Tú te lo pierdes. Puta al primer intento.

Como ya les he dicho, soy una chica bajita de estatura, pero siempre he sido considerada por mis compañeros la chica más bonita de la escuela, por lo cual tengo la confianza de describirme como tal, mis ojos son negros y resaltan sobre mi piel blanca enmarcada por mi cabello también de un negro intenso y largo casi hasta la cintura, hago mucho ejercicio en el gimnasio por lo cual soy delgada y tengo piernas y trasero firmes y bien formados, mis pechos son lo que más gusta de mí a los hombres pues son grandes y redonditos además de que no tengo reparos en lucirlos con escotes atrevidos.

Habían pasado apenas un par de días desde la humillación que me hizo pasar mi ex novio Javier en mi propia casa, pero a mí me parecía que ya habían pasado siglos, me sentía confundida sobre lo que realmente quería, en verdad me sentía usada, pero me moría de ganas por repetirlo, Javier me hizo sentir algo que nunca me habían provocado y a pesar de que él solo quería vengarse yo me moría porque me follara así nuevamente.

El debate interno entre rogar a Javier que me siguiera follando aunque ya no fuéramos pareja o simplemente olvidarme de la situación, resultó ser inútil, porque cuando por fin me decidí a suplicarle que me hiciera su puta nuevamente, el simplemente se dedicó a rechazar mis llamadas e ignorar mis mensajes.

Fue por eso que me di cuenta que si quería diversión iba a tener que conseguirla en otro lado.

Jamás en mi vida me había sentido tan nerviosa y tensa antes de salir de mi casa, me había puesto sobre un tanga de hilo solamente una minifalda de mezclilla que me cubría apenas hasta el inicio de mi trasero y la combiné usando una blusa negra con tirantes que favorecía mucho la vista de mis pechos. A decir verdad no es una vestimenta exagerada, pero ahora la estaba usando con el fin de salir a conseguir que me follaran, eso es lo que rompía mis nervios.

No tenía ni la más remota idea de a donde iría, no quería hundir más mi orgullo yendo hasta la casa de Javier a suplicarle que me follara, pero realmente quería saciar el deseo que me carcomía en ese momento.

Finalmente salí a la calle dispuesta a encontrar un macho que apagara lo que estaba sintiendo, tuve un arranque de valentía y me sentí decidida, hasta que llegué a una calle concurrida y sentí como mi voluntad caía al suelo, sentí que todos me veían, que todos sabían lo que estaba buscando, las miradas de las chicas eran para mí evidente muestra de burla, mientras que las miradas de los hombres me parecían testimonio del asco que les provocaba ver a una puta como yo en busca de la verga de un desconocido.

Era frustrante reconocer esas sensaciones como fruto de mi imaginación mezclada con el sentimiento de culpa al estar tan excitada, y aun así sentirme atrapada entre tanta gente que probablemente en realidad ni siquiera había notado mi presencia. Tenía que irme de ahí, quizá en un lugar más tranquilo sería más sencillo recobrar la calma y seguir con mi búsqueda, o en el peor de los casos reconocer que no era lo mío y regresar a casa.

Tomé el primer taxi que encontré y me subí en la parte trasera, mientras entraba a la unidad el taxista hizo un movimiento para recorrer hacía adelante el asiento del copiloto y así dejarme más espacio en la parte de atrás, pero justo en ese instante me encontraba aún con las piernas entre abiertas porque aun no terminaba de subir al coche, sentí su mirada clavarse en mi tanga amarillo, perfectamente visible en la posición en que nos encontrábamos, puedo asegurarles totalmente que fue apenas una fracción de segundo y que el tipo supo disimularlo muy bien, pero ese pequeñísimo incidente provocó en mí la renovada necesidad de que fuera algo más que una mirada la que se clavara en mi entrepierna.

Me preguntó el sitio al cual debía llevarme y le di la dirección de Javier, en ese momento ya me daba igual, no me sentía lista para buscar en otro lado, y sí él no quería responder su móvil, yo sí estaba dispuesta en servirle como una puta a domicilio. El trayecto duraría por lo menos 45 minutos, así que me puse los auriculares para escuchar música durante el camino.

La mayoría de las mujeres estamos acostumbradas a que los hombres nos vean cada vez que tienen oportunidad y a que siempre intenten ver un poco más, y tomando en cuenta lo que acababa de suceder no me sorprendió en absoluto darme cuenta como el taxista buscaba cada vez de manera menos discreta mirarme por el espejo retrovisor; la verdad es que estaba muy caliente, pero el taxista no me parecía nada atractivo, era un señor de unos 40 a 45 años de una piel morena bastante oscura, era muy gordo, de esa clase de hombres que solo se les hace panza y no parece ser proporcional al resto de su cuerpo, casi totalmente calvo y tenía una nariz achatada que realmente no le ayudaba en nada a su redonda cara, el único punto favorable que puedo darle es que olía a limpio y su ropa se encontraba perfectamente planchada.

Por mi mente cruzo aprovechar su evidente interés y quitarme las ganas ahí y en ese momento, pero su escaso atractivo me desanimaba, además realmente esperaba que Javier me recibiera y fuera él quien me llenara de nuevo. Con esa idea en mente marque nuevamente a su teléfono móvil, casi segura de que me seguiría ignorando, para mi sorpresa esta vez aceptó la llamada.

– Javier: ¿Qué quieres?

– Jimena: Imagino que ya sabes lo que quiero, voy camino a tu casa ¿Me recibirías?

– Javier: Mentirosa, que raro en ti.

– Jimena: Es verdad, voy a tu casa en un taxi, llego como en media hora.

– Javier: No vengas, no tenemos nada de qué hablar.

– Jimena: No quiero hablar, quiero repetir lo del otro día.

– Javier: Serás puta, ¿De verdad solo vienes a follar?

– Jimena: Sí, no hablaremos de nada más, lo prometo.

– Javier: Tendrás que hacer lo que yo te diga si quieres que te reciba.

– Jimena: Claro, lo que tú digas, llegaré en un rato.

– Javier: Dime en voz alta lo que quieres, a lo que vienes.

– Jimena: Vengo en un taxi, no puedo hablar, haya hablamos de eso ¿Sí?

– Javier: Bueno, si no obedecerás mejor ni te molestes en venir a molestarme.

Al decir eso colgó el teléfono, aparentemente se tomó muy en serio el comentario de que haría lo que él quisiera. No quería tocar esos temas frente a nadie, mucho menos frente a un taxista que no dejaba de verme las piernas y pechos por el retrovisor, pero tampoco quería llegar a casa de Javier y que no me recibiera, y aun peor, decidiera no follarme. Así que marque nuevamente a su celular con la esperanza de poder remediar lo que acababa de pasar.

– Javier: ¿Ahora qué? ¿Ya estas dispuesta a obedecer?

– Jimena: Sí, haré lo que tú quieras.

– Javier: ¿Qué ropa llevas puesta?

– Jimena: Una minifalda de mezclilla y una blusita negra de tirantes.

Pude notar la mirada de sorpresa del taxista viéndome por el retrovisor pero esta vez lo miré a los ojos mediante el reflejo para que se diera cuenta de que lo estaba viendo y dejará de mirarme.

– Javier: No te hagas tonta, ¿Qué llevas debajo de eso?

– Jimena: Un tanga amarillo y un top negro.

Nuevamente el taxista me miró por el espejo y, aunque otra vez se dio cuenta de que yo lo estaba viendo, no le importo y siguió recorriéndome con la mirada lo más que podía mientras conducía.

– Javier: ¿Vienes en un taxi? ¿No te da pena que te escuche el que maneja?

– Jimena: No, no me da pena, parece un hombre respetuoso y ni siquiera voltea a verme.

– Javier: Que clase de puta eres, hasta te duele que el chofer no te mire.

– Jimena: Llego a tu casa en veinte minutos ¿ok?

– Javier: ¿A qué vienes?

– Jimena: Voy a que me folles.

La cara del taxista fue memorable, estuvo tentado a girar de plano su cabeza hacía mí al escuchar lo que dije, pero pareció recordar que iba conduciendo por lo cual se conformo con mirarme con su cara escéptica por el retrovisor.

– Javier: Hoy no te follaré, puedes venir a mamarme la verga y sí lo haces bien tal vez te folle mañana. Tómalo o déjalo.

– Jimena: Lo tomo, te haré la mejor mamada de tu vida si mañana me follas.

Noté como el taxi se movía cada vez más despacio, el taxista no perdía un segundo para mirarme y las primeras gotas de sudor aparecían en su frente.

– Javier: Ponte en el centro del asiento y abre las piernas para que el taxista pueda verte.

– Jimena: ¿Estás loco?

– Javier: Si no lo haces colgaré nuevamente y no volveré a contestar ni a recibirte.

– Jimena: Esta bien, listo, ya lo hice.

La verdad es que no pensaba hacerlo, pero esperaba poder engañarlo si le daba por su lado.

– Javier: Pásame al taxista para que me lo confirme, sí no lo haces colgaré.

No tendría porque haberlo hecho, podía colgar la llamada y seguir con mi vida, pero la excitación que había experimentado la última vez que follé con Javier se había apoderado nuevamente de mí, sin pensar me coloqué en medio del asiento para facilitar la vista al taxista y abrí totalmente mis piernas al tiempo que ponía el celular en altavoz. El taxista se dio cuenta y esta vez giró a verme descaradamente olvidándose del espejo y atendiendo muy apenas al camino.

– Jimena: Estoy en altavoz, puedes preguntarle si quieres.

– Javier: Señor, ¿Le gusta lo que ve?

– Taxista: Pero claro, a quién no.

– Javier: ¿Ya se abrió de piernas la puta que lleva en su taxi?

– Taxista: Sí, está abierta de piernas, que linda tanga la que lleva.

– Javier: Pues sí no le molesta que juguemos un poco en tu taxi, usted disfrutara el show visual mientras trae hasta aquí a mi perra, pero nada de tocarla ¿Qué dice?

– Taxista: Claro, ya no estamos muy lejos, y con esta vista da gusto manejar.

– Javier: Jimena quita el altavoz

Quité el altavoz para seguir hablando con Javier, el taxista ya no se cortaba nada, volteaba descaradamente a mirar mis piernas y me miraba con rostro burlón, la velocidad del taxi ya era un chiste, a este paso no llegaría en menos de 20 minutos, y yo me sentía cada vez más caliente, estaba exhibiéndome ante un total desconocido con el único objeto de conseguir que mi exnovio me follara nuevamente, Jimena, la que yo conocía, se estaba yendo para siempre.

– Javier: Comienzo a creer que siempre has sido una puta, no sé cómo no lo noté antes.

– Jimena: Tal vez así habríamos disfrutado mucho más los dos.

– Javier: Aún es tiempo putita. Saca tus pechos para que el taxista pueda verlos, y no se te ocurra desobedecer.

Me saqué los tirantes y de un tirón bajé la blusa y el top dejando moverse al aire mis pechos para delicia evidente del taxista que ya permanecía más tiempo mirándome a mí que al camino.

– Jimena: Listo, las niñas están sueltas Javi.

– Javier: Pregunta a nuestro amigo si le gustan.

Le pregunté al taxista si le gustaban mis pechos con la voz más sexy que pude para que Javier al otro lado de la línea se diera cuenta de que me estaba esforzando.

– Taxista: Hombre, claro que me gustan preciosa, estás hecha toda una guarrilla.

– Jimena: ¿Escuchaste Javi?

– Javier: Jajaja, te estás creando fama putilla. Ya debes estar por llegar, acomódate la ropa porque no quiero que te vean bajar así y piensen que necesito pagar por prostitutas.

– Jimena: Okay Javi, en un momento llego.

Cuando colgué el teléfono y comencé a acomodarme de un modo más natural en el asiento pude notar como el taxista me miraba sonriente mientras movía suavemente su mano frente a su enorme barriga.

– Taxista: ¿Le gusta lo que ve señorita? Esto lo ha provocado usted.

Aún seguía con los pechos al aire cuando me di cuenta que el taxista se había sacado el pene y se estaba masturbando suavemente frente a mí. Era una verga enorme, estoy segura que medía un poco más de 22 cm en total y era el pene más grueso que había visto en mi vida. Me perdí por completo contemplando aquella maravilla cuando de pronto una carcajada me saco de mi ensimismamiento.

– Taxista: ¿Qué pasa señorita, se le hizo agua la boca?

Me di cuenta que estaba ahí, desnuda de la cintura para arriba y con la boca abierta sorprendida observando como aquel tipo grotesco se acariciaba aquella hermosa verga a sabiendas de que había logrado hipnotizarme con ella.

Comencé a reacomodar mi ropa, estábamos a punto de llegar a casa de Javier y ahora estaba desesperada por llevarme una verga a la boca.

– Taxista: ¿Había visto algo así antes?

– Jimena: La verdad es que no, es enorme.

– Taxista: Yo tampoco había visto a nadie comportarse como tú.

– Jimena: ¿Tan rápido dejamos atrás el usted? Para todo hay una primera vez.

– Taxista: Venga, no finjas que eres tímida, cámbiate al asiento de adelante para que puedas verla más de cerca.

De verdad me había sorprendido aquel pene, estaba en su máximo esplendor, totalmente erecto, notablemente duro y con las venas resaltándole por todo el tronco, necesitaba verla más de cerca. El taxista se había orillado al pie de la carretera, bajé del taxi y subí nuevamente, esta vez en el asiento del copiloto. ¿Qué es lo peor que podía pasar?, si esto se ponía peligroso estaba lo bastante cerca de la casa de Javier como para salir huyendo hasta su casa sin el mayor problema.

Cuando subí al taxi volvimos a ponernos en marcha, pero tomamos un camino que evidentemente no iba a casa de Javier, no me asusté, por lo cerca que estábamos era obvio que el taxista trataría de alargar al máximo el momento en que bajara de su unidad.

Seguía masturbándose lentamente cuando me pidió que descubriera mis pechos nuevamente, esta vez me quite por completo la blusa y el top, lo cual pareció agradarle por la mueca de alegría que mostraba su rostro.

– Taxista: No puedo tener la mano despegada del volante tanto tiempo, vamos sigue tú.

Giré mi cuerpo hacia él y tomé con mi mano derecha su pene, era sorprendente la sensación de tener aquella tranca en mis manos, la sentía palpitar y el deseo de llevarla a mi boca estaba a punto de jugarme una mala pasada. Seguí masturbándolo a un ritmo similar al que él estaba empleando momentos antes cuando de pronto me soltó:

– Taxista: Ese tipo tenía razón, eres toda una perra. Aparcaré aquí para que me la chupes a ver si eres tan buena como pareces ser.

La confianza con la que me hablo aquel tipo me desorientó, su único atractivo era su pene, sin embargo con eso le bastó para tener la seguridad de hablarme de ese modo. Estaba muy excitada así que solamente le pedí que nos diéramos prisa porque me estaban esperando.

Cuando aparcamos miré por la ventanilla, no había movimientos alrededor, era un pequeño camino de terracería que quedaba oculto a la carretera por arboles y matorrales.

Sin esperar una indicación deje de masturbarlo y me abalancé a meter aquel enorme palo en mi boca. No diré que lo metí hasta el fondo porque sería una mentira del tamaño de aquella polla, pero si abarque toda su extensión con mi lengua para después meterlo lo más que podía y seguir chupando la punta. El movimiento no era sencillo, apenas lograba hacerla entrar a mi boca, y era una sensación extraña sentir en mis labios los bordes provocados por sus marcadas venas entrando y saliendo en mi boca, pero quería devorarla, quería seguir chupando, claramente esta era la verga perteneciente a un verdadero macho.

Se quitó la camisa y a cada movimiento que hacía para seguir chupando su exquisito trozo de carne mi cara se estampaba contra su barriga llenándome cada vez más de su sudor. El taxi tenía palanca al piso, por lo cual la posición era sumamente incomoda, sin embargo me ordeno ponerme de rodillas sobre el asiento y volver a inclinarme hacia él para seguir mamando. Pasó su mano por mi espalda y me levanto la minifalda dejándomela como una especie de cinturón, y comenzó a darme palmadas en las nalgas al ritmo de la mamada que le estaba haciendo.

No estoy segura de cuánto tiempo estuve chupándosela así, pero yo estaba fascinada con el sabor salado de su pene y del sudor que entraba en mi boca tras haberse acumulado en mi rostro por cada vez que su panza golpeaba contra mí. De pronto siento como comenzó a juntar mi cabello en una especie de cola de caballo y adivino lo que está por venir, Javier solía hacer el mismo movimiento.

Tomándome por el cabello comenzó a empujar mi cabeza para que su pene entrará más profundo y cada vez más rápido, sentía escapar por las comisuras de mis labios restos de sudor, saliva y sus primeros fluidos, me provocaba arcadas y estaba segura de que vomitaría en cualquier momento, sin embargo se detuvo. Bajó del taxi y jalándome por el cabello me hizo salir por la puerta contraria a mi asiento, caí directamente al suelo porque me jaló con una fuerza tal, que no me dio tiempo de bajar los pies al salir del carro, dejó caer sus jeans y sin soltarme ni un momento del pelo, estampó mi cara contra sus testículos, me dijo que los lamiera, que toda buena puta sabía lamer huevos.

Sus testículos estaban cubiertos por una capa de vello que me hacía cosquillas, pero los lamí, ya no tanto porque me lo pidiera él, sino porque lo estaba disfrutando mucho, me estaba sintiendo una hembra, sentía que en ese momento un machó de verdad me estaba escogiendo para satisfacerlo y que era mi obligación como buena hembra hacerlo disfrutar como lo estaba disfrutando yo.

Un momento después me despegó de su pene jalándome bruscamente del cabello y comenzó a masturbarse apuntando hacia mi cara, por lo cual imaginé que estaba a punto de venirse en mi rostro, pero mirando a mis ojos directamente me dijo:

– Taxista: Hace años que no follo a una jovencita tan puta como tú, y no pienso quedarme con las ganas.

– Jimena: No tiene porque hacerlo, yo quiero que me folle.

Esperaba que al decirle eso se corriera de inmediato, pero en cambio volvió a tirar de mi cabello, esta vez para ponerme en pie, me dobló apoyando mis manos contra el asiento del taxi y dejando mi culo en pompa a su disposición, no se molestó en quitarme el tanga, solo lo hizo a un lado y metió un par de sus dedos para comprobar lo mojada que estaba.

Pude ver que en el otro asiento estaba mi móvil, la pantalla se había iluminado porque Javier me estaba llamando, estaba estirándome para tomarlo cuando siento la primer embestida de aquel tronco entrando por mi coño, abriéndose paso como un verdadero hombre, sin que nada se interpusiera entre él y el fondo de mi vagina, solo para volver a salir y entrar nuevamente con una frecuencia que envidiarían muchos jóvenes de 25 años. A la tercera o cuarta embestida dejo de importarme la llamada de Javier, solo quería que mi nuevo macho me siguiera dando duro.

– Taxista: Para ser una puta tienes el coño cerradito, lástima que el próximo que te folle se encontrará una cueva completamente abierta.

– Jimena: No me importa, sígueme follando, sigue por favor.

Aún me éxito recordando aquella hermosa pieza de carne que me taladro por quien sabe cuánto tiempo, estaba empapada hasta los tobillos, mis muslos completamente chorreados por mis fluidos eran muestra de lo mucho que estaba disfrutando.

Cuando creí que mi taxista estaba por terminar saco su verga de mi, ya más que abierto, coño y nuevamente me hizo arrodillarme frente a él para que se la chupara un poco más, estaba deseando con locura saborear la leche de mi nuevo macho, pero jamás pasó. Cierto es que el exclamaba de placer y que su pene estaba por reventar de lo duro que estaba, pero de la nada simplemente me dijo que ya era hora de irnos.

– Jimena: ¿Qué pasa? ¿No te gustó?

– Taxista: Claro que sí, pero ya es hora de irnos.

Nos vestimos, subimos nuevamente al taxi y le pedí que me dejara unos metros antes de llegar a casa de Javier. En cuanto bajé el taxi siguió su rumbo, no me dijo nada. Me sentí decepcionada, había disfrutado muchísimo y me había logrado correr por lo menos un par de veces, pero no había conseguido que mi macho sintiera lo mismo.

– Jimena: Tengo que mejorar, la próxima vez que lo vea, me dará su leche y ese será mi premio.

Mi móvil estaba sonando por una llamada de Javier, simplemente ignoré la llamada y crucé la calle, estaba apenas a unos pasos de Javier, pero había tomado una nueva decisión.

Hice la parada a un taxi que pasaba, me subí en la parte de atrás y discretamente abrí mis piernas para que el taxista pudiera verlas por el retrovisor.

Tomé mi celular y lo llevé hasta mi oído y dije, “Sí, hare lo que tú quieras”, esperé un par de segundos fingiendo que había alguien en la línea y después seguí: “Una minifalda y una blusita de tirantes negra”…

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