Somos lo que somos

15 de agosto del 2010

El repiquetear de la alarma del móvil me devuelve a la realidad y me dice que son las ocho y media. ¡Hora de levantarse! A pesar de que solo he dormido unas escasas cuatro horas, el sueño ha sido bastante reparador y es que no hay nada como echar un buen pedazo de polvo para descansar como Dios manda.

Giro la cabeza hacia el lado derecho de la cama y compruebo que, a pesar del estridente ruido que ha quebrado el absoluto silencio que reinaba en la habitación, JJ no ha dado por concluido su descanso, pues sigue roncando a pierna suelta. Su cara de felicidad me da a entender que está teniendo un plácido sueño.

Mi primer pensamiento del día es para la Virgen de los Reyes, cuya procesión en Sevilla me estoy perdiendo hoy. Cierro los ojos y le rezó en silencio una pequeña liturgia, en la cual le pido que vele por los míos, en especial por mi madre. Una vez cumplo mis obligaciones con mi “familia” del cielo, fijo toda mi atención en asuntos más terrenales.

Me apoyo de lado sobre la cama y observo minuciosamente al hombre que tengo junto a mí y quien, en estos momentos, me parece la persona más hermosa del mundo. Pese a que son cuarenta años los que encierra su cuerpo, hay una inocencia juvenil en su rostro que me seduce por completo. En la comisura de sus ojos comienzan a asomarse las arrugas de la madurez, sin embargo hay unas ganas de vivir en sus carnosos labios que la niegan. La contradicción asoma en cada pliegue de su piel, es una de las personas más sensibles que conozco y, a la vez, de las más fuertes.

No deja de ser curioso que nunca terminemos de conocer a la gente que conforman nuestro entorno y que, en más de una ocasión, nos sorprende descubrir circunstancias en las que se han visto envuelto en su pasado. Lo que sabido esta pasada noche de mi mejor amigo, no es solamente que fuera inesperado, es que, si sus palabras no hubieran estado impregnadas de tanta sinceridad, las hubiera considerado completamente inverosímiles, pues los sucesos que me ha narrado han sido tan dramáticos, que bien podían parecer haber salido de cualquier novela de Charles Dickens.

Aunque yo siempre había intuido que toda esa imagen frívola e insensible, y de la que va haciendo gala constantemente, era un mero postureo ante la galería, nunca habría llegado a imaginar que tras aquella fachada de estar por encima del bien y del mal había tanto sufrimiento.

En más de una ocasión le había oído hacer mención a lo del “acontecimiento terrible”, pero nunca había visto la oportunidad para preguntarle a que se refería con ello. Nunca, hasta esta noche; sorprendentemente, él ha accedido a contármelo de una forma natural y pormenorizada. Al oírlo, tuve la sensación de que la circunstancia de no haberlo compartido conmigo antes, debería haber sido para él como una especie de lastre.

¿Quién iba a pensar que aquello que marcó tan contundentemente su adolescencia fue una violación? Si inaudito fue que sufriera una agresión de aquel tipo, más lo fue la reacción de su familia, quienes, en vez de apoyarlo, lo recluyeron en un internado durante cuatro largos años. Una especie de cárcel donde JJ tuvo que madurar a pasos agigantados y hacerse fuerte para sobrevivir.

Lo sentí tan cercano al ver como desnudaba su alma ante mí, que tras besarnos y abrazarnos, terminamos practicando el sexo. Metimos tanto cariño en aquel carnal acto que, irremediablemente, los sentimientos surgieron y lo que comenzó siendo solo algo pasional, movido por lo íntimo del momento, se convirtió en algo parecido al amor… Vuelvo a observarlo, no es el típico tío bueno que te quedarías mirando por la calle, sin embargo tengo que reconocer que tiene un “no sé qué” que hace que te caiga bien nada más verlo. Desde ayer, me estoy planteando muy seriamente tener una relación con él. Toda mi puta vida buscando a la persona adecuada para ello y la tenía justo delante de mí. Creo que, sin preverlo y como quien no quiere la cosa, me he terminado enamorando de JJ.

Sin pensármelo, lo beso en la frente.

—¡Dormilón que ya es la hora!

Al oír mi voz, abre los ojos un poco forzados, como si se resistiera a abandonar el mundo de los sueños. Cuando es consciente de dónde está, me sonríe plácidamente y, con una voz aguardentosa, me dice:

—¿Qué hora es?

—Las ocho y media. Hora de pegarnos una ducha…

—… y de echar un polvo —Me indica señalándose provocativamente su entrepierna, la cual presenta una tremenda prominencia.

Sin dudarlo ni un segundo deslizo mi mano por su tórax hasta su pelvis y le sobo el paquete con unas inmensas ganas. JJ, por su parte, me echa el brazo por los hombros y aproxima su cuerpo al mío, casi sin darme cuenta, su boca se enreda con la mía en una danza frenética donde la lujuria es la única que va marcando el ritmo.

Su mano resbala por mi espalda hasta llegar a mi zona lumbar, una vez allí se da las trazas para meterse dentro de mi prenda interior y, más rápido que se persigna una monja histérica, bajarlos hasta las rodillas. Como si fuera lo que tocara, bajo sus calzoncillos una pulgada, dejando la bestia que nace de su pelvis al descubierto. Aprieto el enorme trozo de carne entre mis dedos y le comienzo a practicar una suave masturbación.

Como respondiendo al placer que mi mano le suministra, sus labios comienzan a morder los míos, primero con suavidad, aumentando su ritmo paulatinamente, hasta el punto de dejarse llevar por una desorbitada furia. Sus mordiditas son tan implacables que consiguen sacarme alguna que otra exclamación de dolor.

Bruscamente me quita la mano de sus genitales y se echa sobre mí, haciendo uso de una agilidad que desconocía que tuviera, comienza a rozar su miembro con el mío de un modo tan burdo como excitante. Busco en su mirada algún atisbo del cariño de la noche anterior, pero solo encuentro lascivia, una profunda y enorme lascivia. Se muerde la lengua entre los dientes como si con ello pudiera gozar más, dejando que en su rostro de dibuje una pecaminosa mueca.

En unos pocos segundos, he pasado de disfrutar plenamente a estar un pelín incómodo. Su actitud, lejos de agradarme, me empieza a preocupar un poco. No obstante, no pongo ninguna pega y me dejo llevar. Confío en él, pues sé que es buena persona. “A cada uno le dan morbo cosas distintas y cada cual tiene su forma particular de soltar la calentura y hay que respetarlo”, me digo mientras dejo que roce su cuerpo con el mío de un modo bestial, y tan artificial, que parece salido de un video porno.

Artificial o no, notar como su miembro viril se desliza a lo largo de mi pelvis, me está poniendo como una moto. Es algo que no había experimentado antes y me está resultando más satisfactorio de lo que podía esperar. Busco sus labios y él intenta morderme, regalándome una sonrisa de perversidad. Sin que se lo pueda impedir, atrapa mis manos entre las suyas, restándome cierta capacidad de movimiento. Tras comprobar que estoy a su merced, se irgue sobre mí y comienza a moverse como si estuviera practicando el acto sexual de un modo compulsivo.

Unos trepidantes segundos más tarde, suelta mis manos y se detiene en seco. Se incorpora sobre la cama y, dándome la mano, me invita con un gesto a que lo acompañe a la ducha. Sin esperar un no por mi parte, tira de mí y me lleva hacia el cuarto de baño de la habitación del hotel. Cautelosamente, nos introducimos en el pequeño plato de ducha. Sin ni siquiera un poco de precalentamiento, ni nada por el estilo, mi amigo se agacha ante mí y comienza a devorar mi nabo.

Su forma de actuar me tiene un poco sobrecogido, me siento igual que si estuviera con un extraño al que me hubiera ligado en un oscuro antro, no hay complicidad en sus ademanes, no existen entre ambos esos pequeños gestos que te hacen sentir especial, cualquier atisbo del cariño que nos procesamos anoche parece haberse esfumado, quedando solo el sexo, libidinoso y sucio sexo.

Sus labios atrapan la cabeza de mi virilidad y la succionan de un modo tan brutal que pareciera que quisiera sacarme el tuétano de los huesos. Cuando se cansa de chupar como un condenado, comienza a pasear su lengua por los pliegues de mi glande, sumiéndome vertiginosamente en un placer inmensurable, para, a continuación, tragársela por completo. Es tanta la satisfacción que me regala con su boca, que, para refrenar los primarios instintos que nacen en mi interior, me tengo que agarrar a la grifería que está a mi espalda. El muy cabrón lo está haciendo tan de putísima madre que estoy tentado de gritar, pero como si una extraña moral me coartara, contengo mi garganta y simplemente me limito a emitir unos apagados bufidos.

Con la misma ímpetu que comenzó a chupar mi verga, deja de hacerlo, tras ponerse de píe en el pequeño habitáculo, me ordena que me postre ante él y que me meta su polla en la boca. Por su forma de hablar, tengo la sensación de tener una pistola en la cabeza, así que sin decir esta boca es mía, lo obedezco e imito a la perfección cada cosa que él me ha hecho con la boca.

No han transcurrido ni dos minutos desde que mis labios tocaron su polla, JJ coge mi cabeza entre sus manos y me grita:

—¡Para!¡No me quiero correr así! ¡Quiero que me la metas hasta el fondo y echar mi leche con ella dentro!

Escuchar aquel pequeño parlamento tan soez de la boca de JJ, me deja un poco desangelado. Él, haciendo caso omiso de mi posible reacción al respecto, con la misma efusividad de la que había hecho gala en todo momento me aparta de su lado y, sin secarse ni nada, sale del cuarto para dirigirse al dormitorio.

Un escaso minuto más tarde, viene con un preservativo en la mano y con un gesto burdo me lo da, diciendo:

—¡Anda póntelo y dame caña!

Lo cojo y no dejo de mover la cabeza en señal de perplejidad mientras lo abro “¿Quién es este y que ha hecho con JJ?”. Insólitamente, las extravagancias y salidas de tono no han conseguido que me baje la libido, pero lo que siento está muy lejos de lo vivido hace unas horas. Reseteo cualquier mal rollo de mi mente, me pongo el condón y vuelco todos mis sentidos en echar el buen polvo que se merece la ocasión. Estamos de vacaciones y hay que disfrutar a tope.

Supongo que la resignación tiene que ver mucho con mi actitud, pero dejo aparcada mi mojigatería y saco a pasear mi yo más cerdo. Me olvido por completo de nuestra historia en común y ante mí, solo veo un tío bueno que está esperando que le pete el culo. Con ninguna sutileza, coloco mi polla a la entrada de su culo y empujo con fuerza.

Si le causo algún daño o no, no lo sé, pues JJ se limita a emitir un gruñido seco, al tiempo que pliega sus manos hacia atrás y agarra mis nalgas, pretendiendo con ello que no me salga de su interior. Por la forma que encorva su espalda y saca el pompis para atrás, parece desear que se la clave hasta los huevos. Preso de mis instintos más básicos, muevo mis caderas y perforo sus esfínteres hasta que mis testículos hacen de tope. Con mis manos apretando fuertemente su cintura, lo cabalgo trepidantemente, a cada envite que doy, mi masculinidad entra y sale de su interior a un ritmo desmedido, llevándome a un lugar donde el gozo nubla la razón. La voz que resuena en mi cabeza no es mi consciencia, es la lujuria.

—¡Cachéame el culo fuerte ¡ ¡Trátame como la puta que soy!

Embotado por el laberinto lujurioso en el que estoy inmerso, complazco diligentemente las exigencias de mi amante, deleitándome morbosamente con ello. Primero le regalo dos nalgadas en uno de sus glúteos, después un par más en la otra parte. Sumido en aquel salvaje mete y saca, siento como mi cuerpo llega al paroxismo, sin poderlo evitar. Atrapo fuertemente sus caderas entre mis manos y dejo que mi esencia vital se dispare hasta la última gota.

A pesar de lo impersonal que está resultando todo, de que este combate del sexo por el sexo está dejando poco tiempo para que la amistad y el cariño que nos procesamos tenga protagonismo, mientras me quito el preservativo, no puedo evitar que mi lado empático salga a relucir y caigo en la cuenta que el único que ha alcanzado el orgasmo soy yo.

—¡Oye, JJ! ¿No te has corrido?

Mi compañero de viaje se queda durante unos segundos pensativos, como si estuviera ausente. Cuando parece volver en sí, adopta una pose un tanto arrogante y me pregunta:

—¿Has meado ya?

—Todavía no.

Se agacha de un modo ceremonial y, adoptando una pose sumisa, me grita casi histriónicamente:

—¡Méame!

Tardo en asimilar su especie de súplica, pero cuando constato por su cara que aquello va en serio. En un principio me parece una cerdada de padre y muy señor mío, sin embargo, una morbosa curiosidad empieza a trepar por mi cuerpo, apoderándose de mi voluntad, me cojo la churra con dos dedos y me concentro para expulsar el contenido de mi vejiga. Al principio cuesta un poco, pero cuando el primer chorro consigue salir, es un no parar. Una especie de hilo amarillo termina uniendo el capullo de mi polla con el rostro y el pecho de JJ. Quien, al mismo tiempo que restriega el caliente liquido por su abdomen, aprovecha para masturbarse compulsivamente.

Mientras la última gota de orina mana de mi uretra, veo como el orgasmo viene a visitar a mi amigo, quien termina corriéndose sobre la blanca placa de cerámica que nos contiene. Abro el grifo de la ducha y una lluvia artificial empapa nuestros cuerpos arrastrando a su paso los fluidos corporales en una especie de espiral vertiginoso, el cual termina muriendo a través del desagüe.

**************

¡Este Mariano es la leche con patatas! Después de desayunar, se ha subido mucho antes que yo a la habitación para recoger el equipaje. He terminado de comer, he subido, me he lavado los dientes, me he vestido, me he peinado, he recogido mis cosas y todavía no había terminado él con lo suyo. Así que me he bajado a recepción, porque es que ver con la tranquilidad y meticulosidad con la que hace las cosas me altera. ¡Ni que su maleta fuera a ir a una exposición! ¡Me pone malo!

Uno lo aguanta porque es la mejor persona que hay en el mundo, ¡qué si no! ¡Que el muchachito va de doña perfecta por la vida y lo suyo no es ser ordenado, es manía pura y dura! A veces con lo extravagante que es para algunas cosas, me recuerda al Monk ese de la tele, pero con el añadido que da el culear de estribor. Creo que son cosas como estas, de que cada cosa esté en su sitio y perfectamente ordenadita, donde se le nota su lado gay, porque por sus ademanes y demás, el tío, con tanto musculo, tiene una planta de macho alfa y de brutote que parece haber salido del casting de “Los mercenarios”.

El pobre tendrá todos los fallos que sea pero es un santo, le he contado que estoy resacoso en el desayuno, para excusarme por no darle charla y se lo ha tragado. Pero, como de tonto no tiene un pelo, me temo que el rollo de “me duele la cabeza por el albariño de ayer”, se me va a agotar más pronto que tarde y no voy tener más remedio que dar la cara, por mucho cabreo que tenga. Es más, ¡no sé por qué carajo estoy enfadado con él! ¿Por algo qué paso hace ya más de quince años? A veces soy un todo un verdadero hijo de puta.

Pese a que me reconozco la estupidez de mi enojo, no soy capaz de apaciguar la ira que nace en mi interior. Es como si tuviera la necesidad de reprocharle todos y cada uno de los desaires que me hizo en aquella época. Creí que era agua pasada, pero mis vísceras me dicen que no solo no he olvidado, sino que no lo he perdonado del todo.

De que es un tío la mar de legal no me cabe la menor duda. Si no tuviera ese concepto de él, ¡le iba a contar los pormenores de mi adolescencia un guardia! Lo sucedido en el internado era algo con lo que siempre había sido muy reservado y nunca antes lo había compartido con nadie (a excepción de mis psicólogos). Aproveché el momento de anoche para hacerlo y me sentí narrándoselo como en la mejor de las terapias. Fue soltar todas mis frustraciones, todas las vivencias de aquellos cuatro años y sentí como si hubiera dejado de sostener sobre mi consciencia un enorme peso.

El ascensor se abre sacándome de mi ensimismamiento y tras su metálica puerta corredera aparece Mariano. ¡El pobre no es más pija porque no practica! Para ir montado en el coche se ha puesto un polo naranjita del cocodrilo y unas bermuditas de color burdeos megafashion. Después soy yo el presumido de los cojones. ¡Unos crían la fama y otros cardan la lana!

Pagamos la cuenta del hotel, cogemos el equipaje y nos metemos en el ascensor en dirección al parking del hotel. Es cerrarse la puerta del pequeño compartimento y siento que se necesita un cuchillo para cortar la tensión que se ha creado entre los dos. Él busca mis ojos, aguardando alguna muestra de afecto, pero yo, no sé por qué, agacho la mirada y le niego cualquier respuesta.

Cargamos las maletas en el coche, como si fuéramos dos desconocidos, como si nuestra amistad se hubiera borrado de un plumazo.

—¿A quién le toca conducir? —Sus palabras suenan dubitativas, como si temiera, al decir algo inadecuado, romper cualquier cosa.

—Da igual, Villa de Combarro está a unos treinta y seis kilómetros, prácticamente todo es autopista y en poco más de media hora estamos allí.

—Pues voy a conducir yo, que tú con lo de la resaca del albariño no vas a estar muy bueno de reflejos que digamos y las curvitas de por aquí tienen mucha guasa.

Nos subimos en el coche, antes de arrancar pone el “Tomtom” en el salpicadero y con un tono impersonal me pregunta:

—¿En qué dirección está el hotel al que vamos?

Su pregunta me saca una sonrisa por debajo del labio, él ha confiado en mí, no ha cuestionado nada de este puñetero viaje e, inocentemente, cree que vamos a hospedarnos en un hostal o en algo parecido. Dado que me parece una putada seguir teniéndolo a oscuras sobre lo que está pasando, le cuento una verdad a medias:

—No vamos a un hotel. Vamos a casa de unos amigos míos.

Su cara de desconcierto no tiene precio, arquea las cejas, a la vez que mueve la cabeza en señal de perplejidad.

—¿Y eso?

—Donde vamos es un pueblo marinero, muy pequeño. Por lo que me han contado, la mayoría de las viviendas lindan con el mar y son las típicas casas de pescadores. No lo he preguntado, pero no creo que haya ningún hotel siquiera.

—¿Y ese interés repentino en ir allí ahora? —No es solo que su rostro esté más serio de lo normal, es que en sus palabras hay una más que palpable desconfianza.

—Interés relativo. Estos amigos me invitaron a pasar un par de días con ellos y, como sé que a ti te gusta todo ese rollo de los pueblos y las casas rusticas, accedí. ¿Algún problema?

—No, simplemente que no me habías comentado nada.

—Tampoco me lo has preguntado.

Un fragrante silencio se abre entre los dos, mi cortante respuesta puede dar píe a una discusión y, conociendo a Mariano como lo conozco, está contando hasta cien para que no terminemos diciendo algo de lo que nos tengamos que arrepentir.

—Bueno, ¿cuál es la dirección de tus amigos?

—Calle César Boente número cuatro.

Tras marcar la dirección en el teclado del navegador, se me queda mirando con cierta suspicacia y me pregunta:

—¿De qué los conoces?

—Del trabajo —Pronuncio las dos palabras con una firmeza poco común, intentando ocultar por todos los medios que miento para no tener sacar a relucir la verdad. Una verdad que llevo ocultando desde que comenzó este periplo por las tierras gallegas.

Mariano me mira con cara de no tener ganas de bronca y arranca el coche sin decir esta boca es mía.

Lo cierto es que no sé si mi enfado con él tiene que ver con lo que pasó hace quince años, o porque me estoy buscando una excusa para no tener que enfrentarme a él cuando descubra los motivos ocultos de lo que me ha traído a Galicia. A pesar de que no tengo ganas de estar con él ahora, de que todo lo que puedo imaginarme de él es lo egoísta que fue conmigo en la etapa que estuvimos juntos, sigo teniendo muy claro que no quiero perder su amistad. Cosa que tiene muchas posibilidades de suceder como no sepa manejar bien la situación cuando, llegado el caso, se dé de bruces con la realidad.

Aunque creo que muy inteligente, lo que se dice, no he sido, pues la mentira que le he soltado sobre de donde conozco a los dos tíos que vamos a ver en Combarro se va a desplomar en unas horas, pues ni yo mismo sé el aspecto real que tienen. ¿Quién me dice a mí que las fotos que me enviaron no son falsas? Y en vez de dos atractivos ositos son dos viejos más arrugados que una pasa y con más años que Matusalén. Ligar en un chat de Internet es como un “Kinder” sorpresa: nunca sabes lo que te vas a encontrar…

Diez silenciosos minutos más tarde, tras callejear un poco por las interminables cuestas de la ciudad, le decimos adiós a Oviedo y salimos a la autopista del Atlántico. Como no tengo la más mínima ganas de hablar, pues no estoy de humor y sé que mis fantasmas internos me pueden hacer meter la pata, vuelvo la cabeza hacia la ventanilla y hundo mi mente en el verde paisaje colindante.

—¿Me vas a decir lo que te pasa o vas a estar todo el tiempo en tu papel de “Belinda”?

Encojo la nariz en señal de disgusto ante su broma sin gracia y le respondo:

—Nada que me duele la cabeza por la resaca y no tengo la más mínima ganas de hablar.

Mariano se queda callado unos segundos, como si estuviera midiendo la magnitud de sus palabras para no ofenderme. Se sonríe tímidamente bajo el labio y me dice:

—¿La mierda como la quieres a la boloñesa o con patatas? Yo la mía me la voy a comer con arroz.

Muevo fastidiado la cabeza y le digo:

—Veo que el señorito se ha levantado hoy gracioso, ¿no puedes comprender que a los demás nos duela el coco y no tengamos ganas de tanta charla?

—Jota,¡qué nos conocemos! ¡Qué tú no te callas ni debajo del agua! ¡Te vas a quedar mudito como la Belinda ahora por una resaca de tres al cuarto! ¡Tampoco te bebiste el manso, una botella de albariño nada más…!

—¡… y nada menos! ¡Que no vea como pega el puñetero vinillo!

—¡Ya!, pero no me creo yo que estés en plan Harpo Marx esta mañana por que el vino de los cojones te haya dejado listo de papeles…

Un silencio abrumador se abre entre los dos, está claro que o le cuento que me pasa, o algo igual de convincente, o este no me deja hasta que lleguemos a nuestro destino y, por experiencia, sé que no va a desistir en su empeño. Así que le contesto algo que, aunque no es del todo falso, está muy lejos de ser la completa verdadera causa de mi mutismo.

—Lo de ayer no debía haber pasado. ¡Y ya puestos, lo de esta mañana tampoco!

Está tentado de mirarme para escudriñar mi gesto, sin embargo su sentido de la prudencia es tan alto que no aparta la mirada de la carretera. Se queda unos segundos en silencio, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo para asimilar el significado de mis crudas palabras.

—¿Por qué? No te entiendo.

—¡Hijo mío, qué bueno eres haciéndote el tonto! ¿Por qué vas a preguntar? ¿Hace falta que te diga que tú y yo tenemos un pasado en común, el cual no fue precisamente un caminito de rosas?

—Pero tú, me dijiste que no te importaba…. Concretamente que no recordabas nada de lo malo de aquel entonces.

—Mentí.

De nuevo se propicia un agobiante mutismo entre los dos. De no encontrarnos transitando por una autopista, Mariano, de seguro, se echaría a un lado de la carretera y me pediría las explicaciones pertinentes.

Tras unos eternos minutos en los que ninguno de los dos parece querer romper el hielo, vemos una señal que indica un área de servicio con cafetería y aparcamiento, sin decir esta boca es mía, mi amigo saca el intermitente, se sale de la autopista y se mete en el carril de desaceleración que conduce hacia la zona de descanso.

Una vez llega al parking anexo a la gasolinera, estaciona el coche en él, se me queda mirando muy serio y me dice:

—Entonces, ¿tu comportamiento de esta mañana ha sido con premeditación y alevosía?

Agacho la cabeza dejando que entre los dos se levante un muro de otorgante silencio.

—¿Por qué? Creí que era tu amigo —Sus ojos brillan como presagiando un chubasco de lágrimas.

—Y lo eres, el mejor que se pueda tener. Sin embargo, lo de ayer me trajo muy buenos y malos recuerdos a la vez…

—Entonces, ¿por qué me dijiste lo contrario?

—Me encontraba enormemente sensible, nunca antes le había contado a nadie, y con tanto detalle, lo que me sucedió en el internado. Fue revivir todo aquello y me sentí muy vulnerable. Necesitaba todo el afecto que me pudieran dar y el único que estaba cerca para dármelo eras tú.

—Sin embargo, esta mañana podías haberme parado los pies y no hubiera pasado nada.

—¡No tengo excusa , soy un pedazo de cabrón! Te vi tan volcado en el tema, poniendo toda la carne en el asador que no pude evitar hacerte sentir lo mismo que yo sentí cuando nos conocimos y tú me hiciste creer que teníamos una relación, cuando sabias que no era así.

—¡No llevas razón en lo que estás diciendo! Para mí, lo nuestro siempre fue una relación, no…

—¿Sí? Una a tres bandas, salías primero con tu novia del pueblo y cuando la dejabas en casa, venías a buscarme. Apenas querías estar en público, no vaya a ser que alguien de Dos Hermanas te viera por los sitios de ambiente. Simplemente nos íbamos a mi casa, nos pegábamos el lote padre de follar y después tempranito para casa, no fuera a ser que tus padres sospecharan algo.

Mariano se queda pensativo, baja la mirada cabizbajo y las lágrimas que, hasta hace un momento, chispeaban en sus ojos, resbalan por su cara sin frenos. A pesar de que la sensación de culpa que me invade es tremenda, sé que o le largo todo lo que le tengo que decir en este preciso instante o nuestra amistad se va al carajo sin remedio.

—¿Soy muy duro y el señorito no puede soportar mis palabras?

Sigue lagrimeando y no me dice nada. No sé qué tecla he pulsado con mis palabras pero estas le están haciendo más daño del que sospechaba. Aun así, no desisto en mi intento de soltarle mis cuatro verdades y continúo exponiéndole mi visión de las cosas.

—En aquella etapa, por tu falta de madurez y demás, comprendí tu forma de actuar y tal, pero es que quince años más tarde, ¡hijo mío!, sigues pecando de lo mismo…

Mi amigo se traga sus lágrimas como buenamente puede y con una voz que se acerca al gimoteo, se enfrenta a mí, preguntándome:

—¿De qué sigo pecando yo, según tú?

—De falta de compromiso.

Me pone cara de extrañado, encoge la nariz con suspicacia y con cara de pocos amigos vuelve a cuestionar lo que digo:

—¿Qué coño quieres decir con falta de compromiso?

—Pues muy fácil, no te comprometes con tu elección sexual, a estas alturas piensas que la homosexualidad es una especie de juego y no una forma de vida…

—¡Perdona bonito!, pero yo he tenido novio durante mucho más tiempo que tú, lo que, en mi opinión, significa que mi compromiso es mayor.

—¿Así lo ves tú? —Mi gesto es bastante chulesco, dando a entender que ha dicho una tontería y, para terminar de estropearlo, prosigo hablándole como si le perdonara la vida —Pues yo lo veo de otra manera bien distinta.

—¿Cómo?, si se puede saber…

—¿De verdad quieres saberlo? Te recuerdo que tengo la lengua desatada —A pesar de mi enfado, le regalo una pequeña sonrisa por debajo del labio.

—Creo que no me va a quedar más remedio, ¿tienes idea de lo que me importa lo que tú pienses?

En esta ocasión quien se queda atónito por la reacción del otro, soy yo. Trago saliva, carraspeo levemente y respondo a su pregunta sin importarme las consecuencias.

—A lo que tú llamas compromiso, yo lo llamo jugar al límite. ¿Cuánto tiempo estuviste con Enrique?

—Cinco años.

—¿Te planteaste en todo ese tiempo una vida en común?

—Sí, cuando hicimos tres años…

—¿Y no crees que eso venía motivado porque pasaba de ti como de las mierdas?

—¿Qué quieres decir con eso?

—¡Hijo mío, qué espeso eres algunas veces? ¿Por qué comenzaste a salir con Enrique? No me respondas, te lo voy a contar yo. La primera causa porque te gustaba, la segunda porque ir con él por la calle, por aquello de que no es nada afeminado y carece de plumas, no te suponía ningún problema y la tercera, y más importante, porque le rehúye al compromiso tanto como tú.

—Pero él me estuvo pidiendo constantemente durante los dos primeros años, que nos fuéramos a vivir juntos.

—¿De verdad eres tan ingenuo o es una pose?

Mariano mueve fastidiado la cabeza y no me responde.

—¡Hijo mío!, si te pedía constantemente que te fueras a vivir con él, era porque sabía que tú respuesta iba a ser que no. Si hubiera sospechado, mínimamente, que le ibas a decir que sí, ni te lo hubiera insinuado. ¡Qué Enrique es perro viejo!

—Entonces, en tu opinión, nunca me comprometí con Enrique, que si estuve tanto tiempo con él fue porque podía nadar y guardar la ropa.

—Yo no lo habría explicado mejor.

—Pues yo lo quería muchísimo.

—¿Alguien está discutiendo lo contrario? Pero, de lo que de compromiso se trata: cero patatero.

—Era muy joven e inexperto.

—Y sobre todo con muchos problemas de consciencia social.

De nuevo Mariano se queda sin palabras, creo que le he dado donde más le duele.

—¿Entonces, según tú, si no cambio de forma de ver las cosas no tengo una oportunidad contigo?

—Ni aunque cambiaras, hijo mío. Estoy muy resentido por todo lo que pasó en la etapa que nos conocimos.

—Eso lo puedo entender, porque verdaderamente fui un hijo de puta, pero ¿a qué vino montar el trío con Paco hace dos noches?

—¿Te lo tengo que explicar? —Por la cara que me pone intuyo que sí, así que prosigo con mi pequeña perorata —Paco, como tú pudiste comprobar, era un tío para quitarse el sombrero. El buen hombre me insinuó que le gustabas y que no le importaría hacer un trío con los dos. Puesto que en el sexo en grupo lo que menos tienes en mente son los sentimientos, accedí.

—¿Y lo de anoche?

—Un mal momento, me cogiste con las defensas bajas. Fue un error, no me arrepiento de lo que hice, pero no debía haber ocurrido.

—Ya —Responde alicaído y con cierta resignación.

—Mariano entiéndeme. Somos como el agua y el aceite. Funcionamos cuando todavía no nos conocíamos bien, pero ahora que sabemos de qué píe cojea el otro, comenzar una relación amorosa entre nosotros, sería acabar con nuestra amistad.

—No tiene por qué ser así.

—Ya te digo yo a ti que sí. Somos los que somos amigos, pero no amantes. Tú eres incapaz de entender el sexo sin meter los sentimientos de por medio. ¡Hijo mío, si le vas dejando trocitos del corazón con todo aquel con quien echas un polvo! Tú nunca podrías soportar vivir con alguien para quien el sexo es solo sexo.

—Lo que yo soy capaz de soportar o no, me gustaría decidirlo yo.

—Sí, me parece muy bien. Sin embargo, aunque tú cambiaras en ese respecto (cosa que dudo porque somos ya tenemos mucho corrio), luego está lo que yo pienso al respecto. Mi pareja no podrá ser nunca alguien que, todavía a estas alturas de la película, antes de entrar en un sitio de ambiente, mira si hay moros en la costa, que le cuesta reconocer ante la gente como es y al que los demás no van a aceptar nunca, pues él es el primero que no lo hace del todo.

De nuevo el sonido del silencio vuelve a reinar en el interior del coche, cabecea en señal de desconcierto y me dice:

—La cierto es que he sido un idiota por pretender recomenzar algo que ya estaba apagado, menos mal que me conoces mejor que nadie y has sabido meter un poquito de sensatez en toda esta locura.

—Tú sabes lo que yo me metía ahora mismo en el cuerpo.

—¿Qué?

—Un cafelito bien cargado.

—Dicen que es muy bueno para la resaca.

Curiosamente, toda la ira y resentimiento que llevaba dentro se ha esfumado. Sé que lo mismo no debía haber sido tan borde, sin embargo, me enseñaron que más vale una vez colorado que cincuenta amarillos. A pesar de nuestro desastroso pasado, Mariano es el mejor amigo que se puede tener y me aventuro a concluir que nuestra charla le ha hecho más bien que mal.

De camino a la cafetería de la estación de servicio, compruebo que hay como siete u ocho camiones aparcados. Curiosamente todos son de la firma “Familia Garraio Echevarren”. Unos recuerdos de juventud vienen a mi memoria y fantaseo con una pequeña maldad.

Continuará en: “Ocho camioneros vascos”.

Acabas de leer:

Sexo en Galicia

Episodio XXI: Somos lo que somos

(Relato que es continuación de “La fuerza del destino”)

Como siempre digo: muchas gracias por leerme y espero que te haya gustado la vuelta de esta saga que llevaba bastante tiempo parada. Hazme saber que te ha parecido, tanto con tus comentarios como a través del e-mail que lo tengo visible para lo mismo.

Si desconocías la historia y quieres conocer más de ella, hace unos días publiqué una guía de lectura titulada “Sexo en Galicia: Dos en la carretera”.

Si te quedas con más ganas de leer cosas mías (conozco un par de casos en que ha sucedido);D. Tengo una guía completa publicada del resto de las series: Guía de lectura 2.015.

Paso a responder los comentarios dejado en los últimos quince días: A Tragapollas Manchego: Lo que dices no entender, es el problema que existe con publicar una saga tan larga como esta, que al final el sentido que se le quiere dar se difumina. Su primer cambio se explicó en “Perdiendo mi religión”(la famosa “fiestecita” de los tres policías en el piso de Rodrigo), el segundo cambio en la sauna en el episodio “La ética de la dominación” . De todas maneras, donde creo que queda claro es en “De amor se puede vivir”, donde se cuenta lo mismo desde el punto de vista de Ramón. A reque21: Pues me parece que tengo que darte una mala noticia, la historia de Ramón y Mariano una vez finalice la actual saga de “Me llamo Ramón y follo un montón”( a la cual le quedan dos capítulos) dejaré descansar a Ramón una temporada (Mariano saldrá con JJ tanto en la historia de los Caños, como en esta de Galicia, pero Ramón con no); A Gable: Hombre lo de Ramón y Mariano, más que un Santo Samtorum de Todo Relatos es una de las sagas que más tiempo lleva en TR (comenzó en Agosto del 2.012). A ver cuánto tiempo tardó en terminar lo que me queda (me está costando la propia vida). En cuanto a los súper poderes de Ramón, ¡no sabes lo que me he reído! Se me tiene que haber quedado la misma cara que al director de las películas de romanos cuando ve en el montaje final que uno de los gladiadores lleva un reloj. No sé qué me ha pasado, pero es un despiste de los gordos; A Karl:¡Que bueno leerte de nuevo por aquí! Se te ha echado de menos. En lo referente a la historia de Ramón con Mariano queda ya poco y espero que te guste. En cuanto a Sexo en Galicia, la historia que comienza con este episodio creo que te puede gustar mucho, es un poquito bestia y bastante guarra. Si soy capaz de plasmar lo que tengo en mente, puede levantar muchas astas. Ja, ja, ja .; A Pepitoyfrancisquito: La verdad es que el veintiuno de agosto se está haciendo excesivamente largo (ahora me he ido al quince de agosto de dos años antes), de todos modos os pido un poco de paciencia porque ya queda poco. No obstante, no os quejéis mucho porque en vuestra historia os tengo en el mes de abril (unas semanas más tarde de la Semana Santa) y ya os he vuelto a poner juntos. Yo creo que lo de los rayos X viene con el tamaño de la cosota, por lo que más seguro que el negro del WhatsApp vea a través de dos o tres edificios (Pepito la ha visto y ha llegado a la conclusión que la del Genaro era muy grande, pero no era una churra de negro como decía la Jacinta); a mmj: Como he dicho más para arriba, lo de Ramón lo he venido preparando desde muy largo tiempo. Cuando vuelva (que volverá) seguiré insistiendo sobre esa faceta suya que como bien has dicho roza la depravación. En cuanto al episodio de hoy, espero que te haya gustado; a Arismendi: Me alegro que te haya gustado, mi idea era intentar contar un momento sexual muy fuerte, donde aunque el cuerpo goza al máximo, la mente no lo hace tanto. Lo de republicarlo ha sido, porque voy a retomar (para un episodio suelto) el personaje de Paloma, me dio por ver que había hecho con él y vi que como historia suelta tenía otra oportunidad; a Fran: He visto tu nombre por ahí, pero la verdad es que el poco tiempo que tengo se lo dedico a escribir. A ver si saco un rato, leo algo tuyo y te digo algo. En cuanto a los “Ocho pollones Vascos” no lo puedo considerar un plagio, pues quien ya está plagiando a la famosa película soy yo. Espero que cuando publique la historia te guste tanto como los títulos; A The crow: La verdad es que la “promoción” ha ido estupendamente (tanto la guía como los relatos han tenido un buen número de visita), lo hice porque como retomaba la historia después de tanto tiempo, creí oportuno recordar por donde iba la historia y a Younger: Conmigo puedes hablar a través de mi correo privado que está visible y no, no soy de Galicia. Soy andaluz.

Volveré en unos quince días con un episodio especial de “Historias de un follador enamoradizo”, protagonizado por Rodrigo y que llevará el título de “Violado por su tío”. No me falten.

Hasta entonces, procurad ser felices.

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