Una despedida de soltera con final feliz

Toda mujer debería de tener a su lado un hombre lo suficientemente hombre para que una mujer no dejara de sentirse mujer. No es mi caso.

Llevo una vida aburrida y monótona, centrada en mis hijos, en mi marido y en mi trabajo, con poco tiempo para mí. Si a eso se le une una relación de pareja que se encuentra a años luz de lo que yo y mi cuerpo necesitamos, ya tenemos el coctel servido.

Y en esas estaba yo cuando llegó la despedida de soltera de María, una buena amiga. Su boda iba a ser el evento del año, para ella y probablemente para mí, visto lo visto. Pero empecemos por el principio, la despedida.

A medida que se acercaba el día en cuestión notaba como un cosquilleo en el estómago. Cuando una mujer está acostumbrada a disfrutar de la vida y de su cuerpo, y pierde eso, cualquier atisbo de poderlo recuperar, aunque sea por una noche, provoca que se estremezca. Me pedí la tarde libre en el trabajo para prepararme a conciencia, fui a la peluquería, me maquillaron, me enfundé un vestido de infarto que había comprado meses atrás y que había condicionado mi dieta desde entonces, cogí el bolso y me fui al punto de encuentro.

El plan era sencillo. Habíamos alquilado un local para nosotras, nos darían de cenar, algo de bebida y luego saldríamos de fiesta, a bailar y a seguir bebiendo, a soltarme el pelo y a dejarme llevar. Por fin.

La cena habría transcurrido sin mucha novedad de no haber sido por un camarero. Tenía buena planta, moreno, pelo corto, ojos marrones, alto y con buenos brazos. Como a mí me gustan. Me lo habría comido allí mismo de haber estado solos, o al menos lo habría intentado. Por supuesto que nada más verlo me ajusté el escote y que cada vez que me servía me inclinaba lo suficiente como para obligarle a mirarme las tetas. Los hombres son así, les enseñas un poco de pechuga y ya has captado su atención, y algo más.

Durante la cena procuré desplegar todas mis armas de mujer, primero sutilmente, y cuando el alcohol se iba acumulando en mi cuerpo, con menos sutileza. Y mis ataques estaban teniendo el efecto deseado, mis sonrisas y miradas furtivas eran correspondidas … y los furtivos roces dejaron de ser sólo cosa mía.

Me divertía la situación, me excitaba. No sabía cómo iba a acabar pero me hacía sentir viva de nuevo, deseada. Hay pocas motivaciones más fuertes para una mujer que esa.

Acababa la cena y con ella mi juego. Escribí mi número de teléfono en la servilleta y la doblé un poco para que se viera algún número y que no acabara en la basura. Nos levantamos todas y nos dirigimos a la salida, yo no le quitaba ojo a la servilleta y él hacía lo mismo con mi culo, creo que fue por eso por lo que no prestó la suficiente atención a lo que hacía y no se fijó en los número al cogerla y tirarla. Mi gozo en un pozo.

Siguió la noche e intenté animarme. El mar está lleno de peces, pensé. Fuimos a varios pubs, el alcohol siguió corriendo y mi cuerpo contoneándose, se acercó algún moscón pero mi mente seguía pensando en el camarero. Las horas iban pasando y las chicas se iban marchando poco a poco a casa, cada vez quedábamos menos, pero eso no hacía que decayera, era mi noche, después de tanto tiempo. Hasta que lo vi, entró por la puerta con dos amigos, se fueron directamente a la barra y luego al fondo. No me había visto pero eso era fácil de solucionar.

Seguí bailando, ahora con otra intención, con la de hacerme ver y a ser posible, desear. Y conseguí lo que buscaba porque en cuestión de segundos tenía a un barbudo borracho gritándome en el oído lo buena que estaba.

-Está conmigo –

Sólo con escuchar su voz otra vez me estremecí, el camarero había acudido a mi rescate como el caballero andante con el que todas soñamos en algún momento. El barbudo se alejó sin abrir la boca y mi salvador comenzó a bailar conmigo.

– Te has ido sin despedirte – me dijo al oído.

Tenerle tan cerca, su boca de mi cara, olerle, notar su cuerpo tan próximo al mío, su mano en mi cintura … hacía mucho que no deseaba tanto a alguien como a él en ese momento. Dudé en decirle lo de la servilleta pero no quería ponérselo tan fácil, al menos de momento.

– Tú tampoco me has dicho nada – le dije, acercándome tanto a su oído que mi lengua rozó su piel y mi cuerpo al suyo.

– Te lo digo ahora – me respondió justo antes de devorarme la boca. No pude ni quise evitarlo. Cada centímetro de mi cuerpo deseaba eso y más, por lo que cuando se separó me sentí abandonada y sola.

-¿Y eso? – dije intentando hacerme la dura mientras recobraba el aliento y la fuerza en las piernas.

– ¿Follamos? – me dijo. Esta vez no se había acercado a mí, supongo que para ver mi cara cuando me lo dijera. No me costó entenderle a pesar de la música. – En cinco minutos te espero en la puerta- añadió. Creo que mi cara le había respondido por mí.

Se despidió de sus amigos y salió del local. Yo cada vez estaba más nerviosa y excitada. Las piernas me temblaban y podía notar la humedad entre mis piernas.

Me despedí de mis amigas y salí al exterior. Allí estaba mi camarero, dentro de un coche aparcado en doble fila y haciéndome gestos para que fuera hacía allí.

Entré en el coche, uno grande. No estaba muy limpio y tampoco olía demasiado bien. No me importaba demasiado …

Arrancó sin abrir la boca. Mi cuerpo me pedía tantas cosas, tocarle, besarle, lamerle, comerle … uhmm, ¿por dónde empezar? No dejaba de mirarle, expectante, queriendo que él diera el primer paso.

Sin mirarme me cogió la mano y la puso sobre su paquete. Noté su bulto, grande y duro, dándome la bienvenida. Comencé a mover la mano sobre la ropa y él se acomodó sobre el asiento. Me incliné algo más sobre él y le abrí el pantalón. Metí mi mano por debajo de los boxers y por fin pude cogérsela. No sólo era grande, también era gorda. Uhmm. Comencé a mover mi mano sobre su polla, poco a poco, disfrutando del momento y de su cara.

Saqué por fin su polla, me incliné y la besé, suavemente, luego comencé a lamerla, sin dejar de mover mi mano, hasta que por fin me la metí en la boca, todo lo que pude, que no era mucho. Note como el coche daba un bandazo y reducía su velocidad hasta detenerse completamente. Luego puso una mano sobre mi cabeza, cogiéndome del pelo, y con la otra subió mi vestido dejando libre mi culo. Abrí ligeramente mis piernas y noté como sus dedos urgaban entre ellas, apartando el tanga y llegando por fin a mi coñito.

Eso me animó a dedicarme con más ganas a la mamada, metiéndola cada vez más y jugando con sus huevos. Ahora gemíamos los dos. El cabrón sabía mover los dedos, dónde y cómo tocar. Me acomodé para ponérselo fácil y comencé a mover mi culo.

Me levantó la cabeza, me volvió a devorar la boca, pero con más hambre que en el pub. Echó su asiento hacía atrás, lo reclinó un poco, se bajó los pantalones y me cogió de la cintura para atraerme hacía él.

Me saqué el vestido y el tanga y me senté como pude sobre él. Comencé a restregarme sobre su cuerpo. Podía notar su polla dura entre nosotros. Intentaba metérmela, la necesitaba dentro de mí, pero él lo evitaba. Tomaba aire.

Me abrió el sujetador y mis tetas quedaron al aire por fin. Las cogió con fuerza y se las llevó a la boca. Lamió mis pezones y los mordió. Estaban duros, muy duros.

Noté como una mano se colaba entre nosotros así que me levanté ligeramente y cuando noté la punta de su polla en el agujero correcto bajé de golpe. Por fin la tenía dentro. Comencé a cabalgarle, arriba y abajo , mientras seguía cogiendo con fuerza mis tetas y las estrujaba.

Notaba como su polla entraba y salía de mi sin parar. No quería que se acabara nunca pero estaba deseando correrme y que se corriera. Soltó mis tetas y comencé a cogerme el culo con fuerza, como a mí me gusta, y luego llevo una de sus manos a mi cara y me metió los dedos en la boca. Se los lamí como si fueran su polla. Luego los llevó a mi culo y empezó a jugar con él. Era lo que me faltaba. Comencé a cabalgarle con más fuerza. Comencé a gritar y noté como él se ponía más tenso y como me cogía con más fuerza. Uhmm, aún me caliento cuando lo recuerdo.

Noté como empezaba a correrme. Hacía tanto que no lo hacía que ya casi me había olvidado de cómo era. Seguí gritando y gimiendo y aceleré el ritmo. Cuando yo terminaba noté como él se corría dentro de mí. No paré hasta que su respiración bajó, señal de que había terminado.

Me recosté sobre él, aún con su polla dentro, y cerré los ojos para descansar.

– ¡Vaya polvo! – dijo ya relajado.

– ¡Ah! ¿Pero hablas? – respondí.

Leave a Reply

*