronto estuvimos los dos sólos, con un par de copas de más. Una combinación explosiva.

Venga, vamos a ver si hay más garitos que merezcan la pena por la zona.

Me parece una buena idea. – respondí.

Al salir, nos topamos con lo que se conoce como la noche madrileña. Gente con ganas de fiesta y de celebrar la vida.

¿Sabes qué es lo que más me gusta de salir por Madrid? – preguntó

Dime.

Que cuando sales a la calle, estás en Madrid, en el centro de todo. No sé, puede que suene un poco estúpido.

Para nada. Y estoy totalmente de acuerdo. Esta ciudad es nostalgia, vida, muerte, sexo, amor, sueños cumplidos y sueños rotos. Madrid como la vida misma.

Me di cuenta de la cursilada en plan escritor nostálgico que acababa de soltar y miré a Jaime, que a su vez me miraba embobado a la cara.

Disculpa, que gilipollez acabo de soltar.- dije avergonzado.

No, no. Es precioso.

¿El que, lo que he dicho o yo mismo?- respondí con tono divertido.

Las dos cosas.

Hubo un momento de silencio entre los dos. En aquel banco de la Plaza dos de Mayo, parecía que el tiempo se había parado y sólo quedábamos Jaime y yo.

¿No lo odias? – pregunté.

¿El qué?

Los silencios incómodos.

Se quedó callado, mirándome fijamente.

Ahí es cuando sabes que has encontrado a alguien especial, cuando puedes callarte la boca por un momento y disfrutar del silencio.

Jaime se echó a reír.

¿Qué?- le pregunté, extrañado.

Él reía aún más, y a carcajada limpia, echando la cabeza para atrás. Parecía aún más atractivo, si cabe.

¿De que te ríes?- pregunté de nuevo, esta vez con un atisbo de diversión en la voz.

Eso no es tuyo, eso lo has sacado de Pulp Fiction.

Me has pillado- esta vez el que se reía era yo.

Y ahí estábamos de nuevo en silencio los dos. Esta vez, sentados un poco más cerca. Podía apreciar cada una de sus pecas desde ahí.

Aún así, el señor Tarantino tiene toda la razón.

Entonces, ¿soy alguien especial?- pregunté.

Jaime no respondió. Simplemente se acercó y me besó. Al sentir sus labios contra los míos, una sensación cálida invadió mi pecho. Se separó y me miró fijamente a los ojos.

Esta vez fui yo el que se lanzó a sus labios. Él me esperaba, y me recibió abriendo la boca para que pudiera conocer finalmente su lengua. Y no sé si fue el alcohol o el morbo que daba el hecho de liarme con el tío más popular del instituto, pero puedo decir a ciencia cierta que fue uno de los mejores besos que me han dado en mi vida.

No tardamos en ir a mi casa. Abrí la puerta sin separarme de sus labios y con él desabrochándome los pantalones. Me empujó contra la pared y me bajó los pantalones. El bulto en mis calzoncillos daba testimonio de lo tremendamente cachondo que estaba. Jaime lo admiró como si fuera lo más bonito que había visto en su vida y lamió la tela que cubría mi erección. Me bajó los pantalones, liberando mi polla, que se metió en la boca para después succionar. Yo ya estaba en el paraíso.

Joder como me pones.- siseó.

Yo no podía responder con nada más que gemidos.

Vamos a la cama.

Yo, tomando el control, le empujé sobre la cama. Le desabroché, botón a botón (y con mucha paciencia) la camisa. Bajé por su perfecto torso dejando un reguero de besos y con sus gruñidos como banda sonora. Al llegar a su muy abultada entrepierna, desabroché la bragueta y busqué dentro el tesoro que escondían sus piernas. Los rumores que corrían por el pueblo sobre su pollón no eran mal infundados. De una y tras unas cuantas arcadas, me lo metí entero hasta que mi nariz rozaba con su vello púbico.

¡JODER!- exclamó.

Esto fue un incentivo para mí, y me esmeré aún más. Subía y bajaba por la longitud de su tronco, y haciendo paradas de vez en cuando en las que me entretenía pajeándole suavemente mientras me metía sus huevos en la boca. Él no podía más, y acabó echando varios chorros de semen, algunos yendo a parar a su abdomen, el cual yo lamí hasta que quedó limpio.

Hostia puta, ha sido la mejor mamada de mi vida.- dijo entre jadeos.

Ya, no es la primera vez que me lo dicen.

Chuleta.- dijo él divertido.

De repente y sin aviso, me empujó sobre mi espalda y agarró mis manos sobre mi cabeza, atrapándome debajo de su cuerpo.

Parece que te debo una corrida, y va a ser una de las que no se olvidan. ¿Tienes condones?

En la mesilla. Primer cajón.

Jaime estiró la mano y agarró un paquetito plateado..

Date la vuelta.

Yo, obediente, me di la vuelta enseñándole mi trasero.

Tienes un culo de ensueño. Te voy a follar hasta dejarte el ano en carne viva.

Diciendo esto, y por supuesto dejándome atónito, cogió un cojín que puso en mi palpitante entrepierna, elevando mi culo. Sin decir nada, Jaime se agachó y abrió mis cachetes, hundiendo su lengua en mi ano. Esa lengua era ciertamente prodigiosa, y en cuestión de segundos estaba jadeando y gimiendo. Joder, tenía los huevos que se me iban a estallar.

No tardó en empezar a estimularme con uno, dos e incluso tres dedos.

Creo que ya estás listo.

Dicho esto, se tumbó con la polla apuntando al techo, y desgarró el paquetito del condón para después deslizarlo por encima de su pollón.

Quiero verte la cara mientras te follo.

No lo tuvo que repetir una vez más. Me senté sobre su polla, que lentamente se abrió paso en mi interior. Grande como era, al principio me produjo un dolor indescriptible. No fue tras unas cuantas gentiles embestidas que comencé a sentir placer, y al cabo de menos de un minuto, yo tomé las riendas y subía y bajaba con una bestialidad digna de animales. Me agarraba a sus pectorales para no perder el equilibrio, y Jaime, poseído, arañaba las nalgas mientras su cara se torcía en una mueca de placer. Verle ahí, tumbado, con los ojos entrecerrados, y bufando como un toro, fue ciertamente una escena que parecía sacada de una peli porno.

No turnábamos entre diferentes posiciones. A cuatro patas, el misionero (la cual Jaime aprovechó para dejarme unos chupetones que tendría que explicar a mis amigos el día siguiente por todo el cuello) y mi favorita: los dos tumbados de lado, con él susurrándome todo tipo de guarradas al oído, mientras me masturbaba fervientemente. Esto fue demasiado y acabé echando la mayor corrida de mi vida, agarrándome a su pelo y chillando de placer. Tras unas cuantas embestidas, él también se corrió en el condón entre gruñidos.

Se deshizo del preservativo y se tumbó en la cama. Yo hice lo mismo y me apoyé en su pecho mientras él me refugiaba entre sus brazos. Así, los dos caímos en un profundo sueño.

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