¿Te apetecen unos canelones?

Hace tres años, en un reencuentro de antiguos compañeros de instituto, un conocido que nunca fue amigo, me confesó, ayudado por varias ginebras, esta historia personal. Dos años más tarde, sin haber fortalecido la relación, aprovechando un encuentro casual, me invitó a un tapeo. Fue la excusa para suplicarme que, aquello que me había contado, era real y, por tanto, esperaba quedara entre nosotros. Visiblemente avergonzado, decidí equilibrar la situación confesándole mi gusto por el relato erótico y el potencial que su historia tenía….sobre todo porque se trataba de algo 100% verídico. Tras dejarnos nuestros número de móvil y tras varios meses de meditarlo, llamó para pedirme que lo escribiera y publicara, eso sí, sin alargamientos ni enredos. “Tal y como fue. Porque no me gusta leer y me aburriría si la cosa fuera muy enrevesada”. Accedí sin comprender el extraño morbo que mi antiguo compañero sentía al publicitar, con nombre y algunas circunstancias falsas, su experiencia. Cuando se lo pregunté, hace unos días, con otro cortado entre medio, respondió…”Descubrí que me siento feliz y excitado. Seguramente cuando lo lea, marcharé a casa a echarle un polvo a mi señora”. Hoy en día, algo mejor relacionados, son un matrimonio intenso y muy compenetrado.

***

¿Cómo puede uno averiguar una infidelidad?

¿Un mensaje a deshora?

¿Un comportamiento poco habitual?

¿Una mayor obsesión por el acicalamiento?

Bueno todas esas posibilidades, entran dentro del estereotipo habitual.

Pero para mí, la causa fueron unos banales y calóricos canelones.

El 20 de diciembre del 2006 Elisa se preparó para su sexta cena de empresa, con la misma cara de inapetencia que exhibió las cinco previas.

Contaba seis años dejándose el alma en aquella gestoría de copete, encargada de solventarle los mejunjes laborales y fiscales a medio centenar de empresas medias y grandes.

Un oficio bien remunerado pero sin horario, soportando diariamente, un machismo no abierto pero fariseo, latente en esa barbaridad que suponía ascender a tipejos llegados más tarde pero con gomina y chulería hasta en los testículos.

Elisa es eficiente, emprendedora, sufrida y muy entregada.

Una trabajadora impecable, capaz de asumir tareas desconocidas y que ignoraba el significado de la palabra horario.

Por eso resultaba incomprensible aquel desaprovechamiento, manteniéndola allí, en atención directa, cuando por sus cualidades, hubiera podido sonsacarle los trapos sucios hasta al cliente más selecto.

Una injusticia que tan solo llevaba mal, puertas adentro de nuestro matrimonio.

Elisa, en la calle, en el supermercado, en los corrillos de cafetería, en las reuniones familiares, en las clases de zumba o paseando sin prisas era pura afabilidad, sonrisa abierta e incluso abiertamente tímida.

Pero entrando en nuestros noventa metros cuadrados, toda la rasmia e impotencia le supuraba, transformándola en una fiera nerviosa, atrapada y constantemente malhumorada.

Tajante, enervante, poco diplomática, todo lo pedía u ordenaba con un grito, imponiéndose sobre mí de tal forma, que, en ocasiones, escuchándola saludar apenas hacia acto de presencia, veía extinguirse de la sala cada gramo de oxígeno.

Y yo la quería.

Mucho.

La quería porque previamente era un mar de pureza y oportunidades y tan solo fue a partir de su tercer año de gestoría, cuando el carisma comenzó a salirle envenenado.

La quería, insisto.

Y debía hacerlo mucho para soportar sus constantes desplantes y ese deseo por gozarla desnuda que ella transformaba en imposible bajo una asombrosa colección de excusas.

Mi vida transcurriría desde entonces entre mi profesión de Juzgado y mi condición de amo esclavo en propia casa, pues, al disfrutar de mejores horarios, era este ser aplastado quien se encargaba de cocinar, fregar, planchar y hacer las compras, incapaz de consentir que, una Elisa agotada, que rara vez regresaba antes de las siete de la tarde, tuviera que encomendarse a ello.

Pero ella, lejos del agradecimiento, reventaba su amargura a base de criticarlo todo…”la tortilla esta sosa, la tortilla está demasiado salada, veo las marcas del fregado, usas mal el lavavajillas, mi ropa encoje y pica porque no echas suficiente suavizante, mi ropa esta acartonada porque echas mucho suavizante, esta bombilla no tiene potencia, no me gustan los kiwis en mayo, no me gustan los tomates en febrero…”

Mi mujer es un todo.

Y lo era porque aun en esas, la recordaba con la felicidad intensa con que previamente nos amamos, sufriendo por verla injustamente convertida en ogro por eso de poseer tantas y buenas cualidades, y ser apartada por nacer para llevar faldas.

Aquel veinte de diciembre la sentí especialmente de desanimada.

Otra vez a aguantar los chistecitos verdes del jefe – se lamentaba.

Damián, su jefe, era un cuarentón bastante bien conservado, gustoso de exhibir sin recatos su éxito profesional.

Montó aquel gabinete sin avales y en solitario cuando apenas pasaba de la veintena, agenciándose a lo más granado del empresario provincial a base de su indudable capacidad para sociabilizarse y camelar hasta a una monja para que se metiera en el mundo del porno.

Tío alto, nervudo, seguro de sí mismo, algo estirado, algo empalagoso, al que Elisa sostenía en el trato más estrictamente profesional dado que, en palabras propias, “en su casa debe de ser lo siguiente a lo inaguantable”.

Solo en una ocasión tuve la oportunidad de conocerlo cuando topamos en una acera sin posibles requiebros.

Paseaba del brazo de su señora, una fracasada modelo de provincias que le dio dos hijos igualmente modélicos, puro anuncio televisivo que se pavoneaba al paso, saludando como si se tratara de los príncipes en ejercicio.

Damián parecía falso y patético, sin duda fruto de un mundo tan falso y patético donde precisamente por eso, seres como el, encajaban perfectamente.

Venga, tranquila. Vas, cumples, le ríes dos gracias y a las doce te vuelves.

No veo la hora mi amor – contestó, provocando que quisiera besarle el moflete.

¡No idiota, que ya estoy maquillada!

No tienes remedio Elisa – me quejé, por enésima rechazado en un gesto de apoyo.

Media hora más tarde, retrasando el momento para llegar con los aperitivos casi terminados, se despedía de mí.

Que acabe pronto.

Ya verás –esta vez sí, parece que arrepentida por el desaire, me dio una caricia cargada de todo su buen amor, el que paraba tras la nefasta amargura que la dominaba.

Aquella noche echaban el típico debate televisivo insulso sobre presupuestos, corruptelas e imbecilidades políticas.

Lo dejé puesto con el volumen bajo mientras me ponía algo de Heavy del que acumulaba en el disco duro.

Así se hicieron las doce sin apenas sentirlo, con una Elisa todavía desaparecida.

No me preocupé.

Al fin y al cabo, eran muchas las citas obligadas que terminaban siendo algo más agradables y concluían más tarde de lo previsto.

Por deferencia esperé una hora más.

Pero continuaba solo y, con la calefacción apagada, comencé a sentir la necesidad de echarme unas mantas al cuerpo.

Para mi sorpresa, apenas toque el colchón, quedé profundamente dormido.

El tintinear me despertó en lo mejor del sueño.

Eran las llaves de Elisa, reconocibles por un cascabelillo que tenía puesto, antiguo colgante del perrito que le acompañó durante más de quince años y al que aun echaba de menos.

Escuché el abrir torpón, el taconeo descarado, el desconsiderado encender de luces, el respirar profundo de quien no calcula el ruido que está generando y un “Buff que me mareo” que soltó cuando estaba ya a la altura del cuarto de baño.

“Ya se pasó la señora con el dichoso vino” pensé, planeando fingir que continuaba dormido mientras mi esposa cumplía con el ritual de desmaquillarse, echar una sonorísima meadita, ponerse el pijama y echarse a la cama conmigo.

Entre medias entreabrí los ojos para comprobar que eran las cinco cuarenta y cinco y que la luz del sol, no tardaría en colarse por los resquicios mal clausurados de la persiana.

“No se aburrió la niña”.

Intenté volver a dormirme.

Pero Elisa no iba a consentirlo.

Rápidamente, sin dar tiempo a reacción o quejido, abrió las sábanas dejando entrar una fresquera que ágilmente obturó, abalanzándose sobre mí con su cuerpo completamente desnudo.

Apenas diez segundos más tarde, tras dos besos rancios, su boca se apoderaba de mi polla, provocando una erección que ni en tiempos de instituto.

Súbita, imprevista, poderosa, fruto de una mamada plagada de saliva, lúbrica, golosa, insaciable y lujuriosa.

Oooo Elisa amor míoooo ufffff

En cuanto juzgó que estaba lo suficientemente dura, tras apenas dos minutos de magnífico esfuerzo, se montó a horcajadas sobre mí abandonado cuerpo, asiendo el miembro para ubicarlo con destreza justo donde deseaba y empalándose de un solo empentón, que de pura humedad, entró sin obstáculos ni teatros.

Aaaaaaaa – exhaló como el sediento en agosto, tras beber un primer trago de agua fresca.

Y tras tocar con su culo mis muslos, inició un mete saca pletórico, pornográfico, carnal, dominante, de arriba abajo casi dejándola salir entera para, en el preciso segundo, clavársela nuevamente sin piedades.

Aaaa, aaaa, aaaaa

No pude evitarlo.

Duré menos de cinco minutos.

Eyaculé el primer disparo dentro, provocando que, al sentirlo ella se apretara todavía más, hundiendo sus caderas, recibiéndolo todo mientras chillaba un orgasmo que por intenso, le recordaba tan solo de años atrás, cuando tras tres noches de follar en los asientos de atrás de un Volkswagen Passat, comenzamos a considerarnos novios.

Cayó derrumbada, apestando a nicotina y alcohol más atractiva y hembra de lo que nunca se me había representado.

No pregunté.

No lo hice porque del puro relax, quedó profundamente dormida sobre mi pecho y tuve que componerlas para sacar la polla, depositándola dulcemente a mi vera.

Quise abrazarla por la espalda otorgar un gesto cariñoso a algo que había sido brutal, pero puramente sexo.

Eeeee-se quejó echando para tras apartarme la mano – Que no puedo respirar.

“Joder ni en estas deja de ser una borde de primera división”

Fue al intentar cerrar los ojos, al punto de regresar al reino de Morfeo, cuando me vino todo.

“Ostias el condón”

Elisa y yo siempre usábamos preservativo.

Por eso de las contraindicaciones llevaba mal el tema de las pastillas y a mí nunca me reducía un miligramo de placer, el hecho de ponerse gomita antes del evento.

Al día siguiente me levanté internamente preocupado.

No estaba el horno para bollos, la economía para pañales y nuestra relación como para soportar las tensiones de la descendencia.

Me levanté pronto, dejando que durmiera su borrachera.

Llegue al baño para encontrarme la ropa que llevó por la noche arrojada sin recato por todos lados.

“Toca lavadora” – asumí comenzando a recogerla.

Falda, medias, camisa, sujetador, chaquetilla…

La puse.

¿Falta algo?

Caí en la cuenta de que no había encontrado las bragas.

Mire, remiré incluso debajo de la cama o entre las mantas provocando que Elisa esbozara un amago de mandarme al cuerno.

Por ningún lado.

Era raro.

Elisa, tan maniática con todo, sobre todo con el orden y control de sus cosas, no hubiera jamás perdido una prenda tan íntima.

Decidí hacer una prueba.

A la una apareció la protagonista con un careto de ciclista tras Tour de Francia y, para mi sorpresa, se aferró tiernamente a mi espalda mientras doraba unos canelones de atún encebollado.

Me gustaste anoche – dijo.

Vaya te acuerdas. Pues si te acuerdas, sabrás que hiciste tu todo.

Ummmm.

“Algo ha pasado” – reconocía – “A esta, algo le carcome las tripas”.

Algo en su mirada.

Algo en mi manera de recibir aquella carantoña.

Pero sobre todo el hecho de que Elisa no había superado la prueba: cuando tras una cena opípara mi mujer veía una comida espesa y los canelones lo eran, montaba en cólera.

Cena suntuosa significaba dos días de ensalada.

Yo lo sabía e intencionadamente, preparé los canelones para averiguar el porqué de la ausencia de bragas.

Algo le atosigaba la conciencia.

Algo que la llevaba a no estallar.

Y ese algo, debía de ser averiguado.

Pero, mientras tanto, tendría que esperar con cautela una oportunidad para averiguarlo todo.

El día doce de enero del dos mil siete Elisa fue nombrada jefa del departamento de pleitos.

La alegría y su celebración fueron muy intensas.

El puesto era de altísima responsabilidad pero estaba increíblemente bien pagado.

Trabajaría muchos fines de semana, soportaría larguísimas reuniones de empresa, estaría obligada a reciclarse constantemente en cursos y conferencias.

Pero Elisa alcanzó, por fin, su merecida recompensa.

Fue el inicio de un nuevo periodo en nuestra convivencia, plagado de comprensión, de acaramelamientos, proyectos, jugueteos, diálogo, libertad y sexo, muy buen sexo.

Elisa follaba como le indicaba, probándolo todo sin negativas, pidiéndome todo sin negarse nada, suplicándome que la penetrara casi siempre como una bestia en celo, duro, sin vergüenzas pero, no podía olvidarlo, con un condón entre medias.

Elisa accedió a dejarse follar analmente, accedió a ver y hacer porno casero, accedió a dejarse filmar mientras se masturbaba e incluso, accedió a dejarse entrar por un chico, en un bar de extrarradio sin llegar a más que al flirteo, por el placer morboso que mis ojos sentían contemplando aquel juego desde el otro lado.

Aquella inesperada y deseada felicidad me hizo dudar de mis intenciones por indagar más.

Pero al final, el orgullo o la curiosidad pudieron más que los abrazos nocturnos, los paseos mirándonos con deseo o las cenas que se enfriaban porque nos gustaba hacer de manos bajo la mesa.

Fue un sábado invertido en pasarse la mañana componiendo un recurso que debía de tener finiquitado el lunes a primera hora.

Trabajaba y tecleaba revisando una y otra vez la legalidad vigente hasta que por fin, a las seis en punto de la tarde, dio el visto bueno y, agotada, marchó a relajarse bajo la ducha.

¿Vienes?

No puedo cielo –mentí – Tengo el pollo en el horno – insistí en el embuste con la mirada puesta en su cuenta de correo que se había dejado abierta.

Calculé fechas entre el veinte de diciembre y fecha actual.

Todo protocolario, todos asuntos de convenios, administración y juzgados.

Menos uno, enviado a Damián el ocho de enero bajo el asunto “Aclaremos”.

Cicle consciente de que tal vez aquella noche, terminara sellando la suerte de mi matrimonio tras una larga discusión y una petición de divorcio de la cual, saldría sin duda, malparado.

“Mi marido no sabe nada. Tu mujer tampoco. Ni de lo que pasó conmigo ni de lo que pasó con las otras. Damián no debe repetirse. Lo sabes. Fue el vino y esa manía tuya que tienes de camelarte a todo el mundo. Me pillaste con las defensas muy bajas. Es verdad que hacía mucho que no me ponía tan cachonda, tan loca y desatada. Es verdad que me diste justamente lo que necesitaba; sentirme loca, sentirme deseada, sentir, buf si tu polla vamos a decirlo claro. Y también correrme de aquella manera. Aun me tiemblan las piernas. Pero tuvimos suerte Damián y nadie se enteró entre los compañeros de lo que pasaba en el cuarto de baño. Suerte si, por nuestras respectivas parejas ignoran aquel error. Bueno no se si error. Nunca pensé que sería infiel a alguien que amo tanto la verdad. No soy tu ¿sabes? Para mi podría haber tenido que apechugar con serias consecuencias. Porque menos mal que luego le eché otro polvo a mi marido porque, no sé si te acuerdas, pero follamos a pelo y una no está ahora para barrigas. Te pido por favor que no se repita. Te pido que reconduzcamos esto por el camino estrictamente profesional. Y te pido que, dentro de esa relación laboral, recuerdes lo que hablamos en la mesa….lo de mi ascenso”.

Damián había tardado ocho minutos en enviarle una respuesta.

“Elisa no debes preocuparte por nada. La verdad es que nunca imaginé que terminaríamos teniendo un lío y aunque la verdad, no eres mi tipo, fue un polvo de los más brutales que he echado. Tras tantos años trabajando, no podía imaginarme que calzaras un cuerpo tan elástico y que supieras hacer lo que haces con la boca, je je. Pero tienes razón. Primeramente esto no puede convertirse en nada más que una cena de navidad con postre especial para ambos. Y segundo, te mereces ese ascenso pero no por lo que pasó, sino por lo gran profesional que eres y el abandono al que te he sometido en la Gestoría. No lo olvides. Ahora, eso sí, quiero dártelo como mereces. Quiero que mi despacho huela a lo mismo que olí mientras te devoraba el coño contigo sentada en la taza del baño. A mujer cachonda dispuesta a todo. Dejaré tu nuevo contrato sobre mi mesa a las veinte horas del doce de enero. Y te follaré por última vez después de que estampes tu firma, sobre esa misma mesa. Traeré condones tranquila. Estaremos solos, estaremos bien y luego, cada uno por su camino y trabajando juntos”.

Echando sobre lo leído un recuerdo corrí a por mi teléfono, abriendo temblorosamente el archivo de mensajes guardados.

A mi espalda, Elisa salía desnuda de la ducha, dejando resonar sus pies mojados sobre el entarimado.

Lo guardaba.

Recibido el doce de enero a las veintidós horas y once minutos; “Perdona mi amor. Hoy vuelvo a llegar tarde. Pero conseguí…¿adivinas quién es la nueva jefa del departamento de pleitos?”

¿Qué miras mi cielo? – escuche como se acercaba.

Miro el futuro – apagué la pantalla.

¿Y que ves?

Veo – bajé mi bragueta – Que me la vas a chupar muy duro.

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