Una bella y Normal mujer y su tío. Cap IV

La primera parte de este relato fue escrita por qazwsx1 y esta en la categoría “sexo con maduros”. Sin embargo, por problemas personales, él se vio impedido de continuar con la historia de Cristina y su Tío político, por lo que me pidió que redactara la segunda parte de esta historia, publicada y abandonada por mí hace mucho tiempo. Algunos autores propusieron algunas continuaciones; sin embargo, no quise dejar de compartir con ustedes la versión que siempre ha estado en mi cabeza y que ha alimentado mi morbo durante tanto tiempo.

Una bella y Normal mujer y su tío.

Cap. IV

Cristina nunca había tenido un hobby secreto. Secretos si, como lo que había compartido con Tío Antonio; pero no un hobby, no una “colección” de algo privado, de algo que solo ella conociera y recelara porque otros lo fueran a descubrir. En eso se había convertido su pequeño repertorio de películas morbosas. Todas descargadas de internet y seleccionadas con pinzas pues, para ser parte de aquel selecto grupo, Cris debía encontrar en ellas la chispa que despertara esas placenteras sensaciones. Para eso no bastaba con ver a parejas hermosas teniendo sexo desenfrenado, ni siquiera tremendos falos en pantalla penetrando incansablemente a mujerzuelas insaciables. No, nada de eso, lo que debían contener era una trama rebosante de morbo. Comenzar plantando una semilla de deseos incorrectos e inmorales, deseos prohibidos: hombres mayores deseando a mujeres jóvenes; deseos condenados por la sociedad como el hambre incestuosa que puede sentir un tío por una sobrina, un suegro por la esposa de su hijo; o nada más que un simple deseo de adulterio. Seguir regando este vil cultivo con alguna posibilidad de chantaje y poco evidentes avances; quizá divulgar aquellas corruptas intenciones, haciendo a la victima cómplice del mismo, pecando de ingenua o secretamente complaciente. Para terminar cosechando una obscena escena donde, sin importar las leyes éticas o civiles, aquellos bestiales apetitos se satisfacen con carne, con piel desnuda, tibia y húmeda de pasión; quizá no consentida en un principio pero finalmente agradecida por aquella víctima, que cede al placer del deseo irracional de un demente que piensa que nunca ha tenido, ni volverá a tener, un manjar tan increíblemente delicioso para saciar sus insanas e impuras fantasías.

De esta forma la bella dentista se volvió admiradora del porno setentero, con aquellas tramas lujuriosas y escenas realistas. “El sexo que habla” le encanto pues aparte de la escena del cine porno, donde la protagonista se deja manosear y luego fornicar por dos desconocidos, Cris encontró un gran parecido físico entre ella y la libidinosa musa: Un rostro tierno, bello y sensual al mismo tiempo; y que decir de su cuerpo, la chica era alta y voluminosa aunque le faltaban las visitas al gym de Cris. La sola idea de saberse más hermosa y deseable que la protagonista de aquella película, la hizo inundarse de sensaciones: orgullo, satisfacción, poder; y su nueva e inseparable compañera, la lujuria. De pronto se sentía tan libre, feliz por liberar esas morbosas sensaciones y darle placer a sus sentidos y a su cuerpo. Los momentos que pasaba a solas en la consulta se habían convertido en ratos de autosatisfacción y entrega a los deseos que su cuerpo le pedía. Su imaginación volaba despreocupada de los prejuicios, sus ojos disfrutaban de las obras de arte de Mario Salieri mientras sus manos recorrían las curvas que varias de las musas del director europeo envidiarían. Las preocupaciones, las culpas que antes con Tío Antonio la mortificaban, las había dejado atrás pues en estas nuevas experiencias y juegos no existían terceros, era ella encerrada en su oficina con su colección ultra protegida en su ordenador y punto, no había engaño ni infidelidad, seguía siendo una honesta mujer casada.

Esto dio pie a que se empezara a preocupar aún más de sí misma, se volvió vanidosa. Compro un espejo de cuerpo entero con la excusa de darle un toque a su consulta y hacer que pareciera más espaciosa. Dedicaba largos ratos a mirarse en ese espejo con diversas prendas de ropa. Empezó a frecuentar más seguido el gimnasio; alguien le dijo que no había mejor ejercicio para una mujer que la bicicleta y ella lo comprobó siendo testigo de cómo sus piernas se contornearon a la par de su cola, haciéndola aún más deseable. Ella misma disfrutaba manoseándose las nalgas imaginando que era Tío Antonio o el Sr. Reyes quien abusaba de su inocente consentimiento.

La lencería que admiraba en las actrices la convenció para renovar su ajuar. Ya no era solo su cuerpazo desnudo, sino que era una escultura adornada en forma elegante con finos porta lija y sensuales braguitas. Las mismas faldas que usaba se volvieron más ajustadas y las blusas mas escotadas. Le gustaba causar sensación, se sabía admirada y aprovechaba las lascivas miradas que los hombres le regalaban para aderezar las increíbles sesiones de autosatisfacción en su consulta.

Todo esto la distrajo y mantuvo aquellas nuevas sensaciones a raya por algún tiempo. Pero cada vez, con cada nueva película, con cada nuevo orgasmo a costa de sus propias tocaciones, aquel morbo se acentuaba aún más. No podía dejar de pensar en el manoseo que le había propinado Tío Antonio y en la cara del pobre viejo al verla desnudarse para él. Pero era imposible volver atrás, no debía, no podía dar rienda suelta a algo que no podría detener y que podría acabar en adulterio. Ningún otro hombre que no fuera su marido podía entrar en su cuerpo. Se había permitido exponer su cuerpo a las miradas de su seudo suegro e incluso se había dejado toquetear por el Sr. Reyes, pero la penetración era algo completamente distinto. Nunca caería en una traición de ese calibre se prometía a sí misma. Sin embargo, necesitaba algo dentro de ella, lo sabía.

Miguel no había mostrado signos de recuperación. Ya se iba a cumplir un mes desde la última vez que le había hecho el amor. Los temores de Cris habían quedado atrás después de una franca conversación con su marido. Este le aseguro que él también estaba preocupado y le recalco que ella no tenía nada que ver con la impotencia que lo aquejaba. Incluso la tranquilizo contándole que el mismo Tío Antonio le confesó que a su edad había sufrido un par de estas temporadas sin apetito sexual, que era normal y que se le pasaría con el tiempo. Eso sí, le había asegurado que no debía forzar las cosas porque seria para peor. Cris acepto dejarlo tranquilo, mordiéndose la lengua cada vez que le daban ganas de pedirle que por lo menos usara sus dedos.

La rutina diaria de Cristina, después de atender a sus pacientes en la mañana y despedir a su secretaria, consistía en pararse frente a su espejo recién instalado y asegurarse de que se veía atractiva y deseable. Luego salía a almorzar por ahí, rescatando en su memoria cada mirada deseosa de los hombres afortunados que se cruzaban con ella. Como su horario de salida solía ser el mismo, ya había reparado en un par de tipos que esperaban a verla pasar cada día y que no tenían ninguna vergüenza en comérsela con la mirada. Ella se hacia la desentendida, sabía que podía elegir otro camino u otro restaurant para almorzar y estaba segura que esos tipos también lo sabían. Disfrutaba dejando que aquellos trúhanes se imaginaran la verdad, ¿sabrían que iba a desfilarles?, ¿sabrían que entraba en celo con las descaradas miradas que le regalaban?, se regocijaba con estas ideas durante el almuerzo, preparando su cuerpo para una tarde de placer.

Una vez de regreso en su consulta, lavaba sus dientes y se duchaba. En taco alto, muchas veces con su cuerpo aun húmedo, se plantaba frente al espejo admirando los resultados del gimnasio y excitándose con su propio cuerpo dejaba sus manos en libertad para tocarse delicadamente, a ratos cerraba los ojos para imaginar a esos extraños disfrutando de su cuerpo o rememorando los minutos de gozo que le había permitido a tío Antonio. La idea de haber dado su consentimiento, de haberse entregado al manoseo desenfrenado de su suegro la extasiaba aún más que el propio recuerdo de las tocaciones sobre su cuerpo.

Después de admirarse en múltiples poses: elegantes, casuales y hasta eróticamente vulgares, procedía a adornar su candente cuerpo con la lencería que especialmente había adquirido para verse como las musas de Salieri. Ligas, porta ligas, minúsculos corales, brasieres de encaje y fajas de distintos diseños y colores decoraban su figura, embelleciéndola escandalosamente. Todo esto no era más que el calentamiento para disfrutar de una de sus películas, acariciándose, ahí donde sus deseos y la escena en la pantalla la condujeran. Siempre disponía de un plátano, esencial para el exquisito preámbulo de pasión oral que las chicas regalaban a sus machos. Para Cristina era descontroladoramente excitante chupar el plátano, imaginándose el miembro de Miguel deshaciéndose en su boca. Desde Tutta una Vita que estaba decidida a hacérselo a su marido apenas estuviera dispuesto al sexo. La incógnita del sabor y la textura de un falo endureciéndose con el roce de su lengua la hacían recordar el ansia por la perdida de la virginidad de una colegiala. La idea en cuanto a la fidelidad, arraigada firmemente pese a todo lo sucedido, limitaban a Cristina en las escenas de penetración. Introducir algún juguete en su entrepierna era demasiado invasivo, esa invasión solo podía llevarla a cabo su esposo. Algo parecido pero en menor intensidad sucedía con la penetración anal que veía en algunas escenas; en principio le habían parecido dolorosas, pero al ver el éxtasis con que las muchachas recibían la íntima intromisión, su curiosidad fue en aumento. Además, el abuso por parte de un sinvergüenza extorsionador o abusador sobre una preciosa víctima no podía coronarse en forma más morbosa que con un enculamiento en toda regla. Por ello, pese a la limitante autoimpuesta de la penetración, ella ya estaba pensando en que podría usar para introducir en su virginal recto y salir de la duda; de todas formas seguramente a Miguel le encantaría metérsela por atrás, o así le gustaba pensar.

Ese día se había puesto un juego de portaligas blanco con pantys de malla, un coraless de encaje también blanco con transparencia al frente, que delataba su entrepierna depilada, y un sujetador que sostenía más que cubrir, dejándole un escote de fantasía. Parecía una novia a punto de consumar su matrimonio ―que afortunado seria ese novio―pensó, ya dispuesta a elegir la película con que daría rienda suelta a sus deseos.

Últimamente había estado algo preocupada, pues se sentía realmente excitada y ansiaba las noches de pasión con Miguel, ausentes hacia tantas semanas. Si bien su rutina la calmaba y la distraía, no sabía hasta cuándo podría satisfacer sus necesidades de esposa. ¿Quién soy? se sorprendía preguntándose a veces, ¿Cómo he llegado a esto?, ¿Por qué antes no me sentía así?, la culpa a veces brillaba entre las nubes de lujuria del abochornado razonamiento de Cristina. Pero no por mucho tiempo, no cuando aquellas nubes estaban cargadas de morbosa pasión y estaban a punto de romper en una tormenta. Pese a todo, esa fresca tarde la abandonada esposa ya estaba prendida y lista para saborear su plátano mientras observaba en la pantalla la clásica escena de Tutta una Vita; el viejo ya destapaba a la inocente doncella dormida junto a su amiga cuando sonó el teléfono.

El fuerte sonido hiso que a Cristina se le callera el plátano a medio pelar y soltara una maldición. Cuando se quedaba sola, nunca olvidaba dejar traspasado el teléfono de la recepción a la consulta pero esta precaución nunca había sido necesaria pues nadie llamaba a esas horas, por lo menos hasta ese momento. Después de suspirar enfadada descolgó el teléfono.

―Buenas tardes―escucho al auricular―¿podría hablar con la Dra. Cristina?.

―Habla con ella, ¿con quién hablo?―preguntó Cris, pese a saber con la certeza de un estremecimiento de quien se trataba.

―Usted habla con el Sr. Reyes, uno de sus pacientes. ¿Se acuerda de mí?.

Cristina se irguió en la silla, adopto una pose coqueta y sensual a la vez. Esta reacción inconsciente gatillo la absurda idea de que el Sr. Reyes pudiera verla casi desnuda a través del teléfono. El estado de sus sentidos, corrompidos por la sed de la lujuria, hacían que el solo escuchar la voz carrasposa del maduro paciente se convirtiera en un implacable aliciente de sus fantasías.

―Lo recuerdo Sr. Reyes, lo hemos extrañado por aquí―le respondió la angustiada mujer, sabiendo que su interlocutor ni se imaginaba el verdadero alcance de sus palabras.

―Le pido las disculpas del caso Dra., he estado un poco enfermo y me han mantenido enclaustrado. De todas formas es precisamente por eso que la llamaba. Estoy preocupado en proseguir con mi tratamiento con usted―dijo el Sr. Reyes, acentuando las últimas palabras― Sin embargo mi doctor insiste en que me quede en casa…. Bueno, y pensé que tal vez usted pudiera controlar el estado de mis tapaduras acá en mi domicilio.

La impresión que causo en Cristina aquella idea la dejo congelada.

―Aló, ¿me escucha?.

―Sí, lo escucho…..ehhhh―la batalla que se libraba al interior de la hermosa doctora no la dejaba pensar con claridad, se mordió el labio antes de excusarse― sería un tanto complicado, pues el equipo necesario para seguir con su tratamiento no es en ningún caso móvil o transportable Sr. Reyes.

―Lo entiendo perfectamente Dra. Sin embargo estoy seguro que una revisión de su parte podría dejarme más tranquilo. Por lo menos en lo que respecta a las tapaduras ya reparadas.

La insistencia de su paciente le provoco un cosquilleo de lujuria. Estaba segura que la preocupación del hombre no tenía nada que ver con su dentadura. Él quería verla. Lo más probable era que todo lo que decía acerca de haber estado enfermo era verdad, algo debía haberle impedido asistir a las consultas. Ella se había dejado manosear por aquel atrevido y nada dijo o hiso que le pudiera dar a entender que no volvería a pasar. Si, seguramente el pobre viejo estaba ansioso de repetir ese morboso juego que mantenían, por eso aquella loca idea de invitarla a su casa. Por otro lado, existía la posibilidad de que el muy tonto pensara que en su casa las cosas podrían pasar a otro nivel. La idea saco chispas de ansiedad y de irritación en lo más íntimo de la atribulada mujer. Ese hombre quería hacerle las cosas que ella ansiaba dejarse hacer, he ahí la raíz de la ansiedad, pero le irritaba que aquel loco pensara que ella lo dejaría llegar más allá.

―Dra. Estoy seguro que usted podrá brindarme la misma atención que en su consulta. No me atrevería a esperar nada más de usted.―la tranquilizó el veterano como si le estuviera leyendo el pensamiento. A Cristina le pareció ingenioso el juego de palabras donde el “nada menos” era convenientemente reemplazado por el “nada más”. ¿Sería capaz de leer sus temores?, o peor aún: ¿sería capaz de leer sus deseos?.

―¿Nada “más”?―preguntó con la mayor dignidad que le fue posible, mientras su semblante irradiaba una súplica ansiosa.

―Nada más Dra.―la voz sonó sincera en los oídos de Cris.

Hubo un incomodo silencio, pero el Sr. Reyes no la apuro, como si fuera consciente de la batalla entre deseos y miedos que se desarrollaba en su interior.

―Ok, es algo que no hago, pero si sirve para dejarlo más tranquilo.―aceptó Cris, tratando de disimular la angustia que la embargaba.

―Perfecto Dra. Si le alcanza el tiempo hoy mismo podría pasar.

Ella dudo.

―Bueno, no sé si hoy alcanzare……―respondió inquieta.

―Solo será un momento. Sé que es algo apresurado pero siento algunas molestias que temo me hagan pasar mala noche.

Cris no contesto de inmediato. Se miró al espejo, ahí sentada con esa sensual lencería blanca, las curvas contorneadas de sus trabajadas piernas se entrecruzaban como guardianas del tesoro de su hambriento cuerpo. Un paciente, un hombre mucho mayor que ella, le proponía acudir a él; la llamaba a ella, una belleza joven y orgullosa, una escultura viviente que pertenecía a otro hombre, lejos de su alcance; y sin embargo la solicitaba, con artimañas y dobles sentidos, pero la instaba a acudir a él….. y ella sabía para qué. Era la trama erótica perfecta, de aquellas que favorecían sus nuevas y lujuriosas sensaciones.

―Está bien Sr. Reyes, lo visitare hoy―Cristina anoto la dirección que le dio con repentina tartamudez la voz del auricular. Cuando colgó apenas podía creer a lo que había accedido.

La doctora se llevó las manos a la boca, como tratando de borrar el compromiso que había adquirido. ¿En qué estaba pensando?, ella era una mujer casada, no podía acudir así como así a la casa de un desconocido; además, ella sabía perfectamente a que iba: a que la manosearan, a que tocaran su hermoso cuerpo. Se volvió a mirar al espejo. Aquellos porta ligas!, el encaje exquisito con que adornaban sus piernas esas pantys hasta medio muslo, el brasier de media copa que levantaba su gran busto alcanzando a cubrir apenas sobre sus rebeldes pezones….

Se acercó rauda al cajón que usaba para guardar sus prendas especiales y apenas encontró lo que buscaba se lo puso y volvió a contemplar su reflejo. Era el mini delantal con que había modelado para Tío Antonio, y después de tantas sesiones de spining sintió que le quedaba aún mejor, entallado a la perfección y tan corto que dejaba las portaligas a la vista, la escasa superficie de su muslo que quedaba desnuda era como un oasis de piel canela en un desierto de encajes y tela ajustada. No abrocho el primer botón de la prenda, permitiendo que su escote se insinuara lo suficiente para hacer un juego perfecto con el estilo erótico de su indumentaria.

―¡Por Dios!, ¿Qué estás pensando Cris?―se dijo. La idea de presentarse así frente al Sr. Reyes despertó grados de lujuria morbosa que no sentía desde la última vez que se había expuesto ante Tío Antonio. No cabía en si del asombro, lo que pretendía hacer era indecoroso e indigno para una fiel esposa y respetable mujer como ella. Recordó que pese a todas las ganas que la habían inundado, se había resistido a volver a abrir la puerta que le cerrara a su suegro.―Pero esta puerta no está cerrada―pensó; incluso esperaba con ansia la hora que el Sr. Reyes volviera y compartieran ese jueguito en su consulta. La única diferencia es que en esta oportunidad estarían en su casa, sin una recepcionista que los pudiera interrumpir en cualquier minuto ni que se extrañara por la demora del tratamiento. En esta oportunidad podría poner un poco más de condimento al asunto. ¿Qué cara pondría el viejito al verla vestida así?―en su casa, y por mi propia voluntad―se dijo― ¡Dios!, lo voy a hacer.

Luego de introducir la dirección en Googlemap se dio cuenta que el lugar de la inusual consulta se encontraba de camino a su propia casa. Así que calculo que tendría por lo menos unos cuarenta minutos de “juego” que no la retrasarían para llegar a su hogar a la hora acostumbrada. Resolvió el problema de su atuendo de la forma más simple y rápida, se puso una gabardina larga color crema que mantenía en la consulta por cualquier cambio de clima repentino, pues obviamente una cosa era desfilarle al viejo afortunado y otra muy diferente era transitar en esa facha en la calle. El gabán le llegaba más abajo de las rodillas y bien abotonado mantenía un escote bastante conservador; por lo demás eligió unos zapatos de taco alto, tomo sus llaves y ansiosa salió por su auto.

Paso exactamente media hora entre que Cristina aceptara la proposición de su paciente y el momento en que la escultural doctora se estacionara a escasos metros de su destino. La casa del Sr. Reyes era una edificación antigua, de aquellas sin jardín, donde una puerta alta y de doble hoja compartía el frontis con un par de viejas ventanas. Los muros, seguramente de albañilería en adobe, se alzaban casi cuatro metros coronados por un marco de madera, detalle arquitectónico del año I. Toda la cuadra estaba ocupada por ese tipo de construcciones, por lo que la delimitación de los terrenos se reflejaba en el cambio de color del frente de las viviendas. El deterioro de la puerta donde Cris llamo, realzaba la antigüedad del barrio en general.

Estaba muy nerviosa, la ansiedad tenía a su corazón a cien por hora. Se percató de una anciana que desde una ventana abierta del otro lado de la calle la observaba con mirada adusta. Seguro era una de esas típicas viejas ociosas que no encuentran nada mejor que hacer que espiar a sus vecinos. ¿Qué cuentos andaría esparciendo después?: “¿Qué haría una mujer así buscando al viejo del frente?”, ¿Y si conocía a la esposa del Sr. Reyes?. Se le pasaron un millón de cosas por la cabeza; fue el sonido de la cerradura de la puerta lo que la saco de aquel ensimismamiento inútil. Si no hubiera sido por que se sabía observada, los nervios la hubieran hecho salir corriendo de ahí.

La pesada puerta se abrió y apareció el Sr. Reyes sonriéndole nervioso. Llevaba encima una bata larga, como si se hubiese levantadorecién. Estaba mucho más delgado y demacrado que en su última visita a la consulta.

―Dra.! Que alegría volver a verla, pase por favor.

Cris se apresuró a entrar, ansiosa de escapar de los ojos acusadores de la anciana fisgona.

Por dentro la casa se veía tan antigua como por fuera. Apenas el Sr. Reyes cerró la puerta de calle, Cris se vio parada en un ancho y oscuro pasillo. Las puertas a las habitaciones también eran de dos hojas y poseían paneles de vidrio resguardados por cortinillas de simple diseño que impedían ver el interior de los cuartos. Los tacos de la Dra. resonaron en las brillantes baldosas mientras era dirigida a una amplia estancia, iluminada en forma natural gracias a un gran ventanal formado por pequeños marcos de madera que daban al patio de la casa. Los cuadros en las paredes y los voluminosos aparadores y sillones que adornaban el lugar, le conferían un aire anticuado. Sin embargo, detalles como el gramófono y la respectiva colección de discos de vinilo de un costado, el trabajado tallado del marco del espejo y el fino tejido del cobertor del gran sofá, hacían el espacio bastante acogedor.

―Realmente es un placer verla en mi casa Dra.― dijo el Sr. Reyes. A Cristina le pareció oír la voz en off que a veces escuchaba en sus películas, aquella que reflejaba los verdaderos pensamientos del villano: “Ya te tengo en mi guarida, zorrita”.

La Dra. apenas le sonrió a su paciente e, incapaz de sostenerle la mirada, se adelantó frente al ventanal a contemplar el extenso y bien cuidado patio y la vista privilegiada del cerro San Gregorio; quien diría que una casa como aquella pudiera poseer esos tesoritos.

―La vista,― oyó a sus espaldas decir al Sr. Reyes. ―La encantadora vista que mi mujer y yo disfrutábamos en los tiempos en que aún me acompañaba. Bueno, eso y los recuerdos claro, han evitado que me vaya de esta casa. “Estamos solos, zorrita, nadie nos molestará” resonó la voz en off en la mente de la atribulada mujer.

Cristina sintió como el Sr. Reyes se paraba a su lado y posaba una de sus manos en su cintura.

―Cuando llueve fuerte, pueden verse múltiples caídas de agua por este lado del cerro, quizá pueda invitarla a contemplarlo algún día― la mano del viejo se deslizo suavemente sobre la gabardina hasta posarse en el voluminoso trasero de la Dra. “Y comienza el juego, zorrita”. El viejo no perdía el tiempo.

Cristina se volvió bruscamente hacia el Sr. Reyes, sorprendida por la urgencia de tocarla del pobre viejo. Era por lo menos un palmo más bajo que ella. Captó el ansia en el rostro de aquel hombre mayor, su frente se perlaba y no podía mantener una sonrisa sin que un nervioso tic le impulsara a sacar la legua a la comisura de sus labios. Su mano se congelo ahí en su trasero y Cris comprendió que el viejo temía haberla molestado. Quizá estaba más nervioso que ella. Era su oportunidad, decirle que no se propasara; examinarle la boca a modo de rápido chekeo y largarse de ahí. Pero no podía. En su consulta le maravillo el morbo de la invitación del pobre hombre, recurriendo a una exuberante mujer contra toda lógica, y ahora lo tenía justo ahí, junto a ella “¿qué te parece si te manoseo el culo, zorrita?”.

―Sería maravilloso― dijo la hermosa Dra. y contemplo la cara de satisfacción del viejo cuando le propino el primer apretón a su voluminoso trasero.―Pero no debe ser la gran cosa o lo hubiera escuchado antes ―cuestionó Cristina volviendo a observar el cerro. Sentía como la mano del pobre hombre recorría toda la extensión de su nutrido trasero repartiendo delicados apretones como tanteando la firmeza de aquel monumento.

―Solo hay que saber donde mirar… siempre he tenido buen ojo para hacerme de momentos extra…ordinarios― se jacto el Sr. Reyes. Su voz denotaba una confusa mezcla entre entusiasmo, nerviosismo y ensoñación.

―¿Y qué tan “extraordinario” le parece este momento?―preguntó Cristina sin poder aguantarse.― el día esta brillante, nubes blancas, brisa fresca y tanto verde natural para contemplar.― “y el cuerpo de una diva para manosear” le hubiera gustado agregar.

― Único, Dra., único en mi vida― aseguró el extasiado viejo. “Nunca he tocado un culo mas rico, zorrita”.

Gratas sensaciones invadieron a la hermosa Cris. El morboso juego de complacencia secreta que compartía con ese viejo verde le hacía recorrer un hermoso jardín de excitación sexual, un jardín que sus atesoradas películas apenas le permitían mirar desde atrás de una cerca. Ahora se dejaba tocar por un hombre mayor, casi un extraño, en vez de mirar en una pantalla como otras chicas eran manoseadas. Era tan fuerte ese morbo y sin embargo aún era una bestia sin saciar.―Oh Miguel, perdóname, perdóname mi amor. Solo un pequeño regalo para este pobre pervertido― pensó, y empezó a desabrochar su gabardina.

―Oh, mis disculpas Dra.― el Sr. Reyes se apresuró a tomar la gabardina por las solapas y desde atrás descubrió a su exuberante invitada ―que descortés de mi……. parte.

La bella esposa y madre sintió un estremecimiento parecido a un escalofrió por toda su columna al saberse expuesta en aquel sensual atuendo que ninguna mujer decente usaría delante de un hombre que no fuera su marido. Supo de inmediato que el repentino silencio del dueño de esa antigua casa se debía a la impresión de descubrirla luciendo aquellas sensuales prendas y no aguanto las ganas de ver la cara del pobre Sr. Reyes. Se giró y camino lentamente por la habitación, modelando su figura como una gata en celo, consiente de que era admirada por un macho de otra especie. Sin embargo, cuando se decidió a mirar la expresión de su veterano admirador, alcanzo a distinguir una sonrisa villanesca detrás de la nerviosa ansiedad que revelaba aquel decrepito hombre. ―¡Dios!, ¿es un ratón o un gato viejo?― pensó Cristina y no pudo evitar disfrutar de la emoción de sentirse la presa, la presa de un viejo y asqueroso gato callejero.

Pese a sentirse repentinamente acosada por una situación que quizá no pudiera controlar, Cris no pudo evitar permanecer en el juego. La excitación que le brindaba era demasiado embriagadora. Se convenció que aquellas ideas solo estaban en su cabeza, solo era su morbosa imaginación trabajando; el Sr. Reyes no era un vil y desalmado depravado, y ella solo lo dejaría mirar y tocar un poco, necesitaba dejarlo tocar un poco. No era Tío Antonio, no conocía a Miguel, su conciencia estaba a raya y sus turbias fantasías no le permitirían cerrar aquella puerta; la de Tío Antonio estaba cerrada para siempre, aquella la abriría de vez en cuando. Lo necesitaba.

El Sr. Reyes aún sostenía la gabardina en sus manos, incapaz de reaccionar a la despampanante figura que se paseaba por su sala. Cristina lo observaba, disfrutaba de lo que provocaba en aquel viejo. Se encontró con el espejo de la habitación, una versión antigua del que tenía en su consulta; lucia despampanante; aquel delantalcito ajustado y cortísimo, aquellas piernas adornadas por esas pantys y portaligas a la vista, aquel rebelde y voluminoso escote, aquel viejo verde atreviéndose a mirarla con lujuria.

―Sr. Reyes, que linda colección de discos― dijo Cristina deteniéndose frente al viejo mueble que se ocupaba de disquera. Estaba justo al lado del espejo, quería seguirse admirando cuando aquel hombre se acercara.

―Son de vinilo― el viejo se ubicó junto a ella y volvió a posar su mano en la cintura de la exuberante Dra.

―Este es muy bueno― dijo Cris, eligiendo uno al azar, uno de Placido Domingo.

―El gran Placido…. Por favor déjeme tocárselo.

La joven mujer lo miro, aquel rostro inundado de ansiedad, de súplica; de aquel hombre tan pequeño, tan viejo, tan inmoral.

―Por favor Sr. Reyes…..― Cris se volvió al espejo― …tóquemelo― tanto la vista como la mano del viejo se adueñaron de su voluminoso trasero, esta vez protegido únicamente por la delgada tela de su ajustado delantal. A la Dra. le causo algo de gracia y toneladas de morbosa lujuria observar en el espejo como el pobre hombre trataba de poner el disco en el gramófono con una mano, mientras su vista y su otra mano se daban un banquete de apretones y sobajeos en las grandiosas pompas de su exuberante figura.

Por fin el dueño de casa consiguió poner en funcionamiento el gramófono y una extravagante melodía acompaño a una potente voz en una hermosa opera. Cris cerró los ojos y se extasió con la música, el magreo y la morbosa situación que estaba viviendo; dejándose manosear por un hombre que nunca podría permitirse una mujer como ella.

―¿Le gusta?― preguntó el viejo. “¿Te gusta que te manosee el culazo que tienes, zorrita?”.

―Si…. esta rico― apenas lo dijo Cris reaccionó llevándose una mano a la boca, miro al Sr. Reyes sin poder evitar sonrojarse― la música quiero decir….. me encanta.

―Claro, claro. Es una pieza tremenda― “tremendo culo que te gastas zorra, y lo andas prestando como una puta”.

Quizá envalentonado por el exabrupto de la permisiva mujer, el viejo se tomó la libertad de deslizar delicadamente la tela del delantal hacia arriba con la clara intención de exponer el increíble trasero y disfrutar en toda su gloria de aquellas nalgas desnudas. Pero Cris fue más rápida y, en un impulso de vergüenza más que de desagrado, volvió a bajar la prenda.

―Los tonos están algo fuertes, debería bajarle el volumen― interpuso la joven madre con la primera alegoría que se le ocurrió.

―Por supuesto, perdone Dra. no quise molestarla― se disculpó de inmediato el viejo. Ni siquiera se molestó en tocar la perilla del volumen del gramófono, sino que volvió a manosear la ajustada tela que cubría aquel ansiado tesoro― ¿Así está bien?― “Por favor perra, no me lo quites todavía!!”.

―Sí, así está bien― “Esta bien Señor, siga tocándome”.

El viejo nunca lo sabría, pero el fallido avance había encendido aún más el morbo de Cris. Ella no podía dejarlo ir mas allá, no podía serle infiel a su marido, necesitaba medirse, pero darse cuenta de las ganas de aquel viejo por aprovecharse la descontrolaba en forma exquisita. Volvió a concentrarse en las sensaciones del momento. Esta vez prefirió mirar al espejo, quería ser testigo del manoseo; tal vez tuviera suerte y el hombre volviera a intentar subirle el delantal. Esta vez lo dejaría ir un poco más arriba, pero solo un poco.

―Esta ópera suena espectacular a este volumen― “Me encanta manosearte el culo”― pero me encantaría escuchar más alto el coro que sigue, solo el coro Dra.― “pero por favor, necesito verlo desnudo, muéstramelo solo un momento, zorrita”.

Cristina se volvió a mirarlo directo a la cara. Aunque estaba seria, sabía que con solo pedirlo el muy sinvergüenza la había convencido (de todas formas Tío Antonio había visto mucho más). Pero no podía ceder tan fácilmente, o por lo menos que no se le notara cuanto ansiaba mostrarle su portentoso trasero, adornado solo con un ínfimo coraless.

―Solo el coro Sr. Reyes. No queremos tener que apagar la música por mucho ruido ¿no?.― dijo la apenas controlada mujer.

El viejo le tomó la palabra. Con sus temblorosos dedos tomo el borde del delantal y, con el cuidado extremo con que se descubre un tesoro ansiado por toda una vida, lentamente arrastro la tela hacia arriba descubriendo la increíble cola de miss reef de la exuberante y permisiva mujer.

A Cristina le extasió contemplar a través del espejo como el Sr. Reyes admiraba su casi desnudo trasero. No aguanto y se inclinó levemente hacia el mueble para darle una forma aún más hermosa a sus curvas. Se veía morbosamente amoral con sus piernas juntas, su espalda arqueada, con aquel viejo verde casi babeando a escasos centímetros de su piel desnuda. El rostro del pobre hombre irradiaba el esfuerzo por retener sus deseos carnales; un muerto de hambre frente a un apetecible banquete. De pronto Cris lo supo; fue un leve gesto, un cambio en el semblante del Sr. Reyes, que le hiso entender que no podría aguantar sus salvajes impulsos. Sin tiempo a reaccionar Cris vio a aquel vil hombre darle un fuerte y sonoro palmazo en su preciosa cola.

Plashhh resonó en la sala.

―¡Ay!―soltó un gritito la sorprendida Dra. Como un rayo volvió a cubrir sus flageladas pompas, pero ahí se quedó, junto a su agresor.

Ese hombre se había tomado la libertad de golpearla. Nunca nadie se había atrevido a hacerlo. Su nalga le ardía en un incordio de confusas sensaciones. ¡¿Cómo se atrevía el muy desgraciado?!, ¡usarla de esa manera!, Miguel nunca le había hecho algo así, ni que decir tío Antonio. ¡¿Y por qué diablos le había gustado tanto?!, ¿la morbosa sensación de sentirse usada?, ¿la inmoral emoción que le causaba vivir en carne propia un abuso así, a manos de un hombre como ese?, ¿el saber que ella misma había ido, ella misma se había vestido y desvestido para la ocasión, entregada con ímpetu a sus lujuriosas fantasías y las necesidades de ese viejo?.

―No me gusto ese coro― se defendió con el tono de una presa acorralada.― arruina la melodía― “pero no sé porque no me voy”.

―Mis disculpas Dra. es la emoción que evoca una canción como esta.―el Sr. Reyes hablaba agitado, como si acabara de correr por su vida― verá, la letra habla de una mujer hermosa, más allá de cualquier estándar, una beldad absoluta. Dueña de una vida esplendorosa, con un marido fiel, hijos inmaculados y alegres, una familia feliz y un trabajo para enorgullecerse. Y sin embargo, necesita de más; sucumbe a oscuros deseos y no resiste la llamada del pecado; engaña a su marido, le falla a su familia…. ¿Acaso no merece un castigo?.

¿Cómo aquel hombre podía leerla de esa manera?, sus miedos, su cargo de conciencia, su lujuria. Eran de ella, pero él podía entenderla….. ¿podría aliviarla?.

El Sr. Reyes volvió a manosear su trasero, ahí donde la había golpeado acarició sobre la tela con una extraña mezcla de timidez y vergüenza, como pidiendo disculpas a una niña indefensa.

El silencio de Cristina, quizá la sumisión de su mirada, tal vez su postura complaciente y sensual, debieron envalentonar al viejo sinvergüenza pues, mientras volvían los apretones entusiastas en los portentosos glúteos de Cris, la otra mano del hombre abordo el brazo de la joven madre para luego deslizarse hasta cazar el seno izquierdo de su presa. El pronunciado escote que creaba el ajustado delantal permitía que los gruesos dedos alcanzaran a apretar sobre la piel desnuda de aquella maravillosa delantera.

La angustiada mujer se contempló en el espejo. Se vio en una pose exquisita, aún más bella que una musa de Salieri, en perfecta inclinación apoyada en aquel antiguo mueble, provocando que la figura de su cola luciera despampanante y la tensión de sus hombros resaltara en forma sobrenatural el volumen de sus pechos. Y en contraste, aquel viejo vestido con una bata roñosa, con sus peludas manos degustando el placer de usurpar las partes más íntimas de su hermoso cuerpo, partes que deberían estar reservadas exclusivamente a su marido. Podía ver como ese villanesco animal se regocijaba, ahí parado junto a ella con el rostro perlado por el sudor, con una mano sobándole el trasero y con la otra amasando sus pechugas.

La excitación invadió a Cristina a extremos desconocidos para ella. Pensaba que el máximo éxtasis de lujuria morbosa lo había vivido cuando dejo a tío Antonio manosearla, pero esta vez, con todas esas películas inmorales de su colección, el placer ya no era solamente instintivo, sino que estaba potenciado y adornado por aquellas ideas depravadas del crimen inmoral del pecado, del deseo oscuro, del abuso… de la violación. Y ella lo permitía: el abuso de su cuerpo, la violación de su intimidad, dejaba que aquel viejo se deleitara con su cuerpo, rosando la infidelidad. Y la culpa la invadió, como un insano aderezo al placer que sentía. ¿Cómo podía dejar que eso sucediera?, solo una mala mujer se dejaría hacer eso, solo una pérfida hembra le haría eso a su amado marido, al padre de sus hijos. ¿La conciencia?, ¿el placer? quizá ambas la llevaron a darse cuenta que se lo merecía, merecía ser castigada; aquel viejo tenía razón. Cris llevo ambas manos al borde de su pequeño delantal y comenzó a levantarlo lentamente, sus robustas nalgas se asomaron tímidamente exponiendo su belleza como un tesoro descubierto ante un bandido. El rostro del viudo se paralizo obnubilado por lo que significaba aquella entrega; Cristina desnudo aquella preciosa cola para él… para ser castigada.

―Una mujer así merece ser castigada Sr. Reyes.―su voz reflejaba culpa y deseo….un eco de suplica.

El viejo la lastimó.

Plasshhh sonó la segunda nalgada que el extasiado hombre le propino, para luego acariciar y apretujar el lastimado cachete, deleitándose con la carne desnuda, preparando la tersa piel para el siguiente golpe.

Plassshhhh…..

Plasshhhh…

―Ay!― no pudo retener Cris, ¿el dolor?¿el placer?.

Plasshhhh…

―Ay!

Plasshhhh…

―Ay! mmm.

Entusiastas caricias, descontrolados apretones. El viejo, como si necesitara un asidero para sostenerla, desabrocho el escote de su delantal y metió su mano por debajo del brasier, apresando su seno izquierdo, capturando su pezón entre los regordetes dedos…… Y ella lo dejo.

Plasshhhh…

―Ay! mmm. Por favor Sr., no más!― Cristina no quería que parara, lo pidió para provocarlo, o para avivar el morbo que sentía cuando no le hiciera caso y continuara. Pues, aunque sus lacerados cachetes le empezaban a arder, el morbo de la situación era más fuerte.

Plasshhhh…

―Ay! mmm.

El semblante del viejo irradiaba relámpagos de ira cuando la golpeaba, para pasar a una compungida expresión de placer cuando la acariciaba. ¿Quién habría supuesto que el Sr. Reyes tuviera un lado tan depravado? pensaba Cristina mientras el rostro volvía a cargarse de ira y ella paraba la cola para recibir el próximo manotazo.

Plasshhhh…

―Ay! mmm.

―Es Ud. una mala mujer Dra.―dijo el Sr. Reyes enfrentándola a través del espejo― pero no se preocupe, yo la ayudare a purgar sus pecados.

―No Sr. Reyes, soy una buena madre y una esposa fiel. La mala mujer es de la que se habla en la canción.― se trató de defender Cristina entre jadeos. No quería salir de la pantalla del juego, no quería que su descarada entrega se hiciera tan evidente. Y pese al descontrolado placer que sentía, tenía miedo de que esa ilusoria barrera desapareciera dejando sus deseos completamente desnudos frente a ese viejo.

―Si, a ella me refiero. La muy puta debe ser castigada.

Plasshhhh…

―Ay! mmm. No más…

― La muy puta peco con el culazo que Dios le dio, y a la muy zorra hay que castigarle el culo!.

Plasshhhh…

―Ay! mmm.

― ¡Que culo por amor de Dios, que culo que se gasta!.

¿Por qué le excitaba tanto oír esas palabras soeces?. ¿De dónde salían esas oleadas de morboso placer con las vulgares palabras que le dedicaba ese viejo?.― Me insulta y me agrede….. Dios, que ricooo!.

Plasshhhh…

―Ay! mmm. No más, por favor…

Cristina se miró el escote. La peluda mano del Sr. reyes metida bajo su brasier magreaba sus senos sin descanso y los apretaba con furia. También le empezaban a doler, pero no podía negarlo, no podía sacar esa mano intrusa. El flagelo la extasiaba, el dolor se convertía en placer. Lo merecía.

―¿Cómo puede tener un cuerpo así?. Tetas enormes!!…. un culo de diosa!… no es justo…. No puede ser la puta de un solo hombre!!!

Plasshhhh…

―Aaayyy! mmm.

De pronto el Sr. Reyes metió una de sus manos bajo su bata para dejar salir un falo negro y brillante. Cristina lo vio a tiempo y se apartó del hombre antes que tuviera tiempo de azotarle el muslo con aquella húmeda barra de carne. La joven Dra. se alejó por el borde de los muebles de la habitación, se compuso la falda, se arregló el escote y se quedó congelada a un par de metros de su agresor.

La sorpresa abrió una pequeña brecha en el éxtasis morboso que estaba viviendo Cris, permitiéndole reaccionar a las depravadas intenciones de su compañero de juegos. Sintió tanta indignación, ¿por qué pretendía llegar más allá?, ¿acaso no había sido clara?, ¿por qué quitarle el gozo que sentía?, merecía ser castigada, pero no le faltaría a Miguel, ¡nunca le seria infiel a Miguel!

―¡¿Qué piensa que está haciendo Sr. Reyes?!― dijo indignada la atribulada mujer.

El hombre no respondió, sino que camino despacio hacia el sofá del centro de la habitación, aquel ubicado hacia los ventanales, orientado hacia donde se encontraba Cristina parada orgullosa e iluminada por el sol de media tarde. Su rostro denotaba tanta angustia y vergüenza que daba pena.

―No me mal entienda Dra. le aseguro que no he pretendido faltarle el respeto.― la voz sonaba contenida. El Sr. Reyes ahí sentado, se tomó el pene erecto que florecía de entre su bata y comenzó un duro sobajeo arriba y abajo.―Solo déjeme terminar el chekeo Dra. le ruego que no me deje con esta angustia. Solo quédese ahí donde esta…..

Cristina se quedó parada. Ese hombre había gozado dándole de nalgadas e insultándola y ahora le pedía que solo se quedara con él para contemplarla. ¿qué intenciones había tenido realmente?, si ella no se hubiera apartado ¿habría intentado penetrarla?,¿o solo habría restregado su herramienta en sus cachetes, insertándola en la raja de su trasero junto a su coraless? ¡Dios, que conjeturas!. No sabía si confiar, no sabía si ese juego había llegado demasiado lejos; lo único que sabía con certeza era que nunca había visto un pene más hermoso.

¿Cómo era posible?, aquel viejo bajo de estatura, con un flácido pellejo sobre su demacrado cuerpo, con las arrugas propias de un hombre de su edad, que podría ser su padre; ¡¿cómo podía tener una herramienta tan orgullosa y gallarda?!. No solo era más grande que la de Miguel (la única que conocía a cabalidad), sino que hasta podía compararse con algunas que había visto en sus películas, pero esta estaba ahí, en vivo y en directo. Calculó que aquel grueso mástil mediría unos veinte centímetros por lo menos, y lo coronaba un glande hinchado de un tono más claro que contrastaba con la oscura y venosa piel sobre la que gobernaba. Brillaba entera por el baño que aquel viejo le daba al esparcir el fluido que aquella bestia generaba a merced de la calentura de su indigno dueño. La mano del Sr. Reyes la apretaba desde la base, apenas cubriendo un tercio de su extensión, generando la presión extrema que hacía que la cabeza se hinchara aún más, luego la recorría hasta arriba recogiendo el líquido acumulado en la cumbre para luego volver a bajar humedeciendo la furiosa paja que se auto propinaba.

Cristina se quedó admirando aquella cosa mientras el viejo gozaba con el sexy atuendo que aún le ofrecían.

―Mire como me pone esa mujer―dijo el Sr. Reyes despegando la aturdida atención que Cristina mantenía sobre su herramienta― me sube la temperatura― abrió las piernas y aparto la bata para mostrar unos enormes y peludos testículos― y me hincha…. el dolor supremo al recordar el milagro de su consulta Dra.

Pese al intento de mantener aquella pantalla, Cristina comprendió que el hombre ya no podía más, se sinceraba enseñándole las insanas reacciones de su cuerpo al participar en aquel morboso juego. Aquel “milagro” era su inesperada complicidad en la usurpación de las partes más íntimas de su escultural figura y el “dolor supremo” era el resultado del lujurioso incendio que el pobre viejo sentía en lo más impropio de su ser. El afiebrado órgano viril parecía desesperado por atacar con la carga que se gestaba en el rugoso saco de cuero que colgaba entre sus piernas.

―Discúlpeme Dra., nunca pretendí hacer nada que la incomodara, menos que la espantara― la voz del viejo sonaba dolorida, agraviada por el fuerte magreo que mantenía sobre su erecta verga― solo necesitaba dejarlo salir…. mostrarle el cuerpazo de tan despampanante diosa…. Él no tiene la culpa Dra., tan solo déjeme aliviarlo, solo ayúdeme hasta donde pueda, hasta donde Ud. decida… por favor tenga compasión, apiádese de él.

Aquellas palabras calaron hondo en el creciente morbo que tomaba fuerza dentro de Cristina. El hombre suplicaba, aseguraba no haber pretendido ir más allá de lo que ella estuviera dispuesta a permitir. Y ella lo creyó, no supo si realmente confiaba en aquel viejo desesperado o egoístamente se dejaba llevar por su propia lujuria, pero le creyó y se apiado de él…. se apiado de aquel hermoso falo.

Todo aquel entrenamiento en el gym; todas esas tardes de desfiles privados frente al espejo, exhibiendo y perfeccionando las poses más sensuales que su portentoso cuerpo podía lograr frente al espejo cobraron sentido en ese momento. Cristina se paró orgullosa frente al Sr. Reyes, lo bastante apartada para que él no la pudiera alcanzar, lo bastante cerca para apreciar aquella preciosa herramienta. Lentamente empezó a desabotonar su delantalcito, alternando una íntima mirada entre el ansioso rostro del viejo y el lustrosa verga que ahorcaban frente a sus ojos. Los primeros botones dejaron al descubierto el exagerado escote que permitía el pequeño sujetador blanco, las mismas manos que siguieron desabrochando mantenían el delantal cerrado, conteniendo los impuros deseos de mostrar y de admirar que se complementaban en aquel ambiente cargado de lujuria.

―Oh…Diosa…… Dra…. que belleza―balbuceaba el Sr. Reyes.

La admiración sumisa tranquilizaba a Cristina, pero necesitaba escuchar otra cosa.

―No soy ninguna Dra. Sr. Reyes, soy la mujer de la canción.

El viejo la miro, la confusión se mezclaba con la tensión del deseo. Tardo un segundo en procesarlo, sonrió macabramente antes de complacer a Cristina.

―Que cuerpazo puta― tanteo.

Cris no protesto, no retrocedió.

―Muéstrame zorra.

Cris arqueo su cuello mirando desafiante al desquiciado viejo y, con un sensual movimiento, abrió el delantal exponiendo su semi desnudez a aquel hombre mayor, a aquel extraño que ciertamente no era su marido.

Dios Miguel, ¿qué estoy haciendo?… Perdóname.

―¡Que tetas!, Demonios!! Que piernas hija de puta!!. Báilame puta…báilame.

Aquel trato era el típico abuso verbal que los hombres de Salieri le propinaban a sus hembras. Cristina reacciono a los insultos haciendo danzar a su cuerpo con delicados y sensuales movimientos.

―Anda zorra. Muéstrame ese culazo!

Cris, dejándose llevar por el morbo del momento, se extasiaba con las violentas instrucciones de aquel pervertido. ―Y pensar que parecía ser un hombre tan correcto. El deseo lo corrompe, mi cuerpo lo transforma. ¿Soy la víctima o el victimario?―cavilaba Cris sometida a la lujuria. Se dio media vuelta con un felino movimiento; arqueo su espalda dándole una increíble forma a su figura a la vez que dejaba deslizar por sus brazos el pequeño delantal que cayó dejando expuesta la descomunal cola de la joven mujer, como la capa de un mago que cae para sorprender con algo inesperado e increíble. El taco alto, la panty de malla, los portaligas, el pequeño coraless; Cristina sabía que daba un espectáculo de lujo. De pronto se imaginó dando un par de pasos hacia atrás, para luego juntar las piernas e inclinarse; usar sus poderosas piernas para mantener esa erótica pose, exponiendo su delicioso culo al alcance de las manos de aquel desesperado viejo, bajando cada vez más hasta sentir la punta de aquella poderosa herramienta humedecer la piel de sus nalgas, dejar que ese orgulloso glande recorriera la línea de su coraless en un bestial roce entre sus pompas.―No Cris, no puedes hacerlo…solo sigue jugando… no te arriesgues. Dios! ¿qué tan dura estará?…. como se sentirá en mis manos…¿quizá entre mis pechos?…. Dios, no! No debo!.―No le hacía bien imaginar esas cosas, las ganas de concretar esos insanos contactos entre su piel y el deteriorado cuerpo del Sr. Reyes no estaba bien. El toqueteo era tolerable, ella solo prestaba su cuerpo, no daba placer. ¿Cómo sería dar placer?, tenía tantas ganas de darlo y complacerse, sentirse una hembra completa…. satisfacer un macho, no a su macho, a cualquier macho.

―Date vuelta zorra de mierda. Muestrame esas tetas. Quiero ver esos pezones de puta!!.

Cristina se volteó ansiosa de volver a admirar la paja que el Sr. Reyes se auto propinaba en su honor. La bestia seguía magnifica, deseándola con furia, hinchada y brillante, hambrienta y deseosa. Se llevó un dedo a la boca como una niña sensual y obediente, la otra mano se dirigió lentamente al broche anterior del sujetador; tomo aire, inflando su pecho y soltó el pequeño gancho. El sujetador salto hacia los lados con la fuerza de las gloriosas tetas liberadas. Sus perfectos senos apenas rebotaron un par de veces antes de quedarse quietos, en una simetría perfecta, con sus erectos pezones de quinceañera orgullosos sobre aquellos exuberantes melones.

La lengua del viejo se asomaba, bañando en saliva los resecos labios. En contraste su rostro transpiraba, y la desesperación se desataba contra su propio miembro. Parecía que la gloriosa hembra le generaba dolorosos estertores de placer contenido.

―Anda perra….. ven…. Agárramela!!…….Chupala!!!!.

Cristina sintió un impulso tan fuerte de obedecerlo que dio un paso al frente.―No!! ―resonó en su cabeza. Se detuvo, ¿qué estaba haciendo?, no podía entregarse así, ese hombre no era su marido, no merecía el placer de tomarla entre sus brazos; no merecía el placer que ella le podía dar, el placer que tantas ganas tenia de darle. Ella tenía una familia, ¿qué pensarían al verla ahí?, ansiosa de probar el cuerpo de ese viejo, ansiosa de tomar entre sus manos aquel fierro de carne, olerlo de cerca, rozarlo con sus labios, acariciarlo con su lengua, introducirlo en su boca, gemir de gozo mientras tragaba sus fluidos…..―No, no… Miguel no se lo merece…. ay! mis hijos…. soy madre por Dios!, no puedo, no puedo.

―Dra. mírela. Se le nota en los ojos que le gusta…. Es bonita ¿no?. Ande no sea tonta. Nadie lo sabrá jamás, aprovéchela…. Agárremela, cómasela toda!.

Cristina, descontrolada por los deseos que trataba de reprimir, se llevó las manos a sus propios pechos; cruzo sus piernas tratando de apagar el incendio que sentía entre ellas y no pudo evitar empezar a moverse en un exuberante vaivén arqueando su espalda y flexionando sus piernas. Era un espectáculo supremo, el afligido y sonrosado rostro de la angustiada mujer mantenía exclusiva atención sobre la mole de carne erecta que le ofrecían. A la vez, su cuerpo se retorcía ahí de pie, tratando de mantener el equilibrio mientras sus caderas iban adelante y atrás en una danza pélvica que parecía desesperada por encontrar un compañero de apareamiento. Sus portentosos muslos, hinchados por el esfuerzo físico; el intenso magreo sobre sus propios pechos y los suaves gemidos que alcanzaban a escucharse entre su respiración agitada, la convirtieron en una lujuriosa obra de arte, exquisita a los ojos de aquel depravado.

―Vamos putita, entrégate!!…, será nuestro secreto.

―No!!―balbuceo la fiel esposa, la joven madre, que luchaba contra el deseo―No!!, viejo morboso!!…soy de mi amado marido…. Conténtese con mirar.

―Acaso su marido sabe que me ha dejado manosearla. ¿Sabe que me ha dejado tocar el cuerpo de su mujer?. ¿Hoy llegara a contarle que me dejo darle de nalgadas como a una puta traviesa?.

Las duras palabras eran acompañadas de una burlesca sonrisa que asustaba a Cristina.

―Ande Dra….cómame la pichula…. Nadie tiene porque saberlo…. Yo sé que la quiere.―insistía el Sr. Reyes.

La morbosa invitación hacia estragos en el autocontrol de Cris―Se fuerte mujer, no puedes ir más allá. ¡¡Dios, que ganas de tocarlo!!―se decía mientras admiraba ese maldito garrote―¿Cómo este viejo chico y decrepito puede tener semejante órgano?―se cuestionaba. Se le hacía agua la boca, se preguntaba qué haría con él si lo pudiera tener para ella, ¿se lo comería con hambrienta desesperación?, ¿se montaría a horcajadas sobre el viejo para sentirlo hasta dentro, hasta donde Miguel nunca podría llegar?, ¡llenarse de él!. A cambio le permitiría al abuelo sinvergüenza hundir su cabeza entre sus tetas; lo premiaría con un sabroso y húmedo beso, como si fueran novios enamorados, si la apretaba con fuerza y se la clavaba hasta el fondo haciéndola sentir esas peludas bolas contra sus labios vaginales. Saltaría sobre él, mostrándole la potencia de sus piernas, la contundente forma de su cintura, la firmeza de sus pechos, la melodía de sus gemidos y el hambre de su sexo.―Dios, Miguel perdóname!. Hijos perdónenme, mamá lo necesita…. No, no, nunca lo sabrán…. Pero yo sí….. aaayyy, lo necesito, lo necesito…solo un poquito, solo esta vez… nunca más!!―la lucha contra su propia lujuria era encarnizada. Y de pronto se dio cuenta de la verdad: esa batalla no la ganaría.

―¿Será… nuestro secreto?―preguntó la hermosa mujer, buscando deseosa palabras que la tranquilizaran, que anularan de una vez por todas el compromiso a la fidelidad, el miedo a fallarle a su marido. Y ante los sorprendidos ojos del Sr. Reyes acerco uno de sus senos a la boca y estiro su lengua lamiéndose su propio pezón con hambrientos lengüetazos.

―Sí…… sí……―balbuceó el viejo.

Cristina lamia sus propias tetas con la mirada pegada en el falo hinchado del viejo, como si se esforzara en imaginar que su lengua recorría aquella oscura carne en vez de sus exuberantes ubres.

―se lo prometo Dra…..Nunca nadie lo sabrá….. Venga!, conviértase en mi mujer!!.― parecía que le faltara el aire al pobre abuelo.

Cristina lo miro a los ojos. Aquel viejo ruin quería hacerla suya, quería tomarla como su zorra, penetrarla, usarla como un macho usa a una hembra. Y ella cedió. Necesitaba pegar sus cuerpos, necesitaba la violencia de un coito frenético, uno morboso como el discordante apareamiento entre aquel viejo degenerado y una hermosísima mujer casada, una inocente madre, una mujer de otro hombre. Pero antes debía probar ese miembro, tenía que conocer el sabor del fluido que expelía, deleitarse con la sensación de aquel glande hinchándose y chocando contra su paladar. Mirar al Sr. Reyes a los ojos y ver su rostro mientras mantenía su miembro viril dentro de la boca, presa de sus labios, dejando a su legua juguetear con aquella verga briosa y erecta. Permitir a aquel repelente viejo ser testigo de cómo se comía su primera pichula. Ya no aguanto más, necesitaba hacerlo, necesitaba cazarlo y satisfacerse con él…

―Argrrnnn!!!….ahammmm….Aaaaahhhh!!!―exclamó el Sr. Reyes sorpresivamente― Toma puta!!!―alcanzo a gritar antes de que su negra herramienta escupiera un gran chorro de semen que fue a parar directo al pecho de Cristina.

―Aahhh….. mmmmm…..uf, aaaggghhhhh….zorra.

La sorprendida mujer se congelo de la impresión. Se quedó mirando como el poderoso miembro del viejo expulsaba ese líquido amarillo y viscoso en estertores cada vez más débiles hasta terminar chorreando goterones de leche como un volcán en erupción. Se miró la rociada de denso semen que ya escurría hacia sus pechos.

―Gracias Dra.― el hombre yacía exhausto desparramado sobre el sofá.

Algo gatillo en la cabeza de Cris― Oh, Dios Santo, ¿qué estuve a punto de hacer?, oh, no, no!, no!!― De pronto la culpa mordió con ímpetu el anhelante apetito sexual insatisfecho y le abrió paso a la razón. Presurosa, sin el aplomo suficiente para volver a mirar al Sr. Reyes, se vistió y busco su gabardina. Ya caminaba hacia la puerta de calle cuando termino de abotonarla y arreglarse el cabello. Rezaba porque nadie la viera salir de ahí; temía que cualquier cosa delatara lo que acababa de suceder―Por favor que esa vieja fisgona ya no este, por favor, por favor.

―Agradecido Dra., ha sido una dama y una excelente profesional, hoy dormiré más tranquilo gracias a usted― no había burla en la voz del viejo, que se había levantado y la seguía hacia la puerta, sino sincera gratitud; volvía a ser el correcto Sr. Reyes.―A sido un placer compartir mi música con Ud.― terminó diciendo, en un claro intento de reafirmar su acuerdo, aquel juego secreto que sin lugar a dudas quería seguir disfrutando en el futuro.

Cristina abrió la puerta de calle y se volvió a mirar al dueño de casa. Este llego junto a ella y alcanzo la puerta, abriéndosela para despedirla. No se atrevió a mirar hacia abajo, supuso que la bata ya ocultaba la intimidad satisfecha.

―Adiós Sr. Reyes―dijo nerviosa y avergonzada. Salió a la calle. Antes de llegar a su auto sintió como se cerraba la puerta tras de sí. Se sintió usada; alguien con un poco de cariño hacia ella habría esperado a que subiera a su coche y se marchara antes de volver a encerrarse en su casa. Aquel hombre la había usado, aprovechado su cuerpo para satisfacer sus viles deseos y ahora no le interesaría hasta que no volviera a estar caliente. Lejos de molestarla, la sensación de ser explotada como una mujerzuela la excitó. Se sentó en su auto, agradeció al cielo que la calle estuviera desierta sin ninguna vieja fisgona que pudiera observarla y se largó a llorar.

No entendía como había llegado tan lejos. Dos minutos más y aquel decrepito viejo habría eyaculado dentro de ella; en su boca o, peor aún, en el tesoro de su intimidad. Estuvo a punto de convertirse en una adultera, en una mujer infiel, indigna de su marido, de su familia. Con aquel hombre que podría ser su padre, un hombre que ni en sueños podría estar con una mujer como ella. Y la idea la excitaba, la detestaba pero la encendía como solo el morbo más insano podía hacerlo.

―Estoy enferma― se dijo, miró su hermoso rostro en el espejo retrovisor, el maquillaje corrido por las lágrimas. Se percató del brillo húmedo que resaltaba en su pecho, se abrió un poco la gabardina y encontró el chorro de semen del Sr. Reyes atorado ahí donde sus pechos se apretaban.―Estoy enferma― repitió en voz alta. Recogió con su dedo el infame fluido y se lo llevo a la boca.

***

Tío Antonio estaba deprimido. Ya había pasado tiempo desde que empezará a darle a su sobrino los polvos mágicos que le suministraba Gustavo. Sabía que habían surtido efecto pues Miguel le había confesado su preocupación por la falta de apetito sexual que le aquejaba; hábilmente lo había tranquilizado convenciéndolo de que incluso él mismo había sufrido alguna temporada de “sosiego sexual” en su juventud. Sin embargo, y pese a todos sus esfuerzos por cumplir con el plan y mantener una relación amigable con su nuera, Cristina estaba más lejana que nunca. Los momentos que se cruzaban a solas en la casa en la mañana no pasaban de un saludo rápido y notaba el apuro de ella por evitarlo y salir pronto. Aparte Cris ya no volvía temprano en las tardes y él, temeroso de inquietarla, no se atrevía a indagar más allá las razones de aquella demora. Algunos días, aquellos en que los niños se quedaban en algún taller en el colegio, podía esperar pasar algún tiempo a solas con ella, pero apenas la veía pasar rauda a su dormitorio, donde se quedaba hasta que los chicos llegaban.

Gustavo le decía lo mismo cada vez que descargaba sus ansias y preocupaciones―Es un juego de paciencia. Recuerda, eres un gato al acecho sobre la guarida de una ratoncita. Si te aburres y te vas, la pierdes. Si te desesperas y tratas de sacarla a la fuerza, la pierdes. Espera y verás, el queso esta tirado, en algún momento saldrá de su escondite y se pondrá a tu alcance. La atraparas, jugaras un poco con ella, la lamerás y luego te la comerás, y finalmente la compartirás. ¿no es cierto?―el miserable tampoco perdía oportunidad en confirmar el maldito acuerdo en el cual Tío Antonio había accedido a entregarle a su nuera una vez que la tuviera en sus manos.

Cada vez que recordaba haber entregado las fotos de Cris al degenerado de Gustavo, le asaltaba el remordimiento y los celos. En su momento le pareció la única respuesta a la encrucijada al que lo llevo la culminación del acuerdo secreto que mantenía con su sobrina política. No podía olvidarla, no podía vivir en la misma casa con una mujer tan hermosa y no desearla; menos podría renunciar a los manjares que ella le había dado a probar. Cristina se había desnudado para él. Que ella, por voluntad propia, hubiera expuesto su precioso cuerpo y posado de esa increíble manera, era un regalo al que no estaba dispuesto a renunciar tan fácilmente. ¿Cómo hacerlo?, después de haber tanteado su piel, de haber probado el sabor de sus pezones, la firmeza de su culo. No, no, no, no era su culpa, ella lo obligo a recurrir al mal parido de Gustavo y sacrificar las pruebas de sus íntimos encuentros.

Todas esas ideas divagaban de hace días en su cabeza. Esa tarde los muchachos tenían taller de música en la escuela y sabía que estaría a solas con Cristina por lo menos una hora, inclusive si seguía su nuevo itinerario. Estaba decidido a conversar con ella, necesitaba saber que sentía, que pasaba. Gustavo no era tan inteligente como pensaba, no se arriesgaría a perder lo que tanto ansiaba por esperar demasiado. Le rogaría si era necesario por una sesión de fotos más; si el plan la había afectado como esperaban no podría decirle que no y quien sabe hasta dónde podría llegar esta vez. A la mierda Gustavo, ya no podía más, estaba ansioso, excitado, caliente a más no poder.

Se había preparado; estaba recién duchado y se había vestido de forma casual pero preocupada, con una camisa de franela y unos jeans limpios. No es que esperara verse atractivo a los ojos de su despampanante nuera, pero tampoco quería parecer un vago. Se preocupó de lavar sus dientes y de peinarse lo mejor posible su escaso cabello, aunque sabía que esa manía de llevarse las manos a la cabeza cuando estaba nervioso lo despeinaría apenas Cris entrara en la casa. Se sentó en la mesa de la cocina, donde siempre habían conversado, y empezó a repasar las palabras con las que pretendía romper la resistencia de su idolatrada musa, obligándose a imaginar todas las posibilidades para estar preparado y responder de forma contundente, encerrándola hasta que accediera a sus ruegos.

De pronto Tío Antonio escucho el motor de un auto. Miro la hora, era algo temprano. Se levantó y miro afuera. Era Cristina, se había bajado del coche y ya caminaba por el jardín vestida con una gabardina larga con la que no recordaba haberla visto salir en la mañana. Lo atacaron los nervios, pero decidido camino rápidamente para recibirla apenas entrara. Llego a la estancia de entrada al mismo tiempo que las llaves de Cristina empezaran a sonar al otro lado de la puerta. Ella abrió, pero no fue hasta que hubo entrado que se percató de que Tío Antonio estaba parado en el marco del living.

―Tío Antonio―dijo nerviosa.

―Cristina, te esperaba. Me preguntaba si podíamos hablar un momento…―dejo de hablar cuando, pese a los intentos de su nuera por evitarlo, se dio cuenta del maquillaje corrido en sus ojos llorosos.―¡Pero muchacha!. ¿Qué paso?, ¿te asaltaron?, ¿te lastimaste?― exclamó el viejo con auténtica preocupación. Sin esperar respuesta se acercó como ofreciéndose a que se apoyara en él en caso de necesitarlo.

―No Tío, nada de eso, no se preocupe…― pero apenas dijo esto, como si los pilares de su fortaleza cedieran de repente, la hermosa mujer se quebró. No pudo contener las lágrimas, aparto la mirada del viejo como avergonzada y se entregó al llanto.

Tío Antonio acaricio cariñosamente la espalda de su adorada Cris, la tomó de la mano y la guío al living, apartó unos cojines del sillón donde la acomodó; se sentó a su lado y como un perro fiel espero a que se desahogara.

―Ay Tío, ¡que tonta!. Parezco una niña― dijo al rato la atribulada mujer.

―Nada de eso, sobrina. Todos necesitamos aliviar el estrés de alguna manera.― el tono del viejo era paternal― Te recuerdo que de alguna forma tú y yo tenemos una relación muy especial y me preocupo mucho por ti.―sacó un pañuelo limpio que por costumbre siempre traía en el bolsillo y se lo ofreció a Cris― Bueno, quiero decir que puedes contarme lo que te pasa; si de algo puedo servir en esta casa es para escuchar.

Hacia demasiado tiempo que el viejo no estaba tan cerca de su musa y, habiendo descartado causas más graves para la congoja de Cris, la preocupación se convertía en ansia por aprovechar lo vulnerable que estaba. Ya intuía las verdaderas razones de esa angustia, solo necesitaba una confesión.

―Anda muchacha, un secreto más, un secreto menos, ¿qué más da?―insistió en tono afable.

Cris ya se había calmado y secaba delicadamente las lágrimas de sus ojos con el pañuelo blanco que Tío Antonio le ofreciera. Si bien no apartaba la mano que cariñosamente el viejo le mantenía sobre la rodilla, también se mostraba esquiva con él, como abochornada.

―Ay Tío, qué pena con Ud.― exclamó apenas levantando la vista.

―¿Qué pasa mi linda?.

―Es que es tan privado,…. Ay no sé si este bien que lo converse con Ud.

La voz de Gustavo resonó en la cabeza de Tío Antonio―Paciencia― y no dijo nada, se mordió la lengua pues algo le decía que su sobrina no necesitaba más ayuda.

―Es Miguel Tío― le soltó de repente Cristina― hace ya más de un mes que no tiene necesidades en la cama.― apenas se controló para no volver a llorar.

―Lo sé Cris. Él mismo me lo contó y, créeme cuando te digo, que no es nada de lo que tengas que preocuparte, ya pasara, ya lo verás; a mí también me pasó cuando era joven.―dijo el viejo, disfrazando el júbilo que sentía al ver confirmadas sus sospechas con una sonrisa que desdeñaba el problema.

―¡Es que no es solo él, Tío!―exclamó Cris― que él no funcione es solo parte del problema. Estoy cada día más desesperada….. necesito sentirme “bien”, ¿me entiende?.

Las ansias de Tío Antonio se incendiaron. Si bien a su recatada manera, Cristina le confesaba los ardores de su cuerpo y que no encontraba forma de satisfacerlos. ¡Diablos! Tanta espera y ya casi, ya casi. Miro el suelo, llevándose los nudillos de una mano a la boca, simulando una concentrada meditación.

―Pensé que podría ser más fuerte, pero me está sobrepasando Tío. Nunca imagine que me convertiría en una mujer dependiente…― continuó confesando Cris― dependiente de….. ¡sexo!.

Las lágrimas volvieron. Tío Antonio consolaba en silencio, con tiernas caricias en la espalda de Cris. La suerte estaba echada, apenas se aguantaba las ganas de abalanzarse sobre ella y obligarla hasta que ya no pudiera resistirse más y se dejara. Pero no, él era viejo y ella más alta y fuerte, aún podía ser que antes que la dominase el morbo se lo sacara de encima para encerrarse en su dormitorio, de donde nunca más nadie la sacaría hasta que él estuviera fuera de esa casa para siempre. No, iría más lento pues esta vez estaba seguro que lo conseguiría, seria suya, al fin seria suya.

―Tranquila linda. Siempre existen formas de calmar esas ansias personalmente, ¿comprendes?.

―Ya trate Tío, pero no es lo mismo. Me calma de un día para otro, solo para volver cada vez más fuerte.―respondió Cristina entre cortados sollozos.―No sé que hacer.

―¿Y, algún instrumento?.

―¡No Tío!, no puedo caer en eso. En mi cuerpo solo puede entrar Miguel. Nunca le seré infiel a mi marido―exclamó Cristina con cierto tono de indignación.

―Sería solo un juguete, pero claro, claro, te entiendo. Discúlpame sobrina.

―No Tío, está bien. Yo también lo pensé, pero al final me di cuenta que sería lo mismo que mis propias manos: un orgasmo “artificial”.―ya estaba más calmada, pero la desesperación seguía tiñendo su voz― Es más, hoy estuve a punto de hacerlo. Consolarme con “otra cosa”.

―¿En tu consulta?

Cris no respondió. Miro a la ventana y una lagrima surco su mejilla.

―Fui fuerte y no lo hice Tío, pero ¿qué pasara mañana?. ¿Qué pasara cuando no pueda negármelo?.

Los dos guardaron silencio por un momento. Tío Antonio decidió que era su oportunidad. Solo un ofrecimiento.

―Tal vez yo pueda ayudarte sobrina.

Apenas dijo esto Cristina lo miro, entre interesada y desconfiada. Se veía hermosa con sus ojos llorosos y sus mejillas sonrojadas. Como asustada, se corrió sobre el sillón, alejándose unos centímetros de Tío Antonio.

―Sé lo que paso la última vez sobrina; y no te mentiré, lo que se me ocurre requeriría un contacto íntimo entre nosotros. Pero, créeme cuando te digo que, aparte de Miguel, soy el hombre más interesado en mantener tu lealtad de esposa.―dijo tranquilizándola el viejo.

―Ay Tío. Ud. es mi suegro.

Algo en el tono de Cris, o quizá como llevo hacia atrás sus hombros destacando su maravillosa delantera, hicieron que el viejo se imaginara que a su sobrina le causaba extrañas sensaciones llamarlo suegro.

―Sí, lo soy.―acepto Tío Antonio. Se acercó y volvió a posar su mano sobre la pierna de Cristina.―por eso debo ayudarte. No puedo dejarte a la deriva con este martirio.

―Lo que paso entre nosotros estuvo mal Tío. Ud. es como el padre de Miguel…. Nunca debí dejar que me tocara. No es correcto.

El viejo estaba preparado para estas negativas. Inclusive lo entusiasmaban pues Cristina ni por asomo mostraba la convicción que mostro cuando termino con su acuerdo secreto, sino que divagaba en un tono de duda y sus ojos habían adquirido un brillo muy diferente al de las lágrimas. Era el momento de sobrecogerla con una historia; una idea de Gustavo que sería el empujón definitivo para la caída de sus defensas.

―No puedo permitir que te pase lo mismo que a mi adorada Carmen, hija― dijo Tío Antonio con toda la pena que le fue posible simular. La inmediata atención de Cris lo invitó a continuar.― Cuando me paso a mí, cuando no tuve ganas de hacer el amor con ella, le paso lo mismo que a ti. Ignorantes, tratamos de forzar la situación agravando el problema, y pasaron meses que la rechazaba sin darme cuenta que con esto la llevaba a tal desesperación que callo en la infidelidad.

―¡Por Dios!, Tío― exclamó Cristina asombrada. Esta vez fue ella quien le presto consuelo a Tío Antonio posando su mano sobre la de él.

―Me lo confeso ella misma. No sé si alguna vez la perdone de verdad, pero estoy seguro que ella nunca se perdonó a si misma; cargo con ese dolor hasta la tumba.

El viejo aparto la vista de su nuera fingiendo vergüenza.

―¿Con quién?―preguntó Cris.

Tío Antonio no lo esperaba. La miro y asombrado pudo ver la lujuria en el rostro de su musa. Pero, ¿Qué le contestaba?, ni Gustavo ni él habían previsto que Cristina se interesaría en esos detalles. Y sin embargo, ahí estaba, ansiosa de conocer los pormenores del ficticio pecado. Era evidente que su respuesta podría avivar o apaciguar la lujuria que se había despertado en ella. ¿Quién?, pensó en una milésima de segundo. No podía ser un tipo joven, no quería incentivarla a encontrar ese camino. Debía ser alguien que de alguna forma enturbiara aún más la supuesta infidelidad.

―Con su padrastro―dijo el viejo apenas se le ocurrió.

―¡¿Qué?!.

―Como lo oyes sobrina. Con su padrastro―confirmo Tío Antonio al ver el fino movimiento de piernas de Cris. Algo en esa morbosa historia la excitaba, era evidente.―cuando esos deseos insaciables la dominaron fue presa de ese anciano mal nacido. Nunca se llevaron bien. Ella me había contado que siempre se había sentido incomoda en su presencia….. y sin embargo se acostó con él….

―No Tío, no siga, no me hace bien―lo interrumpió Cristina, como agobiada de inquietud.―ayúdeme Tío, por favor, no me deje llegar a eso.

―Claro sobrina mía―acepto cariñoso el viejo―solo confía en mí. Te llevare a un orgasmo limpio que te permitirá descansar.

―¡No puedo serle infiel a Miguel!

―Y no lo serás, solo confía.

―Nunca nadie debe saberlo Tío. ¡Nunca!―suplicó Cris.

―Nunca― Tío Antonio la tomo de su cara―déjame ayudarte.

Cristina respiraba fuertemente, oprimida por la evidente excitación. Asintió con un tímido movimiento de cabeza. Tío Antonio desabotono la parte de abajo de la gabardina y metió sus manos bajo ella.

―¿Qué hace suegro?.―pregunto afligida.

Cristina nunca lo llamaba suegro. Al parecer le gustaba y el viejo descubrió que a él también le agradaba.

―¿Qué traes debajo?.

―Mi…. delantal, y mi ropa interior….. suegro.

―Necesito sacarte las bragas, hija―dijo Tío Antonio en un tono paternal. Bajo la gabardina recorrió con sus manos los muslos de Cris hasta llegar a agarrar a la altura de sus caderas la íntima prenda.

Cristina lo miraba y él pudo ver en su rostro que esta vez no huiría. La bella joven apoyo la espalda en el sillón y levanto su pelvis, permitiendo que el viejo arrastrara el diminuto coraless que traía. Este movimiento también hizo que la gabardina se abriera hasta donde la había desabotonado Tío Antonio y este se dio cuenta de lo corto del delantal, de las ligas y del juego de porta ligas blanco que traía puesto. La vista era maravillosa, las piernas de Cris, adornadas de esa forma tan sexy lo hipnotizaron. Cuando llevo el coraless hasta donde llegaba la liga se percató que había quedado cazado con los tirantes de la prenda.

―Debe desabrochar el porta ligas, suegro―evidenció Cristina. Sus piernas se mantenían juntas para que Tío Antonio pudiera sacar la prenda, y ahí donde llegaban a su fin ya se podía ver el intimo bello que coronaba su intimidad. Su piel era exquisita, y se veía un tono más dorado de como la recordaba Tío Antonio.

―¿Qué es esto, sobrina?―preguntó extasiado el viejo.

―El deseo Tío…. me fuerza a vestirme así―se disculpó Cris con la respiración agitada―¿le gusta?―terminó preguntando como si no se hubiese podido resistir.

―¡Te ves exquisita!, ¡preciosa!―el viejo no se molestó en soltar nada, con todas sus fuerzas tiro del pequeño coraless, destrozándolo con sus manos y arrancando un pequeño gemido de sorpresa de su nuera.

―¡Ay Tío!, no sé si esto está bien―dijo con angustia Cristina, mientras veía como Tío Antonio se arrodillaba frente al sillón y la tomaba de sus muslos obligándola a recostarse sobre los cojines que se amontonaban en el apoya brazos del cómodo mueble. El viejo abrió sus piernas al máximo y empujo sus rodillas hacia arriba, dejándola con su intimidad totalmente expuesta.

Después de todo ese sufrimiento, después de aquel inhumano terror de sentir que no volvería a ver los más recónditos tesoros de su musa, al fin Tío Antonio tenía ante sí una de las cosas más hermosas que había visto en su vida. Las decoradas piernas abiertas y levantadas de Cristina permitían que sus glúteos enmarcaran su tierna conchita con la forma de un perfecto corazón al revés. Ahí donde las robustas carnes de su muslo cedían y dejaban apreciar la simétrica y sensual forma de sus tendones, la piel que rodeaba la húmeda e inmaculada intimidad de su nuera lucia depilada y suave. Por si esto fuera poco, el viejo no tenía más que alzar la vista y encontrar el temeroso y al mismo tiempo deseoso rostro de la esposa de su sobrino, respirando agitada y expectante ante lo que estaba a punto de suceder.

―Suegro, ¿qué me hará?…. ¡ay! que vergüenza―dijo agitada.

―Tranquila, solo confía en mí, sobrina. No es la primera vez que la veo. ¡Diablos! Eres hermosa, una Diosa.―Tío Antonio acarició lentamente la piel desnuda del alto muslo de Cristina, ahí donde acababa su pierna y partía su glúteo, a escasos centímetros de sus labios vaginales; pasaba sus gruesos dedos delicadamente sobre la íntima área que separaba su apetitosa concha de su virginal agujerito posterior. ¡Por el cielo!, que preciosidad de cuerpo.

―Aaahhh―gimió Cristina ante el atrevido contacto― Tío, ¿qué me hace?.

―Solo te tocó sobrina, tranquila.

La hermosa mujer, inquieta ante las intimas tocaciones se aferraba al sillón como preparándose para un vendaval. Tío Antonio alargo su dedo índice y jugueteando en pequeñas ondulaciones recorrió los húmedos labios de la bella vagina expuesta para él.

―Aaaayyyy, ¡Tío!. No debe entrar, no debe entrar!―se exaltó Cris.

―Te voy a meter más que un dedo bonita―pensó descontrolado el viejo. Pero sabía que no era el momento, quería estar seguro, necesitaba prepararla un poco más; ya lo pediría a gritos y él se lo daría todo.

―Calma sobrina. Solo te quitare esas ganas. Relájate, no te resistas.―La tranquilizaba el viejo.

―¡Ay Tío!, esto no está bien.

―Nunca nadie lo sabrá.―le aseguro Tío Antonio y mientras seguía humedeciendo el dedo en la vagina de su nuera, empezó a besar la parte interior de sus piernas dejando que la áspera barbilla rosara la tierna piel, acercándose furtivamente al tibio tesoro de su presa.

Tío Antonio, abrasado a los muslos de Cristina, sentía los estremecimientos en el cuerpo de su nuera cada vez que mordisqueaba sus muslos o lamia la sensible zona alrededor de su intimidad, que hasta ese momento solo era reservada para su sobrino Miguel. Se daba cuenta que Cris habría sus piernas hasta el límite que le permitía su cuerpo, exponiendo y ofreciendo su sexo como si la vida se le fuera en ello. Intuyo que ya estaba lista. De alguna forma sabía que si desabrochaba su cinturón y bajaba sus pantalones ella no se daría ni cuenta, y cuando se parara de repente y se abalanzara sobre ella, penetrándola como un animal, su cuerpo no se resistiría. Gritaría, quizá lo insultaría, pero su cuerpo lo recibiría con deseo, las preciosas piernas de Cris lo rodearían, atrapándolo, obligándolo a seguir dentro de la necesitada hembra que ansiaba ser poseída, la mujer de su sobrino, la madre de los niños que consideraba sus nietos. Pero era muy pronto, el manjar que estaba disfrutando estaba delicioso y deseaba con locura hacer gritar de placer a su nuera comiéndole la concha antes de hacerla suya. Así es que no aguanto más y le propino un baboso languetazo a la entre pierna que parecía rogar porque se la comieran.

―Aaaahhhh….Aaaaaayyyy―gimió descontrolada Cristina―¡¡Suegro!!, ¡Oh Dios!, ¡¿qué hace?!

Tío Antonio recordó la última sesión de fotos, cuando Cris claramente se excito con algunas palabras soeces con las que era adulada.

―Te chupó la concha, sobrina. ¡Me como tu deliciosa concha!

El viejo sintió las manos de su nuera que presionaban su cabeza, obligándolo a mantener el apasionado y baboso beso con que se comía la sabrosa zorra. Hacia esfuerzos para que su lengua recorriera desde el culo hasta el clítoris, concentrado en hacer ruido, para que la muy puta escuchara como chapoteaba en sus deliciosos jugos, para que la muy puta no olvidara nunca la comida de zorra que le daba el hombre al que había desechado. Pues era él el que la poseería, el viejo que mandara a la mierda sin ningún cargo de conciencia. Y Tío Antonio disfruto pensando en eso, vivió en carne viva el morbo que ahora le producía su propio sufrimiento a manos de su egoísta sobrina; pues ahora la tenía a su merced.

―¡Ay! Tío, ¡Ay! Tío….. mmmmm―soltó grititos Cristina mientras empezaba con rítmicos movimientos pélvicos como obligando al viejo a que la poseyera con la lengua.―¡Ay suegro!…. ¡cómame la concha!… mmmmmm…. ¡coma de la concha de su sobrino!

Tío Antonio descontrolado, manoseaba desenfrenadamente las piernas de su presa. Aprovechando el movimiento pélvico de Cristina, metía sus manos para agarrarle el glorioso culo, apretando sus cachetes sin medir sus fuerzas, masajeándolos con bestial pasión. Posicionó su pulgar para que este hiciera presión en el ano mismo de la bella mujer, que lubricado por los jugos que caían de la alborotada lamida que se mantenía poco más arriba, parecía invitar al regordete dedo a penetrarlo. Y así fue como el meneo de las caderas de Cristian no solo parecían buscar la lengua del viejo hacia delante, sino que también parecía buscar clavarse el intruso dedo por ahí atrás.

―¡Diablos! Que rico tenerte así de caliente, nuera mía― dijo Tío Antonio con descaro, mientras mantenía su dedo clavado hasta la primera falange en el hambriento culo de Cristina. El viejo ya se había prometido que ese mismo día clavaria toda su verga en aquel tierno orificio.

―No me meta nada Tío por favor…. No tío… ¡no!―exclamó Cris, pero su cuerpo la contradecía, manteniendo el movimiento pélvico y clavándose un milímetro más aquel vil invasor con cada parada de culo que le refregaba en la cara al viejo.― ¡Aaaaahhhhh!….. Aaaayyyyy…..mmmmmm.. tíooooo…. Que ricoooo….. nnnooooo tíooooo…. ¡Por favor!, ¡no me penetre por atrás!

Gozoso Tío Antonio alzo la vista. Cristina observaba extasiada la chupada de zorra que le propinaba y él le dio un espectáculo cazando sus labios vaginales con su boca, mostrándole como chapoteaba su lengua en la jugosa concha que le ofrecía. Ella misma terminó de desabotonar la gabardina, abrió el corto delantal que se recogía hasta su cintura y libero sus perfectas tetas. Y como premiando a Tío Antonio se las empezó a sobar; sin dejar de mirar al viejo que invadía sus privados centros de placer, masajeo sus propios senos en un espectáculo lujurioso.

Esto fue demasiado para Tío Antonio. Sentía la verga a punto de explotar encerrada aún en sus pantalones. Por fin Cristina estaba lista. Miraba la inocente excitación de su nuera mientras escondido soltaba su cinturón. Estaba a segundos de hacer realidad su sueño, una vez que fuera suya una vez, ya nunca le podría decir que no pues, aunque fuera bajo amenazas, seria suya cuando quisiera. Cris mantenía su frenético vaivén de caderas y disfrutaba masajeando sus tetas. El viejo no dejaba de chupar y fuera de la vista de su pronta victima desabotonaba su pantalón y bajaba su cierre, lentamente para no alertar a su presa. Ya estaba listo, no demoraría ni un segundo en levantarse y caer entre las piernas de Cristina, penetrándola en un sacrilegio que no tendría vuelta atrás; su nuera siempre sabría que él la había poseído. Pero…

―¡Ah!…¡Ah!….¡Aahh!―gritó Cris de repente y con sus poderosas piernas caso la cabeza de Tío Antonio contra su vagina.―¡Aaaahhh!…¡Aaayy!

El viejo se vio sorprendido pues tenía sus manos listas para bajar sus pantalones, y no tuvo capacidad de reacción. Se vio asfixiado por la tenaza de las hermosas piernas de Cristina que vibraba salvajemente en estertores de placer.

―¡Aaahhhh!….¡Aaaammm!…!Ah¡..¡Ah!…¡Aaaahhhh!― La víctima se convirtió en victimario. Descontrolada en pleno orgasmo, la exuberante mujer usaba sus piernas y sus manos para descargar todo el flujo de su ser en el rostro de su suegro. Tío Antonio temió por su vida, apenas podía respirar, y no tenía fuerzas para luchar contra el trabajado cuerpo de Cris.

―Aaaaaahhhhh…..mmmmmm…….ooohhhhhhhh―empezó a calmarse Cristina después de largos minutos de placer para ella y de angustiante agonía para Tío Antonio.

El viejo sintió como la presión de las piernas de Cris aflojaba y cayó sentado en el suelo junto al sillón. Con el pantalón desabrochado y con dificultad para respirar, se agarraba el pescuezo maldiciendo su mala suerte. Miró a Cristina que yacía, cubierta nuevamente con su gabardina, sobre el sillón hecha un ovillo dándole la espalda. Se arregló rápidamente los pantalones, tenía un fuerte dolor en el cuello y descarto de inmediato continuar con su asalto pues, aunque su musa aún estuviera dispuesta, el susto que había pasado había acabado definitivamente con su poderosa erección.

―¡Maldita sea!―pensó, pero se calmó, se convenció de que aquella paciencia que lo había traicionado en esta ocasión lo conduciría al paraíso en un futuro muy próximo. Fue por una manta y cubrió a Cristina que parecía haberse quedado dormida después de aquel estremecedor orgasmo. ¿Quién lo diría de ella?, pero ya no estaba fuera del juego.

―Otra vez en carrera―dijo para sí y dolorido se fue a recostar a su habitación.

CONTINUARÁ….

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