Vacaciones en la playa

Lo que te hace falta es desconectar unos días, en serio, verás como después de esta semana ya ni te acuerdas de ella – era Marcos el que intentaba animar a su amigo Juan.

– No sé… Es que han sido 4 años…

– ¿Y qué? Tío, te ha dejado, se ha ido con otro. Olvídala. Ya verás, llevo yendo desde crío a esta playa con mis padres y siempre ha habido mogollón de tías. En cuanto vayamos a bañarnos Verónica va a salir de tu mente.

– Eso espero – Juan miraba nostálgico por la ventana del coche, a la salida de la ciudad.

Una semana de fiesta les esperaba en un pueblo de Valencia.

Verónica, la exnovia de Juan lo había dejado por otro hacía dos semanas. Se sumaba a eso que llevaba casi un año desde que lo echaron de la empresa. Había tenido que volver a vivir con sus padres a los 27 años, después de 4 años de independencia.

Su mejor amigo, Marcos, había decidido llevarlo a una playa en la que sus padres tenían una casita. Había pedido una semana de vacaciones en su trabajo sólo con esta intención.

– Te lo digo por experiencia, lo peor es caer en la depresión. Cuando yo lo dejé con Sole, lo primero que hice fue irme de fiesta y follarme a la primera que ví – Marcos sonreía, bobalicón.

Juan odiaba esa actitud de su amigo. Siempre pensando en el sexo, nada parecía importarle más que las mujeres.

Después de tres horas de coche, a media tarde, vislumbraron el pueblo a lo lejos.

Tras unas cuantas bromas de su amigo, Juan parecía más animado.

Entraron al pueblo, pararon en un supermercado a las afueras para comprar comida y bebida. Marcos no mentía, Juan quedó embelesado con una de las dependientas y con algunas clientas. Si todas las chicas iban a ser así en aquel pueblo, le resultaría fácil olvidar a Verónica.

Volvieron al coche y se dirigieron a la casa.

– ¿Ves? Yo no miento, chaval – dijo, dando un puñetazo de broma en el brazo, Marcos a Juan.

– Sí, sí… – Juan sonreía.

Llegaron a la casa y desempaquetaron. Juan ya conocía la casa, pues Marcos los había invitado a él y a Verónica un par de veces en otros tiempos.

Era un chalet, a dos minutos andando de la playa. Tenía un garaje y dos pisos. El salón era amplio e incluía la cocina, separada por una barra americana. Al fondo había unas puertas correderas que daban a un pequeño jardín decorado con unas pocas macetas. En ese primer piso también había un baño. Arriba estaban las habitaciones, otro baño y la terraza.

Cuando hubieron colocado todo, era casi de noche. Abrieron dos cervezas y sacaron un par de hamacas a la terraza. Desde allí arriba se veía la playa.

– Confía en tu colega, Juan. Esta semana te va a cambiar la vida – y brindaron.

Tras cenar salieron a dar una vuelta por la zona de marcha. Había muchos bares y bastante gente joven, a pesar de ser finales de verano. El paso de la triste y gris ciudad al pueblo costero lleno de color y buen tiempo sentó muy bien a los dos jóvenes. Entraron a un pub.

La música alta y el aforo casi al límite. Se acercaron a la barra y pidieron. Las camareras vestían con poca ropa. Delgadas y bien dotadas. Muy simpáticas para todos los clientes. También había un par de chicos de gimnasio, con unos pectorales capaces de reventar la camiseta que llevaban puesta, para disfrute de ellas.

Miraron al personal. Era un desfile de hormonas. Todos bailaban y, según se podía ver, sin mucho pudor. Juan y Marcos estaban absortos. Mirando de aquí allá, sin parar. Eran auténticas bellezas lo que se veía.

Pidieron unos chupitos y salieron a bailar. Encontraron un par de chicas que, divertidas, bailaban entre ellas. Los dos chicos, sonrientes, se colaron en medio. Las chicas no se opusieron y siguieron bailando con ellos.

Eran morenas. Una, la más alta llevaba el pelo, negro y corto. Un vestido ceñido que marcaba sus pechos, redondos y bien colocados. La otra, más bajita, con la que bailaba Juan tenía el pelo castaño y rizado, largo hasta la mitad de la espalda. Una camiseta negra de tirantes y una minifalda. Ambas llevaban tacones.

Los chicos, como desesperados, buscaban agarrar y tocar, pero las chicas, divertidas, no se dejaban y reían cada vez que tenían que quitar una mano.

Cuando llevaban un rato, la bajita apartó a su amiga de las garras de Marcos y la besó. La amiga la correspondió. Los chicos se quedaron anonadados. Las dos chicas los miraron y se fueron riéndose.

Volvieron a la barra.

– ¡Vaya unas calientapollas! – se quejaba Marcos.

Juan rió.

– Bueno, por nosotros – dijo levantando su copa. Ambos brindaron de nuevo.

El resto de la noche pasó entre intentos de ligue frustrados por una cada vez más patente, borrachera.

Juan abrió los ojos. Estaba en el sofá tirado y le dolía muchísimo la cabeza. Se incorporó y quedó sentado. Llevaba aún la ropa con la que había salido. Se frotó la cabeza intentando recordar lo que había pasado la noche anterior. Le venían a la cabeza leves ráfagas de recuerdos. Se levantó y fue a prepararse un café.

Mientras se bebía el café fue a buscar a su amigo, no recordaba si había vuelto con él. Se asomó a su habitación y lo vio tirado en la cama, completamente desnudo.

Bajó abajo y miró la hora. Era casi la hora de comer. Se duchó y empezó a preparar la comida.

– Mmmmmm… Qué bien huele eso – Juan apareció en calzoncillos por la cocina.

– Menos mal, ya pensaba que tenía que ir a llamarte, como si fuera tu madre – ambos rieron.

– Joder, tío, ¿te acuerdas de anoche?

– Creo que a partir del quinto chupito estoy en blanco.

– Buah… Yo me acuerdo de una tía… Creo que me dio su número o algo…

– No creo, conforme íbamos anoche, que le interesáramos a ninguna tía.

Pasaron la comida hablando de la noche anterior.

– Y esta tarde a la playita, ¿no? – propuso Juan cambiando de tema.

– Hombre, por supuesto, ayer las vimos de fiesta y esta tarde las vemos ligeritas jejeje

Después de echarse una siesta, sobre las 6 de la tarde, cogieron unas toallas y salieron hacia la playa.

La playa era muy larga, a ambos lados. Había algunas palmeras al principio. Había bastante gente. Familias con niños, parejas paseando cogidos de la mano, chicos y chicas jugando a las palas o con pelotas…

Dejaron sus cosas en la arena y se lanzaron al agua.

– Mira, tío, ¿has visto esa qué tetas tiene? – Marcos no pensaba en otra cosa. Juan miró y, efectivamente, justo en ese momento entraba en el agua una mujer con una delantera impresionante. No obstante, parecía estar operada, y esas no eran el tipo de Juan.

– Está operada…

– ¿Y…?

– No me gusta.

– Qué exquisito.

Salierony estuvieron un rato hablando y viendo a la gente pasar.

– ¿Te apetece una cerveza? Voy a ir al chiringuito – dijo Marcos.

– Paso, voy a darme otro chapuzón.

– Bueno, tú verás…

Se separaron. Juan se lanzó a nadar. Le encantaba nadar, y más en la playa. Nadó hasta que no pudo más. Estaba más cerca de la boya que de la arena. Se detuvo para coger aire.

– Vaya, cada vez se ve menos gente a estas alturas.

Se giró. Era una chica rubia, debía ser de su edad.

– ¿Y eso? – preguntó sonriendo, simpático.

– Porque a este pueblo ya sólo vienen de fiesta y al día siguiente no tienen ni fuerzas para nadar.

– Bueno, una cosa no quita la otra, yo ayer estuve de fiesta y mírame.

– Serás una excepción – la chica se acercó. Llevaba un bañador verde y gafas de natación sujetándole el pelo -. Soy Sofía.

– Mucho gusto, yo soy Juan.

– ¿Has venido hace mucho?

– No, llegué ayer, con un amigo. ¿Y tú?

– Yo vivo aquí todo el año. Tengo una pescadería, herencia familiar. La verdad es que has llegado justo a tiempo. En un par de semanas esto va a ser un coñazo.

Hablaron unos minutos. Le contó sobre su vida. Su padre había muerto hacía un par de años y desde entonces ella había tomado las riendas de la pescadería familiar.

Echaron una carrera nadando de vuelta. Ella era mucho más rápida que él. Cuando él llegó hasta donde estaba ella, ella ya estaba completamente descansada. El agua le llegaba justo por los pechos. Pudo observar unos pechos pequeños y redonditos. Los pezones se le marcaban. Sonreía. Era muy guapa.

– Vaya un tardón – dijo riéndose.

Juan se abalanzó sobre ella y la tiró al agua, de broma. Ambos rieron. Salieron juntos del agua, bromeando. Le dijo que solía ir a nadar todos los días a esa hora. Se la presentó a Marcos, que se quedó boquiabierto de que apareciera con una chica tan bonita. Se despidieron.

– ¿Y eso? – le preguntó.

– La he conocido nadando, es maja ¿eh?

– Está buenísima – contestó el monotema de su amigo.

Volvieron a casa hablando de ella. Cuanto más lo comentaban, más le gustaba a Juan.

Cuando llegaron, Marcos se puso a hacer la cena y Juan subió a la terraza a tomar una cerveza tranquilamente. Miraba hacia la playa, a lo lejos. Empezó a oír música y voces en frente de él. Venían de una casa baja que se interponía entre él y el mar. Eran risas. Un hombre y una mujer.

Juan se asomó, discretamente y los vio, en el patio de la casa de enfrente. Debían ser un matrimonio, de unos 50 años, aunque ambos se conservaban bien. El hombre, de espaldas anchas tenía el pelo entrecano y sólo llevaba un bañador rojo. La mujer, morena de pelo y blanca de piel llevaba un bikini con un pareo atado a su cintura. Juan podía fijarse sin apenas ser visto, pues el patio estaba iluminado por una luz de jardín, mientras que la terraza estaba completamente a oscuras.

La mujer tenía unos pechos grandes y ligeramente caídos. Bailaba entre los fuertes brazos de su marido. Reían y se daban besos sin dejar de bailar.

Cuando la mujer se daba la vuelta, el marido le azotaba y ella lo miraba con cara lasciva.

Los roces fueron a más y el marido echó mano a la parte de arriba del bikini. Mientras su mujer lo besaba, él terminó de desatar el nudo. Le quitó la parte de arriba y sus pechos aparecieron. Su marido los tocaba, sin dejar de bailar.

Ella le dio la espalda y él la abrazó por detrás, besando su cuello y apretándole las tetas.

La mujer, le acariciaba el cuelo, por detrás.

Él pego su entrepierna al culo de su mujer, sin dejar de bailar. Ella se giró, sonriendo y siguió bailando. Sus pechos saltaban a cada movimiento.

Juan se relamía. Follarse a una madura era su sueño, y esa concretamente, estaba bastante buena.

Viéndola así, no le quedó más remedio que sacar su verga y empezar a masturbarse, disfrutando del momento.

El baile prosiguió, cada vez más caliente. Los roces y toqueteos iban a más. La mujer se agachó y agarró con sus dientes el elástico del bañador del que debía ser su marido, tirando de él hacia abajo. Un pene enorme apareció, en estado de semierección.

Juan se quedó exhausto. Nunca había visto uno tan grande.

La mujer lo cogió y, poniendo sus pechos entre medias empezó a mover los hombros para animarlo.

La erección total dejó petrificado a Juan, era gigante. La mujer, sonriente, se levantó y besó a su marido. Éste la correspondió.

Mientras él le tocaba los pechos a su mujer, ella lo masturbaba, fundidos en un beso pasional.

Ella se giró y fue hacia una hamaca. Sin quitarse el pareo, se quitó la parte de abajo del bañador y se tumbó bocarriba. Abrió las piernas y él se echó encima.

Empezó a penetrarla rápido. Los pechos de la mujer se movían mucho. Ella agarró del culo a su compañero para ayudarle en su tarea. El placer se adivinaba en su rostro.

Juan seguía masturbándose, viendo la escena.

– Joder, macho, ¿tan necesitado estás? – la voz de su amigo lo sobresaltó y lo llevó a agacharse.

– Tío – dijo Juan excitado -, mira – y señaló a la casa de enfrente.

Cuando los dos amigos miraron, el hombre estaba tumbado en la hamaca y su mujer botaba encima suyo dándole la espalda, colocada precisamente de frente a la casa de los dos jóvenes.

– La ostia – Marcos se sacó la polla y empezó a masturbarse -, qué pedazo de polla, ¿no?

Juan no contestó. Estaba absorto viendo cómo aquella mujer cabalgaba sobre el pene más grande que hubiera visto.

La madura dio un gemido sin poder evitarlo que llegó hasta los oídos de los chicos. Bajó de su marido y se puso a su lado, sin que este se levantara de la hamaca.

Se metió su pene en la boca y empezó a lamerlo de arriba abajo todo lo rápido que podía. Con su mano acariciaba los testículos de su cónyuge. Él empujaba su cabeza arriba y abajo con ambas manos, en movimientos casi violentos. Una rága le llenó la boca a la mujer. Abrió la boca y dejó caer el semen sobre el pene aún erecto de su marido.

La mujer dejó la polla y se puso a gatas en el suelo. Su marido la siguió y, poniéndose de rodillas detrás de ella, apuntó con su estoque y lo introdujo casi entero de un golpe.

Marcos no podía más. Eyaculó con fuerza dejando varias manchas hasta la pared. Juan siguió.

La velocidad del coito entre los dos amantes había aumentado y se intuía un pronto final. Las embestidas eran cada vez más potentes y las caras de placer más evidentes.

Juan terminó su paja en el suelo, como su amigo, poco antes de que el maduro sacara su pene y se corriera por segunda vez en un minuto en las nalgas de su mujer, para disfrute de esta, que miraba con cara de viciosa a su marido.

– Vaya tela con los vecinos – dijo Juan.

– Ya te digo, y yo sin saber que teníamos una madura tan caliente cerca…

Bajaron a cenar comentando lo que acababan de presenciar y haciendo planes sobre esa noche.

La noche fue parecida a la anterior. Borrachera rápida y baboseo a todas las chicas que se acercaban. Parecían un par de desesperados, sobre todo Marcos.

La mañana entró por las rendijas de la persiana de la habitación de Juan, haciéndole abrir los ojos. En esta ocasión había logrado llegar a la cama y desnudarse antes de acostarse. Se levantó. La resaca era mínima, supuso que iría acostumbrándose durante esa semana. Se puso un slip y salió. Había una nota en su puerta.

‘‘Dormilón, hoy he madrugado yo. He ido a hacer unos recados en el pueblo. Esta tarde – noche nos vemos’’.

Pues vaya, Juan iba allí a pasar unos días con su amigo y éste le abandonaba.

Bajó a desayunar y al pasar por delante del reloj de la sala vio con sorpresa pasaba el mediodía. Con razón tenía tanta hambre. Comió embobado, mirando las plantas del patio desde el ventanal. La imagen de Sofía apareció ante él. Acababa de decidir qué plan tenía esa tarde. Esperó a que fuera un poco más tarde y puso rumbo a la playa.

Conforme llegó miró al fondo, en dirección a la boya. No había nadie nadando por allí, toda la gente estaba en la orilla. Se metió en el agua, sin quitar ojo al horizonte.

Espero una media hora, hasta que, perdida toda esperanza vio un puntito que iba y venía de una boya a otra. No podía reconocerla desde tan lejos, pero confiaba en que fuera ella.

Calentó un poco y se lanzó al agua, esperando no llegar tarde.

Tras unos minutos llegó hasta la boya. Vio como una cabeza rubia con un bañador azul se dirigía hacia él. Se quedó quieto, flotando. El cuerpo se paró ante él y Sofía levantó la cabeza. Sonreía con sus gafas de natación puestas.

– Hombre, Juan, ¿qué tal? – dijo quitándose las gafas.

– Pues ya ves… He salido a nadar y me he encontrado una sirena – el comentario le salió sobre la marcha, ni siquiera había pensado qué le iba a decir.

Sofía se echó a reír.

– Mira tú, qué majo el chico de la ciudad.

– No lo puedo evitar cuando estoy delante de una obra de arte.

– Hoy te veo más lanzado que ayer, ¿eh? ¿Es que quieres una cita? – Sofía daba vueltas alrededor de Juan, divertida.

– Podría ser – decía Juan buscando su mirada -. Pero en tierra firme.

– ¿Y para qué quieres tierra firme teniendo el mar entero? – un pie se deslizó entre las piernas de Juan por detrás, rozando su pene primero y su escroto después. Juan enrojeció.

– Me gusta ver todo lo que tengo delante – dijo haciendo alusión a la altura a la que les cubría el agua.

– ¿No te gusta así? – juguetona, la chica se capuzó y antes de que Juan reaccionara, le arrancó el bañador.

– ¡Oye, eso no vale! – le dijo Juan intentando quitarle el bañador de las manos. Ella huía, riéndose -. Devuélmelo.

Con la excusa de quitárselo, Juan se echaba encima suyo aprovechando el contacto para restregarle la polla por las piernas o la barriga.

Consiguió agarrarla por detrás y la abrazó con la excusa de quitarle el bañador. En el forcejeo, el pene de Juan encontró un hueco entre las piernas de Sofía. La chica se dejaba hacer, riéndose.

Viendo la permisividad de ésta, el jugueteo se convertía en toqueteo. Las manos de Juan tenían como objetivo alcanzar el bañador, pero se entretenían a veces en los pechos de la chica o en su entrepierna. Ella sólo reía, no se quejaba.

Cuando Juan vio que no era capaz de quitarle el bañador optó por otra estrategia. Agarró los brazos de la chica y los bajó. Antes de que los subiera, tiró de los tirantes hacia abajo bajando el bañador hasta la cintura. Ella gritó entre risas.

– ¡Eh! ¡Aprovechado!

Se situaron frente a frente, ella intentaba subirse el bañador pero Juan lo sujetaba por debajo, sin dejar que lo subiera más arriba de su cintura.

Sin disimular, veía los pequeños pechos de la chica bailar, a cada intento de subirse el bañador. Los pezones estaban completamente erectos.

Juan metió la mano por el bañador hasta llegar a la entrepierna de la chica. Sus gestos faciales se relajaron y sus esfuerzos por subirse el bañador disminuyeron. El dedo índice se paseaba por el clítoris del depiladito coño de la nadadora. Ella suspiraba, sin soltar palabra.

La caricia continuó y un beso le acompañó. Los dos jóvenes se besaron, ante los bañistas que no los veían más que como un bulto junto a la boya. Sofía se quitó el bañador, quedando con el suyo en una mano y el de Juan en la otra. Juan continuó con las caricias en su pecho. Sacando las tetas del agua y besándolas, con mucho cariño.

Le dio la vuelta y, mirando los dos hacia la playa acomodó su polla entre las nalgas de su amante. Conforme estaba, deslizó su mano derecha a la vagina mientras, con la izquierda pellizcaba suavemente sus pezones.

Empezó a masturbarla con un dedo mientras besaba su cuello. En poco tiempo, añadió otro dedo a la masturbación. Ella gemía.

El placer hacía que los cuerpos se hundieran ligeramente, recordando a los amantes que se encontraban nadando y haciéndoles momentáneamente volver a la realidad.

Sofía se encontraba muy caliente, sintiendo la polla dura de Juan entre sus nalgas.

Una ráfaga de aire volvió a los jóvenes a la realidad. Miraron hacia la playa, apenas quedaba gente, empezaba a anochecer.

– ¡Ostia! ¡Marcos! – Juan pensó que, tal vez su amigo estuviera preocupado.

– ¿Quieres que salgamos? – dijo con una sonrisa cariñosa Sofía.

– ¿Tienes móvil para que llame a mi amigo? Yo no lo he traído.

– Sí, vamos a la playa – Sofía y Juan se pusieron los bañadores, pensando en acabar lo empezado más tarde.

Volvieron nadando y fueron hasta donde tenía las cosas Sofía. Sacó un móvil muy viejo del bolsillo de una mochila roída.

– Vaya cacharro.

– Si no quieres que te lo roben, es lo mejor para venir a la playa. Oye, ¿por qué no le dices a tu amigo que venga también?

Juan asintió, pensando que podían pasar un rato con su amigo y luego ir a casa a follar los dos.

Llamó a Marcos, que estaba terminando con los recados y les dijo que en diez minutos estaría allí.

Cuando Marcos llegó la playa estaba prácticamente oscura. Tuvo que gritar para que su amigo respondiera y pudiera guiarse para encontrarlos. No quedaban más que ellos tres en la playa.

– ¿Qué tal? – saludó, simpático.

Ambos le saludaron, sentados en la arena. Sofía se levantó para darle dos besos. Los tres se sentaron en la arena, mirando hacia el mar. Dejaron a Sofía en el centro.

Estuvieron hablando un rato hasta que llegaron a un punto muerto en la conversación. Se quedaron callados mirando al horizonte.

Sofía se lanzó a besar a Juan. Marcos los miró.

– Bueno, chicos, mejor yo… – en un movimiento rápido, Sofía se dio la vuelta y le comió la boca a Marcos. Éste quedo sorprendido un momento y enseguida la correspondió. Ella acarició una de sus mejillas. Juan miraba la escena, extrañado.

Sofía dejó de besar a Marcos y, sonriendo, miró al infinito, esperando la respuesta de los hombres.

Los dos amigos se miraron, serios. Marcos sonrió y Juan lo imitó. Habían decidido probar algo nuevo. Juan besó a Sofía, pasando su mano por uno de sus pechos. Marcos acarició el otro pecho y empezó a dar besos a su muslo, abriéndole las piernas poco a poco.

Juan tiró de un tirante y Marcos del otro, deslizando el bañador hasta la cintura y sacando al exterior sus pechos. Juan los besó de nuevo y Marcos terminó de sacar el bañador, dejándole completamente desnuda.

Sofía empezó a rebuscar en el bañador de Juan. Éste se levantó y se lo quitó, poniendo su pena a la altura de la cara de Sofía. Mientras, Marcos se había quitado su bañador y, tirado en la arena bocabajo, entre las piernas de Sofía, iba subiendo sus caricias y besos hacia su cueva.

Sofía chupó la base del tronco del pene de Juan. Pasó la lengua por sus testículos, como jugando. Marcos ya había empezado a comerle el coño a la señorita, que gemía entre lamido y lamido.

Juan flexionó un poco más las rodillas empujando con una mano su pene hacia abajo. Sofía comprendió y lo fue introduciendo poco a poco en su boca. Con movimientos lentos, lo chupaba de arriba abajo mientras Marcos seguía dándole placer oral.

Sofía, sentada en la arena, sujetaba con una mano la cabeza de Marcos, entre sus piernas y con la otra se agarraba a la pierna de Juan mientras le chupaba la polla.

Juan sacó la polla de la boca de Sofía.

– Marcos, ven al paraíso – le dijo sonriendo.

Su amigo, se levantó, sacudiéndose la arena de la polla.

Juan se colocó de rodillas entre las piernas de Sofía y la hizo tumbarse. Ella obedeció.

Marcos se puso al lado de su cabeza de rodillas. Colocó el pene sobre su boca y, echándose hacia delante y apoyándose en la arena con las manos empezó a follarle la boca lentamente.

Mientras, entre las piernas de Sofía, Juan colocó su pene, ayudado por las manos de Sofía que, en ese momento, por motivos obvios, no podía mirarlo y la penetró despacio.

Mientras Marcos la follaba por la boca, Juan la penetraba vaginalmente.

Las embestidas de Marcos eran rápidas, llevado por la lujuria, las de Juan eran lentas y calmadas, disfrutando el goce de su húmeda y cálida caverna.

Marcos sacó su polla y se masturbó rápido sobre la cara de Sofía, mientras le sobaba un pecho.

Sofía apartó la polla.

– Ni se te ocurra correrte en mi cara – la corrida cayó hacia otro lado. Juan no paraba de follarla.

– Joder, con la tía exquisita – se quejó Marcos.

Juan y Sofía lo ignoraron, mirándose. Juan se acercó a sus labios sin cesar en la penetración y la besó. Sus lenguas bailaron juntas.

Juan la sacó y se tumbó boca arriba. Sofía lo siguió y se subió a horcajadas sobre él. Marcos los observaba a un lado, sentado en la arena. No se había llegado a enfadar, estaba demasiado cachondo.

Sofía cabalgaba sobre Juan, metiéndosela hasta el fondo. Sus jadeos se entremezclaban con gemidos. Aumentó la velocidad. Sus tetitas se movían hacia arriba y hacia abajo.

Ella apoyó sus rodillas y Juan le ayudó con movimientos pélvicos.

Aceleraron hasta que Sofía se dejó caer sobre la cintura de Juan, con la boca abierta y mirando al cielo.

Quedaron así unos momentos. Sofía lo besó y se puso a un lado, a cuatro patas. Juan no se había corrido. Sin dejar que se levantara, empezó a masturbarlo. Alternaba la paja con mamada. Mientras lo masturbaba, chupaba la punta del glande. Bajaba el prepucio hasta abajo y pasaba la lengua por la punta. Pasaba su lengua de arriba abajo por el tronco.

Marcos se levantó y se puso detrás de ella, con la polla dura de nuevo. Le mordió el culo y ella se giró. Tenía cara de compasión. Sin soltar la polla de Juan, besó a Marcos y volvió a su posición inicial, comiéndose la polla de Juan.

Marcos se agarró la polla y la puso en su vagina. Fue entrando poco a poco. Agarró su culo y comenzó con el vaivén.

Juan se iba a correr y creyó justo avisar a Sofía.

– Sofía, ya… Ya viene…

Sofía lo miró sin sacársela de la boca y siguió chupando. Juan sintió como si todo su interior bajara hasta su pene y se disparara. Sofía apartó la cabeza justo a tiempo de ver como todo el semen saltaba.

Marcos, detrás de Sofía, jadeaba, cansado por el esfuerzo.

– ¿Dentro… puedo? – dijo entre jadeos.

Por toda respuesta, Sofía aumentó el nivel de sus gemidos. En la cara de Marcos se mezclaba el esfuerzo y el placer. Empujó con todas sus fuerzas y se quedó quieto unos momentos. La sacó y un chorrillo se deslizó desde el coño de ella a la arena. Los dos amigos, sentados en la arena descansaban. Sofía se quedó a cuatro patas.

– ¿Ya? – preguntó.

– ¿Qué más quieres? – respondió Marcos, agotado, tumbándose en la arena.

Sofía se levantó, sonriendo y colocó sus rodillas a los lados de la cabeza de este, dejando su coño a la altura de su boca.

– Si eres hombre, acaba lo que empezaste.

Marcos la miró unos segundos e inició nuevamente el cunnilingus. Ella gemía y se sobaba los pechos. Pasaba sus manos por todo su cuerpo, desde su cintura a la cabeza, pasando por los pechos o su culo. Sus gemidos subían de volumen. Agarró la cabeza del muchacho y la apretó contra su coño.

– ¡Joder! – gritó Marcos cuando lo soltó.

Sofía se levantó dejando a la vista la cara de Marcos, completamente empapado.

Juan y Sofía se reían.

Se bañaron juntos en el mar y quedaron en verse al día siguiente.

Al día siguiente fueron a la misma hora a la playa, pero no la encontraron. Buscaron entre las llamadas recibidas en el móvil de Marcos y llamaron al móvil desde el que lo había llamado el día anterior. Apagado.

Obsesionados con esa chica, buscaron la pescadería, pero no la encontraron. Pasaron esos días buscando a aquella enigmática chica sin dar con ella.

Tras la semana de vacaciones volvieron a la ciudad en un viaje silencioso. Habían ido allí para que Juan olvidara a una mujer y los dos amigos habían vuelto pensando en otra.

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