Ventajas de ser alto.

Para alguien cercano a los 2 metros de altura vivir en un entorno en que casi nadie pasa de 1:80 significa mirar por encima de la cabeza a todos. Con el género femenino es aún mayor la diferencia ya que la chica mas alta que conozco no llega a 1:70.

Desde muy joven esta diferencia de altura me ha supuesto un problema y aún recuerdo las broncas de mi propia madre por ir encorvado, ya que inconscientemente trataba de situarme a la altura de mis amigos.

Afortunadamente superé este complejo y ahora, a mis 35 años suelo andar bien erguido, pero como comento, mis opciones en lo que a mujeres se refiere son mas bien pocas, ya que a chicas que miden, de media, 1:65, no parece gustarles un chico de 1:97.

Y no, no es cosa mía, es decir, no es que mi aspecto o mi personalidad les eche atrás. Durante la época universitaria en Madrid no tuve problemas en ligar con chicas altas, pero tras mis estudios tuve que volver a mi ciudad para trabajar en el negocio familiar.

Alguna vez he estado con alguna de las chicas altas de mi pequeña ciudad (y a todas ellas les saco la cabeza), pero lo que tienen de altas lo tienen de desgarbadas y de poco guapas. En definitiva, poco atractivas.

Últimamente la media de altura esta creciendo, pero como se puede comprender, ni quiero ni puedo ligar con chicas de 16 años, que son las que comienzan a superar los 1:75. No soy un asalta-cunas y menos me metería en algo ilegal.

Así las cosas, mis relaciones sexuales no eran muy abundantes. Incluso muchas veces había pensado dejar el negocio de mi padre e irme a Madrid a trabajar. Pero para mi padre, su pequeño negocio es su vida y sé que le dolería mucho que lo dejase y tuviera que cerrarlo o venderlo.

Todo esto hasta que conocí a mi pequeña Ana.

Una tarde, justo después de la hora de la comida, en el hipermercado que hay aquí estaba haciendo la compra. Me gusta hacerla a esa hora ya que, aparte de ajustarse a mi horario, el hipermercado esta prácticamente vacío y se hace la compra sin esperas. A esas horas, aparte de un par de cajas abiertas y una persona en cada mostrador de carnes o pescados, no hay mas personal pululando y apenas hay clientes.

Cuando pasaba por el pasillo donde están las galletas y panes de molde vi a una mujer intentando alcanzar un producto que estaba en una estantería alta. La mujer apenas mediría 1:65 y ni aupándose apoyada sobre el carro que llevaba podría llegar al producto.

Yo estaba como a 3 metros de ella cuando oí como me pedía ayuda.

– Por favor, me puedes ayudar un momento?

– Si, claro -dije mientras me giraba a ver que quería.

La mujer tendría unos 30 años. Era mas bien baja, pero tenía un cuerpo con unas proporciones perfectas. Era morena, el pelo casi negro, y su piel bastante oscura para la época en que estábamos, finales de Abril. Supuse que ese moreno era debido a estancias más o menos largas en estaciones de esquí.

– Me puedes alcanzar esa caja de galletas verde? -dijo mientras señalaba una caja donde el color verde predominaba.

– Esta? -dije tocándola con un dedo.

– Sí, esa. Es que como tu llegas -dijo al tiempo que le bajaba la caja.

Cuando se la dí me regaló una sonrisa preciosa mientras me daba las gracias.

Me despedí de ella y seguí mi camino, la ruta habitual que sigo para hacer la compra. Tras pasar otros dos pasillos de nuevo estaba esa mujer mirando las estanterías. Llevaba un pantalón negro bastante ceñido y una blusa roja que le dejaba un tremendo escote por la espalda, sin posibilidad de llevar sujetador.

Se volvió un poco y al verme, con una sonrisa dio unos pasos hacia donde yo estaba.

– Me vas a perdonar -dijo-, pero si eres tan amable de acercarme un bote de mostaza…

– Jeje, es que los ponen tan altos -dije sonriendo-. No te preocupes, cual es?

– Ese -dijo señalándolo.

– Toma -respondí dándoselo.

– Perdona, ehh.

– No te preocupes. Es verdad que a esta hora apenas hay empleados en los pasillos.

– Y muy poca gente -dijo ella tratándose de disculpar por reclamar mi ayuda.

– Bueno, si necesitas alguna cosa más no tienes más que decírmelo.

– Gracias, de verdad. Espero que no sea necesario.

Como a mí me quedaba sólo una cosa por coger antes de irme y tampoco tenía urgencia en volver al trabajo, la ofrecí mi ayuda.

Juntos recorrimos un par de pasillos y sólo en una ocasión la tuve que ayudar. Para otros productos que cogió, en los que necesitó elevar su brazo, pude ver como la fina tela de su blusa dejaba marcar sus pechos y los pezones se la notaban, debido, quizás, a que estábamos en la zona donde hay productos refrigerados y es una zona mas fresca.

Terminados de comprar nos dirigimos a las cajas. En el camino me dijo que se llamaba Ana y repitió varias veces que me estaba muy agradecida por la ayuda.

Sólo había una caja abierta y la cedí el paso. Colocó todos los productos en la cinta y la cajera fue pasándolos al tiempo que Ana iba embolsando las cosas a toda velocidad. Sus pechos se bamboleaban y yo estaba absorto en ese movimiento. Un par de veces me pilló mirando su cuerpo, ante lo cual, yo ponía una sonrisa como de compromiso.

Pagó y fue retirando sus bolsas. Había hecho una gran compra y llevaba unas cinco bolsas que parecían pesadas.

Mientras yo pasaba mi compra ella estaba a unos metros de la caja tratando de pensar como llevar las cinco bolsas. Cuando terminé, dado que yo llevaba solo una (eso si, grande y colgada del hombro) me ofrecí a ayudarla.

– Ana, si quieres te ayudo a llevar esto al coche -dije señalando las bolsas que aún tenía en el suelo.

– Pues de verdad te lo agradezco, pero es que no he traído el coche.

– Bueno, pues si quieres -dije viendo lo apurada que se la veía- vamos al mío y te dejo en tu casa.

– De verdad? -preguntó un tanto incrédula.

– Si, mujer. No es molestia.

Hasta ese momento ni se me había pasado por la cabeza algo mas que recrearme mirando sus curvas y su pecho, pero mientras bajábamos por la rampa al garaje comencé a pensar que, si bien en otro momento, quizás podría sacar a esa chica una invitación a tomar algo o a cenar. Claro que podría estar casada y tener pareja, pero era un riesgo a asumir. En el peor de los casos, era agradable tenerla al lado mientras la acercase a su casa.

Metimos todo en el coche y nos montamos. Aunque el día era algo caluroso, tampoco era demasiado, pero yo puse el aire frío al máximo. Ya imaginaréis que trataba de que, por el frio, sus pezones se erizasen y así notarlos a través de su blusa. Sería una contraprestación a la ayuda dada.

Y acerté. A los dos minutos, antes incluso de salir del garaje del hipermercado sus dos pezones se marcaban bajo la blusa.

Aunque vivía relativamente cerca de la tienda, en coche el recorrido era un poco largo ya que la dirección de las calles obligaba a dar un rodeo. Durante ese rato me comentó que acababa de llegar a la ciudad. Que trabajaba en un hotel de una conocida cadena y aún se estaba instalando en una casa recién alquilada. Yo, cortésmente, la di la bienvenida a nuestra ciudad y con un par de preguntas, no directas, la saqué que ni estaba casada ni tenía pareja.

Llegamos frente a donde vivía y conseguí aparcar justo en la puerta.

– Te ayudo a subir las bolsas? -pregunté-. Como llevas tantas.

– Ah! pues, sí, te lo agradezco.

Bajamos del coche y cogí cuatro de las cinco bolsas, tratando de hacer gala de los no muy abundantes músculos cosechados en mis pocas horas de gimnasio. Mi cuerpo es bastante equilibrado y aunque me gustaría tener músculos mas marcados, a veces el trabajo y a veces la pereza hacen que no visite mucho el gimnasio al que estoy suscrito. Pero como digo, a pesar de mi vagancia, no tengo mal cuerpo. Cosas de la genética, supongo.

Ana abrió la puerta de la calle y ambos nos dirigimos al ascensor. Pulsó la 4ª planta y el ascensor subió.

Cuando paró el ascensor salimos y dejando las bolsas en la puerta de su piso yo ya me temía que todo había terminado. El problema era que no sabía como hablarla para invitarla a quedar a tomar algo o a cenar.

Pero, por suerte, ella se me adelantó.

– Te apetece un café? Tampoco te puedo invitar a más porque apenas estoy instalada.

– Pues sí, me apetece. Y no te preocupes, con el café es más que suficiente.

Entramos en su casa. Estaba todo bastante inhóspito. Se veían varios muebles viejos y pasados de moda, típicos de pisos de alquiler. Pasamos a una cocina, que sin ser muy moderna, si que estaba bien amueblada. Tanto la cocina como el salón daban a una enorme y vacía terraza, ya que se trataba de un ático.

Mientras ella colocaba las bolsas me dijo que me sentara en un sofá del salón y que esperara un momento a que preparase un café. Sin embargo me quedé de pié junto a la cristalera que daba a la terraza contemplando las vistas, que eran magníficas.

Unos minutos mas tarde, Ana pasó por el salón en dirección a su dormitorio. Me dijo que el café estaba ya preparándose y mientras ella iba a cambiarse.

Al rato, salió de su habitación con una camisola como de andar por casa que dejaba a la vista buena parte de sus piernas. Como era sin mangas el hueco dejaba ver el nacimiento de sus pechos.

Tampoco en ese momento pude ver mas ya que corrió a la cocina a ver si el café había terminado.

– Con azúcar? -oí que me preguntaba.

– Si, por favor, una cuchara. Ah -dije levantándome y dirigiéndome a la cocina-, y si puede ser, solo con hielo.

– Pues… déjame ver si tengo hielos. -contestó.

Como sí que tenía, y en la casa hacía calor, ella también se lo preparó así. Juntos fuimos hacia el salón y nos sentamos cada uno en un lado del único sofá que había. Ella subió una de sus piernas colocándola bajo la otra, permitiéndola estar sentada mirándome.

– De verdad, Mario (es mi nombre), muchas gracias por ayudarme.

– No te preocupes -contesté-, al contrario, ha sido un placer. Y así me he ganado un café -dije guiñándole un ojo.

– Que menos! Además tomar el café en compañía es muy agradable.

Al soltar ella el vaso sobre la mesita el hueco de la manga se abrió de modo que pude contemplar su pecho. No era grande, pero su forma era bonita y bien proporcionada. En mi pantalón comenzó a notarse un ligero abultamiento. Cuando se incorporó de nuevo a su posición en el sofá vi como miraba con disimulo a mi entrepierna. El gesto de su cara cambió y su mirada era algo más sensual.

De una forma intentando parecer casual, movió su brazo de modo que la camisola subió dejando mayor porción de su pierna al descubierto. Al tiempo se inclinó un poco hacia mí. Dado que, por mi altura, el punto de vista es mas alto, a través del pequeño escote que tenía podía ver el canal que forman sus pechos. Intentaba no mirar pero me era imposible dejar de hacerlo. Con todo esto, el pequeño bulto en mi pantalón no dejaba de crecer y era ya en este momento claramente visible. Con mi brazo trataba por todos los medios de taparlo.

Yo intentaba llevar la mente a cualquier otro sitio para bajar la erección (pensaba en cosas del trabajo) pero me era imposible. Así, pensé, me va a ser imposible quedar con ella para cenar. Va a pensar que soy un salido.

– El problema de este piso -dijo en medio de la conversación- es el calor que hace. Ni me imagino como será en verano.

– Aquí los veranos no son demasiado calurosos -respondí-, pero llevamos unos días con unas temperaturas muy altas.

– Es que, es estar aquí un rato y fíjate -me dijo alargando su mano hacia mí-, mira, tócame en el brazo. Verás como estoy sudando.

Sin darme cuenta, moví el brazo que tapaba mi erección para comprobar lo que me decía y los ojos de ella se dirigieron directos a mi entrepierna. Yo al darme cuenta me ruboricé y me quedé completamente callado sin saber que decir.

– Será producto del calor, no? -me dijo con cara divertida señalando el bulto en mi pantalón.

– La pena es que no tengo aire acondicionado para bajarlo… aunque se me ocurre otra forma -dijo al tiempo que su mano se plantaba sobre mi entrepierna. Yo estaba callado muerto de vergüenza.

– Ufff -me dijo con los ojos muy abiertos mientras se relamía los labios-, como estás!

– Lo siento… es que… yo.. -trataba de disculparme.

Ana de pronto se quitó la camisola quedando sólo con un pequeñísimo tanga, casi invisible. Señalándose dijo:

– Te ha pasado eso por ver esto?

– Si, joder, es que estas muy bien.

– Pero no es justo -dijo-. Que me hayas ayudado no te da derecho a verme desnuda. Al menos, tú también deberías estarlo.

Sin darme tiempo a reaccionar me puso de pie y comenzó a desabrocharme los pantalones. Yo al tiempo me dispuse a quitarme la camisa. En un instante yo estaba como ella, sólo con un slip por el que sobresalía la punta de mi pene.

– Míralo, pobrecillo, debe sentirse mal ahí apretado.

Y de un tirón me bajó el slip. Mi polla saltó por fin libre.

Ana me cogió por las piernas y elevándome hacia si misma dejó mi polla justo al lado de sus labios.

– Y qué es lo que podemos hacer con esto? No sé si se bajaría con frío o con más calor -decía con sus labios a escasos dos centímetros de mi polla.

Yo estaba deseoso de que de una vez la metiera en su boca, ya que todo apuntaba que así sería. Pero Ana cogió uno de los hielos del café y lo pasó por mi polla.

Emití un leve quejido que ella aplacó engullendo de un golpe mi polla.

– Ahhh -gemí.

– Mejor así que con hielo, no? -contestó sacando por un instante mi polla de su boca.

– Siii, mejor, mucho mejor -dije al tiempo que de nuevo mi polla entraba en su boca.

Su lengua se deleitaba con cada pliegue de mi polla. Sus labios la abrazaban fuertemente al tiempo que la recorrían de atrás a adelante repetidas veces. Mientras yo bufaba disfrutando del momento, Ana se aplicaba a mamarme la polla emitiendo leves gemidos que conseguían que me calentase más aún.

Tras unos cinco minutos, estimo, mi excitación estaba llegando a un punto de no retorno, por lo que decidí yo mismo salirme de su boca.

– Estoy que me corro -dije-, vamos a esperar un poco.

Cogiéndola de los brazos la incorporé y fui yo el que me senté en el sofá. La senté sobre mis piernas y sin darla tiempo a pedir nada me lancé a besar sus pechos. Mientras la abrazaba y una de mis manos masajeaba su trasero, mi lengua recorría sus pechos haciendo paradas para relamer sus enhiestos pezones.

Ana tenía unos pechos deliciosos… y me refiero al sabor. No sé qué perfume se habría echado pero, si bien el olor no era muy perceptible, el sabor que dejaba en mi lengua era dulzón pero muy agradable. Así pues, yo la chupaba como si se tratase de dos enormes caramelos mientras sus gemidos iban creciendo.

Una de mis manos, a estas alturas, se había posado sobre su coño. El tanga estaba ya completamente humedecido de sus flujos.

Dejé de chuparla sus pechos y la puse en pie. Aproveché para quitarla su tanguita. Ante mi tenía un coñito completamente depilado.

Apreté a Ana contra mí y mi boca fue directa a chupar su rajita. Mi lengua degustaba sus flujos ávidamente mientras ella se convulsionaba. Supongo que era tal la calentura que tenía que al poco tiempo de esta comiéndola su vagina Ana se corrió. Su coño se encharcó por completo.

Aprovechando esa humedad, la senté sobre mí a horcajadas y me eché un poco hacia atrás. Cogiéndola por la cintura, casi de un golpe la ensarté en mi polla.

– Ahhhh -chilló Ana-, Que gustooo!!!

Con mis manos la aupaba y la bajaba clavándola en mi polla. Ana con sus manos frotaba sus pechos y se apretaba los pezones entre los dedos. Tras unas cuantas metidas volvió a convulsionarse y a correrse de nuevo. En mi polla notaba la tremenda humedad que emanaba de su coño, que resbalaba llenándome los huevos.

Se dejó caer sobre mí y con sus brazos me cogió pasándolos por debajo de los míos y abrazándome los hombros. Debido a la diferencia de alturas, su boca no llegaba más arriba de mi cuello, el cual besaba y chupeteaba al tiempo que entre suspiros me pedía que la follase duro.

Al poco rato se separó un poco de mí. Puso sus manos sobre mi pecho y apoyándose en mí comenzó a cabalgarme a un ritmo endiablado mientras emitía sonidos guturales alternados con jadeos de puro placer. Una vez más se corrió y cuando dejaba de convulsionarse ya mi calentura estaba a tope.

– Me voy a correr!!

Avisé ya que lo habíamos hecho sin condón y no quería sorpresas pasados 9 meses. Pero ella parecía hacer oídos sordos y comenzó de nuevo a correrse entre aullidos.

Un minuto más tarde vi que no podría retenerme más, así que cogiéndola de la cintura la saqué de mi polla. Su cara quedó con una mueca de sorpresa como la de una niña a la que la quitas el juguete, pero segundos más tarde reaccionó y se lanzó a comerse mi polla.

Notar como sus labios abrazaban mi tronco fue la gota que colmó el vaso. Comencé a soltar leche como hacía mucho tiempo no soltaba. Fueron no menos de seis lefazos que su boca aguantó perfectamente y ella tragaba paladeándola.

Tras el orgasmo me dejé caer hacia atrás y ella se aplicó a dejar completamente limpia mi polla.

– Uau! Vaya polvazo! que gusto -dije.

– Uff… tienes razón. Que ganas tenía -me contestó Ana al tiempo que se sentaba a mi lado y con una mano agarraba mi pene.

Como dos autómatas nos fundimos en un beso húmedo. Caí en la cuenta que no nos habíamos besado en la boca antes. Siempre había sido al contrario, primero besos y si acaso, después, el polvo. Pero con Ana parecía ser diferente.

Miré mi reloj y vi que ya eran pasadas las cuatro de la tarde. Afortunadamente no tenía nada urgente en el trabajo ya que ni había pensado en ello y me había dejado llevar por la sensualidad que exhalaba Ana.

– Es tarde? Te tienes que ir? -preguntó casi con preocupación.

– Bueno, si, es tarde, pero no tengo prisa -la dije con la mejor de mis sonrisas-. Prefiero estar contigo.

Al oír esto, se acurrucó sobre mí. Yo la dejé un rato ya que se la veía feliz. Pero pasados unos minutos, o bien volvía a mi trabajo o ambos volvíamos a la carga. Ella debió notar mi impaciencia por que, sin moverse de donde estaba, dijo:

– Aunque estoy muy a gusto creo que va siendo hora de que nos vistamos. Te parece?

– Pues si… -contesté- un fastidio, pero creo que es hora de vestirse.

– Y si..? -dijo, pero deteniéndose antes de terminar la frase.

Por lo que después me contó, en ese momento se preguntaba si yo estaría casado o tendría pareja, ya que no había dicho nada al respecto.

– Que ibas a decir? -pregunté.

– Nada. Déjalo. No es importante.

Tras un breve silencio, no se conformaba con la incertidumbre y volvió a preguntar:

– Tienes pareja o esposa?

– JAjajaja -estallé en una risa-. Era eso?

– Si, era eso. Me lo preguntaba por si esta noche podríamos volver a vernos.

– Será un placer cenar contigo. Te parece si quedamos? Te invito.

Me comentó que no podríamos quedar a cenar ya que tendría que pasar por el hotel donde iba a trabajar para arreglar unas cosas y hasta pasadas las 12 no saldría. Por mi parte no había problema en cenar sólo y después visitarla. De citarme a esa hora todo parecía que lo que buscaba era una nueva sesión de sexo, la cual no estaba dispuesto a perderme.

Nos dimos una ligera ducha y mientras nos vestíamos quedé con ella en que pasaría a recogerla a sus salida para ir a dar una vuelta, como, creo, eufemísticamente los dos nos referimos al próximo polvo.

Me despedí de ella con un beso y bajé al coche. Llegué al trabajo y tras solucionar unos cuantos asuntos de no mucha importancia me fui a casa.

A las 12 menos cuarto estaba frente al hotel en el que Ana me había dicho que trabajaba. Se trataba de un palacio renacentista convertido, hacía unos años, en Hotel de cuatro estrellas, uno de los mas elegantes y caros de la ciudad.

Entré en el lobby que estaba prácticamente vacío. Mientras esperaba me iba a sentar a unos sillones cuando, al mirar a la recepción, vi que tras el mostrador estaba Ana.

Estaba revisando algunos papeles porque no me vio cuando me acerqué. Llevaba el pelo recogido con una coleta. Vestía con un uniforme del hotel: una chaqueta azul marino, en la que de un bolsillo colgaba una placa con su nombre, camisa blanca y una corbata a rayas azules con el logo de la cadena de hoteles. Al levantar la cabeza y verme puso una gran sonrisa en su cara y se incorporó. Debajo llevaba una falda de tubo que la llegaba a la altura de la rodilla.

– Ahh, que sorpresa! Ya estas aquí -me dijo.

– Sí… pero no te preocupes. Te espero sentado ahí -dije señalando a los sillones que había en el lobby.

– Lástima que la cafetería esté cerrada. Aún me queda un rato, hasta las doce.

– Bueno, es igual. Yo te espero.

Me dirigí a los sillones y tras sentarme ojeé unas revistas que había. Los escasos 15 minutos que faltaban para que saliera pasaron rápido. Como me senté de modo que podía ver la recepción, vi que unos minutos antes entro un chico que ya venía con el uniforme del hotel y que al rato estaban hablando.

Viendo que era la hora de su salida, me acerqué a la recepción. Ella salió y me dijo que se iba a cambiar.

La verdad es que por la hora que era sería muy difícil encontrar un sitio donde nos atendieran para cenar. Yo pensaba ir a un restaurante cercano que son clientes de mi empresa por si nos atendieran, pero habría que darse prisa. así pues, la dije que no hacía falta que se cambiara, que tal y como estaba nos íbamos por si nos cerraban. Por otra parte, el uniforme se le ajustaba bastante al cuerpo y la hacía un tipo magnífico.

Ana estaba un poco contrariada por tener que dejar su ropa en su taquilla, pero al final accedió y sólo fue a coger su bolso y en seguida volvió conmigo.

Salimos del hotel y tras alejarnos un poco y volver una esquina se paró frente a mí y cogiéndome del cuello me bajó un poco la cabeza y me plantó un beso. Ya, cogida de mi mano, fuimos andando rápido hacia el restaurante.

Por la hora que era, me costó un poco que nos atendiesen, y si no llego a ser yo, que soy bastante conocido del dueño y buen cliente, no nos hubieran atendido.

Dado que apenas quedaban clientes, cenamos más bien rápido. Lo justo para tomar fuerzas ya que tenía en mente una nueva sesión de sexo con Ana.

Tras salir del restaurante, Ana me dijo de ir a tomar una copa pero, poniendo una de mis manos sobre su entrepierna la dije que me apetecía otro tipo de fluido. Sonrió de forma cómplice y ya en en coche nos dirigimos a su casa. Durante el trayecto su mano sobaba mi paquete y mi polla al llegar a su casa estaba completamente erecta. Cuando iba a salir del coche la dije:

– A ver si me van a ver así. Que vergüenza!

– Es tarde, no creo que haya nadie. De todas formas yo te tapo -dijo poniendo su mano encima del paquete de nuevo.

Casi escondiéndome llegamos a su piso. Nada mas cruzar la puerta nos pusimos a desnudarnos mutuamente. Mientras la quitaba la chaqueta y la corbata ella me despojó de mi camisa. Casi a tirones la quité yo la suya. Después nos bajamos mutuamente pantalón y falda.

Al llegar a la mitad de su salón ya estábamos en ropa interior. Entre abrazos, besos y sobeteos nos fuimos despojando de ella. En cuestión de unos minutos estábamos completamente desnudos uno frente a otro.

Nuestras manos recorrían los rincones de nuestros cuerpos al tiempo que nuestras lenguas invadían la boca contraria y luchaban en una batalla caliente. Los jadeos y suspiros de ambos iban llenando el ambiente.

Poco a poco, Ana fue bajando, besándome y lamiendo mi pecho, después mi vientre hasta que llegó a mi polla. Durante un rato dio suaves lamiditas y bajó a mis testículos. Una de sus manos masajeaba mis glúteos mientras con su boca jugaba a comerse alternativamente mis huevos. Con la otra me estaba masturbando suavemente.

Pasado un rato, cuando vio que mi excitación iba en aumento, por fin su boca dio a mi polla las atenciones que requería. Muy despacio fue tragando hasta que pude notar que hacía tope. Noté como Ana cogía aire y acto seguido engulló lo que quedaba de polla. Nunca en mi vida nadie se había tragado mis 20 cm al completo. Y ahí, mirando hacia abajo, podía ver como la naricilla de Ana rozaba con mi pelvis y mi polla estaba por completo en su boca.

Se mantuvo así unos segundos hasta que salió un poco. Comenzó entonces un endiablado mete-saca que me llevó a un nivel de excitación mayor si cabe.

Mis manos sujetaban su cabeza queriendo marcar el ritmo, pero no era necesario ya que ella lo marcaba perfectamente.

– Ana! si sigues así me voy a correr enseguida -dije jadeando.

Como única respuesta noté como tomaba aire de nuevo y otra vez tragaba mi polla, esta vez mas lentamente, hasta la bola. Su mano se hallaba cerca de mi ano y noté como uno de sus dedos hacía presión por entrar en mi ano.

De nuevo se sacó la polla y me dijo que me relajara que vería como iba a disfrutar al tiempo que empapaba su mano en mi mojada polla. Tras esto volvió a la carga… felándome muy profundo y con su dedo sobre mi ano.

Ahora si que consiguió meter un poco del dedo, al tiempo que mi pelvis chocaba con su nariz. Sacó un poco la polla (y el dedo de mi culo) y volvió a la carga.

Repitió la maniobra varias veces y su dedo ya entraba más cómodo y al relajarme volví a disfrutar de su mamada profunda. Unos minutos mas tarde estaba de nuevo a punto de correrme, y no solo por la mamada sino por los toquecitos con su dedo en mi próstata.

– Joder! que gusto! me voy a correr…

Noté como al tiempo que se tragaba de un golpe mi polla hasta el fondo, su dedo entraba algo mas en mí. No me pude resistir y descargué varios trallazos de semen directos a su garganta. Mientras su cara no se separaba de mí, su dedo se movía rítmicamente dentro de mi culo, alargando un poco mas mi orgasmo.

Las piernas me temblaban así que ella, sacando su dedo y mi polla de su boca se aprestó a sujetarme. Fui tambaleándome hasta caer derrengado en el sofá.

– Madre mía… ¿que me has hecho? Que placer, Dios!!! -exclamé.

Ella se agachó y mientras sus labios limpiaban mi polla de los restos de la corrida decía como una gatita mimosa:

– Habrá que recuperarte para que puedas follar a tu nenita, verdad?

– Uff -respondí-, pues sí… me has dejado seco.

– Si es por eso, mi coñito esta muy húmedo.

– A ver? acércamelo.

Se subió de rodillas a horcajadas sobre mí y me puso el coño en la boca. Ciertamente estaba húmedo, chorreando. Mi lengua lo recorrió degustando sus flujos y lamiendo a veces su clítoris, momentos en los que notaba unos gemidos mas agudos.

Intensifiqué la comida de coño sujetándola con mis manos por las caderas aunque pasado un rato, al igual que hizo ella, una de mis manos la bajé para sobar su culo y tras humedecer con su propios fluidos un dedo, lo posé sobre su ano.

Di un par de lamidas a su clítoris y mientras se estremecía hice un poco de presión con el dedo que tenía sobre su esfínter. No fue necesario hacer fuerza. El dedo se coló en su ano al tiempo que Ana daba un respingo.

– Uau!!! méteme más -decía entre jadeos.

Mi lengua castigaba su clítoris mientras mi dedo iba profanando su entrada trasera hasta estar dentro de ella casi al completo.

– Vamos, cómeme toda!! -gritaba-

– ahhh!! prométeme que me vas a follar el culo!

Ups!!! Me estaba pidiendo que la follara por detrás!! En mi pequeña y provinciana ciudad eso parecía un sacrilegio, por lo que ni en el mas caliente de mis sueños había pensado en ello. Y ahora estaba con esta hembra que me lo estaba pidiendo. Mi pene, de un golpe, se puso completamente erecto y listo para el combate.

– Siii, te voy a follar toda. Te voy a abrir el culo -dije.

Fue decir esto y Ana estalló en un orgasmo muy intenso. Mi cara quedó completamente empapada de sus flujos. Pasados unos segundos, cuando se calmó un poco, se echo hacia atrás lo justo para mirarme a la cara. Puso la cara mas traviesa y viciosa que la recuerdo y poco a poco fue dejándose caer hasta que su ano estaba a escasos centímetros de mi glande.

Movió sus caderas lo justo para masajear un poco mi glande y acto seguido se bajó un poco más hasta que la punta de mi polla hacía contacto con su ano.

Muy lentamente, pero sin pausa, se dejó caer y se fue insertando mi polla. Su ano tragaba sin el mas mínimo gesto de dolor por su parte.

Cuando hubo terminado de empalarse, sus ojos me miraron fijos y directamente a los míos. Su mirada felina por momentos me intimidaba ya que hubo un momento de silencio de ambos. De pronto giró hacia arriba su cabeza y entrecerró los ojos

– Que llena me siento -dijo muy lentamente con una voz muy suave.

Poco a poco ella misma fue subiendo y bajando, controlando la penetración. Al poco rato, sus jadeos, al ritmo de sus vaivenes, iban aumentando el volumen hasta parecer casi gritos. Era un placer que yo desconocía. Por mi parte, sentir mi polla en ese agujero tan estrecho, que la abrazaba y apretaba, me estaba llevando al climax. Si algo hacía que me contuviera era que no me dejaba moverme y el ritmo era a veces pausado.

Ella de vez en cuando decía algo totalmente ininteligible, pero que sin duda era señal del intensísimo placer que estaba sintiendo.

Caí que al tiempo que me cabalgaba podría acariciarla su coñito. Nada mas llegar mi mano y tocar su clítoris sus movimientos aceleraron y en unos segundos se convulsionaba corriéndose descontroladamente.

Aún así, no paraba. Seguía cabalgándome a un ritmo bestial, tanto que por momentos me resultaba doloroso, pero ella parecía estar en otro mundo. Un mundo en el que los orgasmos se solapan unos con otros y todo, absolutamente todo, es placer.

Por fin conseguí que se levantase y se pusiera a cuatro patas sobre el sofá. Yo me situé detrás de ella y sin pensarlo, de un golpe, le metí toda la polla en el culo.

Ana chillaba pero de placer. Ahora era yo el que empujaba y marcaba el ritmo. por consiguiente, el placer que yo sentía iba en aumento. Ver además como mi polla se enterraba en su ano me ponía más caliente aún.

Sólo aguanté unos minutos más en esa posición. Cayendo casi rendido sobre ella me corrí en su culo abundantemente. Ella, que acariciaba su clítoris, se corrió también al tiempo. La habitación era un mar de gritos y jadeos de placer de los dos.

Caímos literalmente rendidos al sofá con mi polla aún en su culo. Al querer besarle, y debido a mi altura, tuve que sacar la polla y de su culo manaba mi semen. Nos fundimos en un beso caliente y húmedo, satisfechos mientras las últimas ráfagas de placer se apagaban.

Como dos minutos estuvimos relajados y callados hasta que Ana rompió el silencio.

– ¿Quien me iba a decir a mí que iba a tener tan buen recibimiento en esta ciudad?

Yo sonreí con su ocurrencia.

– ¿Quien iba a decir a las gentes de esta ciudad que iba a venir una mujer así? -le respondí.

De nuevo unos cuantos besos. Pasados unos minutos, vimos en un reloj de pared que eran cerca de las 2 de la madrugada. Ana se sobresaltó un poco debido a que al día siguiente debía madrugar. Lamentó que no nos hubiera dado tiempo a follar su coñito pero no había tiempo.

Yo, aunque tengo un horario, puedo, si quiero, llegar algo mas tarde, pero también debería levantarme temprano. De todos modos la dije que al día siguiente, una vez descansado, tendría que ocuparme de su coño.

Con pesar me tuve que vestir (ella siempre duerme desnuda) e irme de su casa.

El día siguiente por la tarde de nuevo nos vimos y la sesión de sexo desenfrenado sólo duro hasta la una. Y así un día tras otro, antes de la una de la madrugada no terminábamos, rendidos, de jugar con nuestros cuerpos.

Vimos que a ese ritmo no podríamos seguir mucho tiempo.

Hoy en día, mi pequeña Ana, como cariñosamente la llamo, y yo vivimos juntos y aunque las sesiones de sexo se alarguen algunos días, sabiendo que a la mañana podemos retomarlo, al menos descansamos algo más y a veces aprovechamos el rato tras la comida para un polvete rápido, con lo que el balance es muy satisfactorio.

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