Xana, la Insaciable: Madre-Hija sin Límites

Damián vio cómo su dulce mujer despertaba lentamente. La miraba acaramelado, sabiendo la suerte que tenía al ser el esposo de alguien como ella, mientras ella abría los ojos y encontraba su sonrisa. Xana tenía su cabello negro y liso, revuelto y despeinado. Ella movió ligeramente los brazos y las largas cadenas que mantenían unidos los grilletes de sus muñecas a la pared titilaron con un bello soniquete. Entonces ella le sonrió.

-Buenos días –comentó aquella bella diosa y esclava a la vez.

-Buenos días, cariño –le saludó Damián.

A sus cuarenta y siete, Xana se mantenía en una forma espectacular. Su desnudez solo quedaba parcialmente cubierta por aquella vaporosa bata que quedaba en sus costados, pues al aire permanecía el resto de su lechosa piel, con aquellos grandes y voluminosos pechos coronados por dos pezones marrones, grandes y prominentes, así como por redondeadas aureolas. Poco más abajo, mucho más allá de su redondeada cintura y caderas, se encontraba su sexo, tan solo con una sencilla y rala capa de vello que refulgía ligeramente a causa de los jugos, esperma y saliva de los hombres que durante la noche anterior habían pasado entre aquellas dos piernas.

-¿Qué hora es? –le preguntó la mujer. -¿Ya es hora de empezar?

-Son las ocho –asintió Damián, que ya vestía su traje gris para acudir a la oficina. Aunque todavía le quedaban dos horas antes de la reunión con aquellos importantes clientes. –Creo que es hora de comenzar. Sabes cuáles son las instrucciones del maestro.

-Sí –asintió ella, feliz y alegre. –Sexo y ayuno hasta caer el sol.

-Eso es…

-Y lo que el cuerpo de mis amantes pueda ofrecerme –sonrió ella, satisfecha y disfrutando de aquella situación. Por algo su mujer era la rencarnación de una auténtica la diosa del sexo desenfrenado. Por eso era la persona a idolatrar por aquel familiar clan. Por eso el maestro les estaba guiando a todos por el mejor camino de conocimiento y Xana era la luz que lo iba iluminando.

-Eso es –concordó Damián, sonriente. -¿Tienes ganas de comenzar?

Ella no respondió con palabras, simplemente abrió sus piernas para que su esposo pudiera contemplar como los primeros jugos comenzaban a lubricar su vagina de una forma casi mágica, como siempre ocurría en aquel cuerpo convertido en templo para tantos hombres y mujeres. Un cuerpo que no conocía límites, pues Xana conseguía ultrapasarlos día a día, al igual que sus más allegadas vestales. Precisamente una de ellas era nuestra hija Lourdes, la cual entró en la habitación en ese momento, desnuda.

Damián observó el precioso cuerpo de su hija mayor, que a sus treinta años era toda una Venus. Más alta y delgada que su madre, con unos pechos más firmes y pequeños, con unas caderas más estrechas y aquel pelo castaño oscuro, rizado y con reflejos rubios. Lourdes tenía unos ojos vibrantes y salvajes, por eso era la mejor aprendiz.

-Hola –saludó, entrando a la habitación.

-Hola, hija –sonrió Xana. –Eres tú quien… -Lourdes asintió.

-Vamos a empezar tú y yo –escuchó decir Damián a su hija conforme se iba acercando a aquella enorme y ancha cama cuyas sábanas revueltas contenían aún el fuerte aroma del sexo, el sudor y los cuerpos que la noche anterior habían pasado por allí.

-Ya está húmeda –informó Damián a su hija.

-Estupendo –se mostró satisfecha Lourdes, llegando hasta los pies de la cama. -¿Tú ya te vas, papá? –le preguntó a su padre.

-¿Te gustaría que me quedase? –le respondió Damián a su hija con otra pregunta.

-Tengo bastante hambre. No he desayunado…

-Te vas a desayunar ahora el coño de tu madre –sonrió Damián, feliz con aquella morbosa situación.

-Y todos mis jugos, que no serán pocos, cariño –puntualizó Xana, recordando cómo la boca y la lengua de su hija conseguían arrancarle algunos de los más eléctricos y húmedos orgasmos que le habían hecho correrse y expulsar cataratas de jugos como nunca.

-No puedo esperar –dijo esta sugestiva, arrodillándose en el colchón e inclinándose hacia delante, al tiempo que Xana separaba aún más sus piernas e invitaba a su hija a introducir su boca en su húmedo coñito.

-Ven aquí –la llamó. –Ahhhhh… -cerró los ojos y gimió al notar de lleno los labios de hija en su sexo y como su lengua se abría paso en su caliente chochito.

Damián sonrió al ver a ambas unirse en aquel cunnilingus y se removió, colocándose la erección dentro del pantalón. Su tremenda polla apenas lo soportaba. Para él era siempre lo mismo. Igual que para todos los hombres de la familia y del clan. Veía como su hija Lourdes se llevaba una de sus manos a su coño también y se masturbaba su erógeno y abultado clítorix, al tiempo que gimoteaba y restregaba toda su boca, su nariz, su barbilla y cara contra la vagina de la que ella misma había salido.

-¡Qué rico, mamá! Es el mejor coño que he probado nunca. No me canso nunca de comértelo, eh.

-¿Te gusta más que el de tu suegra Ágatha? –le preguntó Damián a su hija con picardía, nombrando a la otra mujer importante del clan, su suegra, la madre de su yerno Pascual. Ágatha tenía un cuerpo redondo y entrado en carnes que a Damián le encantaba. Era mayor que Xana, de 51 años, y tenía enormes y gigantescas tetas, gordísimas, lo mismo que su tremendo culo de nalgas increíbles.

-Son diferentes –sonrió Lourdes antes de meter su boca de nuevo en aquel delicioso y chorreante coñito, pues para ella Ágatha era casi tan diosa como su madre, aunque sabía bien que su suegra era incapaz de hacer sombra alguna a lo que encarnaba Xana.

-Deja de hablar y sigue así. ¡Vamos! –le animaba Xana, llevando sus manos engrilletadas de forma individual y tirando de las cadenas que la mantenían atada a la pared hasta alcanzar la cabeza de Lourdes y forzarla a comerla el coño una y otra vez. -¡Ah, Damián! –exclamó la esposa de éste. -¡Tú hija siempre me come el coño como nadie!

-Lo sé –sonrió Damián.

-No dejo de chorrear. Soy incapaz de controlarme –señaló Xana. –Estoy empapada. Como una catarata…

-Lo veo –puntualizó su esposo, asomándose a aquellas piernas tremendamente abiertas y viendo los muslos y la cara de Lourdes totalmente empapada y brillante. Su hija de apartó y le miró. Estaba roja y con la respiración entrecortada.

-Podría estar horas comiéndote el coño, mamá –le dijo Lourdes, al tiempo que bajaba su cabeza y presionaba sus labios contra el clitorix de su madre.

Damián miró su reloj de muñeca. Tendría que irse en breve si no quería llegar tarde a la reunión con los clientes, pero ver en plena acción a su mujer y a su hija era algo irresistible.

-Puedes estar todo el día sin parar si lo deseas, cariño. Mi coño es tuyo siempre que lo quieras y todo el tiempo que lo quieras –le dijo Xana con su respiración totalmente descompasada de cachondez. –Pídemelo y será tuyo para lo que desees. El tiempo que lo desees… ¡Ahhhh! ¡Qué bien! ¡Sigueee! ¡Comételo así! ¡Ohhhh, joderrr! Podría tenerte aquí horas… días… ¡Ahhhh, sigue hija! Ahhhh… mi chocho…

-¡Joder! –resopló mi hija. –Ojalá pudiera. Tengo que ir a trabajar en dos horas, mamá –reseñó entonces Lourdes, retirándose ligeramente, de cuya barbilla escurría una densa y transparente baba. –Pero alguien vendrá a relevarme. ¿No, papá? –preguntó a Damián.

-Así es –asintió éste. –Hoy es sexo y ayuno.

-Pero para mí no es ayuno –dijo entonces Lourdes, sonriente. –Voy a hacer que te corras en mi boca un par de veces antes de irme –prometió a su madre. –Que te corras como tú sabes y me des “tu desayuno”. Quiero beberme tus jugos…

-Claro, cariño –sonrió Xana, complacida, que con un gesto de su cara invitó a su hija a subir hacia arriba.

Lourdes gateó hacia su madre y pronto la boca de ambas se encontraron. Sus calientes labios se enlazaron y sus lenguas empezaron a luchar. Ambas soltaron apagados gemidos dentro de sus bocas fundidas. Lourdes cogió a su madre de la cabeza para morrearse con pasión mientras que Xana acarició con una mano uno de los tersos pechos de su hija, con aquellos puntiagudos y erectos pezones. Con la otra, internó sus dedos entre los labios de su joven coñito y descubrió que Lourdes estaba ardiendo y empapada allí abajo también.

-Será mejor que unas tu coñito al mío. Quiero sentirte –le dijo su madre, separando sus bocas.

Damián se puso en pie. No podía quedarse por más tiempo. Lourdes se levantó, se echó hacia atrás hasta quedar semitumbada frente a su madre. Separó sus largas y bonitas piernas y comenzó a acercar su cuerpo al de su progenitora. Finalmente, los labios de su sexo contactaron con los de su madre, fundiéndose ambas en aquel carnoso abrazo, empezando a restregarse la una contra la otra. Inmediatamente Xana empezó a respirar más azoradamente, lo que detectó Lourdes a la primera. El orgasmo le sobrevenía a su madre.

Lourdes, a toda velocidad, se retiró y se inclinó sobre ella, hundiendo su cabeza y su boca en el coño de su madre que al primer contacto con aquella violadora lengua empezó a correrse entre gritos estridentes y convulsiones. Un chorro de eyaculación vaginal estalló de pleno entre los labios de su hija, que empezó a degustar aquel rico néctar al instante, tragándolo y juntándolo con su saliva.

-¡Sigue! ¡Sigue! ¡Sigue que me corro otra vez más! –chilló Xana, sujetando la cabeza a Lourdes.

Los ojos de la esposa de Damián estaban en blanco y entonces vino el segundo orgasmo y Xana volvió a correrse con más furia si cabía, soltando una nueva eyaculación en la boca de su hija, que debido a la cantidad de jugos que salían de la vagina de aquella diosa era casi imposible degustarlos todos.

Finalmente, todavía con Xana agitando sus caderas hacia atrás y hacia delante, Lourdes se separó de ella e intentó respirar, pues su cara estaba congestionada a causa de la casi asfixia que había experimentado intentando enterrar su boca en el explosivo chochito de su madre.

-¡Joder, mamá! –se limpió los labios y la barbilla Lourdes con el dorso de su mano. –Y eso que no ha sido de los más fuertes.

-Para nada… -negó Xana, casi repuesta y dispuesta a continuar.

-Yo tengo que irme. Volveré en cuanto pueda –les informó Damián, de pie, en el umbral de la puerta.

-Que tengas un buen día, cariño –dijo Xana.

-Hasta luego, papá –se despidió Lourdes.

Pero Damián dio unos pasos hacia ellas, entrando de nuevo en la habitación. Primero se acercó a Xana, se inclinó y la besó con pasión. Después se acercó a Lourdes y repitió la misma acción, solo que, cachondo y salido, se entretuvo más, metiendo su lengua a fondo en la boca de su hija, que estiró la mano y palpó el hinchado y gordísimo paquete de su padre.

-¿Cuándo vuelvas me darás a probar de tu polla gorda? –le preguntó Lourdes cuando ambos dejaron de besarse.

-Si eres una chica mala y consigues que tu madre continúe corriéndose durante una hora más, una y otra vez, te daré polla por el coño, por la boca y por el culo. ¿Te parece bien? –propuso Damián con picardía.

-La dejaré exhausta de tanto correrse –prometió Lourdes.

-Creo que eso es casi imposible –miró Damián a su esposa, que le correspondió con una sonrisa.

-Lo haces muy bien, hija. Pero si siete hombres como los de anoche no consiguen dejarme siquiera satisfecha… -puntualizó Xana.

-Al menos puedo intentarlo –sonrió Lourdes, firme y cachonda. Se inclinó hacia delante y su madre la recibió de pleno, volviendo a separar sus piernas y apretando la cabeza de su hija con ambos muslos en una potente tenaza.

Xana abrió la boca, cerró los ojos y emitió un ronco gemido mientras Damián salía por la puerta.

-¡Más fuerte! –escuchó gritar a su mujer. -¡Mueve la lengua más fuerte! Sí… ¡Sigue! ¡Si sigues así conseguirás que vuelva a correr! ¡Ahhhhh! ¡Me corro otra vez, cariño! ¡Vas a hacer que me corra otra vez! –Avisó la madre a grito limpio. –Abre la boca porque no sé si me corro otra vez o me voy a mear del gusto… ¡Creo que me corro muchísimo, hija! ¡Me corroooooo…!

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