Un baño con Irene

El Aeropuerto de Asturias se encuentra en la parroquia de Santiago del Monte, en el concejo de Castrillón. El taxi recorrió en un santiamén los 15 km que lo separan de Avilés. Andrés nos esperaba allí.

Avilés es una Villa recogidita. Cualquier restaurante bueno o malo es conocido.

-El Pañol. Le decís al taxista que os lleve al Restaurante El Pañol. Todo el mundo lo conoce- Había indicado Andrés a mi amiga.

Cuando le dijimos al conductor, orondo y de cara inflada y sonrosada, el sitio al que nos dirigíamos, se extendió largo y tendido sobre el restaurante, deshaciéndose en elogios. Conocía el lugar y habló maravillas de la menestra de verduras que hacían allí.

-Señoritas- dijo- si piensan comer hoy espero que tengan reserva porque si no, es imposible conseguir mesa-

-Nos espera un familiar que se ha encargado de todo- contestó Irene.

El restaurante hacía esquina con tres plantas, muy altas, las paredes pintadas de blanco, menos la última que tenía el exterior de madera. Andrés esperaba galantemente en la entrada. Había recibido el wasap de Irene diciendo que estábamos en camino.

El primo de mi amiga era una persona afable, siempre sonriente. No aparentaba los más de cincuenta años que tenía. Había sido militar, pero lo dejó cuando empezaron a irle bien los negocios. Alto, enjuto, pelo canoso y un pendiente en la oreja izquierda. Un pendientito discreto-

-¡Dios mío Michelle!- estás más hermosa de lo que yo recordaba. Tienes una carita de ángel-

Le sonreí cálidamente. Su piropo había sonado sincero y natural.

Compartimos unos entrantes muy ricos con pan de cristal y embutidos. Como plato principal menestra, la famosa menestra que tanto gustaba al obeso taxista. La comida me pareció muy buena, pero su precio elevadísimo. ¡18 euros por un plato para una persona! De todas formas, Andrés se apresuró a sacar la tarjeta, algo que una señora siempre agradece.

Yo no me podía sacar de la cabeza las imágenes del avión. La tremenda mamada a la que había sometido aquella mujer desconocida a su pareja. Creo que él sabía que yo no dormía realmente. En cualquier caso aquello no le había cortado lo más mínimo, antes bien le habría resultado más morboso, pensé.

Andrés me sacó de mi ensimismamiento:

-No quiero saber los motivos de vuestro exilio bajo ningún concepto. Baste con que mi primita me haya dicho que se trata de un tema personal. Irene sabe que tiene mi casa y lo que quiera, cuando lo necesite. Irene y quien venga con ella, por supuesto- Sonrió de una manera algo forzada al mirarme, como huyendo de mi estudio.

Irene le sonrió de una forma en la que me pareció descubrir que entre Andrés y ella había habido en algún momento algo más que una relación de simple parentesco.

-No me importa darte los detalles, de verdad- le dije- Se trata de uno de esos paréntesis que un matrimonio se da para aclarar ideas. Necesito distancia física y tiempo para meditar el futuro de mi relación con Carlos-

-Ya te he dicho que no quiero saber los detalles. Tú siéntete como en tu casa y no tengáis prisa por marchar. ¡Estoy tan solo en esa caserona! Ahora bien, otra cosa es que me necesites o desees mi consejo. En ese caso estaré encantado de ser tu amigo y confidente. Haz lo que desees Michelle-

La sonrisa de Andrés se había tornado más discreta, al tratar un tema tan delicado. Prosiguió:

—Vendrá Bonifacio a buscarnos. Es un subsahariano que tengo contratado para diversas cosas. Igual me hace de conductor que de cocinero. Estoy mucho más a gusto con él que con una empleada. Vive en casa, en el cuarto del servicio. Ya lo conoceréis, es de lo más peculiar-.

“El cuarto del servicio”, sonaba tan arcaica la expresión. Pero Andrés lo había dicho sin ningún tipo de doble sentido y con su siguiente afirmación confirmé que no lo había.

-Bonifacio lleva en casa más de tres años. Es más un buen amigo que un simple empleado-

Tomamos café y unos “orujines”, que a mí, particularmente, se me subieron a la cabeza.

Cuando llegó Bonifacio, Irene inspeccionó al tostado inquisitorialmente. El ébano de su piel era en extremo oscuro, procedente de la región de Dakar en Senegal y perteneciente a la raza Mandinga, como más adelante me haría saber Andrés. Alto, con la cabeza rapada, muy musculado y con una risa que en la colosal boca hacia brillar los blancos dientes contra el fusco del resto del panorama. El rostro picado de la viruela que padeciese en su infancia.

El chico apenas superaría 22 años y a mí me pareció franco y próximo, además de muy atractivo. Cuando me acerqué para darle los besos de rigor en la mejilla, noté un agradable y profundo aroma a maderas y hierbas silvestre.

No pude evitar la pregunta:

-¿Bonifacio que colonia llevas?-

Se separó de mí poniendo un gesto claramente teatral. -¿Te ha gustado eh?- en su sonrisa había una indisimulada satisfacción –Gucci. ¿La conoces?- Respondió.

Llevo muchos años leyendo de perfumes. Desde que vi la película “el perfumista” quedé tan impresionada con la relación entre los olores y las reacciones humanas que me apasiona todo lo relacionado con ese mundo. Decidí dar un toque culto a mi persona en presencia de Bonifacio, Irene y Andrés:

-Sí, mucho- le contesté- La he regalado en alguna ocasión. Es más,-le dije- no sé si sabes que entre las notas que le dan su particular aroma están la nuez moscada, y el cuero-

Había conseguido mi objetivo. Bonifacio abrió sus inmensos ojos sin salir de su asombro por mi erudición.

-¡Vaaaya!- exlamó.

Ya de viaje hacia Ribadesella, mis ojos paseaban aquellos verdaderos cuadros, degustando sus matices y colores. Había visto cientos de veces Asturias por televisión o en algún documental, pero no había tenido la ocasión de visitar en persona esa maravilla de la naturaleza. Tenía noticias de amigos y familiares sobre sus paisajes, o lo bien que se comía, la hermosura de su litoral, la naturaleza, casi salvaje, en la cordillera y el embrujo de sus aldeas.

El vivir en Madrid te hace tomar la jungla de asfalto y cristal como lo único que existe. Olvidas que más allá de los límites de la gran urbe, existen espacios tan increíbles como los que mis ojos contemplaban en aquel momento, camino de Ribadesella.

-¿Es bonito verdad?- Andrés debía haber notado mi embeleso.

-Sí mucho. Sobre todo llama la atención tanto verde. Todo es verde, ¡Dios mío!-

-Ya buscaré tiempo para daros alguna que otra sorpresa- Nos miró, primero a Irene y después a mí.- Michelle, verás desde Llanes hasta los Picos de Europa, pienso enseñaros mi tierra a fondo, sus más delicados secretos. Acantilados imposibles, paisajes híbridos, de mar y montaña, de verdes praderas y arena fina. Pero lo que creo que os van a gustar más son sus paisajes gastronómicos. Lo de hoy no ha sido nada-

-Yo lo que tengo verdaderas ganas de conocer son lo pueblines de los que tanto me has hablado- dijo Irene-

-Eso que no falte- dijo Andrés- las piedras hablan por sí solas, han visto pasar delante la historia, despertarán tu fantasía, ya lo verás-

De repente apareció, bañada por el sol del atardecer y por la Mar Cantábrico, recorrida por el río más famoso de Asturias, la preciosa Ribadesella. Bordeamos en el Mercedes el gran paseo marítimo que bordea el pueblo, reguardado del mar, escondido en la ámplia ensenada, en la que deposita sus aguas el Sella. Sus casas de piedra, las montañas que lo rodean, me parecía estar soñando.

Andrés volvió a soltar otro apunte turístico:

-Iiremos a ver los tesoros de mi pueblo- dijo- A mí lo que más me gusta es el Centro de Arte Rupestre de Tito Bustillo. Pero el Casco Antiguo es digno de pasear. Lo haremos un día en el que nos acompañe el tiempo. Y a cuevona es otro sitio que no os vais a perder, si de mí depende, claro está.

La casa de Andrés era una construcción indiana en pleno paseo marítimo de Santa Marina. Realmente un verdadero palacete de tres plantas, con una torre en una de sus esquinas. Estaba pintada en tonos azules y blancos y sus grandes ventanales y terrazas eran realmente soberbios. Ahora me explicaba porque había dicho Andrés que se encontraba sólo en aquella “casona”.

Me peiné como puede, porque mis cabellos se habían alborotado más de lo que yo puedo soportar. Bonifacio introdujo el inmenso mercedes a través de la estrecha puerta. Pensé que en mi vida podría hacer una maniobra tan ajustada a la velocidad que la había efectuado el negrito.

Perdí mi estado de euforia al ver la casa. A pesar de la belleza tenía algo de lúgubre. Recordé a mi esposo, con algo de remordimiento. Ahora estaría sólo en nuestra casa de Madrid, tal vez, como yo estaba pensando en él, él estaría pensando en mí. Me puse tierna. La casona era como esas que ponen en las pelis de miedo. Me agarré del brazo de Irene para sentir algún alivio a mi desasosiego.

—¿No te da algo de repelús? —Le susurré al oído.

Andrés nos precedía unos metros más adelante, mientras Bonifacio había avisado de que se quedaba dándole un repaso a la brillante carrocería del automóvil.

Mis temores se disiparon en gran medida al entrar. Los mueble clásicos y la chimenea encendida conseguían dar un tinte de hogar al fantasmagórico palacete. La escalera en curva, como las del cine de época, subía a la planta de arriba en la que seguramente estaban nuestros dormitorios.

Efectivamente, era en aquella planta donde Andrés nos enseñó nuestras habitaciones y después se despidió. -Perdonarme pero tengo algún asuntillo que resolver. Me ausento una o dos horas-

Me estaba preparando para darme un baño. El agua humeante había llenado el aire de vapor cálido y acogedor.

La bañera rectangular, pero mucho más grande que las que encuentras normalmente. Me había despojado de toda la ropa menos del conjunto interior, un modelito en tonos lilas, braguita brasileñas con los elásticos en blanco. Los mofletes de mi trasero lucían realmente hermosos con ella.

La bañera estaba flanqueada por un amplio borde en mármol beige. Un jarrón de porcelana blanca permanecía reposando en una de las esquinas. Me imaginé que se utilizaría para coger agua y enjuagarte la espuma, ya que no había ducha. Tomé el jarrón, lo llené de agua y la volqué contemplando el vapor y escuchando el ruido del chorro al precipitarse sobre la bañera, medio llena ya.

Siempre es un alivio desabrocharse el sujetador. Aparté mis cabellos rojos del cierre y me deshice de la prenda. Me gusta mirarme los pezones rosados. ¡Resaltan tan redondos y prominentes sobre mi blanca piel! Me masajeé el cuello, lo tenía algo entumecido. Luego mis manos resbalaron hasta rozar los extremos de mis senos, que, por alguna extraña razón, ya estaban duros y tiesos. Tal vez, pensé, la escenita del aeroplano seguía causando sus efectos.

Me incorporé y deslicé las braguitas brasileñas. No sé si le pasará a mucha gente, pero a mí, cuando me desnudo totalmente me invade un sentimiento de libertad erótica y hedonismo sensual.

Estaba sentada en el borde, con los pies y parte de las piernas sumergidas, cuando la vi. Era Irene.

-¿Qué haces?- Le pregunté sorprendida. Irene estaba apoyada en el quicio de la puerta del baño, desnuda, con sus exuberantes curvas tan solo cubiertas por las bragas, brasileñas también, pero de algodón blanco.- ¿Desde cuándo llevas ahí?-

-Un buen rato- me respondió- Venía a verte y no me has contestado al llamar a tu puerta. El sonido del agua… Te he visto preparar el baño y he decidido apuntarme. Si no te molesta claro-

Lucía espectacular con sus dos grandes tetas colgando, la melena negra impecable, derramada sobre sus hombros.

—Andrés volverá más tarde de lo previsto, me ha dicho Bonifacio, no regresará hasta bien entrada la noche. Cenaremos solas, bueno con Bonifacio—

Todo esto me lo decía mientras bajaba sus bragas. A pesar de habernos visto cientos de veces en el gimnasio, tenía la impresión de que era la primera vez que Irene se desnudaba ante mí. Según entraba, al flanquear el borde de mármol beige, dejó unos segundos abiertas las piernas, como mostrándose. A la vez miró descaradamente entre mis muslos, el coñito depilado.

Yo seguía sentada en el borde y ella se sumergió en la bañera, apoyando su espalda entre mis piernas, obligándome a abrirlas. Extendió los brazos, descansando sus axilas por encima de mis rodillas, sobre mis muslos. No dijo nada, ni yo tampoco.

Tomé la esponja y la sumergí en el agua, empapándola. Luego la estrujé, dejando que el agua recorriera sus hombros y las ubres generosas. Recorrí con la esponja su canalillo, subiendo deliberadamente por encima del pezón, que se erizó al contacto. Luego subí por su cuello, que ella ladeó, hasta llegar a su oreja.

Habría dado una media docena de viajes, desde el agua hasta su cuello, mojando y acariciando, cuando Irene giró la cabeza entreabriendo los labios. Ofreciendo descarada su boca en una invitación. Quería un beso.

Me incliné lentamente, dejando mis cabellos como una cortina rojiza, delante de la cual quedaron selladas nuestras bocas. Era nuestro primer beso. Un beso que se prolongó casi eterno. Agarré su mentón mientras la besaba y ella apoyó su mano en mi hombro, para luego, pasar a acariciar mi pelo.

Entré en la bañera mientras Irene permanecía sentada en la misma posición. Me puse a cuatro patas, entre sus piernas y me incliné hasta volver a besarla. El erotismo flotaba en el ambiente, como el vapor, subiendo hasta el techo, nublando los cristales de las ventanas y nuestras mentes.

Jamás nos habíamos insinuado, jamás había visto en mi amiga ningún apetito lésbico. Pero lo cierto es que nuestros pezones se rozaban en aquel mismo instante y ninguna de las dos deshacía el beso, ninguna huía de la otra, y nuestras lenguas se enredaban mágicas, haciendo nacer una pasión y unas ganas que no era capaz de comprender.

Sentí una mano de Irene en el cachete del trasero, apretándolo, primero en un pellizco grande, que acabó convertido en caricia, de forma delicada.

Irene se incorporó y ambas quedamos de rodillas, una frente a la otra. Ella elevó una de las piernas, apoyando el pie en el fondo de la bañera y ofreciéndome sus tetas en un claro gesto de invitación.

Obedecí sumisa y lamí uno de sus pezones. Esta vez fui yo la que agarró sus nalga, abriendo el culo, separando los labios de su sexo mientras ella volvía a besar mi boca.

Irene agachó el cuerpo, sentándose sobre sus talones y se dedicó con esmero a sorber, lamer y paladear mis pezones, duros como roquitas, erizados por las caricias.

Subió de nuevo y de nuevo me besó la boca, agarrando mis caderas con dulzura, acariciando mis costillas y mis senos. Paramos un segundo, dejando aparcada la inmensa pasión y erotismo que nos invadía. Nuestras miradas quedaron clavadas la una en la otra. Era una mirada totalmente sexual, de zorras que desean ser poseídas. Nuestras bocas volvieron a unirse por enésima vez mientras nos abrazábamos, sintiendo nuestras tetas chocar mutuamente.

Entonces vino el gesto de mi amiga. Algo que deseaba desde hacía rato, pero que no me atrevía a pedir. Irene se sentó en el borde de la bañera y abrió las piernas. Me invitaba a degustar el coñito tierno y jugoso, salpicado de agua, bello.

La luz, apenas penumbra que llegaba a través de los visillos, confería al baño una atmósfera íntima. Irene puso uno de sus pies en el borde de la bañera y el otro sobre mi espalda. Yo a gatas, entre sus piernas, llegué hasta la separación de su ano y su coño, y restregué mi lengua a través de toda la raja, que se abrió jugosa, ya mojada del aceitoso néctar del amor.

Agarró mis cabellos en un gesto de frenesí y yo me entretuve con la lengua separando los labios del coño y lamiendo el clítoris insistentemente, con cadencia, succionando y fregando. Irene comenzó a jadear, volcando la cabeza hacia atrás y abriendo las piernas mucho más. Se pellizcaba los pezones y me acariciaba con el pie que reposaba en mi espalda, llevándolo hasta el culo, bajando y subiendo.

Me detuve un instante, separando mi cara del coño, contemplándolo. Llevé mi mano a él y abrí los labios. Irene me contemplaba expectante. Le dediqué una sonrisa antes de volver con la lengua a su clítoris duro y largo. Ella miraba hacia abajo, contemplando mi trabajo. Separé la boca, moje mis dedos de saliva y comencé a rotarlos sobre toda la almeja, mirándola a los ojos. Jadeaba y daba pequeños grititos que me resultaban totalmente irresistibles. ¡Me encantaba verla así!

Mantuve el masaje, alternando dedos y lengua hasta que Irene me detuvo. Creo que sentía llegar su orgasmo y no quiso tenerlo aún. Ambas supimos que había llegado la hora del relevo. Me dí la vuelta ofreciendo mi trasero, medio cuerpo fuera de la bañera, saqué el culo del agua y lo abrí también, infinito. Culo y coño quedaron expuestos como obras de arte a su contemplación. Una de mis piernas fuera de la bañera, recogida para abrir más lo que Irene estaba comenzando a degustar.

La sentí llegar con sus besos en los labios de mi sexo, después su lengua entre ellos y sus dedos golfos jugando a follarme poco a poco el ano y el coño. Sus uñas granates traspasaron todas mis aberturas y sus dedos dieron de sí el arete pequeño.

Gemí mientras Irene lamía y follaba con sus dedos. Moví las caderas para ayudar a la cadencia de las caricias. Y, por fín, me sentí llegar el orgasmo.

-Irene me corro-

-Espera- me dijo. Y tumbándose frente a mí enredó mis piernas en las suyas, haciendo coincidir nuestros chochos y frotándome con él, volvió a dirigirse a mí: -Ahora, Michelle, córrete ahora.

Baile mis caderas para sentir mi sexo en el suyo y ambas tuvimos un orgasmo tan tremendo que cinco minutos después aún estábamos en la misma postura, sonriéndonos sumergidas en las tibias aguas del baño.

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