Todo lo que nunca hice bien

-No

Es una mala forma de empezar con todo esto pero no hay ninguna mejor. Se trata de algo que sale de la parte más profunda del pecho, donde el corazón me está latiendo con prisas, de la parte más lógica de mi cerebro, que por una vez parece estar de acuerdo con mi bulbo raquídeo.

-Pero Cat, sé que te pido mucho, se que es mucho, pero por favor, por favor, no es por mi, ni por Toni.., es por Úrsula- se le rompe la voz- yo no sé…que puedo…-y se rompe del todo. Tener a tu mejor amiga a lágrima viva delante de ti no es algo bonito.

Tengo un nudo en la garganta, seguramente no mayor que el de ella, pero se aproxima. Las manos están frías. El sofá de mi pequeña casa parece ahora demasiado duro. Me empieza a doler el cuerpo.

Ana tiene las manos sobre su cara, intentando atrapar o tapar ese rio de lágrimas sobre sus mejillas. Es pequeñita y delgaducha, siempre lo ha sido, pero lleva una temporada que realmente está en los huesos. Lo veo cuando sus hombros comienzan a moverse por los espasmos de su pecho. Solloza y aprieta los labios como intentando controlar toda la angustia. No puede. Mis ojos se nublan un poco, pero nunca he sido de llorar. No en privado, menos en público.

La agarro de las manos para alejarlas de su cara. Tiene la nariz roja, y es difícil notárselo para las personas que tienen ese tipo de piel. Es tan morena que muchas veces hacemos bromas de que no es de aquí. Sorbe con la nariz y no me mira a los ojos. Normal. Yo tampoco lo haría.

-Ana- aprieto sus manos-¿Qué te hace creer que él me escuchará? Me odia

Sé que es una palabra muy fuerte, pero ese es el verdadero sentimiento. Sé que me odia y yo sé que le odio a él. Ella sacude la cabeza negativamente mientras frunce el ceño. Tiene el pelo lleno de nudos, de mala noche, de malos tiempos.

-No te odia

Le tiembla la voz pero alza la cara y me mira. Las ojeras representan todo el peso que está cargando sobre su espalda, sus labios están agrietados e incluso está pálida.

¿Cuántas personas estarán pasando por su situación hoy en día? Hasta yo patino sobre esa cuerda floja, pero Ana, con su pequeña familia parece estar agarrada por el dedo meñique a ella. Hace seis meses les había llegado la carta de desahucio. Hoy ella me pedía algo imposible.

-Lo hace.

-Solo inténtalo-me mira, con los ojos oscuros llenos de dolor y de lágrimas. Algo se rompe en mi pecho- Es tu ahijada y la de él.

-¿Por qué Toni no intenta…?

-¿Toni?-bufa alto, fuerte, rabiosa.-Le llamo ayer. Ese imbécil insensible no tiene los huevos de levantar el teléfono. No, Cat, no nos va a escuchar a ninguno de nosotros pero a ti si, inténtalo por favor.

Tanta fe en mí me da nauseas. Yo, de entre todos nosotros, sería a la última persona que escucharía. La última persona a la que haría ese favor. No lo está entendiendo.

-Ana yo..

-Por favor Cat, por favor, nunca te he pedido algo así, nunca te lo pediría, pero ahora tengo a mi cuidado a mi hija y no la puedo dejar en la calle.

-Siempre podéis venir a vivir conmigo yo…

Ella me mira decaída. Cree que no aceptaré, pero si, lo haré. Lo haré porque la quiero, porque quiero a su hija y porque tengo un mínimo cariño por su esposo. Lo haré por todos los años en los que ella me ha sujetado cuando todo a mí alrededor se derrumbaba, por sacarme de casa cuando no quería ni salir de la cama.

-Te lo agradezco, pero tampoco es posible. No tenemos dinero para pagarte y sé que son tiempos difíciles para todos. Además tendríamos que seguir pagando la hipoteca y los servicios sociales pueden considerar que no estamos preparados para criar a Úrsula…-se ha echado a llorar otra vez.

Intenta sacar las manos de las mías, y aunque las tiene más grandes yo tengo más fuerza.

-Está bien. Por Dios deja de llorar-que pare de llorar porque me parte. Le echo el pelo hacia atrás-iré a verle. –una pequeña sonrisa de fe llena su cara y yo se la devuelvo más animada

Somos imbéciles. No hay fe para esto.

-No va a dar resultado-le digo suavemente-pero lo intentaré, y sino probaremos con otra cosa. No te van a quitar a tu hija, te lo prometo. Ahora ya vale de llorar.

Se lanza contra mí en un abrazo puro, lleno.

-Gracias, gracias, gracias. No podré agradecértelo nunca

Me separo de ella

-Para lo que necesites, ya lo sabes.

Y aunque todo mi cuerpo dice que no es ni de cerca una buena idea, su sonrisa, su pequeña relajación y su abrazo me obligan a pensar que al menos hay que intentarlo.

Dos días después me pongo la ropa más seria que tengo. Una falda negra hasta las rodillas, conjuntada con unos leotardos grises, unos zapatos viejos algo gastados pero elegantes. Son planos con una pequeña correa que se envuelve de forma fina sobre el tobillo. La blusa blanca fue un regalo de hace muchos años. Tan suave al contacto que revela fácilmente que había costado mucho, demasiado. Cuando me encamino hacia el baño dudo en el paso siguiente. No sé si darme una pequeña mano de pintura o ir totalmente natural. Apuesto lo que sea a que si llevo cualquier cosa lo primero que el pensará será en que lo había hecho para mostrarme atractiva a sus ojos, pero también soy consciente de que si voy al completo natural las ojeras de los miedos y nervios de una noche entera solo revelan más miedo y nervios. Así que pintada haría subírsele el ego y sin pintarme haría bajármelo a mí. Decido que puestos a luchar, mejor darlo todo en cada paso. Por eso me paso el eyeline y le doy un ligero toque de color a los labios.

Cuando acabo el espejo me devuelve a la imagen de una chica asustada, lo revela en la forma en que aprieto la mandíbula, la tensión en mis labios y la frialdad de las manos. Suelto un suspiro y con facilidad recojo el pelo en un moño profesional. Al salir de casa, con las llaves en la mano y el abrigo negro puesto me miro en el espejo. Parezco mayor de mis veinticinco. Más formal, más dispuesta a todo, segura y profesional. Es justo lo que quiero y lo último que estoy sintiendo.

La sede principal está situada en el centro de Madrid, lo cual era predecible. El propio banco se encuentra dentro de una propiedad que contiene un pequeño parque con algún animal suelto. Lujoso y ostentoso. Las dos grandes puertas negras estan abiertas y el guardia de seguridad no dice nada al verme entrar, aunque si me da un repaso rápido como si no estuviese acostumbrado a ese tipo de clientes.

Seguramente fuese así. El LAXC es un banco que había nacido desde tan abajo que en un principio contaba con clientes que casi no tenían que llevarse a la boca. Con el paso el tiempo había aumentado tan rápido de poder que pronto las grandes fortunas comenzaron a interesarse, claramente atraídas por una serie de chanchullos que mi amigo había sabido esconder muy bien al estado. De todas formas no estoy aquí para criticar algo que todos los bancos hacen. Estoy aquí para luchar por una familia en particular. Cat García, la no abogada salvadora de los justos. Estoy para película

Después de recorrer el pequeño camino de piedra llego por fin a las puertas principales. Son también teatrales , a juego con el edificio antiguo de piedra.

Empiezo mal al intentar abrir para el lado que no es, pero al entrar nadie parece haberse percatado del problema. Otro guardia de seguridad me hice posar el bolso negro que llevo fielmente colgado en mi hombro derecho, protegido por mi brazo, sobre una de esas cintas que me recuerda al aeropuerto. El resto de mi persona pasa por un detector de metal sin conflicto. Otro guardia me devuelve el bolso sin mirarme a la cara, como si no fuese digna. Levanto más la cabeza y les doy la espalda.

Es extraño, porque no hay ningún cristal ni ventanillas donde la gente saca el dinero. No, simplemente mesas y teléfonos. Solo eso. Un par de clientes que para mi desgracia, sí llevan sus mejores galas. Es invierno en Madrid y la mujer con el pelo rubio perfecto, arrastra un abrigo de piel blanco que se envuelve seguramente sobre una figura perfecta. Mi propio abrigo mengua un poco. Su marido, amante o hermano, digamos su compañero, va enfundado en un traje azul oscuro decorado por unos gemelos de oro y un pelo negro engominado echado hacia atrás. Bien, está claro que voy a destacar más de lo creía, sobre todo cuando observo que todos los oficinistas están de punta en blanco. Teatro. Todo puro teatro.

Me acerco todavía con pasos seguros hacia la primera mesa que encuentro donde la persona sentada no está enfrascada en una conversación telefónica.

Se trata de una mujer que sí que lleva un moño perfectamente echo y un traje rojo, falda y americana, que todas las trabajadoras parecen verse obligadas a llevar. Tiene unas gafa pasta blancas, modernas y una camiseta y zapatos del mismo color. Así termina su atuendo. Luz en comparación conmigo.

Alza su mirada algo sorprendida seguramente por mis leotardos grises de profesora estricta. Al menos lo he intentado.

-¿Qué desea?

Si esa era la frase que les obligaban a utilizar era perfecta para hombres gordos llenos de dinero en los bolsillos y con expectativas muy altas. Por supuesto cualquier hombre se calentaría con esta chica de medidas perfectas.

-Quisiera ver a Luca Silva

Y esta fue la primera vez que pronuncio su nombre después de tres años.

Me siento orgullosa de poder sorprenderla. Su carita perfecta se arruga y en sus labios se forman una perfecta OH. Los cierra rápido, tensamente.

-Perdone señora, pero me parece que va a ser imposible.

Sabía que tendría problemas en encontrarme con el rey del mambo. Así que decido inclinarme un poco amenazadoramente sobre el escritorio, y por tanto sobre ella, que sigue sentada detrás de él y sujetando una serie de papeles.

Todo tendría más efecto si yo midiese uno setenta, pero con mi uno sesenta ella simplemente alza las cejas y mueve un poco graciosamente la nariz mínimamente torcida, como si fuera un tic incontrolable. Sus ojos me chequean, extrañados. Debe de creer que estoy un poco loca. Por su bien que no me ponga a prueba.

-Mire señorita- y la trato bien después de haberme llamado señora. A mí, a mí que tengo seguramente mis buenos años menos que ella-no quiero montar un escándalo, solo pretendo que coja el teléfono llame a su jefe y le diga que Catalina García está aquí. Luego que el decida si quiere hablar conmigo o no

Sé que ahora mismo mis ojos están echando chispas. Ella me mira evaluándome de nuevo como si se hubiese equivocado con la primera impresión. Lo ha hecho, uno por llamarme señora y dos porque creer que era una estricta profesora un poco sacada del tiesto. O no, yo era mucho más que eso.

-El señor Silva no atiende a clientes particulares y menos aún sin cita previa

-No soy un cliente

-Señora yo…

-Oye,- tomo asiento sobre una de las dos sillas que hay delante de ella.-no me vuelva a llamar señora, no me parece justo. Solo pretendo que le llame, le aseguro que es algo importante si no no estaría aquí y aunque piense que él va a poner el grito en cielo, le puedo asegurar que estará muy contento de recibirme-arrastrándome

La observo fijamente. Nunca he sido una persona que imponga mucho físicamente, por eso he desarrollado al máximo mis expresiones faciales.

Por unos segundos me observa hasta que finalmente suspira y gruñe algo por lo bajo. Parece que al final es maja y todo. Toma el teléfono con fiereza.

-Elena Ruiz planta 0-por un segundo se calla, escuchando respuesta- No. Lo sé… ya, pero aquí hay una señora-levanta la cabeza para mirarme-una señorita-corrige-que dice que quiere hablar con el señor Silva. –De nuevo se calla para escuchar.-Lo sé, si si,-frunce el ceño- que lo entiendo,-su voz se vuelve algo dura- pero dice que se llama Catalina García, que es importante. El señor Silva…-otra vez se calla, ha sido interrumpía-oiga ha sido muy insistente. Creo que es importante.-respuesta.-Lo creo, saber no lo se…No solo digo. –Silencio, aprieta los labios y su nariz hace ese movimiento francamente tierno-Maldita sea que lo haga. –respuesta.-si, lo sé.

Cuelga con fuerza. Frunce el ceño con fuerza. Gruñe con fuerza. Me va a caer mucho mejor de lo que creía en un principio. Es una pequeña caja de soprpresas.

– Espero que lo que me hayas dicho sea verdad porque si no van a darme la patada en dos segundos- ya ni me tutea. Se la ve alterada. Tiene las mejillas sonrojadas, y venga ese dulce movimiento de nariz

– ¿Por llamar a tu jefe?

Ella ríe con suavidad, un poco sarcástica, un poco nerviosa.

– Como si un carnicero llama a la secretaria del presidente del gobierno y le habla un poco maleducadamente

-Bueno, entiendo-me rio suavemente y me ayuda a relajarme algo. Es graciosa, me cae bien-si tienes algún problema prometo dar la cara por ti

-Me alegro que la bibliotecaria esté dispuesta a dar la cara por la carnicera

Me rio de nuevo. Ella me mira sorprendida

-Me caes bien.

El teléfono empieza a sonar. Lo levanta con valentía. No dice nada, solo escucha mientras me mira intensamente. Levanta algo las cejas sorprendida

-De acuerdo.- es lo único que dice antes de colgar

-¿Y bien?

-Toma el ascensor de la izquierda, hay un guardia, él sabe-dice mientras señala.

-Te dije que no mentía-apuntillo de la que me levanto. Le tiendo la mano en muestra de paz-y gracias, espero volver a vernos

Sin decir nada la agarra, da un fuerte apretón y vuelve a perderse entre el mar de papeles que nadan encima de su escritorio. Una buena empleada esta Elena Ruiz.

El guardia no dice nada, solo enciende el ascensor con una llave. Hay tres pisos para calcar y luego está el cuarto que parece solo poder accederse a él a través del giro de una llave que el señor del ascensor coloca dentro de una cerradura, poniendo en marcha el movimiento del ascensor. No me mira, está delante de mí y tapándome la visión totalmente con el ancho de su espalda y la altura de su cuerpo.

No hay espejo. Es de madera, cuidado, con retoques en un dorado pulido, que bien podría ser oro. Ni siquiera me extrañaría en lo más mínimo. Cuando el ascensor para en un viaje demasiado corto el segurata se quita y me deja espacio para pasar. Muy amable por su parte.

Sin más me deslizo fuera del habitáculo y me recibe un gran hall con un escritorio aguardado por una mujer mayor de lo que parece a un simple vistazo. Trae el pelo recogido bien prieto, sin posibilidad de escape para algún mechón rebelde, y como acto reflejo me despejo de la cara uno de los míos. Bueno, nunca se me ha dado bien la perfección y menos en mi pelo.

Lleva un traje totalmente oscuro, sin ningún atisbo de arruga. Parece una viuda en pleno funeral. Solo que las viudas lloran por la muerte y esta mata con la mirada. Me acerco sin titubeos físicos, pero mentalmente yo estoy saliendo de ese hall, de vuelta con mi amigo hombros anchos. Oigo el tintineo de cerrar las puertas del ascensor y pienso que el tipo es un mal cubre espaldas.

-Buenos días.- me pronuncio mientras me acerco, más por entretenerme y no pensar en la mirada de aguilucho que tiene la mujer que por ser educada

No contesta, simplemente me observa con curiosidad insana. Recorre hasta donde puede mi cuerpo enfundado en mi viejo abrigo. Está indignado porque la mirada de aquella mujer le está humillando y yo para animarlo un poco lo acaricio. Parece que así se calma.

Cuando llego ante el mostrador la mujer ya ha dejado mi abrigo y ahora se mete con mi cara. Qué vergüenza. La miro más altiva de lo que realmente soy solo para llevarle la contraria. Por eso y porque no me gusta que me pisoteen.

-Por ahora el señor Silva está reunido, tendrá que esperar

No me mira a la cara cuando estoy de pie ante ella, simplemente se pierde en el ordenador, como si el juego al que esté jugando es más interesante que toda yo. Solo que hace un segundo no lo era.

-¿Y cuánto tendré que esperar?

Levanta la cabeza bruscamente, como si pensara que simplemente iba a coger, asentir sonriente y fuese dando saltos con los pies juntos hasta el primer asiento para esperar.

-No es algo que pueda saber

-Y podría decirle a Luca que tengo algo de prisa y que es importante.

Es gracioso verle la cara de escandalizada por haber empleado nombre propio y no apellido. Incluso deja de teclear y se lleva levemente la mano al pecho. La pobre podría sufrir un ataque de corazón por mi impertinencia. Soy una hija del diablo.

-El señor Silva tiene cosas importantes que atender antes que usted

Vaya, es una forma bastante limpia de decirme que yo solo era el culo del mundo en la agenda del señor Silva. Menuda obsesión con llamarle señor.

Me encojo de hombros y voy dando saltitos a pies disjuntos hasta el primer asiento. No, es broma. Camino tranquilamente hasta allí, donde me quito abrigo y espero.

Las sillas de un marrón aburrido son más mullidas de lo que parecen en un principio, y aunque quiero aparentar ser una tipa estirada a los cinco minutos ya tengo el palo fuera del culo y mi espalda se ha encorvado un poco. Hace un frio de los mil demonios, así que decido medio envolverme en el abrigo. Es degradante tener que soportar toda esta espera para hablar con un tipo que hace años casi había sido mi familia.

El problema es años.

El mecanografiar de la señorita Rotenmeyer me está poniendo algo nerviosa. Para ser tan vieja tiene los dedos ágiles. La paredes son de un amarillo claro pero en vez de ser armonioso a mí me parece algo enfermizo. Quizás porque odio el amarillo.

Hay cuadros, seguramente lujosos, en bastantes lugares. Me llama la atención uno verdaderamente extraño que representaba a un hombre totalmente deformado pensante. Es oscuro y transmite la suficiente repulsión como para dejar de mirarlo a los pocos segundos, el problema es que atrae la atención una y otra vez. Justo a mi frente y arriba hay un reloj de madera más grande de lo necesario. Marcan las nueve y media.

Las nueve y media y todavía no he entrado a verlo. Sentarme en aquel lugar hace que se me bajasen los humos y comience a atascárseme la garganta con el nudo. Esto iba a ser más complicado de lo que había supuesto.

Al principio no me permití ni deprimirme, ni impacientarme, ni mucho menos fruncir el ceño. Había descubierto una cámara en una de las esquinas y como trastada la había mirado sonriente mientras la saludaba amigablemente. Ahora la estoy comenzando a fulminar y con disimulo la saco un pequeño corte de manga. Se que soy infantil. Ha pasado una hora y la vieja teclea aún como loca. Me he preguntado que tanto tiene que escribir. Quizás solo esté enfrascada en plasmar una historia de terror, o romántica o simplemente aporrea las teclas sin sentido y solo por crispar mis nervios. Estoy por levantarme a pedirle un vaso de agua. Un gran vaso de agua que calme un poco la secadez de mi boca y que refrene el ruido de sus dedos, pero no quiero que piense que estoy perdiendo la paciencia o que consigue sacarme de quicio. Me meto en una batalla de voluntades sin sentido lógico pero con sentido para mí. También para ella. Me descubo a mí misma varias veces mirando al pasillo por donde se supone que estaría él. Estoy demasiado nerviosa para hacerle frente.

Una hora después estoy cansada y de muy mal humor.

Voy a marcharme. El reloj está comenzándo a señalarme y a reírse de mí, y que lo haga la vieja vale, pero un objeto inanimado…ya me parece demasiado. Me pongo en pie como un resorte y la señora Rotenmeyer me mira impresionada. De pronto un hilo de música rompe nuestro encuentro. Es mi móvil. Tirado en alguna parte de mi bolso. Y suena alto. Muy alto. Miro al lado de la puerta y un cartel me informa que por favor se pongan los móviles en silencio. Es una acusación a mi falta de educada. Con mi pequeña victoria en volver loca a la vieja del escritorio, tardo más en cogerlo de lo necesario y cuando por fin pongo fin al estruendo la señora suspira con reproche y Ana me saluda al otro lado del teléfono. Doy la espalda a la cámara y pongo mi mejor perfil a la vieja.

-Ni siquiera he entrado, Ana

-Oh, mierda perdón. ¿Estás bien?-Ella suena más desesperada que yo

-Sí.

-Tú…tú intenta ser amable.

¿Yo? ¿Amable? ¿Y cuando no? Si soy un amor.

Bien, quizás debería ir dejando el sarcasmo de lado, pero sé que el modo dulce no va a funcionar al otro lado del pasillo.

-Lo intentaré

La miento porque es mejor para ambas.

-Pero no te dejes pisotear tampoco yo sé que…

-Señora García-la vieja interrumpe a mi amiga aunque ella no es consciente de ello y sigue hablando y yo, como buena amiga, levanto la mano y hago callar a míster educación. Un pequeño estremecimiento placer me recorre la espalda. Llevo unos cuatro puntos a favor en contra de sus dos, mirada aguilucho contada.

Con mas ahínco doy la espalda a la secretaria y miro hacia la cámara sonriente.

-…y no quiero que haga estupideces. Dile por lo que estamos pasando y que tenga un poco de corazón.

No, el corazón tampoco funciona al otro lado del pasillo. Solo funciona el dinero, el poder y el miedo. Lo cual me complica bastante las cosas porque no tengo ni más dinero ni más poder ni infundo más temor que él.

-Señora-la señorita Rotenmeyer se empieza a impacientar así que me giro a verla

Tiene los labios apretados con rabia y me muestra una serie de arrugar que con su cara impasible están desaparecidas, o bien escondidas. Se ha puesto en pie y echa fuego por la boca. Sería un buen dragón.

-No te preocupes-corto a mi amiga porque tengo que la vieja arpía levante armas contra mí y yo no quiero perder balas a lo tonto.-Tengo que colgar. Te llamaré al salir

-Oh…está bien. Muchas gracias de verdad. Te quiero.

-Yo también, pero no te acostumbres.

Cuelgo con una nueva fuerza renovada. La llamada de Ana ha sido a punto. Las cosas a veces salen bien.

-Sígame-ni un por favor, y esa forma tan letal de hablar..no no, así no se trata a los clientes.

-oh, perfecto-digo después de una pequeña comprobación al reloj. Las once menos cuarto. Mi dignidad vale más que eso, pero menos que la dignidad de una familia.

Con pasividad cojo el abrigo y el bolso y camino a paso de tortuga hacia el despacho. La secretaria me está fulminando con verdadero odio. Ha tenido que detener su avance todoterreno para no dejarme atrás. El pasillo da directamente a una puerta de madera de color oscuro enorme. Está unos segundos esperando a que llegue a su altura. Después golpea dos veces, seco, seguido. No entra, espera a que él le dé permiso.

Cuanto protocolo. Cuando la orden llega desde dentro ella abre la puerta para mí. Entro pero no miro al interior. Al momento me giro y con un gracias todo sonrisas cierro la puerta en las narices a la señorita Rotenmeyer. Solo me da tiempo a ver un segundo su cara pasmada cuando se da cuenta de mis intenciones, pero hubiese pagado por lo que fuera por vérsela ahora mismo, a través de la madera. Con suavidad me rio. Como venganza era una mierda, pero que bien sentaba.

Apoyo un segundo ambas manos sobre la madera suave y después me giro con fuerza hacia mi enemigo. Le había dado la espalda nada más empezar. No le miro directamente porque no estoy preparada y porque no quiero que sienta que estoy ansiosa, aunque lo esté.

El despacho es más grande de lo que mi cabeza había imaginado. Tiene un tono azul claro tranquilizador. Una alfombra oscura que recorre desde el inicio de la puerta hacia el final de la habitación y que seguramente sería como nieve al contacto de pies descalzos. A mi izquierda una gran estantería donde descansan un montón de libros que se ven pesados. Está echa del mismo material que las puertas y que el gran escritorio que hay al frente de las mismas. Al otro lado del precioso anaquel, unos grandes ventanales cubiertos por unas cortinas a juego con la alfombra, potentes, que dan paso a los balcones. La lámpara enorme cuelga en el centro de la gran habitación. Huele a limpio, fresco, y a él. Camino hasta posar mis pies contra la alfombra y le miro directamente después de tres años.

Los ojos azules están centrados en mí, entrecerrados. Su cara no dice nada, simplemente se muestra estático con una expresión blanca, sentado detrás de aquel escritorio precioso. Tiene los codos apoyados sobre los reposabrazos de la silla y parece estar relajado. Muy relajado.

Normal, estoy en sus dominios. La que está tensa como una tabla de planchar soy yo.

Me acerco a base de aplomo hasta llegar ante el escritorio que me sirve de escudo. No hay ninguna otra silla salvo un sillón de cuero oscuro al fondo del despacho que no puedo utilizar. Sin saber muy bien que hacer me cruzo de brazos.

Su cara sigue sin transmitir nada y ni siquiera me miraba de arriba abajo como la vieja, si no que se centra en mi rostro. Se ha dejado barba, lo que quiera o no le sienta bien y trae el pelo mucho más corto, no como esas greñas que gastaba antes. La sonrisa perfecta que sé que gasta está y estará escondida detrás de ese gesto serio y la nariz tiene la misma torcedura que se había ganado hace unos años, solo que ahora parece darle un aspecto más brutal que antes. Es alguien a tener en cuenta. Yo ordeno, yo mando, tú cumples, tú callas. Más o menos eso transmite al mirarle. Es el jefe, el dueño.

Me pongo nerviosa.

-Bueno… ¿Cuánto tiempo no?

En vez de sonar relajada y amigable, parezco un gato siendo estrangulado. Aprieto más fuerte mis brazos contra mi pecho y encierro mis dedos pulgares dentro de mis respectivas palmas, como siempre que hago cuando me noto totalmente desprotegida.

El parece que no va a añadir nada a mi comentario. Quiere hacerme sufrir con su silencio.

-¿qué supongo que te preguntarás que hago aquí?

-Preguntar no me lo pregunto.

Le miro suspicaz. Va a ponérmelo difícil, no me esperaba menos.

-No hay ninguna silla…

-Estás bien de pie

Es extraño que estando yo por encima de él me sienta más pequeña. Tengo que mirar hacia abajo para hacer contacto visual pero es él quien tiene el poder.

Me encojo de hombros como si no me molestase aunque lo hace.

Decido que lo mejor es ir directa al grano

-Me imagino que sabes…

-¿Qué haces aquí?-acaba por mí.

Es la segunda vez que me interrumpe y comienza a molestarme. Entrecierro los ojos, dejándoselo claro.

Se alza un poco en la silla, entrecruza los dedos, apoya los codos sobre la suave madera del escritorio acercando la boca a la unión de sus manos. Ha escondido una pequeña sonrisa lobuna detrás de todo eso.

-Toni y Ana están pasando por una mala racha, y da la casualidad que su hipoteca está en manos de este banco.

-En mis manos si

Le fulmino con la mirada. Prepotentemente arrogante. Esa es la forma más correcta de describir al mono de feria.

-Pues estaría bien que les quitases el problema, al menos dándoles un margen mayor de tiempo

Me observa con una ceja alzada, como si esperase que dijera algo más. No le parece lo suficientemente bueno. Ni que yo o ellos tuviesen algo con lo que comprarle.

-No suelo ser una persona caritativa.

-¿Ni con tu ahijada? Me parece excesivo.

El bautizo de Úrsula había sido uno de nuestros últimos encuentros, y aunque de aquella estábamos bien las cosas comenzaban a torcerse. Toni y Luca eran mejores amigos desde la infancia y yo era la mejor amiga de Ana, estaba claro que lo más lógico es que ambos fuesemos los padrinos de la niña. Lo cual en cierta parte es ridículo porque yo nunca había sido creyente, y Dominic, vamos…no me hagas reír.

A parte de todo eso ambos nos comprometimos a mirar por esa niña desde aquel día.

-Úrsula no necesitará nada si en algún momento tiene escasez.

-¿A sí? ¿Qué piensas hacer? ¿Darle la comida cuando no tengan casa y vivan debajo de un puente?

-Si es necesario le daré dinero destinado para internarla en uno de los mejores colegios del mundo.

Le miro alucinada. Este tío es un imbécil

-Oye…¿eres consciente que tanto sus padres como ella prefieren estar juntos sobreviviendo en una casita enana antes que separarse?

-Mi único encargo es cuidar de la niña. El resto no es problema mío

-Ah, veo que entiendes el concepto.

He gritado y le he dado un manotazo al escritorio. Ahora tiene todo el derecho a estar enfadado conmigo. Y eso que era mi único escudo. Lo siento. Le doy unas palmaditas suaves, pero siento que no me perdona. Es orgulloso como el dueño. Bufo y miro a Luca

-Oye…Toni es uno de tus mejores amigos, no puedes dejarle en la estacada

-Era

Ambos nos miramos retándonos. Él tiene las cartas boca abajo. Todavía.

-¿Hay alguna manera de hacerte cambiar de opinión?-descubre las putas cartas de una vez

De nuevo una pequeña sonrisilla

-¿Crees que la hay?

Por eso le odio. Me siento como un ratón con el que un gato se lo está pasando estupendamente. Y joder, yo suelo ser ese gato.

-Déjate de juegos

Entonces él se pone en pie y el escritorio parece apartarse algo, como si me estuviera escarmentando por el manotazo. Nada, que es vengativo.

Es alto, a veces se me olvida cuánto. Uno noventa con mi metro sesenta es un poco ridículo, y me arrepiento de no haber cogido algo de tacón, aunque en mi imaginación esta conversación se mantenía ambos sentados, separados por una gran cantidad de papeles y un abismo a este juego manipulador. Trae un traje azul oscuro hecho a medida. Cuando pasa a mi lado no me giro con él. Pretende ponerme nerviosa y que me aspen si se lo permito. Se queda a mi espalda.

-Que cruel por parte de tus amigos echarte a las garras del león

No muevo ni un músculo, no voy a decir nada, no a favor ni en contra. Él puede sacar sus propias conclusiones.

Se mantiene a mi espalda y sus manos se anclan en mis caderas. Se inclina un poco para hablar casi tiernamente a mi oído.

-¿Qué tal la soledad, gatita? ¿Sigues llorando por su muerte o ya tienes un nuevo amante? ¿O un consolador?

Me ha agarrado para que no pueda girarme y soltarle la bofetada que me pica en la mano.

-Creo que eso no es de tu incumbencia. No he venido a hablar de eso

Por unos momentos está callado.

-No, es verdad.-Se aleja y de nuevo camina hasta dejarnos el escritorio de margen.-Has venido a pedirme un gran favor, pero como te repito yo no doy favores gratuitos. –Está de espaldas a mí, perdido en las cortinas.

-Y yo apunto, por si no te has dado cuenta, que no tengo dinero para pagar por ellos.

-¿Quién habla de dinero?-Murmura mientras se gira hacia mí de nuevo- ¿crees que necesito dinero? Me conoces más para saber que quiero

-No tengo ni idea.

Me mantengo tiesa en mi sitio. Sigo de brazos cruzados y mis manos sudan ahora. Pasan del frio al calor. Del calor al frio. Una mirada de él y frio, frio y frio. Necesito despejarme un poco.

-Gatita…

-No me llames así.

Me niego a que utilice un mote conmigo. No, no quiero acercamiento de ninguna de las maneras. Nada. Maldita sea, yo no quiero nada de él salvo que se apiade de mis amigos. No es para tanto.

Está sonriendo cruelmente cuando se aproxima a mí de nuevo. Queda casi a mi altura. Me obligo a no retroceder, por mucho que imponga su altura, simplemente estiro el cuello y nos seguimos retando con la mirada. Se agacha un poco. Está haciendo un buen trabajo en hacerme sentir pequeña e insignificante.

-Te llamaré como yo quiera, mi niña

Se lo que he hecho cuando me pica la mano y se vuelve caliente. Le acabo de dar una bofetada que ha sonado y retumbado en el despacho. No me siento satisfecha con eso. Solo le he girado la cara después de toda la mierda que ha soltado. Me encuentro agitada, con las mejillas sonrojadas la respiración removida. Estoy demasiado enojada para pensar. Me giro para irme. No quiero saber nada de él. Ana y Toni vendrán a vivir conmigo y lo demás puede irse a la mierda. Incluido él.

Cuando llego hasta la puerta y tengo agarrado el pomo, se abalanza sobre mí y quedo encerrada entre la suave madera y su cuerpo. Está apoyado duramente contra mi espalda y con violencia me agarra de la cintura y me pone cara a él.

Está furioso, más de lo que hubiese imaginado. Tiene una marca roja en su mejilla

-La última bofetada que recibí fue tuya también. Quizás debería darte una para saber lo que se siente.

¿Qué si le veía capaz? Por supuesto que si

-Atrévete.

Con rapidez sus dedos de la mano derecha se envuelven alrededor de mi cuello y me empuja contra la pared. Ante eso llevo mi mano a su muñeca intentando apartarle y le propino una buena patada en la espinilla. Él solo se acerca más a mí para impedir el movimiento de las piernas y apoya su cuerpo contra mi brazo libre. El otro sigue enredado en la muñeca de la mano que parece haberse adueñado de mi cuello. Obliga a ponerme de puntillas ejerciendo una pequeña presión que me atraer más a él. Estoy siendo una muñeca gobernada a través de unos hilos.

-¿quieres que retire la hipoteca?

Eso me baja un poco los humos, pero el corazón solo aumenta más de marcha.

-Sabes que si

-Lo haré, con una condición.

Nos miramos atentamente de nuevo.

-Sexo.

Que decadente suena en ese momento. Él sigue mirándome atentamente para ver como mis mejillas se tiñen de rojo intenso.

-No

Yo no voy a manchar la vida de Mateo por culpa de este tío.

-Muy bien, pues adelantaré la expulsión de tus amigos. ¿Quieres que llame el banco para informarles o les avisas tú?.

Quiero pegarle.

-Que te jodan

Su mano me aúpa aún más alto hasta que nuestros ojos están casi a la altura.

-si si, pero entonces ¿qué? Creo que hasta servicios sociales podrían entrar en juego. Tengo dinero, y eso me hace tener buenos abogados, conseguir la custodia no sería difícil

-Basta, eres un monstruo

Intento apartarle, pero está pegado a mí

-Está en tus manos la felicidad de una familia, la felicidad de tu amiga y tu hijastra.

-Suéltame

Me deja ir con suavidad, pero no se aparta mucho.

-Sacrificate un poquito y no les faltará nada nunca más.

-¿Crees que voy a aceptar? ¿En serio pones ese precio a mi dignidad?

-Y me parece mucho.

Quiero pegarle de nuevo. Pegarle hasta matarlo, con las manos, con mi propio cuerpo. Nada de veneno o pistolas. No. Sentir su dolor debajo de mis manos, eso estaría bien.

Le miro a los ojos y veo esa chispa de triunfo. Como si cree que lo tiene todo resuelto. No puedo aceptar, no puedo. Toco la madera que hay a mi espalda. Está fría y me viene bien para mi mano caliente por la bofetada.

Se me pasan bastantes cosas por la cabeza. Pienso en mí y como me burbujea la rabia, sacando lo peor que llevo dentro. Luego pienso en Ana y en sus lágrimas y me entran ganas de llorar. Y en la pequeña Úrsula y su chupete. Y luego en Mateo. Reduce Cat, esto va cuesta abajo y sin frenos. Respira.

-No tengo todo el día-me dice mientras se aleja de nuevo a su sillón

-Cállate

Que se calle. No lo soporto. Se sienta con tranquilidad, sonriente, satisfecho consigo mismo.

Me siento como la mierda, y pienso que yo, que ya estoy jodida puedo joder un poco más mi vida y arreglar la de ellos. Le miro, ni siquiera me está observando, simplemente mira unos papeles, como si mi decisión se la trajese al fresco. Bien, yo también se jugar ese papel.

Me acerco.

-¿Por cuánto tiempo?

No me levanta la cabeza, ni siquiera cambia su expresión.

-Por el tiempo que tenga que mantenerlos.

Retuerzo las manos, eso se puede alargar mucho.

-¿Cómo?

Ahora si levanta la cabeza, incluso levanta hasta una ceja

-¿Cómo? De muchas posturas, ¿o ya se te ha olvidado?

Noto de nuevo las mejillas rojas.

-No- me paso la mano sobre la cara- ¿qué cómo, o cuánto o en qué lugar?

-¿Tú dignidad no estaba por encima de eso?

Picándome. No me voy a alterar. No puedo alterarme. Cabeza fría. Corazón frío. Me quedo callada. Anzuelo no mordido. Pez salvado

-¿Qué tal cómo quiera, cuándo quiera y dónde quiera?-me observa atentamente. No lo está diciendo de broma

-Yo también tengo mi vida.

-Ah, sí, es verdad. Entonces…-hace que lo está meditando, pero sé que lo tiene todo pensado. Lo sé. Esto no es algo espontaneo. –te tendrás que mudar a mi casa temporalmente. ¿No crees?

NO

Estoy negando con la cabeza antes de ser consciente de ello.

-Sí. Piénsalo. Estarás más cerca de tu trabajo. Tanto el del periodicucho como del mío.

¿Cómo sabe dónde trabajo? ¿O dónde vivo?

-Es información sencilla de encontrar.

-Seguro

Nos miramos atentamente. Tiene mucho escondido detrás de todo esto. Mucho. Me sonríe arrogante.

-Bien- abre un cajón- entonces supongo que podrás firma esto. En cuanto lo hagas levantaré el teléfono y lo solucionaré.

Coloca la hoja encima del escritorio. No me quiero acercar a esa hoja. Ni un jodido paso. Vale, pero tengo que hacerlo.

La cojo con dedos temblorosos y fríos.

Cuando acabo de leerla arrugo el papel.

-Esto no es solo sexo

-¿Tú crees?

-Soy casi una esclava

Apoya el mentón sobre su puño y me mira aburrido.

Cojo el papel y leo:

-La empleada estará dispuesta y hará lo que quiera el señor Silva en cada momento del día. Olvídalo.

-Si quieres lo cambio porque la empleada se abrirá de piernas cada vez que el señor Silva quiera, pero si por algún motivo incumples el trato o yo mismo lo hago querría ver tu carita ante el juez.

Repaso el papel de nuevo. Había sido lo suficiente delicado, pero ¿y qué? Vuelvo a posar el papel sobre la mesa y lo giro en su dirección

-Cámbialo o no hay trato

Me observa tranquilo. Creo que voy a vomitar en un momento a otro. Si vomito tiene que ser sobre él o su escritorio. Ninguno de los dos me cae bien.

-No hay cambios. Lo tomas o lo dejas. Ya basta del juego. Estás contra la espada y la pared. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a cortarte acercándote o vas a esperar a que te corten?

-A qué me cortes

– ¿Aceptas o no?

Mierda.

-Acepto

-Pues firma

No.

Estoy paralizada. En serio, no puedo hacerlo. Tengo el cerebro bloqueado, ni siquiera puedo pensarlo.

-Me estás aburriendo

Le fulmino.

-Tú sí que me aburres.

Cojo el bolígrafo que ha colocado al lado del papel. Lo pongo de cara a mí. Lo vuelvo a leer. Es una simple hoja, pero pone demasiadas cosas. Demasiado control y poder sobre mí, aunque también hay una frase que promete que el señor Silva no va a perjudicar mi trabajo. La vida no es solo trabajo. Va a joderme.

Hago la firma algo irregular, pero queda plasmada en el papel. He cometido el peor error de mi vida. Lo sé.

Cuando le miro él también lo sabe y me sonríe.

Su siguiente movimiento es cumplir lo que me prometió. Coge el teléfono. Creo que no suena ni una vez antes de que le contesten

– Silva (…)la hipoteca 2781686C- dice observando atentamente a uno de los papeles que antes analizaba con tranquilidad.- Congélala. Además quiero que introduzcas 4000 euros todos los meses. De ellos un 10% se irá acumulando. Cuando llegue a lo que deben cortarás el suministro. (…) Bien.

Cuelga. Y misión cumplida, supongo.

Me mira intensamente ahora.

-¿qué?

-Ven

¿Qué vaya ahora a dónde?

Le miro dudosa. Una mano de él se cierra en un puño.

-Quieres empezar tan pronto a ponértelo difícil

A ponérmelo a mí. No a él. Ja.

Me acerco y me mantengo a dos pasos de él. Le observo desde arriba y me pregunto porque de nuevo parece tener el poder. Echo los hombros hacia atrás y le miro altivamente.

Se levanta de un salto y me encierra mi muñeca en su puño. Con la otra mano me tiende un papel.

-Supongo que querrás una copia del trato

-Supones bien.

Se lo arrebato. Tengo que levantar la cabeza para impedir que se rompa el contacto visual. Me agarra la barbilla con suavidad, apretando algo más con el dedo índice y pulgar sobre mis mejillas.

-¿Crees qué me vas amedrentar con esa altivez? Lo único que estás consiguiendo es ponerlo más entretenido. Ahora, arrodíllate.

Intento separarme pero me su agarre se vuelve más feroz.

-Arrodíllate.

Bien, ¿y qué voy a hacer? Esto me está superando. Está sacando lo peor de mí. Él siempre saca la peor parte de mí. Maldita sea, siempre. No le des el poder de verte afecta. Sobrevive. Colócate por encima de las emociones. Me arrodillo y su mano se enreda en mi moño desanudándolo.

Empuja mi cara contra su bragueta, incluso me restriega contra ella. Me mantengo impasible. Al menos externamente. Tengo la cena de ayer a punto de salírseme por el estómago.

-Acostúmbrate a esto.-vuelve a moverme la cabeza con el agarre del pelo.-Me gusta que mis mujeres lo hagan así que imagínate los planes que puedo tener para mi putita especial.

Voy a llorar. Aprieto el papel fuerte en mi mano.

Se queda en silencio, quizás esperando a que diga algo, pero no tengo nada que decir. No sin que me tiemble la voz y no le daría esa satisfacción jamás.

-Ahora, lárgate, tengo mejores cosas que hacer.

Se aparta y se sienta en el sillón. No me mira. Yo tampoco le miro más cuando me levanto y me alejo del infierno.

Paso, paso, cabeza alta, paso, no llores. Calma. Calma. Me tiemblan demasiado las manos cuando agarro el pomo de la puerta.

-Por cierto gatita-me crispo con el mote-atenta al móvil.

-Sí, L

Y salgo rápido al oírlo gruñir.

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