Swingers

Cinco años. Ese es el tiempo que llevaba sin ver a mi niña. Hacía siete que cumplió los 18 y se fue a Londres a estudiar y de paso aprender el idioma. Allí la captó una empresa local e inmediatamente empezó a trabajar para ellos. Durante su época de estudios, especialmente los primeros meses, nos veíamos con mucha frecuencia. Alguna vez fuimos mi mujer y yo a visitarla, aunque casi siempre era ella quien bajaba a vernos, debido en parte a nuestro completo desconocimiento del idioma y en parte a la aversión que tiene mi mujer a volar. Pero desde que empezó a trabajar estaba cada vez más ocupada y tenía menos tiempo para venir a vernos. Empezamos a utilizar Internet para comunicarnos, aunque esto también cada vez menos, ya que mi mujer y yo somos un desastre con los ordenadores. Así que nos fuimos distanciando y nuestra relación se basaba últimamente en un intercambio esporádico de e-mails.

Por eso nuestra sorpresa fue enorme cuando un día sonó el teléfono y resultó ser ella, que llamaba desde Londres para decirnos que esa Navidad vendría a pasar la Nochevieja y unos días más a casa. Los dos nos volvimos locos de contentos, pero sobre todo yo. Mi relación con ella siempre fue muy especial y estábamos muy unidos. Su nacimiento fue como un milagro, ya que a mi mujer y a mí nos habían dicho que nunca podríamos tener hijos. Y no por culpa de uno, sino de los dos. Así que cuando un día nos comunicaron que mi mujer estaba embarazada la alegría fue enorme. Por supuesto fue hija única (los milagros sólo se producen una vez en la vida) y siempre la tuvimos muy mimada.

Pero nuestra alegría por su visita se vio reducida unos días antes de su llegada. Cuando se aproximaba el día 31 y teníamos todo preparado (iba a ser una gran fiesta familiar), nos llamó de nuevo y nos dijo que finalmente no iba a poder recibir el año con nosotros. No obstante, vendría al día siguiente a comer en Año Nuevo y seguía en pie lo de quedarse unos días. Y a cambio, nos dijo, nos traía una sorpresa. Al final sólo eran unas horas menos lo que iba a estar con nosotros, pero realmente nos hacía mucha ilusión pasar esa noche con ella.

Tras la decepción inicial, mi mujer y yo empezamos a pensar en un plan alternativo para esa noche. Nos habíamos hecho a la idea de recibir el año de una forma muy especial y esa iba a seguir siendo la idea. Sólo que esta vez el plan era para dos en lugar de para tres. Y, tratándose de nosotros dos, estaba claro que el sexo tenía que ser protagonista. Mi mujer y yo somos muy activos. Ambos estamos bastante bien para nuestra edad, nos conservamos en muy buena forma y nuestras relaciones son realmente excelentes. Y, tras pensarlo un rato, decidimos que esa noche iríamos a un club de intercambio de parejas. No era la primera vez que íbamos a ir a uno, ya que nos encantan los juegos de todo tipo y el sexo con desconocidos es uno de nuestros favoritos. Somos asiduos de los clubs de intercambio y también nos gusta salir a conocer gente y tener sexo con otras parejas, ya sea haciendo un intercambio, sexo entre cuatro, o un trío si a quien conocemos es un chico o una chica solos. A veces, si no logramos conocer a nadie esa noche y estamos realmente calientes, contratamos los servicios de una prostituta para follárnosla entre los dos. Incluso una vez contratamos a un transexual. Y, aunque esa es otra historia, debo reconocer que fue una experiencia increíble para los dos.

Para la Nochevieja decidimos probar un club de intercambio que acababan de abrir y del que nos habían hablado muy bien, pero que hasta entonces nunca habíamos probado. Y justo esa noche habían organizado una fiesta especial de fin de año. Iba a ser como un baile de máscaras. Todos íbamos a tener las caras cubiertas por una especie de pasamontañas de tela, como los de esos luchadores de lucha libre mexicanos, de manera que de cuello para arriba sólo se iba a ver los ojos y la boca de cada persona. Esa máscara era la única prenda permitida, por lo que todos iríamos desnudos. Y estaba prohibido hablar con el resto de parejas. La idea era que a medida que avanzara la noche todos nos acabáramos mezclando y follando todos con todos, indiscriminadamente, mientras el cuerpo aguantase, sin saber en ningún momento si follabas dos veces con una misma persona o incluso acababas follándote a tu propia pareja pudiendo no saber que era ella. Hay que recordar que era una fiesta de Nochevieja y por supuesto el cava y las copas estaban incluidos, de manera que la libido fuera creciendo y la agudeza de los sentidos decreciendo a medida que avanzara la noche.

El planteamiento estaba muy bien. Era muy morboso y muy excitante. Y evitaba situaciones que habíamos vivido en otros clubes donde las parejas más agraciadas eran lógicamente las que más éxito tenían. No es que mi mujer y yo tuviéramos demasiados problemas para encontrar pareja, pero la máscara seguramente a nosotros nos beneficiaría aún más. Como he dicho, nos conservamos muy bien. Y mi mujer tiene un cuerpo muy deseable, con unos pechos generosos y un culo que aún llama la atención de muchos hombres por la calle. Por mi parte, yo creo que estoy bastante bien físicamente y mi polla tiene un tamaño más que aceptable, unos dos o tres dedos superior a la media. La única pega, por poner alguna, era que yo sí iba a saber en todo momento si me estaba follando a mi mujer independientemente de nuestro estado de embriaguez, y es que ambos tenemos unos tatuajes análogos justo encima de nuestros sexos: ella tiene un yin sobre su coño y yo un yang sobre mi polla. Nos gusta pensar que así el sexo es más completo e intenso. En cualquier caso, no sería en absoluto un problema follar con ella esa noche, y de hecho teníamos pensado hacerlo. El sexo con desconocidos es genial, pero con mi mujer siempre ha sido especial y más intenso que con nadie más. Y en el club no pusieron demasiadas pegas a nuestros tatuajes, ya que sólo quien nos hubiera visto desnudos alguna vez podría asociarlos con nosotros. Y como al final este mundillo no es tan extenso, lo más probable era que varios de los invitados hubiéramos follado ya al menos una vez con varios los demás, y pudiéramos acabar reconociéndonos de alguna de esas otras formas que sólo el haber compartido un encuentro sexual te proporciona.

Finalmente llegó el día 31. Cenamos en casa solos mi mujer y yo viendo la tele y charlando sobre las ganas que teníamos de ir a la fiesta y de lo bien que lo íbamos a pasar. A las doce tomamos las uvas, brindamos, nos abrazamos y nos besamos para celebrar el nuevo año. El alcohol de la cena, el beso y el roce del abrazo hicieron que subiera la temperatura y nos excitáramos un poco. Siempre me pasa cuando noto los pechos de mi mujer contra mi propio pecho. Especialmente cuando está excitada y siento sus pezones duros clavarse en mi piel, como pasó en ese abrazo. Así que empecé a acariciarla, empezando por la espalda, el cuello y bajando a su cintura y agarrando su generoso culo. Al apretárselo contra mí debió notar mi erección, porque noté cómo sonreía y gemía en mi boca. Enseguida bajó una mano desde mi cuello hasta mi entrepierna y empezó a acariciarme la polla. Yo hice lo mismo con sus pechos, estrujándolos y pellizcando sus pezones.

Cada vez estábamos más calientes. Sabíamos que teníamos que irnos, pero no podíamos parar de acariciarnos y besarnos. De vez en cuando uno de los dos decía “tenemos que irnos” y el otro contestaba “sí, enseguida nos vamos…” y seguíamos abrazados. Cuando el calentón empezaba a ser insoportable saqué uno de sus pechos y empecé a besarlo. Lo fui lamiendo y besando por completo acercándome a la enorme aureola. Cuando llegué allí jugueteé un rato con la lengua contra el pezón, notando lo grande que era y lo duro que estaba. Lo atrapé entre mis labios y empecé a succionarlo con fuerza y a morderlo, mientras con la mano le estrujaba el pecho. Mi mujer no paraba de gemir y seguía acariciándome la polla por encima del pantalón, cada vez con más ganas, mientras con la otra mano acariciaba mi pelo mientras yo disfrutaba con su pezón. Se notaba que estaba muy excitada.

En un arrebato me agarró la cabeza y me la separó de su pecho, me miró a los ojos con una mirada vidriosa cargada de lujuria y deseo, y me besó con fuerza. Fue un beso intenso pero corto, ya que enseguida se dejó caer de rodillas y, abriéndome la cremallera con tanto ímpetu que casi me la arranca, me sacó la polla y empezó a chupármela. Se la metió entera en la boca y fue recorriéndola arriba y abajo con la lengua mientras succionaba. Su cabeza subía y bajaba rápidamente porque la mamada era frenética. Su pelo se agitaba como en un huracán. Sin duda mi mujer es una de las mejores mamadoras que he conocido en mi vida, y gracias a nuestras aficiones puedo afirmar que he conocido a bastantes. Así pues, no tardé mucho en correrme. Ella no paró de chupar en ningún momento. Si acaso, tras notar cómo mi corrida le llenaba la boca, bajó un poco el ritmo de la mamada, dedicándose ahora a relamer toda la corrida de mi polla.

Cuando mi erección fue perdiendo intensidad ella finalmente se sacó mi polla de la boca. Me la pajeó durante un rato con suavidad y noté cómo mientras tanto iba tragándose toda mi corrida. Cuando acabó y yo pude recuperar el aliento la levanté y la besé con pasión. Entonces le dije que ahora me tocaba a mí, pero ella negó con la cabeza. Me dijo que necesitábamos una ducha antes de irnos y que si acaso en la ducha ya arreglaríamos cuentas. Y así fue. Nos duchamos juntos y, como siempre, nos enjabonamos acariciándonos mutuamente. Solo que esta vez yo me tomé mi tiempo y fui besando todo su cuerpo a la vez que lo enjabonaba, hasta llegar a sus piernas. Las acaricié desde arriba hasta abajo y luego volví a subir, esta vez recorriéndolas a la vez con mi lengua. Hasta que llegué a su coño, que besé y lamí con ganas. Dediqué varios besos especialmente a su tatuaje del yin porque es algo que a los dos nos excita mucho. Y luego metí mi lengua entre sus labios y empecé a lamerlos. Cuando se abrieron introduje mis dedos en su coño y empecé a juguetear con la punta de mi lengua, buscando su clítoris. Al encontrarlo lo lamí y lo atrapé entre mis labios, succionando y lamiendo mientras seguía follándomela con los dedos. Ella gritaba de placer y agarraba mi cabeza con fuerza, clavándome los dedos y las uñas. Seguí lamiendo y chupando hasta que noté cómo su cuerpo se tensaba y se agitaba, mientras sus dedos se clavaban aún más fuerte en mi cabeza. Ella aulló de placer mientras duró su orgasmo.

Cuando acabó me incorporé, nos besamos y terminamos de asearnos. Sin duda ambos queríamos más, pero teníamos que dejar algo para la fiesta. Así pues, nos vestimos y salimos hacia el nuevo local. Al llegar allí vimos que en la puerta había un hombre que hacía las veces de portero y de relaciones públicas. Nos indicó que ya había bastantes invitados dentro, aunque la fiesta había empezado hacía poco, y nos explicó las normas. Como sabíamos, todos iríamos con la cabeza tapada y estaba prohibido hablar con el resto de invitados. Al entrar debíamos dirigirnos a alguno de los camerinos habilitados y elegir una taquilla libre. Nos quitaríamos la ropa y la dejaríamos allí guardada, poniéndonos las máscaras que encontraríamos en la propia taquilla. Una vez listos, podríamos acceder al salón principal donde se celebraba la fiesta. Esta vez no habría salas privadas, ya que eran las que se habían usado como camerinos. Además, la idea de la fiesta era que todos estuviéramos juntos para poder cambiar de pareja en todo momento. Incluso, según nos comentó, era posible el sexo en grupo (dos, tres o más) si todos los implicados estaban de acuerdo. Es decir, podías acercarte a una pareja o un grupo que ya estuviera follando y unirte, si ellos te aceptaban y no te indicaban lo contrario. Siempre sin hablar, claro está.

Cuando finalmente accedimos al salón nos quedamos asombrados. Era bastante grande y de hecho había ya bastantes parejas. Como había dicho el portero, la fiesta debía haber empezado hacía poco, porque de momento estaban casi todos tomando alguna copa o brindando y aún parecían estar las parejas iniciales juntas. Había sofás muy amplios por todo el borde del salón y una mesa con todo tipo de bebidas en el centro, donde un par de camareros (vestidos y sin máscara, con lo cual dejaban claro que no participaban en la fiesta) iban reponiendo las que se consumían. De fondo se oía una música que evitaba el silencio incómodo que parecía envolver ese principio de fiesta. Aunque no estaba lo bastante alta como para que no se oyeran los previsibles gemidos y gritos de placer que a buen seguro acabarían inundando el salón. Muchas parejas estaban rodeando esta mesa central y apurando sus bebidas. Algunos estaban sentados en los sofás. Sólo unos pocos se acariciaban y besaban, y tan sólo dos parejas habían pasado ya a la acción. Estaban en una esquina al fondo y mientras una chica le comía la polla de rodillas a un chico que estaba de pie frente a ella, su pareja estaba al lado devorándole el coño a la pareja del otro chico que estaba tumbada en un sofá con las piernas abiertas apoyadas en sus hombros.

Al entrar notamos cómo todas las miradas se centraban en nosotros. Algo lógico, ya que todos querían conocer a los recién incorporados para ir eligiendo su primera pareja de la noche. Nos dirigimos a la mesa central a por unas copas de champán con las que brindar y aproveché para echar un vistazo rápido a los invitados. Había gente de todo tipo: jóvenes, no tan jóvenes, maduros e incluso una pareja ya bien entrada en años. Sin duda sería muy excitante ver a esta última pareja follando con un par de jovencitos. Es más, aunque nosotros no éramos precisamente jovencitos y yo no me veía follando con una mujer tan mayor, la idea de ver cómo mi mujer se follaba a un hombre mayor desconocido hasta extenuarlo me produjo un escalofrío de placer. Agarré su codo y le señalé a la pareja de ancianos con la cabeza. Ella se giró a mirarlos y luego se volvió de nuevo hacia mí, con una mirada extraña en los ojos. Había confusión y sorpresa en ellos, pero también diversión. Acercó su boca a mi oído y me susurró:

―¿Te apetece follarte a esa vieja?

Recordando las normas que prohibían hablar miré alarmado al camarero que estaba más cerca de nosotros. Él me miró sonriendo y con un gesto de la cabeza me indicó que no pasaba nada. Así que deduje que las conversaciones entre la propia pareja sí estaban permitidas, aunque supuse que debían ser escasas y en voz baja, por lo que le contesté:

―No, en realidad me apetece mucho ver cómo tú te follas a su marido. Salvajemente.

―Mmmm. Sí, ¿por qué no? Luego, quizás. ¿Y qué te parecen esos?

Y me señaló a una pareja sentada en uno de los sofás. Ambos estaban solos y miraban atentamente a su alrededor mientras tomaban una copa cada uno, sin duda eligiendo ellos también a su primera pareja. Parecían bastante jóvenes, aunque no se les veía para nada nerviosos. Se notaba que debían tener ya cierta experiencia en los intercambios. Aunque estaban sentados pude observar que él era bastante grande y muy corpulento, con unos brazos enormes y unos pectorales bastante anchos. Muy fuerte pero con los músculos no demasiado marcados, más como un camionero que como un culturista, por hacer un símil. Ella, en cambio, era delgada y parecía más baja que él. Tenía el pelo muy largo y sobresalía mucho por debajo de su máscara. Sus pechos eran pequeños pero redondos y firmes, como manzanas. ¡Bendita juventud! Las aureolas eran pequeñas y también sus pezones.

―¡Ese sí que me apetece que me folle salvajemente!

Me reí ante el comentario de mi mujer. Y sobre todo por la lascivia y el ímpetu con que lo dijo. La besé ligeramente en los labios y comenté:

―Pero ella parece muy frágil. Lo mismo se me rompe. Sigamos buscando.

Como ya he dicho, parecía haber gente de todo tipo. Y era fácil localizar posibles objetivos muy apetecibles: una jovencita con un culito pequeño y muy respingón y con unos pechos enormes; algunas maduras con cuerpos muy bien cuidados y más que deseables; una chica aparentemente latina, mulata, de caderas anchas, pechos enormes y un culo aún más enorme; incluso una mujer más bien bajita, que a pesar de estar rellenita era tremendamente sexy, con unas curvas deliciosas y unos movimientos muy sensuales. Vi que mi mujer también analizaba a los chicos con mucho interés y traté de localizar a aquellos en los que más se centraba. Por lo general, como es lógico, eran altos, fornidos y con buenas pollas. Aunque también vi cómo miraba a un hombre maduro de estatura media, con algo de sobrepeso sobre todo en el vientre, con melena rubia ondulada cayendo sobre sus hombros. Estaba de pie y pude ver que su polla no era gran cosa. Imaginé que lo que le llamó la atención a mi mujer fue su pelo. Y sabía que el que no tuviera una polla enorme no era tampoco un problema. En nuestros numerosos intercambios la había visto disfrutar con pollas de todos los tamaños. Incluso una vez me pidió probar a un hombre con una polla muy pequeña, casi minúscula, por el morbo que le daba averiguar qué se sentía. Después aquel hombre nos confesó, para nuestra sorpresa, que solía tener bastante éxito precisamente por eso. Aunque, eso sí, casi ninguna solía repetir con él tras la primera vez. Su pareja era una mujer muy bajita, apenas metro y medio, pero con muy buen cuerpo. Decía que al ser tan pequeña ese era el tamaño de polla ideal para ella. Sin embargo, cuando tuvo la mía dentro no paró de gritar y pedirme que se la clavara más adentro.

Tras la primera exploración decidimos sentarnos y esperar a ver qué pasaba. Si entraba alguna nueva pareja que nos apeteciera realmente a ambos iríamos juntos a por ellos. Si no, o bien nos poníamos de acuerdo sobre alguna de las parejas que nos apeteciera a los dos o bien nos iríamos cada uno por nuestro lado. La mulata y la rellenita me vinieron inmediatamente a la cabeza. Eché un vistazo rápido por el salón para volver a localizarlas y ver si seguían disponibles, ya que las parejas poco a poco se iban animando a empezar la fiesta. Mis ojos se pararon en la pareja de jóvenes que me indicó mi mujer al principio. Concretamente con los de la chica. Me di cuenta de que miraba fijamente hacia nosotros y mi mirada se cruzó con la suya. A pesar de la distancia y la máscara, juraría que me dedicó una sonrisa pícara. Por si acaso, le lancé yo otra y seguí buscando a mis otras dos candidatas. Encontré a la rellenita y me dediqué a observarla mientras se desplazaba por el salón con su pareja, disfrutando de su sensualidad y sintiéndome cada vez más convencido de que tenía que ser con ella con quien empezara mi fiesta de fin de año.

Entonces noté cómo mi mujer me agarraba del brazo, señalando con la cabeza hacia el lado opuesto del salón. Al mirar en esa dirección vi cómo la pareja de jóvenes hablaba entre ellos al oído. Más bien era ella quien hablaba en la oreja de él mientras miraba de reojo hacia nosotros. Mi mujer también se acercó a susurrar en mi oído:

―Creo que ya tenemos pareja…

Efectivamente. El chico miró hacia nosotros siguiendo la mirada de la chica. Nos observó unos instantes y luego asintió con la cabeza. En ese momento ambos se levantaron y se dirigieron hacia nosotros. Una vez de pie pude por fin observarlos sin problemas mientras se acercaban. Ella era delgada, alta y de constitución muy fibrosa, casi como una modelo, aunque marcaba algo más de músculo y bastante menos hueso que ellas. Sus pechos, como ya había podido ver antes, eran como manzanas. Tenía los pezones rosaditos, duros y respingones. El culo parecía ser también duro y prieto. Pequeño pero respingón. Y tenía el pelo larguísimo. Le caía por la espalda hasta más allá de la mitad. Era muy moreno, casi negro, y muy fino. Me recordó a los anuncios de champú que echan por la tele. Andaba de forma muy sensual, contoneando las caderas mientras el pelo se le movía de lado a lado suavemente. Pensé que, una vez observada con detenimiento, era una muy buena opción para empezar a noche.

Pero, si ella estaba bien, lo del chico era impresionante. No soy gay, ni bisexual, ni me gustan los hombres en absoluto. En cambio no pude evitar fascinarme con aquel muchacho. Era enorme. Debía medir casi dos metros de altura. Y era muy robusto. Se le adivinaba una fuerza descomunal en cada uno de sus músculos: brazos, piernas, espalda, pecho,… Todo en él era enorme. Y, cuando digo todo, me refiero a todo. Como ya he comentado, mi polla está por encima de la media. Y aun así, lo que tenía aquel muchacho entre las piernas la superaba con creces. Estando en reposo como parecía estar, ya que se bamboleaba suelta de lado a lado, chocando contra sus muslos, era casi tan larga y tan gruesa como la mía en erección. Me costaba imaginar cómo aquel coloso podía follarse con semejante aparato a la chica que venía a su lado sin partirla por la mitad. Parecerían un elefante follándose a una gacela.

Al llegar a nuestra altura se quedaron de pie frente a nosotros, esperando nuestra reacción. Vi cómo, a mi derecha, mi mujer no podía apartar los ojos de aquella polla enorme que colgaba a escasos metros de su cara. Se echó sobre mí y acercó su boca a mi oído.

―Quiero que me folle. ¡Necesito que me folle! ¡Por favor!

La entendí perfectamente. En su lugar yo sentiría lo mismo. Así que les miré y asentí con la cabeza. La chica sonrió y se sentó a mi derecha, entre mi mujer y yo. El chico hizo ademán de sentarse junto a ella, pero mi mujer no le dejó: en cuanto vio que la cosa iba adelante se abalanzó sobre su polla. Se la tragó entera de una vez y empezó a succionar. Pude imaginar su lengua lamiéndola y ensalivándola por completo. Mientras tanto, iba recorriendo el cuerpo del chico con sus manos acariciando cada centímetro de su piel.

La chica y yo nos quedamos un momento mirando, asombrados por esa reacción tan acalorada. Enseguida ella se giró de nuevo hacia mí y, sin más preámbulos, se me echó encima. Abrazada a mi cuello, apretó sus labios contra los míos con fuerza e introdujo su lengua en mi boca, recorriendo cada rincón. Esto me pilló un poco por sorpresa, ya que en este tipo de intercambios los besos no son demasiado frecuentes, y sobre todo besos tan apasionados, así que tardé unos instantes en reaccionar. Ella, mientras tanto, encontró mi lengua y se dedicó a lamerla con fuerza. Sus brazos estaban abrazados con fuerza a mi nuca y su cara y su boca se retorcían contra mis labios. Cuando me recuperé de la sorpresa le devolví el abrazo y empecé yo también a besarla a ella con pasión y deseo. Su cuerpo se apretaba contra el mío. Noté sus pequeños pero duros pechos restregándose contra mi pecho. Su muslo se apretaba contra el mío. Su larga melena colgando sobre mi vientre.

Estuvimos besándonos un rato largo, ya que ella parecía no querer dejar de hacerlo nunca. Entonces deslizó una mano por mis hombros hacia mi pecho, el vientre y finalmente mi muslo. Lo acarició con las uñas y subió hasta agarrarme la polla, cerrando el pulgar y el índice contra la base, justo encima de los huevos, y los demás dedos en torno al resto de mi polla. Así empezó a masturbarme. Suavemente al principio y cada vez con más fuerza, a medida que mi polla se iba endureciendo. Empujaba hasta que su dedo índice golpeaba contra mis huevos y luego tiraba con fuerza para recorrerla entera, hasta que el pulgar alcanzaba mi capullo. Durante todo este rato no dejó de besarme y de contonearse, acariciando mi cuerpo con el suyo, sintiendo yo sus pezones duros clavándose en mi piel. La mano con la que no me estaba masturbando seguía en mi cuello. La llevó hasta mi pecho y lo acarició hasta encontrar un pezón. Lo pellizcó y lo estrujó con los dedos. Entonces por fin separó sus labios de los míos, sacando su lengua de mi boca y dando por terminado un beso que había sido eterno y muy apasionado, hasta el punto de haberme calentado tremendamente. Deslizó su boca por mi cuello, besándolo y mordiéndolo, hasta llegar al pezón que había estado pellizcando. Lo rodeó con los labios y succionó con fuerza. Se dedicó a lamerlo, morderlo y succionarlo mientras me pellizcaba el otro. Así fue alternándose entre uno y otro, sin dejar en ningún momento de masturbarme. Ahora había cogido mi polla con el puño cerrado, como si agarrara una zambomba, masturbándome con rapidez.

Mientras ella se entretenía con mis pezones giré la cabeza para ver cómo le iba a mi mujer, ya que inmerso en el beso de la chica había perdido un poco la noción de la realidad. Vi que ahora el chico se había sentado en el sofá cerca de mí y mi mujer estaba de rodillas entre sus piernas, devorando su polla. Se la metía y la sacaba de la boca con rapidez, acariciando con la mano la parte que iba quedando a la vista. Por supuesto ahora que estaba completamente tiesa no podía metérsela entera en la boca, ya que era enorme, pero con cada embestida de su cabeza lograba tragársela casi por completo, haciendo un sonido ahogado. Algo así como un “gloc”. Se notaba que debía estarle llegando hasta el fondo de la garganta, hasta casi ahogarla por completo. Pero aún así, ella seguía devorándosela con ganas: “gloc, gloc, gloc”.

Volví a centrar mi atención en la chica, que ahora recorría con su lengua mi vientre, jugueteando con mi ombligo. Siguió bajando la cabeza y llegó a mi polla. Al ver mi tatuaje del yang lo besó y se dedicó a lamerlo con la punta de la lengua unos instantes y entonces, por fin, acercó su boca a mi polla y empezó a chupármela. A esas alturas estaba ya dura como una piedra, así que la agarró por la base, la rodeó con sus labios y empezó a lamerla deslizando sus labios y su boca de arriba a abajo. Lo hacía rápidamente, con avidez. Su cabeza subía y bajaba mientras se balanceaba adelante y atrás. Su pelo caía sobre mis muslos y mi vientre provocándome escalofríos de placer. Veía cómo mi polla desaparecía dentro de su boca para reaparecer apenas un instante después completamente húmeda y caliente. Con una mano seguía sujetándomela por la base y con la otra empezó a acariciarme los huevos. Los estrujaba y jugueteaba con ellos entre los dedos. A veces me hacía cosquillas con las uñas en la base del escroto. Mientras, su boca seguía recorriendo toda mi polla, en ocasiones rozándola con los dientes al sacarla, lo que me provocaba un placer tremendo. He de reconocer que era tan buena chupadora como mi mujer. Quizás incluso más, ya que el placer que me provocaba era seguramente el más intenso que haya sentido nunca.

Con los ojos vidriosos por el placer volví a mirar a mi mujer. Seguía de rodillas entre las piernas del muchacho, sólo que ahora tenía sus huevos dentro de la boca. A mí me encanta cuando me hace eso a mí. Se mete los huevos en la boca y juguetea con ellos con la lengua. Luego va metiéndoselos de uno en uno, succionándolos con fuerza. Al chico también debía estar gustándole, porque tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta, gimiendo de placer. Como mi mujer estaba centrada en sus huevos, su polla quedaba completamente a la vista, fuera de la boca de ella. Así que la observé con atención y con asombro. Efectivamente, tal y como me había parecido antes, era descomunal. La tenía apoyada contra el vientre y le llegaba muy por encima del ombligo. Seguramente harían falta dos manos para cubrirla entera, y posiblemente aun así quedara algún centímetro a la vista. Pero no sólo era larga, sino muy gruesa. Llevado por la curiosidad y la excitación que me provocaban la mamada de la chica, ver a mi mujer devorando los huevos del chico y la visión de esa polla gigantesca, llevé mi mano hasta ella y la agarré. Apenas pude cerrar los dedos en torno a ella. Noté sus venas hinchadas entre mis dedos. Estaba resbaladiza, debido sin duda a la saliva de mi mujer. Deslicé mi mano por ella de arriba a abajo. Era increíble todo el recorrido que podía hacer, desde los huevos hasta el capullo. El chico bajó la cabeza y me miró sorprendido. Luego miró a su chica devorando mi polla y volvió a mirarme a mí. Le sonreí levemente intentando decirle que todo estaba bien, que sólo era curiosidad y nada más, que mi intención era, sin ninguna duda, seguir disfrutando de su chica. No sé si me entendió, pero volvió a dejar caer la cabeza contra el sofá y a gemir, mientras ahora mi mujer devoraba sus huevos y yo pajeaba su polla.

Al poco rato mi mujer puso su mano sobre la mía y me apartó suavemente para poder volver a tragarse la polla del chico. Así que yo llevé mis manos a la cabeza de la chica, que seguía comiéndose mi polla con avidez. Ella me miró sin dejar de chupármela y me sonrió, lanzándome una mirada lasciva que me enloqueció. Empezó a deslizar sus manos por mi cuerpo, acariciándome los muslos, el vientre y el pecho. Era demasiado placer. Más del que yo podía aguantar. Noté cómo mi corrida se preparaba para salir. Ella debió notarlo también y se paró, sacándose mi polla de la boca. Besó mi capullo varias veces, luego los huevos y los muslos. Cuando noté que el peligro había pasado y no había riesgo de correrme de momento me relajé y la cogí suavemente por los codos, invitándola a levantarse.

A nuestro lado, mi mujer y el chico habían intercambiado posiciones y ahora era él quién devoraba el coño de ella, de rodillas entre sus piernas. Yo tenía intención de hacer lo mismo con la chica. Sentía que tenía la obligación de devolverle la tremenda mamada que me acababa de hacer. Así que, una vez que se puso en pie, traté de acercar mi boca a su coño para lamerlo. Pero ella me detuvo y me dijo que no con un dedo, moviéndolo lentamente, de forma muy sensual. Se metió un dedo en el coño hasta el fondo y lo sacó completamente húmedo. Me miró a los ojos sonriendo y me lo acercó a los labios. Lo lamí con ganas, disfrutando del sabor de sus jugos. Entendí lo que quería decirme. Ya estaba muy húmeda y lo que quería era pasar directamente a la follada.

Sin dejar de mirarme agarró de nuevo mi polla y se subió al sofá, poniendo sus rodillas una a cada lado de mi cadera. Dirigió mi capullo hasta su coño y lo restregó por él hasta localizar sus labios. Lo puso entre ellos y se dejó caer de golpe sobre mi polla, clavándosela de una vez hasta el fondo. Lanzó un gemido de placer y se quedó así unos instantes, echando la cabeza hacia atrás y agarrándose con las manos al respaldo del sofá, una mano a cada lado de mi cabeza. Yo la agarré de la cintura y empujé aún más mi polla dentro de ella. Tenía una cintura muy estrecha y mis manos la cubrían casi por completo. Notaba su vientre duro y tenso bajo mis dedos. Entonces ella empezó a moverse, subiendo y bajando, con recorridos cada vez más amplios a medida que su coño se iba adaptando a mi polla y ella iba tomando la medida de la misma. Al poco rato me estaba cabalgando con fuerza, subiendo hasta que apenas quedaba mi capullo dentro de su coño y luego dejándose caer contra mis huevos. Yo acompasé mis movimientos a los suyos, echando mis caderas hacia atrás cuando ella subía y empujando hacia arriba cuando se dejaba caer. La compenetración era increíble, al igual que el placer que sentía al notar como toda mi polla rozaba contra las paredes de su coño. Ambos gemíamos sin parar, locos de deseo.

Dediqué una nueva mirada a ver cómo le iba a mi mujer y vi que estaba de rodillas en el sofá junto a mí, mientras el chico la agarraba por las caderas de pie tras ella y se la follaba con fuerza por detrás. Vi cómo los músculos de sus brazos y de su vientre se tensaban cada vez que empujaba contra el coño de mi mujer. Los pechos de ella se bamboleaban con fuerza adelante y atrás. La follada era tremenda y el cuerpo de mi mujer se estremecía con cada embestida. Mientras él apretaba sus labios para darle más fuerza a sus empujes, ella gritaba sin parar, casi aullando de placer, con la boca abierta y los ojos cerrados. Acerqué mi mano a su mejilla y la acaricié por encima de la máscara. Ella abrió los ojos y me miró sin reconocerme al principio. Debía de estar sintiendo un placer tan intenso que había olvidado incluso dónde estaba, centrada sólo en la follada. Cuando por fin me reconoció me sonrió y nos besamos. Sus labios golpeaban mi boca con cada embestida, llegando a hacerme daño por la violencia de las mismas.

La chica seguía cabalgándome sin parar. Todo su cuerpo se tensaba cada vez que proyectaba su coño contra mi polla. El sudor nos cubría a ambos por completo. Llevé mis manos a su culo y lo agarré. No era muy grande, así que pude agarrarlo sin problemas por completo con ambas manos. Estaba duro y los glúteos eran redondos y prietos. Se los abofeteé y estrujé, disfrutando de su piel tersa. Luego llevé mis manos a sus pechos, recogiendo un pecho en cada una. Los magreé y los estrujé, provocando que sus pezones se proyectaran hacia arriba. Entonces fui succionándolos alternativamente, primero uno y luego el otro. Los chupé, lamí, besé y mordí con locura mientras ella seguía follándome. El placer era tan inmenso que, sumado a la mamada anterior, provocaron que no pudiera aguantar más. Noté cómo los espasmos del orgasmo previos a la corrida empezaban a recorrer mi cuerpo para, unos instantes después, descargar todo el contenido de mis huevos dentro de ella. Sentía los chorros de semen caliente brotando de mi capullo. Un chorro, dos, tres,… Ella se dejó caer contra mis huevos para que mi polla quedara entera dentro de su coño y sentir bien mi corrida. Cuando notó que había terminado de correrme retomó el movimiento arriba y abajo, pero esta vez con suavidad, masturbándome con las paredes de su coño, ahora mucho más lubricado con mi corrida. El placer seguía siendo tremendo. Pensé que podría acabar volviéndome loco y perdiendo la razón. Y entonces ella se levantó y volvió a colocarse de rodilla entres mis piernas. Agarró mi polla con la mano y la lamió con ansia, recogiendo con la lengua los restos de mi corrida, mezclados con los de sus propios jugos. Se entretuvo con ella un rato hasta dejarla completamente limpia. Luego me la acarició con suavidad notando cómo iba perdiendo su dureza y besándome de cuando en cuando la punta del capullo.

Mientras recuperaba el aliento miré a mi mujer. El chico seguía follándosela salvajemente y ella gritando sin parar, aullando de vez en cuando, supongo que por los múltiples orgasmos que debía estar provocándole esa follada brutal. De pronto el chico tensó todos sus músculos. Agarró con más fuerza aún a mi mujer por las caderas y tiró de ella hacia él mientras clavaba su polla con violencia hasta el fondo de su coño. Empujó tanto que debió estar a punto de meterle dentro incluso los huevos. Aunque esto lógicamente es imposible, sobre todo por el tamaño que vi que tenían mientras mi mujer se los devoraba: grandes como huevos de gallina. En cualquier caso, el alarido de mi mujer ante esa empalada fue brutal e interminable. El cuerpo del chico se convulsionaba con espasmos de placer mientras descargaba dentro de ella. Mi mujer aullaba y gritaba extasiada.

Estuvieron un rato así, hasta que por fin él se apartó de ella lentamente. Ella se dejó caer en el sofá a mi lado con las piernas abiertas y pude ver cómo de su coño encharcado salía un hilillo de semen. La corrida debió ser tan grande que no pudo retenerla toda dentro de ella. Llevó sus dedos hasta allí y recogió todo el semen que pudo. Se los llevó a la boca y los chupó con ganas, jadeando agotada mientras recuperaba la respiración. Por su parte, la polla del chaval estaba aún apuntando al cielo, llena de la mezcla viscosa que producían su semen y los jugos del coño de mi mujer. Los huevos colgaban fláccidos y vacíos. De la punta de su capullo brotaban aún algunas gotas de semen que resbalaban por su enorme polla. Entonces la chica dejó de acariciar mi polla, ya prácticamente fláccida del todo y se acercó al chico. Se puso de pie a su lado, sacó la lengua y la introdujo con lascivia en la boca de él. Mientras tanto, agarró su polla por la base con el pulgar y el índice y la agitó ligeramente. El chico gimió de placer y ella se puso en cuclillas junto a él y se metió su polla en la boca. Lo hizo de una vez y se la tragó entera. Se notaba que ella sí debía estar acostumbrada a devorar esa monstruosidad. La fue sacando de su boca poco a poco, cerrando los labios en torno a ella de manera que, junto con su lengua, fueran recogiendo todos los jugos que la cubrían. Esta imagen me resultó muy excitante y no pude apartar los ojos de ella, disfrutando de la limpieza de polla que esa chica tan caliente y tan sexy estaba realizando con el rabo enorme de su chico, impregnado con los flujos del deseo y las corridas de mi mujer. Su boca recorriendo esa polla interminable mientras su mano estrujaba los huevos para exprimirlos hasta la última gota.

En un momento dado, debido a la postura de la chica, su cabello cayó de lado tapándome la visión por lo larga y tupida que era su melena. El chico debió notar mi decepción porque rápidamente se lo agarró con la mano y lo apartó a un lado para que yo pudiera seguir disfrutando del espectáculo. Mi mujer, ya empezando a recuperarse, puso una mano en mi vientre y se dedicó a acariciarme. Yo hice lo mismo con sus pechos, sin dejar de mirar a la chica, y bajé hasta su coño. Metí dos dedos dentro y me dediqué a acariciarla, notando lo húmedo y caliente que estaba. Y dilatado. Nunca lo había visto tan dado de sí, así que metí otro dedo más. Ella bajó a mi polla y me la acarició con ternura, así como los huevos. Disfrutamos de estas caricias mientras observamos a la chica terminar la limpieza. Cuando por fin acabó se incorporó y se acercó a mi mujer y a mí. Nos dio un beso en los labios a cada uno, recreándose un poco más en mí, apoyando sus manos en mis mejillas. Luego llegó el turno del chico, que se acercó a mí y me tendió la mano. Se la estreché con fuerza mientras inclinaba la cabeza ligeramente, transmitiéndole mi gratitud y mi reconocimiento por todo: su gran polla, el polvo descomunal que le había echado a mi mujer y, sobre todo, por haberme permitido disfrutar de una chica tan sexy y tan caliente como la suya. Luego se dirigió a mi mujer. Le dio un beso en la boca y ella le correspondió, agarrándole de la nuca con una mano. Con la otra agarró su polla, que ahora colgaba fláccida y enorme entre sus grandes muslos. Se la masajeó un par de veces mientras le besaba, luego separó su boca de la de él sin soltarle la polla, impidiendo que se incorporara, apoyó sus labios contra el enorme capullo y le dio un beso largo y húmedo. Él sonrió y cuando mi mujer por fin le soltó se dieron la vuelta y se perdieron entre la gente, que ahora ya sí parecían estar todos disfrutando de la fiesta, que por otro lado ya estaba abarrotada.

Mi mujer y yo nos quedamos un rato más en el sofá recuperándonos y recordando las folladas tan increíbles que acabábamos de tener. Nos besamos y nos acariciamos un rato. Luego, sin necesidad de hablar entre nosotros, decidimos que debíamos irnos a casa. Era imposible que nada superara el polvo que acabábamos de echar y no queríamos que tampoco nada nos quitara ese sabor de boca. No al menos esa noche. Ahora tocaba recordarlo y disfrutar de ello. La mulata tendría que esperar a otro día. También la muchacha rellenita y el matrimonio de ancianos. Así que nos levantamos, fuimos al camerino, nos vestimos y nos dirigimos a casa sin cruzar ni una palabra, sólo recordando y disfrutando.

Al llegar a casa, no obstante, seguíamos muy calientes por lo que acababa de pasar. Así que nos fumis al dormitorio, nos desnudamos y aún echamos dos polvos más antes de dormirnos finalmente. En el primer polvo mi mujer se puso a cuatro patas encima de la cama mientras yo me la follaba por detrás. En el segundo, yo me senté en la cama mientras ella me cabalgaba. En ambos casos los dos teníamos los ojos cerrados durante el tiempo que duraron. Cada uno sabía en quién estaba pensando el otro en ese momento, pero lejos de importarnos nos dio aún más morbo y más placer si cabe.

A la mañana siguiente nos levantamos tarde, rendidos por la noche anterior. Nos fuimos a la ducha para asearnos un poco y empezamos con nuestras caricias y nuestros juegos bajo el agua mientras nos enjabonábamos. Hasta que en un momento dado sonó el timbre de la puerta. Al principio lo ignoramos, calientes como ya estábamos y metidos en faena, cada uno con su mano y sus dedos jugando con el sexo del otro. Entonces mi mujer se apartó de repente de mí y gritó:

―¡La niña! ¡Seguro que es la niña! ¡¡Corre a abrir!!

Era cierto. Con todo lo que había pasado en las últimas horas se me había olvidado que mi pequeña venía ese día a casa a pasar unos días. Así que salí de la ducha, me sequé rápidamente como pude, me puse las zapatillas y me enfundé en el albornoz. Tuve que atármelo holgado para tratar de ocultar la tremenda erección que llevaba. Como ya dije al principio, mi niña y yo teníamos una relación muy especial, pero no tanto como para salir a recibirla después de tanto tiempo con mi polla tiesa y desnuda. Por supuesto que ella nos había visto desnudos muchas veces a su madre y a mí, pero sólo cuando era pequeña.

Al llegar a la puerta la abrí rápidamente mientras sonreía. Pero enseguida mi sonrisa se transformó en una mueca de asombro. Oía la voz de mi hija como si estuviera a kilómetros de distancia, aunque ella estaba casi gritando de la emoción:

―¡Hola papá! ¡Qué alegría veros después de tanto tiempo! Mira, esta es la sorpresa que os prometí. Es mi novio. Es inglés y se llama Howard, aunque yo le llamo Howie.

Dos pensamientos cruzaron mi mente rápidamente, como flashes, mientras mi mirada descendía instintivamente hacia la entrepierna del muchacho: “¡Qué enorme es Howie!” y “¡Cómo le ha crecido el pelo a mi niña en estos años!”

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