Un día de trabajo

Como cada mañana, el sonido del despertador hacía que volviese de mi encuentro con Morfeo para reencontrarme con la cruda realidad: un nuevo día de trabajo. Encima aquel día era domingo, por lo que la tienda estaría a rebosar de gente y sería una auténtica locura. No quedaba más remedio que armarse de valor y paciencia y tratar de comenzar el día con positivismo para tener un día lo más feliz posible.

Me levanté de la cama, con esa alegría “obligada” y lo primero que hice fue dirigirme a la ducha para tratar de despertarme del todo. Con agua fría, me enjaboné cada rincón de mi cuerpo, buscando meterme fuerza aunque fuese a base de enjabonarme. Salí de la ducha radiante y con ganas de comerme el mundo. Pero lo que me comí fue una tostada de pan acompañada de un zumo de naranja. Desde luego, ganando energía para el duro día de trabajo no tenía rival.

Entre unas cosas y otras, se me echó la hora encima como de costumbre. Me vestí rápidamente con la ropa del trabajo, que consiste en una camiseta negra simple algo anchita y un pantalón también negro que se ajustaba a mis piernas (y a mí culo). Me enfundé el abrigo y salí pitando de casa para llegar lo más pronto posible a la tienda.

En el trayecto iba organizando en mi cabeza todas y cada una de las cosas que tendría que hacer al llegar, ya que ese día me tocaba abrir a mí: limpiar un poco la tienda, reponer todas las chucherías y caramelos que estuviesen escasos, contar la caja y empezar a atender con la mejor de las sonrisas al primer cliente que llegase.

La tienda se sitúa en un centro comercial, por lo que el volumen de gente es distinto a si se encontrase en plena calle. Al llegar, el centro comercial está desierto, lo cual dista bastante de como se encontrará en unas horas. Tan solo lo llenamos los trabajadores que acudimos a nuestros puestos de trabajo.

Como cada día, el vigilante de seguridad es puntual en su ronda matutina. Pero esta vez no es Jose, el divertido señor que cada mañana al pasar suelta alguna chanza con la única intención de hacerte sonreir. Se trata de un hombre de entre treinta y tantos y cuarenta años. Alto y al que parece ser le gusta cuidarse.

Se acerca a la tienda y traspasa el cierre que se encuentra medio cerrado.

– “Buenos días. Soy David, el sustituto del anterior miembro de seguridad. Ha sido trasladado a un centro más cercano a su casa y en principio me haré yo cargo de su plaza. ¿Todo bien esta mañana?”

– “Buenos días.” – contesté. – “Sí, todo bien de momento, gracias. Cualquier problema que tenga se donde encontraros.”

– “Muy bien guapa, pues que tengas una buena mañana.”

La verdad es que me dejó algo chafada el saber que a Jose lo habían trasladado. Era el típico bonachón que siempre estaba de buen humor e intentaba contagiar su alegría. Aunque claro, en lo visual, he de reconocer que salí ganando. Haciendo caso a mi primera impresión, David era un hombre al que se le notaba que le gustaba cuidarse, cerca del 1.90 de altura y de rasgos mediterráneos marcados y morenos.

Continué la mañana en mis labores, el centro abrió sus puertas y con ello llegó el primer cliente. Se trataba de un señor cuarentón.

– “Hola hija.”

– “Hola, buenos días, ¿puedo ayudarle en algo?”

– “Sí, a ver… Dame algo para un crío de seis años, que se ha puesto hecho una fierecilla con que tenía hambre y le he dejado en la tienda de al lado con su madre mientras compra.”

Salí de la caja para recomendarle unas cuantas galletas. Noté como me analizaba de arriba a abajo, haciendo especial hincapié en mi culo.

– “Pues no se cariño, las que tú veas, algunas con chocolate que seguro que le gustan. Y si no le gustan ya tengo excusa para venir a ver a una dependienta tan simpática y guapa.”

Me quede cortadísima. Era la segunda vez que me llamaba guapa un hombre de una edad bastante superior a la mía y acababa de abrir. Encima… ¿buscaba excusas para volver a verme? ¿Me estaba tirando los trastos?

– “Bueno pues… a ver… esto… con chocolate… tenemos estas y estas.” – dije como pude debido a los nervios. – “Estoy segura de que le gustarán.”

– “Pues si una chica tan guapa me dice que estas, le haré caso.”

Le cobré las galletas y se marchó dedicándome una sonrisa. “Madre mía” pensé. “Cómo estamos ya por la mañana”.

A partir de ahí, la cosa no fue a más. La mañana transcurrió con normalidad, pero al mediodía volvió a pasar por la tienda, esta vez acompañado de su hijo.

– “Mira campeón” – decía al hijo – “esta chica tan guapa es la que me ha vendido tus galletas.” – Sonreí e hice una carantoña al pequeño. – “Nada, venía a por una botella de agua que tiene el niño sed y mientras la madre termina de pagar hemos venido a por ella. Bueno, y así aprovechaba yo para volver a ver esos ojos tan bonitos.”

Reí como tonta y no fui capaz de articular palabra hasta que encontré una vía de escape en el niño.

– “Quieres un globito?” – le pregunté y lo aceptó con una gran sonrisa.

– “Ala, que bien” – dijo el padre – “¿Cómo se dice? Gracias. Pregunta a la nena cómo se llama y cuántos años tiene.

El niño hizo caso a su padre. Sinceramente, pensé que se trataba más de una estrategia del padre para saberlo.

– “Me llamo Marta y tengo 23 años” – le contesté sonriendo.

– “Venga Javier, dale un besito a Marta y vamonos con mamá, que si no se va a enfadar” – propuso el padre al hijo. – “Y cualquiera la aguanta después…” – dijo dirigiéndose a mí.

El niño se acercó a darme un beso y ambos se dispusieron a salir de la tienda. Pero justo antes de salir, volvieron hacia mí.

– “Antes de que me vaya, toma mi tarjeta.” – vi su nombre (Chema) y su número de teléfono. – “Soy agente de modelos, y llevo a chicas que se dedican a reportajes fotográficos, books, azafatas en congresos, eventos… Les consigo trabajos bien remunerados. Y viendo lo guapa que eres, quizá te interese.” – se produjo un pequeño silencio, algo incómodo. – “Pero no te asustes, tranquila.” – rió – “Piensatelo y si te apetece me llamas, tomamos algo y te cuento, sin compromiso alguno.”

Nos despedimos con un hasta luego y empecé a darle vueltas a lo que acababa de suceder. Sin comerlo ni beberlo, un tío que no conocía de nada y que me había tirado los trastos en distintas ocasiones, me había invitado a tomar algo con la excusa de contarme más sobre su trabajo como agente. De todas formas, me guardé su tarjeta, por eso de “nunca se sabe”.

Con tanto movimiento y tanta historia extraña en la mañana, dio la hora de comer. Hice el relevo con mi compañera Ana, para que ocupase ella las dos horas que tenía para comer. No tengo un sitio fijo de comer, por lo que siempre como donde puedo. Trato de buscar alguna escalera o rincón algo apartado donde no moleste a nadie y donde pueda comer con un poco de tranquilidad.

Me senté en una escalera de emergencia algo apartada. Empecé a comer algo de pasta que me había preparado cuando de repente bajó por las escaleras David, el nuevo miembro de seguridad.

– “¡Ah! hola, eres la chica de la tienda de chuches, ¿no?”

– “Sí, soy yo” – contesté.

– “No comas aquí si no quieres. Tenemos al lado de los ascensores de personal una garita con mesa y microondas y puedes comer allí más tranquila y calentarte la comida si quieres. Además, no suele haber nadie. Yo voy para allá, así que si quieres comemos juntos y al menos no estás sola.”

– “Vale, la verdad es que no me vendría mal calentar un poco la pasta y seguro que es mucho más cómoda una mesa y una silla que estas escaleras.”

Y para la garita que fuimos… Continuará…

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