Y acompasar nuestros pasos por la acera

“La cobardía es asunto

de los hombres, no de los amantes,

los amores cobardes no llegan a amores

ni a historias, se quedan ahí…

y ni el tiempo los puede salvar,

ni el mejor orador conjugar…”

Silvio Rodríguez

La cita a ciegas

¿No habéis tenido nunca la sensación de que vuestra vida parece estar instalada en la rutina durante un tiempo indefinido hasta que, de repente, algo gira en la rueda del destino y entonces todo tu mundo cambia en unos días lo que no había cambiado en años? Seguro que sí.

Mi historia comienza en uno de esos momentos bisagra que ponen tu existencia patas arriba y que años después eres capaz de identificar sin ningún género de dudas como un instante clave de tu biografía. De todos modos, y si debo ser sincera, aquel viernes yo no era consciente todavía de lo que se avecinaba, y cuando Belén me telefoneó a media mañana no tenía el menor motivo para suponer que algo inusual estuviera a punto pasar. De hecho, y desde mi dolorosa ruptura con Luis, mi fiel amiga se encargaba de mi vida social con tal solicitud que lo extraño habría sido más bien no recibir su llamada.

—¿Nuria? –oí su voz al otro lado de la línea-. ¿Estás liada?

—Tranquila, podemos hablar.

Afortunadamente, mi explotador jefe había salido a hacer unas gestiones, así que bien podía aprovechar para recuperar parte del tiempo que la empresa me robaba a cambio de unos míseros euros.

—¿Tienes planes para esta noche?

De sobra sabía Belén que no. Durante los últimos seis meses, mis únicas salidas habían consistido en ir con ella al cine o a cenar a algún sitio no demasiado caro, e incluso eso me parecía a veces un esfuerzo para el que me faltaba el ánimo necesario, tal era el vacío y desencanto que sentía.

—¿Te apetece ir al cine? –pregunté no obstante mientras guardaba el archivo que tenía en pantalla.

—En realidad yo tengo un compromiso –respondió enigmática.

—Oh, no te preocupes por mí, pediré una pizza y veré algo en la tele, ya quedaremos mañana y charlamos un rato.

—Nada de eso, nada de eso –me interrumpió con la risa nerviosa que ya conocía bien-. No puede ser que sigas malgastando así tu juventud: tengo un plan perfecto para ti.

—¿Otra vez con lo mismo? Ya te he dicho mil veces que no estoy preparada para conocer a nadie.

—¿Sabes qué te digo? Que Luis era un cretino, que no eras feliz a su lado y que lo mejor que te ha podido pasar es librarte de él.

¡Qué fácil resultaba para ella decirlo! Y lo peor era que yo sabía que tenía razón, pero cuando una es la protagonista de la historia y cuando todavía duelen las heridas, no es tan sencillo hacer borrón y cuenta nueva.

—Así que no acepto excusas –siguió mi amiga sin la menor compasión hacia mí-, en cuanto salgas esta tarde de trabajar quiero que vayas a casa, te pongas guapa y te presentes a las diez en la dirección que te voy a mandar por correo. Esta noche tienes una cita a ciegas.

—¿Bromeas? Sabes que no lo haré.

—Vamos Nuria, haz una locura por una vez en tu vida.

De ningún modo podía acceder a lo que me pedía, ¡entrar en un bar y citarme con un desconocido! Eso sólo podía salirle bien a otro tipo de personas, yo era introvertida, insegura y poco sociable, ¡no entendía cómo mi amiga podía insistir tanto en que hiciera algo tan poco acorde con mi personalidad!

—Escucha Belén, hemos hablado de esto muchas veces y…

—Escúchame tú a mí por favor. Esta persona lleva meses hablándome de ti, está muy interesada y no hace más que agobiarme pidiéndome que os prepare un encuentro.

—¿Meses? –pregunté intrigada-. Pero si nunca nos hemos visto.

—En realidad sí. Os presenté en mi fiesta de cumpleaños, pero había tanta gente que probablemente tú ni siquiera te acuerdes.

En efecto, era difícil que yo recordara nada de aquel día. La fiesta había tenido lugar apenas quince días después de mi ruptura sentimental, y aparte de haber saludado a mucha gente, no podría decir nada más concreto del evento. Mi mente había estado ausente, recreando las últimas palabras de Luis, que me habían hecho tanto daño que rememorarlas todavía hoy me provocaba un nudo en el estómago.

De cualquier modo, lo cierto es que estaba intrigada, ¿quién podía haberse prendado de mí de aquel modo sin que yo hiciera lo más mínimo para provocar su interés? Siempre que no fuera una estrategia de Belén, claro está, pero la idea de que mi amiga tuviera que suplicar a algún hombre que saliera conmigo era tan humillante que preferí desterrarla de inmediato.

—Y… ¿cómo se llama mi… pretendiente? –pregunté al fin intentando no parecer demasiado interesada.

—Entonces, ¿vas a ir?

—Ni mucho menos, sólo quiero saber si consigo acordarme de él.

—Lo siento, tengo órdenes estrictas de no decir su nombre ni comentar nada sobre su aspecto. Si quieres saciar tu curiosidad, tendrás que acudir a la cita.

—Vamos Belén, no me fastidies. Dime al menos si es atractivo, ¿cuántos años tiene, en qué trabaja?

—Para no tener intención alguna de conocer a nadie, te interesas mucho por los detalles.

Tenía razón, y por un instante me enojé conmigo misma por haber caído en un juego que siempre me había parecido tan pueril y ridículo. Supongo que si Belén me hubiera dicho “se trata de fulanito de tal, el chico alto que hablaba con menganito de tal”, yo habría identificado a mi pretendiente y el misterio habría desaparecido de inmediato. Sin embargo, mi amiga se mostraba tan reservada que no podía evitar, a pesar de que de ningún modo pensaba ir a la cita, intentar descubrir más detalles sobre mi admirador.

—Está bien –claudicó a medias Belén-, te diré que es una persona culta, con buena conversación, bien situada económicamente y de absoluta confianza. No pensarás que voy a ponerte en contacto con alguien poco de fiar.

No sonaba mal, desde luego, pero yo me sentía tan afligida, tenía tan poca confianza en mí misma… Claro que, bien mirado, uno de los mayores chascos que te puedes llevar en un encuentro a ciegas, el de no gustarle a tu pareja, parecía descartado. Si debía creer a Belén, mi cita llevaba mucho tiempo soñando con un encuentro conmigo, así que, en el peor de los casos, un poco de conversación y una cena agradable parecían aseguradas… ¿de verdad estaba planteándome aceptar? Tal vez, como la propia Belén decía, yo misma no era consciente de lo sola y necesitada de calor humano que había estado últimamente.

—Mira Belén, lo siento –contesté sin embargo, mucho más segura pisando terreno conocido-, la verdad es que ando muy mal de dinero y no…

—Vamos Nuria, no me fastidies. Vas a ir de invitada y te van a tratar como a una reina. No tienes nada que perder, vas, cenas y, si no te interesa, te despides educadamente. Te puedo asegurar que hablamos de una persona muy intuitiva: si no lo pasáis bien, no insistirá en volver a verte.

—No sé, yo…

Estaba casi decidida a ir, pero algo me impedía dar el salto definitivo. Era como si deseara ser empujada, que otros tomaran la decisión por mí de modo que pudieran ser considerados los responsables de todo lo que pudiera salir mal. Afortunadamente, Belén me conocía desde hacía muchos años:

—Voy a llamar ahora mismo para decir que estarás allí a las diez, procura ser puntual.

—No, escucha, tengo que pensarlo.

—¿Qué demonios hay que pensar? Voy a colgarte. Mira tu correo, ya te he mandado la dirección.

—No Belén, espera…

—Adiós, mañana me cuentas.

—¿Belén?, ¿Belén? ¡Te odio!

Mi mejor amiga no llegó a oír mis últimas palabras. Casi sin darme cuenta, había aceptado una cita con un desconocido. Sería la primera vez, después de más de seis meses, que tendría que cruzar miradas con doble sentido, cuidar cada una de mis palabras, vigilar mis gestos, ¿flirtear?

Estaba muy nerviosa, pero a la vez me notaba llena de una energía que hacía muchísimo tiempo que no sentía.

***

No sé cuántas veces maldije a Belén aquella tarde mientras, ante el espejo del cuarto de baño, me maquillaba para la ocasión. ¿En qué había estado pensando para dejarme engatusar de aquella manera? Menuda encerrona me esperaba, a mí que no me gustaban los lugares comunes ni las típicas conversaciones con hombres que en realidad sólo quieren una cosa: tenerte en posición horizontal lo antes posible.

Mil veces me dirigí al teléfono para poner cualquier excusa y obligar a Belén a cancelar la cita… y mil veces aborté la llamada y seguí con el concienzudo proceso que tenía por objeto convertir a una chica mona pero normalita en una mujer de bandera. Zapatos de tacón, vestido estampado con un escote generoso pero discreto (nunca me han gustado las cosas demasiado obvias), un recogido en el pelo destinado a lucir mi cuello esbelto y delicado… Supongo que parecerá extraño pero, si alguien me preguntara, contestaría que mi cuello es la parte favorita de mi cuerpo. “Almena de nata giratoria” que diría el poeta. Es mi zona sensible, mi debilidad, mi talón de Aquiles. Era indignante para mí que Luis, después de tanto tiempo juntos y después de haberme reprochado infinidad de veces mi frialdad, no alcanzase nunca a sospechar el modo en que debía seducirme. Pero nada de pensar en Luis, eso estaba terminantemente prohibido durante toda la noche.

Media hora antes de las diez, observé el resultado de mi esfuerzo. Calificación: notable alto, claro que yo no era una juez muy imparcial. De cualquier modo, si el tipo en cuestión se había fijado en mí en la fiesta de Belén, sin arreglar y con unas ojeras que sin duda me hacían parecer enferma, por fuerza esta noche tendría que parecerle atractiva.

Mientras me dirigía a la dirección que mi amiga me había enviado, no podía dejar de preguntarme cómo era posible estar tan nerviosa y excitada ante la perspectiva de una cita que, en realidad, no me interesaba lo más mínimo y quería zanjar cuanto antes. ¡Con lo agradable que habría sido pasar la noche en pijama viendo algún estúpido programa de cotilleos!

Agradable… y mortalmente aburrido.

***

Tuve que reconocer que mi admirador secreto tenía buen gusto: el lugar elegido para nuestro primer y único encuentro era un pequeño restaurante francés situado en el casco antiguo de la ciudad, uno de ésos en los que la luz crea sombras que favorecen la intimidad, donde una música suave te mece como en una cuna y donde la carta, incomprensible, parece encerrar secretos imposibles de descifrar. Ni en un millón de años podría haber soñado con que Luis me llevara a un sitio semejante. ¡Otra vez con eso!, me había prometido a mí misma que mi ex no podría arruinarme aquella velada, así que respirando profundamente reprimí el cosquilleo de mi estómago y me dirigí al lugar donde un ceremonioso maître, de pie ante un atril con la lista de reservas, procedía a acomodar a dos parejas muy emperifolladas.

Dado que el hombre con el que estaba citada sí me conocía a mí, no tenía más que esperar a que el galán en cuestión se acercase a mi encuentro. Por eso, con creciente nerviosismo comprobé que, a pesar de llegar con casi quince minutos de retraso, no había rastro alguno de mi misterioso enamorado. En efecto, aparte de las dos parejas, una de las cuales ya había desaparecido tras el maître, sólo una joven rubia de pelo corto y engominado parecía esperar a alguien. ¿Habría algún error con la dirección? Belén había insistido en que fuera puntual, ¿sería mi partenaire incluso más relajado que yo en lo que se refiere a respetar los horarios?

Aquello era lo último que me faltaba. Si no estaba lo suficientemente insegura, la idea de aguantar sola y decirle al maître que esperaba a un hombre que tal vez no se presentara me parecía tan ridícula que mi único pensamiento fue el de salir corriendo. Sí, eso haría, todavía estaba a tiempo de volver a mi plan inicial para aquel viernes, al día siguiente llamaría a Belén y…

—Hola Nuria, me alegro mucho de que hayas decidido venir.

Quien así se dirigía a mí, tras sorprenderme con dos cálidos besos en las mejillas a modo de saludo, era la rubia engominada.

—Hola…

—Veo que no te acuerdas de mí –rió ella con calma pero tal vez un poco envarada- soy Daniela.

—Encantada –respondí como una estúpida sin comprender nada y sin preguntarme cómo era posible que aquella joven supiera mi nombre.

Mientras esto sucedía, la segunda pareja había sido avisada para ocupar su mesa, así que por un instante quedamos las dos solas en el pequeño pero coqueto recibidor del restaurante. Estaba a punto de reaccionar y preguntar a la tal Daniela de qué me conocía y a quién esperaba ella cuando, intuyendo tal vez mi falta de comprensión, fue la propia joven la que tomó la iniciativa:

—Verás yo… soy tu cita a ciegas.

—¿Perdón?

O Daniela era una excelente actriz o mi desconcierto no era algo que la tomara por sorpresa, porque sin cambiar su tono de voz suave y sosegado amplió su sonrisa e insistió en la idea que yo no lograba asimilar:

—Tu cita a ciegas, ¿recuerdas? Soy la persona de la que te habló Belén.

Por un instante no supe qué contestar. Como broma, y en otro contexto, tal vez podría haberlo encontrado divertido, pero sabiendo lo mal que lo estaba pasando me parecía de una crueldad impropia de Belén montar aquel cambalache.

—Disculpen señoritas –nos interrumpió entonces el maître-, pero hay un pequeño problema con su reserva, ¿podríamos invitarlas a una copa mientras esperan? No será más de diez minutos.

Mi primera intención fue la de poner pies en polvorosa, sin dar explicaciones y sin mirar atrás. Pero lo ocurrido era tan descabellado que, más que enfadada, estaba sorprendida, así que sin darme cuenta me encontré en la esquina más remota de la barra, con una copa de vino blanco en la mano y con Daniela mirándome fijamente con sus enormes ojos azules.

—No entiendo de qué va esto –confesé cuando el camarero se alejó y las dos estuvimos solas.

—No hay mucho que entender. Me fijé en ti en la fiesta de cumpleaños de Belén y no podía dejar de mirarte. Llevo desde entonces queriendo quedar contigo, pero nuestra común amiga me dijo que no era el momento oportuno, así que he esperado pacientemente.

—Esto es increíble.

—Lo sé, tengo que pedirte disculpas. Temí que no vinieras si Belén te contaba que soy una mujer.

—En efecto, no habría venido. Esto no tiene ningún sentido.

—Siento oír eso –sonrió sin dar síntoma alguno de pesadumbre-, ¿no estás al menos un poco intrigada?

Lejos de desanimarse, Daniela parecía divertida con la situación, como si para ella fuese natural intentar flirtear con chicas que no compartían su inclinación sexual.

—Por supuesto que no. Yo soy heterosexual –aclaré con firmeza pero en voz baja y mirando de reojo por si alguien nos escuchaba.

—Sí, Belén me ha hablado de ese pequeño defecto tuyo –rió mi incalificable acompañante.

—Entonces, ¿puedes explicarme qué hacemos aquí?

—Pues… la idea es cenar mientras charlamos y nos conocemos un poquito mejor. Pero tranquila, nunca intento besar a mis conquistas en la primera cita.

Me parecía insultante su desfachatez, ¡no sólo no parecía resignada por mi abierta hostilidad sino que incluso daba la impresión de encontrarla estimulante! Aquello tenía que terminar; dejando mi copa, hice ademán de marcharme, pero entonces Daniela puso su mano, de dedos largos y finos, sobre mi brazo.

—Espera por favor, no te vayas enfadada. Déjame al menos invitarte a cenar, te aseguro que este sitio es excelente.

—Es que… no veo a dónde puede llevarnos.

—¿Y por qué habría de llevarnos a algún sitio? ¿No pueden dos mujeres, una heterosexual, por supuesto –añadió con cierta sorna-, cenar amistosamente? Además… si yo hubiera sido un hombre y no te hubiera gustado, ¿habrías salido corriendo?

—No, supongo que no –tuve que admitir.

—Entonces, y aunque ha quedado claro que no hay posibilidad alguna de que llegue a haber algo entre nosotras, ¿no te parece injusto dejarme plantada con la reserva hecha?

No supe qué contestar a eso. Visto de ese modo, tenía razón. Ante una pareja masculina que no me resultara atractiva, lo correcto habría sido mantener la compostura, tratar de disfrutar de la velada y, al despedirnos, responder con evasivas. ¿Cambiaba algo el hecho de que ella fuera de mi mismo sexo? Cierto que había sido atraída allí de un modo un poco taimado pero, ¿acaso no decimos siempre que en el amor todo vale? Por otro lado, al ver que mi pareja era un chica había desaparecido la incómoda tensión sexual de todo primer encuentro, así que de pronto descubrí que estaba hambrienta, que de la cocina del restaurante salía un olorcillo delicioso y que, aunque jamás lo admitiría en voz alta, mi curiosidad femenina me hacía sentir enormes de deseos de saber más acerca de Daniela, de su interés por mí y de su relación con Belén.

Cinco minutos después, estaba sentada frente a mi nueva amiga en una discreta mesa, ojeando una carta que no entendía y pensando que, al menos, aquello era mucho más emocionante que pasar otra solitaria noche de viernes frente al televisor.

***

—Te sugiero el pato a la rouennaisa, es verdaderamente excelente.

Dejando de lado el hecho de que no hablo nada de francés y de que la carta no estaba traducida, la voz de Daniela sonaba tan segura que no tuve nada que objetar a su propuesta.

—¿Puedo ofrecerles un Dom Pérginon reserva del 2004? –intervino entonces un camarero que parecía un mayordomo de una película de cine clásico por sus modales y atuendo.

—Buena elección, gracias.

No dejaba de sorprenderme la desenvoltura de mi admiradora. Su mirada era cálida, sus movimientos suaves y relajados, su manera de mirarme… extraña. Realmente no hubiera sabido cómo definir el modo en que Daniela me observaba. Una está acostumbrada a interpretar las miradas de un hombre, sus rápidas ojeadas a tu escote, sus estúpidos esfuerzos por intentar aparentar que controla la situación en todo momento… Ahora, sin embargo, tenía delante de mí a una chica, y el mero hecho de pensarlo dotaba a la situación de tal sensación de irrealidad que no conseguía aclarar mis pensamientos. Casi esperaba que en cualquier momento Belén apareciese a nuestro lado y las dos rompieran a reír, confesando que sólo se trataba de una broma de dudoso buen gusto. Sin embargo, algo en el brillo de los ojos de mi acompañante me avisaba de que la cosa iba en serio, y de que tendría que ser yo misma la que pusiese los límites a aquella nueva amistad. Desde luego, saber que sólo de mí dependía la decisión final era tranquilizador; al fin y al cabo, ya tenía experiencia en desestimar requiebros de hombres que ejercían el mismo papel que ahora intentaba protagonizar Daniela.

—Háblame de ti –me sacó la joven de mis ensoñaciones-, ¿te gusta tu trabajo?

—Lo detesto. Es aburrido, no tiene futuro y está mal pagado.

—Vaya, suena terrible.

—Sí -suspiré resignada-, así es mi vida: terrible y desgraciada. ¿Y qué me cuentas de ti?

—Bueno, soy arquitecta y…

—¿De veras? Qué interesante.

Lo había dicho con sinceridad. Ahora que la observaba con más atención, me daba cuenta de que Daniela era una mujer de aspecto sofisticado. Llevaba un traje de raya diplomática que le proporcionaba un aire serio, pero en absoluto desfavorecedor. Siendo honesta, debía reconocer que era una joven atractiva, y no era difícil imaginar a los hombres rondándola con el mismo interés que ella demostraba hacia mí.

Porque lo cierto era que no me quitaba la vista de encima, y que en sus sonrisas, en sus preguntas e incluso en su manera de escucharme, no podía dejar de notar lo mucho que yo le interesaba. Imagino que aquello debería haber resultado halagador, después de todo, pero en aquel momento estaba tan absorta descubriendo cosas que apenas podía reparar en ello.

—No creas que lo es tanto, en realidad la arquitectura no me gusta.

—Entonces…

Daniela se encogió de hombros antes de contestar:

—Supongo que ya había dado demasiados quebraderos de cabeza a mis padres con mis… peculiaridades, así que por una vez decidí ser una buena chica y seguir la tradición familiar al menos en algo.

—Vaya, eso sí que suena terrible –por primera vez las dos nos reímos sinceramente al unísono-, ¿qué te habría gustado hacer en realidad?

—¿Qué se yo? Pintar, escribir… creo que soy una persona muy creativa. Pero en fin, nadie cumple todos sus sueños, supongo.

Al decir esto, Daniela me miró de un modo cómplice que me hizo sentir un escalofrío. Debía reconocer que resultaba una compañía agradable y que su conversación era mucho más interesante que la de Luis, por ejemplo. Sin embargo, no conseguía relajarme del todo, me sentía como si temiera recibir un ataque para el que no estaba preparada. Ataque que, por otro lado, de momento no se producía, por lo que me reprendí a mí misma, recordándome una vez más que todo era tan sencillo como decir no a cualquier cosa que no fuese de mi agrado.

—Ummm, el pato está excelente –tuve que reconocer cuando nos trajeron el plato principal.

—Me alegra que te guste. Belén es tan sosa con las comidas que temí que tú fueras igual.

—Es verdad, sólo le gusta el pollo frito, es la reina del pollo frito.

De nuevo, las dos reímos con espontaneidad, y de inmediato me pareció sentir una corriente de simpatía hacia Daniela.

—¿De qué conoces a Belén? –pregunté entonces queriendo indagar en el tortuoso camino que me había llevado hasta aquella alocada velada.

—Somos amigas desde hace un par años, nos conocimos en unas vacaciones por Grecia, ¿te gusta viajar?

—Creo que sí, pero a Luis…

Me mordí el labio. Contra mi voluntad, Luis había salido a colación, y por la expresión de Daniela comprendí que Belén se había soltado de la lengua más de lo deseable. Desde luego, a la mañana siguiente mi vieja amiga iba a tener que darme muchas explicaciones.

—¿Han terminado con el pato?

—Sí, gracias. Estaba exquisito, ¿puede recomendarnos algún postre?

—Las tejas de almendra han tenido mucho éxito esta noche.

—Creo que no seré capaz de terminarme un postre yo sola, ¿compartimos plato?

La propuesta de Daniela me pareció lo más natural del mundo, así que poco después tuvimos ante nosotras un plato exquisitamente presentado y dos cucharillas con las que dar cuenta de su contenido. No sé si sería su aire relajado, el efecto del vino o la amena conversación, pero lo cierto es que la velada me estaba resultando agradable, hasta el punto de que me reproché a mí misma haber sido tan mojigata apenas un par de horas antes. ¿Qué había de malo o peligroso en lo que estaba haciendo? Muy bien, Daniela era lesbiana y yo le gustaba, tanto mejor para mi autoestima. Ella era una mujer atractiva, con un buen trabajo y un nivel social muy superior al mío, que yo pudiera resultarle interesante no podía por menos que halagarme, aunque desde luego aquella cita no se repetiría nunca. Por otra parte, mi acompañante no había dicho nada que pudiera resultarme incómodo, debía reconocer que había hecho gala de un comportamiento exquisito durante toda la cena, así que mientras nos servían los cafés juzgué que podía relajarme y hacer preguntas un poco más interesantes con las que satisfacer mi curiosidad…

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