Una gordibuena, placer entre las carnes

Los primeros días me masturbé como un adolescente recreando en mi memoria lo que ocurrió entre Ana y yo, primero en aquel bar y luego en mi coche. Aquella aventura le había sentado muy bien a mi masculinidad y me despertaba muy excitado con mi pene endurecido como nunca antes. Sole se benefició de mi frenética actividad sexual y mi buen humor. Tuve paciencia con los preliminares, fui atento y cariñoso y logré de ella una mejor respuesta sexual que hasta entonces. Parecíamos recién casados estrenando la casa.

Una noche logré que tuviera un vibrante orgasmo tumbada en el sofá del salón mientras ella veía una serie y yo lamía su sexo como un precioso dulce hasta hacerla convulsionar de placer. Gimió y tembló como si fuera la primera vez que sentía un orgasmo, probablemente por el morbo de la situación, pero jamás me había dejado hacer una cosa semejante, siempre tenía a mano la excusa de que los niños podrían despertarse.

Nos acostábamos varias veces a la semana, ella pedía que llevase mi boca a su sexo y cuando se excitaba de verdad me pedía que acercase mi miembro a la suya. Estábamos progresando en el grado de morbo que para ella era aceptable en nuestra relación, con lo que me convencí que iba por el buen camino con mi cambio de actitud.

Seguía pensando en Ana, a veces incluso cuando Sole me hacía una felación, porque Ana supo hacerlo mejor aquella noche de lo que Sole me hizo sentir nunca, pero sobre todo le estaba agradecido por el impulso que aquel escarceo nocturno le había dado a mi relación.

Quizá me sentí culpable o se me desbloqueó el morbo en mi interior. El caso es que todo iba de maravilla. Hasta que supe que Sole me estaba engañando.

Fue una casualidad. Un mensaje de texto que hablaba de un correo electrónico, fue lo primero, averiguar que tenía una cuenta secreta vino después. Y ahí pude leerlo todo.

Sole tenía una relación secreta con un tipo al que le escribía todo tipo de guarradas sexuales. ¡Ella, que había sido siempre recatada y pacata!

Ahora elucubraba con cómo sería el encuentro que tendría con su amante. Le prometía la mejor mamada de su vida, le decía que deseaba esparcir su semen por sus pechos, gozar de su enorme miembro. Le contaba lo mojada que estaba y que esas conversaciones le llevaban siempre a masturbarse pensando en cómo gozarían juntos.

Eso fue en los primeros correos electrónicos, fechados un año atrás. Pero hacía un par de meses que se habían acostado. Él estaba casado y vivía en otra ciudad, así que tenían dificultades para verse pero lo habían logrado. Ella se debió sentir culpable, quizá pensó que yo sospechaba algo, y se distanció. Así lo lei un el último correo de su amante en el que se quejaba de que lo hubiese dejado de lado.

Entonces lo entendí todo. Habíamos estado jugando al mismo juego. Sin saberlo habíamos tratado de compensarnos el uno al otro por una infidelidad y habíamos mejorado nuestra vida en común.

Tardé mucho en aceptarlo. Me dolía que hubiera flirteado con aquel tipo durante tantos meses, excitándose con él mientras a mi me negaba el sexo y yo tenía que masturbarme de madrugada, mientras ella dormía. Aquél tipo la ilusionó, la llenó de morbo, no yo.

Así que decidí que tenía que acostarme con Ana al precio que fuera. No podría haber un empate entre nosotros.

_ Hola Ana, ¡cuánto tiempo sin vernos!

Le di dos sonoros besos y me arrimé bien a ella para sentir sus senos contra mi pecho. Me miró desconcertada a punto de subir a su coche, en las puertas del colegio de nuestros respectivos niños.

_ ¡Qué guapa estás! Qué ganas tenía de verte. Me gustaría que pudiéramos quedar para tomar algo, ¿qué te parece si llevamos a los chicos a tomar un helado?

_ Javi, tengo prisa. No sé si es conveniente que nos vean juntos.

_ Somos dos padres con hijos que son amigos y quieren estar juntos, ocurre constantemente. No es sospechoso.

La convencí y nos fuimos a un parque cercano a su casa donde se podía aparcar bien y pasaba poca gente. Y me lancé al ataque.

_ Ana, no dejo de pensar en tí. Me tienes loco de ganas de tenerte.

_ No seas tan loco. Lo que pasó, pasó.

_ No me digas eso, mira cómo estoy sólo de estar cerca de ti y oler tu perfume-, le tenté señalando el bulto de mi entrepierna confiando en que mi mejor truco funcionase.

_ Ya sé que se te activa rápidamente y no me extraña porque no haces más que mirarme los pechos.

_ Me excitas muchísimo. Eres preciosa. Si estuviéramos solos me lanzaría a besar tu cuello, tus pezones, tu barriguita. Bajaría por tu espalda con mi lengua para cubrir de besos ese culazo que tienes que tanto me gusta. Lo lamería por todos los lados, hundiría mi cara en el hueco entre tus piernas para lamer esa piel tan delicada, aspirando el aroma de tu sexo. Me muero por llevar mi lengua a tu clitoris, por tener tu sabor en mi boca. Deseo que te corras para mí…

_ Para, para…

_ Quisiera llevarte a la cama, ponerte a cuatro patas y lamer tu sexo y tu ano, prepararte para introducirme dentro de tí. Quiero hacerte gritar de placer, que te corras como nunca. Tú misma dijiste que mi pene es mayor que el de tu marido y sé que te encantaría sentir su dureza dentro de tí. Sé que te pondrías tan caliente que me pedirías más y más. Que querrías que acabase en tu boca o en tu culo. Sé que lo estás deseando.

Estas últimas palabras se las dije al oído, rozando con mis labios su oreja, haciéndola temblar.

_ Sé que ya estás mojada. Estoy seguro de que quieres que empiece a tocarte ya, sólo te retiene el hecho de que estemos en un parque.

_ No. Me retiene algo más. ¡No te das cuenta! Me frena que quieras convertir lo que fue una experiencia sexual y personal fabulosa en una sórdida aventura extramarital. Tengo miedo de que arruines mi vida por un polvo, por muchas ganas que tenga de acostarme contigo.

Me había calado. Había detectado mi rabia interior y mis ganas de vengarme de Sole, pero estaba como loco por llevarla a la cama y se lo dije. Tanto insistí, tantas razones le dí, tantas promesas inventé y tanto adulé su cuerpo y lo que me hacía sentir que logré un acuerdo.

_ Quiero acostarme contigo. Desde aquella noche en tu coche lo deseo, pero no quiero perder a mi familia. Lo haremos, sólo una vez. Y tú te olvidarás de mí para siempre. Prometelo.

_ Lo prometo-. Hubiera jurado hasta con sangre si me lo hubiera exigido.

_ Estás a prueba. Yo pongo las condiciones. No te acercarás a mí como has hecho hoy ni me llamarás. Esperarás a que yo te llame y harás exactamente lo que yo te diga y como te lo diga. Ese es el trato.

Cuando se ponía mandona me excitaba aún más así que asentí complacido.

_ Dilo, promételo. Esto no es un juego. Mira allí juegan nuestros hijos tan felices. No puedes poner eso en riesgo.

Tenía razón. De repente se evaporó mi excitación y empecé a pensar con la cabeza y no con mi endurecido pene.

_ De acuerdo. Tienes toda la razón. Esperaré y entenderé si te echas atrás. No te presionaré.

_ Gracias. Ya hablaremos.

Ese pacto con Ana me había llenado aún más de morbo, mientras se enfriaba de nuevo la relación con Sole, mi mujer. Busqué refugio en el alcohol y empecé a salir algún jueves que otro, con la excusa de cumpleaños, citas con los clientes o la necesidad de despejar el estrés. Mi mujer no se oponía, sospeché que seguía escribiéndose mensajes eróticos o bien que no veía en mì ninguna amenaza. Total, yo soy un hombre del montón y no atraigo a las mujeres en las discotecas.

Pero lo intento.

Así conocí a Silvia con la que me acosté esa misma noche, un jueves de puente que estaba solo en casa porque mi mujer se llevó a los niños a ver a su abuela al pueblo. Era más joven que yo y estaba con otras dos amigas. Las veía reír en un bar y compré a un vendedor ambulante una rosa a cada una. Viendo a las chicas me las dejó muy baratas. La verdad es que parecían las Tres Gracias de Rubens. Estaban muy pasadas de peso, las tres. Pero eran muy alegres y a mí eso siempre me atrae en las mujeres. Y Silvia, pese a su tamaño era guapa de cara. Estuve todo el tiempo adulándola, bailando agarrado ritmos latinos, rozandole la oreja al hablarle al oído, cogiéndola de la mano. Mirándola con deseo y avidez, dejando claro que me gustaba y lo que quería hacer con ella.

Acabamos en su piso. Vivía sola en un ático muy bonito, con una gran cama.

En el ascensor me iba comiendo la boca con ansia, restregandome con la mano el bulto de mi entrepierna con su cuerpo aplastado contra el mío y mis dedos midiendo sus nalgas. Acabábamos de dejar a sus amigas en su casa y me invitó a tomar la última copa. Nada más entrar en el ascensor se me echó encima y ya en su casa prácticamente me arrancó la ropa. No encendió ni la luz. La veía desnudarme gracias al reflejo de un anuncio fluorescente en la terraza de enfrente.

De un golpe me bajó los calzoncillos y me agarró el miembro descapullando mi glande. Se escupió en silencio en la mano y me limpió la punta del pene antes de metérselo en la boca. Empujaba para llegar bien adentro, parecía que quisiera saber hasta donde le cabría o algo así, pero lo cierto es que nunca había tenido el pene tan dentro de la garganta de ninguna mujer. Después lo sacó para saborearlo, cerrando los labios en torno al glande, lamiendo el frenillo, bajando por el tronco hasta los testículos, empapándolos en saliva. Me estaba haciendo una mamada de artesanía, con tantas ganas y empuje que me hacía sentir un gran macho que dominara a su hembra y la forzase a succionar su pene hasta el orgasmo.

Quizá por eso empecé a comportarme como Ana, la mamá dominante, exigiendo mi propio placer y ordenando a Silvia lo que tenía que hacer.

_ Trágatela hasta el fondo. Vamos, hasta que te llegue a la garganta. Vamos, que se que te gusta. Que te encanta comerte una buena estaca. Lámeme por abajo. No te pares, sigue hasta el culo. Sí, ahí, chupa ahí. ¿Es que no te gusta como huele? Casi no siento nada, chúpamela con más ganas.

Silvia quiso demostrar lo buena que era y se tragaba mi miembro cada vez más adentro, hasta que le dio una arcada y decidí parar. La hice incorporarse y la besé.

_ Buena chica, obediente y preciosa-, le piropeé y empecé a desnudarla. La dejé en ropa interior y me senté en una butaca para contemplarla. Vestía una lencería muy sexy y elegante, que me sorprendió en una chica de las que hoy llamamos ‘gordibuenas’. Y lo cierto es que estaba gorda, pero también muy buena. Empecé a masturbarme viendo sus grandes pechos rebosando del sostén, su ombligo coronando una barriga que me pareció sexy y me dieron ganas de acariciar. Sus grandes muslos escondían un triángulo de encaje en el que se fijó mi mirada. Silvia se dio lentamente la vuelta para que pudiera verla por detrás y ya no pude contenerme más. Tenía un culazo enorme, rotundo, con dos grandes nalgas redondeadas y una gloriosa raja en el centro que se le salía de la braguita por encima.

_ Mira como me pones. No puedo parar de tocarme sólo de verte.

_ ¿Quieres que me quite algo?

_ Sí, quítate el sostén.

Lo hizo lentamente, poniendo morritos y ojos de gata lujuriosa. Estaba deseando ver esas montañas de carne y no podía dejar de masturbarme.

Dejó caer el sujetador a sus pies y de una patada lo lanzó sobre mi regazo. Casi no me di ni cuenta porque estaba obnubilado con sus pechos. Eran muy grandes -de eso ya me había percatado con el sostén puesto-, pero parecían muy firmes, muy pesados y llenos. Un poco puntiagudos y con el pezón muy grande y muy rosa. Casi ni se veía de lo claro que era. Y, evidentemente, apuntaban hacia abajo. Era imposible que las tuviera en su sitio con ese tamaño y ese peso, pero me parecieron suculentas. Daba gloria verlas. Era como una de esas figurillas rupestres dedicadas a la madre tierra, todo caderas y pechos.

_ Date la vuelta y bájate las bragas. Con los pies juntos y sin doblar las rodillas.

Obedeció de inmediato, pero despacio. Cogió las bragas con las dos manos y empezó a bajárselas poco a poco, dejándome ver primero la esplendorosa raja de su culo y luego empezó a inclinarse hasta que pude vislumbrar el hueco entre sus piernas y los labios de su sexo. Estaba oscuro y no veía bien pero se apreciaba que estaba completamente depilada y que su sexo era suculento, de grandes labios muy apretados, encerrando entre sí la parte oculta de su vagina.

Silvia me estaba gustando cada vez más. Era alta, grande, gordibuena, guapa de cara y tenía un cuerpazo que era un fulminante para mi lujuria. Estaba deseando amasar sus carnes, hundir mi lengua en su sexo, apretujar sus pechos, hincar mi verga en sus entrañas.

_ Ven aquí, que quiero comerte.

_ Soy toda tuya, pensé que te había comido la lengua el gato.

_ Me he quedado sin palabras al verte. Eres divina, mira cómo me tienes, nunca la he notado tan dura.

_ Pues no dejes que se enfríe-, dijo sonriendo mientras subía a la cama a cuatro patas.

La visión de su culo frente a mi me enardeció. Empecé a sobárselo con ansia, a amasar sus carnes blandas, a restregar mis dedos por la raja entre sus nalgas hasta abrirme paso hacia su sexo, guiado por las oleadas de calor que me llegaban de él.

Separé sus apretados labios y fui acariciando el interior extendiendo su humedad por toda la vulva, buscando el clítoris. Lo encontré al tacto y al oído, pues Silvia gemía en cuanto se lo tocaba por lo que insistí con el dedo pulgar mientras metía y sacaba dos dedos de su jugosa vagina.

Con la otra mano no dejaba de amasarle el culo y buscarle el agujerito. En cuanto la tuve suficientemente caliente inclinaba el cuerpo para darme acceso e introduje un dedo en sus entrañas. Así se corrió por primera vez, con dos dedos en su vagina y otro en el ano.

Sin dejarla reposar me coloqué detrás, apuntando con mi verga a sus lubricados labios, pasando el glande arriba y abajo, haciendo que se estremeciera.

Si antes fui brusco con ella ahora quería ser delicado y poco a poco introduje la punta de mi endurecido miembro en su cálida vagina, hasta el final. Hasta que mis testículos hicieron tope en sus nalgas.

Silvia se echó hacia atrás para sentirla más adentro. Se movía ligeramente y parecía dejarme a mí la iniciativa, invitación que no rechacé. Mis empujones la inclinaban hacia adelante y ella volvía atrás. Sus enormes y pesados pechos se bamboleaban al compás de mis caderas y apenas si podía llegar a cogérselos por el tamaño de su culo y su barriga.

Cogí el ritmo y bombeé con fuerza, cada vez más adentro, agarrándome a sus michelines, cosa que pareció gustarle a Silvia, que pedía más y más.

Guardó silencio y aguantó la respiración, notaba que le orgasmo le estaba llegando y de pronto resopló gimiendo fuertemente.

_ Ahhgrrrhh! ¡Qué gusto! ¡Agárrame los michelines, cómo te gusta coger de ahí, eh! ¡Cómo te folla esta gordita, verdad! Dame fuerte ahora, más, más, más, ….. ¡Buuuffff!

Se corrió temblando como un flan. Todo su corpachón se estremeció y cayó vencido sobre la cama, entre resoplidos de placer.

_ Túmbate boca arriba. Ahora me toca a mí.

_ Sí, córrete tú. ¡Vamos!

Tumbada sobre la cama era un espectáculo de carne rosada. Dos grandes muslos me ofrecían en el centro un rosado manjar que enseguida me lancé a degustar, pero ella me detuvo, pues tenía sensible la zona y prefería ser penetrada. Así que le levanté las piernas y apuntando con mi miembro me abrí camino en su encharcado sexo. Sus pechos, su barriga, todo se bamboleaba con mis empujones. Sus dos muslazos me atrapaban en un delicioso abrazo y me atraían sobre su acogedor cuerpo. Yo seguía y seguía empujando, disfrutando del espectáculo, del morbo de la situación, de estar gozando tanto con una chica gordita y mucho más sexy de lo que hubiera imaginado. Hasta que ya no pude más y anuncié que me iba a correr.

_ No lo hagas dentro.

_ Me voy a correr sobre tus tetas.

_ Hazlo.

Y exploté. Largos trallazos de semen bañaron su pezones rosados, su enorme canalillo y su prominente barriga. Limpié las últimas gotas sobre su mano y ella se la llevó a la boca para sentir mi sabor.

_ Muy rico. Habrá que probarlo recién exprimido. Vaya chisme que tienes, es muy gorda y sabes manejarla. Me has dejado muerta, ya verás mañana en el trabajo.

_ ¡Cuando me reponga tendrás todo lo que quieras! Espera un rato y seguimos.

_ Mejor no. Estoy muy cansada, de verdad, y me hace falta esa media hora de sueño. ¿Quieres que nos veamos mañana por la tarde?

_ Como quieras. ¿Entonces quieres que me vaya?

_ Sí por favor.

Por supuesto que no me fui así. Empecé a besarla como si me fuese a despedir y enseguida estábamos otra vez morreándonos como al principio. Así que me puse encima ella, con mi verga de nuevo en plenas facultades y empecé a penetrarla con viveza. No se lo esperaba -o quizá sí- y logré arrancarla otro orgasmo mientras me comía sus pechos impregnados del sabor de mi propio semen.

_ Me voy a correr y quiero hacerlo en tu boca. ¿Estás lista?

_ Sí, salte ya.

En un rápido movimiento me puse a la altura de su cara sacudiéndome la verga, pero Silvia la atrapó entre sus labios y comenzó a succionar fuertemente.

_ ¡Así, así, vas a hacer que me corra. Sigue, sigue, qué bien lo haces! Ahhhgrrr!

Me derramé en su boca. No dejó escapar ni una gota y se relamía aún cuando me dijo:

_ Anda, aprovechado. Marcha para casa, que hay que dormir. Ya tengo tu teléfono mañana quedamos.

_ Déjame decirte que ha sido una de las mejores experiencias sexuales de mi vida. Es verdad lo que dicen de las gorditas y el sexo. Me gustas mucho, así que no dejes de llamarme mañana.

_ Ya sabía yo que tú eras de esos, que te iban las chichas. Venga, mañana hablamos.

Y ahí me ví yo, a las seis de la madrugada de un viernes en mitad de la calle. En un barrio que no era el mío, caminando con las piernas temblorosas después de vivir una aventura extramarital con una chica gordita y encantadora. Me había vengado y aún quedaba mucho por disfrutar de mi gordibuena.

El fin de semana no podía comenzar mejor.

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