Viaje Inesperado VIII

La habitación estaba a oscuras, a excepción de los diminutos rayos de sol que apenas quedaban del día. Clarisse se adelantó dejándola sola y se tuvo que quedar parada en el mismo lugar pues no se atrevía a ir sola por el lugar. Al cabo de un rato, las dos estaban en un ascensor de acero y cristales oscuros. Cuando llegaron arriba, Clarisse saco una llave que introdujo por la cerradura de una puerta enorme de madera. Dentro, todo estaba silencioso y tranquilo.

Antes de que pudiera preguntar algo, Clarisse abrió unos ventanales que iban del techo al suelo y se apartó para que Giselle saliera al balcón.

Ahí frente a sus ojos, un hermoso lago se habría paso adornado por una hilera de casas con tejados grises y ventanas redondeadas. Clarisse la sujeto por la cintura desde atrás y acercó su boca a su oreja. – ¿Te gusta? – Giselle simplemente estaba maravillada. Echo la cabeza hacía atrás apoyándola sobre su hombro.

-¿Quién vive aquí?

-Es casa de mi padre. Se ha ido a pasar el fin de semana al campo.

-Creí que no te llevabas bien con él. ¿No le importa que traigas aquí a… tus amigas?

-Al fin y al cabo soy su hija. Son tan mías como suyas.

Se dirigieron al interior de un elegante salón adornado por una chimenea de mármol y candelabros de plata, al fondo había una librería llena de libros gruesos y antiguos.

-Es muy bonito. A tu padre deben irle muy bien las cosas, por muy malo que sea contigo. ¿A qué se dedica?

-Es arquitecto. Bastante famoso supongo. El dinero es de mi madre. Su familia es muy rica. Mi padre vendió nuestra antigua casa de campo para adquirir otra y yo me independice para ir a la universidad.

-¿Tienes hermanos?

-Dos. Pero ya están casados y con sus respectivos hijos y esposas. ¿Quieres beber algo?

-Sí, está bien.

Antes de marcharse, le tomo la cara entre las manos y le dio un urgente beso en los labios. Después desapareció. ¿A que estaba jugando? Giselle no quería beber nada, lo único que quería, era a ella.

Le era imposible quedase quieta. Iba de un lado a otro de la habitación, observando los detalles de la casa, puertas altas y estrechas, manijas alargadas, paredes perfectamente diseñadas con ventanas que se abrían hacía dentro.

-¡Champan! – Exclamó Clarisse llevando dos copas altas con incrustaciones de oro y una botella en la mano. Las sirvió y le entrego una. Sorbieron el líquido mirándose fijamente, peligrosamente.

-¿Te parece que soy divertida?

-Mucho – Clarisse se acercó y Giselle empezó a sentir que la sangre le subía a la cabeza.

-¿En serio? ¿Eh? – la sujeto por los brazos intentándole llegar a las costillas

-¡Si, si, si! – Exclamó entre risas – ¡Cuidado con mi copa! – Pero era demasiado tarde, el champan se había regado por su escote y el vestido – Cuidado, Clarisse, mi vestido…

-¿Qué vestido? – dijo divertida – ¿Qué vestido? ¿Ah?

Las manos de Clarisse bajaron hasta su trasero y empezó a subirle la falda. Giselle sintió cómo se las metía por debajo de la tela y las hacía subir por la piel e inconscientemente levanto los brazos mientras le sacaba la ropa por arriba. Clarisse bajo su cabeza hasta sus pechos para lamer el champán que se había esparcido por allí. Giselle entrelazó sus dedos en aquel cabello negro mientras notaba como la lamía, la mordisqueaba y la besaba.

Clarisse la sujeto de los hombros y la puso frente a un enorme espejo que hasta eso momento Giselle había ignorado.

-Mira que bien nos vemos

-Antes en el estudio, pensé que no te gustaba

-Me gustas toda… y también estos – dijo cubriéndole los pechos con ambas manos – Vamos a la cama… pero… nos llevaremos el champan, porque en tu piel sabe incluso mejor…

Pasaron un pasillo, una puerta, hasta que llegaron a una habitación con una cama enorme. Clarisse dejo la botella en el suelo y se tiró en la cama arrastrando a Giselle para ponerla encima de ella. Le beso las mejillas, los ojos, la nariz, la boca. Y ella le devolvió los besos con mayor intensidad.

Sus miradas se encontraron y Giselle sintió un latigazo de emoción. La intensidad de esa mirada la hizo sentirse atrevida y excitada.

En ese momento Clarisse le pareció la mujer más atractiva que había conocido en la vida. Simplemente le resultaba irresistible. El corazón empezó a latirle muy deprisa al tiempo que sus pensamientos prohibidos se colaban en su mente.

El roce incitante de sus labios la tomó por sorpresa. La boca de Clarisse la estimulaba con movimientos hipnóticos, que la dejaron sin aliento. Entonces le atrapó el labio inferior entre los suyos y lo succionó suavemente, para enseguida deslizarle la lengua dentro de la boca.

Ella respondió apasionadamente y ladeó la cabeza para darle mejor acceso. Su mano se hundía en su pelo, mientras que la otra se paseaba por la espalda desnuda.

Giselle jamás se había permitido más que algunas sesiones de preludio sexual, por lo que se sintió insegura frente a su experiencia.

-¿Estas bien? – pregunto Clarisse con voz ronca, asintió y comenzó a besarla otra vez, saboreándole la boca como si fuera de miel. La temperatura aumentaba y Giselle se deleitó con las sensaciones que le provocaba aquel vientre femenino; un cosquilleo le recorrió los pezones mientras sentía que se derretía de un modo delicioso. Aspiró su aroma y decidió que quería más, para ese entonces, el resto de la ropa había desaparecido.

Sintió una mano deslizándose por su costado hasta llegar a uno de sus pechos para acariciarle el pezón con sensualidad, trazando círculos con el pulgar. Una oleada de calor le invadió la entrepierna y deslizo su mano por el estómago para llevarla abajo. Aquellos besos la hicieron perder la noción de la realidad, todo se volvió borroso y levanto la cabeza para dejar que besara su cuello, después sus hombros, hasta meterse un pezón en la boca caliente y húmeda.

Clarisse la abrazó para obligarla a girar y quedar sobre ella. Se inclinó y la beso de nuevo, Giselle no podía con la sensación que le producía la suave piel y esos cabellos negros rozándole el cuerpo. Se froto contra ella apretándole la espalda, acariciándola y disfrutando de la textura de su piel.

La boca traviesa de Clarisse paseándose por sus pezones y su vientre la hizo experimentar sensaciones desconocidas. Tenía experiencia, sin duda y como si conociera sus deseos, continuó bajando hasta el ombligo.

Le beso la cara interna de los muslos y Giselle soltó un gemido cuando pegó sus labios a esa parte secreta de su cuerpo que estaba muerta de necesidad. La lamió con un ritmo pausado y ella se estremeció.

Giselle estaba tan excitada que no pudo ahogar los sonidos de placer que salieron de su garganta. La tensión en su interior se hizo insoportable, y se arqueó para pegarse más a aquella boca traviesa y juguetona, buscando con desesperación el orgasmo.

Clarisse empezó a succionarle la fuente de su femineidad, y las sensaciones de placer se apoderaron de ella haciéndola emitir gemidos entrecortados, ajena a todo a su alrededor excepto a la boca de Clarisse.

Cuando la miro a los ojos, su mirada era tan ardiente que sintió como si la estuviera consumiendo viva. Intento incorporarse pero Clarisse se lo impidió y deslizo sus muslos entre los de ella para ajustarse a su cuerpo.

Comenzó a moverse cadenciosamente mientras la besaba y la acariciaba, la combinación de su tacto y sus movimientos rítmicos era simplemente perfecto. Estaba caliente, tan excitada, que todo parecía disolverse en una bruma de sensaciones. Clarisse continuó rozando su sexo al de ella sin detenerse y se detuvo sobre sus codos para alcanzarle los labios.

La pasión explotó entre ellas como una llamarada inmensa. Giselle sintió como el cuerpo de su amante se tensaba al alcanzar el clímax ¿o era el de ella? Clarisse metió su rostro entre su hombro y su cabello jadeando fuertemente dándole pequeños besos cerca de la oreja. Jamás se había sentido tan unida a otra persona, como hasta ese momento.

Hacía mucho tiempo que Giselle no había compartido la cama con alguien como Clarisse. Por eso se la paso observándola por la madrugada después de hacer el amor varias veces más.

La conoció y la descubrió más durante esa noche. Clarisse era apasionada, pero también disfrutaba de los besos, besos largos que dejaban sin aliento, le gustaba que la tocaran con suavidad y que de vez en cuando la mordieran un poco. Recorrió su cuerpo con detenimiento y conto los pequeños lunares en su espalda besando aquel que estaba bajo su pecho izquierdo, antes de quedarse dormida.

Recordó que su estadía en París se estaba agotando, y una punzada en el corazón la devolvió a la realidad…

Adaptación Robyn S.

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