Sola en una boda

David, un antiguo amigo del colegio de Luis se casaba. Les había invitado a él y a su novia Sara al evento que tendría lugar a principios de verano.

La propia semana del casamiento a Luis se surgió un imprevisto por el cual tendría que cubrir una urgencia y trabajar todo el fin de semana. Como se suele hacer en estos casos, y lleno de pesar, llamó al novio para informarle sobre su ausencia.

David no podía admitir el desplante, e insistió para que fueran hasta la saciedad. No había forma de cambiar sus obligaciones laborales, así que, cediendo ante la insistencia de su viejo amigo, Sara iría a la boda en representación de ambos. Total, los cubiertos estaban ya pagados y no les iban a devolver el dinero a los novios.

Sara no cogió con mucho agrado la noticia, y tras algunas pequeñas rencillas con su pareja, decidió ir. Así al menos sacaría partido al vestidito azul, corto en forma de palabra de honor y anudado al cuello por un cordel que se había comprado para la ocasión.

* * *

La ceremonia transcurrió como tantas otras bodas con la salvedad que, al salir los novios de la iglesia, un grupo de chicos tiró escandalosamente, arroz como para alimentar a un regimiento sobre los novios.

Llegado el convite, Sara consultó el tablón donde se listaban las asignaciones de las mesas. Se dirigió a la mesa 9 y se sentó.

Poco a poco saludó a la gente de la mesa. Todos estaban, como ella, más o menos entrados en los treinta, y eran amigos del novio. Al parecer, sólo conocían a Luis, su novio, de la despedida de soltero. Vaya imagen que debían de tener de él teniendo en cuenta en qué estado volvió al día siguiente a casa.

Sin duda, la Mesa 9 era la más animada y la que más jaleo promulgaba en aquel hotel.

– Gracias – dijo Sara cuando le llenaron la copa de vino.

– Faltaría más – contestó Antonio, el chico que tenía a su izquierda. – Si encima que eres la única chica de la mesa no te cuidamos y tratamos bien, ¿qué clase de gente seríamos? – dijo riéndose.

– Hombres –dijo ella escuetamente.

– Ja, ja, ja. Nos ha salido feminista – dijo Jorge, un chico muy moreno de piel.

– Con lo guapa que es, puede ser lo que quiera – dijo Jaime guiñándole un ojo. – ¿O no es guapa Andrés?

Pronto, los cuatro la escanearon con la vista como si jugaran a las 7 diferencias. La chica debía medir 1,70, era muy delgada, de piel clara, con una larga melena morena y se le intuían unos pequeños. Todo un bombón.

– Eh… – dijo el aludido poniéndose rojo al instante.

– Cuidado lo que respondes, que ésta igual se mosquea – intervino Jorge.

– Sí, sí, es guapa – dijo tímidamente Andrés sin levantar la vista de su plato.

Jaime trazó una parábola con una miga de pan impactando en la línea de la palabra de honor del vestido de la chica.

– Una pena que no lleves más escote, habría marcado 3 puntos – dijo riéndose.

– Come y calla – respondió Sara devolviéndole la miga de pan y casi acertando en la boca del tirador.

Aquello fue el detonante para una cruenta guerra en la que trozos de pan volaban como si fueran balas en la guerra. Cuando se acabó el pan, empezaron a romper y lanzar trozos de la decoración de la mesa.

La guerra terminó cuando los novios recayeron en su mesa en su peregrinaje por saludar a los invitados.

– Virginia, ¿cómo nos pones sólo una chica en nuestra mesa? – preguntó Jaime a la novia.

– Iba a venir con su novio, y en la mesa de mis amigas no cabíais…

– ¿Te han molestado estos zopencos? – preguntó el novio.

– No David, no te preocupes. Les tengo dominados – dijo sonriente.

Cuando los novios se fueron, Sara notó una mano sobre su pierna.

– Tenías unas migas – arguyó Jaime sonriente.

– ¿Así que nos tienes dominados eh? – dijo Jorge con sorna.

– Pues sí – dijo ella levantando la mandíbula.

– A ti sí que te dominaría yo – dijo Jaime picarón.

– ¿Tú y cuántos más? – preguntó ella con una sonrisa de autosuficiencia.

– ¡Y nosotros! – se adelantó Antonio.

– Ya, ya – dijo riéndose.

Tras los postres y el baile nupcial, se puso música y abrió la barra libre. Haciendo uso del más que desgastado tópico de “te invito yo”, los tres amigos que más habían hablado con Sara durante la cena la invitaron a copas.

– Ay Sara, con las cosas que nos contó tu novio sobre ti, no sé cómo nos hemos portado así de bien en la boda. – le dijo Jaime en la barra.

– ¿Qué cosas? – su cara era un poema cargado de versos de perplejidad.

– Bueno, ya sabes cómo somos los tíos…

– No, venga, contéstame.

– Bueno, nosotros fardábamos de nuestros ligues y experiencias y él nos dijo que eras una tigresa en la cama.

– Ah… – dijo dando un sorbo a su gin tonic.

– Bueno y qué dices, ¿es verdad? – preguntó con picardía.

– Eso es cosa de mi novio y yo, ¿no?

– Venga, no te hagas la dura. Que las que vais en ese plan luego sois las peores. – Intervino Jorge.

– Pues mira, no se queja ¿vale?

– ¿Qué pena que ahora mismo no esté él aquí, no? – dijo Jaime acercándose más a la chica.

– Bueno, no se podrá poner celoso si hago esto – dijo dándole una palmadita en el culo.

– ¡Cabrón!

– Si no te has ido y sigues con nosotros es porque en el fondo te lo estás pasando bien. – Dijo Jorge.

– ¡Es verdad! ¿bailas conmigo? – preguntó Antonio.

– Esto no se hace así. – dijo Jaime.

El joven, agarró a Sara por la cintura y la guio hasta la pista de baile. Los otros, Andrés, el silencioso incluido, se dispusieron alrededor cubatas en mano.

Las reticencias iniciales en seguida se pasaron y pronto Sara se soltó. Cada vez que meneaba la cadera, el grupo de amigos aplaudía y la vitoreaba.

Poco a poco, la chica cogió de la mano al resto de muchachos y bailó con todos. En el caso de Andrés, debido a su timidez apenas se movía.

Sara, acalorada se fue a la barra a por otra copa.

Pronto Jaime apareció a su lado.

– Qué pena que tengas novio, porque si no fuera así, no sabría qué haría ahora mismo.

– ¿Así me conquistarías? –dijo ella burlona.

El chico sonrió y se acercó para pedirse una copa para él. Puesto que la barra estaba muy concurrida, aprovechó la excusa para apoyarse sobre Sara. Pudo sentir el pequeño y duro trasero a través del fino vestido azul.

– No, con esto – le dijo al oído restregando su paquete.

Ella no respondió, a lo que él se apretó más fuerte sintiendo el inicio de una erección.

– Seguro que estás tan cachonda como yo. Te haría de todo ahora mismo.

– ¿De todo? ¿crees que con eso basta? – dijo ella levantando una ceja.

– Te haría mía y te haría lo que me diera la gana. Lamería todo tu cuerpo y te tendría sólo para mí.

– No sé si eso sería suficiente. – Dijo burlona, retirándose de la barra y dejando al chico empalmado allí solo.

La fiesta continuó hasta las 4:45 de la mañana cargada de jolgorio, desfase y alcohol.

Tras despedirse de los novios, Sara se fue al baño antes de coger el último bus contratado en la boda.

Al salir se encontró con Jaime.

– ¿Te vas?

– Sí.

– Yo no, me he alquilado una habitación en el hotel.

– Muy bien. Descansa.

La joven se acercó para darle un beso en la mejilla y él la agarró por la cintura. La atrajo hacia sí inmovilizándola.

– Ya estoy cansado de tus jueguecitos – le dijo al oído. – Ahora vas a venir a mi habitación y veremos si soy suficiente para ti o no.

Le robó un beso ante el rechazo de ella y la guio empujándola por la cintura hacia el ascensor.

Una vez dentro, se lanzó hacia su cuello devorándoselo.

– Para. Esto no está bien. – Dijo sin oponer mucha resistencia.

– Preciosa, lo estás deseando tanto como yo…

Jaime puso una mano en cada nalga y apretó aquel culito de adolescente contra si al tiempo que buscaba sus labios. Ella giraba la cabeza hacia los lados evitándole, hasta que finalmente hubo conexión. Cuando las dos lenguas se encontraron y comenzaron su danza, ella se dejó llevar apoyándose en el ascensor. Él se restregaba como un macho en celo cuando se abrió la puerta del ascensor.

Sara se recompuso el vestido y siguió a Jaime por el pasillo. Él entró en la habitación 316 y ella, tras mirar a los lados y asegurarse que nadie la veía, entró también.

La luz estaba apagada.

– ¿Jaime? – dijo tras cerrar la puerta.

– Sí, voy a meter la tarjeta para encender la luz.

Sintió como el chico pasaba a su lado.

Se encendió la luz y Sara suspiró.

– ¿No te vas a despedir de nosotros? –dijo Jorge sonriente.

Jaime estaba en la puerta, y Andrés, Antonio y Jorge al lado de la cama del cuarto.

– Cabrones… ¿me ha habéis jugado verdad?

– Ahora veremos si nosotros cuatro somos suficiente para ti o no… – dijo Jorge sonriente.

Jaime se le echó encima y la besó con pasión. Entreabrió los ojos y pudo ver con asombro como todos los chicos, incluido Andrés, empezaban a desnudarse.

Cogiéndola en volandas Jaime la llevó hasta la cama. Al contrario de las coordinadas películas porno que buscan la mejor toma y ángulo para el observador, la realidad era muy distinta.

De rodillas en la cama, Sara se encontró como un enjambre de manos y otras partes del cuerpo la tocaban por todas partes. Estaba rodeada y aquello no se podía parar.

Su vestido voló por los aires en algún momento y en seguida las manos volvieron a apoderarse de su cuerpo.

Aquello era un frenesí donde todo ocurría a la vez: Jaime le quitó el sujetador y pronto él y Antonio se engancharon cada uno, cual lechones, a sus pequeños y turgentes pechos níveos.

Jorge, sin miramientos, le acarició el tanga de delante a atrás y se lo quitó de un tirón. Ella movió las rodillas para terminar de quitárselo. Tanta gente metiéndole mano le dificultaba la tarea.

En un atisbo antes de que alguien la besara pudo ver a Andrés masturbándose y acercándose.

Un hormigueo de sensaciones recorría todo cuerpo por aquellas manos y labios que la vestían. “¿Cuáles serían las de aquel timidín?”, se preguntó.

Otro chico se acopló con sus labios y esta vez pudo ver que se trataba de Andrés. El chico, había que reconocerlo, hacía lo que podía, pero se notaba su inexperiencia. Sonriendo entre sus labios alargó la mano para coger el miembro del chaval. Él dio un respingo y pronto sintió como alguien le ponía un pene bien duro sobre su otra mano. Masturbó a Andrés y a Antonio mientras Jorge se enviciaba con su culo y Jaime con sus pechos.

– Ven aquí y chúpamela zorra – dijo Jorge. La giró hacia él y le acercó un corto pero grueso pene a la cara.

– ¿No te corras al momento, eh? – dijo ella sonriente antes de empezar a chupársela.

Jaime acercó su pene y ella, arrodillada, mamó uno de tras de otro. Pronto los otros dos chicos se acercaron también, encerrándola en un cuarto de cuerpos con pollas por todos lados.

Uno de los chicos le lamió, como pudo, el coño desde atrás provocándole ligeros gemidos.

Perdiendo la noción de qué trozo de carne era de quién las chupó y agitó las pollas con sus manos lo mejor que pudo.

Alguien le sobaba las tetitas desde atrás mientras que tres chicos juntaron sus penes intentando metérselos a la vez en la boca.

– No se puede. – Dijo Jorge empujando a sus compañeros y apoyando la polla sobre la chica. Colocó el miembro entre aquellos pechos que ella sujetó por los lados.

Era difícil hacer una cubana en aquellas circunstancias y pronto prosiguió haciéndole una profunda felación.

– Mmmm, eres muy puta. Tu novio tenía razón.

– Seguro que os la habéis cascado pensando en mi desde que os lo contó.

Los cuatro chicos rieron mientras ella tenía la boca ocupada.

– ¿Quién quieres que sea el primero en follarte? – Preguntó Jaime.

Sonó un ruido acuoso de succión.

– Andrés…

Sus compañeros le animaron dándole palmadas en la espalda. El chico dio un paso al frente.

– Túmbate – dijo ella sonriente.

* * *

Andrés sintió las cálidas y esbeltas piernas de aquella diosa cuando esta se encaramó encima suyo. Podía notar los latidos de su corazón bombear a través del sexo.

Los largos dedos de su amante le agarraron el pene y lo colocaron en la entrada de un horno; un horno con forma de sexo y ansiaba con engullir su herramienta.

La chica se contoneó y el pene fue entrando poco a poco. Las paredes de la vagina le apretaban la polla. Podía sentir lo caliente y húmeda de la joven.

– ¿Estás bien? – preguntó ella sacándole del trance de experiencias.

– S.. sí. –dijo sonriente.

– Te voy a quitar la timidez ahora mismo. Quiero que hagas todo lo que seguro que has visto por Internet y te da miedo hacer.

– Yo…

– ¡Vamos! –dijo cogiendo una mano del chico y apoyándola sobre su culo.

Él no contestó, pero apretó la nalga. Cogió la otra, y también la apretó mientras Sara le cabalgaba.

Ella se acercó para besarle, y sus rosados pezones friccionaron su dureza contra el pecho de él al ritmo de cada mete-saca.

Envalentonado, le dio un azotito en el culo.

– Eso es, ¡no te cortes!

Arrejuntó los pechos de la joven por los laterales y le succionó los pezones como un colibrí. Ella cabalgaba cada vez más deprisa, y él movía su cadera al mismo ritmo.

– Venga tortolitos, que los demás también queremos – dijo Jorge rompiendo la magia del momento.

* * *

Los otros jóvenes rodearon con sus penes al a chica de pies en la cama. Ella los succionó mientras la manoseaban y Andrés tomaba la iniciativa follándola con más fuerza.

Con una ansiosa coordinación, los cuatro jóvenes fueron rotando y Sara se los folló cabalgando uno tras otro.

– Ponte a cuatro patas, cuatro patas, como la perra que eres – dijo Jorge.

– Y tú fóllame como el perro que eres – le respondió la aludida.

A cuatro patas, el cuerpo de la chica era una declaración de excitación ante la mirada de Jorge. Agarró su fina cintura y se la metió sin miramientos. Comenzó un rápido mete-saca que provocó que las tetitas bailaran descontroladas al ritmo de placenteros gemidos.

Aquel mar de hombres pronto trajo las vergas de sus barcos hacia su boca.

Jorge podía ver cómo se la chupaba a dos de sus amigos mientras que otro se masturbaba esperando su turno.

Sara soltó las pollas y se agitó violentamente antes las fuertes embestidas del hombre.

Dejó caer su cuerpo sobre Jaime que estaba tumbado frente a ella. Con el miembro de él pegado a su cara sintió como Jorge la aplastaba y se la follaba con violencia contra la cama.

– ¡Te voy a llenar de leche puta!

– ¡No cabrón, que luego nos toca a nosotros!

Demasiado tarde. Como un oso enfurecido, Jorge dejó caer su peso y se corrió dentro de Sara. Pasados unos segundos se retiró riéndose.

– ¡Ale, toda vuestra!

– Eso no se hace tío… – dijo Jaime indignado.

Ante la sorpresa de todos, Andrés se acercó y metió penetró a la chica.

Jaime se retiró y Sara pudo darse la vuelta poniéndose boca arriba. Con las rodillas sobre sus hombros, Andrés la penetró profundamente. Ambos gemían con violencia hasta que el chico empezó a boquear cual pez fuera del agua.

– ¡Otro no! –gritó Jaime.

Demasiado tarde también. Andrés se corrió violentamente dentro de la chica. Al apartarse, regueros blancos se escurrían por la cueva de la joven.

– Sois unos cabrones. ¡Yo no quiero ser el último!

Jaime la ayudó a colocarse de lado y la folló a toda velocidad. Al rato, Sara se puso a gemir ante un inminente orgasmo.

– ¡Pues yo sí que no voy a ser el último! – Dijo Antonio.

El hombre, masturbándose a toda velocidad, acercó su pene a la cara de la chica y comenzó a regarla con chorros de semen que le cruzaron el rostro.

Apretando bien el culito contra sí mismo, Jaime aceleró hasta correrse. Se dejó caer de lado, sin sacar la polla y besando el cuello de la chica.

– Joder, al final he sido el último y me he tenido que tragar vuestra mierda… – Se quejó Jaime.

– ¡Yo sí que me he tenido que tragar vuestra mierda! – dijo Sara provocando la risa de todos ellos.

* * *

A altas horas de la madrugada (o de la mañana, según se mire), el taxi dejó a Sara en su casa. Se cambió, y al meterse en la cama su novio se despertó.

– ¿Qué tal la boda? – dijo somnoliento.

– Sin ti, aburrida cariño – respondió con una sonrisa maliciosa que nadie pudo ver…

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