Sexperiencia con mi sobrino

Hacía tres años que no iba al pueblo donde había nacido mi padre, y donde tantos veranos pasamos mi hermana y yo de niñas, y ya de no tan niñas. Allí nos dimos los primeros besos con un chico, fumamos nuestros primeros cigarrillos a escondidas y el lugar donde nos permitían trasnochar.

Cuando mi padre decidió vender la casa del pueblo, tanto mi hermana como yo nos llevamos un enorme disgusto, aunque entendíamos que gastarse tanto dinero en reformarla era un capricho demasiado caro para una pareja de jubilados, aunque pasáramos allí, todos los años, unos días de vacaciones.

Desde ese momento ya no volvimos al pueblo, a pesar que había un pequeño hostal, lo que nos habría permitido visitarlo de vez en cuando, pero la realidad fue que ya no volvimos a hacerlo.

Manteníamos, mi marido y yo, buena relación con otra pareja del pueblo, mi amiga Petri y su esposo. Mientras nuestra familia había emigrado a Madrid, la suya lo había hecho a Sevilla, pero eran frecuentes nuestras visitas a su casa y la de ellos a la nuestra.

Habíamos pasado la semana santa con Petri, en su casa, y estuvo convenciéndome para que fuese ese año año al pueblo durante las fiestas. Mi marido dejó claro que no iría pero también que no le importaba que fuese yo. Mi amiga también iría sin pareja, acompañada eso si, por hermanos y primos.

Quedaban aún varios meses, pero empezó a hacerme gracia la idea de pasar uno días en el pueblo, y sobre todo hacerlos coincidir con las fiestas, algo que hacía ya muchos años que no había sucedido.

Mientras daba vueltas a ir al pueblo, un pequeño drama familiar surgió casi de repente. Alfonso, mi único sobrino, y con quien tan sólo me llevaba quince años, se estaba separando de quien había sido su novia de toda la vida y ahora su mujer. Lo llevaba bastante mal, pero lo cierto es que físicamente mejoró muchísimo, ya que comenzó a ir al gimnasio y a cuidarse mucho más, lo que le hizo perder quince kilos y la verdad es que aunque estaba delicado psicológicamente por su ruptura, físicamente le había sentado bastante bien.

Reservé el hotel con antelación ya que sabía que en esas fechas colgaban el cartel de “no hay habitaciones disponibles”. Pocos días después, en una comida familiar hablé con Alfonso, quien me decía que se encontraba mejor, pero que había quedado un poco solo, ya que los amigos le habían dejado de lado, a pesar que había sido ella quien había dado el paso de su separación, se habían descolgado ambos de sus amistades.

Le propuse que se viniera unos días. Él también había pasado buenos momentos allí y tenía sus amigos. Tenía una habitación reservada, y sólo hacía falta decir que iríamos dos.

Llamé al hotel y no hubo problema en que aceptaran que venía otra persona, lo que no pude arreglar es que pusieran dos camas en lugar de una. Tenía una cama grande, para dos personas. Tampoco le di demasiadas vueltas, y lo que me importaba era que estaría con mi amiga y tendría entretenido a mi sobrino, que aunque tenía veintiocho años, estaba divorciado y tenía una gran experiencia de la vida, seguía siendo mi niño.

Por fin llegó Agosto, y por fin llegaron las fiestas patronales. Llegamos al hotel y nos entregaron dos llaves de la habitación, de esta forma no necesitaríamos depender el uno del otro para ocupar la habitación y podríamos disfrutar de las fiestas cada uno con sus amigos.

Deshicimos las maletas y nos repartimos el armario. Teníamos una cama enorme, pero eso, sólo una. Tenía tanta confianza con Fonsi, como llamaba a Alfonso de manera cariñosa. Íbamos a pasar unos días estupendos y era lo que realmente importaba.

Comenzamos a salir, mi sobrino iba por su lado y nosotras por el nuestro. Mi sorpresa fue, que sin llegar al hotel demasiado tarde, Fonsi se encontraba ya acostado.

Enseguida me di cuenta que Alfonso no terminaba de cuajar con sus antiguos amigos. En mi caso era todo lo contrario, de la mano de Petri entraba en todas las peñas y estaba continuamente acompañada. Todo ello hizo, que le permitiéramos que viniese con nosotros en nuestro recorrido en las fiestas del pueblo.

Empecé a darme cuenta que mi sobrino hacía muy buenas migas con mi amiga, y ella, a pesar de estar casada, no hacía remilgos a sus bromas y a sus coqueteos. Aunque era mi sobrino, y ella mi mejor amiga, me sentía un poco desplazada como mujer, aunque intentaba disimularlo y sobre todo, quería que mi sobrino lo pasara genial, y al menos, durante estos días, se olvidase de su desengaño amoroso.

Estábamos ya al final de la semana de ferias. Habíamos estado toda la tarde dando vueltas por las diversas peñas que tenían relación con Petri. Cenamos algo y seguimos bebiendo, todo ello en la calle, como correspondía a una mes de agosto. De repente se originó una gran tormenta, y los bares y locales se llenaron.

El fuerte aguacero se prolongó durante dos horas. Habíamos seguido bebiendo sangría sin parar y al salir a la calle de nuevo, me pareció que hacía muchísimo frío. Además, ya era tarde, por lo que le dije a mi sobrino que me iba al hotel.

De nada sirvió mi insistencia a que se quedara un rato más con la pandilla de Petri, o con ella sola. Me dijo que se venía al hotel conmigo y así lo hizo. Tardamos como diez minutos en llegar e iba helada. Tan sólo quería llegar a la habitación.

Pedí a Fonsi que me dejase entrar primero al baño, me desmaquillé, lavé los dientes y me puse el pijama. A pesar de ello aún sentía en mi boca el reflujo del alcohol. Salí, entré en la cama y me arropé con la colcha hasta arriba.

Mi sobrino entró en el baño y no tardó ni cinco minutos en salir. Iba con su pijama de conjunto de pantalón corto y camiseta, todo en color azul claro. También se metió en la cama, pero él, a diferencia, no sentía frío y quedó medio destapado.

Ninguno de los dos tenía mucho sueño, por lo que empezamos a charlar de temas intrascendentes. Sobre cómo habían cambiado las cosas, las gente, que sus amigos de hacía unos años ya no contaban con él.

Poco a poco iba entrando en calor y la conversación se fue haciendo más íntima, por lo que aproveché a sonsacarle.

He visto que hacías ojitos a mi amiga Petri. – Comenté riendo para que no se sintiera incómodo ni ofendido.

A Petri? – Contestó sorprendido. – Qué va¡¡¡ Me parece una mujer divertida, pero no es mi tipo. – Respondió entre risas.

Y cual es tu tipo? – Volví a preguntar intrigada.

Pues una mujer de pelo rubio, bajita, con un pecho grande y de poco más de cuarenta años.

Me reí a carcajadas. Se refería a mi. Era yo. Me hizo gracia que me dijera aquello, aunque fuera inventado y con la única intención de quedar bien conmigo.

Qué tonto eres¡¡¡ Al menos me alegro que estés contento y tengas ganas de bromear.

En ese momento se giró en la cama y se acercó a mi. Con su mano acarició mi pelo y mi mejilla. No me lo esperaba, pero no reaccioné negativamente, y aunque el vello de mis brazos se erizó me sentí bastantes cómoda.

Te has puesto muy guapo desde tu separación. – Expresé para ocultar mi nerviosismo. – Puedes tener la mujer que quieras. Eres joven y guapo, tienes un buen trabajo…..

La mujer que quiero la tengo ahora mismo a mi lado, en mi cama…………..

Si decía algo para parar aquello debía ser ya. Si no lo hacía cometería dos delitos morales, incesto e infidelidad, pero no me salían las palabras de la boca, por lo que mi sobrino interpretó que tenía vía libre.

Bajó su mano y acarició mi pecho por encima del pijama, que estaba abotonado por delante. Sabía que era ya la última oportunidad de parar aquello, pero también sabía que no iba a poner nada de mi parte para que aquello terminase.

Ahora su mano apretó con fuerza mi pecho y la mía tocó la suya. Respiré profundamente y me dejé llevar. Se incorporó a la cama y sus labios se acercaron a los míos. Me besó, primero lentamente, dándome pequeños piquitos y después más fuerte, juntándolos apasionadamente y llevando la lengua dentro de mi boca.

Desabrochó el primer botón y metió su mano por el hueco dentro de él. Llegó a mi pecho, ahora ya por debajo de mi pijama. El tacto caliente de su mano hizo que mis pezones reaccionasen y se pusieron de punta.

Terminó de quitarme los botones hasta que dejó la chaqueta del pijama totalmente abierta. Se aceró a mis pechos y pasó su lengua por ellos. Empezaba a estar muy excitada y decidí tomar la iniciativa.

A la mierda¡¡¡¡ – Pensé. – Voy a hacer lo que me apetece en estos momentos.

Me quité de inmediato el pijama, dejado ya completamente al descubierto mis pechos e hice lo mismo con él, le ayudé a sacar su camiseta. Mi mano se dirigió a su miembro, por encima de su pantalón.

Empezaba a impacientarme, así que rápidamente tiré de su pantalón. Me ayudó, porque casi de inmediato el se sacó el bóxer. Tenía a mi sobrino totalmente desnudo en mi cama y dispuesto a hacer feliz a su tía. Hacía más de veinte años que no le había visto así, entonces era un crío.

Empecé a masturbarle, aunque previamente ya estaba completamente excitado y su pene empalmado. Lo agarré con la mano y la cerré. Mi puño sólo abarcaba su base, por lo que su capullo quedaba al descubierto. Le pasé la lengua despacio, para luego hacer lo propio con mis labios.

Comencé la felación. Notaba como reaccionaba positivamente a mi boca. Si ya estaba excitado cuando empezamos, ahora notaba que estaba próximo a llegar al orgasmo, por lo que decidí dejar que él también participase.

Volví a tumbarme sobre la cama. Fonsi agarró mi pantalón y bragas a la vez. Los bajó con determinación hasta sacarlo por los tobillos, tirando las prendas fuera de la cama.

Tocó mi pelambrera muy suavemente, llevando sus dedos a contrapelo. Después hizo lo propio con mi rajita, pasando su dedo, y marcándola.

Tía. Qué contraste entre tu melena rubia y el pelo negro de tu coño¡¡¡

No soy rubia natural. Soy morena, como tu madre. Siempre decían de mi que era una copia de mi hermana.

Es precioso, tía. Me gusta tu coño. – Respondió orgulloso de oír aquello y siguió tocándome.

Bajó su boca a mi sexo y pasó su lengua. Me hizo estremecer. Gemí en voz alta, algo que hacía muchos años que no hacía con mi marido.

Me movía compulsivamente, llevando mi mano a la boca porque gritaba demasiado y no quería ser el foco de atención en un pueblo donde me conocían de toda la vida.

Me sentía muy mojada. Deseaba que me hiciera suya, que aquel macho me hiciese de todo, pero necesitaba que me penetrase, sobre todo eso, necesitaba tenerle dentro.

Fóllame. – Dije sin reparos, mientras abría mis piernas lo máximo posible. – Hazme todo lo que quieras.

Voy a por un preservativo. Espera un momento

No. – Le interrumpí y agarraré su brazo para que no se moviese. – Tomo la píldora. No hace falta que uses ninguna protección. Sé que ninguno de los dos nos vamos a pegar nada.

No dijo nada. Se tumbó sobre mi. A pesar de estar mojada no conseguía que entrase y bailaba alrededor de mi sexo. Me incorporé ligeramente, tomé su miembro y lo llevé a la entrada de mi vagina. De un empujón quedó dentro. Era más gorda y grande que la de mi marido, y así lo sentía.

Empezó a cabalgar sobre mi. Llevó su boca a mis pechos y empezó a morderlos. Mi boca buscaba la suya, lo aparté de ahí e hice que nuestras bocas se juntaran, y nuestras jugasen la una con la otra.

Estaba totalmente empapada. Podía escuchar el chapoteo de su penetración, entrando y saliendo. Notaba mis pechos totalmente erectos y cuando los mordía, sentía un pequeño dolor, pero una enorme excitación que soterraba lo anterior.

Alfonso se levantó e hizo que me levantase yo. Me puso de rodillas y me tiró hacia adelante. Se situó detrás de mi. Temí que me fuera a sodomizar.

Por detrás no, Fonsi. Por favor¡¡¡

Tranquila, tía. Sólo por el coño.

Me relajó oírlo. Noté como su mano se apoyó en mi espalda y llevó su miembro de nuevo a su lugar natural. Volvió a penetrarme. Estaba muy lubricada y excitada.

Notaba como me penetraba como si fuera un sable entrando en su funda a medida, lo que hacía que sintiese un placer inmenso. Lo hacía de abajo a arriba. Agarró primero los cachetes y después se tumbó sobre mi, empezando a acariciar mis pechos y mi clítoris, que de inmediato, me hizo reaccionar y de nuevo empecé a gritar.

Tenía las manos apoyadas, por lo que me aferré a la almohada, la mordí e intentar amortiguar de esa forma el ruido que emitía mi boca. Al sentir mi excitación, Fonsi siguió tocando, de manera circular mi punto más erógeno. Sabía que iba a tener un orgasmo enseguida. No podía aguantar más. Me estremecí, agarré la almohada con fuerza y a los pocos segundos me relajé completamente.

Quiero correrme, – Dijo Fonsi.

Hazme lo que quieras. Soy tuya.

Túmbate mirando arriba. Quiero llegar contigo al estilo misionero.

Le complací de inmediato. Me tumbé y abrí mis piernas para facilitar su penetración. Antes de iniciarla volvió a tocar mi sexo. Pasando su mano por mi vello púbico que estaba perfectamente recortado, recién depilado antes de irme de vacaciones, por si algún día, como hacíamos años atrás, íbamos a la piscina o a la zona de baño del río.

Se colocó entre mis rodillas. Ahora no hizo falta que le ayudase a llevar su miembro a su lugar. Lo hizo él solo. Levanté mis piernas, llevándolas encima de sus hombros y cerrándolas lo máximo posible.

Nos movíamos al ritmo que los dos queríamos, como si estuviésemos sincronizados, pero intentando yo ahora, que fuera mi sobrino el que llegase al orgasmo.

Quedé impresionada por su aguante, tanto que tuve un segundo orgasmo mientras que me seguía penetrando y jugando con mis pechos. Sus besos y su aumento de actividad me hizo saber que iba a llegar a su punto máximo.

Tía. Voy a correrme. Lo hago dentro o fuera?

Dentro. Hazlo dentro. Tranquilo.

Quería sentir el chorro de semen de mi sobrino por primera vez. Intenté apretar los músculos y hacer que sintiese mayor placer. Según lo hice él clavó sus veintes centímetros dentro de mi, intentando que su líquido varonil llegase lo más dentro posible .

Nos relajamos. Me levanté y fui al servicio para lavarme los dientes de nuevo. Me puse la chaqueta del pijama y me metí a la cama. Me abracé a mi sobrino y de repente me empezaron a entrar remordimientos. Nunca había sido infiel mi marido y sobre todo, también había sido infiel a mi hermana.

Fonsi, que seguía completamente desnudo, tan sólo semitapado con una sábana, tomó mi cabeza y la llevó a su pecho. Sentía el calor de su cuerpo, pero mi mente empezaba a enfriarse y a dudar entre lo que estaba bien, y lo que había hecho. Si se enterase mi familia sería un escándalo monumental.

Antes de apartarme de él quise que mi sobrino me tranquilizase. Por eso le pedí algo que para mi era trascendente en ese momento.

Fonsi. No le contarás esto que ha pasado a nadie, verdad?

Tía. Por quien me tomas? Me he acostado con bastantes mujeres, algunas veces estando aún casado, y otras después, siendo ellas las emparejadas y jamás nadie ha sabido nada.

Me hundiría como mujer y como persona. Sería mi perdición.

Puedes estar tranquila, tía. Además, aunque lo contase, nadie lo creería.

En eso llevaba razón. Tan sólo sabíamos nosotros lo que había pasado. Me quedé más tranquila, aunque mantenía mi sentimiento de culpabilidad. Me di la vuelta y me aparté de él. Quería dormir lo más sola posible.

A pesar de mi cargo de conciencia dormí relativamente bien hasta que amaneció y las primeras luces entraron por la ventana. De mi cabeza no se iba lo sucedido por la noche y deseaba que Alfonso se despertase y poder hablar con él.

No tardó demasiado en despertarse. Me miró fijamente con una sonrisa y me dio los buenos días, intentado finalizar la frase con un beso. Me quedé inmóvil pero no le correspondí.

Qué te pasa, tía? Estás enfadada por lo que sucedió ayer? – Preguntó mientras me tocaba la cara y bajaba su mano hasta mi entrepierna, que permanecía desnuda.

Tardé en contestar. No sabía como me sentía. Si dijese que no me gustó mentiría, pero también le daba muchas vueltas a la cabeza.

No sé. No estuvo bien. – Respondí apesadumbrada.

Pero te gustó? Eso es lo importante. Que te gustase….

No es eso, Fonsi. Tu madre es mi hermana y estoy casada. Te parece poco?

Se hizo un silencio, dándose cuenta también de la situación, aunque evidentemente la suya no era tan comprometida con la mía, aunque si esto se llegaba a saber, también le salpicaría.

Tia. Solo tú y yo sabemos lo que ha pasado y nadie se enterará. Puedes confiar en mi. Este es nuestro secreto. Cuando pasen las vacaciones no volverá a pasar nada entre nosotros.

Me tranquilizaron bastante sus palabras y consiguieron relajarme un poco. Algo que Fonsi aprovechó para acariciar mi cara y besarme de manera repetida. Al principio volví a estar inerte, pero después de unos cuantos picos le correspondí y de nuevo nuestras lenguas se juntaron.

Volvió a llevar su mano a mi entrepierna. Ahora si le correspondí separarándolas ligeramente y permitiendo que su dedo se desplazarse entre mis labios vaginales. Enseguida me mojé y permitió que pudiera introducir su dedo sin dificultad.

Me dirigí a su miembro y lo llevé a mi boca. Tenía sabor a mi, algo que no me gustó demasiado y le propuse que nos duchásemos. Lo acogió de buen grado, me levanté de la cama y antes de llegar al baño me había quitado ya la chaqueta del pijama con la que había dormido.

Abrí la ducha y puse la temperatura adecuada. Tomé la alcachofa, un poco de jabón y lave su pene. Aproveché para lavar su pecho y todo su cuerpo. Después él hizo lo mismo conmigo, empezó a frotar mis pechos y mi sexo, mientras el agua recorría mi cuerpo.

Me gustaba sentir el agua en su punto, con la mano llena de jabón de Fonsi. Dejó la ducha sobre su soporte, de tal forma que nos caía el agua sobre la cabeza.

Empezamos a besarnos apasionadamente. Sin duda mi sobrino sabía como tocar a una mujer. De nuevo empezó a pellizcarme los pezones, lo que hizo que reaccionasen inmediatamente y se pusieran tensos.

Se los llevó a su boca, y empezó a jugar con ellos. Estaba muy excitada, Me puse en cuclillas mientras el agua seguía cayendo sobre mi pelo y empecé a realizarle una felación. Notaba como se iba excitando más y más a medida que entraba y salía de mi boca.

Me levantó, me abrió las piernas, me subió a su altura y me estampó contra la pared, al otro lado de la bañera, donde no estaba el grifo.

Nunca me habían tomado así. Le sentía totalmente dentro. Me aferraba a él que me dirigía, me mantenía firme. Mientras me empotraba le besaba. Me estaba haciendo de nuevo llegar al orgasmo.

Esta vez íbamos muy compenetrado. Mi cuerpo se movía al ritmo que el marcaba. Grité de placer cuando sentí que mi momento había llegado y a los pocos segundos note un enorme chorro que calentó mi interior.

Salimos de la bañera. Me temblaban tanto las piernas que apenas me podia mantener en pie. Me sequé el cuerpo y me puse una toalla en la cabeza.

Nos vestimos y bajamos a desayunar. Aún nos quedaban dos noches de hotel y los dos sabíamos que serían muy intensas, pero eso ya os lo contaré en otro momento.

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