Usando su strap-on

Cuando salió de la ducha y se dirigió hacia su dormitorio, envuelto de cintura para abajo en una toalla y la encontró arrodillada en la cama, con su bata negra de raso, y esa mirada lasciva, signo inequívoco de su latente deseo, sabía que, como mínimo, podía esperar un buen polvo.

Ella, sin mediar palabra, le hizo el típico gesto con el dedo índice para que se acercara.
Al llegar al borde de la cama, ella lo miró a los ojos y le quitó la toalla. Sin dejar de mirarle, comenzó a sobar suavemente su polla que se encontraba relajada. Sonriendo se la acariciaba, la apretaba un poco con su mano y masajeaba sus huevos. Agachó un poco la cabeza y la besó. La subió con su mano y le dio un largo lametón desde los huevos hasta la punta, para acabar metiéndosela entera, aún flácida, en la boca. Jugaba con su lengua alrededor de su glande y notaba cómo empezaba a reaccionar. Sentir como iba cobrando dureza dentro de su boca hasta el punto de no poder tenerla toda dentro, era algo que la excitaba sobremanera. Mientras con una mano lo pajeaba lentamente y con la otra sobaba sus huevos, chupaba y succionaba ávidamente la cabeza de aquella tremenda dureza que tanto placer le daba, para elevarla a su máximo exponente. Él sentía que si se la seguía comiendo con esa voracidad, se la iba a partir en dos y así se lo hacía saber agarrando con fuerza su cabeza para obligarla a parar. Llegado ese punto, ella levantó la vista buscando sus ojos, aún entornados como queriendo atrapar la imagen de aquella mujer que se la mamaba como nunca otra lo había hecho.

– “Túmbate boca abajo, cariño”, le dijo con voz lasciva. “Voy a hacerte disfrutar como nunca”.

Cuando él se tumbó, ella se quitó la bata, se colocó a sus pies y tras juguetear un rato con ellos, su lengua empezó una lenta ascensión hacia su culo, su espalda, sus hombros, su nuca; dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre él. Acercó su boca a su oído y en un susurro le dijo: “Te voy a devolver, con creces, todo el placer que tú me das a mí; vas a experimentar ese placer que me hace estallar en mil pedazos y perder el sentido.”

Su estado de gran excitación le impedía pensar en lo que aquella frase podía significar pero, conociéndola, intuía que algo bueno le esperaba; nunca dejaría de sorprenderle.

No tardaría en entenderlo cuando ella, empezó a recorrer con su lengua el camino inverso al que la había llevado a su oreja, deteniéndose al llegar a su culo. Apretó sus nalgas con ambas manos; las amasaba, las lamía, las mordisqueaba, ahogaba en ellas sus jadeos de perrita en celo. Notaba como el cuerpo de él se tensaba y vibraba con cada bocado. No tardó en colocarse entre sus piernas, exponiendo su ano a la perversidad de su lengua, deseosa por darle placer. Cuando él notó cómo la punta de su lengua lo invadía dio un respingo y sintió que una ola de placer recorría todo su cuerpo. Y fue ya una marea, olas encadenadas provocadas por su lengua lamiéndole el ano, entrando y saliendo. Su respiración se agitaba cada vez más, su polla estaba ya tan dura que se clavaba en la cama provocándole un dolor que empezaba a ser insoportable; Levantó ligeramente el culo, movimiento que ella aprovechó para agarrarle los huevos al tiempo que empujaba su lengua queriendo llegar más dentro; y llegó la lengua y llegó un dedo; la yema de su dedo índice que se movía en su interior abriendo la entrada.
– “¿Te das la vuelta?” le preguntó, sacándolo del trance en el que se encontraba.

Se arrodilló entre sus piernas, casi pegada a sus huevos, y le pidió que le rodeara la cintura con sus piernas. Así, con sus huevos acolados a su vientre, siguió pajeándolo despacio con su mano empapada en saliva. Ponía su boca encima de su polla y dejaba caer hilitos de saliva que hábilmente esparcía por todo el tronco y huevos. Se metió un dedo en la boca, miró fijamente a su chico a los ojos y, sin mediar palabra, se lo metió en el culo sin dejar de pajearlo.

– “Ooooohhhhh”… un largo suspiro salió de su boca cuando notó ese dedo entrar hasta el fondo, provocando que su espalda se arqueara como si de un puente se tratase, y echó su cabeza hacia atrás. Ella disfrutaba viéndolo gozar. Su dedo entraba y salía despacio de su culo a la vez que seguía jugando con su polla que sentía dura como pocas veces recordaba.

– “Creo que estás listo”, le dijo. Cuando él abrió los ojos vió cómo ella se estaba colocando un strap-on. No sabía qué pensar ni qué decir. Un sentimiento de miedo, rápidamente superado por otro de deso, lo invadió. Veía cómo ella se apretaba los cinturones y miraba a la polla ficticia con cierta ansia. Ella cogió un bote de aceite corporal, lo extendió a lo largo del dildo y, con un dedo, lo untó por su culo, llegando a meter de nuevo el dedo entero que esta vez, notó él, entró con mucha más facilidad.

– “Sé lo que vas a sentir”, le dijo. “Tú me lo has hecho sentir muchas veces a mí y quiero que tú disfrutes igual. Quiero darte las gracias follándote como me follas tú a mí”.

Colocó la punta de la polla en la entrada del culo y comenzó de nuevo a acariciar su polla, que previamente había embadurnado también con aceite. Empujó un poco y encontró cierta resistencia.
– “Relájate, cariño, sé que te molestará algo al principio, pero debes relajarte y disfrutar”.

Él intentó relajar los músculos, verla tan excitada, tan puta, hizo que su entrega fuera total y él mismo agarrándose las nalgas las separó para facilitar la entrada, notando como después de otro leve empujón la cabeza entraba en su culo.

– “Ayyy”, se quejó, mientras sentía cómo ella iba sacando y metiendo lentamente esa polla de su culo, entrando cada vez un centímetro más.

Ella estaba disfrutando con el espectáculo y se encontraba como una perrita en celo, totalmente mojada. A la vez que follaba a su chico, empezó a acariciarse ella, comenzando instantáneamente a gemir. La polla había llegado por fin a encontrarse entera dentro de su culo.

– ¿Estás bien?”, le preguntó, a lo que él respondió con un largo y entrecortado “Síii”.”La tienes toda dentro y ahora vamos a acelerar un poco el ritmo; ahora es cuando vas a empezar a disfrutar”, le dijo ella.

Comenzó a follarlo más rápido, embestidas largas, lentas, pajeándolo con una mano al mismo tiempo que se pajeaba ella.

Él estaba empezando a sentir el placer prometido. Movía su cabeza de un lado a otro, hincaba sus dedos en las sábanas y jadeaba ya de forma ostensible.
“¿Te gusta, amor?”, le preguntó con voz entrecortada ella, a lo que él no pudo ni contestar. “Ahora va a ser tú mi putita”, siguió ella, “como tú me dices a mí”. “Te quiero bien abierta, vamos, ábrete bien zorrita, ábrete mássss”.

Ella sabía que él no respondería; sabía que no le saldría la voz del cuerpo. Empezó a follarlo más fuerte, subiendo ella también el ritmo de su propia paja. Por sus gemidos sabía que él estaba a punto. Cuando todos sus músculos se tensaron ella dejó de pajearlo; quería que se corriera solo con el placer que le estaba proporcionando esa polla ensartada en su culo. Cuando el grito desgarrado de él anunció el inminente estallido, le propinó varias embestidas más. Contemplaba, altiva como una yegua salvaje, cómo, entre alaridos, su leche salía con tal violencia que llegó a manchar su cara y cuello.

Sus gritos, la visión de los largos chorros de semen que salían de su polla, hicieron que ella se corriera igualmente gritando sin poder sujetar su cuerpo que estallaba sacudido por fuertes convulsiones. Aminoró el ritmo de sus embestidas, sin sacarla, convirtiéndolas en leves empujones que hacían que él siguiera disfrutando de los últimos estertores.

La sacó lentamente y se tumbó sobre él. Lo besó tiernamente y, acariciando su cara, lamió sus labios.

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