Unos pantalones demasiado cortos

De pie junto al muro de la estación, Fausto mira las incoherentes agujas de ese gran reloj sobre su cabeza. Levanta sus cejas resignado e ignorando aún la espera que le aguarda busca con la mirada el cobijo de una sombra, pero es medio día y el sol de finales de mayo ejerce su tiranía sin oposición . Mientras su paso titubea escucha unas voces: más allá del edificio hay un espacio habilitado para aguardar el tren a salvo de la intemperie; una más de tantas novedades que brotan en su pueblo periódicamente. Desde que se fue a vivir a una ciudad lejana hace ya 16 años, cada vez que regresa para ver a su madre encuentra un edificio nuevo, una nueva rotonda o un nuevo negocio; incluso la casa donde se crió ya no parece estar fuera del pueblo. Se ha construido tanto que Villaloda ya ha absorbido su apartada calle a pié de playa. Es un pueblo que antaño fue pesquero, pero con la llegada de los nuevos tiempos el turismo se convirtió en su actividad económica principal. Fausto deja su bolsa al lado de un banco de cemento ya a salvo del acoso solar. A su lado una voz repite su apellido: “Amador, amador”. Una mujer de dudosa cordura le mira y le identifica alegremente mientras que su anciana madre corrobora el hallazgo.

-Eres el hijo de Gloria ¿no?- le pregunta la mujer de pelo blanco.

-Sí, pero yo no recuerdo quien…- dice Fausto un poco avergonzado.

-Sí, soy la madre de Juanma. Soy Carmen. My hijo iba al colegio con tu hermano-

La señora le aclara sus tan ligeros vínculos mientras la hija sigue constatando sus carencias mentales con impetuosos balbuceos. Fausto siente como la situación se vuelve embarazosa; y es que por mucho que respete a las personas minusválidas y más aún a quienes cuidan de ellas, siempre ha intentado mantenerse alejado de esta clase de gente que tanto le incomoda. Unas risas a escasos metros llaman su atención. Aún siente la escena más violenta cuando se percata de que unos críos se mofan de los desvaríos de la pobre Anna. Carmen hace oídos sordos pero intenta atenuar con urgencia las salidas de tono de su hija, la cual parece haberse encaprichado del chico. Por megafonía, una voz femenina anuncia la pronta llegada del tren. Fausto siente alivio cuando la señora usa el aviso como pretexto para encaminarse hacia el andén a pesar de que ningún sonido constata la veracidad de ese advenimiento. Seguramente solo quería alejar a su hija y a si misma de esa situación. Él no hubiera querido sentarse cerca de esas mujeres y por eso le congratula ver como se alejan más de lo necesario. Gira la cabeza con cierto desprecio hacia esos chicos y toma conciencia de sus integrantes. Son 5: 2 chicos y 3 chicas. No son tan pequeños como él esperaba. Ellos llevan una indumentaria veraniega a la vez que moderna, aunque ningún adulto con un poco de dignidad se atrevería a vestir de ese modo. Dos de las chicas tienen cierto grado de sobrepeso y llevan una estética algo más alternativa, como si necesitaran buscar un signo de identidad con su ropa. No es necesario procesar muchas de las frases que nutren su conversación para hacerse una idea del escaso nivel de su retórica. Al encaminarse hacia las vías una tercera chica entra en el campo visual de Fausto. En un inicio no le llama mucho la atención pero sus pantalones tejanos son tan cortos que le levantan una de las cejas con su hechizo. Esperando en el andén tiene a esos críos más cerca pero su único interés radica bajo los indiscretos límites de esa tela desgastada que se vale de unos sutiles encajes blancos en los laterales para completar el abrazo a tan bonito culo. Ella parece consciente de que su decencia está en la cuerda floja. Cuida sus movimientos a la vez que parece vigilar a Fausto, quien mantiene una discreta pose mirándola solo de reojo cuando se siente libre de supervisión. Ella sigue dialogando con sus amigos, gesticulando jovialmente y lanzando improperios. Sus bambas con motivos rosas y sus calcetines bajos son de lo más corrientes y mundanos al igual que su camiseta. Pero… esos pantalones son tan cortos… Sus redondas nalgas luchan por asomarse logrando definir su pliegue inferior en algunas gloriosas aunque escasas ocasiones. “!Ese!, ese es el límite de la moralidad más fundamental” piensa Fausto mientras se incendia por dentro bajo una impasible mascara de frialdad. Se pregunta cómo esos niños pueden tratarla con naturalidad. Cierto es que no tiene una belleza elevada ni mística pero en parte es justamente eso lo que conforma su encanto. Una chica corriente, con piernas bonitas pelo liso y largo con un tono rojizo, los labios pintados de un modo demasiado notorio para su temprana edad. En medio de tantas tonterías alguna de las chicas pronuncia la palabra “guapo” discretamente. Es imposible precisar el objeto de ese adjetivo pero a Fausto le parece percibir miradas furtivas de las chicas hacia su ser. ¿Es posible que se refieran a él? Ciertamente es muy mayor para esas chiquillas pero cierto es también que aparenta ser mucho más joven y que en los últimos meses ha adelgazado mucho y se ve mucho mejor. Su silueta musculosa ha salido a relucir a medida que los kilos de más se han ido consumiendo. La llegada del tren parece demorarse más de lo que pretendía el aviso sonoro pero eso poco preocupa ya a Fausto quien aguarda con templanza en una pose que piensa que le favorece: erguido, pero con una toque de informalidad en el modo en que se apoya en el muro. Multitud de dudas asaltan a Fausto a medida que se enrampa cada vez que esa provocativa chica le sorprende mirándola por el rabillo del ojo. Uno de los niños se dirige a ella pronunciando su nombre: “Andrea”. La distrae por un momento de ese juego de miradas. La situación ha dejado de ser corriente. Ha nacido una trama que tiñe de rojizos colores el gris lienzo que ilustraba una vulgar espera en los márgenes del transporte público. Fausto nota como uno de los chicos le mira mal pero eso, lejos de amedrentarle, da más solidez a sus sospechas y más fuerza a sus pretensiones, y es que una garra de dolor angustioso exprime su corazón segregando adrenalina, una ansiedad que le empuja a tomar cartas en el asunto, a ser proactivo y sobreponerse pero ¿cómo?. Como un hombre de 38 años aborda a una adolescente que a duras penas debe haber cumplido los 15. Fausto es muy tímido y tiene una fobia irracional al rechazo, especialmente al rechazo femenino, pero a pesar de ser inseguro también es muy valiente y sabe que la culpa le atormentará largo tiempo si permanece pasivo. La voz de la decencia alimentada por la llama del miedo le habla y le dice: “déjalo correr, ¿qué vas a hacer? !vamos!, es una niña, !no seas depravado!”. A medida que se acerca el tren los actores de la escena van posicionándose. Fausto duda por un momento: piensa en alejarse de esos críos y tomar distancia en el asunto entrando por otra puerta pero una energía intangible desobedece sus pensamientos y le impulsa a seguir esos tejanos tan breves. Es consciente de que las escaleras que articulan la entrada de ese tren romperán la frágil discreción de esas intrépidas nalgas y no quiere perderse el espectáculo. El tiempo parece ralentizarse y el mundo enmudece cuando Andrea empieza a subir esos escalones. Hay un par de personas entre ellos pero no se interponen en el ángulo de visión de Fausto que siente como su corazón se detiene al tiempo que esas gloriosas redondeces se asoman fugazmente. Ella intenta contrarrestar esa indecencia estirando la tela tímidamente mientras lanza una mirada inocente y enigmática hacía Fausto, a quien está a punto de caerle la mandíbula al suelo. Él se siente cazado y se apresura a dotar su propio rostro de una cierta templanza mientras le mantiene la mirada a la chica magnéticamente. Ella tarda un par de eternos segundos a desconectar ese vínculo visual para encaminarse hacia el interior del vagón. A Fausto le tiemblan las piernas mientras vuelve a percibir el resto del mundo y a recobrar los otros sentidos que habían sucumbido a la visión de tan delirante estampa. “Que panorama más tremendo” Una vez dentro avanza al paso que le permite el pasajero que lo precede mientras el trajín del convoy señala una aceleración creciente sobre las vías. Abrumado por una lucha tan feroz siente como los impulsos que le provoca esa exagerada atracción inesperada son combatida arduamente por la compostura y la lógica más aplastantes. La frustración le ahoga mientras se sienta a unos metros de los chicos justificándose con argumentos de peso: “eso no es propio de él… solo un salido tremendamente primario seria capaz de romper los límites de la corrección para abordar a esa niña cuyo mayor logro es vestir unos pantalones demasiado cortos… ¿a caso le conoce algún mérito más allá de sus sugerentes y precoces encantos?”. Cuando la batalla parecía decantarse definitivamente hacia la prudencia Fausto se ve de repente caminando entre los asientos con un cierto mareo parecido al que siente cuando está colocado, como si se viera desde fuera de su cuerpo. Al alcanzar la altura de esos churumbeles y casi sin meditarlas pronuncia certeras palabras:

-Perdona… ¿quieres sentarte con migo?- mirando a la chica con gran talante y calma fingida.

Andrea llevaba ya unos momentos mirándole con intermitencia y sorpresa a medida que notaba esa aproximación, pero su asombro se vuelve pasmoso al asimilar esas palabras. Tras una pausa silenciosa, mira a sus compañeros expectantes y pregunta:

-¿Por qué?- con un tono muy bajo que casi escapa a los oídos de Fausto.

-Porque si- contesta devaluando el valor de dicho interrogante.

-Es que… no… estoy con mis amigos…- conservando aún un alto grado de perplejidad.

-¿Estás segura?- replica a modo de súplica.

-…sí- terminando con el rostro estático y a la expectativa.

-De acuerdo, perdona-

Fausto le mantiene una mirada llena de significado mientras da unos pasos en su retroceso, a medio camino se da la vuelta y como si le costara trabajo mantener la normalidad más básica regresa a su localidad y se sienta adaptando su postura para que su cabeza no supere el nivel de los asientos. Avergonzado valora lo que acaba de hacer en busca de una nueva objetividad. “¿Que ha sido eso?¿un ridículo espantoso?¿un lamentable, inapropiado y baboso arrebato?”. Mirando la cordillera fugaz de arboles que parece abofetearle tras la ventana siente, por otro lado, el alivio que le proporciona esa descompresión pintada de derrota. Aún tiene el corazón comprimido y el aliento del bochorno en su cogote. De pronto ocurre algo que da un vuelco a sus evaluaciones. Tras el escaso ángulo que le ofrece el asiento delantero aparece el rojizo pelo de Andrea que se aproxima buscándolo con la mirada. Fausto reacciona con sorpresa y con menos sobriedad de la que hubiera querido aparentar recupera una posición más elegante. Ella se detiene junto a él y acaricia el sillón nutriendo una sugerente pausa antes de preguntar:

-¿Me puedo sentar?- con un tono algo juguetón.

-Claro Andrea, siéntate- talmente como si nunca hubiera roto un plato ni hubiera tenido su anterior iniciativa.

-¿Cómo… cómo sabes cómo me llamo?- mientras toma asiento grácilmente.

-Es que… tengo ese poder, es uno de tantos que tengo- saliéndose por la tangente.

-¿Ah sí? y ¿qué más poderes tienes?- siguiéndole el juego.

-Uno de mis poderes más preciados es el de conquistar chicas muy guapas- como si no viniera al caso.

-Ah, y ¿se supone que estás conquistándome ahora?-

-¿Cómo? He dicho “chicas muy guapas”, ¿a caso te consideras una chica muy guapa?- tomándole la delantera.

-Pues sí- con cierto grado de indignación. -¿sino para que me has pedido que te acompañe?

-Es que quería hablarte de una cosa. Verás, tu eres solo una niña ¿estamos de acuerdo?.

-No- rotunda y perpleja mientras deja su boca abierta y mira de reojo al vacío.

-¿No?¿cuántos años tienes?- intentando recabar sus argumentos.

-Emmm… casi 15- contesta mientras mengua su base.

-¿Y no te da vergüenza lucir así tu culo?- le reprocha en voz baja para que no trascienda al resto de pasajeros.

-Noooh- con risa nerviosa. -No enseño el culo vale-

-Pues yo he visto gran parte de tu anatomía trasera cuando subías las escaleras- aventajado.

-Porque, porque… porque no vale- con un vago argumento que solo busca rascar algo más de tiempo para pensar.

-¿No vale?¿el qué?- esperando una réplica coherente.

-No me visto pensando que puede que tenga que subir escalones, eso ha sido accidental- justificando su honor.

-Claro que tienes que pensarlo, estás demasiado buena, no puedes ir por el mundo luciendo a sí- con desespero.

-Claro que sí, yo voy como me da la gana- indignada.

-¿Pero no te das cuenta del daño que haces?¿del trauma que provocas a los pobres hombres inocentes como yo?

-¿Qué?¿Trauma?¿De qué hablas?- extrañada.

– … necesito tocarte Andrea, necesito meterte mano y luego necesitare hacerte más cosas, es un círculo vicioso y es tu culpa-

La chica se queda sin habla por un momento y ni siquiera puede mantenerle la mirada más de 2 segundos, redirige sus ojos de nuevo a la nada mientras duda qué dirección tomar.

-¿Y que quieres que yo le haga?- negando con la cabeza.

-No quiero que le hagas nada, solo quiero que te quedes aquí y te dejes-

La mira fijamente persiguiendo sus huidizos ojos. Percibe su rubor en su pálida piel de bebé. Ella tiene una actitud algo errática mientras se coloca bien el pelo con un gesto que denota una cierta inseguridad y nerviosismo. Sin mucho convencimiento dice un “vale” tan tímido como trascendente. Sin mediar palabra Fausto introduce su mano entre los muslos de Andrea. Ella tienes las piernas semicruzadas e inclinadas hacia él. La presión de sus carnes no prestan mucha libertad de movimiento a esos intrépidos dedos pero la pasividad expectante de la chica legitimiza a Fausto para proceder con más vehemencia. Reclinándose sobre ella usa su otra mano para acariciar su pierna superior recorriendo un pecaminoso sendero hacia los bordes traseros de ese inquietante tejano. Por fin se adentra en los prohibitivos márgenes de esa prenda mientras ella parece paralizada e incluso se agarra con fuerza al sillón con las manos mientras mira para otro lado como si la cosa no fuera con ella, como para no responsabilizarse de lo que hace, o más bien de lo que se deja hacer.

-Andrea- dice en voz baja.

-Que- aún más bajito.

-Aquí-

Sin más oratoria consigue que ella le mire y de ese modo puede endosarle un largo beso vocal ampliamente articulado. Sin dejar de deleitarse con ese divino tacto de suavidad impoluta, intenta subir los límites de sus pantalones al máximo liberando así gran parte de sus preciadas nalgas; la pose de ella, con las rodillas bien subidas, favorece esa huida. Mientras Fausto le besa el cuello ella se percata de las indiscretas miradas de más de un pasajero, una de ellas colándose entre los dos asientos delanteros proveniente de un hombre que también la miraba lujuriosamente al subir en el tren. De pronto: “próxima parada: Augusta”

-Es mi parada- dice Andrea entre suspiros.

-¿Me bajo contigo?- suplica él.

Se hace una pausa estática mientras Fausto la mira sin ser correspondido, ella parece momentáneamente absorta en sus pensamientos hasta que pronuncia un “sí” que suena como música celestial. El ajetreo del tren va ralentizándose y algunos de los pasajeros abandonan ya sus asientos. La visión de esa niña poniéndose en pie con el pantaloncillo completamente arremangado en uno de sus lados resulta traumática para todo aquel que consigue vislumbrarla. Ella se da prisa a recuperar su compostura con cierta pose de vergüenza mientras Fausto se las ingenia para levantarse sin que quede patente su tremenda erección. Con su bolsa deportiva cogida con ambas manos consigue camuflar su tienda de campaña de un modo más o menos natural. A pocos metros, los amigos de Andrea siguen expectantes con diferentes expresiones en sus rostros.

Caminando ya por tierra firme, la pareja recién fundada anda cogida de la mano guardando una distancia prudencial con el resto de integrantes del grupo: Soraya y Héctor son pareja pero Azucena y Víctor no tienen ninguna relación más allá de su amistad.

F: ¿Qué problema tiene ese con migo?

A: Nada, que está colado por mi hace tiempo.

F: ¿Y a ti no te gusta?

A: Naaah. Es solo un crio.

F: A ti te gustan los hombres mayores.

A: Nooo, tú no eres tan mayor. Nunca me he enrollado con un hombre.

F: Casi no puedo andar Andrea.

A: ¿Qué? ¿Por qué?

F: Me la has puesto muy dura.

La chica baja la vista y comprueba el bulto en los pantalones piratas de su acompañante. Se siente piropeada por tan evidente fervor. Sus valores no son especialmente espirituales ni intelectuales y ella también se ha puesto muy cachonda con lo acontecido en el vagón y sobre todo por las expectativas que vaticinan un calenturiento porvenir. Se muerde el labio inferior lascivamente mientras su mente vuela.

-Conozco un sitio- Andrea susurra malévolamente.

-¿Donde?- pregunta él con gran interés.

****

Fausto sube los escalones llenos de escombros guiado por las nalgas ya deliberadamente exhibidas bajo los generosos pantalones que han trepado ya muy arriba. Ella contonea su culo a pocos centímetros de la cara de su huésped en esa ruinosa casa deshabitada. Las paredes están pintadas con grafitis y hay restos de alguna hoguera que ardió años atrás, latas de cerveza, pipas en el suelo…

-Aquí solíamos venir antes, los chicos fumaban porros y pasábamos el rato hablando pero ahora solo están pendientes de la Play, del iPhone, del Pc… se pasan el día jugando y perdiendo el tiempo en casa de Víctor. Como sus padres tienen pasta… Mira, aquí hay buena vista.

Desde la ventana donde se encuentran se ven las pistas de tenis, las palmeras del paseo marítimo y unos metros más allá, la playa. Hace un poco de viento aunque el aire es caliente. Los arbustos y los árboles cercanos se mueven con cada ráfaga esporádica. A lo lejos se ve gente paseando pero nadie parece percatarse de lo que ocurre mientras Andrea se asoma. A su espalda Fausto relame las piernas de la chica haciendo hincapié en los límites de sus nalgas a la vez que manosea esas sublimes piernas. Ya se ha quitado la camiseta y procede a adentrarse en la de su cómplice.

-A ver si te crecen ya las tetas niña- burlándose de ella mientras se cuela bajo ese prescindible sujetador.

-Cállate tonto, no las tengo tan pequeñas- reafirmándose mientras termina con un “oh” al notar la presión de esas manos fuertes.

Fausto no puede aguantar más y se apresura a desabrochar esos pequeños pantalones que tanta ansiedad le han creado en el día de hoy. Al bajarlos aparece en escena un pequeño tanga azul oscuro que combina con esa camiseta de tonos más claros. No duda en abarcar esa prenda con el mismo gesto que libera por completo ese precioso culo adolescente, pálido y con sutiles marcas de las recientemente desterradas telas. Con la prisa de un bombero que ha de apagar un incendio se desabrocha sus pantalones propios con la mente completamente nublada hasta que ella intenta ser precavida.

-Espera, espera… aún no- llena de temor mientras se da la vuelta

-¿Qué te pasa?¿Qué ocurre?- con desespero mientras le sujeta las nalgas.

-¿Tienes condón? No quiero que me preñes- como si se disculpara entre besuqueos vocales.

-No… no… no, tranquila, no me correré dentro- intentando tranquilizarla.

-No pero es que… no me fio, tío, que sería un marrón para mí- se justifica.

-Entonces… por el culo, ¿te hace?- caballerosamente.

-No sé, es que tan de repente…- llena de dudas.

-Me estás matando preciosa, dime que es lo que quieres, dímelo y lo hago- imperativamente

-Espera-

Andrea se vuelve a subir el tanga un tanto avergonzada escondiendo un coño muy tierno y discreto sin un solo pelo. Mientras, observa la polla liberada de Fausto que se mueve levemente mientras los pantalones desabrochados caen a la altura de sus tobillos. Ella da un par de pasitos para desprenderse definitivamente de los suyos y se desabrocha su descolocado sostén mientras mira sugerentemente a su nuevo chico.

-Que grande que la tienes- llena de picardía.

-No, no, en el fondo la tengo muy pequeña pero tú me pones tanto que me la has desatado y se me han desgarrado los tejidos internos-

Ella exhala una inesperada carcajada por tan inesperada broma pero intenta recuperar el silencio como si alguien pudiera escucharles. Los bóxers negros de Fausto permanecen abrazando sus muslos como intentando mantener un poco la decencia de su dueño.

-Siéntate, ya verás- enigmáticamente. Le empuja para que se siente sobre el ancho alféizar de la ventana.

-¿No me tirarás al vacio no? que está muy alto- con una desconfianza no del todo bromeada.

-!Que no idiota! te voy a hacer algo que no le hecho nunca a nadie- mientras le agarra la tranca.

Fausto duda que una chica tan provocativa no haya hecho nunca una mamada aún a pesar de su temprana edad, pero eso no le preocupa demasiado. De todos modos no le parece mal tema de conversación para amenizar tan calenturientos acontecimientos.

-¿De verdad que no has hecho esto nunca? No me dirás que eres virgen ¿no?- mientras se acomoda.

-Mmmmmm. No, pero solo lo he hecho un par de veces y no fueron muy bien, no quiero que esto se estropee también-

Andrea, ya de rodillas se quita la camiseta mientras pronuncia su argumentación con un tono que reivindica una cierta justicia divina que compense sus malas experiencias y empieza a masajear ese pedazo de carne tan repleto de deseo. Fausto no le ve claro, está demasiado cachondo, empieza a temer un derrame prematuro que le despoje de su virilidad pero al mismo tiempo, ni se plantea pedirle que pare. Intenta relajarse y destensar su pene. Es plenamente consciente de que todo se acelera demasiado cuando mantiene su musculo en tensión y que la presión sanguínea desmedida se vale y se sobra para mantener su miembro completamente erecto. La dudas de la chica alimentan su tardanza pero finalmente se decide a usar su boca. Su pintalabios ya ha perdido toda su presencia a base de besos y ahora sus labios limpios recorren el tronco fálico de Fausto con cierta ligereza. Sus manos ejercían más fuerza pero su boca le aporta un grado más excitante embadurnando de babas la trayectoria de tan sublimes lametazos. Esos tímidos gemidos, ese cálido aliento, esa lengua juguetona, esas miradas tan insinuantes, ese masaje en sus huevos…

-Espera, !espera!, !!Esperaaah”!!

Un incontrolable flujo brota muy repentinamente arrastrando con él un coctel explosivo de emociones que estremecen a Fausto. Estalla en un inmenso desahogo tan abrumador que lo eclipsa todo, hasta su culpabilidad previa; y es que a medida que notaba la venida de lo inevitable, sentía como el nulo control sobre su precocidad le despojaba de su hombría.

-Waaah, !que potencia! Casi me salpicas la cara, suerte que me has avisado- sorprendida aunque aliviada.

-Pues… si. Con esta presión igual… igual te saco un ojo- goteando aún con sus últimas contracciones fálicas.

Fausto recupera un aliento solo perdido por tan intensas respuestas biológicas en su cuerpo. Un poco avergonzado mira como Andrea revisa su torso desnudo para certificar su impoluta pulcritud. Sus tetas pequeñas le parecen ahora perfectas coronadas por unos pezones claros y con poco relieve. Permanece embobado por unos momentos hasta que ella vuelve a contactar con sus ojos. Sonriente, no parece decepcionada. Aún colean la sensaciones de su orgasmo y Fausto busca argumentos a los que atenerse ajenos a su ebrio estado mental. Se reconforta al ver que su arma letal conserva un considerable vigor. Su confianza resurge de entre las cenizas de la mano de su jovencísima musa que vuelve a zarandear su lívido con su incontestable belleza. Le parece desconocida por un momento, no en vano, es la primera vez que se corre en frente de alguien a quien acaba de conocer. Desnuda, despeinada y sin su característico color de labios aparenta ser aún más niña y más extraña, y entre esas paredes destrozadas por el vandalismo juvenil todo parece aún más descontextualizado. El hecho saber tan poco de ella y de que lo poco que conoce sean diferencias tan grandes hacia él le causa un novedoso y placentero sentimiento. Puede que ella fuera la novedad que necesitara su propia existencia tan lineal últimamente.

-¿Todavía puedes más?- esperanzada viendo el tamaño de su reciente exprimida víctima.

-Claro, aún no te he dado lo tuyo- con aparente serenidad.

Fausto se pone en pie y hace estiramientos de brazos y columna, mientras ella se barre las rodillas con los dedos vestida solo con sus femeninas bambas y su tanga azul. De seguida adopta una pose mas femenina y saca pecho mientras se acaricia el cuerpo de arriba abajo.

A: ¿Y qué es lo mío?¿qué es lo que me vas a dar?

F: ¿Eres virgen de culo?

A: …si

F: Pues eso es lo que te voy a dar

A: … en todo caso, eso será lo que me vas a quitar, mi virginidad …anal.

Andrea se reclina lentamente y acto seguido Fausto empieza a restregarle su polla por las nalgas con sobreactuados movimientos circulares. La chica está muy cachonda a raíz de esos frotamientos tan decididos. Nota las inquietas manos de ese desconocido recorriendo con afán su espalda, su cintura, sus pechos… Una pequeña contrariedad teñida de pudor le salpica cuando nota como le baja el tanga desprotegiéndola por completo. Fausto le mete su nabo entre las piernas intimidándola aún más mientras palpa su coño inundado.

-Me froto un poco para tenerla mojada- le susurra a la oreja.

-Vale- contesta ella casi sin romper su silencio.

Cuando Fausto ha conseguido contagiarse con la lubricidad de Andrea, su polla tiene ya el vigor suficiente para atacar ese preciado culo. Con cuidado, con mucho cuidado empieza a empujar su miembro a través de las nalgas de la niña con el glande ya bien enfocado. Ella emite sutiles quejidos llenos de fragilidad mientras su amante la sujeta firmemente por la cintura. Poco a poco va relajando su ojete para facilitar esa ardiente penetración que parece albergar llamas infernales. Una nueva lubricación entra en escena facilitando el tráfico anal y el ritmo de las envestidas se va acelerando brutalmente junto con ambas respiraciones y crecientes gemidos. Los golpes cárnicos son notablemente sonoros ya y nutren la particular acústica de esos muros con una reverb sórdida de sexo primario y animal. Fausto se siente my potente pero sabe que un segundo orgasmo es una meta muy elevada así que no escatima energías consciente de lo afortunado que es al tener a esa preciosidad en su poder. Por un momento se imagina a si mismo sentado en el tren pensando en lo que hubiera podido ser de haberse atrevido y mueve la cabeza negando enérgicamente sintiéndose valiente y merecedor de su destino.

F: !Como me gusta tu culo Andreah!!Qué buena estás!

A: !Oooh! sí, fóllame, !fóllameeeeh!

El viento sopla como indignándose por tan desatada lujuria pecaminosa pero los jadeos bilaterales ya resuenan con toda desinhibición alcanzando todas las estancias de ese inerte edificio abandonado. Fausto nota como se derrama alguna gota de sudor a pesar de ser alguien él que no transpira fácilmente, pero el esfuerzo es tan grande que incluso teme sufrir un derrame cerebral. Por su lado Andrea, que había empezado acompañando sus movimientos carnales ahora solo se ve capaz de soportar estoicamente los poderosos azotes con que le fustiga ese hombre a su espalda. Su desnudez le resulta más intensa proyectada a través de esa gran ventana pero eso no hace más que alimentar su obscenidad. Nota la fría piedra bajo su vientre y sus codos soportando los picos gravitatorios que provocan tan intensas envestidas traseras. Sus muslos se aplastan contra la pared cada vez que Fausto empuja y cada vez siente como su impetuosa polla se adentra muy hondo en las profundidades de su culo haciéndola sentir llena y completa. Reconoce próxima una sensación que amenaza con explotar inundándola de gozo y vuelve a desatar sus jadeos condicionados por tan frenética actividad.

A: Ya casi, oooh, un poco más, oooh!

F: ¿Te corres? aaah ¿te corres ya?

A: No pares, dale, daleeeeh ooooh!

Andrea nunca pensó que pudiera correrse sin apenas estimulación vaginal pero, aun a pesar de ese intenso dolor en el culo, su placer es tan intenso que barre con todo. Fausto se siente al borde del abismo, se plantea aflojar por un momento para retardar su nueva corrida pero es consciente que solo dándolo todo podrá alcanzar sus elevadas pretensiones sin desfallecer. El segundo orgasmo es esquivo y no puede vacilar ni un momento así que sigue el camino por el que le conduce su propio entusiasmo. Los gemidos de la chica se desgarran mientras se aferra a la ventana. Su voz denota un punto de inflexión y unos temblores incontrolables en diferentes partes de su cuerpo evidencian un tremendo orgasmo múltiple. Al mismo tiempo, Fausto cruza por fin el umbral de su particular corrida manteniéndose muy apretado contra la niña.

****

Con la poya dolorida aún Fausto contempla a los desconocidos pasajeros de su mismo vagón y los encuentra sosos y aburridos. Quisiera explicarles lo que le ha sucedido esta tarde. Quisiera decir: “esta tarde me he follado a una niña superbuena por el culo y sí, era demasiado joven y no, no la conocía de nada” . muchos más relatos gratuitos del mismo autor? puedes pedirlos en: ereqtus arroba hotmail punto com. Reconfortado piensa en esa conversación postcoital desasosegada:

A: Jooh, waah, que polvo colega, casi me desmayo.

F: ¿Te ha gustado?

A: Si pero me duele. Creo que me has hecho sangre.

F: No te preocupes, eso se cura fácil.

A: ¿Tu sueles hacer estas cosas a menudo?

F: Que va, si yo soy un beato… wooh… ¿me acompañas a la estación?

A: Vale.

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