Tras las vacaciones, me entero que llevo cuernos

Al llegar a casa, me encontré a Carmen, mi mujer, abatida. Apenas hacía unas horas que mi suegra me había confesado la infidelidad de su hija y, a pesar de que yo también le había puesto a ella los cuernos, quería que me explicara qué había pasado. Qué nos había pasado.

Ni que decir tiene, que al verme se derrumbó y me lo contó todo. Este es su relato.

“Nada de lo sucedido fue planeado de antemano. Realmente, yo me tenía que quedar a trabajar el verano a casa. Me hubiera encantado ir al pueblo, con mi marido y mis hijos. Relajarme y olvidarme de los problemas de la empresa, que va de mal en peor.

Pero ya que no me podía relajar en el pueblo, le hice caso a Sara, mi socia, y me apunté a clases de yoga. Me matriculé en un centro budista con una especie de tarifa plana, que me permitía ir cualquier día por la tarde, de 7 a 8 y los sábados de 12 a 1 por solo 50 euros. Olga, la chica de recepción me pareció muy simpática y atenta, por lo que no me lo pensé dos veces.

El primer día de clase me sorprendió comprobar que no era ella quien daba las clases, sino un hombre, que se presentó como Visnú. Era algo más joven que yo, tendría unos 30 años, era alto, tirando a delgado, y muy guapo.

Además de con Sara, en las clases coincidíamos otras tres mujeres, todas ellas mayores que nosotras, y un hombre, también maduro. Pronto nos convertimos todos en unos verdaderos adictos a sus clases. Pero entre el grupo de los “veteranos” empezaron a haber bajas, ya que muchos de ellos se fueron de vacaciones fuera de la ciudad. Así que había días que hacíamos las clases Visnú, Sara y yo.

A pesar de llevar ropas amplias, las típicas para la práctica del yoga, Sara y yo nos fijamos que Visnu era un hombre muy bien dotado. Deducimos que bajo su pantalón, normalmente blanco, no llevaba calzoncillos, ya que solía intuirse una polla de un tamaño más que respetable. Un día, Sara, me lo hizo notar después de la clase. Yo admití que también me había fijado, era imposible no mirarla. Mientras nos cambiábamos en el vestuario, Sara me hizo fijar en cómo se le habían puesto los pezones, en cómo se había mojado y en la paja que se iba a cascar en su casa a la salud de nuestro dotado monitor. Al llegar a casa, no me pude resistir e, imaginándome como me la metía Visnu, me corrí como una loca.

Pocos días después, los acontecimientos de desencadenaron. Unas goteras de los vecinos de arriba provocaron que el vestuario de los chicos, en el que solo se cambiaba Visnu, tuviera que permanecer cerrado. Olga nos preguntó si no nos importaba compartir el vestuario con nuestro profesor, a lo que, por supuesto, no nos negamos. Normalmente, él llegaba antes que nosotras, así que me cambié rápidamente y fui a la sala. Al salir, Visnu entraba, para deleite de Sara, ya que la muy zorra había estado remoloneando. Llegó a la sala de yoga un par de minutos más tarde y con la cara traspuesta:

– Menudo pollón que se gasta- me susurró.- El tío se ha cambiado delante de mí sin ninguna vergüenza y qué polla que tiene- mientras con las palmas de las manos me mostraba un tamaño que podría ser de unos quince centímetros- y eso que estaba en reposo.

– Qué exagerada que eres- le respondí turbada.

Durante la clase, Visnu nos hizo notar que estábamos nerviosas y que teníamos que relajarnos más. Por ello, bajó de su tarima y se acercó a nosotras para ayudarnos con algunos ejercicios. Sara y yo intercambiábamos miradas pícaras y hacíamos lo posible para rozarnos con su entrepierna. Lo conseguimos varias veces. Y debo admitir que logramos que su polla se pusiera morcillona. La veíamos cada vez más hinchada, y aunque no estaba erecto, sí que, con el roce de nuestras espaldas y nuestros brazos, notábamos que había perdido la flaccidez del principio de la clase. Ni que decir tiene que estábamos muy mojadas y que Sara, que la muy cerda se había puesto una camiseta ajustada e iba sin los sostenes de deporte, marcaba unos pezones puntiagudos como dos miniaturas de la torre Eiffel.

Me moría de ganas que terminara la clase y ver esa polla en todo su esplendor en el vestuario. Así que al terminar, Sara y yo, en expectante silencio, nos fuimos a cambiarnos. Pero Visnu no vino. Sara, con mucho morro, salió del vestuario para ver dónde estaba y el profesor le respondió que esa tarde se iba a quedar haciendo más ejercicios él solo que se cambiaría más tarde.

Al día siguiente, las dos llegamos puntualísimas a clase de yoga. Pero Visnu había llegado y nos esperaba en la sala. Como el día anterior, Visnu bajó de su tarima y nos permitió que le pudiéramos seguir rozando la polla disimuladamente. En esta ocasión, además, para hacer un estiramiento de la espalda, estando yo de rodillas, me agarró por detrás y mientras tiraba hacia atrás mis brazos, me permitió notar toda la extensión de su polla en mi espalda. Empezaba a ponérsele dura. Después, hizo lo propio con Sara, que al notar aquel rabo tras de sí, casi se desmaya. Las dos terminamos la clase calientes como perras. Pero no se podía decir menos de Visnu, cuyo inmenso pollón, se intuía entre los pliegues de sus amplios pantalones.

Una vez finalizada la clase, nos dirigimos al vestuario. Mientras nos duchamos, no pudimos dejar de comentar lo sucedido y con qué ganas nos follaríamos a Visnu. Al salir de las duchas, nos sorprendió nuestro profesor. Seguramente, nos había escuchado. Su cuerpo solo lo tapaba una toalla que, sin embargo, no era capaz de disimular la magnitud de su pedazo de carne.

– ¿Ya habéis terminado, chicas?

– Sí, pasa- le respondimos. Y desapareció tras la puerta de las duchas.

Y para mi sorpresa, va y Sara me suelta:

– Uy, me he dejado el gel. Voy a buscarlo- y se metió en la ducha.

Pasaron unos segundos y me di cuenta que mi amiga tardaba demasiado. Pensé: ¿no se lo estará follando? Vale, a diferencia de mí, Sara es soltera y podía hacer lo que le viniera en gana. Pero aún y así… No pude resistir la tentación y entré sigilosamente en la zona de duchas. El chorro de agua casi tapaba los jadeos de Visnu. Estaba de espaldas a la pared y de rodillas, ante él, Sara le estaba comiendo la polla. Estaba tan excitada, que dejé caer la toalla al suelo y me empecé a masturbar. Unos segundos después, Visnu levantó a Sara y la puso de cara a la pared. En ese momento, y por primera vez, vi su polla erecta en toda su extensión. Y, por suerte, no sería la última vez que la viera. Era descomunal. Tendría no menos de 20 cm., posiblemente más. No era demasiado ancha, pero se veía durísima y brillante. Y el glande destacaba como un casco militar enrojecido. Mi dócil amiga se dejó abrir las piernas y Visnu se la metió por detrás. De golpe. De lo mojada que estaría la perra. Y empezó a follársela como nunca se la habían follado. Sara gritaba y se agarraba las tetas como una loca, mientras que su amante la cogía por las caderas y hacía lo que quería con su coño. El mío, ni que decir tiene, estaba chorreando. Mi clítoris estalló de placer y no pude ahogar un grito de placer. Visnu me vio, pero más que asustarse, se excitó aún más. Quien se asustó fui yo, que me di la vuelta y me fui, apoyándome en la pared, del placer de mi paja. Me perdí como Sara se corría a gritos y como Visnu se corrió en su cara y sus tetas, segundos después.

Los dos salieron de la ducha como si no hubiera pasado nada. Aunque les delataba su sonrisa picarona. Yo ya estaba vestida, así que me limité a decirle a Sara que la esperaba fuera. Me puse a charlar con Olga, la recepcionista:

– Oye, ¿qué ha pasado que habéis tardado tanto?- me preguntó.

– Nada, que nos hemos entretenido… charlando.

– Pues que Visnu se espabile, que mis padres nos están esperando.

– Olga, ¿Visnu y tú sois pareja?

– Claro, estamos nos casamos hace cinco años, ¿no lo sabías?

– No, no tenía ni idea.

Y en unos minutos salieron Visnu y Sara.

Y cuando Sara y yo salimos del centro de yoga, le conté lo que me había dicho Olga.

– Sí, ya lo sé- me respondió mi amiga-, me lo ha contado Visnu, que en realidad se llama Josema. Jajaja. Me ha pedido que sea discreta. Que él entiende como el amor y el sexo como algo abierto y libre, pero que Olga no lo ve de este modo. Así que hemos de estar calladitas, ¿vale?

– Jajaja. Cuenta conmigo.

Y me empezó a contar los detalles de la follada. Y me puso toda mojada. Y cuando llegué a casa me tuve que hacer otra paja y me corrí como una loca, imaginándome a Visnu como me follaba como un poseso. Y me empecé a obsesionar por esa polla. Aunque cuando se me pasaba la calentura, tenía remordimientos de conciencia: yo era una mujer casada.

Desde ese día, Sara, Visnu y yo establecimos una rutina: tras las clases, ellos follaban como locos en las duchas y yo me pajeaba viéndolos. Cada vez, las clases eran más cortas y las sesiones en las duchas más largas. Visnu, que sabía perfectamente, un día, me invitó a entrar en la ducha, a que me pusiera cómoda observándolos. Dócilmente, le hice caso y, ante la mirada contrariada de mi amiga, me puse en el rincón opuesto de las duchas a pajearme, mientras Visnu penetraba inmisericordiosamente a Sara, mientras me miraba con cara de deseo. Y yo frotaba mi clítoris y me pellizcaba los pezones como si no hubiera un mañana. Al cabo de unos minutos, en los que los amantes cambiaron un par de veces de posición, Visnu se corrió dentro de Sara. Ella, en el interín, ya se había corrido dos veces.

A la salida, Sara, celosa, me recriminó que entrara:

– Tía, casi me cortas el rollo. Pensaba que tú eras una esposa felizmente casada.

Me quedé muerta, pero quise quitarle hierro al asunto:

– Oh, Sara, no te pongas así, que no te lo voy a quitar. Pero es que una polla así no se ve todos los días. Mi pobre Javi no la tiene pequeña, pero es que la de Visnu es monstruosa. ¡No sé cómo te cabe dentro!

– ¡Porque me pone muy perraca!- y las dos acabamos riendo.

Pero en mi fuero interno empezaba a crecer un deseo por poseer aquella polla. Un fuego que yo ya sabía que no podía controlar. Ni quería controlarlo.

Y mi oportunidad llegó al cabo de una semana. Mi última semana de “Rodríguez”. Sara recibió la visita de una hermana que vive en Londres e inevitablemente, tuvo que saltarse las clases. Me las prometía felices: una clase para mí a solas. Sin embargo, a la hora de la verdad, también vino Isabel, una mujer de unos cincuenta y muchos, bastante rellenita, con unas enormes tetas y el pelo corto y rubio platino. Era muy simpática. Y de vez en cuando dejaba ir algún comentario jocoso que hacía que nos partiéramos todos de risa. Pero aquel día, Isabel me sobraba. Cuando nos estábamos cambiando en el vestuario, le informé que el de hombres tenía las duchas estropeadas y que Visnu se cambiaría con nosotras. A ella no le importó en absoluto. Y las dos nos hicimos las remolonas para esperar a nuestro profesor, que entró de inmediato. Debo reconocer que las tetas de Isabel eran dignas de admirar. Eran muy grandes y, aunque ligeramente caídas, se veían duras y con unos grandes pezones. Las mantuvo al aire mientras Visnu se cambiaba y se relamió al ver como éste se quedaba en pelotas y nos enseñaba su enorme falo, aún dormido. También me di cuenta como la cerda de Isabel, escondía discretamente su sujetador de deporte y se ponía la camiseta sin nada debajo. Por su parte, Visnu, en lugar de sus pantalones anchos de siempre, se puso unos de chándal de algodón que no disimulaban ni la forma ni la extensión de nuestro lujurioso objeto de deseo. Los tres nos cruzamos miradas cargadas de fuego y yo ya empecé la clase mojada.

Como en los últimos días, Visnu nos enseñaba las posturas que debíamos realizar y, después, él bajaba de la tarima para ayudarnos. Lo que me sorprendió fue el descarado toqueteo con Manola. A quien le sobaba las tetas mientras refregaba su polla en su culo. Manola se dejaba hacer, lo que me pareció que era una práctica habitual de nuestro maestro cuando había pocas alumnas. Cuando llegó mi turno, noté en mi culo como la polla de Visnu estaba totalmente tiesa. Y, como no, también me sobó las tetas a fondo. En ese momento, me percaté que mi entrepierna ya mostraba sin pudor lo mojada que estaba. Mientras Visnu, seguía con su rutina de ejercicios y sobeteo, mientras nos llamaba la atención con frasecillas como:

– Venga chicas, ¿qué os pasa hoy que andáis tan despistadas?

Al final, Manola, más lanzada, le espetó:

– ¿Cómo quieres que nos concentremos si llevas la entrepierna de esta manera?

Visnu se miró, se hizo el avergonzado y dijo:

– Perdonad, ahora vengo. Estiraos y respirad profundamente. Vengo en dos minutos- y se metió en nuestro vestuario.

No pude más, y le seguí. Cuando entré en el vestuario, vi lo que esperaba. Vi lo que deseaba. Visnu tenía su columna de carne en una mano, mientras que con la otra había cogido mis bragas y la estaba oliendo. No hizo falta que dijéramos nada. Me puse a cuatro patas y empecé a gatear como una perra en celo hacia su polla, que engullí como glotonería. ¡No me cabía en la boca! ¡No me cabía ni en las dos manos de lo grande que era! Y lo dura que estaba. Pronto se estiró sobre el suelo y me comió el coño en su 69 que hizo que me corriera casi al instante. El tío era también un maestro lamiendo el clítoris. Estuve con temblores por la corrida por más de 30 segundos. Cuando terminé, se puso sobre mí y me empezó a follar. Pensaba que una polla como esa no me cabría; pero qué equivocada que estaba: me la metió dentro de una estocada. Pero en poco rato, empezamos una sucesión de posturas que me volvió loca y que hizo que me corriera una vez más. Cuando Visnu ya no pudo más. Me agarró de la nuca y me hizo tragar su polla, a lo que accedí gustosísima, mientras que lo pajeaba con una mano, le acariciaba los huevos con la otra. No tardo en correrse. No me avisó, así que empecé a notar chorros de su leche caliente y espesa que recorrieron mi garganta. Me encantó.

– Mmmm… ¿ya habéis terminado?- inquirió Manola, que nos había estado observando. Estaba desnuda y mientras se pajeaba.

– Vamos a la ducha, que te mereces un premio- dijo Vusnu, que la cogió de la mano.

Allí, Visnu le estuvo comiendo el coño hasta que Manola se corrió. Yo estaba demasiado exhausta como para ir hasta las duchas. Pero cuando hubieron terminado, me arrastré hasta allí para lavarme.

Al día siguiente se repitió la escena. Pero el miércoles, Manola se quejó y ya montamos un trío en la sala de yoga. Que repetimos el jueves. Éramos adictas a la polla de Visnu, que parecía ser más insaciable que nosotras.

Finalmente, el viernes ya llegaron más alumnos y la sesión de sexo se hubo de cancelar. Además que el vestuario de chicos ya fue reparado”.

Cuando mi mujer hubo terminado su relato, me miró la entrepierna y exclamó:

– Javi, cabrón, como se te ha puesto así de dura cuando te contaba que te he puesto los cuernos.

– Joder, Carmen, me has puesto muy cachondo.

Y nos fuimos a follar.

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