Tierra Húmeda: El hijo del jefe

Fernando:

Abrí los ojos, ¿Dónde era que me encontraba? Miré alrededor, no parecía para nada la habitación de un simple jardinero ¡Vaya dilema! Di un largo y cansado bostezo tratando de quitarme la modorra pero esta salió huyendo cuando miré a aquel joven de piel blanca a pocos centímetros de distancia. Me daba la espalda. Como me encontraba recargado en la cabecera de la cama rápidamente me exalté y puse de pie. Ahora recuerdo, lo había tomado encima de mi hombro y lo llevé a su habitación, ¡Vaya! Planeaba esperar a que Sebastián durmiera para así poder salir de puntillas fuera del cuarto pero debió haberme ganado el sueño.

Lo miré por unos segundos, se había puesto una pequeña playera de algodón que le cubría esas marcas. Estaba hecho bolita, que tierno chaval.

Salí de la habitación lo más silencioso que pude, no quería despertarlo y mucho menos que alguien me viera a los alrededores. Justo frente a la puerta de Sebastián el pasillo seguía, con otras dos puertas y un enorme reloj adornando el fondo que daba las 7 de la mañana. ¡Vaya! Ésta casa sí que era enorme.

Bajé casi corriendo. Cuando por fin llegué a mi habitación sentía que el corazón se me salía del pecho. Tomé una ducha rápida, en menos de 20 minutos estaba en la cocina. Isabel me tenía el desayuno listo. Era el único que trabajaba dentro de la casa aunque en la hacienda había mucho más personal. Justo cuando estaba a punto de ponerme de pie para lavar mis manos, lo miré en la sala; era aquel hombre que gritaba y maltrataba al joven anoche.

— ¿Quién es él Isabel? —Me acerque a la mujer cuando coloqué mi plato en los tratos sucios.

— El Sr. Javier. Dueño de la hacienda —Dijo sin tomarle importancia a algo que era más que obvio.

El padre del chico estaba tan sonriente con aquella mujer, parecía como si las cosas de las que fui testigo ayer jamás hubiesen ocurrido. Llevaba una camisa manga larga color azul cielo que hacía un juego perfecto con su sonrisa. Idiota.

Salí lo más rápido a terminar lo que había empezado ayer. Incluso Isabel me informó que era mi día libre. No le hice caso y me dirigí al último balcón que faltaba.

Simplemente no me considero bueno haciendo dos cosas al mismo tiempo, o era trabajar, o era pensar. Definitivamente ahora lo más prudente sería terminar cuanto antes lo que ya debería estar hecho. Bajé, subí, arranqué y sudé como bestia. A las 10 de la mañana tenía todo el resto del día para mí mismo ¿Qué podría hacer? Me gusta mucho montar, ¿Por qué no? Me vino a la mente la idea de tomar un caballo del establo. ¡Ja! Sólo será un rato, y además, si tengo suerte podré encontrar justamente lo que busco.

Pedí las llaves a Isabel para salir a la parte trasera ¡Ja! Era lo más parecido a una granja lo que había tras la casona. Algunos hombres me miraban extraño, tal vez porque en su vida nos habíamos visto. Cerca de las 11 de la mañana me dirigí a los establos con uno de los vaqueros que estaban cerca, me señaló el caballo más dócil para dar un buen paseo. Se llamaba Albóndiga, ¿Enserio? Un mal nombre para un animal. ¿Y si me llegó a perder algún día con ese espécimen? el nombre no me ayudaría mucho cuando me quedara sin algo que comer.

— Bien Albóndiga —Dije en su oreja cuando el hombre se alejó— Vamos a dar un paseo.

Me monté rápidamente acomodándome en la silla, la bestia avanzó calmada y con cara de importarle poco. Vaya que no es bueno juzgar a un libro por su portada, cuando tiré de la soga ¡Corrió como los mil vientos!

………………………

Sebastián:

Tal vez y lo he soñado. Quiero decir, no veo a nadie en está habitación ¿Dormiría acá? Miré alrededor, tomé mis lentes de la mesa de noche; me encorvé en la cama mirando la sabana que cubría mis piernas y llegaba hasta mi cintura. Había un pequeño pañuelo de color rojo con unos pequeños trazos marcados en tono oro. Era de él, lo había visto en su cintura anoche, justo antes de salir de la piscina.

Acerqué mis dedos torpemente, tratando de parparlo sólo un poco. Tal vez y parecía patético, ¿A qué le temía? Es sólo un pedazo de tela, quizá usado para limpiar el sudor de su frente. La puerta se abrió de golpe, tomé el pañuelo rápidamente y lo oculté bajo la almohada. Era Isabel quien entraba a la habitación, confiaba tanto en ella que no le exigía que tocara antes de entrar.

— Mi niño —Llevaba sus manos sobre el delantal— Tu padre te quiere en 20 minutos para el desayuno –Caminó por la habitación y corrió las cortinas. Casi me deja ciego.

Se me cruzó por la cabeza quedarme en cama por otro rato más, pero no era conveniente. Será fácil bajar y fingir el rol principal si es lo que él quiere. Me gustaría ser más fuerte, más capaz.

— Está bien nana, en un momento bajo —Me miró por unos segundos y se acercó para darme un beso en la mejilla.

— Buen día mi corazón —Tomó mis mejillas, las apretó y salió de la habitación recordando que me apresurara.

En cuanto escuché el ruido seco de la puerta golpearse, busqué de nuevo aquel pedazo de tela. Estaba frente a mí, lo tenía entre mis manos, aun en la cama, mirándolo como tremendo estúpido. Tenía que regresarlo, simplemente tenía que hacerlo.

En menos de 15 minutos estaba bajando las escaleras. Se escucha la voz de mi padre muy alegre, unas risas simpáticas le acompañaban. Allí estaban ellos, papá con aquella mujer que trajo consigo.

— Buenos días –Entré con la mirada baja.

— Buenos días campeón —Mi padre me mira.

Sin mucho que decir me senté a dos sillas de él, quedando casi frente a Natalia. Todo transcurría normal, trataba de llevarle la corriente a Javier.

A los pocos minutos se soltaba la charla, nada del otro mundo. Papá presumía los logros de su amado hijo, ¡Como si fuese pura verdad! Simplemente me limité a mirar el tenedor de mi plato, lo movía con las yemas de mis dedos.

— Y dime Sebastián —La mujer me miró sacándome de mis pensamientos— ¿Qué quieres estudiar? Digo, según lo que tu padre me ha dicho, eres excelente para muchas cosas —Miré por unos segundos a papá.

— Quiero estudiar Astronomía, tal vez medicina —Una vez más planté la mirada en el desayuno.

— ¡Vaya! —Ella sonrió— Yo jamás me hubiese visto de astrónoma —Miró a mi padre.

— Ya hemos discutido eso Sebastián —Papá decía de forma seria— Quiero que estudies Derecho como se ha ido haciendo a lo largo de los años —Suspiró.

— No seas así Javier —Natalia le tocó el hombro— El muchacho está apostando por algo interesante, nada más de escuchar la palabra leyes me da sueño —Y una hermosa sonrisa nacarada brotó de su rostro. Me hizo desgranar una sonrisa tímida también.

— Eso no tiene nada de interesante Natalia —Decía sin preocupación papá.

— Todo el mundo quiere ser abogado —Dijo la mujer con tono burlón. Se burlaba de mi padre— He escuchado que hay miles de soles allá afuera, no se diga de que un médico duerme con los muertos ¡Ni loca! Eso es interesante. Además, los abogados siempre mienten…

— No estoy del todo seguro —Mis mejillas estaban ruborizadas— Y aún no quiero saberlo —Miré a papá por el rabillo del ojo— He leído mucho de astronomía, y estoy fascinado —Ajusté mis lentes— Va más allá de los planetas, las estrellas…

— Natalia, ¿Te parece si me acompañas al pueblo? —Interrumpió mi padre— Quiero llevarte a conocer los alrededores —Miró a la mujer por unos segundos y después a mí.

— ¿Ah? —Volteó la cabeza con dirección a mi padre— Javier creo que eso puede esperar por un rato más.

— Tengo que llevar el coche a revisión lo antes posible, no quiero estar toda la tarde metido en el taller Natalia.

— Cierto. —Contestó la mujer después de unos segundos de meditación— Pero… Sebastián puede acompañarnos ¿No es así muchacho?

Mis mejillas se pintaron aún más rojas. La mirada de mi padre me atravesaba los nervios.

Rápidamente le di una excusa, sabía que a él no le gusta que le roben la atención de las personas, me quedaba más que claro. Argumenté que en otra ocasión, que tenía que pasar un rato en la biblioteca para leer algunos libros que dejé a medias. Mal pretexto, lo sé.

A los pocos minutos partieron. No dije nada. Ni siquiera hice contacto visual.

— ¿Has terminado Sebastián? —Se acercó Isabel.

— Si nana —Me puse de pie— Estaré en mi habitación. Si me necesitas ya sabes dónde buscarme —Salí del comedor.

Me tiré a la cama en el momento en el que entré al cuarto, miré el techo y acaricié las sabanas. Hace tiempo que no tenía algo en qué pensar, algo que valiera la pena meditar antes de quedarme dormido. Pero esta vez era distinto, mi mano se metió lentamente bajo la almohada y sacó el pequeño pañuelo que llevaba Fernando ayer en la cintura. La mitad de la tela roja se balanceaba, mientras la otra mitad estaba metida en sus vaqueros anoche. Aquel buen hombre me ayudó.

Todo había pasado tan rápido desde el instante en el que estuvo parado al lado de la piscina. Sí que tenía miedo, apenas le había visto por la hacienda, además de que nunca pensé mostrar los golpes de mi padre a nadie, mas sin embargo, ¿Cómo es que supo que él me golpeaba? Me levanté de golpe, quedé sentado en el suave colchón. ¿Sería posible que hubiese visto la forma en que papá me castigaba? ¡Qué vergüenza! ¡Esto no hubiera pasado si fueses más valiente! Calma, a lo mejor fue sólo casualidad.

Traté de serenarme. Inconscientemente recordé cuando le abrazaba, cuando sentía sus manos en mi cabello. Sentí un ardor en la cara, levanté la mirada y ahí estaba yo reflejado en el espejo. Rojo como un tomate.

Por una parte, me estremecía sentir una vez más en la imaginación su roce, sin embargo, también se golpeaba en mi mente la vergüenza de que él me hubiese visto recibir los azotes.

Todo era muy confuso.

………………

Fernando:

Gracias a lo que Raúl me había enseñado en el vivero, fue que pude encontrar las hierbas curativas que necesitaba. Ahora lo que me faltaba era simplemente una cacerola para poner todo a hervir. Cuando abrí una de las puertas de la alacena todo se me vino encima ¡Joder! Traté de cubrirme como pude pero los trastos me golpeaban por todos lados.

Escuché la voz alterada de Isabel entrar a la cocina, supuse que el escándalo de los recipientes cayendo la perturbó.

— Dios santo, ¿Qué buscas muchacho? —No sé qué me daba más gracia, si su cara de susto o el hecho de que me dijera muchacho a mis 28 años. Bueno, era mejor que señor.

— ¡Ah! Lo siento Isabel —Rápidamente recogí las ollas— Que quiero hacer una pasta y necesito un recipiente, no era mi intención hacer tanta bulla —Sonreí.

— Pero si hice un estofado de lo más delicioso para comer —Parecía no entender.

— No, no me refiero a pasta para comer —Reí— Es una pasta improvisada para el dolor —Seguí acomodando los recipientes uno sobre otro.

Me dio una cacerola perfecta, qué bueno que no es una de esas señoras de edad que le preguntan a uno todo lo que hace, porque si no, me las hubiese visto duras para inventar una excusa. Sebastián me había dicho que no quería que nadie se enterara, mucho menos su nana.

— Ahora sólo falta ponerla al fuego —Me di la vuelta hacia Isabel, estaba con las palmas de su mano sobre una silla.

Me considero una persona curiosa, digamos que curiosa en exceso. Aproveché que ella estaba frente a mí para examinar algunas cosas. Me miraba aburrida, así que la invité a sentarse a la mesa conmigo. Inicié con lo más común, que si iba directamente al punto sospecharía de algún modo mi inquietud por saber algo.

— Disculpe Isabel —La miré— ¿Desde hace cuánto que trabaja aquí? —La mujer dio un suspiro.

— Si te contara –Sonrió— Esta hacienda es más vieja que la Inquisición. Trabajo aquí desde hace años, ni se cuántos —Sonrió—. Mi hermana también lo hizo para su antiguo dueño, el abuelo de Sebastián. Digamos que me he acostumbrado tanto a éste lugar que ya lo veo como un hogar…

— Me imagino que si —Una mirada de ilusión se dibujó en su rostro— Este lugar es enorme, tienen muchos animales por acá; caballos, vacas y gallinas por donde sea… bueno… me refiero tras esos muros…

— La esposa del Sr. Javier amaba mucho a los animales, siempre que venían acá pasaba horas montando; las plantas eran parte de su día a día —Sonrió con un aire de nostalgia, ¿qué pasaba?

— ¿Ya no viene a visitarlos? —Entonces fue que me di cuenta de que la mujer que venía con aquel tipo no era su esposa.

— No, ella falleció hace años —Se escuchaba el agua hervir; giré rápido el piloto de la estufa y me senté de nuevo frente a ella.

— Vaya —No profundicé mucho en el tema para no ser imprudente— Seguro fue muy duro para Sebastián y su padre.

— No lo dudes —La mujer empezó a jugar con una servilleta entre sus dedos— Sin embargo, Sebastián llegó acá poco después de que la noticia diera revuelo. Tenía 5 años —Un profundo suspiro hizo presencia— Desde ese entonces es que vive conmigo, me he hecho cargo de él desde aquel día—Levantó la mirada.

— No entiendo —Tragué saliva— ¿A qué se debe que el chico estuviese acá por tanto tiempo? Quiero decir… —Y la mujer no me dejo terminar, se puso de pie.

— Joven —Y dale— Creo que he dicho mucho —Parecía nerviosa— Discúlpeme —Ahora avergonzada.

— No se preocupe Sra. Isabel —Me puse de pie. Caminé hacia la estufa para tomar el trasto y comenzar a mezclar.

No tenía ni la más mínima idea de que su madre había muerto… debió de ser muy duro para él, para su padre. Incluso para Isabel, quien parece aún sufrir el hecho, a pesar de que ha pasado tanto tiempo… Es sólo que no logro explicarme, ¿por qué quedarse en éste lugar por tantos años? Tal vez… tal vez no pasó todo el tiempo acá, podría ser simplemente por temporadas, quiero decir… nadie puede soportar tanto tiempo encerrado, ¿o sí? Y de cualquier forma, no le veo ningún sentido, ¿qué finalidad tendría?

Quería hacer más preguntas, pero era obvio que no tendrían respuesta.

La mujer salió de la cocina, me dijo que estaba con un ligero dolor de cabeza y se acostaría por unos minutos, en pocas palabras: no quería hablar del tema. Solté un suspiro, procurándome concentrar en lo que me concernía, ahora es el momento justo. Miré el reloj, eran alrededor de las 3 de la tarde. Sabía que el padre había salido y como no había vuelto aún, especulé que eso iba para largo. Era el momento justo de ir a buscar a Sebastián.

No podía andar de arriba para abajo en la casa, mira que un nuevo empleado estudiando a detalle la vivienda donde trabaja es extremadamente sospechoso. Después de haber terminado de hacer la pasta la metí en un frasco que guardé en el refrigerador para que tomara un aire frescón.

Subí las escaleras, el pasillo tenía la misma tonalidad fría en las paredes a pesar de que ya fuese de día, aunque a decir verdad, la noche anterior y hoy por la mañana, no me había dado cuenta de lo bien que estaba adornado, un tono de color azul oscuro en la pared que hacía un conjunto perfecto con todas las pinturas antiguas que aderezaban el corredor. De la mitad del muro hacia abajo había un cubierto con madera barnizada, ¡Ya! ¡Qué cosas tan estúpidas llegan a hacer los ricos!

Caminé a paso lento sobre la alfombra. A lo largo había 4 puertas del mismo tamaño, al final del pasillo, girando una vez más a la izquierda, había dos más, una de igual tamaño que las demás, y la otra, que estaba al lado del enorme reloj de fondo, doblaba en espacio.

Me quedé parado frente a la entrada de la habitación de Sebas. Toqué la puerta por lo menos dos veces. Nadie abría. Tal vez y fue con su padre, cosa que dudo.

Detrás de otros intentos me di por vencido pensando que lo mejor sería volver a la cocina, cuando me di la vuelta para marcharme una de las pinturas llamó mi atención. Era una mujer de piel blanca con el cabello castaño y unos ojos profundos color aparentemente gris. No era de esas pinturas que se ven totalmente coloniales o por demás muy viejas, tenía un toque más espeso. Más viveza.

El cuadro estaba justo en una esquina, me acerqué para admirarlo a más detalle. Pómulos ligeramente marcados, cabeza redonda y mejillas agraciadamente rosas. ¡Joder! Muy bella aquella mujer.

Mi atención estaba completamente sobre la pintura cuando sentí que algo, (más bien, alguien) se golpeó contra mi pecho. Era aquel chico que tenía sus lentes mal puestos, sospecho que fue la forma en que enroscó sus brazos para evitar el golpe contra mi regazo lo que los desorbitó así.

— Tienes tus lentes… —Los tomé con delicadeza y los acomodé. Él me miraba—.

Esta vez estaba aún más cerca que anoche, tenía sus labios ligeramente entreabiertos y la forma en que me miraba hacia arriba era espeluznante. Desearía decir, reconfortante. Sus manos fueron bajando a sus costados sigilosamente y después de estarle mirando por unos eternos segundos, se alejó. Volví mi atención al retrato.

— Sebastián —Me reincorporé— A ti te estaba buscando —Lo tomé de los hombros en gesto de victoria. Era gracioso ya que era más bajo que yo— Toqué a tu habitación pero nadie respondió, dudé si estabas con ese… con tu padre…

— Disculpe, el tiempo se me pasa volando en la biblioteca –Fue entonces que caí en cuenta que aquella puerta enorme al final del pasillo era la entrada a la librería- ¿Qué se le ofrece? —Hacía lo mismo que anoche, evitaba la mirada—

— Tengo un remedio casero para las cicatrices —Expliqué— La pasta está lista, la acabo de hacer en la cocina —Me miró exaltado— No te preocupes —Regalé una sonrisa— Que no le he dicho nada a Isabel —El chico relajo su expresión— Te lo prometí.

— En verdad que le estoy agradecido por eso —Sonrió tímidamente.

— No seas tan exagerado con llamarme de usted, me haces sentir tan viejo, apenas acabo de pasar la mitad del medio siglo —El chico frunció el entrecejo— Bueno, tengo 28 años —Sonreí, lo que le sacó una mueca tímida del rostro.

— Está bien —Mojó sus labios— Tendré que aplicarla en mi espalda ¿No es así? —Refiriéndose al ungüento.

— Si. Así es, por lo que te sugiero —Hice una pausa— claro, si es que tú estás de acuerdo… que yo puedo aplicarla —Me puse algo nervioso ante mi propia propuesta— Es que como algunas marcas son muy céntricas y… —Ni yo mismo me entendía.

— ¿Ah? —Se alarmó— ¿Quieres decir que…? —Miró el suelo sonrojado— Eh…

— Dime algo —Su atención se posó en mí— Esos golpes no han de sanar muy rápido ¿Alguna vez te has curado?

— ¿Curado? —Rascó su nuca— No… siempre… siempre dejo que el dolor pase por si solo…

— ¡Joder! —Dije sorprendido. Sebastián se cubrió la cara como si esperara un golpe— Lo siento —Lo tomé de las manos y ayudé a bajarlas— Es sólo que, ¿Cómo puedes aguantar tanto tiempo?

— No es tan malo… —Con la yema de sus dedos rozaba los muslos.

Lo miré atento, ¿Cómo era posible que soportara tanto? ¿Cómo disimulaba? Peor aún ¿Cómo es que nadie se daba cuenta? ¡Mierda! Si se ve tan agradable, tan buena persona, no creo que haga mal a otros, ¡Joder!

— Te pondré esa curación, ¿vale? Sólo será un rato, simplemente eso ¿bien? —Él dudaba mucho, parecía no convencido, pero era más mi preocupación. Lo tomé de la barbilla— ¿te parece? —Torpemente asintió con la cabeza. Sonreí y solté su mentón.

¡Ja! Aquel pequeño hombre se quedó mirándome por unos segundos con una sonrisa muy opaca en el rostro, para haber recibido semejante castigo ayer ¡Era de admirar! Caminaba como si nada, y aunque la curva en sus labios no fuese enorme, me daba por satisfecho.

— Y dime —Rompí el momento— ¿Quién es ella? —Miramos el retrato.

— Es mi mamá, Montserrat —Noté cierta chispa en su mirada al ver la pintura.

— Era muy hermosa —Metí mis manos al vaquero— Ahora entiendo porque eres tan lindo… —Se supone que eso lo tendría que decir en el pensamiento, ¡Carajo!

El chico me miró con sorpresa. Después desvió el rostro ¡Éste no hace otra cosa que no querer verme! ¿Estoy tan feo que ni siquiera por 2 segundos puede mantener sus ojos unidos con los míos? Sin duda era muy tierna su forma de ser. Y ese color de sus mejillas es súbito, aunque ahora el avergonzado soy yo, por mis palabras sin medidas. Creo que me estoy pasando de la raya.

………………..

Sebastián:

Fernando estaba frente a mí en aquel pasillo. No podíamos estar en el mismo lugar por tanto tiempo, así que después de una pequeña charla y sus comentarios un poco salidos de lugar le dije que en 5 minutos le alcanzaría en la cocina.

Entré en mi habitación. Cuando me despedí había un extraño sabor de boca. Nuevo. Tiraba a dulce pero a su vez espantosamente amargo. Tonterías. Abrí la llave del lavabo, el agua corrió entre mis manos; la lance en mi cara para despertar y hacer desaparecer el calor que aún permanecía en mis mejillas.

Levanté la mirada. Tomé una pequeña toalla que estaba al lado y comencé a secar. Había algo en el espejo, algo que aquel hombre había dicho hace un instante. “Ahora entiendo porque eres tan lindo…” gritaron en mi cabeza. Era la primera vez que alguien me decía aquello. Miré detenidamente mientras acercaba el rostro. ¡Mentiras! Moví la cabeza negando y terminé de secarme la cara para salir hacia la cocina.

Ahí estaba Fernando de espaldas a mí. Cuando entré se dio la vuelta con un frasco en las manos, tenía un color verde vomito.

— ¿Es eso lo qué pondrás en mi espalda? —Lo miré indeciso.

— Se ve asqueroso, pero no se siente así —Sonrió, supongo que por mi cara de asco— Sé las propiedades de ésta planta, además da una frescura que ni te imaginas.

Me convencí que no podría ser tan malo. Lo seguí. Salimos a la piscina, bajamos a la izquierda por unas pequeñas escaleras a un costado; nos detuvimos frente a una casita, la cual me imaginaba que se usaba para guardar fertilizante y esas cosas, no que era una habitación.

— No soy una persona muy ordenada —Me miró con una sonrisa—

Abrió la puerta del cuarto, estaba igual de moderna que el resto de la casa, incluso un clímax conservaba el aire frio. No había mucho; una cama, un pequeño refrigerador, un cesto con ropa sucia y al lado un pequeño sofá.

— Y ésta es mi casa —Había un tono burlón en Fernando— Más bien, mi palacio —Tenia aún la sonrisa en su rostro. Me estaba dando cuenta que era muy común verle sonreír.

— Me agrada… —Miré por unos segundos el lugar, parecía cómodo para estar independiente a la casa.

— Y bien —Me interrumpió— Quítate la camisa —Ordenó.

Le miré por unos segundos, me daba pena que me mirara sin nada que cubriera mi cuerpo. ¡Tonterías! Ya te ha visto así, incluso ayer sólo llevabas unos pequeños shorts para nadar y no pasaste vergüenza.

— ¿Puedo hacerlo en el baño? —Estaba haciendo un esfuerzo para evitar ese color rojizo en mi cara.

— ¡Sebastián! —Rió— No pasa nada, por mí no hay problema que lo hagas frente a mí, ¡De todos modos te tengo que ver! —Se acercó— A ver, levanta tus manos.

— ¿Ah? —Lo miré ahora si sonrojado.

— Anda —Acercó sus manos a mi cintura— Levanta las manos. —Obedecí.

— E-Espera —Musité cuando la tela rozo mi espalda de manera ruda.

— Disculpa, a veces soy medio bruto —Y prosiguió en levantar la camisa de una manera más sutil— Listo chico. Si me haces el favor de darte la vuelta, quiero ver —Me tomó de los brazos. Asentí.

Me daba una pena terrible. Había dos cosas que sinceramente no me dejaban respirar tranquilo. Dos tipos de vergüenza. La primera era el ser observado de esa manera por otro hombre. La segunda era mostrarle mis marcas aun rojas provocadas por mi padre. Una mezcla de sensaciones extrañas que parecieron desvanecerse cuando sentí el roce de una de las yemas de sus dedos.

— No se ve para nada bien —Un suspiro salió de mi boca cuando su mano se plantó completamente en mi espalda.

No dije nada, me gustaba más quedarme callado. Colocó su otra palma en mi hombro mientras con los dedos de su mano derecha me examinaba, se sentía muy bien. Su tacto era áspero, a su vez, suave y gentil.

— Me perdonarías algo —Escuché su voz susurrar.

— ¿A qué te refieres? —Fruncí el entrecejo mientras le dejaba tocarme.

— ¿Por qué te ha pegado tu padre? —Soltó sin más.

— Una estupidez mía, nada de importancia —Respondí después de una pausa. Traté de permanecer calmado.

— Lo dudo mucho. Veo furia en estos golpes —Fernando tenía toda la razón.

— Una serie de cosas imprudentes que he ocasionado, nada del otro mundo… —Sonreí triste de recordar. No me gustaba recordar cosas desagradables.

— No me gusta escuchar eso…—Sus manos comenzaron a acercarse a mi cintura— Me parece injusto… —Se detuvo de golpe.

— N-no —Contesté nervioso— He sido mala persona, mal chico —Rasqué mi nuca.

— No creo que ésta sea la forma de castigar a alguien. ¿Te ha pegado antes? —Su pregunta me exaltó e hizo que me separa de forma rápida de sus manos.

— Te he d-dicho que no —Me di media vuelta a casi dos metros de distancia de él.

Rasqué mi brazo; miré a Fernando, lucía preocupado, se le notaba en la cara, y sabía que era por mi culpa. Se acercó lentamente de nuevo a mí, colocó una mano en mi hombro y regaló una sonrisa tímida.

— Vamos, túmbate en la cama —Tenia el frasco con esas ramas en su mano— No tardaré mucho.

……………………

Fernando:

Lo tenía frente a mí, parecía como si no quisiese hacerme caso al decirle que se tirara en la cama.

— Vamos chico. Será rápido, lo prometo —No pude evitar sonreír.

Me dio la espalda, quitó sus lentes y los acomodó a un lado de la cama, colocó sus manos al borde del colchón. Creía sentir como si quisiera verme, era extraño porque no lo hacía, sin embargo, era como si su mirada quisiese encontrarse con la mía. Lentamente fue deslizando su cuerpo por las sabanas que aún estaban desechas y plantó su cabeza sobre mi almohada. Por fin podía seguir con lo que tenía que hacer, si no fuera por el hecho de que aquella imagen me dejó hipnotizado por unos segundos. Había un delicado y fino vello de color dorado que cubría ligeramente sus hombros y su espalda que tenía un brillo curioso. Interesante.

Tomé el frasco y giré la tapa.

— Ahora —Me senté junto a él en la cama— Empezar a untar –Tomé un poco del ungüento.

El primer tacto con su piel fue como un choque eléctrico entre mis dedos.

— ¡Ah! —Dio un respingo— ¡Quema! ¡Quema! —Hundió su cara en la almohada.

— Descuida, así pasa al principio —Me burlé— Después queda una sutil sensación de frescura.

Empecé a esparcir con mis manos la curación por su piel. El chico estaba nervioso, lo podía notar en sus palpitaciones. Las manchas rojas parecían tensarse de vez en cuando, traté de ser lo más cuidadoso posible con las áreas irritadas, tocando muy cortésmente sobre ellas. Su piel fue cediendo con complejidad al masaje que mis manos le ofrecían.

Sólo fue cuestión de segundos para que todo fuese abriéndose paso.

— Se siente agradable ¿Verdad? —Bajé el ritmo.

— Un poco… —Respondió el chico, trataba de guardar esos pequeños suspiros que salían de sus labios.

— Espera unos minutos, esto hace milagros —Me deslicé por su espalda, tocando un poco más abajo.

— Fernando —Se exaltó— Creo que… —Trataba de ponerse de pie.

— ¿Te quieres curar o no? —Detuve el masaje— Vaya, eres peor que un niño…

No se movió un centímetro más, volvió a tirarse sobre las sabanas, dándose por vencido.

Mis manos resbalaban perfectamente sobre el almíbar tenso de aquel ángel; como si estuviese tocando algún tipo de seda fina. Miré sus hombros, su espalda, su nuca; todo era como una toga de algodón imaginario que palpaba mis dedos. Era tan suave, tan agradable poder sentir como toda la palma de mi mano era recorrida por su piel.

Mis parpados se dejaron caer.

La respiración que salía de mi pecho era cada vez más lenta, pesada. Mi piel se ondulaba al ritmo de su hálito, de las colinas de su espalda, lo que provocaba una extraña fase de relajación en mi cuerpo; no era sueño, más bien… tranquilidad.

Sentí su cuerpo estremecer; sus manos, al igual que sus piernas comenzaron a deslizarse por encima de la sabana.

Su movimiento provocó que mis ojos se abrieran. Mojé mis labios, separando sigilosamente las yemas de mis dedos de la espalda del chico. Torpemente me salí de la cama ¡¡Diablos!! Trago saliva, bajo la mirada y ¡Joder! ¿Qué…? Una… ¿erección? No, no puede ser posible ¡Eres un maldito pervertido Fernando! Mi cara se torna colorada, apuesto a que mis mejillas están a punto de explotar, el calor sube hasta mis orejas y baja por mis brazos ¡¿Es enserio?! ¿Una erección? No pues… ya valió la cosa.

Llevo mis manos a la cabeza, soplo aire de mis labios y cierro una vez más los ojos ¡Vamos! Tienes que bajar, ¡Baja, baja! Rasco mi barba de pocos días, trato de arreglar el bulto que sobresale de mi entrepierna, ¡Es imposible! ¡Ahhh! Tranquilízate hombre, solamente se disimulado, siéntate en el sofá y asunto arreglado.

— Perfecto —Digo en tono bajo.

Me acerco al pequeño sillón, suspiro ya casi aliviado, para darme cuenta que… Sebastián estaba dormido. Tenía sus labios entreabiertos y un corto mechón de cabello en su frente. Su mano estaba al lado de la almohada y la otra estaba metida bajo ésta. Escuché un suspiro profundo y sonoro hacer eco en la habitación. Un sentimiento de culpa me invadió al ver a un ser dormir tan pacíficamente y justo a su lado hubiese un jodido demonio que se aprovechó de la situación ¡Animal! Tan sólo míralo. Sus suaves dedos, sus hermosas mejillas rojas. Se ve tan frágil.

Me pongo de pie, mi palma se posa sobre su cabellera, comencé a acariciarlo tímidamente. No quería despertarlo. Una sonrisa se dibujó en mi rostro, me encontraba feliz ¡Qué raro! Como si de repente todo sentimiento de pena fuese ahuyentado para dar la bienvenida a olas de emociones serenas, reconfortantes.

— Te ves lindo durmiendo —Susurré cerca.

El chico se movió un poco, pero no despertó. Me sorprendió como metía su nariz en la almohada, me daba pena pensar que ahí estaban mis olores después de que me bañaba, en esa misma cama es donde duermo en ropa interior, y ahora, aquel chico la está disfrutando, está descansando como si ni el más grande de los desastres pudiese despertarlo.

………………………

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