Venganza por honor 8, 9 final

Capítulo 8

Carrie hizo un esfuerzo por disimular su contrariedad, pero no fue fácil, ya que la hostilidad que la rodeaba le puso los nervios de punta. Niki había dedicado más de diez minutos a interrogar y regañar al personal y a los miembros de la familia, y era innegable a quién culpaban de todos sus problemas. A ella. Si no podían desahogar su coraje con Jimmy, lo harían con la hermana de éste.

Por fin, Niki los despidió a todos sin disimular su disgusto, y cuando salían del salón, llamó a una empleada.

La muchacha tenía alrededor de diecinueve años, era morena y esbelta y su expresión hosca disminuía su belleza.

—A sus órdenes, señora Spirakis.

—Sofía, ella es Carrie, la hermana del hombre que secuestró a la señorita. No obstante, la tratarás con el mismo respeto y consideración que a Helen. Mi intención era hospedarla en la villa, pero dadas las circunstancias, creo que será más conveniente asignarle una habitación en la casa principal.

—Me encargaré de todo, señora Spirakis —prometió la doncella, ceremoniosa—. ¿Cuánto tiempo estará nuestra huésped con nosotros?

—Un mes —clavó sus ojos verdes en Carrie, como si esperara su protesta y luego sonrió—. Todavía tenemos un asunto pendiente, ¿no es verdad, Carrie? Ahora es más importante que nunca concluirlo de manera satisfactoria. Creo que estarás de acuerdo, Carrie.

—¿Tengo alguna elección? —preguntó, resignada—. Estoy segura de que como de costumbre, si no te obedezco, te vengarás sobre Jimmy. De nuevo estamos en la misma situación de antes, ¿no es cierto?

—Así parece, gracias a la estupidez de tu hermano. No obstante, durante la cena discutiremos tu futuro, con más tranquilidad.

Desanimada, salió con la doncella del salón. Lo único que la alentaba era que Niki le había ordenado a la doncella que la tratara con todo respeto y consideración, pero a juzgar por la expresión adusta de la muchacha las posibilidades eran poco prometedoras. Con excepción de Niki, todos parecían estar ansiosos de colgarla de los pulgares.

La casa era demasiado espaciosa y necesitaría un mapa para recorrerla. O tal vez la encerrarían bajo llave con un guardia en la puerta, como lo hicieron con Jimmy.

Llegaron a un dormitorio de muebles preciosos y, una vez que entraron, la doncella cerró la puerta y después dio un prolongado suspiro de alivio.

—Este es un lugar seguro. Nadie puede oírnos.

—¿Cómo?

—Sofía. Por favor llámeme Sofia, Carrie. Soy su amiga. La única que tiene aquí —de manera milagrosa la expresión hosca se convirtió en una sonrisa amistosa—. ¿Le agrada el dormitorio? Hay muchos otros para escoger.

—Es muy bonito —frunció el entrecejo—. Sofía.… ¿qué me quiso decir con eso de que nadie puede oírnos?

—Cuanto menos sepan ellos, mejor —la doncella resopló.

—¿Saber qué? ¿Y quiénes son ellos?

—Todos —aclaró la muchacha, enigmática—. No confíe en ninguno de ellos, porque la embaucarán para que les diga lo que quieren saber —de inmediato cambió el tema—. ¿Dónde están sus cosas?

—¿Qué cosas?

—¿Sus maletas? ¿Su ropa?

—No tengo nada. Sólo unos vaqueros y una camiseta.

—No puede cenar con Niki si lleva puestos unos vaqueros —protestó. Una vez que abrió la puerta y miró hacia afuera, le hizo una seña—. Sígame. Le buscaremos algo bonito para que se ponga.

Carrie, indecisa, suspiró. Tarde o temprano llegaría al fondo de ese misterio. Siguió a la doncella a lo largo de un corredor hasta que llegaron a una imponente puerta de madera. Sofía la abrió con la llave que llevaba colgada al cuello.

Una vez adentro, la doncella la llevó a un salón más pequeño fuera de la habitación principal y movió una enorme puerta cubierta con un espejo, que dejaba al descubierto un guardarropa.

Carrie contempló, asombrada, los percheros llenos de vestidos y tocó una hermosa creación de seda negra.

—Son preciosos. ¿De quién son?

—De Helen, por supuesto. Ésta es su suite privada. Tiene buen gusto, ¿verdad?

—No puedo usar su ropa —Carrie apartó la mano de inmediato.

—¡Por supuesto que sí! —Sofia parecía desconcertada—. Usted es la hermana de Jimmy, ¿no es cierto? Habría querido que usted los usara.

—¿De verdad? —en ese momento cayó en la cuenta de que Sofía estaba enterada de todo—. Helen está enamorada de Jimmy, ¿no es verdad?

—¡Los dos están enamoradísimos! ¿No lo sabía?

—No —sintió ganas de abrazarla—. Pero le aseguro, Sofía, que me ha quitado un enorme peso de encima. Hasta este momento, imaginé que era sólo una aventura de Jimmy. Desconocía que fuera algo serio.

—¿No se lo contó, siendo usted su hermana? ¿No le habló de Helen? —la voz de la doncella revelaba incredulidad—. Sin duda Helen le prohibió que se lo dijera a alguien, incluso a usted. Tenía miedo de lo que le harían, si se enteraban.

—Por favor cuéntamelo todo, Sofía —Carrie le cogió la mano y la acercó al sofá—. ¿Cómo se conocieron… cuánto tiempo hace?

—Una vez a la semana, yo solía acompañar a Helen de compras. Lo esperaba con ansia, porque era la única forma de salir de esta casa. Hacíamos las compras y comíamos afuera. Helen estaba feliz de actuar como cualquier otra muchacha. Algunas veces íbamos a la playa o al cine…

—¿Cómo conoció a mi hermano? —la interrumpió.

—Oh… sí. Eso sucedió hace más de seis meses. Nuestro coche se había estropeado y Jimmy lo arregló. ¡Oh, Carrie, si hubiera visto la forma en que se miraban el uno al otro! Nunca había visto a Helen tan dichosa. Se veían cada vez que Jimmy venía al puerto. Solíamos ir al pueblo y después yo los dejaba solos…

—¿Qué ocurrió cuando se dio cuenta de que estaba embarazada?

—La engañaron para que les confesara quién era el padre, con el engaño de que lo invitarían a la casa para hablar acerca de los arreglos de la boda.

—¿Hizo eso Niki?

—Niki, en ese momento, estaba fuera en viaje de negocios. Fueron los otros cerdos, el tío y los primos. Helen les dijo la fecha en que regresaría, de modo que esperaron.

No necesitaba escuchar el resto de la historia. Era fácil imaginar lo que le dijeron a Niki a su regreso. Maquinaron todo y, mientras esperaban a Jimmy, Niki llegó al Miranda para vengarse.

Estaba temerosa de hacer la siguiente pregunta, pero era necesario:

—Asegura que todos son unos cerdos, Sofía. ¿Está Niki incluida?

—¿Está enamorada de Niki? —la miró pensativa y sonrió.

—No. Desde… luego que no —la negativa no resultaba convincente. Ni siquiera para sí misma.

—No se preocupe. Niki es una mujer difícil, pero honrada. Y trata bien al personal.

—No creo que Niki sepa lo mucho que Helen y Jimmy se quieren. Si se lo dijéramos…

—¡No! —Sofía la miró horrorizada—. ¡No lo haga!

—Pero… sin duda le agradaría que su hermana fuera feliz, ¿no es cierto? —preguntó, desconcertada.

—Como usted es inglesa no entendería estas cosas —Sofía rió con amargura—. Si fuera tan sencillo, ¿no cree que Helen misma se lo habría confesado?

Carrie suspiró. Sin duda Sofía no se equivocaba.

—Aunque imaginan que son muy listos, Helen y yo les tomamos el pelo. Ayudamos a Jimmy a escapar y aún no lo imaginan —rió de forma repentina. Miró hacia la puerta como si temiera que la escucharan y continuó—: Tenían a Jimmy en una habitación donde se alojan los sirvientes. Su dormitorio estaba junto al mío y como las paredes son finas, por la noche Jimmy y yo nos enviábamos recados en voz baja. Me comunicó su plan de escapar, pero necesitaba una cuerda para atar al guardia. Yo se la conseguí.

—¿De modo que no es verdad que ató y amordazó a Helen para obligarla a que se fuera con él? —preguntó con otro suspiro de alivio.

—Desde luego que no —Sofía se mofó de la idea—. Helen ya estaba afuera, esperándolo. De inmediato se fueron al puerto y robaron un barco. Según parece, esos estúpidos todavía no se dan cuenta de que falta uno de sus barcos. Creen que Jimmy se dirigió a la carretera y que ahí robó un coche.

—¿Sabe dónde se encuentran ahora? —preguntó Carrie, sin aliento.

—No quise saberlo, para que no me obligaran a decirlo. Pero Jimmy comentó que usted sabría dónde estaban.

—Sí. Lo sé —Carrie sonrió.

—Entonces tenga cuidado de que no la obliguen a decírselo —le advirtió. Se puso de pie y caminó hacia el guardarropa—. Pronto llegará la hora de la cena. Debemos elegir algo muy especial.

Se encontraban solas en el comedor. Carrie se había decidido por un vestido de seda roja, escotado, que Helen nunca había usado. A la luz de las velas, Niki estaba guapísima con una chaqueta de etiqueta blanca.

Era innegable que la comida estaba deliciosa. Por desgracia, la chica estaba demasiado nerviosa como para saborearla. Cenaron en silencio y, cuando el sirviente apartó el último plato, Niki le sirvió otro vaso de vino y sonrió.

—No te emborracharás con este vino, Carrie, de modo que no te asustes. Su contenido de alcohol es bajísimo.

—Magnífico. No me apetece despertarme con más dolores de cabeza —tomó el vaso.

—Ese vestido te queda muy bien —comentó, al tiempo que levantaba el vaso en un silencioso brindis—. ¿Dónde lo conseguiste?

—Creo que es de Sofía —mintió—. Ha sido muy amable conmigo.

—Sí —entrecerró los ojos, pensativa—. Es una buena muchacha. Helen y ella se quieren mucho, como si fueran hermanas. Y tengo la sensación de que nuestra pequeña Sofía sabe más de este romance de lo que aparenta.

—No comparto esa impresión —fingió una expresión de sorpresa—. Está muy preocupada por Helen. Al menos no me culpa de lo ocurrido… como el resto de la gente que vive aquí.

—No tienes nada que temer de los de esta casa —le aseguró con acento sombrío—. Te lo aseguro.

—Me alegro de oírlo —señaló, al tiempo que recordaba al muchacho de los ojos claros. Theo, quién la había mirado como un lobo hambriento mientras Niki les echaba una buena reprimenda. Incluso el tío parecía una serpiente lista para morder.

—Hay muchos aspectos misteriosos en este asunto —Niki jugaba con el vaso—. Voy a llegar hasta el fondo.

—¿Qué quieres decir con eso de misterioso? —preguntó sin malicia—. Creí que habías llegado a la conclusión de que es un caso típico de secuestro. Jimmy se llevó a Helen e intenta canjearla por mí.

—Tu hermano golpeó a su vigilante y lo ató de pies y manos. Parece que en silencio entró en la suite de Helen. La amordazó para que no gritara, se la echó al hombro como un saco de patatas y salió por la puerta principal —levantó las cejas, escéptica—. La clase de escena que verías en una pésima película. ¿Estás de acuerdo?

—¿Qué insinúas?

—Tenía la esperanza de que pudieras darme algunas ideas.

Sofía, de antemano, la había prevenido. Niki sospechaba de Sofía y suponía que le había hecho confidencias a Carrie, y ahora trataba de sacarle la verdad.

—¿Por qué debería estar informada del asunto?

—¿Instinto femenino? —preguntó con aplomo—. Deberías saber mejor que nadie de lo que es capaz tu hermano.

—Sé que no es capaz de secuestrar a alguien —lo defendió con pasión—. La simple idea es ridícula. No es esa clase de hombre.

—¿Acaso insinúas que Helen se fue con él de forma voluntaria? —la miró con atención.

—Quizá sí —le devolvió la mirada con una expresión desafiante—. Es tu hermana —y agregó mordaz—. Deberías saber mejor que yo lo que es capaz de hacer.

—No te atreverías ni siquiera a suponer a dónde pudo haberla llevado tu hermano, ¿verdad?

—¿Pretendes seguir interrogándome? Ya te dije que desconozco todo.

—Mencionaste que él tiene amigos en Piraeus —continuó el interrogatorio, haciendo caso omiso de su reclamación—. ¿Crees que haya llevado a Helen allí?

—Es probable —sonrió con frialdad—. ¿Quieres la dirección? Entonces podrás enviar a uno de tus monos amaestrados a investigar —si su suposición era correcta, Jimmy no estaría en ningún lugar cercano a Piraeus.

Bebió de su copa y mantuvo un aire de fingida inocencia. Nada le habría dado más gusto que decirle la verdad, pero no deseaba poner en peligro a Sofía. ¿Helen y Jimmy alguna vez la perdonarían por traicionarlos? Ahora debía protegerlos hasta que salieran del país o contrajeran matrimonio.

—Una vez me aseguré que eras una actriz pésima Carrie. Es cierto, porque sé que mientes. Si de verdad deseas ayudar a tu hermano, tendrás que cooperar con nosotros para encontrarlo. Cuanto más pronto lo localicemos mejor.

—No sé nada —susurró, inflexible.

—No le haremos daño.

—¿Pretendes que lo crea, después de todas tus amenazas?

—Olvida las amenazas —le advirtió, molesta—. Las hice en un momento de coraje. Sólo me interesa que mi hermana regrese sana y salva. Esta humillación se ha prolongado demasiado.

¿Humillación? Era lo único que le preocupaba, pensó con amargura. Su dignidad herida. El hecho de saber que una vez que las noticias se divulgaran, la familia Spirakis sería el hazmerreír de todo el país. En un lugar tan machista como ése, ¿cómo podrían volver a respetarlos una vez que descubrieran que ni siquiera sabían controlar a sus mujeres?

—Eres excelente para juzgar a los demás, pero las cosas cambian cuando estás en el otro lado, ¿no es cierto? —parecía incapaz de contener su ira—. Quizá tu hermana, de forma voluntaria se fue con mi hermano y tal vez hasta lo ayudó a escapar. Es probable que lo quiera. ¿Habías pensado en eso? Quiero decir… ella va a tener un hijo suyo.

La cara de su anfitriona permanecía impasible y sólo los nudillos se le pusieron blancos por apretar el vaso.

—Desde luego que lo he pensado. Y por eso deseo que regrese antes de que haga algo aún más insensato.

—¿Insensato? —repitió, incrédula—. ¿Qué insensatez existe en enamorarse? Sucede todos los días. Es inevitable. Es más, es un sentimiento precioso.

—El amor es para los tontos. Nuestra familia no puede permitirse ese lujo. Helen es una Spirakis y sabe cuál es su deber.

Carrie sintió ganas de lanzarle algo a la cara, pero se contuvo.

—¡Por supuesto! ¡Qué tonta soy! Me olvidé de que está comprometida con otro, ¿no es verdad? Alguien más… adecuado —pronunció con desprecio la última palabra.

—Tengo la impresión de que ese concepto te parece extraño —levantó un poco las cejas.

—Es verdad —reconoció, cáustica—. Es más, en esta época lo califico de ridículo. A nadie deberían obligarlo a casarse.

—¡Ah, sí! —su risa fue seca y burlona—. Yo también lo estaba olvidando. Eres la típica idealista soñadora. Creí que ya habías aprendido la lección. ¿Acaso no fuiste tú la que estuvo de acuerdo con que es mejor doblegarse ante lo inevitable? —su tono se endureció—. El poder y las prerrogativas tienen un precio, Carrie. Helen siempre lo ha sabido. Los matrimonios de conveniencia no son nuevos, ni siquiera en tu país.

—¡Por Dios, Niki! —la miró desesperada—. Tu hermana es casi una niña, no es propiedad de una empresa. ¿De verdad esperas que renuncie a una vida de amor y felicidad sólo para consolidar el poder de tu familia? Es grotesco.

—A nadie, aquí, le interesa lo más mínimo tu opinión —la incomodidad de Niki era casi tangible—. La forma en que manejamos los asuntos familiares es cosa nuestra y de nadie más. Nuestras normas nos han dado buenos resultados a través de los años, y no toleramos que extraños entren aquí para crearnos confusión y discordia.

No era su ira la que desalentaba a Carrie… ya estaba acostumbrada… sino su firme creencia en su propia rectitud.

—Aunque a Helen no le agrada el hombre que le has escogido… ¿la obligarías a casarse?

—Su terquedad es la única razón de que lo rechace —aseguró Niki—. Ari Palandrous es un joven de buena presencia y con antecedentes intachables. Es el hijo de un conocido e importante banquero.

«Ahora comprendo todo», pensó la chica, sintiéndose herida en su amor propio. Era inútil insistir para hacerla cambiar de opinión.

—¿Estas normas también se aplican a los hombres de la familia? —la miró con desafío.

—Sí. Ello también tienen sus obligaciones.

—Comprendo… —su voz temblorosa la traicionó, aunque logró recuperar el control—. Y en tu caso si existiera la remota posibilidad de que conocieras a alguien… y te enamoraras de ella, harías todo lo posible por olvidarla, ¿no es verdad?

—No puedo darme el lujo de enamorarme, Carrie —aclaró sin la más mínima emoción y ella sintió que le destrozaba el corazón—. Ya te expliqué que es una tolerancia que nuestra familia no puede permitirse.

Aunque era la respuesta que esperaba, oírla de su propia voz…

—Supongo que es lo justo. Quiero decir… como eres la jefa de la familia, debes dar ejemplo.

—Me alegro que al fin lo comprendas —inclinó la cabeza a ella le pareció un gesto raro, burlón.

—Ahora comprendo todo, Niki —tragó saliva con amargura—. Has aclarado tu posición y la mía —apartó el vaso y se limpió los labios con la servilleta—. Gracias por la cena y el sermón. Si me disculpas, estoy bastante cansada.

—Tú y yo aún tenemos un contrato.

—No —sus ojos brillaron de resentimiento y desafío—. Ya no, Niki. No mientras mi hermano esté libre. Ahora ya no puedes herirlo, de modo que se ha terminado tu derecho sobre mí.

—Es verdad —reconoció con una sonrisa amenazadora—. Pero cuando encontremos a tu hermano…

—Querrás decir, si lo encuentran.

—Vendrá a buscarte. ¿O tratas de decirme que está dispuesto a abandonar a su hermana?

Carrie se puso de pie. Había perdido la paciencia e intentó pasar delante de Niki.

—Espera —la sujetó del brazo—. Le pediré a Sofía que te acompañe a tu habitación.

—No voy a mi habitación —gruñó—. Voy al Miranda. Me voy de aquí ahora mismo, porque estoy harta de ti y de tu familia. Espero que os abraséis en el infierno. Suéltame el brazo o te sacaré los ojos.

—No vas a ninguna parte. Te quedarás aquí hasta que decida otra cosa.

—Entonces, tendrás que encerrarme como lo hiciste con Jimmy.

—Si es necesario, lo haré —le advirtió.

—¿En qué podrías beneficiarte, teniéndome aquí contra mi voluntad? —respiró con fuerza y la miró con resentimiento—. Si por un minuto supones que voy a permitir que de nuevo utilices mi cuerpo…

—Eres tú quien tienes que decidir si utilizo tu cuerpo, pero tanto si Helen regresa aquí como si no, tú eres el precio que tu hermano debe pagar por su atrevimiento —levantó la mano y le apretó la barbilla de forma posesiva—. Te quedarás aquí, sin importar el tiempo que tardes en aceptarlo —tocó el timbre, y cuando la sirvienta apareció, le ordenó con energía—: Que venga Sofía. Dile que Carrie desea ir a su habitación. Después, dile a Theo que esta noche mande un guardia que se quede en el Miranda vigilando.

Cuando entró en su dormitorio, Carrie se sentó en el borde de la cama y apretó los puños, desesperada. Sofía le entregó un camisón antes de preguntarle lo que Niki le había dicho durante la cena.

—No te preocupes —tranquilizó a la doncella—. No le dije nada.

—Menos mal —suspiró de alivio—. ¿Estaba… estaba muy enojada?

—Oh, sí —reconoció con expresión torva—. Estaba enojada, además de arrogante… despreciable… fría…

—Ni Jimmy ni Helen sabían que usted estaría mezclada. ¿Qué va a hacer Niki ahora? ¿Va a dejarla irse?

—No te preocupes por mí, Sofía —Carrie observó el rostro triste de la doncella—. Soy capaz de cuidarme sola —hasta ahora no lo había hecho muy bien, pero las cosas estaban a punto de cambiar.

—Tenían… planeado enviar a Helen a América —señaló Sofía con violencia—. Nunca volverían a verse, por eso decidió escapar con él.

—Lo sé, Sofía, lo sé. Hicieron lo correcto y te agradezco que los ayudaras.

—No… creo que vuelva a verlos —murmuró Sofía con la voz quebrada—. Como ahora Helen ya no está, no me necesita y supongo que me despedirán. No… no me importa, pero me agradaría ver una vez más a Helen y a Jimmy. Saber que están al fin juntos y felices.

—Tengo el presentimiento de que volverás a verlos.

—Carrie apretó la mano de Sofía entre las suyas—. Cuando Jimmy se entere de que estoy aquí, vendrá a buscarme —se mordió un labio—. Espero que se case con Helen antes de venir.

—¡Desde luego! —exclamó—. Si se casan, la familia no podrá hacer nada —rió con entusiasmo—. Puede imaginar la expresión de todos, si Helen llega con un anillo de matrimonio en el dedo.

Una idea inesperada llegó a la mente de Carrie. ¿Por qué esperar a que Jimmy viniera? Quizá tardaría bastante tiempo. ¿Qué le impedía ir a buscarlo e irse de ahí? Niki había puesto un guardia en el Miranda, pero en el puerto había muchos otros barcos, más rápidos y potentes. Podría robar uno y Sofia la ayudaría. ¿Sería posible esa misma noche?, se preguntó. Afuera había oscurecido.

Se preguntó si debería confiarle la idea a Sofía en ese momento, pero decidió que no, ya que Sofía se quedaría sin dormir toda la noche debido al nerviosismo. Incluso podría hacer o decir algo sin pensarlo, que alentaría a otra persona menos digna de confianza.

Sofia permaneció con ella otros diez minutos, poco dispuesta a dejarla sola, pero Carrie logró convencerla de que no necesitaba nada, que la cama era muy cómoda y que si la necesitaba durante la noche tocaría el timbre.

Una vez sola, Carrie se acostó y apagó la lámpara que había sobre la mesilla. Estaba segura de que no podría dormir, ya que ahí todo estaba demasiado tranquilo y extrañaba el movimiento oscilante del Miranda, el ruido del agua y el golpeteo de las olas contra la nave. Además, los sentimientos de ira y remordimiento mantenían su mente en continua confusión.

Era lógico que Jimmy, tarde o temprano, se las arreglara para escapar, pero debería haber esperado. ¿Cuánto tiempo había tardado ella en sucumbir al atractivo de Niki? ¡Sólo seis noches! Se entregó a ella la noche después de la tempestad, creyendo ingenuamente que el destino la había unido con Niki. La noche en que se las arregló para convencerse a sí misma de que Niki comenzaba a respetarla y a sentirse atraída por ella. En ese momento, se habría contentado con menos, porque en el fondo era una tonta. Niki no se había equivocado, era una idealista siempre dispuesta a creer en un final feliz.

Pero ahora no había un final feliz. Niki, de manera despiadada y brutal, había acabado con todas sus ilusiones. Para Niki, ella significaba menos que el polvo del camino. Incluso su hermana no le importaba nada. Lo único valioso era el falso honor del apellido Spirakis.

Al fin se quedó dormida, pero se despertó y miró a su alrededor. ¿Fue un sueño o escuchó voces? No, no era un sueño. Ahora las oía de nuevo. Encendió la lámpara, se puso de pie y caminó hacia la puerta.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó, nerviosa—. ¿Qué quiere?

—Abra la puerta, señorita Stevens —contestó una voz ronca.

—No. Váyase.

—Niki nos envió a buscarla —afirmó la voz—. Su hermano está abajo.

¡Jimmy! ¡Aquí! El corazón le dio un vuelco y fue en busca de la llave, pero cambió de opinión. Algo andaba mal. Niki habría enviado a Sofía a buscarla, no a un desconocido.

—Dígale a Niki que venga mi hermano aquí. Quiero oír su voz.

Oyó unas voces que hablaban en voz baja, al otro lado de la puerta.

—Su hermano tiene la pierna herida. Esperamos al médico.

—¿Cómo… cómo se lo hizo? ¿Qué sucedió?

—Lo encontramos escondido en las montañas. Trató de escapar, pero se cayó entre unas piedras.

Ahora estaba segura de que le mentían porque Jimmy no había ido a las montañas. Ni siquiera se habían dado cuenta de que faltaba un barco. No necesitaba una bola de cristal para imaginar sus intenciones. Desesperada, miró a su alrededor y se dio cuenta de que la ventana estaba abierta. ¿Podría escapar por el balcón? ¿Y después? ¿A dónde iría? De pronto vio el timbre en la pared. ¿Llamaría a Sofía? ¿Y qué podría hacer la doncella? ¿Acaso la presencia de otra persona no los asustaría? Cualquier cosa era válida.

—Tendrán… tendrán que esperar hasta que me vista —trató de ganar tiempo.

Cuando estaba en medio del dormitorio escuchó que empujaban la puerta, y se dio la media vuelta.

Eran dos hombres. Theo, el individuo de labios gruesos y los ojos claros y otro que tal vez era su hermano menor. Theo se humedeció los labios con la lengua.

—Estamos aquí para hacerte compañía.

—Se equivocaron —los agredió con voz de hielo—. Salgan de aquí los dos, ahora mismo —era un intento desesperado, pero quizá se amedrentarían con un alarde de intrepidez. Los hombres que atacaban a las mujeres, en el fondo eran unos cobardes.

—No es muy amable, ¿verdad? —le comentó Theo a su acompañante—. Tendremos que hacer algo, ¿no crees?

Carrie tuvo la tentación de tocar el timbre, pero Theo tiró del cabello de la chica, haciéndola gritar.

—Grita tan fuerte como puedas —rió con burla—. Nadie te oirá desde aquí —su aliento era insoportable y ella trató de apartar la cabeza. El hombre le hizo una seña a su acompañante, quien se paró detrás de ella para torcerle los brazos. Carrie trató de gritar de nuevo, pero una mano sudorosa le cubrió la boca, causándole náuseas.

No merecía la pena fingir que no tenía miedo. Era consciente de lo que intentaban, y casi se desmayó de horror cuando Theo le rasgó el camisón, dejándola expuesta a su mirada lasciva. Por interminables momentos, sintió un hormigueo en la piel mientras los ojos de Theo la recorrían con avidez.

—Su hermano me golpeó y me dejó atado, señorita Stevens —se aflojó el cinturón—. Después le ajustaré las cuentas, pero por el momento, mi hermano y yo vamos a divertirnos un poco contigo. Niki ya ha tenido su oportunidad y ahora nos toca a nosotros.

Aterrorizada, sintió que las fuerzas la abandonaban. Oyó unas voces y cuando el hombre detrás de ella, de forma inesperada la soltó, ella se desplomó en el suelo sobre las rodillas.

—¡Canallas! —la voz desde la puerta era una explosión de furia y, controlando la respiración, Carrie levantó la cabeza en el momento en que Niki se lanzaba encima de Theo para darle un puñetazo tan fuerte, que le abrió el labio superior.

—¡Cielos, Niki! —Theo retrocedió—. Sólo nos estamos divirtiendo un poco.

—¿Creéis que violar a alguien es divertido? —gritó Niki.

—¿Por qué te preocupas por ella? —Theo protestó furioso—. Es una basura al igual que su hermano. Por eso fuiste a buscarla, ¿no es verdad? Para enseñarle a…

—¡Cierra tu boca asquerosa! —Niki los miró a los dos con rabia incontrolable—. ¡Os atrevéis a llamarla basura! Ninguno de los dos es digno de lamer el barro de sus zapatos. La única basura que hay sois vosotros.

Se arrodilló y le tocó a Carrie con suavidad el hombro.

—¿Puedes levantarte, Carrie?

Hizo el intento de hablar, pero estaba tan emocionada, que tenía la garganta cerrada. Con lentitud, inclinó la cabeza.

—Bueno… —Niki le ayudó a levantarse y miró a los hombres que caminaban con nerviosismo hacia la puerta—. Quedaos ahí —gruñó amenazadora—. Aún no he terminado con vosotros.

Ayudó a Carrie a sentarse en el borde de la cama y la cubrió con el camisón roto.

—Habéis manchado el nombre de los Spirakis. Quiero que os vayáis de esta casa en este momento. Os iréis con lo puesto. Todas vuestras pertenencias… coches, barcos, acciones en el negocio… han dejado de perteneceros. Si alguno de los dos se acerca a cinco kilómetros de esta finca, se arrepentirá. Ahora, largaos.

Los dos hombres se miraron uno a otro con incredulidad.

—¡No puedes hacernos eso! —protestó Theo—. No vamos a perder todo por esa…

Niki caminó hacia ellos, lo cual fue suficiente para que salieran corriendo del dormitorio.

El corazón de Carrie latía con fuerza y aún temblaba mientras Niki la ayudaba a ponerse de pie y la acunaba con cariño entre sus brazos. Por un instante, el hecho de que, aunque fuera ella, la tocara, la hizo sentir una sensación de miedo, e hizo un intento de apartarlo.

—No, cariño —susurró—. Ya se han ido. Ahora estás a salvo.

Lentamente el temor desapareció, y los brazos que con anterioridad parecían aprisionarla, ahora eran una barrera protectora contra el resto del mundo. Niki le acarició con suavidad el cabello para tranquilizarla y ella hundió el rostro contra su pecho. Los firmes latidos del corazón de Niki le dieron fuerza.

—Intentaban… —se le hizo un nudo en la garganta—. Llegaste justo a tiempo. ¿Cómo… cómo lo…?

—Sofía me lo dijo —aclaró con voz tranquila—. Los oyó hablar y después se dio cuenta de que venían hacia aquí.

—Dios bendiga a Sofía —señaló agradecida—. Les… pedí que se fueran, pero derribaron la puerta.

—Creo que fui muy indulgente con ellos —refunfuñó—. Debería…

—No, Niki—le tranquilizó—. No te metas en problemas por culpa de ellos. No… merecen la pena.

—Tienes razón. Son una basura —le acarició de nuevo el cabello—. Estás a salvo y es lo único que me importa. Trata de olvidarlo.

Otro escalofrío se apoderó de ella. Era fácil sugerirlo, pero nunca podría olvidar esa noche.

Sofía entró en el dormitorio. Vestida con una bata, su rostro estaba pálido mientras miraba a Carrie.

—¿Puedo ayudar en algo, señora Spirakis?

—Sí, Sofía —inclinó la cabeza, agradecida—. Trae un poco de brandy y leche caliente para Carrie. Después, prepara otro dormitorio para ella con otra cama para ti, porque deseo que te quedes con ella el resto de la noche.

Una vez que la doncella se fue para cumplir sus órdenes, tomó a Carrie de la barbilla y le dio un suave beso en la boca.

—Te fallé, cariño —susurró—. Te aseguré que en esta casa estarías segura, y me equivoqué. ¿Me podrás perdonar?

—Niki… es la segunda vez que me llamas «cariño» —tragó saliva y la miró a los ojos—. ¿Es sólo una palabra, o lo dices en serio?

Niki la besó otra vez como si fuera la respuesta, pero no fue así. El amor era para los cretinos, había dicho ella. Y Niki Spirakis no lo era.

Capítulo 9

El sol entraba por la ventana abierta y despertó a Carrie, quien se levantó con dificultad. Sofía estaba ahí con una taza de café caliente en la mano y una expresión de inquietud en la cara.

—Buenos días, Carrie. ¿Cómo está? Niki desea saber si durmió bien. Le aseguré que sí, pero supongo que no me creyó.

Mientras Carrie alargaba la mano para tomar el café, los acontecimientos de la noche anterior se agolparon en su mente con angustiosa claridad. El recuerdo de aquellos ojos claros devorando su cuerpo… su mal aliento… la mano caliente y sudorosa sobre su boca… el consuelo de los brazos de Niki alrededor de ella. Después de una experiencia como ésa, habría sido lógico que no hubiera pegado ojo en toda la noche, pero gracias a la leche tibia y al brandy, lo había logrado.

—Dígale que estoy bien —susurró.

—Magnífico. Podrá decírselo usted misma, una vez que las cosas se tranquilicen abajo.

Carrie tomó un sorbo de café y al ver la cara de Sofía se dio cuenta de que la joven estaba ansiosa por contarle las noticias.

—¿Qué sucede? —preguntó de inmediato, preguntándose si estaban relacionadas con su hermano.

—Niki ya se ha dado cuenta de que falta un barco —Sofia se sentó en el borde de la cama después de mirar con nerviosismo a la puerta—. Lo acaban de descubrir y, según ella, todos son unos inútiles, incluso su tío. Está furiosa y después de lo que les hizo a sus primos, están aterrorizados de que les suceda lo mismo.

—¿De modo que todos están enterados de lo que me sucedió anoche?

—En un lugar como éste, hay muy pocos secretos —la doncella levantó los hombros.

—Eso significa que cuando me vaya, todos hablarán a mis espaldas, y se reirán de mí.

—No será así —le aseguró Sofía—. Todo el personal está contento de que esos dos cerdos se hayan ido. Piensan que Niki debe respetarla mucho para haber hecho eso, y de ahora en adelante usted va a ser muy popular aquí.

—No es mi intención quedarme aquí más tiempo del necesario —aclaró Carrie con voz sombría, ya que ahora las posibilidades de robar un barco eran muy remotas. Debía planear otra cosa.

—Ya lavé y planché la ropa que traía cuando llegó aquí —le informó Sofía—. Mientras se da una ducha, iré a traerla.

—Sí… —susurró Carrie, su mente estaba a millones de kilómetros de distancia—. Gracias, Sofía. Eres muy amable.

Niki desayunaba unos huevos revueltos en el mirador, cuando ella llegó.

—Buenos días, Carrie —le señaló la silla frente a ella—. Por favor siéntate. ¿Tienes hambre?

—Gracias. Los huevos parecen deliciosos. Tomaré unos —su apariencia no era mala, reconoció contra su voluntad; estaba más guapa que nunca. Por lo que Sofía le había dicho, esperaba encontrarla furiosa.

—Me alegra —llamó al sirviente que estaba cerca de ellas—. Temía que después de todo lo que tuviste que soportar anoche, no tuvieras…

—Preferiría que olvidáramos lo ocurrido anoche. Sólo me interesa el día de hoy —se sirvió un zumo de naranja de la jarra—. Sofía me informó que te falta un barco. Supongo que también le echarás la culpa a mi hermano. No satisfecho con robar a tu hermana, también se llevó uno de tus barcos —sonrió con sarcasmo—. Nunca me di cuenta de que Jimmy fuese un ladrón.

—Es el evidente sospechoso —afirmó Niki, haciendo caso omiso del tono agrio de su interlocutora—. Incluso tú debes estar de acuerdo.

—¿No ha podido ser alguien del pueblo?

—Gente como ésa no se acerca nunca a esta propiedad —comentó con desprecio. Niki la miró, haciéndola sentirse incómoda bajo ese examen penetrante. Sospechaba que su intento de confundirla, había fracasado. Sólo le interesaba ganar tiempo… para que Jimmy y Helen tuvieran la oportunidad de contraer matrimonio antes de que los encontraran. En la isla de Kati no había forma de llevar a cabo una ceremonia. Lo único que quedaba era esperar a que las cosas se enfriaran. Desde luego sólo eran suposiciones. Tal vez ya estaban casados, pero dudaba que Niki desistiera de sus amenazas. Ya la había visto en acción y sin duda agarraría a su hermana por el cuello y la arrastraría hasta la casa.

Llegó su desayuno y dio un suspiro de alivio al romperse la tensión. ¡Maldición, tenía demasiados problemas de qué preocuparse! Al menos a Helen no la habían dejado embarazada a la fuerza y por una inseminación. Jimmy y ella estaban enamorados y ahora eran libres y con la edad suficiente para cuidarse.

—Seguiré con la suposición de que robaron el barco —Niki bebió de su café, sin apartar la vida de Carrie.

—¿Dijiste que te «robaron» el barco? ¿Entonces ya aceptas que Helen lo ayudó?

Después de sonreír con ironía, Niki giró la silla para mirar al puerto. Al observar su perfil moreno contra el cielo brillante, Carrie sintió una vez más aquella atracción que la destruía. La noche anterior, sus brazos habían sido un refugio… un abrigo de seguridad y amor. Había sido tan amable… tan tierna. Pero ahora, al mirarla, comprendió que había sido una ilusión.

Sólo una ilusión de una estúpida idealista.

—¿A dónde crees que se fue, Carrie? —le preguntó de forma inesperada, su voz cortó sus pensamientos como una navaja.

—¿Cómo podría saberlo? —La miró con inocencia—. Quiero decir, debe de haber dos mil islas…

—Tres mil —la corrigió.

—Ya ves. Si estuviera en tu lugar, me daría por vencida. Jamás los encontrarás.

—Mmm… —se frotó la sien con el dedo—. Quizá tengas razón. En ese caso, lo único que podemos hacer es esperar aquí hasta que Jimmy llegue para rescatarte de mis garras —la miró de reojo con esos ojos verdes.

—Es probable que tarde mucho tiempo —anunció con indiferencia—. Me atrevo a asegurar que ya tiene demasiadas cosas en la cabeza, como para preocuparse de mí.

—Ojalá no te equivoques, Carrie —le lanzó la pulla con entusiasmo—. Cuanto más tarde en venir, mejor en lo que a mi respecta. Ya ordené que arreglen la villa para nosotras. De ahora en adelante, seré yo quien te cuide durante las noches.

Carrie se arreboló por su comentario.

—Sofía tiene miedo de perder su empleo —cambió de tema con rapidez—. Supone que como Helen ya no está aquí, ya no habrá trabajo para ella.

—Ayudó a tu hermano y a Helen a escapar, ¿no es verdad? —Niki miró de nuevo a la chica.

—Es algo que debes preguntárselo tú misma —respondió.

—Por supuesto que sí los ayudó. Helen siempre le tuvo mucha confianza. Eran amigas íntimas.

—¿Entonces supongo que la vas a despedir, como castigo? —Su voz revelaba un gran desdén—. Por una mera suposición, vas a quitarle su medio de vida.

—No seas ridícula —de nuevo se frotó la sien, como si tuviera dolor de cabeza—. No tengo intención de quitarle su trabajo. Por lo menos, ha demostrado lealtad. Quizá no ha hecho lo correcto, pero de todos modos es un detalle a su favor. También fue lo suficientemente perceptiva como para darse cuenta de lo que mis primos planeaban anoche, y el hecho de informármelo puso fin a sus intenciones. Si tuviera más gente tan valiosa, como ella, sería una mujer más feliz.

—Estará… encantada de saberlo.

—Temía que esta mañana te sintieras enferma, pero me doy cuenta de que ya te has recuperado de tu disgusto —se puso de pie y la recorrió con la mirada—. Estoy segura de que vas a resistir.

—¿Resistir qué? —se levantó y frunció el entrecejo.

—Una visita alrededor de la finca.

—No. Te lo agradezco, pero prefiero quedarme aquí —una visita con Niki significaría estar solas y sabía cuál sería el probable desenlace.

—Estoy orgullosa de lo que hemos realizado aquí, Carrie. No te gustaría lastimar mis sentimientos, ¿verdad? —la sujetó con fuerza del brazo.

¿Por qué no lo había dicho antes? Lo último que deseaba era lastimar sus sentimientos; podría ofenderse y dejar de hablarle.

Diez minutos después, estaba sentada junto a ella en una camioneta Land Rover que se dirigía hacia las montañas detrás de la casa. Continuaron su camino a lo largo de kilómetros y kilómetros de olivares y huertos, hasta que el camino asfaltado dio paso a un sendero polvoriento. Al fin detuvieron el vehículo y Niki la ayudó a bajar.

El viento le alborotaba el cabello, obligándola a apartarlo de sus ojos mientras contemplaba el panorama frente a ellas. Desde ese lugar se apreciaba la enorme finca. Debajo de ellas estaba la espaciosa mansión blanca como salida de una juguetería, más allá el puerto y más lejos, el brillante mar azul donde se reflejaba el sol de media mañana. Carrie miraba la costa de norte a sur.

—Cincuenta kilómetros de cada lado —Niki contestó la pregunta sobreentendida—. Todo es propiedad de los Spirakis.

Ella dirigió la mirada a Niki.

—Mi bisabuelo comenzó todo —señaló la casa y en su voz se adivinaba un sereno orgullo—. Era un hombre joven, recién casado, cuando construyó una choza de madera, allí abajo, pero él y su esposa trabajaban de sol a sol. Cultivaron olivos, construyeron una prensa y vendían el aceite. Después, él adquirió un barco y pescaba durante el invierno. Sacaron adelante a su familia, trabajando duro, nunca le debieron ni un centavo a nadie, y vivían del sudor de su frente. Su hijo se hizo cargo de todo cuando ellos murieron. Ese hijo era mi padre. Ahora, nuestro aceite de oliva se vende en toda Europa y ese pequeño barco, se convirtió en una flota de barcos de carga y cruceros de lujo.

—Estoy impresionada —confesó ella—. Es un logro fantástico en sólo tres generaciones.

—Algo más que un logro, Carrie —opinó, serena—. Es el resultado final de la misión y el trabajo arduo de un hombre —se detuvo y miró una vez más el panorama—. Quizá ahora comprendes lo que significa ser un Spirakis. No sólo el orgullo de un apellido sino el patrimonio y la dura carga que llevo encima.

—¿Tratas de darme lástima? —preguntó con amargura.

—No deseo causar lástima —su cara se endureció un poco—. Pero sí esperaba comprensión.

Carrie contempló el paisaje una vez más. El imperio de Niki. Su responsabilidad. La pesada carga.

—Lo único que mi padre nos dejó a mi hermano y a mí fue un viejo barco pesquero en pésimo estado y muchos amigos pobres, pero sinceros. Pienso que nuestra herencia fue mejor que la tuya.

Algo brilló en los ojos de Niki y una sombra fugaz cruzó sus facciones. No era dolor ni ira, sino algo más profundo como si ella hubiera rozado un nervio y, por un momento, se miraron en silencio.

—Quiero hacerte el amor, Carrie. Aquí y ahora.

Aunque presentía que eso iba a pasar, la franqueza conmocionó a Carrie, quien sonrió con desdén.

—Entonces, ¿Sigues con la intención de cumplir con tu deber?

—No —dijo con voz amable—. Ninguno de esos motivos.

—Ya te dije que… —le costó trabajo hablar.

—No me interesa lo que dijiste —de pronto Niki se movió y ella se encontró en sus brazos.

—¡Bájame! —Con los puños le golpeaba el pecho—. ¡Te lo advierto, Niki! No voy a permitir que…

Niki la besó en la boca.

—Rodéame el cuello con los brazos y deja de discutir.

Niki comenzó a caminar hacia la montaña con pasos seguros, como si ella no pesara nada.

Cuando subieron a la cima, Niki la bajó y de la mano la llevó hacia una cabaña desvencijada. Con la boca seca y el corazón acelerado, Carrie comprendió que ya era demasiado tarde para correr y observó que Niki sacaba una llave para abrir la deteriorada puerta de madera.

Desde el exterior, el lugar daba la impresión de ser una ruina, pero una vez en el interior, comprendió que estaba equivocada. La cabaña estaba revestida con paneles de madera de pino y una alfombra mullida cubría el suelo. Los estantes estaban alineados en una pared junto a una cadena de música y un televisor. En la única habitación no había cama, sólo un diván cubierto con una piel de oveja.

—Todos necesitamos un lugar solitario de vez en cuando —señaló ella, después de observar por un momento la expresión de Carrie—. Algo fuera de las presiones mundanas. Este es el mío.

—Es… muy bonito —murmuró—. Yo me conformo con meter la cabeza debajo de la manta.

—Esa es una de las cosas que me gustan de ti, Carrie. Ese extraño sentido del humor inglés.

—Es característico de nuestro carácter —explicó—. Siempre nos enfrentamos a los malos momentos con una frase graciosa. Pensé que todos lo sabían.

La atrajo hacia ella, hasta que una vez más sintió que se ahogaba en las profundidades de aquellos ojos llenos de deseo.

—Tu peor momento fue anoche, cuando llegué a salvarte —le recordó—. ¿O ya lo has olvidado?

—Casi —tragó saliva con dificultad—. Gracias por recordármelo. Supongo que piensas que ahora te mereces una recompensa. ¿Verdad?

Sus cuerpos estaban muy juntos y ella sintió la manifestación del profundo deseo de Niki. Su boca descendió de nuevo y ella entreabrió los labios. La lengua… y las manos de Niki… Las piernas de Carrie comenzaron a debilitarse y ese dolor insoportable comenzó a atormentarla.

—Por favor no me insultes, Carrie —apartó la boca para morderle con suavidad el lóbulo de la oreja—. No necesito recompensa por haber actuado como alguien decente. Lo que ahora deseo es que te entregues de manera voluntaria, sin amenazas, sin promesas, sin cadenas.

—¿Por qué… debería hacerlo? —la voz de ella temblaba.

—Porque yo te quiero y tú me quieres —alegó—. ¿Qué otro motivo más sincero podría existir?

Los ojos de la chica brillaban de deseo y una vez más se sorprendió del poder de esa chica para incitar un deseo irresistible en ella, y al mismo tiempo un impulso más fuerte de agradarle y satisfacerla.

—¡Maldición, Niki! —Las palabras salieron a la fuerza de su garganta—. Conoces la respuesta. No… no puedo evitar quererte.

—Maravilloso… —susurró Niki—, esas eran las palabras que deseaba oír —resbaló las manos debajo de la camiseta y le desabrochó el sostén.

La desvistió con exquisita complacencia, quitándole cada prenda con un acompañamiento de besos en la piel. Cuando le bajó las braguitas, sus besos fueron más profundos e insistentes mientras su boca recorría la parte interior de su muslo hasta que ella gimió y echó la cabeza hacia atrás, temblorosa por la imprevista experiencia. La chica la tomó del cabello y ahogó un grito. Cuando Carrie estaba casi al borde de un frenesí total, Niki se puso de pie. Con suavidad la llevó hacia el diván y la tumbó. Mientras ella se desvestía, Carrie la contemplaba.

Una vez desnuda, Niki se paró frente a ella, su piel brillaba como la seda. La ardiente mirada de Carrie admiró los músculos de sus muslos y su zona intima el vientre plano y, más arriba, esos hermosos pechos. Parecía una espléndida creación enviada por los dioses para complacer sus deseos más vergonzosos e inexpresables.

Mientras se inclinaba sobre ella. Carrie abrió los brazos, y extendió los dedos como alguien que pide alivio. Con cuidado, Niki relajó su cuerpo moreno y flexible junto a ella y Carrie, con ansia, le cubrió la boca con la suya. Con la mano derecha, Niki la empujó del trasero para acercarla más, haciéndola sentir el calor y humedad de su sexualidad sobre su muslo. Los senos estaban apretados contra los de Niki, los pezones hinchados y ansiosos. El olor y el sabor de Niki inflamaban los sentidos de la chica. Carrie levantó una pierna, y comenzó a deslizar la pantorrilla hacia arriba y hacia abajo del muslo de Niki.

Un gemido casi animal salió de su garganta y apartó su boca de la de ella.

—¡Te quiero, Carrie! —exclamó en voz baja.

Sintió una creciente frustración cuando Niki seguía atormentándola con la boca y la lengua, en vez de poseerla, pero entonces, se dio cuenta de lo que quería. Se movió hasta quedar sentada ahorcajadas sobre la morena; las rodillas al nivel de su cintura. Niki alargó las manos para cogerla de los hombros e hizo que se inclinara hacia delante sobre el diván; los senos, como fruta madura a punto de caer, estaban a unos centímetros de la cara de Niki. Mordió uno de los pezones y se deleitó en una complacencia erótica, que a ella la hizo jadear de manera incontrolable. Le rodeó la esbelta cintura con las manos, las deslizó hacia sus caderas y con suavidad comenzó a levantarla. Cuando la boca de Niki solió el seno, Carrie se enderezó y comenzó a temblar por anticipado.

Sus movimientos no tenían nada que ver con la experiencia, los dictaba el instinto y la necesidad apremiante. Cuando la bajó con lentitud, Carrie se inclinó en medio de sus piernas para dirigirla, Niki metio dos dedos dentro de ella. La posesión lenta envió fuego a sus venas y pequeños gemidos de placer escaparon de sus labios entreabiertos. Niki le frotó los pezones con los dedos.

Perdida en un océano de sensualidad, Carrie comenzó a surcar las olas de su propia pasión. Debajo de ella, Niki de pronto gimió de placer al sentir los dedos de Carrie dentro de ella y su cálida esencia se desbordaba en sus músculos contraídos. Arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás y gritó con incredulidad mientras los espasmos continuaban. Con los ojos abiertos de par en par, jadeante, comprendió que Niki aún no había terminado ya que sus manos seguían apretándola y sus caderas se levantaban, y empujaban cada vez más profundo y rápido.

Cuando alcanzaron el clímax, ella estaba exhausta aún a horcajadas sobre Niki, su frente húmeda estaba apoyada sobre el pecho de ella. Con suavidad le levantó la cara para besarla en la boca, con ternura.

—Estoy agotada —al fin se enderezó poniéndole las manos en el pecho—. Siento como si hubiera corrido una maratón.

—Eres competente. Excepcionalmente competente —Niki la miró con una sonrisa de satisfacción en la cara.

Su placer ya estaba satisfecho. Sin duda, su antigua auto recriminación pronto vendría a visitarla.

—¿Qué quieres decir con eso de «excepcionalmente competente»? ¿Mejor que tus otras mujeres?

—Mucho, mucho mejor —arrastró las palabras—. De las mujeres que he conocido, sin duda tú eres la más apasionada.

Al ver el brillo de burla en sus ojos, toda la magia desapareció. Era una cretina y Niki se estaba riendo a costa suya. Se apartó de ella y puso las piernas en el suelo.

—¿A dónde crees que vas? —le sujetó el brazo con la mano.

—A vestirme —la miró con amabilidad—. Las dos hemos tenido lo que deseábamos, ¿no es verdad? Y ahora, todo ha terminado.

—Quédate aquí. Debemos hablar —se apoyó sobre un codo.

—Si se trata de algo relacionado con mi hermano y tu hermana, olvídalo. No tengo nada que añadir sobre ellos —se mordió un labio. Niki deslizó los dedos hacia arriba y hacia abajo por el muslo de ella, obligándola a sujetarle la mano con firmeza y ponerla en otro sitio—. No empieces con eso de nuevo.

—¿Por qué me rechazas? —Niki se las arregló para dar la impresión de que la había lastimado—. Creí que estabas enamorada de mí.

—No seas… no seas absurda —trató de soltar el brazo, pero ella lo sujetaba con demasiada fuerza, y Carrie la miró con resentimiento—. Me estás haciendo daño.

—En ese caso, reconoce que estás enamorada de mí —demandó.

—Si no lo estoy, ¿vas a romperme el brazo? —se mofó—. Eso no demostraría nada.

—Está bien, Carrie —la soltó—. Ahora, reconócelo.

Sentía el corazón en la boca y apartó los ojos, incapaz de resistir el escrutinio de su mirada.

—Estás… estás loca —dijo entre dientes—. Tal vez… en alguna ocasión te confesé que me gustabas, pero eso fue en uno de mis momentos más débiles, antes de saber cómo eras —¿Cómo podía mentirle así?, pensó angustiada. Sinceramente amaba a esa mujer tan arrogante, pero esas palabras jamás saldrían de su boca. De nuevo la pondría en ridículo e insistiría en que el amor era para los idealistas estúpidos, como ella.

De manera inesperada, se puso de pie, la tomó de la barbilla y la apretó con suavidad.

—Tienes la boca más perfecta del mundo —le aseguró—. ¿Por qué la ensucias llenándola de mentiras, cuando la verdad es tan evidente en otras cien formas?

—¿De verdad? —le apartó la mano.

—Por supuesto. Acabas de demostrarlo.

—Mira… me gustaría vestirme, si no te importa —se arreboló.

—Sí me importa —sonrió con burla—. Me gusta verte así.

—No lo dudo. Pero me da vergüenza.

—Cuando estábamos a bordo del Miranda, no sentías vergüenza.

—Era distinto.

—Es sólo un estado de ánimo, Carrie. Si recuerdas lo que nos hacíamos la una a la otra hace unos cuantos minutos es bastante quisquilloso por tu parte sentir vergüenza delante de mí —su mano ahora hacía un trazo entre la nuca y el final de su espalda, pero ella lo ignoró, porque si trataba de levantarse Niki se lo impediría. De todos modos, Niki tenía razón. Se estaba comportando como una colegiala en vez de como una mujer adulta.

—¿Sabes por qué te traje aquí, Carrie?

—Sí, más o menos tengo idea —susurró al tiempo que miraba su ropa sobre el suelo.

—¿Supones que sólo para hacer el amor?

—No. Se me olvidaba. Querías enseñarme tu imperio, ¿no es cierto? Pretendías que entendiera tus «obligaciones» y la terrible carga que tienes que soportar.

—Es verdad. Deseaba que supieras por qué una Spirakis no puede enamorarse.

—Sí. Por favor no me hables otra vez de eso, Niki. Estoy harta de oírlo. De todos modos, tengo la seguridad de que hay muchas jóvenes adecuadas, de buena familia, deseosas de unirse a tu apellido y compartir tus responsabilidades.

—¿Y a pesar de saberlo, accediste a hacer el amor conmigo?

—¿Me quedaba otra alternativa? —preguntó enojada.

—Pudiste negarte —señaló, tranquila—. No estabas bajo ninguna amenaza, ni presiones, ni ataduras. ¿Recuerdas? Ahora comprendo que a pesar de tener todas las razones del mundo para odiarme y despreciarme, te entregaste libremente. Quiero saber por qué.

Sus ojos azules brillaron como zafiros y apretó los puños en señal de frustración. No tenía derecho de someterla a esa clase de interrogatorio. Ya conocía los secretos de su cuerpo, pero eso no era suficiente para Niki, porque deseaba también usurpar su mente.

—Dímelo, Carrie —su voz ahora parecía más áspera e insistente—. Es importante. Tengo que saberlo.

—¡Está bien! El motivo es que lo deseaba —se paró con rapidez y recogió su ropa interior—. No aparentes desconocer el efecto que ejerces en las mujeres. No soy distinta de otras… conquistas. Algo más para presumir.

—El sexo es un asunto raro, Carrie —sonrió mostrando su blanca dentadura—. Se supone que es un acto de amor, pero en la mayoría de los casos es un acto de egoísmo, y mucha gente se entrega a él, por el placer que reciben. Pero no es tu caso. Estabas tan preocupada por complacerme, como a ti misma. Solo las personas enamoradas lo hacen.

Niki terminó de vestirse.

—Esa fue la verdadera razón por la que te traje aquí —añadió—. Para averiguar tus verdaderos sentimientos. Aunque sigas negando que me amas, sé muy bien lo que existe en tu corazón.

—Supongo que ahora estás contenta —la increpó con amargura—. Tu victoria es completa. No sólo existe una posibilidad de que hayas echo que embarazaran a una estúpida, sino que también está enamorada de ti —una lágrima rodó por su mejilla y, enfadada, la enjugó.

—Estás totalmente equivocada, Carrie —sacudió la cabeza—. Si quieres enterarte de la verdad, yo…

—¡Verdad! —gritó—. ¿Qué demonios sabes de la verdad? ¿O de la decencia? ¿O del respeto por los sentimientos ajenos? Aunque me hayas salvado de la violación de tus dos primos, hay muy poca diferencia entre ellos y tú. No me sorprende que tu propia hermana no desee saber nada de esta familia —otra lágrima rodó por su mejilla—. Espero que termines casándote con una bruja de negros sentimientos, que convierta tu vida en un infierno.

—Quizá lo haga, después de la forma en que la he tratado —suspiró pesadamente.

—¡Fantástico! —Le lanzó la pulla—. Le deseo felicidad.

En sus ojos y en su sonrisa había algo que ella nunca había visto antes. ¡Calidez! No la acostumbrada ni el sarcasmo que parecía formar parte de su personalidad. Carrie la miró, preguntándose qué pasaba por aquella mente diabólica. ¿Alguna otra forma de humillarla? No era posible, no con una sonrisa como ésa. Su confusión aumentó al verla extender los brazos.

—Ven, Carrie.

—¿Por… por qué? —la boca se le secó y la miró con desconfianza.

—Porque es adonde perteneces.

—Te lo advierto, Niki. Deja de burlarte de mí. Ya no soporto más.

—No es una burla, Carrie —le aseguró con voz tranquila.

—Sí, lo es —le clavó los ojos de forma retadora—. Ahora… ya te conozco.

—Vas a tener que aprender a no discutir conmigo, Carrie —suspiró con dulce desesperación—. Por lo menos en público. No deseo que la gente opine que Niki Spirakis no puede controlar a su esposa.

Prefirió guardar silencio, temerosa de decir algo inadecuado. Parecía como si… como si… Pero no era posible. Había oído mal.

—¿Qué pasa? —Frunció el entrecejo—. No has oído lo que te he dicho. ¿O no deseas convertirte en la señora Spirakis?

¡Ahora ya no había error! ¡Le estaba pidiendo que se casara con ella! Se humedeció los labios con la lengua, llena de nerviosismo.

—¿Por qué? —preguntó al fin—. Quiero decir… después de todo lo que dijiste sobre… —se quedó sin palabras. Si le pedía que se casara con ella quizás era porque le daba lástima, o por el hijo que tal vez llevaba en su vientre…

—Porque te amo, Carrie.

—Pero… pero mencionaste que… tu deber…

—Estaba equivocada por completo. Carrie. ¿Vienes a mis brazos o tengo que obligarte?

Dio un paso hacia adelante, después otro y sin darse cuenta los brazos de Niki la rodearon.

Incluso en ese momento, no confiaba en la evidencia de sus propios ojos o sentidos. No podía permitirse creer en lo imposible. ¡Estaba soñando! ¡Sí, era un sueño! Habían hecho el amor en el diván y ella se había quedado dormida entre sus brazos. En cualquier momento despertaría. Y sin embargo… era tan real. Sentía la fuerza de sus brazos… oía los latidos de su corazón… percibía su aliento cálido sobre la mejilla.

—Aún no me has contestado, Carrie —susurró Niki.

—Sí, Niki. Me casaré contigo —la emoción le agarrotaba la garganta—. Si estás segura… quiero decir… completamente segura de que me amas.

—Gracias a Dios —dijo en tono ardiente y Carrie pudo percibir el alivio que invadía el cuerpo de Niki—. Después de la manera en que te he tratado, nunca imaginé que podrías perdonarme.

—Ni yo tampoco, Niki. Pero nunca supuse que una mujer como tú se enamorara de mí.

—Oh, estoy enamorada de ti, cariño. No lo dudes ni por un minuto —su voz estaba cargada de reproche—. No ocurrió de inmediato, amor mío. Al principio fue sólo un… sólo un sentimiento que trataba de ignorar. Pero durante la tempestad, el sentimiento se convirtió en algo más sólido. Algo que no podía pasar desapercibido más tiempo. Pero no podía permitir que ocurriese —soltó una carcajada de desaprobación contra sí misma—. Traté de explicártelo… incluso cuando estaba diciendo tonterías sobre mi deber y el honor de mi familia, las palabras se pegaban en mi garganta. Y anoche me di cuenta de la clase de honor familiar que estaba decidida a defender.

—No, amor mío —colocó un dedo sobre sus labios para calmar el dolor de la culpabilidad—. Tú no tuviste la culpa. No eres responsable de las acciones de esos…

—No. Estás equivocada. Yo soy la responsable. Aunque nunca me gustó Theo, deliberadamente cerré los ojos a la clase de hombre que era porque se trataba de un Spirakis, y la lealtad familiar siempre había sido lo primero —le acarició el cabello y la miró a los ojos—. Ahora sé lo equivocada que estaba. En una ocasión te comenté que era una realista, pero tardé mucho en comprender la verdad.

—¿Qué verdad? —se puso de puntillas para besarla con ternura.

—Que el amor es más fuerte que la lealtad ciega —le devolvió el beso y continuó—: Mis bisabuelos, que empezaron todo esto se amaban, y debió de ser ese amor el que los sostuvo durante aquellos años de arduo trabajo y privaciones. Pero parece que la familia Spirakis ha olvidado esa verdad y lo único que les interesa es su propia vanidad. Todo eso va a cambiar Carrie. Tú y yo nos encargaremos de ello.

Era el discurso más largo que ella había oído, y estaba segura de que le brotaba del corazón. Su único deseo era que su hermano aún estuviese vivo para atestiguar eso, porque ahora Niki y él se llevarían bien.

Su pulso acelerado comenzaba a normalizarse, ya que todos sus temores y dudas habían desaparecido, y en su lugar se hallaba un sentimiento de felicidad. Sólo faltaba algo por solucionar.

—¿Y en relación con Helen y Jimmy?

—Ah, sí. Nuestro par de amantes fugitivos —declaró pensativa—. Tengo con ellos una enorme deuda de gratitud. Carrie. De no haber sido por ellos, mis ojos jamás se habrían abierto al amor. Y nunca te habría conocido.

—Ansío conocer a tu hermana, Niki —le sonrió de manera extraña—. Tengo una idea… Estoy segura de dónde se encuentran. Por qué no zarpamos desde aquí y…

—Creo que es mejor que se queden con Kati unos días más. Después los traeremos de regreso.

—¿Cómo sabes que están en la isla de Kati? —preguntó, asombrada.

—Cuando supe que Jimmy había robado un barco, me pregunté a dónde se habrían dirigido. Supuso que mandaríamos gente al Egeo a buscarlos, de modo que sin duda estaban en una isla aislada, donde se sintiera seguro —le dio un beso en la frente para tranquilizarla—. Tan pronto como el Miranda esté listo, iremos a darle las buenas nuevas. Si aún no están casados, arreglaremos una boda doble.

—Pero… el Miranda está listo para salir de inmediato.

—¿Y arruinarles su felicidad? —levantó una ceja—. Están en una isla apartada con una playa preciosa. Están enamorados y tienen que recuperar el tiempo perdido. Si estuvieras en su lugar, ¿te agradaría recibir visitas?

—Supongo… que tienes razón —sonrió un poco avergonzada—. Nunca lo consideré desde ese punto de vista.

—En cuanto al Miranda… —la tomó de la mano y caminó en dirección a la puerta—. Sígueme. Tengo una sorpresa para ti.

Bajaron por la montaña rumbo a la camioneta. Niki sacó unos prismáticos de la guantera y se los entregó.

—Observa tu barco y dime qué ves.

—Hay hombres en la cubierta, Niki —le informó ceñuda—. ¿Qué le están haciendo a mi barco?

—Cumplen órdenes que les di esta mañana —la miró de reojo y sonrió para disculparse—. Incluso antes de que accedieras a casarte conmigo, hice planes. Esos hombres van a hacerle un arreglo completo al Miranda. Cuando terminen, el camarote será tan bueno como el de cualquiera de nuestros cruceros de lujo —después de quitarle los prismáticos los dejó en la camioneta y la rodeó por la cintura—. El Miranda es un magnífico barco. Aunque sus mejores tiempos ya han pasado, jamás terminará en un montón de chatarra mientras tú y yo vivamos, amor mío. Nos ha dado demasiados buenos momentos.

—¿Por ejemplo la vez que arreglaste el timón y tuve que enjabonarte la espalda?

—La forma en que luchó contra la tempestad —la apretó con más fuerza—. Y la primera vez que hicimos el amor en cubierta… bajo las estrellas.

—Y la mañana siguiente —le recordó—, cuando me tiraste por la borda… y yo estaba segura de que me ahogaría, pero me salvaste… a tu manera.

Se miraron a los ojos compartiendo los recuerdos… las risas… el peligro… el amor. Sus labios al fin se encontraron con una ternura que expresaba todo. Después de lo que habían sufrido, ese amor sería eterno.

Fin

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