Una tarde inolvidable

Ambos estaban de acuerdo en divertirse como nunca. Ella estaba dispuesta a pasar por esa experiencia y él había previsto pasarlo bien con esas circunstancias. Era una mezcla de excitación y sentirse vulnerable ante ella, que le atraía.

Así es que después de pasar por el club de intercambio donde habían estado muy tranquilos y se habían calentado bastante, salieron para la cita con Ahmed, habían quedado en una cafetería que él les había indicado cerca de su casa en un barrio popular de Madrid. Aparcaron no demasiado lejos, y fueron andando hasta allí.

Ella iba vestida discreta pero atractiva, había cambiado las sandalias de tacón alto, por otros zapatos de tacón alto pero menos exagerados, que le permitían poder estar más tiempo con ellos puestos. Una falda negra muy ajustada y por encima de las rodillas pero sin descubrir mucho muslo y una camisa escotada oscura pero formal completaban el atuendo. Debajo se había puesto un tanga minúsculo, de esos que son solo tres tirillas y un triángulo que a duras penas le tapaba el abultado coño, que en ese momento ya iba rapado casi al cero y jugoso pensando en lo que le esperaba.

Había tenido suerte con aquella cita, Ahmed era una persona de color, lo que siempre era una ilusión para ella, joven, bien formado, duro como las piedras y con un nabo considerable, aunque no tanto como se dice de los negros, eso sí, lo mantenía como una estaca que a ella le gustaba que le tocase en lo más profundo cuando la embestía. En sus primeros contactos había estado muy atento con ella y ella lo agradecía, además estaba dispuesto a todo y esa noche podía ser muy atractiva para sus intenciones.

Llegaron a la cafetería, allí estaba él sentado en una mesa esperando. Tomaron asiento en su mesa y esperaron a que el camarero se acercase para tomar nota de la comanda. Pidieron algo de beber y de comer y se animaron un poco, mientras el camarero no dejaba de mirar de reojo el escote de ella, que estaba radiante. Ahmed le metió la mano por debajo de la mesa y le tocó el muslo, le dijo que estaba impaciente por besarla y darle de comer su polla, que estaba preciosa. Ella se reía y se dejaba manosear por él mientras pensaba en lo que le esperaba esa noche y se relamía.

Tras un rato de tertulia salieron de la cafetería, ella se había apañado para que el camarero mientras se levantaba de la mesa se quedase con una buena visión de su coño que llevaba caliente desde primera hora de la tarde y que estaba segura ya había manchado el triangulito rosa de las bragas con los flujos que se le escurrían de pensar en su negro dándole estopa.

Pasearon por las cercanías del barrio, allí ya se emparejó con Ahmed, mientras su pareja se quedaba un poco más atrás, ella se había quedado con la cámara de fotos con el compromiso de fotografiar todo lo posible de lo que le sucediese en su encuentro con Ahmed a lo largo de la noche.

Ahmed la agarró de la cintura y la besó profundamente, su lengua entró en la boca de ella con fuerza, fresca y dulce y se arremolinaron las dos lenguas en un beso caliente, caliente, que a ella casi le hace llegar al primer orgasmo. Siguieron andando por la calle, hasta llegar a una especie de disco en la que no había mucha cola para entrar, un portero negro como el charol imponía respeto en al puerta. Ahmed parecía que lo conocía porque con un gesto de complicidad los dejó pasar a los dos mientras sonreía al ver a la mujer blanca que su amigo se había ligado. Buena jaca pensó para dentro.

En el interior la disco era como una sala grande un poco destartalada, con una pista redonda en el centro y a su alrededor, en varias alturas, muchas mesas pequeñas donde se distinguían a pocos, quizás porque aún no se habían acostumbrado los ojos a la oscuridad. En la pista central una amalgama de cuerpos se retorcían con la música que sonaba en aquel momento. Una música muy africana, ya que la mayoría de los que estaban por allí o eran del continente madre o inmigrantes latinoamericanos. Sonaba como música tribal, una música que llegaba a las entrañas , que provocaba en ella el deseo de liberarse bailando.

Así es que solos los dos, mientras su pareja se ubicaba estratégicamente para controlar desde lejos, se sentaron en una mesita de aquellas y rápidamente salieron a bailar.

Ella se dejó llevar por esa música de tambores profundos, donde la percusión mandaba sobre el viento, y donde los movimientos sobre la pista de los que habían eran tremendamente sensuales, se deslizaban arriba y debajo de la pista como si fuesen serpientes y de vez en cuando rozaban con su cuerpo que se había convertido en una olla de sensaciones hirviente. Ahmed se colocó frente a ella y empezó a bailarle seductoramente, se acercaba, la rozaba, se alejaba, y ella sentía como una marea de gusto empezaba a subirle desde su clítoris hasta la barriga, erizándole los pezones que pugnaban por salirse de la blusa y del sujetador.

Tras un rato y cuando empezaba a sudar, Ahmed le pidió irse a la mesa, y para allá subieron, en la subida le metió la mano por detrás y le cogió de sopetón todo el mogollón. Trastabilló y casi se cae, mientras otra ola de gusto le subía de los pies a la cabeza cuando notó la mano rugosa y encallecida acariciarle el coño por encima de la ya empapada tanga. Ahmed se acecó aún más por detrás y le susurró al oído: “tienes un culo precioso princesa”. Y el calor que soltaba su aliento le llegaba tras la oreja poniéndola más puta que nunca.

Al sentarse, Ahmed le desabrochó al menos dos botones de la blusa, lo que dejaba casi al aire su sujetador negro que apretaba unas tetas, maduras y apetitosas que luchaban por salirse de su prisión. Casi sin descanso se lanzó a sobárselas con descaro provocando que algunos de sus compatriotas que estaban en las mesas cercanas lo miraran con envidia, ella un poco cortada se lo dijo así, “nos están mirando, por favor no seas tan descarado”, pero él no tuvo empacho en contestarle con cierta rudeza: “Esta noche eres mi mujer y vamos a hacer lo que queramos, el que no pueda tener este cuerpo que se joda”.

Así es que ella se enroscó hacia él cruzando una pierna por encima, lo que descubría su muslo casi hasta la cadera, sensualmente el bajó una mano hacia esa zona y la acarició por encima, mientras llegaba hasta la tirilla de la braga y empezó a jalar para bajársela, cosa que era imposible porque ella mantenía muy juntas las piernas y el asiento impedía que se deslizase hacia abajo, así es que ni corto ni perezoso le dio un tirón y se las rompió, con lo que con un simple movimiento se las deslizó hacia fuera, y mientras la besaba en la boca agitaba en su mano el trofeo para que lo viesen los vecinos de la mesa.

Se sentó en el sofá que había y tiró de ella para subirla encima de él. Ella parecía resistirse pero al final entendió que era lo que había elegido, disfrutar esa noche de su negro macho y que le daba igual lo que pasara. Así que se subió a horcajadas sobre él dejando casi al descubierto su cuerpo desde la cintura para abajo, la blusa la tapaba un poco por detrás pero se podía apreciar si alguien se acercaba que no tenía ropa en la parte de abajo, ya que la falda elástica se le había subido hasta la cintura.

El liberó su polla del encierro del vaquero mientras le comía las tetas por encima del sujetador. Tenía una lengua rasposa que a ella le gustaba y le hacía ver las estrellas, así es que terminó por sacarse por encima de las copas el pecho para que él pudiera lamer a conciencia sus pezones que estaban como arietes. Estaba jadeando ya y le pidió que se la metiera como fuese, y no se hizo de rogar, él se encajó mejor en el sofá y le puso la polla a la entrada de la chorreante vagina. Ella se dejó caer de golpe clavándose la estaca negra hasta llegarle a la campanilla. Y en dos embestidas se estaba corriendo como una loca, agitó la cabeza mientras los espasmos que le nacían del vientre le llegaban en placenteras oleadas hasta la raíz del pelo, y un canal de flujo le chorreaba a través de la polla de su negro manchando el sofá.

Fue una liberación. Ese primer orgasmo la dejó tranquila y la alivió de la tensión y los tabúes que la habían reprimido hasta ese momento, se sintió más mujer, más hembra, dispuesta a todo por tal de dar placer a su macho. Se descabalgó de él y se sentó a su lado, desmadejada, pero llena de energía, se metió las tetas dentro del sujetador de nuevo, y se alisó la falda y la blusa un poco, tratando de cubrirse un poco más, mientras descubría que los vecinos de la mesa de enfrente, tres tipos no muy agradables físicamente, peruanos o ecuatorianos seguramente, estaban en ese momento con las pollas en la mano, discretamente haciéndose una paja con el espectáculo que acaban de brindarles ella y Ahmed.

Se volvió a su negro para decírselo, y este le respondió que no pasaba nada que disfrutasen de una hembra que los pobres no tenían nada para meterla. A ella le brillaron los ojos mientras seguía hipnotizada los movimientos, mano arriba y debajo de los tres vecinos, y con el rabillo del ojo, veía la brillante polla que la acababa de satisfacer. Así es que se volvió para ahmend y se inclinó afectuosa sobre esa polla dura para metérsela de un tirón en la boca, rozándola con sus mejillas, mientras los vecinos seguían a lo suyo con redoblado interés al ver el nuevo espectáculo que se les deparaba.

Las lamidas de ella arriba y abajo del miembro, eran calculadamente lentas, con pequeños apretones de su mano derecha en la base de la polla y discretos besos en la punta del glande que hacían que Ahmed suspirase en cada uno de ellos. Ahmed también estaba pendiente de lo que estaban haciendo sus vecinos, y sonreía viéndolos sufrir por no poder disfrutar de esa hembra que era exclusivamente suya.

Con picardía le susurró a su putilla por esa noche un juego. Ésta, totalmente entregada, no le dijo que no y aceptó seguir el juego. Así es que de forma insinuante y teniendo en cuenta que estaban en una zona alta y que había pocas mesas más ocupadas cerca, y que salvo los de enfrente el resto estaban más o menos como ellos, enrollados y disfrutando de mamadas o folladas en los reservados, se dispuso a quitarse la falda lo que hizo sin dificultad, dejándola encima de la mesa. Sus muslos blancos arrancaban de unas caderas poderosas, y sus piernas destacaban en la oscuridad, y además, subida en sus zapatos de tacón alto todavía parecían más esbeltas y atractivas. Se puso de pie, y se desabrochó completamente la blusa, estaba de espaldas a sus vecinos y giró el cuello para mirarlos. Parecían monos agitando con rabia sus pollas, les estaba dando un espectáculo y lo disfrutaba.

Se despojó de la blusa y se inclinó hacia la polla de Ahmed, el templo de su culo, aparecía en primer plano como una fruta fresca, y su coño, perceptible desde la distancia chorreaba aún más después de su orgasmo. Meneó las caderas un poco y cada meneo suyo correspondían los sudamericanos con más frenesí, ya sin reparo alguno. Se volvió a levantar y se volvió de espaldas a Ahmed mientras le pedía que el desabrochase el sujetador. Su cintura era estrecha aún pese a haber sido madre, y cuando sintió el broche saltar se despojó con mucho arte de el último tejido que la cubría dejando sus hermosos pechos a la vista de toda la disco pero especialmente de sus vecinitos que ya casi los oía jalearla aunque aún en la distancia porque no se atrevían a acercarse con Ahmed por allí. En esa misma posición se abrió de piernas pasando las suyas a ambos lados de las de su negro y se fue sentado lentamente mientras se mordía los labios y sentía de nuevo como la poderosa verga la volvía a taladrar hasta lo más profundo. Sus pechos se bamboleaban a un lado y otro y arriba y abajo, era un espectáculo porno de primer nivel.

Una y otra vez, una y otra vez el cilindro de carne la abría en cada bajada y la llevaba al cielo del orgasmo, las tetas con los pezones a punto de tomar vida propia, se le ponían más duras y desafiantes mientras descubría que el placer tenía mil formas de las que apenas había disfrutado. Y entonces volvió a llegarle el placer infinito, sin medida, las manos de Ahmed le tenían cogidas las tetas ahora y la apretaba contra ella y empezó a sentir el chorro caliente de la leche de su macho estrellándose en el interior de su vagina, y en cada subida se salía un poco de ese líquido mezclado con su propia corrida. Ambos quedaron exhaustos sentados ella sobre él, en el sofá, mientras los monos de enfrente seguían relamiéndose con el espectáculo.

Ahmed le dijo: “ vaya, parece que les dura aún las ganas de correrse”, y ella miró como la seguían mirando con los ojos llenos de deseo. “anda, hazles un favor y déjales que se corran en ti”, ella como una gatita obediente se puso en pie, anduvo los cinco pasos que les separaban y se sentó, pletórica, como una diosa en medio de los tres medio monos que no se lo creían aún. “bueno, les dijo,¿ que pasa que no os corréis aún?”, “venga echadme la leche en mis tetas”, la orden sentó como un rayo, los tres se pusieron a rodearla uno a cada lado del sofá y otro enfrente, y en quince segundos empezaban a salpicarla con tres corridas de lo más abundante que había visto en años, deberían de llevar mucho tiempo los pobres sin cascársela. Con tres lechadas encima y una dentro, volvió sensual como siempre al lado de su negro. Este la vio venir y se le empinó de nuevo al verle la leche chorrear desde las tetas al suelo.

Cuando llegó le dijo, anda vete al servicio y límpiate un poco y te vistes, pero sin bragas ni sujetador. Y allá que se fue ella, sin recato alguno, hecha una reina de la disco, bamboleando su culo y sus tetas, hacia el servicio de señoras, con su ropa en la mano. Allí se aseó un poco, se lavó lo que pudo, y se colocó la ropa escasa que le quedaba. Pero cada minuto que pasaba se sentía mejor.

Cuando volvió al lado de su chico, éste ya estaba recuperado y algo más arreglado. Terminaron sus bebidas y se dispusieron a salir. Su negro le ordenó; “quiero que vayas por la calle con la falda muy arriba casi en el límite de enseñar el culo, y la camisa entreabierta, que se aprecien tus tetas”. “Si mi cielo, le dijo ella, como tú quieras”.

Salieron de la Disco bajo la mirada atónita del vigilante que había contemplado el espectáculo completo, y no se lo creía. Le hizo un guiño a Ahmed, y este se lo correspondió haciendo un gesto con la mano, que ella no vio.

Caminaron tan solo un par de calles, menos mal, porque de verdad que podía montar un escándalo de lo buena que estaba y de lo que enseñaba. Al llegar a un bloque de pisos modesto, lo estaba disfrutando sentirse tan puta y observada le encantaba.

Ahmed le dijo: “Bueno vamos a rematar la noche, mi humilde morada te espera”. El trato con su pareja era que si él le pedía que se fuesen a la casa ella tomaba la decisión, de seguir o volverse al hotel con él. Pero estaba tan salida y le ilusionaba tanto el reto de pasar una noche a solas con su macho que no lo dudó y le dijo que adelante.

Al llegar a la casa comprobó la humildad con la que vivía su hombre. Era un inmigrante que sobrevivía en la ciudad con un trabajo modesto y compartía el piso con otros dos subsaharianos, cada uno tenía una habitación, los compañeros de piso no estaban cuando ellos llegaron, y él le enseñó el piso con detalle, tres habitaciones un cuarto de baño una cocina y un salón en 60 metros cuadrados. No daba para más pero eso sí todo estaba muy limpio y ordenado.

El la azotó con cariño en el culo y le indicó cual era su habitación y le pidió que se fuera para allá y se preparase un poco, ella acordándose de su promesa sacó la cámara de fotos y le dijo, que sí, pero que le tirase unas cuantas fotos sexys para recordar el instante después. Se puso provocadora en una esquina del salón y él se las tomó mientras ella notaba como le crecía de nuevo el bulto bajo el pantalón y a ella se le volvía a poner el coñito crujiente.

Pasó a la habitación se despojó de las dos únicas prendas que llevaba, y se tumbó a esperar a su macho en el camastro que tan solo era un colchón grande sobre una tabla en el suelo, eso sí la sábana estaba limpia y olía a suavizante, y el olor de la habitación era bueno, había una pequeña lamparita de incienso ardiendo en una esquina, y debía tener perfume para quemar porque olía muy bien.

Se sentía liberada y esperaba disfrutar al máximo, así es que se desperezó pensando en lo que le esperaba. Ahmed abrió la puerta, puso la cámara de fotos sobre la mesita de noche y le dijo la voy aponer para sacarnos algunas fotos y que las puedas enseñar. Claro dijo ella, como tu me digas. El llegaba solo con la camisa sin abrochar, dejó que se le cayera de los hombros, y ella contemplo aquel cuerpo formado con el trabajo, nada de gimnasio, como brillaba con la luz de la lamparilla.

Empezaron a revolcarse en la cama, era un sinfín de posturas y de deseo contenido. La lujuria los tenía atenazados, ella caminaba de orgasmo en orgasmo mientras el mantenía la dureza de su polla todo el tiempo, parecía que la primera corrida le había servido para descargarse y ahora quería disfrutar antes de hacerlo otra vez.

Ella quería que él se corriese, no tenía muy claro si continuar toda la noche allí, aunque ya debía de ser de madrugada, pero la incomodaba algo el tener que dormir fuera del hotel. No obstante se afanó en lograr que el se corriese, y hizo lo que él le pedía, posturas, mamadas, todo.

Tras más de dos horas de hacer el amor de forma impresionante ella se quedó un poco adormilada por el cansancio, él la dejó descansar y salió de la habitación para refrescarse y beber algo.

Cuando volvió a entrar ella se desveló, le sonrió desde el camastro y le dijo, “estoy siendo puta, como nunca, esto está siendo lo mejor que he hecho en el sexo”. Pues todavía no hemos terminado le advirtió él. Le sacó otras pocas de fotos incluso alguna con su polla en la boca y ella mirando a la cámara.

Ella oyó ruido en el salón. El le dijo que había llegado uno de sus compañeros de piso. Tuvo una idea, le dijo: “Si quieres puedes ganarte unos euros conmigo, dile a tu compañero que puede follarme pero a cambio de que te pague a ti algo por la molestia, y de paso que nos saque más fotos”

Salió Ahmed, y al rato se asomó a la puerta otra cara oscura, era su compañero de piso, ella no tenía corte alguno, estaba despatarrada y con él comiéndose su coño, Ahmed le dijo al recién llegado: “anda toma esta cámara y sácanos algunas fotos”.

Y así empezaron otra vez, el le comía el coño, la besaba, la ponía a cuatro patas se la metía por detrás, con la piernas abiertas, y el otro no paraba de sacar fotos, y a la par se iba excitando. Al cabo de un rato le dijo algo a Ahmed en su idioma. Este se paró la miró a ella y le dijo: “Dice que estas tan buena que no puede sacar más fotos sin echarse una paja por lo menos, que si lo dejas que intervenga””pues claro que sí, venga aquí hay sitio para los tres”. La alegría que se vio en la cara del otro negro era descomunal, tanto como la polla que liberó en menos de 15 segundos, ella se quedó boquiabierta, ese si era un negro de los de película porno, no solo era larga la polla, calculó casi 25 centímetros, sino que además la tenía gruesa y venosa como los cuellos de los pollos. Se imaginó esa polla dentro de sí y casi se corre en el instante.

La sorpresa llegó cuando se iban a poner los tres a la faena, y ella estaba de pie sobre sus taconazos dispuesta a regalarles con un baile sensual y por detrás se encontró con unas manos que la agarraron las tetas. Se volvió y vio al pedazo de negro del portero de la disco plantada ante ella, era el tercer compañero de piso, por eso les había dejado entrar sin pagar. Eso sí, parecía que ahora quería cobrarse en carne.

Ella miró a Ahmed, y este hizo un gesto con la cabeza como diciendo, “lo que tu digas”. Y ella sintiéndose la diosa del momento, la reina de aquella casa por unas horas, asintió y dejó que el otro también entrase en el juego, tres negros para ella sola, aquello iba a ser un espectáculo del que nunca se olvidaría.

Empezaron los juegos y preliminares y no paraba de correrse una y otra vez sintiendo cada una de aquellas monstruosas vergas entrar y salir de su cuerpo, mamadas, follada boca arriba y boca abajo, por delante, tumbada, por detrás, se la metieron por todos lados, y mientras dos la disfrutaban el tercero sacaba fotos para recordar la hazaña.

Hubo dobles penetraciones, mamadas a dúo, posturas de circo en aquel humilde camastro que veía una y otra postura sin ruborizarse, tan solo los jadeos de los cuatro llenando la penumbra.

Así estuvieron hasta las cinco de la mañana cuando sin poder más con la cuenta de los orgasmos perdida, se dejó llevar por el sueño entre sus tres negros, su piel blanca y mórbida, sudorosa y agarrada en cada palmo por alguna mano negra, en medio de la cama en un mar de brazos que la sobaban se durmió plácidamente con una sonrisa en la boca que aún tenía restos de semen en los labios, un rastro de semen que le olía en el cuerpo. Su cuerpo que había disfrutado como nunca jamás lo había hecho. Pero claro eso solo era el comienzo. Si había podido con aquello, quería hacer más cosas, pero esa es otra historia.

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