Un desliz inesperado

Resumen: a casi dos años de mi viudez, había tomado como pareja a un amigo de mi difunto esposo, pero era algo como para llenar una formalidad, hasta mi hijo lo había aceptado, sin embargo, un día, el menos pensado, un ex compañero de mi hijo se me atravesó en mi camino, no supe ni cómo, pero me dejé seducir y me convirtió en su putita. Aquí les cuento ese día, esperando les guste, como me ha gustado a mí el complacer a ese chico.

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Como parte de mis actividades culturales, y para completar mi gasto, yo daba clases de danza a un grupo. Bailábamos regional e internacional.

Un lunes que iba a la clase, se me ponchó la llanta de mi auto, afortunadamente, a media cuadra de donde estaba un mecánico, René, ex compañero de escuela de mi hijo, y “amante” de Alicia, una señora que atiende una lavandería, unos años mayor que yo.

René era un chico de la edad de Gustavo, mi hijo; habían estudiado juntos la secundaria y parte de la preparatoria, pero luego él ya no pudo seguir estudiando y entró a trabajar a un taller de mecánica automotriz. No era guapo, era moreno y tenía buen cuerpo, pues practicaba el físico – culturismo.

Iba yo retrasada así que, el muchacho me llevó en su coche a la clase y le pedí que me compusiera la llanta y luego, más tarde, pasara por mí a la clase de danza.

René fue por mí a la clase de danza. Estaba en el curso cuando vi que se abría la puerta y vi aparecer a René. La portera lo fue a interrogar, pero el muy fresco dijo que iba por mí, y que me iba a esperar. Eso era cierto, pero yo no deseaba que me esperara aquí arriba, sino allá abajo, en el coche. En fin, estuvo casi las dos horas fisgoneando todo cuanto yo hacía, le estuve dando “su exhibición”.

Estaba haciendo la barra, apoyada en una sola pierna y levantando hacia el cielo la otra, abriendo casi totalmente mis piernas y el imbécil de ese muchacho no me quitaba los ojos de encima. ¡Qué desfachatez de aquel chico!. Teníamos que permanecer un gran tiempo en esa posición para fortalecer los tobillos y…, el otro se daba su taco de ojo a más no poder. Llevaba solamente mi payasito naranja y abajo una pantaleta para ejercicios, pero me sentía casi desnuda ante los ojos de René. Además, ese payasito se me pegaba tan estrechamente que revelaba perfectamente toda mi anatomía y se me introducía, por si no fuera poco, enmedio de mis asentaderas.

Luego de algunos minutos de estarlo pensando, me puse a sentir excitada y sentí, con una enorme pena en ese momento, que mi sexo se estaba mojando de la excitación. El idiota aquel tenía los ojos clavados en la mitad de mis piernas, contemplando esa delgada franja de tela, de donde quizás se escapaban algunos de mis pelitos.

Luego cambiamos de posición pero fue peor para mí, tuve que hacerlo de espaldas a él y…, el payasito se me metía profundamente enmedio de mis asentaderas. ¡Qué vergüenza pasé, qué vergüenza…!.

El muy desgraciado tuvo la desfachatez de sentarse en una sillita e instalarse a unos metros de mí, escudriñando con mucho detalle mi anatomía más oculta.

Luego pasamos a los ejercicios en suelo: acostada de espaldas debía levantar mis piernas, separadas completamente y tocarme los hombros con las puntas del pie. ¡Hasta se inclinó sobre de su silla para contemplarme mejor!. Yo estaba muerta de pena y cerré los ojos para no verlo, pero sentía su mirada sobre mi payasito y sobre de mi calzón. Tenía ganas de hacerme invisible, de desaparecer o no se que otra cosa.

Al final de los ejercicios, se hace la caravana hacia el público. La hice y el muy idiota tuvo la osadía de aplaudir. ¡Estaba…, de todos colores!.

Me metí al vestidor y me bañé y me cambié. Me puse la ropa de calle que tenía antes del curso de danza: un vestidito azul marino, de manga corta, con un cuello alto, muy fresco, abotonable por el frente y abajo no traía más que unas pantaletas, color verde claro y un brasier del mismo color. El pelo me lo dejé suelto, al hombro.

Cuando salí, el chico me esperaba de pie. Me pidió mi mochila y el se la llevó hasta su camioneta. Me abrió la portezuela y abordé; luego se subió él. Se arrancó y de inmediato

= ¡La invito a cenar un pozole!,

me dijo, bastante contento. Yo tenía hambre, y sobretodo sed, por la danza.

Nos fuimos a una cenaduría y comenzamos a platicar de los coches y de las llantas. Habíamos pedido pozoles y ya llevábamos tres cervezas cada quien.

Le pregunté por Alicia. Le pregunté que: ¿cómo andaba con ella, si era mucho más grande que él?. Él se sonrió y me explicó:

= usted sabe, señito, a los hombres nos gusta la cosa y, pos a las ñoras también…,

sobretodo a las que no tienen hombre, como a Alicia, que le hace falta un marido…,

anda siempre que se deshace todita…

+ pero…, bien podría ser tu mamá…, tiene hijos que son de tu edad…,

¡incluso mayores que tú…!.

= pos ya ve lo que son las calenturas, señora…, a las señoras les gustan los jóvenes…,

y a nosotros nos gustan más las señoras… maduras.

En ese momento se hizo un silencio, pues yo era una señora…, madura y…, pedimos otras cervezas y luego de eso, el René continuó en su decir:

= ¡por cierto…, usted ya lleva casi dos años de viuda…!,

me dijo el muchacho, como metiendo hilo para sacar hebra, y se me quedó mirándome muy fijamente, como para mirar mi reacción.

Yo ya me sentía un tanto “mareada” y…, de repente sentí que me pasaba su mano sobre de mis hombros y me jalaba de la nuca:

= ¿Se anda portando bien la señora…?.

¡René me jalaba hacia él!, de manera muy suave y luego de un estremecimiento, me dejé ir hacia él, pasivamente.

+ ¡Ay René…, tú me conoces muy bien…!,

le dije, recostada en su hombro, un poco apenada por la pregunta indiscreta, pero René me volvió a preguntar:

= ¿no le hace falta un muchacho…?.

Sentí que el rubor me coloreaba mi cara, y volteándolo a ver, de reojo le contesté, suavemente:

+ ¡Cómo eres René…, la danza me mantiene ocupada…!.

= ¡Con razón tiene Ud. esas piernotas tan ricas, señito…!,

me dijo, palpándome mis muslos, por encima de mi vestido.

No supe ni cómo reaccionar; me agarró por sorpresa, y por ello no me moví. Sentí deslizarse su mano hacia arriba, por encima de mi vestido, y me puse muy tensa, pero no hice nada por retirarle la mano, que se había quedado tranquila en ese lugar, en el elástico de mis pantaletas, por encima de mi vestido:

= ¿Y bailan con esas mallitas…?. Se le notaban sus pelos de fuera…,

¿Nunca ha bailado en un teibol…?

me dijo…

= ¿Puede usted imaginar las miradas de todos los hombres sobre de sus mallitas…?.

¿Así como la estuve mirando en la clase…?.

Su mano empezó a desplazarse hacia la mitad de mis muslos, y luego se regresó de nuevo hasta mi cadera, para luego volver de nuevo en su intento por avanzar hacia el centro de mi panochita, mojada.

En cada recorrido de esa mano, me sentía petrificada, me quedaba sin respirar y le hundía un poco más mi cara dentro del cuello de aquel inmundo muchacho… Tenía cerrados los ojos; estaba muerta de pena y deseo. Sentía que todo mi cuerpo vibraba: mis senos, mi vientre… Me puse muy colorada y muy rígida.

= ¿No se le antoja tener un muchacho que la haga vibrar…?,

me preguntó en ese momento el muchacho.

Voltié a verlo, intrigada, sin entender su pregunta, y el chico me quiso besar en ese momento, sin embargo, hice mi cara de lado. Me negaba a darle de besos a René, que era amigo de mi hijo y “amante” de Alicia, mi vecina, pues me decía que no debía ser pero…, no podía separarme de él… Mi carne, ansiosa y dispuesta se le estaba entregando sin ninguna reserva en ese momento. Su aliento cálido cada vez que me hablaba al oído…, ¡me quemaba completamente!.

= viera señora, cuando estaba abiertota de piernas…, ¡se veía deliciosa!;

¡es precioso verles enmedio de las piernas…!, sobretodo cuando las separan muy ampliamente…, así como lo hacía usted hace un rato…

¡Se me antojaba muchísimo hundirle mi cara y mamarle su pucha…!, ¡meterle mis dedos!, ¡mi verga…!, ¡señora…!,

y en ese momento me apretaba mi pucha, con muchísima fuerza, ¡salvaje!.

= ¡Alcanzaba a olfatear cuando transpiraba…!. ¡Usted también estaba caliente, de que la

estuviera mirando!. ¡Su pantaleta se le pegaba a su sexo…, y…, con el debido respeto

que usted me merece…, yo le podía adivinar muy fácilmente la forma y los pliegues de

su panocha…!.

Su mano me seguía acariciando mi sexo, y mis piernas, esta vez por debajo de mi vestido. Casi empezaba a tocarme mis pantaletas. ¡Estaba mordiéndome fuertemente los labios, yo misma, para no gritar del placer que yo estaba sintiendo!. El chico me seguía calentando con sus frases al oído:

= ¿no le hubiera gustado cogerse a su hijo, señora…?, ¡a un muchachito muy joven…!, ¡así como yo…!, ¡que le aceitara las nalgas y le perforara su

chocho…!, ¡que la hiciera gritar a puros vergazos…!, ¿que se la compartiera a sus cuates…?,

me dijo René, metiéndome, ahora sí, la mano por debajo de mis pantaletas.

Deseaba que siguiera y retenía todo mi aliento

= que la llevara a encuerarse en los teibols, a enseñar su panocha, muy abierta, como una boquita con hambre?; ¿puede imaginarse la señora una escena

como la que le describo…?,

y me abrió los labios vaginales al mismo tiempo que decía lo anterior

= delante de todas aquellas gentes que pagaron por verle los pelos, todo, muy iluminado y

muy abiertota de piernas…,

y hasta ese momento por fin, me metió sus dedos en mi cosita. ¡Sentí una descarga eléctrica correr dentro de mí!, y me vine tremendamente.

= Uno va a ver eso, todo lo que le estoy tocando en este momento, señora…

¿Se atrevería a bailar así la señora…?, ¿dentro de un teibol…?, ¿delante de muchos hombres…?. ¿Y bailaría desnuda, enseñando los pelos de su

panocha…?, ¿abriéndose bien de piernas…?.

¡No pude aguantarlo!. ¡Me dio mucha pena, estar en ese lugar, estar con ese muchacho, estar dejándome acariciar de la manera en que me lo estaban haciendo!. Me paré y me fui a pagar a la caja. René se me quedó viendo desde la mesa, luego se levantó, lentamente y se fue caminando hacia afuera.

Pagué y cuando salí, René me estaba esperando allá afuera, parado a la orilla de su camioneta. Me abrió la portezuela y sin decir una sola palabra me subí. Se subió y…, ¡me abrazó de inmediato; me rodeó con sus brazos, me dio un beso rete cachondo y me introdujo su mano hasta mi panochita, por debajo de mi vestido, por encima de mis pantaletas, y antes de que otra cosa pasara, tan solo me dijo:

= ¡quítate tus calzones, putita…!.

Hasta este momento siempre me había llamado “señora”, pero…, en este momento me había hablado de “tú”, me había llamado “putita” y…, su mano me había comenzado a recorrer mis chichitas.

= ¡quítate tus calzones, putita…!,

me repitió suavemente, al oído, sin dejar de acariciarme mis senos, ahora por debajo de mi vestido y por debajo de mi brasier; no dejaba de estimularme el pezón, que lo tenía ya muy erecto:

= ¡enséñame tus calzones, putita…!.

¡Me estaba dejando hipnotizar por esas caricias tan deliciosas!, y mi respiración se comenzó a volver más profunda; ¡estaba demasiado excitada!, ¡completamente mojada de “ahí”!.

= ¡enséñame tus calzones, putita…!,

me volvió a repetir el muchacho, apretándome fuertemente el pezón, como en señal de castigo, por no obedecerlo desde la primera vez que me lo pidió.

Embelesada por el embrujo de aquella caricia en mis senos, comencé a levantarme el vestido, por arriba de medio muslo, hasta descubrir lentamente mis muslos, mis ingles y mis pantaletas, y en ese momento, luego de mirar a mis pantaletas, levanté mi mirada hacia él y le dije:

+ ¿así…?

= Así mi putita…, quería mirarte los pelitos que se te escapan de debajo de tus calzones,

comentó, recorriéndome mis ingles, el elástico de mis pantaletas y mi monte de venus, por encima de mis pantaletas, que ya se encontraban mojadas de mis venidas:

= ¡Andas rete caliente putita…!, ¡ya tienes todos mojados tus calzoncitos…!.

¡Quítatelos, mi putita!.

Y medio inconsciente, medio perdida enmedio de mis emociones, me sentí a mi misma llevándome mis manos hasta el elástico de mis pantaletas y luego, comencé a jalármelas hacia abajo: ¡no podía evitarlo…!. Me levanté un poco del asiento para permitir que me pasara por debajo de mis asentaderas; me las pasé a lo largo de mis muslos, de mis rodillas, de mis piernas, y las llevé a mis tobillos, en donde comencé a mover prontamente mis pies para deshacerme de ellas.

Por mi misma, volví a sentarme en ese asiento caliente y separé de nuevo mis piernas; el aire fresco de aquella noche me acariciaba las nalgas… Estaba sin respirar, esperando lo que siguiera… levanté‚ mis ojos para mirarlo con unos ojos de súplica y entonces.., él me tocó; me puso un dedo, ¡un solo dedo! y me sobresalté por completo… Me separó mi pelos, todos batidos, hacia cada lado de mi rajadita y luego, comenzó a deslizarme su dedo de abajo hacia arriba y luego otra vez… Luego fueron dos dedos…, luego fueron los tres, que se me insinuaban entre mis labios, luego entre los pequeños, por arriba y luego también más abajo… ¡Estaba toda mojada!.

+ ¡ah…, ah….!,

gemía yo en cada una de sus pasadas y le hundía cada vez más mi cara en su cuello, como para ahogar mis gemidos.

De manera imprevista, en un “in-prontu” que tuvo ese chico, me jaló de mis vellos púbicos con muchísima fuerza y me reprochó:

= ¡Eres una mentirosa putita…!. ¡Te anda “parchando” el Memín!.

¿No es cierto eso putita…?,

me preguntó ese muchacho, a boca de jarro:

+ ¡Aaaaah…, sí, sí…!,

= y te gusta cómo te coge…?,

+ ¡sí, sí…!,

= y te madrea cuando te está cogiendo?,

+ ¡sí, sí…!,

= y te gusta que te madrée?,

+ ¡Sí, sí…!,

= ¿Te gustaría cogerte a tu hijo…?

+ ¡Sí, sí…!.

= ¿Quieres que te la meta, señora…?.

+ ¡síiiiiiii…….!.

En realidad nunca supe si le respondí a su pregunta o le había hecho, simple y sencillamente una solicitud para que le siguiera.

+ ¡ síiiii…….!.

= ¿Quieres que te la meta, señora…?,

me volvió a repetir…

+ ¡síiiii, métemela…, métela pronto… síiiii…!.

El muchacho se me colocó entre mis piernas y, de un solo golpe me metió su camote, ¡hasta adentro!:

+ ¡Aaaaggghhh…, aaahhh…!,

haciéndome soltar u gemido, tremendamente placentero e incitador, y luego de ello, se puso a bombearme con gran rapidez y mayor fortaleza; estaba triturando mi clítoris, se frotaba en contra de mi rajadita, abierta de par en par por esa verga tan rica. Mis labios mayores estaban inflados y abiertos por el empuje de la carne interior. No me importaba ni adonde estaba, ni quien era…, todo lo que sabía era que mi sexo se me quemaba y se devoraba por el placer. Había olvidado el lugar, la hora y el tipo inmundo con el que estaba; me encontraba entregada al placer…

Me estaba metiendo su verga entre mis labios vaginales todos batidos; hacían un ruido bastante particular, cosa que nos sobre-excitó a ambos, tan solo de oírlo. Toda la camioneta se había impregnado de un olor a “cogida”…

Sentí que “me llegaba”, que estaba ya por venirme, y el chico tambien lo sintió, mientras gritaba emocionado:

= ¡me vengo, me vengo, me vengo…!,

y me lo siguió empujando hasta que eyaculó dentro de mí por completo. Me hizo soltar un grito, muy fuerte, me estaba viniendo, al igual que el muchacho.

= ¡putota, putota, putota…!,

me gritaba, al tiempo que eyaculaba, sin dejar de bombearme.

Volvió a subirme su mano y me aplastaba mi cara, me restregaba mis labios y me jalaba el cabello, con fuerza, con pasión, con vehemencia.

Nunca dejó de bombearme; me apachurraba mi clítoris, muy erecto; me lo apretaba con cada bombeada, con cada embestida y… ¡sentí como si un rayo de placer me hubiese caído sobre mi sexo!; arquié mi cuerpo totalmente hacia el frente y solté un gemido tremendo, al mismo tiempo que le clavaba mi cara hasta no se donde, dentro del cuello del pobre René…

¿El pobre René…?. Sí, eso dije…, ya le estaba teniendo compasión y cariño, luego de todo eso que estaba haciendo conmigo.

Yo tenía ganas de girar muy rápidamente mi cabeza, de un lado hacia otro y de adelante hacia atrás, de abrir la boca muy grande, y de ponerme a gritar. Hice todo esto a medias, no por pena sino por no gritarle en el oído a René o estrellar mi cabeza contra la de él.

En ese momento me estaba viniendo, una venida como nunca antes había tenido, un calor inaudito brotaba de mi panochita, al tiempo que me hacía relajarme completamente. No pude aguantarlo y grité…, en el oído del pobre René, y luego, apenada por ello, le clavé mis dientes en su cuello para ahogar ese grito. Le inundé totalmente su verga y el asiento de la camioneta y todo mi vestido, que estaba arremolinado en mis asentaderas…

Quedé un gran momento desconectada, idiotizada, perdida, abrazada a aquel chico, con mi cara perdida en su cuello. Sentí unas lágrimas de placer recorrer mis mejillas. ¡Nunca en mi vida había obtenido un orgasmo de esta grandeza…!.

Cuando me repuse de todo cuanto había pasado, se me hizo raro que alrededor de nosotros todo permaneciera sin cambio: los árboles, las piedras, las plantas…, la camioneta y… ¡yo me encontraba con el vestido levantado por arriba de mi cintura, con mi sexo expuesto a todas aquellas caricias, con mis senos al aire. ¡Estaba completamente mojada, sin pantaletas…!.

Me puso a mamarle su verga, a limpiársela de mis venidas y de las de él, con mi lengua.

Me incliné hacia adelante a recoger mis pantaletas; me las pasé por entre mis tobillos y comencé a ponérmelas en su lugar, levantándome ligeramente para pasarlas debajo de mis piernas, mis muslos y todo mi vientre, que el chico aquel me había manoseado a su completo antojo y me había poseído hacía apenas unos instantes.

No bien había terminado de subírmelas, cuando él se arrancó: ¡iba sacada de onda…!. Clavé mi cabeza hacia el suelo y…, algo dentro de mí comenzó a decirme que había disfrutado muchísimo, que me había gustado a morir y que había sentido mucho más bonito que cuando estaba con el Memín – mi pareja actual, un compañero de oficina, amigo de mi ex marido, casi de mi edad, un hombre tan solo un año más joven que yo, que nos conocemos de más de 15 años y que siempre nos acompañaba al futbol o paseos, por eso lo conocía yo, y también el René – o que cuando me acariciaba yo sola en mi cama. De reojo voltié a verlo y…, me sentí apenada de haberlo hecho, me daba muchísima pena, pues era amigo de mi hijo, de su edad, ¡podía ser mi hijo!.

Venía bastante molesta conmigo misma. No comprendía porqué me había dejado coger por éste muchacho, ¡que ni siquiera me gustaba…!. ¿Era una falta de respeto al Memín, mi pareja?.¿En qué clase de mujer me estaba yo convirtiendo?. ¡Estaba cayendo en la promiscuidad!. ¿No quedaba en mí ya pudor…?. ¿Qué cosa debía yo de hacer…?.

Me fui pensativa por el camino, reflexionando mi manera de actuar y de comportarme: ¡el gusto tan grande que me había proporcionado ese chico!, hasta que llegamos a la Unidad donde vivo. Rene se detuvo, se estacionó, apagó el auto y se volteó de inmediato hacia a mí, metiéndome como rayo su mano por enmedio de mis piernas y muslos, llegándome a mi panocha, todavía mojada de mis venidas, y aun llena de su simiente, y tomándola con rudeza y firmeza me dijo:

= ¿Cuándo paso por ti?. ¡Quiero que me invites a coger a un motel, para echarme un palo

bien rico contigo!: ¡voy a convertirte en mi puta!.

Mitad asustada, mitad endiosada, completamente entregada, le contesté, de manera entregada:

+ Los lunes y jueves tengo la clase de danza y no veo a Manuel (al Memín); pasa por mí y nos vamos a donde tú quieras…,

le dije, buscándole su carita, para plantarle un beso en sus labios.

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